UTOPISTA
Arqueología del no saber: intelectuales y política en Cuba, 1989-2005 
Idalia Morejón Arnaiz, editora


Para la portada del primer número de Naranja Dulce, Zaida del Río colaboró con un dibujo que registra uno de los modos y/o tentativas de formación intelectual esbozados por los escritores cubanos nacidos en los años sesenta (la primera leva de óvulos de cederistas-federadas), que trataron de organizarse como grupo, colocando el mayor énfasis edípico posible en la ruptura de los lazos de compromiso tácitamente establecidos con una historia que no era exactamente la suya; en pleno descubrimiento del poder como máquina de estado, acompañada de una reflexión casi solemne sobre la poesía y la amistad, que programáticamente se enunciaba como manifestación transformadora de las poéticas y políticas de la cultura cubana de las últimas décadas en Cuba. Esto es, cuestionando la autoridad de sus lazos de consanguinidad con el paternalismo revolucionario, con el choque no menos que asombroso entre discursos y lecturas de la historia y la poesía, iluminadoras al punto de pensar más en la teoría no tanto como un nuevo lenguaje, sino más bien como un nuevo modo de enunciación de un discurso que añoraba concretizarse a través de la praxis política.

Volviendo al dibujo de Zaida, una figura humana masculina porta, en el lugar reservado a la cabeza, una naranja desproporcionadamente grande: es la exhibición de la fruta prohibida, la metáfora del “proyecto”. La presencia del sujeto que la sostiene se encuentra más acentuada; se trata de alguien que asume, como un joven atleta de la antigüedad griega lo haría con la antorcha olímpica, lo que podría ser metaforizado como “la naranja de la discordia” (su propio pensamiento), y lo eleva no sin esfuerzo hasta una distancia no tan alta como visible, que en sí misma confirma una obstinación por salvarla. Mientras, todos miran hacia delante. ¿Hacia el futuro? Si se observa con atención cada uno de los rostros en la primera fila del dibujo, resulta imposible no evocar la variedad de ideologemas que comunican; verbos caros al vocabulario cubano sobre el aparatchik tropical: chivatear, amargar, trajinar, tracatanear, chantajear. Delatar. Sin embargo, el joven continúa en medio de la multitud con la fruta en lo alto, como quien se esfuerza por cumplir “la misión” de trasladar un objeto, cuyo principal valor consiste en el desafío de conseguir que en su trayectoria llegue intacto a otro lugar: un más allá político.

Si combinadas, a partir de esa ilustración, el valor concedido a la fruta (¿su pureza?) y la energía inmoladora del hombrecito, convergen en una misma retórica del origen, del nacimiento. Se trata de una imagen invasiva, por representar los mismos trazos que pudren el poder, alienan a las masas y destruyen el aprendizaje filial de sus poetas. Mientras tanto, en el dibujo el joven-fruta parece continuar abriéndose camino.

Con este grupo reunido en torno a Naranja Dulce, me refiero, en primer lugar, al grupo de estudios fundado por algunos de sus miembros y que, en tanto proyecto, se dio a conocer con el nombre de PAIDEIA. Junto con la publicación, el grupo fue desarticulado tan rápidamente como lo fue el equipo del El Caimán Barbudo de los sesenta, o el grupo y las ediciones El Puente, o Lunes de Revolución o la revista Pensamiento Crítico; como ha ocurrido con las contadas tentativas de reestructuración y de autonomía intelectual del campo cultural-político cubano desde hace ya casi medio siglo.

Interesa aquí mostrar las acciones y los gestos que estos jóvenes articularon en el escenario cultural cubano post-Guerra Fría, los procedimientos que utilizaron para conseguir un espacio dentro de las instituciones culturales, esto es, para tener derecho a la legalidad. Al mismo tiempo, reflexiones y memorias nos hablan sobre intelectuales que no habían tenido ninguna experiencia vital con la polémica, en esos momentos sin ninguna experiencia política disidente. Fingiendo no temerle a la falta de aire con que el poder sofoca cualquier tipo de agrupación no deseable, y con una ansiedad tan grande por “participar”, los inexpertos guevaritas no conspiraron, sino que tuvieron que pedir autorización a los dirigentes de las organizaciones políticas, cuya decisión final, y negativa a la vez, debió ser tomada por el Ministerio del Interior, y no por el de Cultura.

Esta recopilación de textos es un modo, pues, de identificar y situar en términos ideoestéticos un acto concreto de intervención pública de esa generación, y nos coloca una vez más ante uno de los contados gestos de desvío ocurridos dentro de la política cultural cubana desde 1959 hasta la actualidad “¿Se llegó a alguna parte?” –es la pregunta que no quiere callar. Sí: a la atomización, al budismo zen, a la condición de nómada global. De manera incontestable, como muestran los documentos y reseñas de PAIDEIA y Tercera Opción, no existe la menor posibilidad de permanecer impune a la sola tentativa de ocupar un espacio en la primera fila; la misma fila donde, si nuevamente miramos los rostros dibujados por Zaida, identificamos los rasgos estereotipados del chivato o del tracatán; pero también el simbolismo cínico del cítrico anónimo que no pretende serlo por mucho tiempo, puesto que la misión de salvar la fruta prohibida es en sí misma una marca que lo torna visible. De entre tantas cabezas, se propone llamar la atención lanzando una revista, una fruta solar, dulce o ácida, que como toda fruta (¿fruto?) termina por podrirse si antes no es paladeada, devorada y excretada, y que a pesar de ser prácticamente anacrónica, a esas alturas ya indicaba que en los ochenta no eran pocos los cubanos que se resistían a consentir con el engaño.

La ausencia casi total de interacción de los jóvenes intelectuales cubanos con otras sociedades –en específico las capitalistas– y por tanto con otros grupos de intelectuales torna patética, en el sentido de “dolencia”, la estrategia de este grupo y el tipo de información a que tenían acceso en ese momento. Existía un interés marcado por mostrarse como jóvenes sin perfil institucional ante el uso de determinados temas y géneros. Habría que preguntarse, al leer los documentos de PAIDEIA, hasta qué punto se separaron de la retórica del discurso sociohistórico producido en la Cuba revolucionaria y que ha sido incorporado a lo cotidiano a través de un fuerte imaginario creado por la propaganda ideológica, como si fuera una especie de acento regional. Liberarse de ese rastro, mostrarse original y exhibirse como un grupo bien articulado, es algo que predomina como comprensión de un mismo pensamiento en torno a la cultura, la política y la nacionalidad. Esa visibilidad y esa tentativa que hacen entrada en el discurso de la poesía y de la política a través de las instituciones revolucionarias, era entonces una manera “natural” de legitimarse.

Los escritores y artistas que participaron en Naranja Dulce o tuvieron contacto con el grupo PAIDEIA, y enseguida con Tercera Opción, no se posicionaron como jóvenes rebeldes, sino como pensadores modernizadores que en tanto intelectuales se sentían impelidos a obtener un espacio (léase también un poder) que teóricamente los estaría esperando al final del gran trayecto, pues una vez más, teóricamente, ya eran hombres nuevos. Pero quedó clarísimo que el prometido lugar donde discutir lo aprendido no sería de ellos. Se hacía evidente, así, que en el campo intelectual de los jóvenes cubanos de fines de los años ochenta e inicio de los noventa había ocurrido lo mismo que en todos los campos intelectuales de todos los lugares del mundo en todas las épocas: un quítate-tú-pa-ponerme-yo político. Por otra parte, la coyuntura histórica en que se localizan (desintegración del campo socialista) se encuentra estrechamente ligada al modo como piensan sobre ese propio momento, lo cual repercute sobre las ideas de ese grupo.

En contrapartida, los textos que los participantes en Naranja Dulce, PAIDEIA y Tercera Opción escribieron para este número de Cubista, los localiza física y políticamente a partir de sus diferentes lugares de residencia (Barcelona, La Habana, Nueva York), al tiempo que nos hablan de coherencias, rupturas, miedos, silencios, presiones, castigos, tanto como de los distanciamientos y/o acercamientos que sus integrantes han asumido con relación con su modo de participación en la esfera pública cubana a partir de los años 90. Por lo mismo, Cubista se ha preocupado por documentar, desde la actualidad, aquellos fragmentos que giran en torno a escritores, ensayistas y artistas como Omar Pérez, Rolando Prats, Radamés Molina, Jorge Ferrer, Ernesto Hernández Busto, Atilio Caballero, César Mora, Rafael López Ramos, Víctor Fowler, por mencionar a algunos de los “pinos nuevos”; los pétalos del hombre nuevo; una generación que “cogió las cosas hechas”.

Esta recopilación de documentos y testimonios también es un modo de pensar en la caída del “socialismo real” desde Cuba. Los jóvenes relevos de esa generación mataban el hambre filosofando, se diría. Lo que ocurrió en la última década del siglo XX continúa siendo impactante para los cubanos que vivían entonces en Cuba. Una época pavorosa, sobre todo por el hambre, la soledad y el reforzamiento de las medidas punitivas. Hay que localizar a PAIDEIA en ese tiempo y en ese espacio. Parecería que nunca existió. Cuatro gatos dentro de una memoria enrarecida, pero con lengua propia.

Organizar y publicar los documentos, registrar a este grupo dentro de la historia intelectual cubana reciente es una tarea narrativa, no de exaltación ni de mera exhumación: no se trata de cadáveres. Ciertamente, estudiar filosofía cuando todos se estaban muriendo de hambre, inclusive ellos, los chicos de PAIDEIA y Tercera Opción, no era “una locura”. Es lo que una revolución debería esperar del hombre que ha formado, de su impalpable “verdadero intelectual”, y que sin embargo vive en su país mucho peor de como vivieron los escritores exiliados en Europa durante el ensueño de las vanguardias, inclusive mucho peor de como viven hoy en los países donde han conseguido establecerse. En esa narrativa se entralazan ahora las vidas públicas y privadas, se construye una cronología (no una necrología). Por lo mismo, se espera que este material no sea leído como el revival de un grupo que ya no existe, sino como la constancia de que existió. Más aun: su valor es proporcional al silencio y a la represión con que tuvieron que convivir durante los años noventa.

“El grupo”, desintegrado, viene a reconocerse como tal dentro de la historia intelectual de los noventa en Cuba, a partir de la dispersión geográfica; hecho que, para quien nació en una isla implica, necesariamente, aceptar lo fragmentario bajo la modalidad más polarizada del viaje: el exilio. La publicación de estos documentos y testimonios sigue la idea de registrar la tentativa políticamente más arriesgada y “pensada” (al mismo tiempo formal) de los intelectuales cubanos después de 1959. A su concretización en este dossier de Cubista le han precedido una serie de polémicas, que de manera un tanto oblicua revisan y actualizan sus creencias; algunas de ellas entre ensayistas, poetas e investigadores que se situaron, aunque fuera fugazmente, entre los miembros de PAIDEIA. Organizada por Iván de la Nuez, que también participó del grupo, la recopilación de ensayos Cuba y el día después (Barcelona, Mondadori) ya había contorneado en el otoño de 2001 el nuevo horizonte ideoestético de los jóvenes “manifestantes”. Además de los pequeños ejercicios de retórica política y de salón que se han dado a conocer por vía electrónica-1-, este libro recolocó, después de más de una década, las ideas y discusiones entre los antiguos miembros de PAIDEIA y Tercera Opción desde sus respectivas experiencias de vida. Como modos de posicionarse a partir de la publicación de Cuba y el día después, vale recordar el artículo de Omar Pérez “Notas al vuelo, notas a tierra”, accesible en el sitio electrónico “lajiribilla”, del periódico habanero Juventud Rebelde, y la no menos conocida carta-respuesta de Ernesto Hernández Busto, “Epístola moral a un revolucionario zen”.

Algunos de estos intelectuales se localizan hoy entre el reducido grupo que comienza a mostrar la organización de un pensamiento en torno a la nación y la cultura. En la Cuba y el día después que se aproximan, ¿podrían llegar a transformarse en los “cuadros” de las futuras instituciones que sustituirían, con imprevisibles variaciones estructurales, a las que hoy existen en la isla? –Recordemos los años sesenta. Yo, por si acaso, voy a encender una vela.  

NOTAS
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1. Polémicas sobre las antologías de cuento, ensayo y poesía cubanos publicados por el Fondo de Cultura Económica; el episodio incivil ocurrido en la presentación de un número de la revista mexicana Letras Libres; las acusaciones del gobierno cubano a la revista Encuentro; las discusiones sobre tradición, nacionalidad y canon entre Ernesto Hernández Busto y Duanel Díaz Infante, extensible a textos de Antonio José Ponte y Rafael Rojas, y que el grupo Diáspora(s) venía realizando desde la década pasada; la riña ideológica que ronda el tema del homosexualismo, entre La Gaceta de Cuba, Guillermo Rodríguez Rivera y Antonio José Ponte.

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