UTOPISTA
Una escaramuza en las líneas de la Guerra Fría (ya finalizada ésta)
Jorge Ferrer


A Esther y Alina

Como esas flores que un día dejamos entre las páginas de un libro que no volveremos a abrir en años, o que tal vez no abramos ya jamás, y le tocará descubrir a un desconocido que lo termine sacando del apretón de otros dos tomos en los anaqueles de alguna recóndita librería de viejo, el pasado, todo el pasado, pero sobre todo el pasado que no cuenta, por mudo y por la esterilidad de sus fines, tiene un olor tenue que apenas consigue transformarse en presencia. Un mudable olor: ora hiede, ora se deja ganar por equívocos efluvios dulzones. Un tufo a viejo, un rumor de polillas, una mezcla de estupor y tristeza.

En la historia de los movimientos de resistencia a los afanes totalitarios de la revolución cubana del cincuenta y nueve, la habanera PAIDEIA ha concitado un interés muy escaso. PAIDEIA no se ha insertado en la brumosa historia de la oposición al castrismo, más allá de unos pocos asientos en los catálogos de hemerotecas, el retrato de grupo que la ve acompañada del conjunto de proyectos artísticos que se desarrollaron en La Habana de la segunda mitad de la década de los ochenta, o la inexacta visión, apenas disciplinada en letra de imprenta, que le adjudica el rol de timorato antecedente de Tercera Opción.

Se trata de un silencio cultivado por todos los reclutas que conformábamos aquel pelotón. Me pregunto si escribiendo ahora mismo estas páginas, que, además, se multiplicarán con otros acercamientos, no ayudo, ayudamos, a traicionar esa voluntad de una, quiero pensar, calculada desidia, que marcó a PAIDEIA con una elegante y estratégica cifra: la de replegarse primero, mudados los uniformes en los ropajes más diversos, para desmovilizarse después, desvanecida ya su capacidad de acción, mermadas sus filas por el acoso de la Seguridad del Estado y las instituciones culturales del castrismo a los firmantes de los primeros textos; dispersos, por fin, por la cartografía del exilio o insertados en la dinámica cultural del castrismo tardío. Tampoco se ha sacado a pasear a PAIDEIA por las historias de las cofradías juveniles o las sociedades secretas.

No obstante, todo está aún por recuperarse y conviene acotar el perímetro con cautela, porque cabe suponer que la saña académica y las nanoinquisiciones que constituyen la razón de ser de millares de cátedras universitarias, le regalarán a aquel breve episodio alguna que otra tesina. Como tampoco hay que descartar que la caída del castrismo convoque los afanes de las universidades de la isla y surjan dinámicas comisiones o revitalizados círculos de estudio que se apliquen a dragar la bahía de nuestra última dictadura: el jovial, y, las más de las veces, vergonzoso, decurso de medio siglo de abyección intelectual.

¿Cómo leerán esos inquisidores los documentos minuciosamente tecleados en céntricos apartamentos de La Habana o la fantasmal Brisas del Mar? ¿Qué aspavientos, qué mohines concitarán en ellos las grabaciones de las conferencias sobre postmodernismo, postestructuralismo, postmarxismo y cualquier otra cosa a la que antepusimos, gozosos y neocolonizados —niños con prefijo nuevo—, ese «post» venido de la rue des Écoles y sus vastos aledaños, que se extendían hasta las universidades de Norteamérica? ¿Cómo se orientarán entre las volutas del haschich, las escalonadas maromas del dominó o, y aquí lo tendrán, adivino, más fácil, las oes que recorríamos sobre la arena del Estadio «José Martí»? Por cierto, ¿qué hermenéutico enfoque aplicarán al José Martí de carne, huesos y máculas de PAIDEIA (aquí ya debo decir, y esta prevención valdrá ya siempre en lo adelante, de ciertas zonas de PAIDEIA)? Y a su Marx. A su Bajtín. A su Lezama.

Convocado a escribir estas páginas sobre una PAIDEIA a la que jamás he dedicado un solo párrafo en todos estos años, aunque una pertinaz fidelidad me ha hecho recordarla cada vez que se me ha pedido una nota biográfica para menesteres editoriales, me pregunto qué interés, más allá de un mero afán historiográfico, tiene hoy para alguien, incluso para mí y el puñado de firmantes de aquellos manifiestos, este episodio de hace poco más de tres lustros. ¿Qué pervive en mí de aquella escaramuza en una recóndita trinchera de la Guerra Fría a la que una mañana —aunque la decisión habrá sido nocturna— dejaron de llegar las noticias del veloz desmantelamiento del Cuartel General, las «novedades de Moscú»? Un rincón donde, por lo tanto, se continuaba luchando aún cuando la guerra ya había acabado, imbuida la soldadesca de una responsabilidad ya inútil.

No voy a entretenerme en revisar los destinos de cada uno de esos nombres que aparecen en los sucesivos documentos. En aquella escaramuza marginal hubo muchos que evadieron el cumplimiento del servicio en el ejército, como hubo también desertores. Definir es cenizar, decía Lezama. Y nombrar, en estos posbélicos menesteres, es remover las cenizas, patear los huesos ya blanqueados.

En cualquier caso, sí vale la pena anotar, porque si algo pervive de PAIDEIA es su lección de ética, digamos, aplicada, que la progresiva merma en la nómina de firmantes se debió menos a la sagacidad de quienes retiraron sus firmas, que al hecho de que en buen número de los casos se trataba de reclutas que dependían de las instituciones culturales para continuar ejerciendo de intelectuales y que se plegaron a las presiones en un ejercicio que sirvió de innecesaria convalidación de, al menos, dos verdades: la de la insondable mezquindad a la que lleva el miedo a perder algo sin importancia (por ejemplo, el asiento en el listín de intelectuales cautivos) y la de que el castrismo, oportuno y eficaz, es, como el capitalismo según Deleuze y Guattari, una máquina que jamás deja de extender sus límites.

(También pudo haber retiradas tácticas. En la lista de firmantes de los documentos de PAIDEIA me topo con algún nombre cuya pista no consigo rastrear ni en los panópticos buscadores de la Internet. Tal vez quepa suponer que aparezca en algún momento alguno de aquellos firmantes a quienes ganó después la cautela, como sucedió no hace tanto en un bosque de Camboya con un soldadito temeroso de Pol Pot, y pregunte si se nos ha concedido por fin el permiso para publicar la planeada revista Oikos, o si se necesita invitación para participar en el Coloquio sobre Gramsci que intentamos organizar, sin éxito, con el patrocinio de la Embajada de la Unión Soviética. Un coloquio que corrió la misma, o parecida, suerte que el país que mandó la embajada de marras: a pesar de haberse planificado con burocrático esmero, se esfumó sin dejar memoria. Con una salvedad que ya hubieran querido para sí los millones de víctimas del régimen soviético: la gramsciana asamblea murió ab ovo, una pulga aplastada por los manotazos en la espalda que nos propinó el sorprendido attaché cultural soviético al despedirnos. No llegó ni a ensayar su NEP.)

Leo de un tirón los primeros documentos, la partida de nacimiento de PAIDEIA, las «Tesis de mayo», las cartas a destinatarios ausentes, como los autores de sus rúbricas, de la política cubana de hoy; otras dirigidas a Fidel Castro o a Abel Prieto, todavía ministro de cultura. Leo esos textos ahora con extrañeza. Una extrañeza que va más allá de la obvia brecha que separa los propósitos que guían hoy mi trasiego con la palabra literaria y la concepción de la política y mi circunstancia de entonces, recién llegado de una inmersión adolescente, y, por lo mismo, apasionada, en el desmontaje de la feroz máquina del socialismo real. La inequívoca actualidad de lo que reivindican esas epístolas y manifiestos se amalgama con el, también para mí inequívoco, aire demodé. Hay algo ahí, no hay dudas, vetusto, arcaico. No obstante, también me generan una incómoda sorpresa: continúan dando solventes respuestas (eficacia sólo aparente, claro) a preguntas que ya no me hago.

No alcanzo a descubrir cómo pude olvidar esas respuestas que discutí, leí y rubriqué hace años, en los años de la guerra. Consigo verme en paisajes abigarrados o solitarios, en una reunión cercana ya a la madrugada en la sede de El Caimán Barbudo, donde unas treinta personas discutíamos la estrategia a seguir, si un repliegue táctico o un ataque frontal a las filas enemigas; recuerdo los cursos de filosofía en el Parque Almendares, la cuidadosa lectura del Kirk y Raven; me veo en un apartamento del Vedado y después en otro de Miramar donde se desarrollaba el curso de filosofía francesa; en charlas en el Instituto de Filosofía y el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales; huelo todavía los quesos y escucho todavía las risas en cierta hermosa casona de la Embajada de Francia; recuerdo el miedo, el dolor compartido, la certeza de que podíamos acabar en la cárcel, la decisión de no confraternizar jamás con los empalagosos esbirros: la divisa «Sólo hablo con ustedes si estoy detenido», que hube de ensayar una vez ante dos atónitos oficiales, que tardaron en comprender cómo aquellos muchachos de veintipocos años que éramos y que, en no pocos casos, proveníamos de familias bien asentadas en la nomenklatura castrista, nos habíamos vuelto tan obstinadamente tercos, o zoquetes.

Si no estuviera escribiendo estos párrafos en Key Largo, lejos de mi biblioteca en Barcelona, podría levantarme ahora de la silla y abrir ciertos libros que apenas frecuento desde que salí de las trincheras. Libros de la biblioteca circulante de PAIDEIA, una «biblioteca independiente», como las llaman ahora, que se han ido reuniendo conmigo a lo largo de los años. Kostas Axelos, Leszek Kolakowski, Jean-François Lyotard, Adam Schaff, André Gluksmann, Marshall Berman, Bernard-Henri Levy… Manuales de estrategia; libros de instrucciones. Podría volver a repasar preguntas y respuestas, como en la víspera de un examen. Tal vez todavía me pudiera dejar ganar fugazmente por la avasalladora contundencia de ciertos apotegmas. Tal vez volvería a repetir, recordando a Foucault, que los intelectuales son la conciencia y la elocuencia de lo social; tal vez volvería a repetir, ufano y caricaturesco, aquello de que en la Cuba revolucionaria no coinciden la vanguardia política y la vanguardia epistemológica. Tal vez me volvería a dejar ganar por la estéril impaciencia que sacude ahora mismo a una culebra que dibuja espasmódicas eses en el húmedo linóleo de este porche floridano, a dos metros de mi silla.

En el prólogo a Pútrida patria W. G. Sebald recuerda que alguien decía de Austria que es «el único país vecino del mundo». La ocurrencia se asienta en la cualidad de vórtice, pero también de máquina centrífuga, que es propia de ese enclave en el corazón de Europa, donde nacieron las literaturas de Hermann Broch, Hugo von Hofmannsthal o Thomas Bernhard. Desde los años de la guerra, cuando todavía estábamos atrincherados en el microcosmos insular con su nacionalismo cosmopolita —y valga el oxímoron—, vengo reclamando que se revoque el paradigma de la excepcionalidad sobre el que se han asentado la metafísica y la política cubanas desde finales del siglo XVIII. Cuba, país vecino del mundo, pero también omnívoro anfitrión amigo del carnaval y el potlatch, debería rendirse a la evidencia de que los réditos de la excepcionalidad han sido incapaces de dotarla de una realidad que trascienda los estrechos predios de una política y una literatura de la supervivencia.

PAIDEIA, con sus documentos y sus gestos, se situó ante ese Leviatán, no por excepcional menos ordinario, desde la certeza de que la cultura —la paideia, la bildung—, redime de la tiranía de los ancestros, desde la convicción de que un cambio generacional puede obrar el milagro de una tradición reinventada. No eran malas respuestas a las preguntas que nos hacían los tiempos, si éstos nos las hubieran planteado de veras. Pero nadie preguntaba, y los afanes de aquel pelotón, una de cuyas divisas era la astucia, la metis de los griegos, no pasaron de ser una escaramuza, a la postre insignificante. Una de esas batallitas que parecían capaces de cambiar el curso de una historia, para acabar disolviéndose sin dejar ni siquiera un rasguño en el flanco de un enemigo, la excepcionalidad cubana encarnada durante el último medio siglo en la pesadilla del castrismo, que es un microcosmos, un vivero, un laboratorio, donde lo anticuado de los métodos se topa con una increíble capacidad para atender a los experimentos más atrevidos y acertar con los catalizadores más precisos. Poco importa que jamás se griten eurekas en los pasillos de ese laboratorio: la supervivencia del trasiego de probetas y alambiques (dicho sin ironía) está garantizada por la atomización del trato y la precipitación hacia la plaza.

Todo proyecto colectivo, más si su silueta se recorta sobre el fondo de la indiferencia, más aún cuando su perfil se dibuja, minúsculo y tembloroso, como la cara de Raskólnikov en los apuntes de Dostoievski —apenas la caricatura de una amenaza—, frente al grotesco rostro de una sinrazón beligerante, ésta sí real y bravucona, sólo consigue rebasar los vastos y nutridos dominios de la insignificancia, si su objetivo se cumple, si concita suficientes voluntades como para que se lo tenga por masivo, o si la fuerza a la que se opone lo aplasta con suficiente saña, como para que perviva en la memoria, siquiera como testimonio de un martirio.

PAIDEIA no consiguió ninguno de esos boletos a la historia. Tres lustros después de aquellos meses de afanes, el olor de esos pétalos guardados por descuido entre las páginas de la, digamos, Paideia de Werner Jaeger, o acaso, la Minima moralia de Adorno, La arqueología del saber de Foucault o La diseminación derridiana, no existe, en tanto acontecimiento práctico, más allá de la memoria individual de unos pocos.

A expensas de las sorpresas que guardan los archivos de la DSE, ese día venturoso en que el «habeas data» nos permita acceder sin más trámite que un breve cuestionario al catálogo de delaciones, la historia de la relación entre los intelectuales y la revolución cubana tropieza siempre con el corsé de la monotonía y la tiranía de lo previsible, que entre nosotros, y entre tantos, es la secuencia ordenada en una tríada: oposición, exilio y memoria. Como pálidas cuentas, lágrimas de cristal, oscuros abalorios, esa secuencia lleva adosados matices, huellas del escándalo o el disimulo, en ocasiones hilarantes, pero también, las más de las veces, atroces: la cárcel, el encarnizamiento que silencia, agota o mata, la muerte en vida, el entusiasta sometimiento postrero de las víctimas de ayer. Víctimas que no se transmutan en verdugos, como en el pernicioso ejercicio de la promoción social dentro de las oficinas de la dictadura, sino en víctimas gozosas de ostentar el papel de cómplices, desde la coartada epistemológica, los ridículos lauros, el acarreo de la jabita, el ojo de mosca del micrófono que les acercan. PAIDEIA participa también, cómo no, de esa tríada arquetípica, si bien en ella se dio una secuencia alterada, enrevesada. Primero, la memoria, la de toda la tradición occidental, desde los presocráticos hasta Marx. Después, el exilio, que nos regalaron, como quien concede una beca para un viaje de estudios. Finalmente, y siempre, la oposición: al castrismo, pero también a una cierta idea de intelectual, a una cierta idea del exilio, a una cierta idea, precisamente, de lo que implica hacer y ser oposición.

Los años que siguieron a la institucionalización molecular de la cultura «revolucionaria» y el éxodo del Mariel, aquellos años dorados en los que se bebía cognac de Armenia acompañado de minúsculas cebolletas envasadas en la Albania de Hoxha, se freía con grasas venidas de Bagdad o Damasco y se fabricaban en Pinar del Río teclados para las protocomputadoras socialistas llamadas a mecanografiar contundentes objeciones a Santa Fe II, vieron crecer a una generación de intelectuales alentados por aquella globalización controlada desde el rascacielos de la entonces avenida Kalinin. Ésos fueron los años de la presunta rebelión del «hombre nuevo», proclamada en una imbécil canción que se coreaba desde la Colina Universitaria, con el mismo negligente entusiasmo con el que se lloraba a Julio Antonio Mella; una canción, con un Guillermo (sic) Tell conminado a dejarse apuntar por la ballesta de un, supongo, becario de ESBEC, que merecía más bien los afanes de aquel fantasmático círculo psicoanalista que se reunía por entonces bajo los auspicios de la Arquidiócesis de La Habana, que las ditirámbicas parrafadas de los mediocres comentaristas de Radio Martí.

Cuando se abordan los desplazamientos culturales de la década de los ochenta, se suele afirmar que su principal significación estribó en que con ellos la oposición al régimen dejó de ser patrimonio de quienes fueron sus víctimas directas, aquellos que se vieron desplazados por la ofensiva revolucionaria, para pasar a ser protagonizada por eso que los comentaristas, escasos y periodistas, llaman «hijos de la revolución», una festinada filiación, irrespetuosa con el registro civil y los misterios de la construcción de una bildung individual. Uno se ve incómodo en esa torpe nomenclatura que convierte las generaciones en mejoradas promociones de una misma pulsión iconoclasta y atroz. Aquellos años espolearon la imaginación de los ideólogos del castrismo, que promulgaron la apertura (es un decir) de los llamados «espacios experimentales». Todavía es un enigma para mí cómo confluyeron un puñado de jóvenes, aquel «grupo que [avanzaba] silencioso», al decir de un verso armado en aquellos días, cuyos orígenes sociales eran bien distintos. Me resisto a creer que se trata de un acierto a anotar en la columna de haberes de ciertos hermanos apellidados Saíz, que confieso desconocer quiénes demonios son, fratría que cobijaba unos talleres de, digamos, creative writing donde se reclutó a muchos de los efectivos. Prefiero pensar que fue un accidente. Una súbita y pasajera fiebre.

Como esos cancerígenos filamentos de amianto que todavía flotan en algunos vagones de los convoyes que transitan por la Europa oriental, aquellos últimos años de la década de los ochenta y los primeros de la siguiente vivieron un revuelo de esporas que contaminaron todo el sistema del socialismo real. Acumuladas y sólidas, descalabraron el Leviatán del estado soviético, tiraron el muro de Berlín, acompañaron el inventario del garde-robe de la primera dama rumana.

En los márgenes del bloque comunista, en el omphalos del vulgar mesianismo de la izquierda, un escaso y progresivamente diezmado pelotón pretendió sumarse a la ola democratizadora revocando así la secular excepcionalidad de Cuba. Y fracasó.

Tal vez, no nos dábamos cuenta de que la Guerra Fría había acabado y que el castrismo la sobreviviría con ínfulas de ganador. Tal vez nunca supimos leer la historia que nos había tocado vivir. No hacía tanto que nos habíamos desanudado las pañoletas rojas, todavía estábamos imbuidos de esa forma feroz de la coerción que es la tiranía de lo colectivo y no comprendimos que, en realidad, estábamos viviendo historias individuales —nuestra propia paideia, nuestra minimal bildung—, fugazmente implicadas con un régimen también individual, el castrista. Enredados durante semanas con las aporías del Eleata, ignorábamos —no sé si por candidez o afán de supervivencia— que los estadios que corríamos nos debían indicar no la siempre escurridiza inminencia de la meta, sino la radical distancia que nos separaba de aquel suelo, de todo suelo, y de todo discurso que lo implicara esencialmente. Tal vez, lo que no comprendíamos era que levitábamos y que el aire que nos sostenía era el de un conato de paz perpetua por la que ya comenzaban a pulular, enigmáticos y vivos, como los flujos menstruales en las páginas del Talmud, los indicios que prefiguraban la guerra total.  

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