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Para la portada del primer número de Naranja
Dulce, Zaida del Río colaboró con un dibujo
que registra uno de los modos y/o tentativas de formación
intelectual esbozados por los escritores cubanos nacidos en
los años sesenta (la primera leva de óvulos
de cederistas-federadas), que trataron de organizarse como
grupo, colocando el mayor énfasis edípico posible
en la ruptura de los lazos de compromiso tácitamente
establecidos con una historia que no era exactamente la suya;
en pleno descubrimiento del poder como máquina de estado,
acompañada de una reflexión casi solemne sobre
la poesía y la amistad, que programáticamente
se enunciaba como manifestación transformadora de las
poéticas y políticas de la cultura cubana de
las últimas décadas en Cuba. Esto es, cuestionando
la autoridad de sus lazos de consanguinidad con el paternalismo
revolucionario, con el choque no menos que asombroso entre
discursos y lecturas de la historia y la poesía, iluminadoras
al punto de pensar más en la teoría no tanto
como un nuevo lenguaje, sino más bien como un nuevo
modo de enunciación de un discurso que añoraba
concretizarse a través de la praxis política.
Volviendo al dibujo de Zaida, una figura humana masculina
porta, en el lugar reservado a la cabeza, una naranja desproporcionadamente
grande: es la exhibición de la fruta prohibida, la
metáfora del “proyecto”. La presencia del
sujeto que la sostiene se encuentra más acentuada;
se trata de alguien que asume, como un joven atleta de la
antigüedad griega lo haría con la antorcha olímpica,
lo que podría ser metaforizado como “la naranja
de la discordia” (su propio pensamiento), y lo eleva
no sin esfuerzo hasta una distancia no tan alta como visible,
que en sí misma confirma una obstinación por
salvarla. Mientras, todos miran hacia delante. ¿Hacia
el futuro? Si se observa con atención cada uno de los
rostros en la primera fila del dibujo, resulta imposible no
evocar la variedad de ideologemas que comunican; verbos caros
al vocabulario cubano sobre el aparatchik tropical:
chivatear, amargar, trajinar, tracatanear, chantajear. Delatar.
Sin embargo, el joven continúa en medio de la multitud
con la fruta en lo alto, como quien se esfuerza por cumplir
“la misión” de trasladar un objeto, cuyo
principal valor consiste en el desafío de conseguir
que en su trayectoria llegue intacto a otro lugar: un más
allá político.
Si combinadas, a partir de esa ilustración, el valor concedido a
la fruta (¿su pureza?) y la energía inmoladora
del hombrecito, convergen en una misma retórica del
origen, del nacimiento. Se trata de una imagen invasiva, por
representar los mismos trazos que pudren el poder, alienan
a las masas y destruyen el aprendizaje filial de sus poetas.
Mientras tanto, en el dibujo el joven-fruta parece continuar
abriéndose camino.
Con este grupo reunido en torno a Naranja Dulce,
me refiero, en primer lugar, al grupo de estudios fundado
por algunos de sus miembros y que, en tanto proyecto, se dio
a conocer con el nombre de PAIDEIA. Junto con la publicación,
el grupo fue desarticulado tan rápidamente como lo
fue el equipo del El Caimán Barbudo de los sesenta,
o el grupo y las ediciones El Puente, o Lunes
de Revolución o la revista Pensamiento Crítico;
como ha ocurrido con las contadas tentativas de reestructuración
y de autonomía intelectual del campo cultural-político
cubano desde hace ya casi medio siglo.
Interesa aquí mostrar las acciones y los gestos que estos jóvenes
articularon en el escenario cultural cubano post-Guerra Fría,
los procedimientos que utilizaron para conseguir un espacio
dentro de las instituciones culturales, esto es, para tener
derecho a la legalidad. Al mismo tiempo, reflexiones y memorias
nos hablan sobre intelectuales que no habían tenido
ninguna experiencia vital con la polémica, en esos
momentos sin ninguna experiencia política disidente.
Fingiendo no temerle a la falta de aire con que el poder sofoca
cualquier tipo de agrupación no deseable, y con una
ansiedad tan grande por “participar”, los inexpertos
guevaritas no conspiraron, sino que tuvieron que pedir autorización
a los dirigentes de las organizaciones políticas, cuya
decisión final, y negativa a la vez, debió ser
tomada por el Ministerio del Interior, y no por el de Cultura.
Esta recopilación de textos es un modo, pues, de identificar y
situar en términos ideoestéticos un acto concreto
de intervención pública de esa generación,
y nos coloca una vez más ante uno de los contados gestos
de desvío ocurridos dentro de la política cultural
cubana desde 1959 hasta la actualidad “¿Se llegó
a alguna parte?” –es la pregunta que no quiere
callar. Sí: a la atomización, al budismo zen,
a la condición de nómada global. De manera incontestable,
como muestran los documentos y reseñas de PAIDEIA y
Tercera Opción, no existe la menor posibilidad de permanecer
impune a la sola tentativa de ocupar un espacio en la primera
fila; la misma fila donde, si nuevamente miramos los rostros
dibujados por Zaida, identificamos los rasgos estereotipados
del chivato o del tracatán; pero también el
simbolismo cínico del cítrico anónimo
que no pretende serlo por mucho tiempo, puesto que la misión
de salvar la fruta prohibida es en sí misma una marca
que lo torna visible. De entre tantas cabezas, se propone
llamar la atención lanzando una revista, una fruta
solar, dulce o ácida, que como toda fruta (¿fruto?)
termina por podrirse si antes no es paladeada, devorada y
excretada, y que a pesar de ser prácticamente anacrónica,
a esas alturas ya indicaba que en los ochenta no eran pocos
los cubanos que se resistían a consentir con el engaño.
La ausencia casi total de interacción de los jóvenes intelectuales
cubanos con otras sociedades –en específico las
capitalistas– y por tanto con otros grupos de intelectuales
torna patética, en el sentido de “dolencia”,
la estrategia de este grupo y el tipo de información
a que tenían acceso en ese momento. Existía
un interés marcado por mostrarse como jóvenes
sin perfil institucional ante el uso de determinados temas
y géneros. Habría que preguntarse, al leer los
documentos de PAIDEIA, hasta qué punto se separaron
de la retórica del discurso sociohistórico producido
en la Cuba revolucionaria y que ha sido incorporado a lo cotidiano
a través de un fuerte imaginario creado por la propaganda
ideológica, como si fuera una especie de acento regional.
Liberarse de ese rastro, mostrarse original y exhibirse como
un grupo bien articulado, es algo que predomina como comprensión
de un mismo pensamiento en torno a la cultura, la política
y la nacionalidad. Esa visibilidad y esa tentativa que hacen entrada en el discurso de la poesía y de la política
a través de las instituciones revolucionarias, era
entonces una manera “natural” de legitimarse.
Los escritores y artistas que participaron en Naranja
Dulce o tuvieron contacto con el grupo PAIDEIA, y enseguida
con Tercera Opción, no se posicionaron como jóvenes
rebeldes, sino como pensadores modernizadores que en tanto
intelectuales se sentían impelidos a obtener un espacio
(léase también un poder) que teóricamente
los estaría esperando al final del gran trayecto, pues
una vez más, teóricamente, ya eran hombres nuevos.
Pero quedó clarísimo que el prometido lugar
donde discutir lo aprendido no sería de ellos. Se hacía
evidente, así, que en el campo intelectual de los jóvenes
cubanos de fines de los años ochenta e inicio de los
noventa había ocurrido lo mismo que en todos los campos
intelectuales de todos los lugares del mundo en todas las
épocas: un quítate-tú-pa-ponerme-yo
político. Por otra parte, la coyuntura histórica
en que se localizan (desintegración del campo socialista)
se encuentra estrechamente ligada al modo como piensan sobre
ese propio momento, lo cual repercute sobre las ideas de ese
grupo.
En contrapartida, los textos que los participantes en Naranja
Dulce, PAIDEIA y Tercera Opción escribieron para
este número de Cubista, los localiza física
y políticamente a partir de sus diferentes lugares
de residencia (Barcelona, La Habana, Nueva York), al tiempo
que nos hablan de coherencias, rupturas, miedos, silencios,
presiones, castigos, tanto como de los distanciamientos y/o
acercamientos que sus integrantes han asumido con relación
con su modo de participación en la esfera pública
cubana a partir de los años 90. Por lo mismo, Cubista
se ha preocupado por documentar, desde la actualidad, aquellos
fragmentos que giran en torno a escritores, ensayistas y artistas
como Omar Pérez, Rolando Prats, Radamés Molina,
Jorge Ferrer, Ernesto Hernández Busto, Atilio Caballero, César
Mora, Rafael López Ramos, Víctor Fowler, por
mencionar a algunos de los “pinos nuevos”; los
pétalos del hombre nuevo; una generación que
“cogió las cosas hechas”.
Esta recopilación de documentos y testimonios también es
un modo de pensar en la caída del “socialismo
real” desde Cuba. Los jóvenes relevos de esa
generación mataban el hambre filosofando, se diría.
Lo que ocurrió en la última década del
siglo XX continúa siendo impactante para los cubanos
que vivían entonces en Cuba. Una época pavorosa,
sobre todo por el hambre, la soledad y el reforzamiento de
las medidas punitivas. Hay que localizar a PAIDEIA en ese
tiempo y en ese espacio. Parecería que nunca existió.
Cuatro gatos dentro de una memoria enrarecida, pero con lengua
propia.
Organizar y publicar los documentos, registrar a este grupo dentro
de la historia intelectual cubana reciente es una tarea narrativa,
no de exaltación ni de mera exhumación: no se
trata de cadáveres. Ciertamente, estudiar filosofía
cuando todos se estaban muriendo de hambre, inclusive ellos,
los chicos de PAIDEIA y Tercera Opción, no era “una
locura”. Es lo que una revolución debería
esperar del hombre que ha formado, de su impalpable “verdadero
intelectual”, y que sin embargo vive en su país
mucho peor de como vivieron los escritores exiliados en Europa
durante el ensueño de las vanguardias, inclusive mucho
peor de como viven hoy en los países donde han conseguido
establecerse. En esa narrativa se entralazan ahora las vidas
públicas y privadas, se construye una cronología
(no una necrología). Por lo mismo, se espera que este
material no sea leído como el revival de un grupo que
ya no existe, sino como la constancia de que existió.
Más aun: su valor es proporcional al silencio
y a la represión con que tuvieron que convivir durante
los años noventa.
“El grupo”, desintegrado, viene a reconocerse
como tal dentro de la historia intelectual de los noventa
en Cuba, a partir de la dispersión geográfica;
hecho que, para quien nació en una isla implica, necesariamente,
aceptar lo fragmentario bajo la modalidad más polarizada
del viaje: el exilio. La publicación de
estos documentos y testimonios sigue la idea de registrar
la tentativa políticamente más arriesgada y
“pensada” (al mismo tiempo formal) de los intelectuales
cubanos después de 1959. A su concretización
en este dossier de Cubista le han precedido
una serie de polémicas, que de manera un tanto oblicua
revisan y actualizan sus creencias; algunas de ellas entre
ensayistas, poetas e investigadores que se situaron, aunque
fuera fugazmente, entre los miembros de PAIDEIA. Organizada
por Iván de la Nuez, que también participó
del grupo, la recopilación de ensayos Cuba y el
día después (Barcelona, Mondadori) ya había
contorneado en el otoño de 2001 el nuevo horizonte
ideoestético de los jóvenes “manifestantes”.
Además de los pequeños ejercicios de retórica
política y de salón que se han dado a conocer
por vía electrónica-1-, este libro recolocó,
después de más de una década, las ideas
y discusiones entre los antiguos miembros de PAIDEIA y Tercera
Opción desde sus respectivas experiencias de vida.
Como modos de posicionarse a partir de la publicación
de Cuba y el día después, vale recordar
el artículo de Omar Pérez “Notas al vuelo,
notas a tierra”, accesible en el sitio electrónico
“lajiribilla”, del periódico habanero
Juventud Rebelde, y la no menos conocida carta-respuesta
de Ernesto Hernández Busto, “Epístola
moral a un revolucionario zen”.
Algunos de estos intelectuales se localizan hoy entre el reducido grupo
que comienza a mostrar la organización de un pensamiento
en torno a la nación y la cultura. En la Cuba y el
día después que se aproximan, ¿podrían
llegar a transformarse en los “cuadros”
de las futuras instituciones que sustituirían, con
imprevisibles variaciones estructurales, a las que hoy existen
en la isla? –Recordemos los años sesenta. Yo,
por si acaso, voy a encender una vela. 
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