DOSSIER
PAIDEIA V


PAIDEIA
Proyecto de promoción, crítica e investigación de la cultura

El timbre irreal de estas proposiciones indica, no su carácter utópico, sino el vigor de las fuerzas
que impiden su realización. Herbert Marcuse

UNA ACLARACIÓN QUE SE HA HECHO NECESARIA-1-

El pasado 4 de agosto tuvo lugar, en el Centro de Promoción Cultural "Alejo Carpentier"-2-, una lectura pública de la primera versión-3- de este Documento [sic]. En el ánimo de quienes lo redactamos y lo dimos a conocer no estuvo nunca sino el propósito de enriquecerlo con las ideas, observaciones y puntos de vista del mayor o, en su defecto, del mejor número de compañeros vinculados, de algún modo u otro, a nuestra vida cultural-4- y obtener, por esa vía y refrendándola con una firma-5-, una legítima representatividad para las tesis, intenciones y propuestas prácticas con las que el Proyecto PAIDEIA se identifica.

[É]sta que presentamos aquí es la quinta y, a los efectos de los objetivos inmediatos que este Proyecto se plantea en el ámbito de nuestras instituciones culturales, definitiva redacción del texto del Proyecto. Entre una redacción y otra no ha mediado sino la natural evolución por contacto en virtud de la cual las ideas van ganando en cuerpo y en perfil. Fue terminada, por puro azar, en vísperas de celebrarse el Día de la Cultura Cubana. Aunque nos es ajena toda relación litúrgica con nuestras tradiciones, sirva ese azar de motivo para reafirmar nuestra más serena convicción de que no pertenecemos ni queremos pertenecer a otra cultura que no sea la cubana, ni a otro movimiento de ideas y valores que no sea el revolucionario, de raíces martianas y vocación socialista.

De ningún modo se nos escapa que conceptos como Cultura, Revolución, Cubanía no son meros pasaportes políticos sin visado de crítica, sino campo de pelea.

Por nuestra parte, la apelación al diálogo y la acción mancomunad[o]s sigue en pie.

Ciudad de La Habana, octubre de 1989

I. Introducción

En los últimos tiempos hemos venido asistiendo a toda una serie de cambios tendentes a lograr una mejor implementación de la política cultural cubana. Al hablar de esa política se suele trazar etapas y hacer referencia a documentos en los que están recogidos los aspectos esenciales de la política de la Revolución en relación con la cultura. Aunque una historia de la política cultural de la Revolución Cubana todavía está por hacerse, parece indiscutible que los años 1975 y 1976 señalan nuevos rumbos en la concepción e implementación de esa política, primero con la aprobación por el I Congreso del PCC de la Tesis y Resolución "Sobre la cultura artística y literaria" y, posteriormente, con la creación del Ministerio de Cultura.

A casi quince años de distancia nuestra vida cultural aparece signada por nuevos sujetos y nuevas (y viejas) contradicciones, pero tras la diversidad de interrogantes y respuestas que hoy se formulan se puede percibir una constante: la voluntad de alcanzar, por la cultura, una conciencia real de nuestros auténticos problemas y trascender lo especular en la búsqueda de su solución.

Entre los cambios a que aludíamos al principio valdría la pena destacar, por ejemplo, la organización de los llamados "grupos de creación" en la esfera del arte cinematográfico o la más reciente descentralización de la gestión del Ministerio de Cultura en la esfera de la cultura artística y literaria, a través de nuevas instancias tales como el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, el Instituto Cubano de la Música, entre otras.

Tales cambios, que tienen como contexto un creciente clima de diálogo entre políticos, creadores, críticos, investigadores e instituciones de la cultura, han ido conduciendo a nuestra intelectualidad a una suerte de doble expectativa en virtud de la cual si, por un lado, los últimos pronunciamientos y decisiones oficiales en relación con la cultura se agotaran en la profilaxis o en la retórica, nuestra comunidad intelectual podría participar de una legítima decepción y si, por el otro, las actuales perspectivas se concretasen en un curso coherente de transformaciones verdaderamente irreversibles, nuestra cultura habrá dado un paso -que tal vez resulte decisivo- hacia el más amplio despliegue de sus potencialidades.

La realidad de los hechos nos ha ido situando frente a una segunda ambivalencia. Y es que, ahora, al ampliarse en potencia la capacidad de diálogo entre el poder político y la intelectualidad y mantenerse la tolerancia, en el terreno de la cultura, hasta el polémico límite de lo que ese poder entienda como "políticamente permisible en un proceso revolucionario"; reconociéndose de palabra una y otra vez la necesidad de que sea preservada una atmósfera de reales libertades -más allá de la abstracta distinción de libertad de forma y/o contenido- tanto en el campo de la creación como en el del ejercicio de la crítica, cuyos únicos límites (los de esa libertad) estén marcados por la legitimidad ética, política y, sobre todo, estética e intelectiva de la creación y la crítica mismas, se ha caído en un punto de precario equilibrio, donde a la adopción -por algunos- de posturas gesticulantes y -como suele decirse ahora- francotiradoras (ajenas, en esencia, a la vocación y la voluntad de diálogo y respeto mutuo sobre las que se ha de sostener todo genuino estado de derecho en la cultura) ha solido suceder la reducción y la censura.

Desde nuestro punto de vista, ante situaciones como esa, no se trata de postular ni de exigir una libertad a ultranza en nombre de una supuesta inmanencia axiológica del arte, la moral, el derecho o la política. Se sabe que toda libertad es relativa, que toda escala de valores es histórica, que toda acción humana contrae su más íntima significación dentro de un sistema de oposiciones culturales. De lo que se trata, en suma, es de proclamar y reivindicar una vez más el derecho común a discutir (y a disentir) y participar en el establecimiento de los principios y fundamentos mismos en los que se ha de basar nuestra convivencia.

Precisamente dentro del clima de diálogo que se ha ido afianzando en los últimos años y convencidos de que así estaremos contribuyendo a la preservación de la más noble raíz de la política cultural históricamente postulada por la Revolución Cubana -libertad de creación dentro de la axiología necesaria-; contribución que alcanzaría a la Revolución misma en su dimensión más profunda -la de hecho cultural por excelencia-, nos hemos dado al empeño de reflexionar e invitar a la reflexión sobre una serie de aspectos que nos parecen claves para una mejor comprensión de lo que hoy nos preocupa en el campo de la creación y del pensamiento y hacia los cuales, quizás, valdría el esfuerzo seguir orientando el debate -cuyo carácter de necesidad permanente no se debiera soslayar- sobre cultura, ideología y política.

Semejante diálogo tendría razón de ser sólo si contribuyera a prefigurar una praxis sociocultural más democrática y si, al tomar en cuenta de manera seria y desprejuiciada tanto opiniones coincidentes con las nuestras como otras de divergente signo -sin suspicacias gratuitas que comprometan las intenciones de fondo de unas u otras posiciones-, pudiese alcanzar desde ahora una mejor conciencia del espectro real de la praxis creadora y teórico-crítica que definen el momento actual de nuestra cultura.

Por lo pronto nuestras reflexiones y las ideas y acciones que de ellas hemos ido derivando han encarnado en un proyecto cultural que, con el nombre de PAIDEIA, fundamentamos y volvemos a lanzar desde estas páginas, luego de seis meses de trabajo -de febrero a julio de este año- en el Centro de Promoción Cultural "Alejo Carpentier"-6-.

Nuestra posición, en esencia, es la siguiente:

1. Inquietud y preocupación crecientes por la actual relación -y por las contradicciones e inconsecuencias que de tal relación se derivan- entre la política cultural postulada y la actuación concreta de los mecanismos institucionales encargados de su puesta en práctica. Creemos que se impone un análisis crítico de la historia de la política cultural cubana después de la Revolución, tanto a través de sus documentos programáticos como de sus aplicaciones efectivas, pues esa política se ha definido y sigue definiéndose en relación con la Revolución y ésta es un hecho cambiante que, al transformar a su objeto y sujeto históricos, se transforma también a sí [misma]. Si nuestras instituciones culturales permanecen sin el grado de autonomía necesaria -aquél que sin implicar su desestatización no implique, al mismo tiempo, su conversión en meros instrumentos (en vez de fines en sí mismas) del Estado y del Partido-, todo llamado de parte del poder político a discutir y buscar solución a los problemas de la cultura sólo en el marco de esas instituciones tendrá su límite donde debiera tener su punto de partida: la diferencia de opiniones y programas. Todo debate que no trascienda la simple función catártica estará condenado a servir de legitimación al estado de cosas de donde nacen las contradicciones y diferencias;

2. Insatisfacción por el aun insuficiente margen de incidencia de la intelectualidad en nuestra vida política, tanto más si esta última se enclaustra en los inapelables límites de lo que -sin que medie discusión- se considere, desde arriba, como "revolucionario", así como por el tratamiento ideologizante de la figura del intelectual, de su función y sus prerrogativas en una sociedad como la nuestra, declaradamente comprometida con un proyecto global de autodefinición, emancipación y desarrollo. En ese sentido, salta a la vista la contradicción entre el grado de compromiso ideológico que se le exige al intelectual y su real nivel de acción independiente en el terreno de la política. Más que a una intelectualidad comprometida, debemos aspirar a una intelectualidad orgánica, pero -en las condiciones de Cuba- esa organicidad se podrá forjar sólo en el libre juego entre sociedad y cultura, es decir, en una nueva relación de jerarquías horizontales que se abra a la solución de las contradicciones entre cultura hegemónica y cultura dominante en busca de una nueva síntesis, la cual pueda caracterizarse como una auténtica cultura popular;

3. Desacuerdo con la reiterada práctica de identificar, de manera automática e inconsulta, al poder político y los intelectuales, y a aquél con la sociedad en su conjunto, tanto en el plano de las ideas como en el de las decisiones. No se trata de trazar una línea artificial inamovible entre el poder y los intelectuales, sino de hacer valer el criterio de responsabilidad social como ejercicio pleno de las capacidades y prerrogativas que a cada cual compete[n] y no como mera afiliación externa a la clase en nombre de la cual se ejerce el poder. Si semejante identificación fuese real, entonces no tendría sentido mantener los-7- mecanismos políticos e institucionales mediante los cuales el poder-8- se reserva el derecho de decidir, en última instancia, qué se corresponde o no se corresponde con los "intereses" de nuestra cultura. La identidad entre poder político e intelectualidad puede ser deseable y hasta necesaria, pero sólo a condición de que la razón de estado no se erija en razón de la cultura. Lo que tiene carácter de transición es el Estado, no la cultura que lo antecede, lo condiciona y, finalmente, lo sobrepasa. El Estado que postula su autodestrucción ha de ser instrumento de la cultura, no a la inversa. El proyecto histórico de la desalienación como condición sine qua non para el pleno ejercicio de la libertad humana -libertad que presupone no la anulación de los valores sino la superación de todos los dualismos- no es una fantasía, sino una necesidad intrínseca a la cultura misma. Toda utopía es historia;

4. Aspiración a que el diálogo entre el poder político y la intelectualidad deje de ser unidireccional y sujeto a coyunturas. Que los espacios obtenidos por la praxis creadora y el pensamiento crítico -que es también una praxis- no sean mediatizados por la necesidad de unanimidades políticas. Sólo si el intelectual deja de ser concebido y tratado por el poder político como mera instancia consultiva ese diálogo podrá pasar a un plano de verdadera igualdad en cuanto a las posibilidades de incidencia en la conciencia colectiva. La jurisdicción sobre esa conciencia no debe ser patrimonio de ninguna 'vanguardia", sino espacio de autor[r]ealización de esa conciencia;

5. Rechazo al espíritu y la práctica del falso consenso, causa real -entre otras- de que algunas zonas y líneas del pensamiento político y cultural releguen, en nombre de incuestionables (e incuestionadas) coincidencias estratégicas, la multiplicidad natural históricamente inherente a la cultura cubana; multiplicidad que no ha de ser, necesariamente, obstáculo para la unidad política de la Nación, sino garantía de autenticidad, riqueza y equilibrio. Quienes niegan la Nación, niegan -de hecho- su cultura. Afirmemos entonces la multiplicidad de nuestra cultura como modo de defenderla. Si hoy la existencia misma de la nación y la cultura cubanas se plantea en los términos de la existencia del Estado socialista, independiente y soberano, la única razón legítima para la defensa incondicional de este Estado es que ese Estado defienda incondicionalmente nuestra cultura. Todo protagonismo politico que no sea expresión concentrada de protagonismo cultural es una forma de imperialismo;

6. Rechazo al uso reduccionista del concepto y de la imagen del pueblo y sus aplicaciones vergonzantes en el terreno de la cultura. Estamos convencidos, al respecto, de que la acción de grupos e individuos en el terreno de la cultura y, en consecuencia, en el de la política, es necesario valorarla en correspondencia con los profundos cambios ocurridos en la estructura socioclasista de la nación cubana. Nosotros, artistas e intelectuales, aunque numéricamente no somos mayoría, nos reconocemos -por origen, formación y vocación- parte natural de los sectores populares de la sociedad cubana. Para nosotros lo popular en la cultura no es lo identificable con lo tradicional o lo folklórico, en oposición a lo contemporáneo o lo culto, ya que en el presente la cultura popular, en su sentido más dinámico e históricamente operante, se nutre tanto de la continuidad como de la ruptura de la tradición que le sirve de referencia. Creemos que lo auténticamente popular no ha de ser el objeto de una búsqueda paralizante o arqueológica, sino el sujeto activo de un proceso continuo de autoafirmación y liberación colectivas;

7. Convicción de que nuestra sociedad se engaña a sí misma si reemplaza al hombre real por un concepto de hombre nuevo que se reduzca a una ficción ideológica. Para nosotros ese concepto ha de entenderse no como categoría política o sociológica -que al presente sería un término genérico más que una abstracción y no rebasaría el marco de un pensamiento desiderativo y normativo, indefectiblemente condenado al dogma-, sino como imagen histórica de una utopía , tan vieja como el humanismo, alcanzable sólo -si se quiere preservar su natural mediación con el sujeto histórico concreto del período de tránsito- en la dialéctica de las sucesivas transiciones hacia una plena naturaleza humana. La reducción de la imagen del hombre nuevo a un estático ideologema -imagen, por demás, entrañable por su filiación y proyección originarias en el proceso revolucionario del que formamos parte- podrá servir solamente para legitimar una educación y una cultura donde el axioma impere sobre la interpretación, la exégesis sobre la crítica, la demostración sobre la búsqueda;

8. Convicción de que el problema de la ideología política y sus relaciones con el arte, la educación, la ciencia y la cultura, así como con el resto de las manifestaciones de la vida social, debe ser tratado desde la razón dialéctica, en íntima conexión con la praxis a la que esa ideología se orienta y de la que se proclama anticipación o reflejo. Los principios pueden devenir meros estereotipos si el factor ideológico de la praxis revolucionaria se eleva a la categoría de infalible método de acción y conocimiento;

9. Desacuerdo con cualesquiera visiones teleológicas de la historia y la cultura cubanas que pudiesen alimentar y justificar interpretaciones determinista[s] de nuestras tradiciones y nuestra identidad nacional, o tender a legitimar políticas culturales reduccionista[s], sea por la vía de una extrema ideologización retrospectiva de toda nuestra cultura, sea -en el otro extremo y como rechazo a la primera- por el camino de su desideologización ahistórica. Concebimos lo cubano como espacio mediador de apropiación creadora de lo universal, como relación, no como sustancia. Cubanidad es universalidad propia. La indagación de lo cubano como alternativa ideológica a la desintegración del modelo de un socialismo universalizante -más que universal- no puede conducir sino a la espúrea teleologización de nuestra historia por los mismos que, en su momento, prácticamente la redujeron a un ejercicio de ilustración de las llamadas leyes del materialismo histórico.

Al fijar nuestra posición no hemos pretendido erigirnos en jueces, sino entregar un cuerpo de ideas, intenciones y propuestas prácticas -en modo alguno imperfectibles- que constituya un diagnóstico, más que un ajuste de cuentas; que sea una nueva apertura a la posibilidad de replantear el diálogo sobre bases-9- representativas del espectro cultural de la Nación, más que un estéril cierre hacia una imposible autarquía.

II. Definición y objetivos

PAIDEIA es un proyecto de actuación práctico-crítica en el campo de la cultura, tal y [sic] como se perfila hoy ese campo sobre el tejido de relaciones sociales que constituyen el contenido histórico-concreto de nuestro ser y nuestra idea de la cultura. Ello no significa ni que la cultura sea un espacio cerrado sobre sí mismo, a modo de entidad autotélica, ni que -en última instancia- cultura y sociedad puedan ser identificadas, aunque ambas conformen temporalmente una única realidad.

Entendemos por cultura un movimiento desde una tradición hacia una identidad imaginada dentro de una praxis concreta. Tal praxis condiciona, verifica y modifica ambos términos del movimiento de la cultura -tradición e identidad-, pero ese movimiento, a su vez, sólo es posible si se piensa como praxis de una cultura determinada, como actividad del espíritu. Constituyen elementos esenciales de ese devenir la promoción, distribución y reflexión de la imagen que una comunidad humana se da de sí a sí misma. Desde ese ángulo, PAIDEIA se define como proyecto por y para la cultura, tanto para la creación y la promoción, como para la investigación y la crítica.

PAIDEIA se propone contribuir al diálogo permanente y mutuamente enriquecedor entre creadores, promotores, críticos e investigadores de la cultura y, sobre esa base, al intercambio y concertación de experiencias, criterios y proyectos de creación, promoción, crítica e investigación de la cultura, de modo que semejante diálogo, y el intercambio que del mismo surja, pueda derivar en un modelo -entre otros posibles- de praxis coral y polifónica de la cultura. Una praxis de ese tipo podría potenciar la más activa interacción entre todos aquellos factores y formas de la cultura que mejor contribuyan a la mutua revelación de nuestra propia identidad humana y al continuo mejoramiento de nuestro proyecto social de vida.

PAIDEIA, en su condición de instancia mínima y en la medida de sus fuerzas, se propone contribuir a acercar el cumplimiento de objetivos que, por su alcance y envergadura, desbordan sobremanera la capacidad de acción de un proyecto cultural, pero sin la prefiguración de los cuales, éste o cualquier otro proyecto de similar naturaleza se privaría a sí mismo de un horizonte hacia el cual moverse y desde el cual identificarse. En consecuencia, PAIDEIA asume como propios -aunque no los agote ni los pueda agotar- los siguientes objetivos:

II. 1. Objetivos generales:

II. 1. 1. Contribuir, desde la cultura cubana, al doble movimiento de diferenciación y universalización de la cultura, de búsqueda y afirmación de la propia identidad y asimilación original de la identidad otra, de especialización del conocimiento y socialización del saber, de ejercicio creciente de la libertad creadora y asunción orgánica del compromiso con el proyecto histórico de emancipación y desalienación del hombre;

II. 1. 2. Contribuir, entre nosotros y por nosotros, a la revitalización de la cultura como saber participativo, es decir, como participación y superación de las antinomias entre los discursos de distinta razón. Es la búsqueda de ese saber por participación lo que nos convoca a situarnos en una perspectiva epistemológica que aspira a resistir las falsas antinomias entre la llamada razón científica y la denominada razón ideológica y a rechazar, en el campo de la investigación y la crítica humanísticas, tanto el discurso "cientista" y formalizante como el ideologizante y "comprometido". Nos pronunciamos por la impulsión entre nosotros de un pensamiento humanista, no en un sentido arcaizante o arqueológico de imprevisibles consecuencias dogmáticas, sino en función de nuevas exigencias prácticas y valorativas. Ello se nos presenta como forma legítima de situarnos al nivel de los tiempos, uno de cuyos posibles rasgos es el de la confluencia -en un proyecto global de paz, desarrollo socioeconómico y cultural y mejoramiento humano- del proyecto de la modernidad ilustrada y el proyecto marxista de praxis liberadora en sus respectivas encarnaciones y hermenéuticas. Ambos proyectos parecen conciliables en una sociedad como la nuestra, en la que ayer subdesarrollo económico, injusticia social y dependencia política no siempre ni necesariamente equivalieron a epigonismo cultural y en la que hoy independencia económica, soberanía política, justicia social y revolución en la cultura concurren en el cuerpo programático del proyecto revolucionario de la nación cubana;

II. 1. 3. Contribuir a la problematización del concepto de cultura y, en particular, de "cultura artística", según el cual el arte -o la cultura reducida a las formas sensibles- se entiende sólo como "actividad simbólica", "desalienación ilusoria", "compensación fantástico-emotiva". Se[me]jante concepto del arte y de la cultura podría ser problematizado no sólo mediante la desmistificación y desacralización de la actividad arte, sino también mediante la extensión de la esencial capacidad desalienadora de la creación artística a otras esferas de la actividad humana. Ambos caminos suponen la gradual reeducación, recaracterización y redistribución de los sujetos de la cultura;

II. I. 4. Contribuir a la renovación de las relaciones de intercambio y retroalimentación entre sistemas de enseñanza y demás sistemas de la cultura. Para ello postulamos y aspiramos a promover la posibilidad de acortar las distancias entre el aula y la cátedra, por un lado, y la escena, el taller de creación, la revista de arte, literatura, o crítica, por el otro, mediante el flujo y reflujo de las mejores fuerzas de la cultura;

II. 1. 5. Contribuir a la superación de la falsa disyuntiva oficialidad-marginalidad en el campo de la cultura. Para ello postulamos y aspiramos a promover la idea de la diversidad metodológica junto a la de la unidad programática y de la libre asociación a la par -y no en oposición- que la institucionalizada, de modo que la diferencia no sea interpretada como disidencia, ni la discrepancia -como segregación, ni la alternatividad coexistente -como marginalidad antagónica;

II. 1. 6. Contribuir a la renovación de la política de intercambios culturales entre las ciudades de la República. Al respecto nos pronunciamos contra todo centrismo en el terreno cultural y por trasladar el centro de gravitación, en ese campo, de lo cuantitativo político -como valor nominal- a lo cualitativo cultural -como dimensión real de la existencia humana-, es decir, de la implantación simétrica de las llam[a]das instituciones culturales básicas a la búsqueda e implementación de las formas locales específicas, del argumento estadístico al análisis concreto e integral de la incidencia social de los hechos de la cultura.

II. 2. Objetivos específicos:

II. 2. 1. Concebir, organizar y ejecutar acciones de carácter sociocultural que reclamen, como condición suficiente y necesaria, la participación igual, libre y activa de los diversos factores de la producción, promoción, distribución y recepción de la cultura, esto es, de la creación, la difusión, la crítica y la investigación de la cultura y que dilaten, por su real incidencia en las formas de conciencia colectiva y por su apertura a los verdaderos modos sociales de comportamiento, el espacio social que los aparatos de poder le han concedido, tradicionalmente, a la cultura como zona de reproducción simbólica de las relaciones humanas;

II. 2. 2. Crear un circuito integrado para la circulación de los hechos de la cultura, el cual abarque, articule y dinamice el intercambio de información entre los distintos espacios y medios de comunicación social, de modo que una praxis cultural concreta, físicamente circunscrita a un espacio vital limitado, pueda alcanzar en el más alto grado su verdadera dimensión social. En calidad de componentes mínimos de ese circuito concebimos el espacio inmediato de la experiencia directa, su reproducción y procesamiento audio-visual y su recepción crítica en los medios de difusión masiva;

II. 2. 3. Convertir el Proyecto en un espacio experimental, abierto a nuevas obras, prácticas y experiencias artísticas que, por su carácter, alcance e intención, requieran -para su análisis, valoración e interpretación adecuados- de un clima de respeto, rigor y competencia;

II. 2. 4. Contribuir a la ampliación, profundización y enriquecimiento del pensamiento teórico y la competencia metodológica de los nuevos valores que están surgiendo en el campo de la creación, la promoción, la crítica y la investigación de la cultura, mediante la sistemática organización de encuentros entre representantes de las diversas generaciones, promociones y tendencias en que se agrupan nuestros artistas, escritores, críticos, investigadores y teóricos del arte y la cultura y mediante la apropiación crítica del pensamiento crítico avanzado, proveniente de otros centros de cultura y de praxis social revolucionaria. Queremos rescatar, para nuestro pensamiento político, social y filosófico, el imperioso estatuto de filosofía de la praxis;

II. 2. 5. Contribuir a la renovación del contenido y el concepto mismos de la actividad de difusión, promoción y distribución del arte, la literatura y otras formas y manifestaciones de la cultura. Para ello es necesario transformar esa actividad en un hecho esencialmente cultural, diseñado, realizado y controlado -siquiera parcialmente- por los propios sujetos creadores del producto que se promueva y distribuya, en un movimiento gradual que tienda a reducir cada vez más el papel y la participación de factores ajenos a la creación misma y a elevar el interés, responsabilidad, poder de decisión y nivel de acción concreta de artistas y escritores en relación con la difusión, promoción y distribución de sus obras.

III. Propuesta de trabajo

Con vistas a verificar en la práctica la posibilidad, utilidad y conveniencia de cumplir los objetivos antes enunciados, así como su validez y alcance reales, los abajo firmantes consideran viable y oportuno presentar al Ministerio de Cultura y demás instancias e instituciones culturales del país -UNEAC, Casa de las Américas, Asociación "H[erma]nos[]Saíz", centros de promoción e investigación de la cultura (Alejo Carpentier, Juan Marinello, Wifredo Lam, etc[.]), Biblioteca Nacional "José Martí", publicaciones culturales y otras- oficialmente facultadas para la implementación de la política que dicho Ministerio promueve, la siguiente propuesta de trabajo:

III. 1. Interesarse en el carácter, objetivos y propuesta de trabajo del Proyecto PAIDEIA y, consideradas su aceptación y viabilidad, ofrecerse como sedes de dicho Proyecto, sin que ello implicare [sic], por nuestra parte, exigencia alguna de modificación del perfil, contenido de trabajo, tareas en curso y/o perspectivas, intereses específicos y personalidad jurídica de tales instituciones ni, en consecuencia, la aceptación por nosotros de modificaciones de principio en la letra y el espíritu del Proyecto o su disolución en algunas de las entidades mencionadas;

III. 2. Apoyar, institucional y organizativamente, la fundación de dos talleres de trabajo de carácter permanente adscritos a PAIDEIA -denominados LOGOS y POIESIS-, los cuales estarían dedicados, respectivamente, a: 1) la difusión, análisis, valoración, interpretación e investigación del pensamiento crítico y teórico en el campo de la cultura- de modo tal que el taller LOGOS devenga en sí mismo un módulo de centro de investigación de la cultura- y 2) la (re)presentación, análisis y valoración crítica de obras y experiencias artísticas individuales o colectivas, fundamentalmente provenientes de las zonas experimentales y de vanguardia del arte y la literatura contemporáneos, de modo que el Taller POIESIS se pueda convertir en un espacio polivalente de experiencias socioculturales;

III. 3. Promover la apertura en la prensa plana, radial y televisiva de espacios regulares para la promoción, la difusión y la crítica de las actividades de PAIDEIA. Tales actividades comprenderían exposiciones, representaciones, proyecciones y ensayos públicos, lecturas, mesas redondas, coloquios, seminarios, conferencias y tantas formas [como] sean posibles en función de promover, difundir, recepcionar [sic] y ejercer el derecho a la crítica de la creación y el pensamiento;

III. 4. Promover la creación de una publicación periódica que recogiere [sic], desde una perspectiva crítica, las actividades de PAIDEIA y se pudiera [sic] constituir en espacio e instrumento de reflexión colectiva sobre la cultura, bien a partir y en función de las propuestas prácticas y teóricas de PAIDEIA, bien en virtud de la propia dinámica social del diálogo y la polémica sostenidos de manera multilateral y sistemática, y de los cuales PAIDEIA no sea sino una entre otras instancias de debate. Dicha publicación -para la que proponemos el nombre de OIKOS, como emblema de nuestra vocación de construir, con PAIDEIA, una nueva casa, afirmada -sin mimetismo pero también sin falso espíritu iconoclasta- en lo nutriente y formativo de los valores universales de la cultura humana- y de nuestra aspiración a devenir conciencia e instrumento de acción de una cierta comunidad que, sin desintegrarnos, nos incluya y otorgue un sentido mayor- no es concebida, por quienes ahora y aquí promovemos la posibilidad de su existencia, como cuerpo de representación de sólo un grupo artístico o literario, o de un equipo de investigación, o de una corriente o tendencia única de pensamiento -como no sea la que emane de modo natural de la comunidad de ideas y objetivos de las zonas más activas de nuestra cultura-, sino como lugar de encuentro y de tensión de las distintas corrientes y tendencias que hoy informan y conforman la cultura cubana, sin más propósito ni ganancia para aquéllas que la posibilidad de hacerse visibles y socialmente operantes, ofreciéndose en la tangibilidad de su cuerpo vivo a la confrontación de ideas y valores. Sólo si hiciéramos visibles, en la conciencia de todos, los elementos naturales y diversos que concurren a integrar un estado cualquiera de cultura, sería posible alcanzar, sin paridades previas a su ecuación histórica, la totalidad de su cifra y discernir en ella lo inacabado y confuso, de lo esencial y definidor.

IV. Final

PAIDEIA, en tanto proyecto para la promoción, crítica e investigación de la cultura, aspira a ser -más que un grupo abierto de trabajo- un estado de concurrencia de todas las fuerzas vivas de nuestra cultura. Para nosotros ello entraña la posibilidad de intentar una respuesta horizontal y abierta, coral y polifónica -por parte de creadores, críticos, investigadores y promotores de la cultura, así como de todos los hombres que, por su actitud de permanente búsqueda de nuevas dimensiones de la existencia humana, alcancen para sí -más allá de cualesquiera distinciones públicas- la condición de intelectuales (en el sentido de la capacidad de intelegir lo existente, y no en el de la posibilidad de vivir de esa intelección), a la necesidad, el anhelo y la esperanza de hacer confluir, en un esfuerzo humanista -justo y viable-[,] ideas, propósitos y valores comunes. En ello vemos una forma de contribución, libre y consciente de los retos que enfrenta, a nuestra cultura y nuestro imaginado destino. desde un humanismo consustancial con [sic] nuestra vivencia de lo propio como espacio de apropiación del mundo.

Al invocar en estas páginas una actitud humanista ante la cultura -que es, de hecho, un humanismo- y propugnar su afirmación práctica, no lo hacemos desde una distancia hipotética o meramente especulativa, sino en nombre de una proyección que halla raíces en la memoria viva de nuestra imagen histórica, que es la forma herencial más resistente de lo cubano: la historia como imagen de su destino.

En la figura de José Martí, aquel que hizo a la vez el arte y la justicia, que empeñó a la vez su palabra en el conocimiento y en la caridad, aquél que entró a la vez en su último combate y en su primera sobrevida, con una Vida de Cicerón en el mismo bolsillo [sic] en que llevaba 50 cápsulas [sic], hallamos consagrada y, a la vez, inconclusa -y como exigiendo siempre nuevos cumplimientos- una esencial vocación de universalidad y de justicia y una indivisa voluntad de creación y de servicio que constituyen, todavía, una abierta y ganable posibilidad de tradición y un símbolo inquietante de identidad y de destino.

Es a la esencial continuidad de ese proceder y de ese pensamiento, en cuya síntesis histórica que fue José Martí se pudo resolver la dolorosa unidad de eticidad, espíritu de indagación y ejercicio de la libertad humana como valor supremo de la cultura, que queremos entregarnos.

Atentos a esa posibilidad de tradición, pero al constante acecho de nuestras propias secularidades. Abiertos a las insinuaciones de la práctica en lo social visible, pero en constante pugna con pragmáticas indistinciones entre los medios y los fines. Centrados en el hombre histórico, pero gravitando -desde su irreductible sustancia ética- hacia la tenaz y renovada utopía de la unión de la justicia, la libertad y la belleza.

Ciudad de La Habana, 19 de octubre de 1989

Carlos ALFONSO, Ángel ALONSO, Atilio CABALLERO, Almelio CALDERÓN, Luis Felipe CALVO, Raúl DOPICO, Gerardo FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, Jorge FERRER, Abel FOWLER, Julio FOWLER, Emilio GARCÍA MONTIEL, Esther María HERNÁNDEZ, Ernesto HERNÁNDEZ BUSTO, Reinaldo LÓPEZ, Rafael LÓPEZ RAMOS, Rosendo LÓPEZ SILVERIO, Pedro M[A]RQU[ÉZ DE ARMAS], Juan Carlos MIRABAL, Jorge [A.] MIRALLES, Abelardo MENA, Radamés MOLINA, Omar PÉREZ, Antonio José PONTE, Rolando PRATS, Reina María RODRÍGUEZ, Alexis SOMOZA, Armando SUÁREZ COBIÁN, Bladimir ZAMORA, Pedro VIZCAÍNO-10-.  

NOTAS
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1. Se reproduce aquí íntegramente el texto del original, que consiste de veinte folios de papel de estraza de 8 1/2 x 13 pulgadas, mecanografiados (folios 1-3 y 13-20) o mimeografiados (folios 4-12) y numerados del 2 al 17 a partir del quinto folio. Se respeta el léxico, la sintaxis, la puntuación y la ortografía (salvo en el caso de unas pocas, y obvias, erratas), no así la tipografía del original, la que no ha sido objeto, sin embargo, sino de pequeñas variaciones, hechas con el único propósito de uniformar en lo posible la presentación del documento y facilitar, así, su lectura. Se ha seguido en lo fundamental el mismo criterio en la reproducción del resto de los documentos originales que se conservan de (o relacionados con) [el Proyecto] PAIDEIA y [el Movimiento Independiente de Opinión] TERCERA OPCIÓN.
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2. Inaugurado el 24 de mayo de 1982 bajo la dirección de Lilia Esteban de Carpentier, viuda de Alejo Carpentier. El Centro tiene su sede en la calle del Empedrado 213-215, entre San Ignacio y Cuba, en la antigua casa de la Condesa de la Reunión, a pocos pasos de la Plaza de la Catedral, en el llamado casco histórico de La Habana. Para una primera aproximación a las actividades del Proyecto PAIDEIA en el Centro de Promoción Cultural "Alejo Carpentier" (febrero a julio de 1989), véase "PAIDEIA: UN PROYECTO INCONCLUSO DE PROMOCIÓN, CRÍTICA E INVESTIGACIÓN DE LA CULTURA" en "TESIS DE MAYO" (agosto de 1990).
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3. Véase el texto íntegro de la primera versión en el documento titulado PAIDEIA I.
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4. Para formarse una idea, siquiera parcial, del tenor del debate suscitado por la lectura de la primera versión del documento (véase notas 3 y 5), puede ser de interés reproducir aquí, textualmente, los siguientes apuntes manuscritos, tomados durante la referida reunión del 4 de agosto, y que figuran en folio anexo a la primera impresión (mimeografiada) del documento de marras:
"Proyecto PAIDEIA: Éste fue el documento leído y discutido en la reunión del viernes 4 de agosto en el Carpentier:
• Principales observaciones hechas por los asistentes:
- especificar el carácter de país socialista que tiene Cuba, junto a lo de occidental y tercermundista.
- incluir en el concepto de intelectualidad a la intelectualidad técnica.
- distinguir, a la hora de enjuiciar el concepto de "hombre nuevo", lo que éste representaba para el Che y lo que ha sido entendido por otros.
- [d]istinguir en el concepto de modernidad no un solo proyecto, sino varios.
- alcanzar un mayor nivel de concreción en las propuestas instrumentales del Proyecto.
- que la acción social real del Proyecto queda velada o imprecisa[.]
- que el discurso del Proyecto es demasiado general y globalizante y lo que se precisa son acciones concretas de grupos[.]
- que la Introducción del Proyecto no se justifica por el Proyecto mismo y éste puede prescindir de ella.
• Resultado de la reunión:
Se aprobó por consenso el Proyecto sin la Introducción. El documento fue firmado por una parte de los presentes."
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5. Tras la referida lectura pública y discusión de la (¿una?) primera versión del documento, 26 de los presentes decidieron firmar "el Proyecto sin la Introducción de acuerdo con el consenso logrado en la reunión del 4 de agosto de 1989 en el Centro "Alejo Carpentier", según se lee en folio mecanografiado y anexo a la primera versión (mimeografiada) del Proyecto PAIDEIA. He aquí sus nombres en el mismo orden, quasi alfabético, y la misma forma en que figuran en la lista que ocupa dicho folio (incluidos los números, añadidos a mano y en tinta azul): 1. Lupe ÁLVAREZ; 2. Eduardo AZCANO; 3. Adriano BUERGO; 4. René AZCUY; 5. Tania BRUGUERA; 6. Ana Albertina DELGADO; 7. Leonel ELÍAS; 8. Antonio Eligio Fernández (TONEL); 9. Edgar ESTACO; 10. Emilio GARCÍA MONTIEL; 11. Atilio CABALLERO; 12. Luis GÓMEZ; 13. Isis INFANSÓN; 14. Abelardo MENA; 15. Jorge A. MIRALLES; 16. Alejandro LÓPEZ; 17. Iván de la NUEZ; 18. Reina María RODRÍGUEZ; 19. Arnol RODRÍGUEZ (PETEKO); 20. Rafael ROJAS; 21. Pedro SASTRIQUES; 22. Lázaro SAAVEDRA; 23. Alexis SOMOZA; 24. Félix SUAZO; 25. Armando SUÁREZ COBIÁN; 26. Pedro VIZCAÍNO. Es de suponer que la razón por la que no figuran en esta lista, con la excepción de Reina María Rodríguez, los nombres de los principales redactores y promotores del documento en cuestión, así como del propio Proyecto PAIDEIA, haya sido el desacuerdo de principio de estos últimos con la idea y la propuesta de prescindir por completo de la Introducción. Bastará comparar las respectivas listas de los firmantes de la primera y quinta (y última) versión del documento para darse cuenta de que nunca se llegó a superar dicho desacuerdo.
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6. El Proyecto PAIDEIA inició de manera oficial sus actividades en el Centro de Promoción Cultural "Alejo Carpentier" el 16 de febrero de 1989. Las siguientes son las palabras inaugurales pronunciadas ese día por Rolando Prats, miembro fundador y principal animador del Proyecto. Se reproducen íntegra y textualmente del original mecanografiado en folio de papel de estraza de 8 1/2x 11 pulgadas (entre corchetes, las variantes desechadas, erratas u omisiones):
“PALABRAS EN LA INAUGURACIÓN DEL PROYECTO PAIDEIA
Cuando, reunidos en el patio de Calias, Protágoras y Sócrates discurrían sobre la posibilidad de formar la virtud por la educación y la enseñanza, estaban situando en el centro polémico de la paideia, de su paideia, es decir, de su visión de la cultura, el problema primero de la existencia misma: la dimensión ética del individuo, el punto prodigioso por donde el logos atraviesa al hombre y lo devuelve al universo como hacia aquel río de aguas sucesivas donde ningún instante se separa dos veces; arista que es la raíz -¿quién es el hombre?- y la luz divisada -¿cuál es su destino? La raza de Sócrates y de Protágoras, de Heráclito y de Parménides, de Platón y [de] Plotino -síntesis inicial y no célula pura del cuerpo que anhelamos- nos ha legado[,] en ese nombre, a la vez un proyecto y una clave. Proyecto porque ninguna sociedad de clases ha trascendido la división de la cultura, ninguna sociedad ha superado el viejo desgarramiento entre el púlpito y la plaza. Clave porque sólo en la unidad de la cultura podrá el hombre proyectar la figura y su imagen, la profecía y la pregunta sobre un plano indiviso, hecho de continuas comuniones. Decimos arte y no decimos toda la cultura, sino sólo un reducto, una punta, un recodo. Vereda en la que el hombre ha abandonado los caminos confusos, mapa sobre los mapas militares.
Cuando 2500 años después Werner [Jaeger] declinaba traducir paideia por educación, cultura..., nos remitía doblemente a la imagen de una plenitud y una carencia: cultura, para decirlo con la contemporaneidad de Lotman, como "memoria no hereditaria de la comunidad", por un lado; cultura, por el otro, como sobrevida, simbólica rebelión, secreta resistencia. Que no podamos fragmentar aquel espejo en mosaicos aislados y enemigos, sigue diciéndonos al oído palabras que han de ser oídas.
Hagamos de la cultura, en la tierra de los anuncios y los desembarcos, en Tampa o Ciudad México, en Las Coloradas o en Playitas; hagamos, en la tierra que al mismo tiempo rasgaba con pistola [las paredes] los muros de un presente que usurpaba el pasado y ganaba [su or] sus orígenes en la página oscura, el coral en la imprenta, hagamos de la cultura una igualdad de las diferencias, una tensión de vasos que se comunican en el rechazo y la búsqueda, una gravitación histórica hacia la forma de la esencia, la forma que es el núcleo de mañana.
Rolando Prats ”
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7. Sigue una palabra tachada e ilegible.
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8. Sigue una palabra tachada e ilegible.
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9. Parece haberse borrado la palabra “más”. No queda claro si se lo hizo de manera intencional.
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10. Añadido con lápiz, después de impreso el documento junto con las firmas. El nombre de Pedro Vizcaíno había figurado, anteriormente, entre los firmantes de la primera versión del documento "sin la Introducción" (véase nota 5).

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