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-2-Tan evidente como la crisis por la que atraviesa hoy la sociedad
cubana es la necesidad de promover-3- alternativas políticas
a la obstinada idea de que, errores aparte, existe en Cuba una sociedad
socialista con cuya defensa —a cualquier precio— está
comprometida la independencia del país y a la ilusión,
no menos obstinada-4-, de que los males que aquejan hoy a Cuba se
puedan erradicar solamente con economía de mercado, pluripartidismo
y alineamiento con los Estados Unidos de Norteamérica [sic]-5-.
“Tercera Opción: una alternativa democrática por
la independencia económica, la soberanía política,
la justicia social y los derechos del hombre”-6-, documento
elaborado en la segunda quincena de junio, es el intento de pensar-7- una de tales alternativas.
A los eternos invocadores de la praxis, siempre dispuestos-8- a
descalificar —bajo la figura de lo abstracto— lo concreto de toda reflexión,
lo mismo que a los eternos custodios de la teoría, no menos
prestos-9- a descalificar —bajo la figura de lo inmediato—
la trascendencia de todo acto que toma conciencia crítica-10- de sí en su ser para sí acto inmediato, nos gustaría
proponerles un pensar como forma de acción política
por y para el diálogo entre todas las fuerzas sociales. Sólo
una sociedad capaz de dialogar consigo misma se situará en
la frontera de todas sus opciones.
A los eternos custodios e invocadores del orden, dispuestos siempre-11- a descalificar —bajo la figura de lo ilícito— lo
legítimo de toda disensión, nos gustaría recordarles
una verdad de [P]erogrullo: es ilegal disentir sólo allí
donde también lo sean las leyes que lo prohíben.
Rolando Prats César Mora
Ciudad de La Habana, 22 de septiembre de 1991.
I. SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL-12- EN CUBA
I. 1. La imposibilidad, cada vez más
evidente, de que el sistema económico cubano, en su ordenamiento
actual, garantice el crecimiento sostenido del producto nacional,
no la mera reproducción de la vida social mediante el aseguramiento
de niveles de subsistencia, es la-13- clara expresión de
que la sociedad cubana, más que por un período de dificultades,
atraviesa-14- por una verdadera crisis económica, cuyas causas
no se limitan al bloqueo por parte de Estados Unidos, la desaparición
del campo socialista, las reformas en la URSS y las condiciones de
desigualdad imperantes en las relaciones económicas internacionales.
Hay que extender el análisis a problemas de fondo de un sistema
económico que los hechos definen por el voluntarismo, el subjetivismo,
la irracionalidad y la ineficacia-15- inherentes a un régimen
estatal burocrático cuyas decisiones últimas son de
naturaleza política o ideológica-16-, a despecho de
las estructuras creadas de dirección y planificación
de la economía, las cuales —sin dejar de ser burocráticas
y, en muchos casos, obsoletas— suponen cierto grado de racionalidad
y subordinación a un diseño científicamente fundamentado
del desarrollo económico y social-17- del país.
Lo que esa crisis pone de manifiesto no es sólo, ni fundamentalmente,
las deformaciones de una economía subdesarrollada, dependiente
del mercado externo, en condiciones históricas caracterizadas
por el intercambio desigual, el dumping-18-, el proteccionismo
y el endeudamiento, ni el descalabro de los términos de intercambio
con la Unión Soviética y los demás países
que integraban la comunidad socialista-19-, ni el cerco económico
al que Cuba es sometida por el diferendo político con Estados
Unidos, sino, sobre todo, el agotamiento de un sistema de gestión
económica-20-, pretendidamente socialista, que ha conducido
al país a nuevas formas de dependencia, sin una infraestructura
que le permita evitar el progresivo deterioro de sus niveles de producción
y consumo.
El monopolio estatal sobre la producción y distribución,
así como la determinación de ambas por métodos
burocráticos y administrativos, se han convertido en factores
que excluyen toda posibilidad de articular un mecanismo de regulación
económica basado en la ley del valor y en la interacción
directa de productores y consumidores. Por el gigantesco volumen de
información que exige, el empeño centralizador del Estado
no se traduce en capacidad para reflejar en los planes las posibilidades
económicas reales del país, desfasaje [sic] que constantemente-21- conduce al voluntarismo y la irracionalidad en la gestión económica.
El poder exclusivo que sobre la gestión económica del
país ejerce el Estado puede sustentarse sólo en la limitación
de la participación directa de los productores en las distintas
fases de la actividad económica, los que se ven sometidos no
sólo a restricciones que traen como resultado el desaprovechamiento
de las potencialidades productivas de la sociedad, sino también
a un sistema arbitrario de fijación del valor de las producciones
y los salarios, todo lo cual impide la existencia de un mecanismo
de correspondencia real entre los resultados productivos finales y
la remuneración de los mismos.
Tal falta de correspondencia propicia el surgimiento de nuevas formas
de desigualdad social, expresión de la cual es la paradoja
del igualitarismo salarial, por un lado, y el proceso de diferenciación
social, por el otro, que separa cada vez más del resto de la
sociedad a la élite estatal burocrática. Sólo
así puede explicarse la apatía y el desinterés
que caracterizan el desempeño laboral de la mayoría
de los trabajadores, provocados por el bajo poder estimulativo de
los métodos administrativos y burocráticos de dirección
de la economía y no por una abstracta falta de conciencia económica
o por la débil exigencia de parte de las administraciones,
así como la baja productividad del trabajo-22- y la desvalorización
constante del dinero, con la consiguiente baja del poder adquisitivo-23-.
I. 2. La presente crisis, sin embargo,
pone de manifiesto también la obsolescencia-24- de un sistema
político cuyo ejercicio de la democracia no rebasa los límites
de la participación inducida en la discusión formal
de las decisiones de una élite política, mero mecanismo
de legitimación de un sistema de poder en el que Estado, Gobierno
y Partido son una y la misma cosa; identidad visible no sólo
en la figura de dicha élite, sino de modo principal en la carencia
de poder efectivo de sindicatos, organizaciones campesinas, femeninas
y estudiantiles, instituciones científicas y culturales, asociaciones
profesionales e, incluso, asambleas del Poder Popular, tanto para
decidir cuestiones estratégicas del desarrollo económico
y social como para ejercer su influencia en la política exterior
del Estado.
Lo que, en última instancia, la presente crisis pone de manifiesto,
en el plano económico tanto como en el plano político,
no es la inviabilidad de un modelo –llámese o no a sí mismo-25- socialista, adscríbase o no al marxismo–, sino
la imposibilidad, en los marcos de un sistema en el que cohabitan
el inmovilismo de una casta burocrática con atributos de clase
dominante y el aventurerismo de un liderazgo caudillista, no sólo
de garantizar el ejercicio del poder por parte de los sectores sociales
que se suponen, y el propio discurso ideológico dominante proclama,
sujetos de una efectiva transformación social, por alcanzar
mayores grados de igualdad, libertad y bienestar, sino tampoco de
encauzar el país por la vía del desarrollo económico,
indispensable a todo proyecto de emancipación social.
I.3. A la crisis económica
y a la pérdida de legitimidad-26- del actual sistema de poder
se suma hoy la pérdida de credibilidad-27- de un discurso
ideológico incapaz no sólo de dar cuenta del movimiento
real de la sociedad cubana, sino también de fijar, en un cuerpo
doctrinal coherente con sus propios principios, una perspectiva de
análisis, interpretación y transformación de
las realidades que trascienda el dictado de las coyunturas.
Una historia del discurso ideológico de la Revolución
Cubana tendrá que dar cuenta de la progresiva asimilación
de sus perspectivas teóricas, en las que intentaran confluir
una lectura autóctona del marxismo y una síntesis radical
del democratismo revolucionario de resonancias ilustradas, emancipadoras
y humanistas legado por figuras emblemáticas del movimiento
independentista cubano y del movimiento de liberación nacional
en otras áreas del Tercer Mundo, a un corpus cerrado de ideologemas
vacíos que el oportunismo político hace oscilar entre
el eclecticismo y la ortodoxia.
De la promoción tricontinental de la guerra de guerrillas a
la diplomacia de la integración latinoamericana, de la sovietización-28- de Cuba en nombre de la institucionalización del Estado revolucionario
a la desovietización-29- del país en nombre del proceso
de rectificación de errores y tendencias negativas, de la Revolución
Cubana como capítulo de la historia del movimiento comunista
internacional a la Revolución Cubana como oráculo de
esa historia y mesías de ese movimiento, hay sólo cambios
de táctica sobre una estrategia única: mantener en las
mismas manos el poder de decisión sobre el tipo de ordenación
política y socioeconómica que ha de darse Cuba, en nombre
del socialismo o en nombre de la nación, en una operación
permanente de autolegitimación que a la par de sustentarse
en la legitimidad histórica de la Revolución Cubana
somete su devenir a la arbitrariedad de una cúpula gobernante
que se autotitula vanguardia revolucionaria.
Para el discurso ideológico dominante no están en crisis
las instituciones que conforman el sistema de poder, sino una capa
—siempre exigua— de funcionarios incapaces o corruptos.
Para ese discurso la economía cubana no atraviesa una crisis
estructural crónica, sino que es blanco de la influencia de
factores externos que la desestabilizan, como si ello no fuera señal
de la crisis. Para ese discurso, ni el debilitamiento-30- de los
vínculos familiares, ni la pérdida-31- de identidad
de grupos étnicos y religiosos, ni el empobrecimiento-32- de las formas de vida, ni la elevación-33- de los índices
de prostitución, alcoholismo, drogadicción y delincuencia,
ni el crecimiento de la población marginal, ni el monopolio-34- de la economía sumergida en la satisfacción de necesidades
de primer orden de una población mayoritaria, ni el deterioro-35- de los niveles de educación e instrucción de la niñez
y la juventud, ni la degeneración y pérdida de autonomía
cada vez más visibles del arte y la cultura a manos del dogmatismo,
la ideologización y la intolerancia, pero también de
la banalización, la pérdida de espiritualidad y la vulgarización
del gusto y la sensibilidad de las mayorías, constituyen síntomas
evidentes de la profunda crisis en que se debate lo social cubano,
sino, cuando más, remanentes del pasado neocolonial o efectos
de desviaciones de las líneas trazadas por el Partido, que
a la vez que a distancia pueden ser objeto de crítica, en cada
instante presente se consideran las únicas correctas.
Para ese discurso el descalabro de las hasta ayer llamadas democracias
populares-36- no es expresión de la quiebra del totalitarismo
burocrático bajo el peso de sus propias contradicciones económicas,
políticas y sociales, sino el resultado de una ola contrarrevolucionaria-37- que, aprovechando el descontento de las masas y enarbolando sus consignas
de cambio en reclamo de la democratización de esas sociedades,
se ha hecho del poder y ha desplazado de la escena política
a los antiguos partidos comunistas y obreros, cuyo principal error
histórico, según ese discurso, no fue haberse convertido
en maquinaria burocrática al servicio de sí como clase
dominante, sino haberse apartado de las masas y dejado penetrar por
el embate ideológico de Occidente. Sólo mediante esa
versión de los procesos de cambio que hoy transcurren en Europa
del Este puede el discurso ideológico dominante intentar legitimar
la idea de que en Cuba no existen ni las premisas ni la necesidad
de cambios similares.
Para ese discurso la perestroika no es el último capítulo
de una sociedad inmovilizada por más de siete décadas
de dominio absoluto de la burocracia soviética, sino un proceso
de reformas políticas y socioeconómicas encaminadas
a perfeccionar el socialismo soviético e iniciadas en la URSS
después que en Cuba el llamado proceso de rectificación.
Sólo mediante esa versión del proyecto de cambios que
hoy sacude a la URSS, y que sitúa-38- abril de 1985-39- después de abril de 1986 (fechas de inicio, respectivamente,
de la perestroika y la rectificación-40-), puede el discurso
ideológico dominante intentar, a la vez, legitimar la idea
de que las revoluciones socialistas verdaderas, como la de Octubre-41- y la cubana, son irreversibles, sean cuales fueren las deformaciones
a que se vean sometidas, y la idea de la autonomía de la Revolución
Cubana con respecto a lo que ocurra en la Unión Soviética.
A la súbita aceptación de que las llamadas democracias
populares llegaron a Europa del Este sobre los tanques del Ejército
Rojo no puede sino seguir, en la nueva versión de los viejos
hechos, la disminución-42- del papel jugado por la asistencia
económica, la colaboración militar y el respaldo político
y diplomático de la URSS en el sostenimiento de la Revolución
Cubana.
Sin embargo, sólo negando al mismo tiempo que la perestroika
y los procesos políticos de Europa del Este marquen una nueva
etapa en la lucha por el socialismo —si por socialista se entiende
una sociedad democrática en la que al más alto grado
de desarrollo económico corresponda un grado similar de justicia
social y libertad individual— que está trayendo, entre
otras consecuencias, la renovación y el reagrupamiento de las
fuerzas políticas de izquierda, socialistas y democráticas
en el marco de una nueva correlación de fuerzas a nivel mundial,
puede el discurso ideológico dominante intentar legitimar la
asunción por parte de Cuba, país pobre y desgarrado
por la crisis, acosado y aislado como nunca y cuyo gobierno se niega
a aceptar el reto de una democratización necesaria, del irreal
papel de “salvador” del marxismo, del socialismo y del
movimiento revolucionario, no sólo en Cuba sino también
en el mundo, “salvación” que sólo puede
concebirse en nombre de un chovinismo que nada tiene de marxista,
de socialista o de revolucionario.
Semejante mesianismo puede ser sólo la última carta
ideológica de la antigua vanguardia revolucionaria devenida
élite de poder, ante la disyuntiva que le plantean las actuales
circunstancias: democratización de Cuba en la perspectiva de
la renovación de su opción socialista como única
vía hacia la continuidad de la Revolución Cubana o agotamiento
de la Revolución en el intento último de la cúpula
gobernante por autopreservarse y preservar el control absoluto sobre
el poder. La disyuntiva expresada en la consigna “Socialismo
o Muerte” no puede ser la misma que obligue a elegir entre la
muerte propia y la de la patria, si por socialismo se entiende sólo
lo que un poder establecido en circunstancias históricas dejadas
atrás quiera entender y si bajo el pretexto de defender a cualquier
precio tal socialismo se toma como traición a la patria lo
que es legítima disidencia.
Sólo al amparo de una falsa disyuntiva puede intentarse legitimar
la inadmisibilidad de toda oposición política al orden
existente. Al rechazo-43- de toda oposición declaradamente
contrarrevolucionaria, o de toda corriente política o ideológica
que no suponga más alternativa-44- que la vuelta a un capitalismo
subdesarrollado y dependiente de los Estados Unidos, el discurso ideológico
dominante añade la pretensión de que la única
alternativa revolucionaria, democrática y socialista, por no
decir la única desde una perspectiva nacionalista y patriótica,
es la contenida en el programa del Partido Comunista de Cuba, afirmación
por lo menos indemostrable en un país donde ninguna disensión,
aun desde la izquierda o aun desde el marxismo, deviene discusión
democrática.
Sin embargo, no es difícil concebir que tras más de
tres décadas de revolución, la sociedad cubana sea escenario
no sólo de una renovada oposición política e
ideológica declaradamente anticomunista y pronorteamericana,
sino también de un pensamiento de izquierda, socialista y democrático,
igualmente renovado-45-, surgido del seno mismo de la Revolución
y del contradictorio flujo de ideas a que ha dado lugar un proceso
político y social signado por la urgencia de transformaciones
radicales, para las cuales no siempre hubo referencias teóricas.
Hacer visible ese pensamiento, transformarlo en opción política
concreta, llevarlo a la conciencia y a la acción de los más
amplios y diversos sectores sociales con la esperanza de que esa opción
se convierta en una alternativa capaz de conducir a Cuba a una salida
política de sus actuales problemas que marque la continuidad
y renovación del proyecto socialista, es tarea-46- en la
que podrán participar todas las fuerzas democráticas
de la sociedad cubana.
II. TERCERA OPCIÓN:
UNA ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA POR LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA,
LA SOBERANÍA POLÍTICA, LA JUSTICIA SOCIAL Y LOS DERECHOS
DEL HOMBRE
Denominador común del espíritu de nuestro tiempo es
la adhesión, en política, a la idea de la democracia
como fundamento de una vida justa. Hacer política es aceptar
ese desafío, pues por encima de los diversos órdenes
y sus ideologías la democracia es ya una experiencia y es a[ú]n
una esperanza.
Democracia es independencia económica, soberanía política,
justicia social-47- y respeto irrestricto a [sic] los derechos y libertades
del ser humano. La Revolución Cubana de 1959 inició
una etapa de transformaciones económicas, políticas
y sociales que apuntaban a esos objetivos. Luego de más de
tres décadas de experiencia revolucionaria son evidentes los
desarrollos alcanzados en lo social y los esfuerzos realizados en
la búsqueda de una vía independiente de desarrollo económico.
No menos evidentes resultan hoy los límites de un sistema político,
cuyas instituciones todas, en última pero también cada
vez más en primera instancia, a medida que avanza la crisis
económica, el descontento social se agudiza y el cerco del
rechazo internacional se estrecha, son sometidas a la voluntad de
la élite burocrática que domina el aparato del Partido,
los organismos del Estado y los órganos del Gobierno.
A la ausencia de toda posibilidad de promover, por vías legales-48-,
alternativas políticas a la oficialmente proclamada como la
única viable para el desarrollo pacífico e independiente
de Cuba, se agrega hoy la ambigüedad ideológica de una
vida política en la que ideas, principios y valores comunes
a cualquier plataforma socialista son objeto de monopolio de la clase
dominante-49-, la cual, para continuar legitimando el control absoluto
sobre el poder, necesita continuar pretendiendo el control absoluto
sobre la verdad. Defender la posibilidad y la legitimidad de un pensamiento
otro de izquierda en tanto democrático, democrático
en tanto socialista, socialista en tanto incorpore-50- toda nueva perspectiva
de lucha contra nuevas y viejas formas de explotación, opresión
y exterminio, impulse la plena incorporación, sobre bases-51- justas, de los países pobres a la economía mundial y
se oponga a la destrucción del entorno natural del hombre tanto
como de los valores permanentes-52- de la cultura, en primer lugar
de la paz, es, en el contexto cubano, la tarea más inmediata
de las fuerzas políticas que deseen una tercera opción
para Cuba.
TERCERA OPCIÓN significa:
NO a la opción de quienes conciban el socialismo sólo
bajo la forma de la dictadura de una llamada vanguardia sobre el resto
de la sociedad, NO a la opción-53- de quienes quieran imponerle
a Cuba nuevas formas de dependencia-54-.
TERCERA OPCIÓN significa:
SÍ a la democratización más plena de la sociedad
cubana, SÍ a la elevación de sus niveles de desarrollo
económico y de justicia social, SÍ al fin de las violaciones
institucionales de la Declaración Universal de Derechos Humanos-55-,
SÍ al libre desenvolvimiento del arte y la cultura, SÍ
a la integración de Cuba, sobre bases equitativas, con su entorno
geográfico, político, económico y cultural, SÍ
a la existencia de Cuba como nación independiente, pacífica
y democrática.
TERCERA OPCIÓN significa:
SÍ a la necesidad, la posibilidad y la urgencia de promover-56- una alternativa política-57- que sea válida, por encima
de distingos ideológicos-58-, para todos los cubanos interesados
en contribuir-59- a solucionar, de manera pacífica, independiente
y democrática, los problemas de Cuba y evitar, así,
el vacío político y el caos social a que pudiera verse
arrastrado el país de sobrevenir el colapso, bajo el peso de
la crisis económica, de las actuales estructuras del sistema
de poder, sin una oposición política organizada.
TERCERA OPCIÓN significa:
NO, por vocación y no por dogma, a la violencia política,
NO a las restricciones por parte del actual gobierno cubano al ejercicio
de los derechos reconocidos en el Pacto Universal de Derechos-60- Civiles y Políticos aprobado por la Asamblea General de las
Naciones Unidas-61-, SÍ a la necesidad, la posibilidad y la
urgencia del diálogo político nacional entre todas las
personas, grupos y organizaciones representativos del espectro político
de la nación-62-, inclu[i]dos los miembros del Partido Comunista
de Cuba que disientan de la línea de sus actuales dirigentes
e inclu[i]da la propia dirección del PCC-63- si ésta
llega a aceptar la impostergabilidad de dicho diálogo y contribuye
a crear las condiciones para que el mismo se produzca, NO a la reducción
de toda estrategia política a la toma del poder, SÍ
a la confluencia de la acción política con toda otra
forma de acción social que propicie el diálogo y la
transformación democrática.
TERCERA OPCIÓN significa:
NO a la in[j]erencia-64- en la solución de los problemas
internos de Cuba, NO al alineamiento con las fuerzas políticas
interesadas, más que en la democratización del proceso
político cubano, en la destrucción de la Revolución
Cubana-65-, SÍ al reclamo de la solidaridad de todos los gobiernos
democráticos y de todas las fuerzas democráticas, y
particularmente de los pueblos y gobiernos de América Latina,
con los esfuerzos de las distintas corrientes y tendencias que configuran
el actual panorama político cubano por impulsar la democratización
más plena de la sociedad cubana-66-.
III. TERCERA OPCIÓN: PROGRAMA
MÍNIMO
Por debajo de la simplificación de quienes tracen un signo
de igualdad entre el socialismo y la presente realidad cubana y quienes
no-67- vean para Cuba otra alternativa que no sea la restauración
de la república del 20 de mayo-68-, lo que está
en juego es la necesidad —impulsada por la propia evolución
de la sociedad cubana—, la posibilidad
—propiciada por un mundo que parece avanzar hacia formas superiores
de convivencia— y la urgencia —decretada por la crisis
en que se debate Cuba—-69- de impulsar la democratización
más plena de la vida económica, política y social
del país, objetivo alcanzable sólo si se unen, en alianza
estratégica, todas las fuerzas políticas de la nación
sinceramente interesadas en la renovación, bajo el más
amplio espíritu democrático, del proyecto socialista.
Democratización que sea, no mera opción política
sino la única alternativa a la pérdida de la independencia
económica, soberanía política, justicia social-70- y libertades y derechos del individuo y a los peligros que emanan
de la legitimación —en virtud de su mera reproducción—
de un modelo único, el actual, de socieda[d] orientada al cumplimiento
de esos objetivos.
Democratización que sea, no mero reformismo político
limitado a la implantación de un sistema de gobierno que, aunque
basado en el pluripartidismo, el parlamentarismo y la separación
de poderes, no propicie sin embargo el tránsito de las formas
de representación-71- política sancionadas por la
tradición liberal a las de participación-72- directa
de los ciudadanos en la gestión de la vida pública ni
tampoco destruya los fundamentos de la desigualdad económica
–fuente de toda desigualdad social–, sino socialización-73- real de los medios y recursos que hacen posible la reproducción
y ampliación de la vida social en todas sus esferas.
Democratización a la que, en suma, se pueda acceder sólo
mediante el diálogo político nacional sobre bases jurídicas
que garanticen el derecho a la libre enunciación, intercambio
y difusión de ideas, es decir, el derecho a producir en igualdad
de condiciones el consenso indispensable a toda praxis política
de signo democrático.
La convicción, visible hoy en amplios sectores de la sociedad
cubana, de que es necesario promover el diálogo político
como vía idónea para el discernimiento y solución
de los problemas de Cuba, no podrá traducirse en verdadero
diálogo si una y sólo una de las partes de ese diálogo
posible mantiene el monopolio sobre la información tanto como
sobre los medios para difundirla y continúa reservándose
el derecho a definir, en última instancia, ante la sociedad
de la que se autoproclama síntesis y representación,
lo que es revolución, lo que es socialismo, lo que es pueblo
y hasta lo que es patria, conceptos todos que debieran ser, no objeto
de doctrina sino de consenso.
Ciudadanos de un país cuya Constitución proclama que
"el Estado socialista... garantiza la libertad y la dignidad
plena del hombre”, rechazamos, por considerarlas lesivas de
la libertad y la dignidad humanas, toda realidad económica,
política y social que obstaculice o impida la realización
de los derechos civiles y políticos que definen como democrática
a una sociedad, independientemente de su sistema político,
y proponemos-74-:
1. Que se creen las
garantías necesarias para que pueda establecerse un auténtico
diálogo político nacional en el que participen, en igualdad
de condiciones, todas las personas, grupos y organizaciones interesados
en que, sean cuales fueren los cambios económicos, políticos
y sociales a que dicho diálogo conduzca, Cuba preserve su independencia
económica, su soberanía política y su integridad
territorial y actúe en la arena internacional siguiendo los
principios de no alineamiento, respeto a la paz, no in[j]erencia-75- en los asuntos internos de otros países y rechazo a toda forma
de agresión, opresión, discriminación y genocidio.
Tales garantías no podrán ser creadas sin la derogación
de los artículos constitucionales que restringen la libre actividad
política, en el marco de la ley, de grupos y personas, la libertad
de expresión, reunión y asociación, el acceso
a los medios masivos de comunicación y, de hecho, la participación
de los ciudadanos en la dirección de la vida pública.
Una posible vía hacia el logro de tales objetivos podría
ser la realización de un referendo mediante el cual la ciudadanía
se pronuncie, de manera absolutamente soberana, sobre las enmiendas
constitucionales.
2. Que se creen las
condiciones necesarias para que organizaciones e instituciones académicas,
culturales, científicas, recreativas, deportivas u otras gocen
de plena independencia y autonomía y desarrollen libremente,
en el marco de la ley, su labor social. Un momento esencial en el
proceso de democratización de la sociedad cubana será
la restitución a las universidades de su derecho a la autonomía,
en el contexto general de la separación de las funciones propias
del Estado de aquellas que deben ser patrimonio exclusivo de las instancias
que configuran la sociedad civil.
3. Que se creen los
basamentos políticos y jurídicos que permitan la realización
de elecciones libres y directas a los máximos órganos
de poder, la separación de poderes y la plena soberanía
del poder legislativo como eje central del sistema político
democrático que por esa vía se implante.
4. Que se creen las
condiciones necesarias para que pueda decretarse una amnistía
general que beneficie a todos los ciudadanos encarcelados por motivos
de conciencia y restituírseles todos sus derechos.
Sin embargo, ninguna renovación del sistema político
cubano podrá garantizar por sí sola el tránsito
hacia una organización más democrática de la
sociedad cubana y, con ello, hacia formas superiores de interacción
social, si al mismo tiempo no se emprende una reforma radical del
sistema económico.
Como momentos esenciales de la reforma económica proponemos:
1. La delimitación
de las funciones económicas del Estado y la democratización
de la gestión económica estatal mediante el establecimiento
de mecanismos efectivos de control sobre la misma. Funciones económicas
fundamentales del Estado deberán ser:
- instrumentar un mecanismo eficaz de regulación macroeconómica
que propicie un crecimiento equilibrado a la vez que altos índices de empleo;
- garantizar el control público sobre sectores estratégicos
de la economía
nacional;
- propiciar una redistribución equitativa de la riqueza nacional
a fin de garantizar la existencia de un sistema avanzado de asistencia y seguridad social;
- programar a corto y mediano plazo una estrategia de desarrollo
económico.
2. La creación
de los fundamentos jurídicos de un sistema económico
basado en la pluralidad de formas de propiedad, capaz de garantizar-76- la iniciativa privada, la autogestión económica de productores
libremente asociados, la participación más activa de
los colectivos laborales en la política empresarial y la creación
de fuertes incentivos económicos que contribuyan a la elevación
del sentido de responsabilidad social e individual por los resultados
finales del trabajo.
3. La reactivación
del papel de los consumidores en la regulación de la producción,
para lo cual resulta indispensable —tanto como para alcanzar los
objetivos antes mencionados— revalorizar la función
que, en todo sistema económico, desempeñan las relaciones
monetario-mercantiles, sin que ello implique hacer abstracción
del tipo de propiedad que define a cada régimen social basado
en la economía mercantil ni identificar, de manera unilateral,
toda economía de mercado con relaciones de producción
capitalistas.
Todas estas medidas políticas y económicas deberán,
no obstante, orientarse de manera principal a la consolidación
de los niveles de bienestar alcanzados por la sociedad cubana en las
esferas de la atención médica, la instrucción
pública, la seguridad social y el acceso masivo a la práctica
del deporte, el arte y la recreación, en la medida en que,
para lograrlo, el Estado no se vea obligado a sacrificar el desarrollo
de otras áreas, vitales para el sostenimiento económico
del país.
A lo que, en esencia, se dirige este programa es la creación
en Cuba de un [E]stado de derecho en cuyos marcos la sociedad civil
disponga de los mecanismos indispensables al ejercicio del más
amplio y efectivo control sobre la sociedad política y, de
esa forma, devenga espacio adecuado donde el libre juego de las fuerzas
sociales y políticas garantice el equilibrio en la lucha por
la satisfacción de las demandas sociales.
Al fracaso del socialismo de estado oponemos la posibilidad, en las
actuales circunstancias, de un socialismo civil, basado en las más
diversas formas de control social sobre la vida pública y en
la acción democrática de las fuerzas sociales y políticas
en parlamentos, sindicatos, universidades, instituciones científicas
y culturales, asociaciones profesionales, agrupaciones ecológicas
y demás formas de organización social, como parte de
una lucha permanente por la ampliación de los derechos civiles,
económicos, sociales, políticos y culturales y de las
libertades fundamentales del individuo-77-.
A la alternativa de las llamadas sociedades de la abundancia, con
su irracional carrera hacia la creación de nuevas necesidades
y su injusto despilfarro de recursos humanos y materiales, en una
humanidad de la que son degradante mayoría los que viven en
la miseria, el desamparo y la ignorancia, oponemos la idea, enraizada
en legítimas esperanzas pero también en posibilidades
históricas concretas, de una sociedad de bienestar fundada
en el aprovechamiento racional de sus recursos, la protección
del entorno, la distribución equitativa de la riqueza, el fomento
de los valores permanentes de la cultura y el acrecentamiento, en
un sistema social de solidaridad efectiva, de los sentimientos de
equidad, dignidad y libertad de los hombres.
IV. ACERCA DE LAS RELACIONES CON
LOS ESTADOS UNIDOS Y LA COMUNIDAD CUBANA EN EL EXTERIOR
Por cuanto la democratización de las estructuras políticas
y económicas de la sociedad cubana responde a necesidades internas
y no a exigencias foráneas, contrarias a los intereses de la
nación en sus aspiraciones de independencia, bienestar y soberanía,
la normalización de las relaciones diplomáticas, comerciales
y culturales con el pueblo y Gobierno-78- de los Estados Unidos
no podrá realizarse sino sobre la base del más irrestricto
respeto al derecho de Cuba a decidir, por sí sola, sus destinos.
De modo que la democratización de la sociedad cubana deberá
constituir una contribución importante a la normalización
y mejoría de tales relaciones, más que su condición
previa.
La superación, sobre bases justas, del actual estado de tensión
permanente en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos será
un aporte sustancial a los esfuerzos del pueblo cubano por satisfacer
sus aspiraciones democráticas, pues no debe olvidarse que la
posibilidad de una agresión militar a Cuba ha convertido en
rehén de la defensa del país todo intento político
de oponerse, dentro de Cuba y sin poner en peligro la soberanía-79- misma de la nación, a formas antidemocráticas de gobierno.
Por otro lado, las relaciones de Cuba con los Estados Unidos no podrán
acceder a su normalización y mejoría verdaderas si ambos
países no abandonan toda forma de protagonismo político:
los Estados Unidos en nombre de un hegemonismo mundial que somete
a un riesgo constante el proceso de distensión política
e integración económica a que parece abocado el mundo;
Cuba, en nombre de un mesianismo revolucionario en abierta desproporción
con su potencial económico real, los déficits democráticos
de su sistema político, el vacío teórico de sus
discurso ideológico y la importancia efectiva de su actuación
en la escena política mundial, así como con las tendencias
hoy prevalecientes en las relaciones internacionales y, particularmente,
en los movimientos revolucionarios, socialistas, democráticos
y pacifistas de todo el mundo.
En cuanto a la comunidad cubana en el exterior, ella es parte inseparable
de la nación cubana y de su cultura. Ningún proceso
de transformaciones políticas, económicas y sociales-80- de signo democrático en el que se inscriba Cuba podrá
desconocer la existencia de ese factor si quiere, verdaderamente,
que la democratización de la sociedad cubana implique a todos
los cubanos. Los cubanos del exterior deberán participar, con
plenos derechos y sobre la base de que a nadie corresponde capitalizar
ese proceso, en la reconstrucción política y económica
de la nación cubana. 
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