UTOPISTA
Los reyes-filósofos dicen poemas de amor (memoria fragmentada de PAIDEIA)
Rafael López Ramos


"Así, pues, no acabarán los males para los hombres hasta que llegue la raza
de los puros y auténticos filósofos al poder o hasta que los jefes de las ciudades,
por una especial gracia de la divinidad, se pongan a filosofar". Platón, Carta VII

Conocí el Proyecto PAIDEIA de la propia mano de Rolando Prats en una calle del Vedado, durante aquel proceloso año de 1989 y era octubre, si mal no recuerdo, y justo el mes anterior los artistas plásticos habíamos jugado a la pelota en protesta por la destitución de una viceministra de cultura y la clausura de una exposición que ella había aprobado en el Castillo de la Fuerza, como parte del proyecto homónimo y ejerciendo un compromiso con la libertad de expresión, que excedía con mucho los límites impuestos por el propio poder que la había designado, para cumplir más la función de cancerbero que la de mecenas.

PAIDEIA había sesionado por un tiempo bajo auspicio institucional en el Centro "Alejo Carpentier" y para entonces acababa de ser cercenado por la misma sierra de cadena que se mostrara tan activa el mes anterior, operada, presuntamente, desde el Departamento Ideológico del Comité Central del PCC. En reclamo de su espacio, Prats emitió un texto con un cierto sabor a manifiesto, en apoyo al cual recabó las firmas de artistas y escritores, detalle que a ojos de una oficialidad no muy dada a los matices acabó de teñir su gesto de un color plano, chillón y subversivo; algo a medio camino entre el grupo literario de tradición modernista y un partido posmoderno —si fuera posible tal cosa—, que el poder parece haber leído simplemente como ¡un partido político!, en aquella electrizante atmósfera post Muro de Berlín y Revolución de Terciopelo, liderada por unos intelectuales que habían llegado a recibir a estrellas de rock como Frank Zappa, en el mismo palacio de gobierno donde hasta hacía poco sólo eran acogidos venerables ancianos con el pecho tapizado de medallas. Ahora estos criollos aspirantes a reyes-filósofos se apeaban con esto de la coralidad y la polifonía, aquí donde sólo una voz hay suficientemente eufónica y capaz de dictar el mono-tono en que "the show must go on".

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Si para los funcionarios-de-las-instancias-pertinentes PAIDEIA representó una dolorosa contracción muscular (¿cuca epistemológica?), para los que nos atrevimos a soñar la alternativa que prefiguraba su discurso, fue un ejercicio lúdico y cívico a un tiempo, una suerte de catarsis, reactivación de los paradigmas épicos en que habían sido azuzadas ya por lo menos dos generaciones de cubanos. Fue como devolverles todo aquel maximalismo, con el gesto elegante de quien ofrece tres tazas a quien no quiere caldo. Un caldo que además de estar muy caliente, fue servido en unas tazas que no ayudaban mucho a liberar su exceso térmico: una había sido torneada con arcilla de la Escuela de Frankfurt, por un tal Marcuse conocido en La Habana como El Unidimensional, la otra era una hermosa pieza de barro italiano moldeada por Toño, el más joven de los Gramsci, familia de alfareros cuyas piezas tenían la cualidad de reproducir el calor, hasta casi el grado de ebullición, al caer, llenas del caldo, en manos de los dirigentes de la UJC en su sede provincial de F y 15. Por cierto, luego pondrían de moda este humus orgánico para el cultivo de intelectuales, estableciendo que éstos debían venir exclusivamente del campo —nada de hidropónicos urbanos—, como demuestra la escena cultural cubana de los 90. Finalmente, la tercera taza era de un fino biscuit foucaultiano que refrescaba el caldo notablemente, pero también enrarecía su sabor en las embotadas papilas gustativas de unos comensales acostumbrados a la rutina diaria de Afanasiev, servido en jarro de aluminio, en desayuno, almuerzo y comida.

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Durante 1988 presidí por unos meses la sección de Artes Plásticas de la Asociación Hermanos Saíz en Ciudad de La Habana. Una experiencia ingrata y pedagógica a partes iguales —me inclino a ver su porción de enseñanza como una especie de preparatoria para la paideia. En tal ambiguo ejercicio, que acepté siguiendo aquella fantasiosa estrategia de transformar la institución desde adentro, hube de participar en varias reuniones con las autoridades político-ideológicas y culturales (siempre a nivel provincial, dado el perfil que otorgaron al "caso", que ocurría en un punto de la ciudad), para discutir las exposiciones independientes que estaban realizando los miembros del Proyecto Imán en el parque de 23 y G.

En principio fue una estimulante sorpresa la vehemencia con que los cuadros profesionales de la Asociación (en la nómina de la UJC) defendían el derecho de estos artistas a la libre expresión. Parecía como que la perestroika llegaba al Mar Caribe y se deslizaba suavemente por las oficinas de Roberto Robaina. Pero luego de cuatro o cinco de estas reuniones con-todos-los-factores y notar las constantes consultas de los cuadros juveniles con Carlos Aldana —el ideológo de la mencionada sierra de cadena— empecé a tener mis dudas.

Por ello en 1989 me pareció tan coherente y natural proponerles a esos dirigentes de la AHS que guarecieran el Proyecto PAIDEIA de su intemperie, otorgándole un espacio en la Casa del Joven Creador —de alguna manera, su escenario natural. Les cursé una carta que recreaba el imaginario de la Revolución Francesa (de aniversario redondo ese año) y concluía evocando una multitud que entona una Carmañola sangrienta, mientras erige una guillotina ante la estatua de Martí en la Plaza. La carta condujo a una reunión inicial en la casona de la Avenida del Puerto en la que Prats, Omar Pérez y yo fuimos recibidos por Omar Mederos y Raúl Fidel Capote. Y esta resultó en las lides de F y 15, ambos bandos alineados a cada lado de la larga mesa de su salón de reuniones, el team opuesto integrado por una obtusa mezcla de especialistas de un centro de estudios sociológicos sobre la juventud, policías de mirada adusta y líderes juveniles de palabra fácil y dura. El lenguaje convertido en arma arrojadiza y mutuamente inextricable.

Puede que aquello haya sido una pérdida de tiempo y energías, pero también constituyó un útil experimento que iluminó nuestra juvenil capacidad de asombro, con una intuición que sólo el tiempo convertiría en certeza: aquellos mismos rostros que apoyaron con ardor otro proyecto que ponía en crisis al Ministerio de Cultura, ahora adustos, cerraban la puerta en las narices a una propuesta que, por su carácter cultural y la edad promedio de sus miembros, caía de plano en la esfera de interés de la institución que representaban.

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Reina María Rodríguez había sido invitada por Abel Prieto a una conversación en su despacho, de Presidente de la UNEAC entonces. Reina invitó a Prats, que a su vez nos invitó a Ernesto Hernández Busto y a mí. Luego de expresar su sorpresa por nuestra presencia, el escritor-funcionario anunció que de todos modos le iba a decir lo mismo que pensaba decirle en privado: "Reina desmaya PAIDEIA, que eso no da nada". Fue como si los guapos súbitamente hablaran por la boca de los bitongos, ilusión ventrílocua que se fue disipando gradualmente según pasaba a fundamentar su exhortación a la poetisa descarriada, con datos de tipo socio-demográficos, cómo su entorno existencial podría estar influyendo negativamente en su visión de la realidad y citó, didáctico, que en reciente visita a su casa de Ánimas, de repente alguien había tocado a la puerta vendiendo ajos.

El único logro de su catilinaria fue hacer flotar esta pregunta como una flor de loto en nuestras mentes: "¿en qué Cuba vive esta nomenklatura orgánica?"

Sin embargo, trato de imaginar cómo se hubiese desarrollado la escena hoy, en su despacho de ministro. Comenzaría quizás con este otro bocadillo: "Reina, con PAIDEIA te arriesgas a que te asesinemos moralmente y te arrojemos después a una cuneta mediática".  

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