UTOPISTA
Limones partidos
Víctor Fowler Calzada


Lo primero que me ha venido a la mente, aun antes de sentarme a la máquina, es la frase: si escribo realmente de esto. Como yo mismo negando la posibilidad de contar lo que entonces sucedió; de hecho, lo que hasta hoy mismo sucede. Me corto, me autocensuro, me hago sangrar. Sin embargo, no fue desde tales términos que la frase nació, sino de la conexión que hay entre los hechos de Naranja Dulce y PAIDEIA con el resto de mi vida; como si todo fuera la larga historia para llegar hasta allí y luego lo que viene después. Hay algo extraño en dirigirnos a audiencias no avisadas, puesto que implica la obligación de introducir explicaciones, incluso rodeos didácticos para mejor transparentar un estado de cosas. Nombres y lugares, episodios o gestos, tienen que ser —mediante la misma explicación— amplificados o reducidos para intentar crear el tipo de complicidad comunicativa que se establece cuando los que hablan son los enterados, los partícipes de un hecho.

¿Cuántos recuerdan ahora lo que, para los de mi promoción, significó la creación de la AHS (Asociación “Hermanos Saíz”) en el año 1986, tal vez en diciembre? Como ha pasado demasiado tiempo, las fechas se confunden, de modo que ya hay un primer argumento en contra de lo que trataré, en lo adelante, de ordenar. No es la verdad, sino una verdad, la mía o, menos aun, simplemente la que en este instante recuerdo. El caso es que los artistas y escritores jóvenes cubanos estaban agrupados en una organización, la Brigada “Hermanos Saíz”, y que ésta había entrado en una suerte de crisis. No sé si lo reconocerán quienes, por entonces, dirigían la organización, pero lo cierto es que los de mi edad así lo percibíamos; había una crisis de vejez y anquilosamiento, de acción, difusión de ideas y de referentes culturales. Existíamos en la misma ciudad, pero apenas teníamos lazos; no leíamos a los mismos autores, no reverenciábamos los mismos ídolos culturales, nos sentíamos otros.

II

Habíamos comenzado a conocernos a inicios de los 80 en los talleres literarios habaneros. En mi caso, allí compartí asiento, en uno de los talleres literarios del municipio Plaza de la Revolución, con Rolando Sánchez Mejías, Emilio García Montiel y Carlos Augusto Alfonso Barroso. Con este último ocurría algo especial, pues había sido mi alumno de noveno grado cuando, en una de esas vueltas extrañas de las cosas, fui su profesor de Matemáticas en la misma escuela donde estudié desde la primaria. Félix Lizárraga era miembro del taller literario de escritores de ciencia-ficción, al cual me gustaba asistir creo que sólo para ganar en apertura de la mente, pues jamás he escrito una línea del género. A Ernesto Hernández Busto, que había sido mi alumno de séptimo grado, aunque esta vez de Español en otra escuela cercana, lo encontré años más tarde, en el último año de pre-universitario, mientras en unión de Radamés Molina trataba de hacer una revista literaria. En aquella misma escuela secundaria, aunque en otra aula de séptimo, tuve como alumna a otra poeta, Wendy Guerra, a cuya casa llegué un día para encontrar a otros dos grandes amigos: su padrastro, Atilio Jorge Caballero, y su madre, Albis Guerra, cuyo sufrimiento y muerte a causa del mal de Alzheimer nunca terminaré de lamentar. Del taller literario de la Habana Vieja formaban parte Rogelio Saunders y Antonio José Ponte, este último alguien de quien Sánchez Mejías hablaba mucho y a quien personalmente conocí, en un episodio pedantísimo de mi parte, durante la presentación del libro Poesía completa de José Lezama Lima en la mítica casa de Trocadero 162, donde viviera el gran poeta cubano. A Omar Pérez lo conocí mediante Carlos Alfonso, ambos las más evidentes estrellas futuras de la poesía joven cubana a inicios de los ochenta.

III

Tengo que volver a la Brigada “Hermanos Saíz” y a los talleres literarios, pues a inicios de los ochenta cubanos el sueño de cualquier autor joven cubano (al menos, el de muchos y sin duda alguna el mío propio) era pertenecer a esa organización, escalón superior, salto hacia el prestigio como creador, nivel intermedio entre la vida amateur del tallerista y la categoría poco menos que profesional del respetado miembro de la UNEAC. Al menos así nos parecía. Un día, en algún encuentro o lectura, apareció en nuestro orgulloso taller Osvaldo Sánchez, a quien se reconocía como uno de los renovadores del lenguaje de la poesía joven cubana del momento e invitó a Carlos Alfonso a presentar un libro para “entrar en la Brigada”, la frase mágica. Creo recordar que también iba a entrar Omar Pérez, aunque de esto estoy menos seguro. El caso es que también yo preparé mi libro, lo envié y fui rechazado. Mi frustración ante el hecho es menos relevante que la manera en la cual el proceso de selección era realizada: sin otro aviso que no fuera la invitación, pura obra del azar, de uno que ya fuese parte de lo que interpretaba yo como una cofradía y en la sala de la casa de una persona.

IV

Ahora me escapo pues, frente a ello, elegí lo que desde entonces ha sido una norma en mi mínima vida: hacer una tercera cosa y fue así que aquellos que ya habíamos comenzado a ser amigos empezamos a reunirnos, a crear nuestras propias ocasiones de encuentro y celebración, a buscar tribuna pública para hablar de los autores que nos interesaban y a convocar, a nuestro alrededor, a otros con igual ansia que nosotros: soñábamos. Una noche, llegó mi invitación de manos de Senel Paz, quien me pidió que además ayudara a recuperar a la BHS la energía perdida y de esta manera, en una reunión a la que no debieron de asistir ni siquiera diez de los casi sesenta integrantes que la organización tenía en la Ciudad de la Habana, me encontré designado como su vice-presidente. Me gusta ese momento porque entonces me fue dada la oportunidad, que pocas veces se presenta en la vida de cualquiera, de cambiar la historia de algo: por vez primera, en muchísimo tiempo, una convocatoria publicada en el periódico solicitó de todos aquellos que quisieran ser parte de un “crecimiento” de la BHS que enviaran sus trabajos. Un grupo de lectores (al que más recuerdo es a Atilio J. Caballero) abrimos la puerta de entrada a más sesenta autores jóvenes y terminamos así con el secreto, la cofradía y el control de una promoción anterior sobre el pedazo de vida cultural que mantenían aún como una suerte de carta de identidad y capital para negociaciones con las instituciones. Dentro de los “nuevos” que aquella vez se “iniciaban” con la identidad certificada de autor, estaban gente como los poetas Pedro Márques de Armas, Juan Carlos Flores, Alessandra Molina, Ricardo Alberto Pérez, el dramaturgo Raúl Alfonso y decenas de otros que no recuerdo ya. Durante años conservé una lista con sus teléfonos y direcciones para avisarlos de cualquier presentación de libro, reunión o lectura. Sin embargo, aquella vez, en una presentación que se hizo en la flamante Casa del Joven Creador, dos personas no fueron aceptadas, dos escritores del Taller Literario de la Habana Vieja: Antonio José Ponte y Rolando Sánchez Mejías.

Basta con revisar la prensa de la época, año 1986, o con preguntar a los protagonistas, para saber que la BHS cambió su nombre y estructura en un congreso patrocinado por la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas), del cual salió con nueva denominación (AHS: Asociación “Hermanos Saíz”), estructura, funciones e ilusiones en cuanto a la participación en la vida cultural cubana. Sin embargo, imagino que muy pocos recuerden que antes de aquel evento de brillo y que recibió amplia publicidad, hubo un intento subterráneo de hacer lo mismo, aunque más bien a partir de la iniciativa individual de cuatro locos: Reinaldo Alfonso (el motor de la idea), Rogelio Saunders, Rolando Sánchez Mejías y Antonio José Ponte. Cuatro jóvenes escritores que se percataban del estado de inercia de la vieja BHS y que trataron de organizar una asociación paralela de artistas y escritores jóvenes. Olvidé los detalles de cómo dicho proyecto fue abortado o, mejor, lo dejo para que lo cuenten sus actores. El caso es que todavía hube de esperar par de meses antes de, sin consultar más que con los escritores mismos de lo que ya empezaba a ser un grupo, tener entre nosotros a Rolando y a Ponte.

V

Años más tarde, a fines de los 80, todos estos hilos se van a unir en lo que, a mi juicio, es una de las publicaciones culturales más importantes hechas en Cuba en el último cuarto de siglo y también una de las más incomprendidas. Voy a empezar por la incomprensión. La recién creada Asociación “Hermanos Saíz” tenía un Ejecutivo Nacional con representantes de todas las manifestaciones artísticas y, luego, instancias similares en todas las provincias. En el caso de la Ciudad de la Habana, muchas veces era tan idénticas las propuestas que finalmente resultó más práctico que ambas dirigencias trabajaran como una sola; de esta manera me encontré formando parte de dicha instancia de dirección como representante de los literatos. En poco menos de un año los órganos de prensa de casi todas las provincias del país comenzaron a editar suplementos culturales mensuales cuya confección quedó encargada a la flamante AHS o en los cuales los nuevos talentos tenían espacio y voz para decidir. No hay que explicar el enorme cambio que para la vida cultural de un país significa la repentina publicación de más de diez suplementos culturales en la prensa (las provincias son catorce más un municipio especial), en donde antes no existía nada parecido, aunque estos fueran de sólo cuatro u ocho páginas en el mejor de los casos. Muchísimos de los autores de hoy, estén donde estén, se iniciaron allí o pudieron tener una mejor idea de la creación cultural del país y, gracias a traducciones o refritos, de muchas otras partes del mundo. Sin embargo, pese a la euforia, la única provincia que nunca tuvo suplemento cultural fue, paradójicamente, La Habana. Reuniones hubo de todo tipo para tratar de conseguirlo, cartas, análisis, peticiones, a veces casi ruegos, pero nada se consiguió; el diario Tribuna de La Habana nunca abrió sus páginas a los autores jóvenes (cosa que entonces operaba como poco menos que una consigna a obedecer en las instituciones culturales). Lo único, durante meses y en el Pabellón Cuba de la calle 23, una imprenta “para tiempos de guerra” en donde el narrador Radamés Molina se convirtió de modo autodidacta en impresor que publicaba volantes con poemas de los jóvenes de entonces. En otro lugar, en la Casa del Joven Creador, aunque aquí como parte de un trabajo más fino, de arte, los poetas Sigfredo Ariel (imprentero de raza) y Cira Andrés, echaban a andar otra vieja imprenta que entre los tres conseguimos después de mil trabajos y que publicó hermosas ediciones con traducciones de Emily Dickinson y el bello poema "La casa del alibi" de José Lezama Lima, entre lo que ahora recuerdo. Valen la pena los detalles porque recuperan un pequeño fragmento de la vida cultural de entonces y, de paso, revelan el ansia de propiciar un nuevo mundo que había entre los jóvenes de entonces.

En tal panorama, otra de las variedades que había adoptado la búsqueda de expresión de los jóvenes, había sido la realización de números especiales en la publicación cultural El Caimán Barbudo, verdadero clásico de la vida cultural habanera y cubana desde su fundación en 1966. Entonces fue allí hacia donde me dirigí para proponer a su nuevo director, el poeta Alex Pausides, la realización de un número especial dedicado a los jóvenes y vagamente recuerdo que me dijo que la publicación podía asumir la edición de hasta cuatro números al año con dicho carácter. Mientras que, desde las diversas provincias del país, llegaba el reclamo de “presencia” en la prensa nacional (y no en esos suplementos culturales provinciales que apenas iban más allá de sus territorios), me tocó defender la existencia de una publicación que se propusiese reunir a una suerte de vanguardia, a nivel de pensamiento, intereses y manejo de referencias culturales con relación al grupo de varios centenares de autores que formaban parte de la AHS. Si por una parte debíamos por todos los medios, desde el Ejecutivo de la AHS, de tratar de abrir más espacios para la publicación y vida de los autores jóvenes de todo el país, por otra me tocaba oponerme a la falta de imaginación de una gran mayoría de esos mismos autores que no entendían por qué la oferta de El Caimán Barbudo no podía ser empleada para seguir haciendo los tradicionales números especiales con autores de las distintas provincias de modo rotativo. Por tales motivos, como un golpe de efecto antes de que se revolvieran más las aguas, el primer número salió con una mayoría de materiales que esperaban su turno en las gavetas del propio Caimán... y sin todavía rasgos de personalidad propia. Sin embargo, el segundo sí muestra ya la voluntad de hacer un periodismo cultural distinto al resto de lo que se hacía en el país y para ello fue fundamental la presencia de alguien que, por entonces, era redactor del susodicho Caimán: el poeta y traductor Omar Pérez.

VI

Para los que conocieron a aquel Omar no habrá dudas de que la invención del nombre de la publicación le corresponde por entero, de tal modo el título revela su peculiar ironía de entonces, ya que la letra de una vieja ronda infantil decía: “naranja dulce, limón partido”. Sin embargo, no recuerdo cuál de los dos fue el de la idea de hacer una publicación cuyo corazón fuesen las columnas de opinión de los integrantes de su Consejo de Redacción. El caso es que invitamos a formar parte de dicho consejo a Ernesto Hernández Busto (con una columna sobre literatura infantil), Atilio Caballero (una sobre teatro), Antonio José Ponte (sobre el siglo XIX cubano), Abelardo Mena (artes plásticas), Emilio García Montiel (sobre arte asiático), Alberto Garrandés (sobre escritores “malditos”), Omar hacía una con reseñas de libros curiosos y yo otra más sobre erotismo en la cultura. De todos, ninguno tenía tanta capacidad y deseos de trabajo como Hernández Busto, a cuya insistencia se deben no pocos de los artículos que pudimos reunir. La presencia de Garrandés y de Mena, con quienes Omar no tenía relación alguna antes de la fecha, e incluso la de Ernesto (por entonces con apenas 18 años, aunque con un gran interés y puntos de vista agudos en el tema que luego desarrolló), merece ser destacada para entender que no se trató de reducir el proyecto al nivel de una reunión de amigos, sino que había la clara intención de introducir en nuestro medio literario acercamientos e inquietudes específicas, modos de mirar la cultura universal que sentíamos tal vez como marcas de identidad generacional que nos distinguían de las promociones precedentes, en especial de las más cercanas en el tiempo. A ello se sumó la calidad de traductor de José Manuel Prieto, por entonces recién llegado de la extinta Unión Soviética luego de varios años de estudio allí (lugar donde, por cierto, también habían iniciado estudios, sin terminarlos, Emilio García Montiel y Ernesto Hernández Busto). Exotismo, búsqueda de raíz nacional, límites del individuo y ansias de modernidad se daban la mano. No se recordaba algo semejante en la prensa cultural cubana del último cuarto de siglo y fue una verdadera sorpresa para los escritores jóvenes que incluso sintieron que les había sido usurpado un espacio. Para colmo, establecimos estándares lo más alto posibles para la recepción de trabajos y comenzamos a brindar cobertura para la aparición de textos acerca de bichos raros como el cineasta Andrei Tarkovski, el cantautor Igor Visotsky, el poeta Iosif Brodsky, el dramaturgo Bob Wilson o el fotógrafo Joel-Peter Witkins.

VII

La alegría de Naranja Dulce duró sólo cuatro números y poco más de un año, pues cuando tocó eliminar publicaciones periódicas en la Cuba de los 90, la del declive hacia la peor crisis económica de su historia, fue una de las primeras en desaparecer con el argumento de la inexistencia de recursos para seguir imprimiéndola. Poco tiempo más tarde le seguiría el propio Caimán Barbudo que nos sirvió de sombrilla para el breve sueño de independencia que vivimos, aunque aquí, dada la significación histórica de una publicación que incluso marcaba con su impronta la dirección donde radicaba (una casona del Vedado en la calle Paseo entre 25 y 27), el golpe fue todavía más duro. Quiero con lo anterior decir que el Caimán…, más que la publicación misma, era la atmósfera del lugar, el entra y sale de gente joven, los conciertos de trovadores, lecturas de poetas y la ocasión mayor: la presentación de cada nuevo número. En cambio nosotros, los de Naranja Dulce, con esa mezcla inmanejable de humildad y arrogancia propia de la juventud, en lugar de también organizar presentaciones, nos conformábamos con esperar a que nuestros números salieran y con que fuesen, lentamente, extendiendo su efecto. La observancia de tales reglas condujo a que sólo una persona, Norma Quintana, entonces investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística, escribiera sobre nosotros en una ponencia que presentó en algún evento llevado a cabo en la institución, he olvidado el dato, y donde nos defendía como la más importante publicación cultural cubana del momento, a pesar de nuestras escasas cuatro salidas. Recuerdo que aquella mañana, por la vergüenza de escuchar disertar a propósito de lo que hacía, ni siquiera me atreví a entrar al salón repleto de investigadores y seguí la presentación afuera y poco menos que oculto.

VIII

Cuando los años pasan, y ya son casi veinte, los detalles se borran, de modo que he olvidado al interlocutor, aunque no su frase: “tú convertiste en persona a ese Prats al que no conoce nadie”. Por cierto que todavía tuve una segunda oportunidad de convertir en persona al poeta no-persona y sobre esto volveré más tarde. La acusación tenía su fundamento en dos artículos aparecidos en Naranja Dulce: uno sobre el cine de Tarkovski y otro titulado "Diez tesis provisionales sobre poesía", ejercicio de reflexión que apuntaba a un nuevo tipo de intelectual, tan interesado en la meta-escritura como en la escritura misma. Para ese entonces, cuando ya no existía la Naranja…, el tal Prats (Rolando Prats Páez) se había convertido en una bestia maldita a la cual no se podía siquiera mencionar en los predios institucionales sin que se levantaran cejas para desaprobar.

Antes, un día cualquiera de 1988 nos reunimos en la casa de la poetisa Reina María Rodríguez cinco personas: Reina misma, Rolando Prats, Ernesto Hernández Busto, Radamés Molina y yo. Queríamos analizar, discutir un poco, dar definitiva forma a la propuesta de un nuevo espacio cultural que pretendían conducir Prats, Ernesto y Radamés y colocar al pie nuestras firmas para presentar el documento a las instancias que podían aprobar la petición. La idea era inaugurar y mantener un lugar de encuentro multidisciplinario, de marcada inclinación al debate de cuestiones de teoría cultural y con vocación de prestar atención particular a los cambios y nuevas corrientes en el panorama cultural cubano de aquel momento. A quienes no lo vivieron, es difícil transmitirles la sensación de ser parte de un momento de grandes transformaciones culturales, aunque tal vez alcance con revisar la prensa de por entonces para sentir cómo soplaban aires de simultánea novedad lo mismo en el ballet que en el teatro, en la literatura que en las artes plásticas. Post-modernidad era una palabra que sonaba en cualquier conversación, así como post-estructuralismo, curaduría, Joseph Beuys, Habermas, Lyotard, Foucault, Lezama, Borges y cien nombres más citados no pocas veces de manera caótica y como parte de un saber igual de caótico. Aun así, fue un instante excepcional porque, por encima de cualquiera crítica que se pueda hacer, una nueva generación actuaba dentro del campo intelectual para remover la pesada costra de las prohibiciones que, a consecuencias de la oficialización de la censura en los 70, padecieron la prensa, la educación y la cultura en el país. El nombre del proyecto era PAIDEIA, que Prats había tomado de sus lecturas de la obra del mismo título de Werner Jaegger y que ya sabemos que en griego significa ‘educación’.

Durante varios meses, por la sala de conferencias del Centro de Promoción Cultural “Alejo Carpentier”, ubicado en la casa que inspiró al novelista para ser la vivienda de sus personajes Sofía, Esteban y Carlos de El siglo de las luces, pasaron conferencistas, artistas plásticos, escritores, dramaturgos, coreógrafos colocados a la vanguardia de la renovación cultural que en el momento vivía el país. Y, de repente, todo terminó. Creo recordar que fue en los meses de abril o mayo del 89 cuando el administrador del lugar le dijo a Prats que las actividades quedaban transferidas para más adelante; cuando éste preguntó en qué fecha continuarían el administrador dio unas largas que significaban un hipotético septiembre u octubre. La respuesta a esto fue un documento, redactado por las tres cabezas organizadoras del proyecto, para cuya firma me fueron a ver, a la Biblioteca Nacional, donde por entonces yo trabajaba, Ernesto Hernández Busto, Emilio García Montiel y Omar Pérez. Unos días más tarde, en la última actividad que realizarían los del proyecto en el Centro Carpentier, decenas de artistas y escritores jóvenes escucharon la lectura de un texto, dividido en once puntos, que hacía una fuerte crítica a la censura (ya desde entonces padecida por varias obras del nuevo movimiento, especialmente exposiciones de arte plástico y obras teatrales), a diversos problemas del campo cultural y pedía una reunión con las instancias de dirección del país (especialmente las culturales) para discutir con ellas nuestros criterios. Hubo un gran debate aquella tarde en el Centro "Alejo Carpentier", algunos de los presentes abandonaron el lugar, otros se opusieron a un documento tan ácido y unos pocos (creo que 17) estamparon su firma. Par de días más tarde, el número había descendido a once, la cantidad que quedamos finalmente. Aún así, dentro del campo cultural cubano, habíamos hecho algo terrible; no ya sostener opiniones diferentes y encontradas con las de la oficialidad cultural, lo cual ya era bastante motivo para dolores de cabeza, sino que nos habíamos atrevido a dar origen a un grupo.

IX

Y entonces comenzó la parte buena (que terminaría siendo amarga y dura para algunos), pues, luego de un frustrado intento de conversación con el entonces Ministro de Cultura, Armando Hart, a quien incluso dejamos plantado, esperándonos en su oficina, quedaron rotas las hostilidades entre el escaso grupo de los firmantes y las autoridades de casi cualquier nivel, además de contar con el rechazo de no pocos miembros de la propia “sección de literatura de la AHS”. Respecto a esto último me recuerdo conduciendo una reunión en la sede provincial de la organización y defendiendo no ya la justeza o no del documento, sino el derecho de cualquiera de los miembros a elaborarlo y sostenerlo mediante su firma; los asistentes eran escritores de la capital y haber impedido, en aquella ocasión, cualquier movimiento para expulsar a los firmantes del documento, fue una victoria de la ecuanimidad y el respeto a la diferencia intelectual. Con las autoridades culturales y políticas las cosas no fueron tan cómodas; las primeras se sintieron profundamente heridas al ver la vuelta que había sufrido un proyecto que ellas mismas habían aprobado, en tanto las últimas (especialmente la UJC) sostuvieron par de reuniones con los firmantes del documento y ni uno de los puntos que éste contenía fue considerado medianamente razonable o, en todo caso, ninguno pasó la prueba de ser considerado digno de una discusión abierta. Otra fecha desagradable fue una reunión con directivos de la UJC nacional (en la cual se suponía que yo no debía de estar, pues era para “analizar el caso de Omar Pérez”, redactor del Caimán…, órgano cultural de la UJC, firmante y cabeza de PAIDEIA) y en la cual hubo exaltadas palmadas de macho encima de la mesa, además de la propuesta, de uno de los asistentes, de hacer una reunión más para analizarme a mí por defender el derecho a expresar puntos de vista críticos y diferentes sobre la política cultural en el país. Por cierto que, varias de las primeras reuniones, las sostuvimos en la propia sede del Caimán…, pues partíamos del principio mínimo de no ser conspiradores, sino intelectuales que demandaban un diálogo.

Para la fecha de las dos reuniones que hubo entre los firmantes del documento y directivos del Comité Provincial de la UJC de Ciudad de la Habana (con lo cual el “problema” quedaba reducido a un hecho territorial sin importar el alcance nacional de los planteamientos que se hicieron y a pesar del cake que fue llevado a una de ellas por los de Paideia y que todos compartieron), mi hastío de todo esto llegó al punto de que presenté una carta en la cual, en simultaneidad, renunciaba tanto a mi cargo en la AHS como a la pertenencia a PAIDEIA. Sentía que tanto la lealtad ideológica a toda prueba de los funcionarios como el torrente de voluntad crítica de los firmantes del documento, eran ejemplos de ceguera. Recuerdo que hubo un discurso de Fidel donde aventuró la idea de que los países del extinto bloque socialista terminarían integrándose a la cadena del capitalismo mundial y que, operativamente, serían soldados del imperialismo contemporáneo y que ello levantó una oleada de acusaciones que me hizo pensar que nada podía ser construido, mejorado ni cambiado partiendo de un rechazo que obturaba los sentidos, pues bordeaba el odio. A ello sumé el agotamiento de tantas veces defendiendo el derecho de los Paideia a manifestar su diferencia y, sobre todo, el increíble rigorismo y poco menos que desprecio con el cual trataban a todo aquel que no nos había acompañado en la firma del documento.

Creo que, en especial, fue esto último lo que me distanció como ninguna otra cosa. Mis relaciones de amistad con Rolando Sánchez Mejías y Antonio José Ponte fueron muy fuertes siempre y no me era sencillo escuchar continuas acusaciones de cobardía dirigidas en contra de ellos; el caso de Ponte merece un poco más de explicación: PAIDEIA había sido un proyecto de acción cultural devenido en documento de crítica a la ideología y a las políticas de la cultura, una dualidad que sólo es superada cuando Tercera Opción concentra su atención en lo segundo. Ponte aceptaba firmar la zona crítica del documento, más no estaba de acuerdo con las propuestas de práctica cultural y de esta manera no participó en las reuniones ni fue parte luego de las sesiones de estudio. También padecieron diatribas semejantes otros no-firmantes como Rafael Rojas e Iván de la Nuez, personas del mundo académico y de la investigación a las cuales respetaba. Después de la renuncia, mis relaciones con PAIDEIA fueron adelgazando hasta casi desaparecer. La vocación de educador de Prats Paéz se impuso y dio comienzo a una interesante etapa, de la cual escuchaba lejanas historias, donde algunos de los firmantes y nuevos integrantes del grupo se reunían en sus casas a estudiar y discutir temas de historia de la filosofía y textos de las figuras más relevantes del pensamiento contemporáneo. Un poco más tarde, pasaron a encontrarse en los jardines del habanero Parque Almendares, bordeando el río de aguas sucias, y recuerdo que entonces los llamábamos, entre la burla y el cariño, “los hermanos del bosque”, recordando al Robin Hood que leímos en la infancia. A todas luces se trataba de una estrategia para formar a la intelectualidad cubana del cambio, aunque éste no fuera a tener lugar de modo inmediato, y de fomentar en mentes jóvenes otra manera de imaginar el mundo. En un artículo tonto y lleno de risible ingenuidad (allí se afirmaba que la post-modernidad había sido una breve etapa de deslumbramiento en el pensamiento y la cultura cubanos y que ya había pasado), uno de sus autores se burlaba del saber que brotaba de oscuras bibliotecas privadas en alusión a las prácticas de los de PAIDEIA: dado que la colección estaba armada con donativos de los integrantes, se hacía necesario donar al menos un nuevo libro para acceder al uso, en calidad de préstamo, del resto. Burla, sin ni siquiera sentir que allí un grupo de jóvenes se daba a la tarea de descubrir, por sí mismos, todo el saber que les había sido negado y que una Universidad anquilosada era incapaz de darles; sin entender que la nueva propuesta pretendía cuidar semillas para algún futuro. El texto al que me refiero apareció como supuesto y muy autoritario intercambio de cartas sobre el postmodernismo en El Caimán Barbudo, enésima época; entre Félix López, el hijo sociólogo de Héctor Veitía (de quien es la idiotez o la farsa) y bajo la mirada contemplativa del coordinador de la supuesta correspondencia, el entonces profesor de sociología Emilio Ichikawa.

X

Meses después PAIDEIA volvió a cambiar cuando, en un gesto de radicalidad política, intentó convertirse en una suerte de grupo de opinión integrado por intelectuales y poco menos que un partido político disidente. Un nuevo documento fue redactado y enviado por los miembros al periódico "Granma", después de lo cual ya vino la cuidadosa desintegración del grupo: Ernesto Hernández e Iván de la Nuez fueron ayudados a obtener una salida rápida para participar, en México, en el encuentro de escritores del cual nunca regresaron y hoy se encuentran en España. También Rafael Rojas saldría meses después hacia el mismo país donde todavía permanece. Omar Pérez y César Mora fueron ambos, más que sorpresivamente, llamados a filas en el Servicio Militar, lo cual garantizaba tenerlos par de años lejos de cualquiera “actividad cultural”. En el caso del último, una crisis nerviosa impidió que éste fuera su destino y hoy se encuentra en España; el primero, con menos suerte o mayor fortaleza, terminó recogiendo tomates en la provincia de Pinar del Río y hoy vive alternativamente entre Cuba y Holanda. Jorge Luis Camacho obtuvo su salida hacia Canadá y hoy enseña en una universidad en los Estados Unidos. Almelio Calderón fue invitado a un encuentro de escritores en España y allí decidió permanecer. Jorge Ferrer vive actualmente en España. Después de largos años entre Venezuela y Estados Unidos, regresó a Cuba el pintor Abdel Hernández. El resto de los pintores, Rafael López, Félix Suazo y Alexis Somoza, residen todos en aquel país. Ulises Alvarez, quien por entonces terminaba estudios de filosofía, salió hacia Inglaterra. Según mi cuenta, permanecimos en Cuba unos pocos del grupo: Atilio Caballero, Antonio José Ponte, Abelardo Mena y yo, aunque tal vez haya más porque de otros, como Abel Fowler y su colega actor Rosendo, no supe más. En cuanto a Prats Páez (quien pasó a hacer vida política dentro de grupos de oposición y en dicho carácter terminó, años más tarde, por abandonar el país), todavía hubo una oportunidad más de “convertirlo en persona”.

XI

Sucedió durante la celebración de lo que, a mi juicio, marcó el final y cumbre, en términos de activismo, de esa fascinante época de los 80: el coloquio "Sobre nosotros mismos" que tuvo lugar en la Quinta de los Molinos en el año 1991. El título mismo del evento indica la diferencia de velocidades entre una generación emergente y la parálisis que sentíamos instalada en el campo cultural cubano, especialmente entre los críticos y publicaciones; por tal motivo un pequeño grupo decidimos que la mejor manera de dar a conocer los valores que nos interesaban era hacerlo “nosotros mismos”, de modo que nos dimos a la tarea de armar tres días de lecturas de ponencias, cuentos y poemas para demostrar que teníamos algo nuevo que decir. Una de aquellas tardes, quizás la última, mientras una mesa redonda de poetas leía textos recientes, apareció Prats Páez en un público en el cual, además de profesores universitarios y escritores jóvenes, había dirigentes del aparato cultural de la AHS y de la UJC. La mesa era moderada por otro Rolando, Sánchez Mejías, quien invitó a Prats a acercarse para leer sus últimos poemas; puesto que para entonces ya se trataba de la más oscura de las bestias para el aparato cultural, la invitación constituía un desafío inimaginable. Fue un momento emocionante como pocos y Prats, que terminó leyendo los poemas con voz temblorosa de la emoción, recibió un aplauso unánime de su comunidad que lo reconocía, por encima de cualquier diferencia, como uno de los propios. Interpreté aquello, sin imaginar siquiera que asistíamos al final de una época, como expresión de la atmósfera de respeto que habíamos conseguido crear y defender. Meses más tarde se desató sobre el país la crisis económica y comenzó una sangría de salidas, pérdidas, de sus intelectuales jóvenes que no ha cesado hasta hoy.

Por cierto que esta categoría y práctica del no-reconocimiento en alguien de su carácter de persona, me va a servir para explicar que había un Paideia más y para agregar un nuevo motivo a mi ruptura. Un rubio alto y delgado, al cual me parece que Prats había conocido en las clases de francés y que no era, como el resto, un "intelectual"; alguien que me hacía sentir tan incómodo que ni siquiera recuerdo su nombre. Una de las más serias diferencias que tuve con el grupo, y que ahora entiendo como la semilla del futuro intento de partido político que fue "Tercera Opción", surgió cuando manifesté mi disgusto por esa pertenencia de alguien que, a mi entender, nos debilitaba; Contrario a ello, Omar insistió en la apertura para que cualquiera a quien le interesase firmase el documento, chofer de ómnibus o Premio Nacional. Aquel caso particular se me hacía difícil y era mi límite por la pobreza de la expresión, las tonterías que de continuo decía la persona y por darme siempre la sensación de andar medio bebido (u otra cosa); poco más adelante supe que tenía problemas psiquiátricos, de modo que habíamos ganado un loquillo. Dado que hablo de alguien a quien conocí muy superficialmente y siempre a través de mis prejuicios, debo pedir excusas por lo despreciativo de mi mirada de entonces, mas debo ser sincero porque ese punto marca la diferencia esencial entre la protesta de élite y el movimiento político de masas: la voluntad programática de inclusión. Juro que por entonces me pareció que no se trataba sino de otro de los gestos populistas de Omar quien, al final, defendió su postura recogiendo tomates par de años.

XII

Si se presta atención al consejo de redacción de Naranja Dulce y a las firmas al pie del documento PAIDEIA, pasando por los seis meses durante los cuales funcionó el proyecto cultural en el Centro "Alejo Carpentier", es claro que varios nombres repiten; si bien se trata de una relación no explorada, que obligaría a sumar a los índices de la publicación los programas de las presentaciones en el Carpentier, es evidente la presencia de un hilo de continuidad entre ambos escenarios, así como un accionar coherente en sus integrantes. Una manera de explicarlo es si entendemos a Naranja Dulce como un punto de encuentro generacional, una plataforma para confrontar la institucionalización de la censura en los 70 cubanos, así como la crisis del socialismo burocrático a fines de los 80; no en vano el deseo de recuperar figuras prohibidas en esos países en los que vivía sus días de gloria la política de la "glásnost" impulsada por Gorbachov (ej: Brodsky o Visotsky), así como la voluntad de insertar figuras de la vanguardia internacional del arte (ej: Bob Wilson o Witkins) o temas tabú en años anteriores en el país como el erotismo o los escritores “malditos”. Idéntico espíritu, aunque con la intención de que el debate fuese planteado en el interior del campo cultural nacional, es legible en los programas de Paideia dentro de los cuales hubo conferencias sobre post-estructuralismo, presentaciones de artistas plásticos de la vanguardia cubana (uno de cuyos temas más debatidos entonces era el reciclaje de la simbología político-ideológica de la Revolución cubana), de dramaturgos (entre los cuales Víctor Varela escandalizaba a la ortodoxia por su uso del desnudo en escena), entre otros ejemplos. Inserción y diálogo con la modernidad artístico-literaria internacional, recuperación de tradiciones censuradas dentro de la cultura socialista, debate con los postulados de la ortodoxia socialista en los campos de la cultura y la ideología, recuperación de figuras prohibidas por la censura institucionalizada de los 70 cubanos, pudieran ser los cuatro puntos que mejor definen lo que fueron Naranja Dulce y PAIDEIA. En esa misma carrilera, aunque en dirección opuesta, a medida que la crisis del socialismo aumentaba en intensidad y hacía explosión como debacle económica, además de cultural, ideológica y política, los estamentos del poder en Cuba volvían a cerrar cualquier espacio de alternatividad cultural, de expresión de diferencia o sencilla duda ideológica y ni siquiera imaginaban como posible la diferencia política. Después de varias fricciones, en particular dentro del campo de las artes plásticas, (que, tal vez, habían comenzado con la censura a una exposición de Tomás Esson en la pequeña galería de 12 y 23 par de años antes) la fractura final se produjo con el cierre de la exposición “El objeto esculturado”, en el Castillo de la Fuerza habanero, al tercer día de su inauguración. Vinieron luego largos meses de pequeños conflictos, protestas agrias o divertidas (son inolvidables el juego de pelota organizado por los pintores para mostrar su apoyo a Marcia Leiseca, funcionaria removida de su cargo después de la censura de "El objeto esculturado", así como una supuesta exhibición de arte abstracto, igual organizada como protesta, que nunca tuvo lugar) y, en suerte de tormenta súbita, la combinación de cierre ideológico y crisis que condujo a más de un centenar de jóvenes integrantes de la que había sido hasta entonces la vanguardia artística y de pensamiento en el campo cultural, a abandonar el país en los primeros años de los 90.

XIII

Ha pasado suficiente tiempo como para poder proponernos un examen de la herencia o influencia tanto de Naranja Dulce como de PAIDEIA; sobre todo nos autoriza la completa desintegración del núcleo gestor de ambos esfuerzos, dispersos hoy en variadas geografías. Dicho de otro modo, se trata de capítulos cerrados en las dinámicas culturales de un país, historias muertas que precisarían de un fino empeño de arqueología literaria para volver a flote con el brillo de vida que entonces les supusimos y digo así porque bien puede que mucho del entusiasmo con el que me refiero a ello hoy, no sea sino mi nostalgia de actor y de testigo. En una vuelta más, que ponga en duda mis mismos argumentos, pudiera preguntar si otro cualquiera, contemporáneo y coterráneo, viviendo a unos pocos kilómetros de la Ciudad de la Habana o en la ciudad misma, pero integrante de otro grupo de escritores, demostraría la cantidad de pasión e interés que yo revelo al retratar este pasado, mi pasado. En fin de cuentas, no sólo había otros grupos literarios en la ciudad y el país, con otros intereses incluso, sino que hablamos de una publicación que apenas sacó a la luz cuatro números (de los que vale tener en cuenta tres), de un proyecto de animación socio-cultural que sólo alcanzó a durar seis meses y de la búsqueda de una postura crítica por un grupo de intelectuales que nunca llegó a sumar veinte personas. En comparación con lo que ocurre dentro de un país, con la multiplicidad de sus dinámicas y la masa global de producciones culturales que allí suceden, no hay más remedio que aceptar que estamos hablando de una pequeña gota en el océano, en realidad de casi nada. Sin embargo, otra muy diferente cosa ocurre cuando lo interpretamos como síntoma de una fractura sólo palpable muy debajo de lo superficial, evidente o visible; aunque para ello se deba antes definir si realmente encarnamos, durante el brevísimo tiempo en que nos fue permitido, la vanguardia de algo. Acepto que es un punto frágil, pero, en tanto toda mi argumentación depende de él, resulta un punto muy fuerte dentro de mi texto: el que hay que destruir para demostrar que me equivoco o miento.

Las preguntas de PAIDEIA, su intento de democratizar el socialismo desde una postura de izquierda, su voluntad de recepcionar críticamente a las grandes figuras del pensamiento contemporáneo y del marxismo no-ortodoxo, su intención de vivificar el pensamiento nacional después de la crisis y posterior desaparición de lo que fue el campo socialista, su deseo de formar artistas capaces de producir lo mismo obra que pensamiento sobre el arte, su búsqueda de espacios de interconexión entre las diversas prácticas artísticas y literarias, su deseo de identificar al sector de la vanguardia artística en el país y ponerlo a dialogar y exponer sus ideas, son todos elementos que todavía hoy son una necesidad de primer orden en el campo cultural cubano. De todo aquello han pasado diecisiete años y apenas existe memoria escrita que pueda ser consultada. Nada sobre Naranja Dulce, nada sobre PAIDEIA, nada que constituya un análisis global de las dinámicas culturales de la Cuba de los 80, de la profunda crisis que marcó la mitad inicial de la siguiente década y las maneras en la cual fue reconstruido (aunque ya sin los aires de renovación de la década anterior) el tejido del campo cultural. Hablo de lecturas críticas que intenten trabajar tanto con el contenido de los libros como con las condiciones del campo cultural dentro y para el cual éstos son elaborados, que partan desde la situación de cualquier arte específica y que después abran el arco a la cuestión del arte, las instituciones, la recepción y las políticas culturales de una época determinada. Análisis que identifiquen los puntos de fricción con la tradición, en tanto hay una versión privilegiada de ésta que resulta del accionar centrípeto de aquello que Althusser denominó los “aparatos de reproducción ideológica del Estado” y cuando, en simultaneidad, hay otras fuerzas de acción centrífuga pugnando por ampliar el límite de lo legible, publicable o representable en un territorio nacional determinado. Intervenciones que tracen el mapa de pulsiones que agitan a una cultura nacional en una época precisa, que identifiquen escenarios de grandes y pequeñas batallas, la conexión entre acciones que tienen lugar en campos artísticos diversos y en apariencia no conectados, que registren espacios de legitimación oficial y puntos de legitimación alternativa, que expliquen el complejísimo entramado dentro del cual y para el cual se desarrolla la producción artístico-literaria. De esta manera, tradición y ruptura, parálisis e impulso modernizador, censura y voz, nación y mundo, se entrecruzan en el paisaje o tejido latente de una época cualquiera. Puesto que son tales el silencio o el desconocimiento, cualquier contribución es bienvenida, incluso reproducir la estrofa que nos sirvió de inspiración y con la cual ahora termino:

Naranja dulce,
limón partido,
dame un abrazo
que yo te pido…

Una nota final

Naranja Dulce comenzó como Edición Especial número 6 del mensuario cultural El Caimán Barbudo. En su Consejo de Redacción aparecen las siguientes personas: Victor Fowler Calzada, Omar Pérez, Emilio García Montiel, Ernesto Hernández Busto, Abelardo Mena, Atilio Caballero y Luis Felipe Calvo. Es importante precisar algo que fue cuestión de procedimiento: publicar ediciones especiales era tradición de El Caimán, pero no dejar éstas en manos de un mismo equipo con un proyecto creativo compartido, una suerte de poética. Ése fue el riesgo que asumió el entonces director de El Caimán, el poeta Alex Pausides, y que, junto con la estructura de columnas de opinión, diferenciaría a Naranja Dulce en el panorama de las publicaciones culturales cubanas de la época. Sin embargo, El Caimán aceptaba la carga a cambio de que uno de las figuras rectoras del proyecto fuese un miembro de su staff; para nuestra suerte, no mucho tiempo antes, había comenzado a trabajar como redactor de la publicación madre el poeta Omar Pérez, cuya presencia resultó fundamental desde el inicio mismo. Luis Felipe Calvo, también redactor de El Caimán, fue designado como la persona que se ocuparía del trabajo de redacción y corrección de Naranja; otra propuesta de Pausides, aunque acogida esta vez con menos agrado y como una suerte de mal necesario.

El segundo de los números (Edición Especial número 7 de El Caimán Barbudo) es el de la entrada en el Consejo de Redacción del poeta Antonio José Ponte. A partir de allí, quedan definidas del siguiente modo las columnas:

- Ernesto Hernández Busto - La educación sentimental (temas de literatura infantil).
- Victor Fowler Calzada - Homo eroticus (erotismo en la cultura)
- Emilio García Montiel - Al este del paraíso (arte oriental)
- Luis Felipe Calvo - El que ríe último (dimensión cultural del humorismo)
- Antonio José Ponte - Entrada al XIX (cultura, vida y costumbres en el siglo XIX cubano)
- Omar Pérez - Tamiz de la biblioteca (comentarios bibliográficos a libros raros y curiosos atesorados en la Biblioteca Nacional “José Martí”)
- Abelardo Mena - Pre-textos (arte contemporáneo, plástica, curaduría, fotografía)
- Atilio Jorge Caballero - Público vs. Público (teatro contemporáneo)

El tercero de los números (Edición Especial número 9 de El Caimán Barbudo) marcó la entrada de la última de las incorporaciones al Consejo de Redacción: el narrador y ensayista Alberto Garrandés. Él se encargaría de la columna titulada La literatura maldita.

Igualmente, a diferencia de lo que es común en las publicaciones culturales cubanas, y un rasgo más de voluntad cosmopolita, fue el énfasis prestado a las traducciones en cada uno de los números de Naranja Dulce El primero presentó la selección “8 poetas soviéticos” (selección y traducción de Ernesto Hernández Busto y José Manuel Prieto, nota introductoria de Victor Fowler). El segundo una selección de “10 poetas norteamericanos” (selección y traducción de Omar Pérez). El tercero la selección “Diez poetas de los años 70” (poesía italiana con selección y traducción del poeta Jean Portante). El cuarto una selección de “Poesía erótica de expresión inglesa” (selección y traducción de Omar Pérez).

A partir del tercer número, otro elemento de interés es lo que corresponde al diseño, concebido como un discurso global, integral y coherente (tanto en la tipografía como ilustraciones o disposición de los textos) por Juan Carlos García Díaz, por entonces estudiante del ISA (Instituto Superior de Arte).

Para reescribir PAIDEIA

En algún sitio del texto he señalado que no podía hacer sino mi historia, de la que fui testigo y, sobre todo, partícipe. Sin embargo, también hay otra manera o todo puede ser vuelto de revés. El proyecto mismo tiene que aceptar la responsabilidad de lo que agita; no es posible venir, casi veinte años después de acabados hechos que fueron ilusión y traumatismo, y pretender que nada va a subir a flote, que no vamos a sufrir, a sonreír, a recordar. En especial para PAIDEIA hubo otro comienzo cuando, un año antes de los sucesos a que se refiere mi narración, los poetas Reina María Rodríguez y Rolando Prats Páez presentaron el proyecto de un nuevo programa a la dirección de la televisión cubana. El programa, que después de sesudas discusiones fue aprobado, llevaría como título PAIDEIA e iba a estar dedicado a reflejar la vida, aspiraciones, proyectos y condiciones de creación de los que entonces eran los artistas jóvenes cubanos. A diferencia de la clásica conversación en un set, bajo el control de un conductor avezado, lo que se deseaba aquí era brindar una visión de taller, de autenticidad y por ello las filmaciones tenían lugar en las casas de los artistas, en un ambiente lo más cercano posible a sus condiciones reales de creación. Ya desde aquí el sueño de la interdisciplinariedad hizo que se realizacen programas al poeta Omar Pérez y al pintor Abdel Hernández; ellos entre los que mejor recuerdo, pero fueron muchos más. Pese a que salió al aire, son pocos los que hoy recuerdan a este PAIDEIA inicial, cosa que para mí sigue siendo un misterio. O quizás fuera que los escuchas de entonces lo que realmente deseaban era discutir, en lugar de recibir mensajes elaborados por otro. Quede esto como ejemplo de lo posible que es hacer de la televisión una forma de olvido.

Semejante inicio o antecedente de PAIDEIA sólo puede ser entendido y ubicado en lo que significa, si se atiende a los cambios que estremecieron al universo cultural cubano en la segunda mitad de los 80 del pasado siglo, en particular a la voluntad estatal de abrir las puertas al relevo generacional en la cultura o, cuando menos, voluntad de aumentar la presencia del talento joven en emisoras de radio, estaciones de televisión, revistas, periódicos, etc. Hablo de un gesto, que nos tomó a todos por sorpresa, y que lo mismo tuvo resonancia en la creación de un segundo cuerpo de bailarines en el Ballet Nacional de Cuba (integrado por jóvenes y que llevó como nombre “La Joven Guardia”), que en el surgimiento del Festival de Juventudes Musicales de la Habana o en la entrada de un amplio grupo de jóvenes para trabajar como escritores o directores en la emisora Radio Ciudad de la Habana (a la cual se le pasó el encargo de asumirlos). Si extendemos el arco para abarcar todavía más, es posible sentir el entusiasmo, la sensación de que había algo nuevo que decir, el deseo de tomar la calle, que igual permite incluir, como parte del mismo impulso transformador, a los pintores del Grupo Arte Calle dibujando un muro frente al cementerio de Colón o a los que, antes de ellos, se propusieron realizar acciones plásticas en la heladería Coppelia. A los que formaban parte del Taller de Cine Joven, dentro y en paralelo al ICAIC, o los que daban los primeros pasos (sobre todo recuerdo a Ernesto Fundora) en la realización de video-clips cubanos. Sin importar el espacio del arte y la literatura al que perteneciéramos, ni siquiera necesitábamos explicar entre nosotros que algo andaba mal en el ambiente que vivíamos y que ello necesitaba ser urgentemente transformado; era un conocimiento compartido, generacional, una suerte de punto de partida de la conversación.

Algún día habrá que hacer un estudio profundo de todas aquellas dinámicas, pero lo cierto es que el PAIDEIA televisivo fue retirado del aire luego de pocos meses y que entonces, necesitados de espacio, sus autores pasaron a lo que tendría mayores consecuencias: el proyecto que tuvo su sede en el Centro “Alejo Carpentier” de la Ciudad de la Habana. Es de esta segunda elaboración de un sueño sobre lo cual he escrito este texto. A tono con los intereses de su pareja de padres espirituales, Reina y Prats Páez (es raro llamarlo así, pues siempre ha sido, para sus amigos, “Cayito”), el proyecto quedó dividido en dos grandes bloques o talleres que alternaban con presentaciones quincenales: Logos (dedicado a actividades en la zona de la teoría) y Poiesis (enfocado en la presentación de artistas que, junto con el diálogo, exhibían obra ante los participantes). La tercera etapa correspondería al cese de las actividades en el Centro “Alejo Carpentier”, a la firma del primer documento de PAIDEIA, al inicio del desgastante proceso de discusión y fricciones con organizaciones culturales y políticas (señaladamente de las áreas cultural e ideológica de la UJC), a las reuniones en la sede de El Caimán Barbudo, a las reuniones en el Parque Almendares y a los talleres para el estudio de la historia de la filosofía que tenían lugar, sobre todo, en la casa de Ernesto Hernández Busto. Después de ello, en la breve etapa última, al tiempo que el desgaste crece por la reducción del grupo, PAIDEIA radicaliza su gesto y poco tiempo más tarde todo concluye.  

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