"Así, pues, no acabarán los males para los hombres hasta que llegue la raza
de los puros y auténticos filósofos al poder o hasta que los jefes de las ciudades,
por una
especial gracia de la divinidad, se pongan a filosofar". Platón, Carta VII
Conocí el Proyecto PAIDEIA
de la propia mano de Rolando Prats en una calle del Vedado, durante
aquel proceloso año de 1989 y era octubre, si mal no
recuerdo, y justo el mes anterior los artistas plásticos
habíamos jugado a la pelota en protesta por la destitución
de una viceministra de cultura y la clausura de una exposición
que ella había aprobado en el Castillo de la Fuerza,
como parte del proyecto homónimo y ejerciendo un compromiso
con la libertad de expresión, que excedía con
mucho los límites impuestos por el propio poder que
la había designado, para cumplir más la función
de cancerbero que la de mecenas.
PAIDEIA había sesionado por un tiempo bajo auspicio institucional en
el Centro "Alejo Carpentier" y para entonces acababa de ser
cercenado por la misma sierra de cadena que se mostrara tan
activa el mes anterior, operada, presuntamente, desde el Departamento
Ideológico del Comité Central del PCC. En reclamo
de su espacio, Prats emitió un texto con un cierto
sabor a manifiesto, en apoyo al cual recabó las firmas
de artistas y escritores, detalle que a ojos de una oficialidad
no muy dada a los matices acabó de teñir su
gesto de un color plano, chillón y subversivo; algo
a medio camino entre el grupo literario de tradición
modernista y un partido posmoderno —si fuera posible tal cosa—,
que el poder parece haber leído simplemente como ¡un
partido político!, en aquella electrizante atmósfera
post Muro de Berlín y Revolución de Terciopelo,
liderada por unos intelectuales que habían llegado
a recibir a estrellas de rock como Frank Zappa, en el mismo
palacio de gobierno donde hasta hacía poco sólo
eran acogidos venerables ancianos con el pecho tapizado de
medallas. Ahora estos criollos aspirantes a reyes-filósofos
se apeaban con esto de la coralidad y la polifonía,
aquí donde sólo una voz hay suficientemente eufónica
y capaz de dictar el mono-tono en que "the show must go on".
***
Si para los funcionarios-de-las-instancias-pertinentes PAIDEIA representó
una dolorosa contracción muscular (¿cuca epistemológica?),
para los que nos atrevimos a soñar la alternativa que
prefiguraba su discurso, fue un ejercicio lúdico y
cívico a un tiempo, una suerte de catarsis, reactivación
de los paradigmas épicos en que habían sido
azuzadas ya por lo menos dos generaciones de cubanos. Fue
como devolverles todo aquel maximalismo, con el gesto elegante
de quien ofrece tres tazas a quien no quiere caldo. Un caldo
que además de estar muy caliente, fue servido en unas
tazas que no ayudaban mucho a liberar su exceso térmico:
una había sido torneada con arcilla de la Escuela de
Frankfurt, por un tal Marcuse conocido en La Habana como El
Unidimensional, la otra era una hermosa pieza de barro italiano
moldeada por Toño, el más joven de los Gramsci,
familia de alfareros cuyas piezas tenían la cualidad
de reproducir el calor, hasta casi el grado de ebullición,
al caer, llenas del caldo, en manos de los dirigentes de
la UJC en su sede provincial de F y 15. Por cierto, luego
pondrían de moda este humus orgánico para el
cultivo de intelectuales, estableciendo que éstos debían
venir exclusivamente del campo —nada de hidropónicos
urbanos—, como demuestra la escena cultural cubana de los
90. Finalmente, la tercera taza era de un fino biscuit foucaultiano
que refrescaba el caldo notablemente, pero también
enrarecía su sabor en las embotadas papilas gustativas
de unos comensales acostumbrados a la rutina diaria de Afanasiev,
servido en jarro de aluminio, en desayuno, almuerzo y comida.
***
Durante 1988 presidí por unos meses la sección de Artes Plásticas
de la Asociación Hermanos Saíz en Ciudad de
La Habana. Una experiencia ingrata y pedagógica a partes
iguales —me inclino a ver su porción de enseñanza
como una especie de preparatoria para la paideia. En tal ambiguo
ejercicio, que acepté siguiendo aquella fantasiosa
estrategia de transformar la institución desde adentro,
hube de participar en varias reuniones con las autoridades
político-ideológicas y culturales (siempre a
nivel provincial, dado el perfil que otorgaron al "caso",
que ocurría en un punto de la ciudad), para discutir
las exposiciones independientes que estaban realizando los
miembros del Proyecto Imán en el parque de 23 y G.
En principio fue una estimulante sorpresa la vehemencia con que los cuadros
profesionales de la Asociación (en la nómina
de la UJC) defendían el derecho de estos artistas a
la libre expresión. Parecía como que la perestroika
llegaba al Mar Caribe y se deslizaba suavemente por las oficinas
de Roberto Robaina. Pero luego de cuatro o cinco de estas
reuniones con-todos-los-factores y notar las constantes consultas
de los cuadros juveniles con Carlos Aldana —el ideológo
de la mencionada sierra de cadena— empecé a tener mis dudas.
Por ello en 1989 me pareció tan coherente y natural
proponerles a esos dirigentes de la AHS que guarecieran el
Proyecto PAIDEIA de su intemperie, otorgándole un espacio
en la Casa del Joven Creador —de alguna manera, su escenario
natural. Les cursé una carta que recreaba el imaginario
de la Revolución Francesa (de aniversario redondo ese
año) y concluía evocando una multitud que entona
una Carmañola sangrienta, mientras erige una guillotina
ante la estatua de Martí en la Plaza. La carta condujo
a una reunión inicial en la casona de la Avenida del
Puerto en la que Prats, Omar Pérez y yo fuimos recibidos
por Omar Mederos y Raúl Fidel Capote. Y esta resultó
en las lides de F y 15, ambos bandos alineados a cada lado
de la larga mesa de su salón de reuniones, el team
opuesto integrado por una obtusa mezcla de especialistas de
un centro de estudios sociológicos sobre la juventud,
policías de mirada adusta y líderes juveniles
de palabra fácil y dura. El lenguaje convertido en
arma arrojadiza y mutuamente inextricable.
Puede que aquello haya sido una pérdida de tiempo
y energías, pero también constituyó un
útil experimento que iluminó nuestra juvenil
capacidad de asombro, con una intuición que sólo
el tiempo convertiría en certeza: aquellos mismos rostros
que apoyaron con ardor otro proyecto que ponía en crisis
al Ministerio de Cultura, ahora adustos, cerraban la puerta
en las narices a una propuesta que, por su carácter
cultural y la edad promedio de sus miembros, caía de
plano en la esfera de interés de la institución
que representaban.
***
Reina María Rodríguez había sido invitada por Abel Prieto
a una conversación en su despacho, de Presidente de
la UNEAC entonces. Reina invitó a Prats, que a su vez
nos invitó a Ernesto Hernández Busto y a mí.
Luego de expresar su sorpresa por nuestra presencia, el escritor-funcionario
anunció que de todos modos le iba a decir lo mismo
que pensaba decirle en privado: "Reina desmaya PAIDEIA,
que eso no da nada". Fue como si los guapos súbitamente
hablaran por la boca de los bitongos, ilusión ventrílocua
que se fue disipando gradualmente según pasaba a fundamentar
su exhortación a la poetisa descarriada, con datos
de tipo socio-demográficos, cómo su entorno
existencial podría estar influyendo negativamente en
su visión de la realidad y citó, didáctico,
que en reciente visita a su casa de Ánimas, de repente
alguien había tocado a la puerta vendiendo ajos.
El único logro de su catilinaria fue hacer flotar
esta pregunta como una flor de loto en nuestras mentes: "¿en
qué Cuba vive esta nomenklatura orgánica?"
Sin embargo, trato de imaginar cómo se hubiese desarrollado la escena
hoy, en su despacho de ministro. Comenzaría quizás
con este otro bocadillo: "Reina, con PAIDEIA te arriesgas
a que te asesinemos moralmente y te arrojemos después
a una cuneta mediática". 
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