UTOPISTA
PAIDEIA: fotos fijas
Ernesto Hernández Busto


A R.P., por supuesto

Preludio

Llegamos taciturnos, hundidos en un silencio denso que inevitablemente suscita consideraciones melancólicas sobre la vanidad de casi todo. El aeropuerto es el recinto moderno de la vanitas, el teatro del miserere contemporáneo. Unos vecinos de la zona han cortado la autopista para protestar por el ruido, así que avanzamos espasmódicamente por el arcén, entre pancartas que el viento vapulea a su antojo y gritos de choferes exasperados. Estos quejosos del tráfico aéreo que se vengan entorpeciendo la circulación terrestre han estado a punto de provocar un accidente en la cadena causal que debe conducirme a una oficina aséptica, donde se valorará la conveniencia de expedir un visado, decisión que seguro depende de algún críptico registro de datos, lo cual implica a su vez una llamada, amenazada in extremis por una pandemia de gripe, una helada o los diez mil posibles obstáculos que atentan contra la asistencia de un funcionario de segunda a una oficina encristalada del Gobierno. No sé quién decía que es metafísicamente escandaloso que causas tan insignificantes tengan tanta importancia en nuestras vidas. Una adecuada consideración de todas ellas desemboca, por fuerza, en lo teológico. Algo tendrá que ser para que todo sea. Qué fácil resulta, entonces, pasar de lo real a la ficción. La ficción es muchas veces teología vicaria, que irrumpe como una meditación sobre el enlace de ciertas circunstancias. El “qué habría pasado si”, su poder disuasorio sólo equiparable a su absoluta inutilidad práctica.

II

En el principio, por supuesto, está Werner Jaeger. Todo era, entonces, literatura, y aquellos dos volúmenes, cuyo oceánico tiraje bastó para convertirlos en objeto omnipresente de cualquier biblioteca o librería de viejo de aquellos años, cumplían todos los requisitos de un fetiche: proponían una lectura tan cargada de expectativas que su cumplimiento se parecía demasiado a una profanación.

Sin embargo, aunque los tomos permanecieran in tonso demasiado tiempo, no acuden aquí como un mero pretexto. Hace un par de años, deambulando en otra librería de viejo, me topé con una especie de biografía del helenista en la que se deslizaba una endeble acusación de nazi (entre los cargos, se incluía el uso del término führer para referirse a Pericles, y el hecho de que su Paideia se siguiera editando en Alemania durante los años de la Segunda Guerra Mundial).

Dudo mucho que algún comentarista alemán pueda entender lo que representó un libro titulado “Los ideales de la cultura griega” dentro del mundo asfixiante y ramplón en el que vivíamos por aquel entonces. La idea que subyacía bajo la erudición desplegada en aquellos tomos era la del humanismo como antídoto, el estudio de la cultura griega como posible revulsivo para una cultura en declive. Para los griegos, se lee en los manuales, la paideia era un ideal de perfección, de excelencia. Por eso lo primero que nos tiró a la cara Fernando Rojas (también conocido como “Rojas, el Malo”) en una de aquellas reuniones parapoliciales en las que se trataba de censurarnos “por las buenas”, fue el reproche de “elitistas”, manoseado sanbenito para un “grupúsculo” de “autoproclamados intelectuales” que aspiraba a convertirse en una “clase aristocrática” dentro de la Revolución, etc.

Últimamente, por circunstancias que no tengo del todo claras, pienso con más frecuencia en PAIDEIA. Más que hace diez años, por ejemplo. A veces, incluso, tengo de aquellas reuniones un recuerdo nostálgico: fueron días de cultura, en el sentido más amplio de la palabra, y creo que todas las personas que coincidimos en alguno de los tantos recodos del proyecto (trayecto accidentado, donde como en la Bildung griega, el ethos se confundía con la ciudadanía, es decir, con el sentido de pertenencia a una polis) convendrán en que PAIDEIA trajo por vez primera muchos de los temas o motivos que hoy vemos desfilar, como revelaciones, por la cultura y la política cubanas.

Más allá de la ingenuidad que exuda la papelería del proyecto (la música de fondo es el repiqueteo incansable de Cayo en su Olivetti Lettera 25), PAIDEIA propuso dar un giro interesante a las tópicas relaciones entre el Intelectual y el Político en Cuba. Lo más molesto de aquellos días habaneros eran los comentarios de muchos colegas que hoy se vanaglorian de haber “estado en PAIDEIA”: “No se metan en política, ustedes son intelectuales”. Lo mismo decía Francisco Franco a quien quisiera oírlo: “Haga como yo, no se meta en política”. Fue virtud de PAIDEIA sacudirnos ese complejo, rumiado durante años, que hacía del Intelectual-Cubano-de-los-80 un inocuo diletante de salón.

Por supuesto, ahora me sonrío leyendo la prosapia marxiana de muchos de los documentos de la casi inagotable serie PAIDEIA. La Escuela de Frankfurt también puede intoxicar. Aunque el tema de la ética se convertía a veces en ritornello abusivo, lo que yo salvaría sin dudar de aquel naufragio (un naufragio, valga la aclaración, provocado por muchas causas, pero en ningún caso por el exceso de pasajeros) es el vínculo entre filosofía, comunidad y ethos. No hay entrenamiento real de la libertad sin cierto ideal de nobleza, sin la sensación reconfortante de la comunidad cerrada. (¿Ese oikos, tal vez, que obsesionaba a Cayo? ¿No fue Jorge Ferrer, temprano lector de Ortega y Gasset, quien le propuso a su tutor de universidad rusa una tesis sobre el sentido moderno del elitismo? ¿No fue acaso Omar Pérez nuestro improvisado —y por entonces irónico— preceptor de “comunismo poético”, un comunismo más cercano a Black Mountain que a los comités de base?).

Tal vez para compensar tanto encierro conspirativo, nos reuníamos muchas veces al aire libre, en el merendero abandonado de un parque, lo que daba a nuestras encendidas discusiones cierto aire bucólico. (Así también evitábamos, por supuesto, el riesgo de unos micrófonos omnipresentes…) Pasábamos horas en aquel parque, hablando, sobre todo, de filosofía griega y contemporánea. Esa imagen aún cifra, para mí, los placeres de un tiempo en el que la amistad era todavía una forma de conocimiento.

El lector de este dossier dispone ya de varias versiones, más o menos fidedignas de los hechos, así que yo prefiero regalarle un par de fotos fijas: fotos filosóficas, discursivas, que vendrían a ilustrar ese vínculo virtuoso al que antes me he referido. Algo que hoy sólo podría existir en el exilio. En ese sentido, PAIDEIA fue, además del caricaturizable vivero de pedantería o del esfuerzo ridículo por convertirnos en “disidentes orgánicos”, un aprendizaje moral, la escuela preparatoria de una decepción.

III

En el número 4 de la Revista de Ciencias Sociales, sobriamente editada por la Academia de Ciencias de la URSS, correspondiente a 1987 (pero que habría llegado a la isla con algo de retraso, junto con las últimas dotaciones inocuas de Sputnik, Novedades de Moscú y La Mujer Soviética), apareció publicado un ensayo de Mijaíl Bajtín que ni siquiera veinte años después se cita demasiado. Ahí podía leerse lo siguiente:

"La unidad de la conciencia responsable se basa en el hecho del verdadero reconocimiento del ser copartícipe en el único suceso-ser, hecho incapaz de ser expresado en forma adecuada en los términos teóricos, sino sólo descrito y vivido con participación (…) Yo ocupo en el único ser el único lugar, singular, insustituible e impenetrable para otro. En el único punto dado en el que yo me encuentro ahora no se encuentra nadie más en el único tiempo y único espacio del único ser. Y en torno a este único punto se sitúa todo el único ser de un modo único y singular."

Convenientemente fotocopiado, este párrafo convocó tres subrayados de una lectura tripartita. De tres, tres. Fue uno de los textos más citados en las conversaciones de aquella época, y creo que aún hoy valdría la pena seguir ensayando su relectura. Allí estaba, in nuce, el proyecto de un ethos no subordinado a ninguna circunstancia, pero capaz de adaptarse a todas. Un ethos que nos descubría un Tiempo subordinado al Ser. Comodín filosófico, aquel párrafo de Bajtín me permitió, por ejemplo, atravesar los reproches que Martin Buber le hacía a mi ídolo de la época: Martin Heidegger. Para Buber, la existencia heideggeriana carecía de pluralidad; era una parte de la vida, no la vida plena (ideal místico, al fin y al cabo) en la que el ser se comportaría esencialmente respecto a otras cosas que no son él mismo. En la perspectiva de la filosofía del proceder de Bajtín, ese reproche quedaba rebasado, superado por la unicidad última de un nuevo humanismo. Fue Omar Pérez quien, en medio de un reñido partido de taco, notó las sorprendentes semejanzas entre el texto de Bajtín y el espíritu de la heideggeriana Carta sobre el humanismo, un best-seller entre paideianos. Del obrar heideggeriano al proceder marxista: home run. Cayo, adorniano impenitente, seguía rumiando aquello de la praxis. Pero en el proceder de Bajtín se reconciliaban y trascendían tanto la vocación cultural que nos animaba como los “compromisos” políticos que nos exigíamos. Y se esbozaba, también, el núcleo de una paideia amenazada por lo aristocrático.

Aquellas eran discusiones donde uno se jugaba el todo o nada, su unicidad. ¿Recuerdas, Cayo, aquella discusión en la que casi nos fuimos a las manos porque tú insistías en el motto adorniano de la filosofía heideggeriana como “jerga de la autenticidad”, y yo ripostaba con sarcasmo sobre la ceguera de la jerga adorniana? Pues bien, años después creo poder reconocer sin menoscabo que estabas más cerca de tener la razón. Abro un libro demasiado manoseado que fue tuyo y veo aquella frase de Adorno que al final todos nos aprendimos de memoria: “La filosofía, a la que basta lo que quiere ser, y que no galopa infantilmente detrás de su historia y de lo real, tiene su nervio vital en la resistencia contra el actual ejercicio corriente y contra aquello a lo que esto sirve: la justificación de lo que ya es”.

Barcelona, 25 de mayo de 2006.  

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