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A R.P., por supuesto
Preludio
Llegamos taciturnos, hundidos en un silencio denso que inevitablemente
suscita consideraciones melancólicas sobre la vanidad
de casi todo. El aeropuerto es el recinto moderno de la vanitas,
el teatro del miserere contemporáneo. Unos
vecinos de la zona han cortado la autopista para protestar
por el ruido, así que avanzamos espasmódicamente
por el arcén, entre pancartas que el viento vapulea
a su antojo y gritos de choferes exasperados. Estos quejosos
del tráfico aéreo que se vengan entorpeciendo
la circulación terrestre han estado a punto de provocar
un accidente en la cadena causal que debe conducirme a una
oficina aséptica, donde se valorará la conveniencia
de expedir un visado, decisión que seguro depende de
algún críptico registro de datos, lo cual implica
a su vez una llamada, amenazada in extremis por una pandemia
de gripe, una helada o los diez mil posibles obstáculos
que atentan contra la asistencia de un funcionario de segunda
a una oficina encristalada del Gobierno. No sé quién
decía que es metafísicamente escandaloso que
causas tan insignificantes tengan tanta importancia en nuestras
vidas. Una adecuada consideración de todas ellas desemboca,
por fuerza, en lo teológico. Algo tendrá que
ser para que todo sea. Qué fácil resulta, entonces,
pasar de lo real a la ficción. La ficción es
muchas veces teología vicaria, que irrumpe como una
meditación sobre el enlace de ciertas circunstancias.
El “qué habría pasado si”, su poder disuasorio
sólo equiparable a su absoluta inutilidad práctica.
II
En el principio, por supuesto, está Werner Jaeger.
Todo era, entonces, literatura, y aquellos dos volúmenes,
cuyo oceánico tiraje bastó para convertirlos
en objeto omnipresente de cualquier biblioteca o librería
de viejo de aquellos años, cumplían todos los
requisitos de un fetiche: proponían una lectura tan
cargada de expectativas que su cumplimiento se parecía
demasiado a una profanación.
Sin embargo, aunque los tomos permanecieran in tonso demasiado
tiempo, no acuden aquí como un mero pretexto. Hace
un par de años, deambulando en otra librería
de viejo, me topé con una especie de biografía
del helenista en la que se deslizaba una endeble acusación
de nazi (entre los cargos, se incluía el uso del término
führer para referirse a Pericles, y el hecho
de que su Paideia se siguiera editando en Alemania
durante los años de la Segunda Guerra Mundial).
Dudo mucho que algún comentarista alemán pueda
entender lo que representó un libro titulado “Los
ideales de la cultura griega” dentro del mundo asfixiante
y ramplón en el que vivíamos por aquel entonces.
La idea que subyacía bajo la erudición desplegada
en aquellos tomos era la del humanismo como antídoto,
el estudio de la cultura griega como posible revulsivo para
una cultura en declive. Para los griegos, se lee en los manuales,
la paideia era un ideal de perfección, de
excelencia. Por eso lo primero que nos tiró a la cara
Fernando Rojas (también conocido como “Rojas,
el Malo”) en una de aquellas reuniones parapoliciales
en las que se trataba de censurarnos “por las buenas”,
fue el reproche de “elitistas”, manoseado sanbenito
para un “grupúsculo” de “autoproclamados
intelectuales” que aspiraba a convertirse en una “clase
aristocrática” dentro de la Revolución,
etc.
Últimamente, por circunstancias que no tengo del todo
claras, pienso con más frecuencia en PAIDEIA. Más
que hace diez años, por ejemplo. A veces, incluso,
tengo de aquellas reuniones un recuerdo nostálgico:
fueron días de cultura, en el sentido más amplio
de la palabra, y creo que todas las personas que coincidimos
en alguno de los tantos recodos del proyecto (trayecto accidentado,
donde como en la Bildung griega, el ethos
se confundía con la ciudadanía, es decir, con
el sentido de pertenencia a una polis) convendrán
en que PAIDEIA trajo por vez primera muchos de los temas o
motivos que hoy vemos desfilar, como revelaciones, por la
cultura y la política cubanas.
Más allá de la ingenuidad que exuda la papelería
del proyecto (la música de fondo es el repiqueteo incansable
de Cayo en su Olivetti Lettera
25), PAIDEIA propuso dar un giro interesante a las tópicas
relaciones entre el Intelectual y el Político en Cuba.
Lo más
molesto de aquellos días habaneros eran los comentarios
de muchos colegas que hoy se vanaglorian de haber “estado
en PAIDEIA”: “No se metan en política,
ustedes son intelectuales”. Lo mismo decía Francisco Franco
a quien quisiera oírlo: “Haga como yo, no se
meta en política”. Fue virtud de PAIDEIA sacudirnos
ese complejo, rumiado durante años, que hacía
del Intelectual-Cubano-de-los-80 un inocuo diletante de salón.
Por supuesto, ahora me sonrío leyendo la prosapia
marxiana de muchos de los documentos de la casi inagotable
serie PAIDEIA. La Escuela de Frankfurt también puede
intoxicar. Aunque el tema de la ética se convertía
a veces en ritornello abusivo, lo que yo salvaría
sin dudar de aquel naufragio (un naufragio, valga la aclaración,
provocado por muchas causas, pero en ningún caso por
el exceso de pasajeros) es el vínculo entre filosofía,
comunidad y ethos. No hay entrenamiento real de la
libertad sin cierto ideal de nobleza, sin la sensación
reconfortante de la comunidad cerrada. (¿Ese oikos,
tal vez, que obsesionaba a Cayo? ¿No fue Jorge Ferrer,
temprano lector de Ortega y Gasset, quien le propuso a su
tutor de universidad rusa una tesis sobre el sentido moderno
del elitismo? ¿No fue acaso Omar Pérez nuestro
improvisado —y por entonces irónico— preceptor
de “comunismo poético”, un comunismo más
cercano a Black Mountain que a los comités de base?).
Tal vez para compensar tanto encierro conspirativo, nos reuníamos
muchas veces al aire libre, en el merendero abandonado de
un parque, lo que daba a nuestras encendidas discusiones
cierto aire bucólico. (Así también evitábamos,
por supuesto, el riesgo de unos micrófonos omnipresentes…)
Pasábamos horas en aquel parque, hablando, sobre todo,
de filosofía griega y contemporánea. Esa imagen
aún cifra, para mí, los placeres de un tiempo
en el que la amistad era todavía una forma de conocimiento.
El lector de este dossier dispone ya de varias versiones,
más o menos fidedignas de los hechos, así que
yo prefiero regalarle un par de fotos fijas: fotos filosóficas,
discursivas, que vendrían a ilustrar ese vínculo
virtuoso al que antes me he referido. Algo que hoy sólo
podría existir en el exilio. En ese sentido, PAIDEIA
fue, además del caricaturizable vivero de pedantería
o del esfuerzo ridículo por convertirnos en “disidentes
orgánicos”, un aprendizaje moral, la escuela
preparatoria de una decepción.
III
En el número 4 de la Revista de Ciencias Sociales,
sobriamente editada por la Academia de Ciencias de la URSS,
correspondiente a 1987 (pero que habría llegado a la
isla con algo de retraso, junto con las últimas dotaciones
inocuas de Sputnik, Novedades de Moscú
y La Mujer Soviética), apareció publicado
un ensayo de Mijaíl Bajtín que ni siquiera veinte
años después se cita demasiado. Ahí podía
leerse lo siguiente:
"La unidad de la conciencia responsable se basa en
el hecho del verdadero reconocimiento del ser copartícipe
en el único suceso-ser, hecho incapaz de ser expresado
en forma adecuada en los términos teóricos,
sino sólo descrito y vivido con participación
(…) Yo ocupo en el único ser el único
lugar, singular, insustituible e impenetrable para
otro. En el único punto dado en el que yo me encuentro
ahora no se encuentra nadie más en el único
tiempo y único espacio del único ser. Y en torno
a este único punto se sitúa todo el único
ser de un modo único y singular."

Convenientemente fotocopiado, este párrafo convocó
tres subrayados de una lectura tripartita. De tres, tres.
Fue uno de los textos más citados en las conversaciones
de aquella época, y creo que aún hoy valdría
la pena seguir ensayando su relectura. Allí estaba,
in nuce, el proyecto de un ethos no subordinado
a ninguna circunstancia, pero capaz de adaptarse a todas.
Un ethos que nos descubría un Tiempo subordinado
al Ser. Comodín filosófico, aquel párrafo
de Bajtín me permitió, por ejemplo, atravesar
los reproches que Martin Buber le hacía a mi ídolo
de la época: Martin Heidegger. Para Buber, la existencia
heideggeriana carecía de pluralidad; era una parte
de la vida, no la vida plena (ideal místico, al fin
y al cabo) en la que el ser se comportaría esencialmente
respecto a otras cosas que no son él mismo. En la perspectiva
de la filosofía del proceder de Bajtín,
ese reproche quedaba rebasado, superado por la unicidad última
de un nuevo humanismo. Fue Omar Pérez quien, en medio
de un reñido partido de taco, notó las sorprendentes
semejanzas entre el texto de Bajtín y el espíritu
de la heideggeriana Carta sobre el humanismo, un
best-seller entre paideianos. Del obrar heideggeriano al proceder
marxista: home run. Cayo, adorniano impenitente,
seguía rumiando aquello de la praxis. Pero en el proceder de Bajtín se reconciliaban y trascendían tanto
la vocación cultural que nos animaba como los “compromisos”
políticos que nos exigíamos. Y se esbozaba,
también, el núcleo de una paideia amenazada
por lo aristocrático.
Aquellas eran discusiones donde uno se jugaba el todo o nada,
su unicidad. ¿Recuerdas, Cayo, aquella discusión
en la que casi nos fuimos a las manos porque tú insistías
en el motto adorniano de la filosofía heideggeriana
como “jerga de la autenticidad”, y yo ripostaba
con sarcasmo sobre la ceguera de la jerga adorniana? Pues
bien, años después creo poder reconocer sin
menoscabo que estabas más cerca de tener la razón.
Abro un libro demasiado manoseado que fue tuyo y veo aquella
frase de Adorno que al final todos nos aprendimos de memoria:
“La filosofía, a la que basta lo que quiere ser,
y que no galopa infantilmente detrás de su historia
y de lo real, tiene su nervio vital en la resistencia contra
el actual ejercicio corriente y contra aquello a lo que esto
sirve: la justificación de lo que ya es”.
Barcelona, 25 de mayo de 2006. 
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