DOSSIER
Fragmentos griegos, imanes persas
(Reflexiones desde una vida trunca)
Rolando Prats-Páez


Truth is inseparable from the illusory belief that from the figures of the unreal one day,
in spite of all, real deliverance will come. Theodor W. Adorno
-1-

Hasta donde sé, suposición en cuyo envés crepita la certeza, es ésta la primera vez que se reúnen estos documentos en semejante número y con tal doble propósito: por un lado, ponerlos a disposición de público tan amplio como pueda tener la revista que los acoge, Cubista Magazine, a cuya iniciativa y patrocinio se debe este primer archivo en línea de una parte de la documentación de PAIDEIA y Tercera Opción; por el otro, propiciar la reflexión en torno a las circunstancias, actores y acontecimientos que dieron origen y en los que encarnaron esos dos proyectos; por acontecimientos habría que entender aquí, valga precisarlo, todo lo inscrito, y de lo que se preserve trazo, recuerdo, huella, entre aquellos actores y sus circunstancias de entonces, desde los propios documentos que aquí se presentan hasta lo que no pueda recobrarse sino como nota al pie, sombras al margen, memoria fugitiva, deriva autónoma.

               

Si me ha correspondido, o se me ha solicitado, escribir esta nota de presentación, se lo debo a mi doble condición de albacea documental, si cabe el término, y de escriba. De mi condición de escriba es responsable la circunstancia de haber estado —en cuerpo, alma, voz y pluma— en la gestación, fundación, formulación y afanes del Proyecto PAIDEIA, el movimiento independiente de opinión Tercera Opción, el Proyecto de Programa Socialista Democrático para Cuba (PSDC) y la Corriente Socialista Democrática Cubana (CSDC), desde los primeros balbuceos, en La Habana, en conversaciones de cámara, sin urgencias ni profecías, con Reina María Rodríguez y Lilia Esteban de Carpentier, de lo que devendría entre finales de 1988 y principios de 1989 el Proyecto PAIDEIA, hasta mi última intervención pública en calidad de "disidente cubano", en junio de 1994, durante la presentación y lectura de “Tres notas transitorias sobre transición”, en un encuentro organizado por el Instituto de Estudios Cubanos, con sede en Miami, en ocasión de celebrar éste sus veinticinco años.

De mi condición de albacea lo es, si no el azar, al menos sí la fortuna de que se me hiciera llegar desde La Habana, en fecha de contornos vagos que en todo caso puedo situar después de 1996, cuando fijé residencia en Nueva York, una maleta de mano en la que había quedado atrás la mayor parte o, podría asumirse, la totalidad de los documentos (originales o copias mecanográficos o mimeografiados, manuscritos en diverso estado de elaboración, recortes de prensa o fotocopias) producidos por PAIDEIA, Tercera Opción, el PSDC y la Corriente Socialista Democrática Cubana, o por otros sobre esos proyectos y agrupaciones, además de papeles personales misceláneos en relación directa u oblicua, o de mera contigüidad, con tales esfuerzos y reflexiones en el ámbito en que intersecan —cortejándose, enemistándose, negociando ad aeternum sus competencias, cotos privados, promiscuidades, o pretendiendo ignorarse, dándose las espaldas sin dejar de mirarse de reojo—, lo que el hábito o la conveniencia, o la mera imposibilidad paradigmática, llaman “cultura” (literatura, arte, vida académica, turismo, ocio) y “política”: administración de la cosa pública o mero juego, y su teatro, en pos del poder; exactamente qué poder y para qué, y hasta cuándo, deviene entonces —en gesto intrínseco a la relación tributaria en que la política subsume a la cultura, tanto como a la relación especular en que la cultura vive, subsidiada, de la política— pregunta académica, entre cuyas respuestas algún interés creado o natural dicta que no quepan, a su vez, otras preguntas, aquellas que volverían anacrónico el debate, y el matrimonio de conveniencia que lo sostiene, al revelar la impertinencia de los propios términos en disputa: ¿Qué significa, qué puede significar “cultura”, como particularidad, sino carencia y redundancia? ¿Cómo empezar a hablar, así, de cultura sin, por lo mismo, haberse ya situado en su exterior, en esa parcialidad desde la que, precisamente, se quiere invocar la totalidad —desiderátum o falsa memoria— para trascender la escisión histórica, y cultural, entre política y cultura, cultura y vida?

Antiguo escriba devenido albacea y, al final, reencarnado de nuevo en escriba, esta vez no sin ciertas ventajas, materiales o intangibles (computadora, procesador de texto, impresora, correo electrónico, Internet, Google, diccionarios, enciclopedias, papel en abundancia, además de la libertad de hacerlo sin posibilidad alguna de extraviarse, por accidente o voluntad, en heroísmos, martirologios, ridículos), aunque también con melancolía y desazón no menos patentes: la de quien sospecha, al volver a copiar, digitalizándolas, como en un exercicio corporal que se confiase a un envite newtoniano de la gracia —palabra por palabra, línea por línea, errata, tachadura, corrección, anotación al margen, nota al pie— que es demasiado temprano todavía en la huella para que sea suficientemente tarde en la pisada, que por entre los resquicios de esas palabras, opacas hoy, ayer baldías, lo inefable le sigue susurrando a lo ventrílocuo: "Os sacaré los ojos y os serviré de perro y de bastón."-2-

Se publican acá, por ahora, en separata que toma en préstamo el título de estas notas —además de las contribuciones individuales especialmente escritas para la ocasión por fundadores, miembros, colaboradores o testigos directos de los dichos y hechos de PAIDEIA et al (véase "Arqueología del no saber: intelectuales y política en Cuba, 1989-2005" y más de una docena de colaboraciones críticas compiladas por Idalia Morejón Arnaiz para la sección Utopista de esta publicación)—, una veintena del más de un centenar de documentos que obran en mi archivo personal, entre documentos programáticos, declaraciones, intervenciones, cartas, propuestas (“proyectos”). Razones no tanto de espacio como de tiempo y costos imponen límites, provisionales o sensatos, tanto al número y tipo de documentos de archivo (no forman parte de esta muestra, por el momento, artículos, entrevistas, apuntes varios, inéditos la mayoría, esparcidos en publicaciones periódicas otros), como al de contribuciones individuales a la lectura, comentario y crítica de los mismos, de sus autores, circunstancias, presupuestos, consecuencias. Provisionales, porque Cubista se ofrece con generosidad pero también con perspicacia que endeudarán todo esfuerzo similar —simultáneo o consecutivo, en lo que se refiere a la recopilación, clasificación, procesamiento y publicación de las fuentes documentales y a su interpretación historiográfica o crítica— a mantener abiertos a nuevas contribuciones tanto el dossier como la separata; sensatos, porque quien en su momento quiera consultar y reproducir la totalidad de las fuentes documentales del caso, previamente publicadas o inéditas, que se consideren relevantes desde el punto de vista histórico y cuya utilización con fines de conocimiento público, cuando se trate de documentos no originalmente concebidos con ese propósito, sea debidamente autorizada, podrá hacerlo en el sitio en la Red www.paideiapapers.com, cuyo lanzamiento oficial será oportunamente anunciado y cuya misión esencial será la de “contribuir a la preservación de un legado documental escogido sin el cual toda historia de los movimientos intelectuales y políticos de la sociedad cubana desde finales de la década de los ochenta sería al menos incompleta".-3-

Va de suyo, entonces, que la iniciativa de Cubista y, en particular, de Néstor Díaz de Villegas de publicar este dossier y su separata es una ocasión más que propicia para invitar a toda persona o entidad interesada que pueda hacerlo a contribuir a dar cumplimiento a la declaración de propósitos de los referidos archivos permanentes en línea (www.paideiapapers.com).

II

He vuelto a leer, a tratar de leer, por primera vez en al menos diez años, y con extrañeza mayor que la anticipada, «Paideia: Proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura» (octubre de 1989), «Tesis de mayo» (mayo-agosto de 1990), «Tercera Opción: una alternativa democrática por la independencia económica, la soberanía política, la justicia social y los derechos del hombre» (septiembre de 1991-junio de 1992), artículos —de otros o míos, publicados o inéditos—, declaraciones, entrevistas, propuestas y proyectos (de un coloquio, una revista, un ciclo de conferencias, un centro de estudios), cartas (privadas o públicas, inconclusas algunas, otras sin firmar), recortes de prensa… Trato de leer de corrido, pero me interrumpo más de lo que me dejo llevar, la curiosidad o la nostalgia imaginadas, deseadas, terminan por ceder, con prontitud mayor que la anticipada, a la inapetencia, el hastío, el desapego, la inquietante extrañeza ante tanto encono, en el habla, contra lo que se amaba o decía amarse en la lengua.

Ganas dan, inmediatas, de rescribir esta frase (“nuestra vida cultural aparece signada por nuevos sujetos y nuevas y (viejas) contradicciones” —¿De qué vida sin cultura se habla aquí, de qué cultura sin vida, de qué cosa compartida, “nuestra”, constantemente en disputa? ¿Cómo se pudo permanecer tan silabeado por el habla, tan olvidado por la lengua, encorsetado por la autoimpuesta necesidad de correspondencia entre el continuo de lo real y la indiscreta discreción del lenguaje?), de suprimir aquellas palabras (“o la más reciente descentralización de la gestión del Ministerio de Cultura en la esfera de la cultura artística y literaria” —la cultura, adjetivada hasta más no poder, parcelada hasta el barbecho, maniatada en objeto de administración, esferizada; mejor, alambicada en aire para inflar globos), de inhumar los restos de lo que fuera borrador y hoy es reliquia, de borrar toda huella del tránsito de una formulación a otra, o, en su defecto, incluso, volver a Pierre Menard, replicar, carácter por carácter, signo a signo, cada uno de esos textos —como para reaprender, como para re-aprehender, lo que fue contraseña y es hoy, con frecuencia mayor que la anticipada, jeroglífico—, de exorcizar, en fin, en el sacrificio de lo interpretativo a lo literal, la persistente sensación de que tal vez lo que defina a esos textos, y a los actores, conflictos y circunstancias de los que fueron, y siguen siendo, aborto y sombra, es su anacronismo precoz, su pubertad sin infancia, la inconsolable desigualdad de su cartografía.

III

"Vida cultural", "instituciones culturales", "política cultural": tautologías que terminan por delatar su inevitable oxímoron. “No pertenecemos ni queremos pertenecer a otra cultura que no sea la cubana", lo dado haciendo alarde de esfuerzo de lo volitivo. Dado pero imposible: ¿pues cómo pertenecer a lo que se es? Inútil: como si el tímpano se pretendiese pupila. “Totalidad”, "representatividad”, “legitimidad”, “intelectualidad”, “diálogo”, “praxis creadora”: palabras clave que se vuelven, a fuerza de estirarse, de endurecerse, palabras clavo, prestas a ser remachadas en cada hueco que abran las aporías: si “todo es historia” —y todo, ciertamente, lo es—, no hay otra totalidad que la atisbada, y dejada ir, por el fragmento: su mutua salvación tiene su póliza en esa distancia elástica pero constante. Teníamos un complejo de parcialidad. Si contar una historia es, también, continuarla (que la ficción literaria se ocupe de contar desde el pasado que remeda), ¿cómo revivir ahora, siquiera como docudrama, el espíritu de los tiempos sin traicionar su doblez, su ambigüedad, sus dudas, sin trocar por axiomas sus atisbos, por claridades sus agonías? ¿Cómo evitar que no se vuelvan a confundir pedagogía y retórica, teología y liturgia, revelación e impaciencia? Teníamos un complejo de generalidad. La posibilidad de resistencia de lo que permea, al tiempo que refracta, se extravió, perdiéndose, en el despropósito de una autarquía a crédito. Negatividad derrotada por el espejo al que se acerca, furiosa, a redimir la imagen del envés. “Terreno de la cultura”, “terreno de la política”, “esfera”, “atmósfera”, “campo”, “campo de la creación y del pensamiento"... Toponimia escolástica y elástica, líneas de armisticio que, sin aviso ni solución de continuidad, se transforman en pasos peatonales. Estar en misa (“la cultura”) y en procesión (“la política”). Teníamos un complejo de inubicuidad. “PAIDEIA: Proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura”. El discurso del método. Su pecado original, sin embargo, es su única posibilidad de redención, esto es, de vuelta a lo histórico como promesa, una “que halla raíces en la memoria viva de nuestra imagen histórica, que es la forma herencial más resistente de lo cubano: la historia como imagen de su destino”. A lo que apuntó PAIDEIA es a la superación de aquello de lo que partía y en lo que, con sentimientos y hábitos encontrados, se quedaba: la cultura, una cultura de la que política, arte, literatura, pensamiento, discurso, praxis... no podían ni pueden ser sino parcialidades atrofiadas. A lo que apuntó PAIDEIA es a la apropiación (¿creación de la posibilidad?) de la unidad de la existencia, a la anulación de los dualismos mediante la implosión de cada término que los anime. “PAIDEIA: Proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura”. Diecisiete años después lo que parece lastrar la partida de nacimiento de una actitud, más que de una certeza, es lo que, entonces, dividió las aguas para emprender el camino de regreso... al exilio interior: la tan llevada y traída "Introducción", comodín con prisa que andaba en zancos. Vuelvo a leer la llamada —por otros, con displicencia casi—, "parte práctica" del Proyecto: “Definición y objetivos”, “Propuesta de trabajo”, “Final”: la mano de esa lengua es de trazo regular, cadencioso, preciso. Asíntota que se acumula, con paso firme en lo probado, cauteloso en lo abisal, en su inconcluso arco hacia una apertura tan radical y ambiciosa como la del más beligerante de los textos nacidos, abortados, de tanto parto prematuro, tardío, pero a la vez más ecuánime y modesta ante sus propias preguntas: “Atentos a esa posibilidad de tradición [la “síntesis histórica que fue José Martí” en que “se pudo resolver la dolorosa unidad de eticidad, espíritu de indagación y ejercicio de la libertad humana como valor supremo de la cultura”], pero al constante acecho de nuestras propias secularidades. Abiertos a las insinuaciones de la práctica en lo social visible, pero en constante pugna con pragmáticas indistinciones entre los medios y los fines. Centrados en el hombre histórico, pero gravitando —desde su irreductible sustancia ética— hacia la tenaz (...) utopía de la unión de la justicia, la libertad y la belleza". Quienes en la reunión del 4 de agosto de 1989 en el “Alejo Carpentier”, tras la primera lectura y discusión públicas del documento de marras, decidieron respaldar con sus firmas el Proyecto "sin la Introducción", tuvieron, acaso sin saberlo, razón, o la tuvieron por las razones equivocadas. ¿Habría corrido otra suerte el proyecto sin la Introducción? Probable parecería hoy, pero ya no lo sabremos. Lo que se puede saber, aún, es que donde se dijo, tantas veces, diálogo debió haberse dicho Carpe diem.

IV

Que la imposibilidad de rescribir estos textos no nos prive, por ahora, de la coartada de releerlos con el oído, como quien fuera a memorizarlos sin disputarles ni su transparencia ni su opacidad, para, así, recuperarlos en el momento en que el habla se desprenda de su cáscara —lo pensado por fuera— y se entregue, exonerada ya de otro deber hacia la lengua que no sea lo fático, a su sueño diatópico.

Ante la imposible exhaustividad de lo total histórico —de lo sucedido tanto como de lo contado, lo recordado, lo recreado hacia esa forma, crítica, que será al mismo tiempo supervivencia y olvido—, ante la totalidad imposible tanto como ante la posibilidad de "seguir extendiendo la necesaria contemporaneidad"-4- de los textos y las circunstancias que hoy aquí nos convocan (hechos textuales, textos de circunstancia), al menos se podría volver a los archivos, calzar una vez más las huellas, esto es, propiciar que los textos vuelvan sobre sus pasos, sobre sus pruebas los hechos. Aunque los nuestros sean tiempos de duda en los fundamentos, o en la mera posibilidad de lo primario o lo último, aunque los nuestros, otra vez, sean tiempos de rapidez y gorja: abracemos —los que queramos sostener el sueño de lo imposible deseado, lo necesario por imposible—el fragmento, y resistamos, oídos al imán.

Ante la imposibilidad de releer estos textos con los ojos abiertos —no podría releerlos, así, sino Pierre Menard, rescribiéndolos, o mejor, reinscribiéndolos en la piedra de destoque en que se han compungido—, por qué no, por ahora, dejar que se extravíen, incitarlos a abandonar la órbita en que hasta ahora han errado, en su momento —ilusorio— de contemporaneidad y en su momento, mítico, de intermitente espejismo —quienes han hablado, casi siempre de pasada, de estos textos, les suelen atribuir como carencia (una suerte de modernidad anticuada) lo que quienes han permanecido callados les sospechan promesa iterativa: su anacronismo profético—, o, por qué no, si no lo más generoso al menos lo más coherente con su orfandad, dejarlos donde están, donde estén, es decir, allí donde se pueda seguir leyéndolos, pero no traducirlos.

V

(Azares, orígenes, reencuentros, adioses. En el principio, como siempre, fue el azar... y el preámbulo, pues el principio está, casi siempre, al final de los comienzos. Un día cuya fecha ya no podré recordar con mayor precisión que la del año, 1988 (¿reaparecerá algún rastro que no sea el de la mejor vista “de lejos” que se atribuye a la memoria en la vejez?), y la suposición de que en todo caso debió de haber sido durante su segunda mitad, Reina María Rodríguez, a quien me unían ya diez años de hábitos y afectos, me dijo que Lilia Esteban, viuda de Alejo Carpentier y directora del Centro de Promoción Cultural homónimo que se inaugurara en 1982, andaba en busca de ideas o propuestas que contribuyesen a reanimar y revitalizar las actividades de extensión cultural del Centro en su sede de la calle Empedrado, en La Habana Vieja, más allá de la biblioteca de que entonces podían tomarse en préstamo libros provenientes de México, España, Argentina... (sobre todo literatura contemporánea y sobre todo narrativa y ensayo) y de las tareas propias de la institución que se derivaran de su objetivo esencial: promover el mejor conocimiento de la vida y obra de Alejo Carpentier. Así nació la idea de un proyecto con el nombre de PAIDEIA que, curiosamente, se acercó más a su vocación y propósitos en la más temprana denominación que de dicho proyecto se conserva, "proyecto general de acción cultural", que en la que adoptó casi un año después —"proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura"-5-; ciertamente menos difusa pero al mismo tiempo más deudora de los límites (o su falta) a los que así se obligaba— y mantuvo hasta su disolución o muerte natural en lugar y fecha de los que, sospecho, nadie podrá ya dar cuenta. ¿Cuándo cesó de existir el Proyecto PAIDEIA? Que entre la pregunta y su respuesta ausente lo único posible sea, hoy, la primera, debería no sólo servir de explicación al hecho de por qué, a diecisiete años de distancia, PAIDEIA y sus espectros parecen acecharnos con perfiles truncos pero aún distintos, que se proyectan más allá de la apacible sombra de su envés museable, sino también prevenir contra la tentación del gesto displicente que quisiera hacer pasar el tímido envión por palmada en el hombro. Que a tal pregunta no podamos responder, quizás y por ahora, sino con la presentación y comentario de estos documentos, podría comenzar a paliarse (responderse) con otra pregunta, otras, invertidos los términos: ¿Por qué no cesa de existir el tiempo de la pregunta (su cuándo)? ¿Por qué el fragmento que fue PAIDEIA sigue en busca de su imán? Pero 1988 era, fue, un año cualquiera y lo que ocurrió en ese año pudiese haber ocurrido un número impreciso de años antes —en el 87 o el 82, quizás incluso en el 75 (salvo la circunstancia azarosa de que entonces el de Reina María Rodríguez habría sido un nombre apenas un poco menos reconocible, y el de Rolando Prats apenas un poco más desconocido)— pero ni un mes antes de cuando ocurrió, y me refiero aquí a julio de 1989, en que tuvo lugar el último de los “talleres” del Proyecto PAIDEIA en la sala de conferencias del "Alejo Carpentier" y en que en La Habana se vino abajo un muro primero que en Berlín. Después vino la reunión del 4 de agosto, fecha policial del nacimiento de PAIDEIA —fecha exacta y escueta, sí existe alguna en su breve e inconclusa historia; en su finitud, su peso y su reverberación, que hoy continúa—, pues a partir de la lectura y discusión públicas (y las no menos públicas adhesiones, cláusulas restrictivas, abstenciones, votos en contra) del documento en que se “fundamentaba y volvía a lanzar” el proyecto, la lógica de los hechos subsumió la lógica individual de sus actores (su voluntad o su inercia, sus actos y sus actas), como si nuestra historia subalterna, la de un grupo más bien ecléctico y con objetivos declarados a la vez exhaustivamente concretos y, a no dudarlo, para la lógica institucional del país, abrumadora y sospechosamente redundantes —pues ¿para qué existían esas instituciones, cuya única lógica, por demás, parecía nacer y morir en el hecho desnudo de su existencia?—; por ejemplo: “[...] la fundación de dos talleres de trabajo de carácter permanente adscritos a PAIDEIA —denominados LOGOS y POIESIS—, los cuales estarían dedicados, respectivamente, a: 1) la difusión, análisis, valoración, interpretación e investigación del pensamiento crítico y teórico en el campo de la cultura —de modo tal que el taller LOGOS devenga en sí mismo un módulo de centro de investigación de la cultura— y 2) la (re)presentación, análisis y valoración crítica de obras y experiencias artísticas individuales o colectivas, fundamentalmente provenientes de las zonas experimentales y de vanguardia del arte y la literatura contemporáneos, de modo que el Taller POIESIS se pueda convertir en un espacio polivalente de experiencias socioculturales [...]”, así como con aspiraciones insinuadas, pues el lenguaje, cualquier lenguaje, no habría admitido sino su insinuación, refractarias a la más diestra lectura correctiva y, por ello mismo, aun más sospechosas: “Sólo si hiciéramos visibles, en la conciencia de todos, los elementos naturales y diversos que concurren a integrar un estado cualquiera de cultura, sería posible alcanzar, sin paridades previas a su ecuación histórica, la totalidad de su cifra y discernir en ella lo inacabado y confuso, de lo esencial y definidor (...)"... como si nuestra historia secundaria no hubiere podido ya volar, en el vientre de la historia principal, sino en piloto automático y en círculos: ¿quién que propusiese un diálogo desde una identidad fuerte (PAIDEIA, en sus condiciones, no podía ser sino un proyecto original, si no desde el punto de vista cultural sí desde el punto de vista político) y una representatividad débil (PAIDEIA no representaba sino su propia posibilidad) habría podido resolver la antinomia de integrarse, diluyéndose, para subsistir en una identidad heterónima pero diferenciable, por un lado, y, por el otro, resistirse a la anonimia, prolongándose —para no cesar en el próximo hiato entre unos ojos esquivos y unos oídos sordos— en la espacialidad inhabitable de una temporalidad abstracta? Pero antes de la reunión del 4 de agosto vinieron, a mi casa (entonces en la calle 30, pegado a la costa, como se dice, en Miramar), Ernesto Hernández Busto, la única otra persona a cuya temeraria energía se hubiere podido deber, si no enteramente —a nadie se lo habría— al menos sí decisivamente la voluntad de leer, en el cierre del espacio cultural (pero finito) del Proyecto PAIDEIA, la apertura de su tiempo político, y Radamés Molina. Las polémicas páginas que, bajo el título de "A manera de introducción", precedieron, after the fact, aquellas en que se exponían, con lenguaje y propósitos que apenas diferían de las más tempranas formulaciones de PAIDEIA como "proyecto de acción cultura" o, incluso, más tarde, como "proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura”, los “objetivos, tareas y programa” del Proyecto —el salto, y la fisura, son aún visibles; la continuidad entre las conclusiones que se anteponían (en “A manera de introducción”) y las premisas que hasta ese momento se habían testado, o verificado en la práctica (tautología machacada como para recordar, recordarse, que no se trataba sólo de buenas intenciones o malas entelequias); praxis institucional, se dice en "Tesis de mayo", deseo, experiencia y posibilidad derrotados no por lo tautológico sino por lo político— fueron redactadas, apuradas, en casa de Quisqueya Henríquez, mi casa (doble) de entonces y en la que, si no me traicionan el deseo o la memoria, se produjo mi primer encuentro con Ernesto, visitante autoinvitado pero bienvenido y, luego, en aquella misma terraza sobre jardines y huertos, o en lugares ahora imposibles de recordar, además de con Radamés, con Jorge Ferrer y César Mora. Todavía escucho a Ernesto dictándome, dictándonos, la frase, que me sigue pareciendo demasiado concisa para introducir tan graves declaraciones, “Nuestra posición, en esencia, es la siguiente”, imponiendo, sin mayor resistencia entonces, obliterada después mi voluntad de mantener a raya al habla cuando se quería o debía entrar en la lengua, las formas nominales de la enumeración —“Creciente insatisfacción y preocupación por la relación actual ...”, “Inconformidad con el margen real...”, “Rechazo a [esto y lo otro y lo de más allá]”—, construcción que sería lo primero que querría cambiar yo, si volviésemos a estar, ahora, en aquella mañana de julio, o en cualquiera de las otras mañanas o tardes o noches— en la calle 30 o en 25 y 0 (donde vivía Ernesto, en coincidencia histórica que me divertía y, a ratos, me asustaba), o en Brisas del Mar, de nuevo pegados al agua, en la casa en que vivían, parte de un tiempo que se fue haciendo cada vez más largo, Graciela Mateo y Omar Pérez López, y en la que se concibió, redactó, discutió, afinó “Tesis de mayo”, tal vez, de todos, el único documento, o en el que más, en que se acercó PAIDEIA al momento álgido, siquiera desiderativo, siquiera retórico, del equilibrio imposible entre sus antinomias (“pluralidad de saberes participativos”, “reversibilidad de las relaciones de poder”, “horizontalidad de las relaciones sociales”, “democratización de la cultura”, por un lado y, por el otro, “[una] vanguardia política [que participe] de la vanguardia epistemológica” y “un concepto universalmente válido de cultura”) y sus aporías (“crítica marxista de los marxismos”, “tradición marxista”, “tradición de un marxismo” —el subrayado es mío); Omar Pérez López, la única otra persona a cuya no menos temeraria universalidad se hubiere podido deber, si no enteramente (a nadie se lo habría) al menos sí decisivamente la capacidad de avizorar, en la apertura del espacio político (pero finito) del Proyecto PAIDEIA, el ahondamiento abisal de su posibilidad ética; si volviésemos a estar en cualquiera de las paradas de aquel peripato en que me di, nos dimos a pulir, como Spinoza cerca de Leyden, aquellos textos cuyos resquicios perseveraban en su ser. Quedan, de un lado, los textos, que podremos volver a leer, es decir, a releer —pues leer se puede sólo en el momento en que se escribe; lo demás es todo traducción del lenguaje en sí mismo—, con extrañeza o nostalgia, o con mera curiosidad, historiográfica o crítica, pero que no podremos ni olvidar ni desatribuir (que no querríamos desapropiar, pues sus luces y sus sombras ya son unas, y los derechos que se adquieran, de esos textos, no tendrán otro usufructo que el deber de testarse, una vez y otra, en los arduos imposibles de la perfecta distancia), textos, algunos, que podrían mañana reingresar en su deseada, asumida tradición, como en las cartas abiertas de Omar Pérez, a Carlos Aldana una (“[...] ensordecido por el fragor del monólogo político que no cesa, el ciudadano tiene para elegir la homologación o el anatema; en el terreno, vasto, que los separa habrá siempre lugar para un indiferente anonimato. “Revolución”, ya ha sido dicho, es condición histórica, no escudo de armas para ser empotrado en los muros de la ciudad tomada, es campo para las mutaciones, no laboratorio para las mutilaciones más caprichosas, [...] distribuir los dones y los nombres de la revolución no es una prerrogativa de nadie, o lo es de todos [...]”); a Bruno Rodríguez Parrilla, la otra ("[...] pretender modificar, así sea modestamente, el cuerpo de la política [...] significa reavivar el cinismo de los "apolíticos” y el instinto de conservación de los “políticos profesionales”. A esas respuestas que no son [...] las únicas posibles, queremos oponer, no la resignación que anuncia precozmente la muerte de la sensibilidad moral, sino el distanciamiento; tan arduo es intentar que el escéptico renuncie a su hábil somnolencia como inútil pretender desmentir al hombre que ha hecho de la inexactitud un modo de vida [...]”). Del otro, los recuerdos, pugnando por perseverar en su ser dividido: todo recuerdo se proclama fiel al tiempo del que, secretamente, se quiere (se sabe ya) libre. ¿Por qué me recuerdo ahora, en que me siento a caminar por ellos, con Jorge Ferrer, tras mi primer y último regreso a Cuba, en el otoño del 93, en aquella como “casa de visita”, en algún punto entre la intersección de Calzada del Cerro y Rancho Boyeros y la Plaza de la Revolución, que ya no sé o pregunté jamás de quién era, leyendo yo, mientras se cocinaba alguna pasta, a Lenin ("Sobre las cooperativas”, terapia por extrañamiento de quien venía de regresar, entre incauto y ahíto, de la abundancia), sumido él, me cuenta ahora, en sus “lecturas cubanas”, porque aquellos, me dice, fueron “sus tiempos cubanos”; Jorge Ferrer, quien fue a recibir al aeropuerto a aquella suerte de alter ego compartido, pasado de peso y sacado de paso, con olor —dice hoy, con perspicacia que se me habría escapado incluso ayer— “a poder intuido y perdido”; o con Omar Pérez, en el portal de la Alianza Francesa, en la calle G, el día, o al otro, en que saliera en Juventud Rebelde aquel artículo sobre Tercera Opción y su inserción en el Proyecto de Programa Socialista Democrático ("A caballo regalado no se le mira el colmillo", 16 de febrero de 1992; exactamente cuatro años después de que se inaugurase, oficialmente, el Proyecto PAIDEIA en el "Carpentier"; coincidencia en la que acabo de reparar por primera vez en catorce años), entre sorprendidos y alentados por la noticia (¿acaso no había en aquellas palabras, de amenaza menos que de condena, un taimado acuse de recibo, alguna esquiva aceptación de nuestra invitación al diálogo?) y liberados por la evidencia de que alguna línea se había cruzado, de que llegaba a su final la tregua y se nos encimaba, corriendo, la hora de distanciarse del escepticismo y de la inexactitud, esas dos otras opciones, comunes a cualquier paisaje, de la que la tercera que queríamos llegar a ser halló su expresión precisamente más exacta y menos escéptica no en el lenguaje programático de “Tercera Opción: una alternativa democrática por la independencia económica, la soberanía política, la justicia social y los derechos del hombre”, sino en el epigramático de la “Carta abierta al Director de Juventud Rebelde”; o con César Mora, en casa de Tanya... ¿O se escribía Tania? He olvidado su apellido, apenas recuerdo el rostro, su delgadez, su voz, la casa ordenada y tranquila; sus modales suaves, precozmente cómplices, pedagógicamente distantes. Nunca le pregunté a César, quien me la presentara como si ella y yo estuviésemos reencontrándonos, hermanos o primos separados por algún accidente del que han oído apenas, de dónde venía ni por qué confiaba en ella (fue en su casa de Centro Habana donde se transformó en partida de nacimiento, paciente, discretamente, el largo, rumoroso parto de Tercera Opción, y si su nombre y su firma no aparecen al pie de ninguno de esos documentos fue por una decisión pactada de protegerla, no de excluirla). Tampoco pregunté, cuando dejamos de verla, al menos juntos, por dónde andaba, ni siquiera por qué había desaparecido... o con César, otra vez, en los días angustiosos, felices, secuestrados... del golpe de estado de agosto del 91, celebrando, en un parque del Vedado, la noticia del regreso de Gorbachov a Moscú, abrazándonos en ella; o con Manuel Moreno Fraginals, en su casa de la Primera Avenida, en Miramar, pegado al agua, mostrándole yo alguna "declaración de principios", algún "llamamiento", alguna "carta abierta", apostando a su aprobación, salivando ante la posibilidad, remota pero inmediata, de irme de allí con su firma, oyéndolo decirme que alguna vez había estado él en mi lugar, que ojalá no me tocase, a años luz de aquel encuentro en la semipenumbra de una casa plantada en los patios mismos del sol, estar en el suyo... Manuel Moreno Fraginals, a quien vi por azar y por última vez, sin que me viera, sin que me recordara (¿cómo iba?), comprando un billete de lotería en un 7-Eleven, en Calle Ocho y Salzedo, en Miami... Entre la tarde o la mañana de aquella primera visita de Ernesto a casa de Quisqueya, un día cualquiera de los primeros meses del 89, y la noche del verano del 94 en que vi a Moreno entrar y salir de un 7-Eleven (en el 94 ya todos nos habíamos ido; —algunos, saliendo del país; otros, quedándose en él—, apenas transcurrieron cinco años. Con la excepción de Armando Súarez Cobián y Reina María Rodríguez, o no conocía, o conocía de lejos, al resto de quienes serían mis compañeros de PAIDEIA, Tercera Opción, el Proyecto de Programa Socialista Democrático. Cinco años que, a diecisiete o doce de distancia, siguen siendo el espacio común de nuestra única contemporaneidad natural, la de aquellos azares, orígenes, reencuentros, la de estos adioses de bienvenida, siguen siendo el tiempo del que no hemos salido, el lugar al que no podemos regresar —algunos no querrían, alguna vez será ya imposible—; memorias colectivas e inconfesables.)

VI

Habría que volver, no obstante, en ocasión como ésta (reencuentro del archivo con la plaza) a intentar responder a la pregunta no sólo por los medios en aquel entonces posibles o imaginables, y de los que estos textos (y las contribuciones que al museo o la cátedra estos textos inspiran), sino sobre todo por los fines, últimos y primeros: ¿qué quería PAIDEIA?; es decir, ¿qué quería cada uno por nosotros?, o mejor ¿qué quería cada uno en PAIDEIA y qué podía querer PAIDEIA en nosotros? ¿revolución en la Revolución o Cultura en la “cultura?” -6- A lo primero, en todo caso, no habría podido llegarse sin lo segundo, al menos no con medios que solían pasar, ellos mismos —por astucia táctica o deriva estratégica—, por fines. De lo segundo dependía que lo primero no corrompiera sus fines; no con medios sin escrúpulos, sino sin mitades. ¿Era la dependencia institucional pactada, por la que se pronunciara PAIDEIA, voluntad de reinserción de una palabra en su lengua (en busca de la perfecta equidistancia entre la mutua presuposición y la respectiva autonomía que entraña tal relación y de su superación) o deseo de ruptura que suprime sus fines últimos en la buena conciencia de sus medios? ¿Apuesta táctica sin baza estratégica o salto —en cámara lenta— mortal? ¿Autoabolición de los medios —la cultura como esfera, simbólica, de actividad reproductora a través de la recreación—, a imagen y semejanza del sueño del Estado revolucionario, en los fines —la cultura como vida, o mejor, la vida sin más como único estado posible, y soportable, de Cultura— desde una identidad, si no redundante o impertinente desde el punto de vista institucional (centro cultural allí donde lo que escaseaba no era el espacio de la cultura sino su tiempo, es decir, sus usos; partido político allí donde estaba prohibido formarlos), sí condición necesaria para aquello por lo que apostaban, al menos, algunos de nosotros, y hacia lo que gravitaban, al menos, algunos de nuestros postulados: romper el nefasto ciclo revolución-contrarrevolución (y sus respectivos excesos) y acceder a lo total en lo continuo, allí donde único se cruza y entrelaza y se decide (el deterioro, desfiguración o fracaso sin vuelta de todo modelo —incluido el modelo de socialismo, o los modelos, que se han ensayado en Cuba—, tiene entre sus causas la resistencia de lo cultural inmanente heredado, su escepticismo refractario —que se resuelve como inmadurez histórica que pasa, o se hace pasar, por idiosincrasia de una identidad—, hacia todo fin último, la impaciencia, y precariedad, de los medios)... allí donde único se cruza y entrelaza y se decide todo, es decir, la cultura, ya no como "cultura", ya no como "sector" o "esfera" o “actividad”, sino como totalidad posible, inmanencia transubstanciada. Al fracaso de la idealidad de las abstracciones del bien (libertad, democracia, derechos humanos) —es decir, a la irrealización de los fines últimos, la corrupción de los medios de que se dota su búsqueda; irrealización consumada por el propio triunfo, en lo empírico, de su única posibilidad, pues libertad, democracia y derechos humanos han dejado de ser, desde hace más de dos siglos, máximos ideológicos para convertirse en mínimos políticos, condición necesaria pero no suficiente de la viabilidad, moral y práctica, de todo proyecto de vida pública— se responde con el triunfo de la idealidad de las abstracciones del mal (“represión”, “dictadura”, “violaciones de los derechos humanos” y, en el caso de Cuba, ese extraño, persistente fenómeno de autoexcomunión refleja, “Castro” —¿se ha preguntado alguno de los nominalistas de la tercera generación, no la de "los primeros años" ni la del Mariel, sino la de los "hijos desencantados" de la Revolución, por lo patético o lo inútil que resulta transformar, de la noche a la escapada, a “Fidel” en “Castro”, como si al decir “mal” se exorcizara toda posible participación culpable en la fallida, o venida a menos, versión del bien?, como si semejante triunfo, y su propio beneficiario, el mal, pudiese no ya sólo ser revertido sino también explicado al margen y fuera de toda relación, precisamente, con el bien fracasado pero, no deberá olvidarse, aún defendiendo, con su propio pacto con el mal, su derecho al absoluto-7-. ¿Fue la generación PAIDEIA, llamémosla así, un espejismo histórico o un aborto de las circunstancias? Antes de adelantar una respuesta, dejemos que la lectura de los textos que aquí se presentan, es decir, su reescritura aunque no su traducción, confirme la validez de la pregunta y, quizás, comience a insinuar una de las respuestas posibles: que en PAIDEIA halló una última encarnación, poética si no teórica, utópica si no programática, una posibilidad de renovación, o, mejor, de refundación, del proyecto revolucionario (refundación que no puede dejar de presuponer la superación de las condiciones de lo revolucionario como cataclismo), en pareja enemistad con el continuismo que se legitima a sí mismo en el mero hecho de prolongar su existencia y con la restauración que autoproclama su triunfo, y su legitimidad, en el mero hecho de recrear las condiciones de su próxima defunción.

VII

De la indisposición para leer estos textos, es decir, para rescribirlos; ¿o será más exacto decir de la indisposición que se siente al leerlos?; o de la reticencia de hacerlo desde otro lugar que no sea el displicente hastío de quien no puede ya ver en ellos sino las actas clínicas de un escozor juvenil, siempre a medio curar entre lo precoz y lo anacrónico, no podremos desprendernos con las rapsodias de un anecdotario (o mejor, un anecdotismo) a la vez interesado y desdeñoso, como si las peripecias de la vida familiar o de la amistad colegiada hubieren sido la única, si no la mejor, ocasión de probidad, al margen o por encima de la iniciación, salutífera a la vez que traumática, en los trajines de la vida pública, como si la única unidad posible entre la historia, esta historia, y sus agentes (la única amistad posible entre cicatriz y herida) fuese esa suerte de comunión en el reconocimiento del fracaso, tanto del mal enfrentado como del remedio prescrito, como si el único futuro posible, después de todo, espejo del pasado que no pudo haber sido, fuese el que describe Stanley Fish a propósito de las aporías de Francis Fukuyama sobre la relación entre jihadíes de estos tiempos e Islam (me permito citar in extenso): “(...) In the long run, Islam will be no threat, because in the long run its adherents will be just like us—secular people who might enjoy a discussion of “final ends” now and then, but who will not insist that such metaphysical concerns structure the public realm (...)  Whenever I read arguments like Mr. Fukuyama’s I think of “Die Hard.” In that 1988 movie, you may remember, a Los Angeles skyscraper is taken over just before the end of the working day. For much of the movie we are allowed and even encouraged to think that Alan Rickman’s character Hans Gruber and his not-so-merry crew are doing what they are doing in the name of some cherished cause. But then, sometime after the midpoint, we learn that they are just doing it for the money. They are not ideologues, acting out an allegiance to a creed or to a program of liberation; they’re crooks. And once we know that we can stop thinking about their motivations or anything else and sit back and enjoy what we came to see—Bruce Willis (as John McClane) killing everyone in sight. That’s a movie you can watch without straining yourself. No faithful warriors calling into question your faith, just a bunch of bad guys. But we are not in a movie.” -8-

De lo que se trata, precisamente, no es de volver a pensar lo mismo, valga el oxímoron dos veces (pensamiento único, pero nuevo, contra pensamiento único, pero anquilosado), sino de no dejar de pensar. Pues el problema, para parafrasear a Stanley Fish esta vez, no es tanto que en aquel entonces, back then, no hayamos estado en una película. El problema es más bien que, ahora, cuando podríamos, sin sobresaltos ya ni consecuencias, recrearnos a nosotros mismos mientras compendiábamos aquellos textos, destilábamos esta carta abierta, minábamos ese manifiesto, apurábamos aquella proclama, —por impaciencia, primero; por ignorancia, siempre; casi por miedo, después: el de querer, a deshora, salvar el pellejo cuando se está ya en carne viva—; creyendo, actores no profesionales a la vez que espectadores, que hasta la mitad de la película lo hacíamos embriagados por algún contagioso, aunque genérico, idealismo, y que, descubierto el embuste, se siguió haciendo por una suerte de deformación profesional: el lenguaje de la política puede mostrar tanta adicción a repetirse a sí mismo —como si del conjuro de sus ajadas fórmulas dependiera menos su eficacia que su legitimidad—, como el lenguaje “de la diferencia” a metamorfosearse hasta el extravío (que no hasta su pérdida), como si no hubiera verdad que sobreviviese a su mera formulación; el problema, y la buena suerte de tener sólo la necesaria, es que ahora tampoco lo estamos.

Nueva York, mayo de 2006.  

NOTAS
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1. Adorno, Theodor. Minima Moralia: Reflections from Damaged Life.Trans. E.F.N. Jephcott. London: Verso, 1974, 121-122. Véase Adorno, Theodor W., Minima moralia: Reflexiones desde la vida dañada (Versión castellana de Joaquín Chamorro Mielke), Taurus, Madrid, 1998, pág. 121. Curioso que en la traducción francesa de la misma obra se hable, en el subtítulo, de “vie mutilée”. Véase Minima moralia: réflexions sur la vie mutilée (Traduction : Jean-René Ladmiral), Payot (réedition), Paris, 2003.
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2. Daniel S. Milo, Llaves, Ediciones Catalejo, Miami, 2005 (traducido del francés por Rolando Prats-Paez), pág. 30.
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3. Según se lee en la página provisional de bienvenida de www.paideiapapers.com: “PAIDEIA PAPERS will host the online archives containing all the available documentation, from private and public collections; published or unpublished; printed, recorded, filmed, or handwritten; attributed or not, produced by or related to Proyecto PAIDEIA, Tercera Opción, Corriente Socialista Democrática Cubana (...), and other projects, works, groups, publications, or activities that may be relevant to the main purpose of the site, which is to contribute to the preservation of a selected documentary legacy without which any history of the intellectual and political movement(s) of the Cuban society from the end of the 80s on would be at least incomplete.”
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4. “Si, desde Heráclito, los dialécticos nos han venido horadando el ojo para que vea el simultáneo de cada polo, lo que es que no es al mismo tiempo, de José Martí hemos perdido la mediación entre el suceso vivo irrepetido y la lectura viva repetible: ahora esa lectura sigue sucediendo, se re-escribe y es re-escrita en diálogo con su otra circunstancia: filiación que proviene de su inconclusa futuridad y su incitada resistencia [...] Tendremos que reencontrarnos con el que siente “la necesidad de ser más de lo que es” y que “no pudo ser allí”. Es la lección que nos va resultando imprescindible y como constituyente ante cada desafío: porque José Martí sigue siendo nuestra suprema posibilidad de síntesis entre lo secular desintegrado y lo que viene cerrándose por los “enlaces continuos invisibles” (...) tendremos que seguir extendiendo la necesaria contemporaneidad, la modernidad natural de quien nos acompaña tutelarmente inconcluso, tendremos que reencontrar, sin macerarla en lecturas de un finalismo satisfecho, la raíz de su doble destino: el uno, mítico; el otro, histórico. Aquél actuando sobre éste, sumando capas bajo las cuales el fuego de los dioses se da en ceniza museable; lo histórico, sorprendiéndonos por entre las brechas entre el bronce y el mármol, con sus nuevos avisos acumulándose.” Véase "José Martí: la totalidad imposible”, de Rolando Prats, en: El Caimán Barbudo, [La Habana, Cuba], año 23, edición 266, enero [de] 1990, págs. 2-3.
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5. A ese propósito véase, entre otros, PAIDEIA. PROYECTO GENERAL DE ACCIÓN CULTURAL (1988) y lo que hemos decidido llamar PAIDEIA I, el documento sin título que se leyó en el "Alejo Carpentier", en agosto de 1989, con aires de manifiesto político a la vez que de “invitación a la reflexión” a partir y en función de un “un cuerpo de ideas y propuestas prácticas”.
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6. Véase, a propósito de la dinámica institucional de la que dependían y con la que pugnaban PAIDEIA y otros proyectos paralelos en el tiempo o afines en sus presupuestos, inquietudes o propósitos, el ensayo “Más acá del bien y del mal. El espejo cubano de la posmodernidad", de Iván de la Nuez, publicado en julio de 1991 en la revista mexicana Plural. Nótese que en esa fecha (el ensayo en cuestión, según su autor, fue escrito entre diciembre de 1990 y febrero de 1991) se encontraban todavía en Cuba la mayoría, si no la totalidad, de los miembros de lo que para entonces era un proyecto (PAIDEIA) en estado de precaria pero acelerada metamorfosis hacia modalidades de asociación y funcionamiento que desbordaban los estrechos pero inequívocos límites de lo "cultural" entendido como actividad y no como dimensión constitutiva de toda sustancia o fenómeno.
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7. Para un acercamiento algo diferente a este mismo tema, véase, en la sección Utopista de este número, el artículo "Patria y soledad (A propósito de Tercera Opción)", de César Mora.
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8. “(...) A la larga, el Islam no constituirá ninguna amenaza, porque a la larga sus seguidores serán, sencillamente, gente como nosotros, individuos seculares que de vez en cuando podrían disfrutar una discusión sobre los "fines últimos", pero que no insistirán en que tales preocupaciones metafísicas estructuran la esfera de lo público (...) Cada vez que leo argumentos como el de Fukuyama, me acuerdo de "Die Hard". En esa película de 1988, como tal vez recuerden, es ocupado un rascacielos de Los Ángeles poco antes del final de la jornada. Durante la mayor parte de la película se nos deja y hasta se nos incita a creer que Hans Gruber, el personaje interpretado por Alan Rickman, y su no tan alegre banda hacen lo que hacen en nombre de una supuesta valiosa causa. Pero entonces, pasada la mitad, nos damos cuenta de que lo hacen sólo por dinero. No son ideólogos que actúen por lealtad a una creencia o algún programa de liberación; son ladrones. Y una vez que caemos en esa cuenta podemos dejar de pensar en sus motivaciones o cualquier otra cosa y relajarnos y disfrutar lo que se ha venido a ver: Bruce Willis (en el papel de John McClane) matando a todo el que se le cruce. Ésa es una película que uno puede ver sin tener que esforzarse. En vez de guerreros leales que cuestionen nuestra propia fe, apenas un puñado de malhechores. El problema es que no estamos en una película”. Véase el texto completo en http://fish.blogs.nytimes.com/. Stanley Fish, “Islam v. ‘Jihadists’, 20 de abril de 2006, en "Think Again", Op-ed blog del autor para The New York Times.

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