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Lo primero que me ha venido a la mente, aun antes
de sentarme a la máquina, es la frase: si escribo
realmente de esto. Como yo mismo negando la posibilidad
de contar lo que entonces sucedió; de hecho, lo que
hasta hoy mismo sucede. Me corto, me autocensuro, me hago
sangrar. Sin embargo, no fue desde tales términos que
la frase nació, sino de la conexión que hay
entre los hechos de Naranja Dulce y PAIDEIA
con el resto de mi vida; como si todo fuera la larga historia
para llegar hasta allí y luego lo que viene después.
Hay algo extraño en dirigirnos a audiencias no avisadas,
puesto que implica la obligación de introducir explicaciones,
incluso rodeos didácticos para mejor transparentar
un estado de cosas. Nombres y lugares, episodios o gestos,
tienen que ser —mediante la misma explicación—
amplificados o reducidos para intentar crear el tipo de complicidad
comunicativa que se establece cuando los que hablan son los
enterados, los partícipes de un hecho.
¿Cuántos recuerdan ahora lo que, para los de
mi promoción, significó la creación de
la AHS (Asociación “Hermanos Saíz”)
en el año 1986, tal vez en diciembre? Como ha pasado
demasiado tiempo, las fechas se confunden, de modo que ya
hay un primer argumento en contra de lo que trataré,
en lo adelante, de ordenar. No es la verdad, sino una verdad,
la mía o, menos aun, simplemente la que en este
instante recuerdo. El caso es que los artistas y escritores
jóvenes cubanos estaban agrupados en una organización,
la Brigada “Hermanos Saíz”, y que ésta
había entrado en una suerte de crisis. No sé
si lo reconocerán quienes, por entonces, dirigían
la organización, pero lo cierto es que los de mi edad
así lo percibíamos; había una crisis
de vejez y anquilosamiento, de acción, difusión
de ideas y de referentes culturales. Existíamos en
la misma ciudad, pero apenas teníamos lazos; no leíamos
a los mismos autores, no reverenciábamos los mismos
ídolos culturales, nos sentíamos otros.
II
Habíamos comenzado a conocernos a inicios de los 80
en los talleres literarios habaneros. En mi caso, allí
compartí asiento, en uno de los talleres literarios
del municipio Plaza de la Revolución, con Rolando Sánchez
Mejías, Emilio García Montiel y Carlos Augusto
Alfonso Barroso. Con este último ocurría algo
especial, pues había sido mi alumno de noveno grado
cuando, en una de esas vueltas extrañas de las cosas,
fui su profesor de Matemáticas en la misma escuela
donde estudié desde la primaria. Félix Lizárraga
era miembro del taller literario de escritores de ciencia-ficción,
al cual me gustaba asistir creo que sólo para ganar
en apertura de la mente, pues jamás he escrito una
línea del género. A Ernesto Hernández
Busto, que había sido mi alumno de séptimo grado,
aunque esta vez de Español en otra escuela cercana,
lo encontré años más tarde, en el último
año de pre-universitario, mientras en unión
de Radamés Molina trataba de hacer una revista literaria.
En aquella misma escuela secundaria, aunque en otra aula de
séptimo, tuve como alumna a otra poeta, Wendy Guerra,
a cuya casa llegué un día para encontrar a otros
dos grandes amigos: su padrastro, Atilio Jorge Caballero,
y su madre, Albis Guerra, cuyo sufrimiento y muerte a causa
del mal de Alzheimer nunca terminaré de lamentar. Del
taller literario de la Habana Vieja formaban parte Rogelio
Saunders y Antonio José Ponte, este último alguien
de quien Sánchez Mejías hablaba mucho y a quien
personalmente conocí, en un episodio pedantísimo
de mi parte, durante la presentación del libro Poesía
completa de José Lezama Lima en la mítica
casa de Trocadero 162, donde viviera el gran poeta cubano.
A Omar Pérez lo conocí mediante Carlos Alfonso,
ambos las más evidentes estrellas futuras de la poesía
joven cubana a inicios de los ochenta.
III
Tengo que volver a la Brigada “Hermanos Saíz”
y a los talleres literarios, pues a inicios de los ochenta
cubanos el sueño de cualquier autor joven cubano (al
menos, el de muchos y sin duda alguna el mío propio)
era pertenecer a esa organización, escalón superior,
salto hacia el prestigio como creador, nivel intermedio entre
la vida amateur del tallerista y la categoría poco
menos que profesional del respetado miembro de la UNEAC. Al
menos así nos parecía. Un día, en algún
encuentro o lectura, apareció en nuestro orgulloso
taller Osvaldo Sánchez, a quien se reconocía
como uno de los renovadores del lenguaje de la poesía
joven cubana del momento e invitó a Carlos Alfonso
a presentar un libro para “entrar en la Brigada”,
la frase mágica. Creo recordar que también iba
a entrar Omar Pérez, aunque de esto estoy menos seguro.
El caso es que también yo preparé mi libro,
lo envié y fui rechazado. Mi frustración ante
el hecho es menos relevante que la manera en la cual el proceso
de selección era realizada: sin otro aviso que no fuera
la invitación, pura obra del azar, de uno que ya fuese
parte de lo que interpretaba yo como una cofradía y
en la sala de la casa de una persona.
IV
Ahora me escapo pues, frente a ello, elegí lo que
desde entonces ha sido una norma en mi mínima vida:
hacer una tercera cosa y fue así que aquellos que ya
habíamos comenzado a ser amigos empezamos a reunirnos,
a crear nuestras propias ocasiones de encuentro y celebración,
a buscar tribuna pública para hablar de los autores
que nos interesaban y a convocar, a nuestro alrededor, a otros
con igual ansia que nosotros: soñábamos. Una noche,
llegó mi invitación de manos de Senel Paz, quien
me pidió que además ayudara a recuperar a la
BHS la energía perdida y de esta manera, en una reunión
a la que no debieron de asistir ni siquiera diez de los casi
sesenta integrantes que la organización tenía
en la Ciudad de la Habana, me encontré designado como
su vice-presidente. Me gusta ese momento porque entonces me
fue dada la oportunidad, que pocas veces se presenta en la
vida de cualquiera, de cambiar la historia de algo: por vez
primera, en muchísimo tiempo, una convocatoria publicada
en el periódico solicitó de todos aquellos que
quisieran ser parte de un “crecimiento” de la
BHS que enviaran sus trabajos. Un grupo de lectores (al que
más recuerdo es a Atilio J. Caballero) abrimos la puerta
de entrada a más sesenta autores jóvenes y terminamos
así con el secreto, la cofradía y el control
de una promoción anterior sobre el pedazo de vida cultural
que mantenían aún como una suerte de carta de
identidad y capital para negociaciones con las instituciones.
Dentro de los “nuevos” que aquella vez se “iniciaban”
con la identidad certificada de autor, estaban gente como
los poetas Pedro Márques de Armas, Juan Carlos Flores,
Alessandra Molina, Ricardo Alberto Pérez, el dramaturgo
Raúl Alfonso y decenas de otros que no recuerdo ya.
Durante años conservé una lista con sus teléfonos
y direcciones para avisarlos de cualquier presentación
de libro, reunión o lectura. Sin embargo, aquella vez,
en una presentación que se hizo en la flamante Casa
del Joven Creador, dos personas no fueron aceptadas, dos escritores
del Taller Literario de la Habana Vieja: Antonio José
Ponte y Rolando Sánchez Mejías.
Basta con revisar la prensa de la época, año
1986, o con preguntar a los protagonistas, para saber que
la BHS cambió su nombre y estructura en un congreso
patrocinado por la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas),
del cual salió con nueva denominación (AHS:
Asociación “Hermanos Saíz”), estructura,
funciones e ilusiones en cuanto a la participación
en la vida cultural cubana. Sin embargo, imagino que muy pocos
recuerden que antes de aquel evento de brillo y que recibió
amplia publicidad, hubo un intento subterráneo de hacer
lo mismo, aunque más bien a partir de la iniciativa
individual de cuatro locos: Reinaldo Alfonso (el motor de
la idea), Rogelio Saunders, Rolando Sánchez Mejías
y Antonio José Ponte. Cuatro jóvenes escritores
que se percataban del estado de inercia de la vieja BHS y
que trataron de organizar una asociación paralela de
artistas y escritores jóvenes. Olvidé los detalles
de cómo dicho proyecto fue abortado o, mejor, lo dejo
para que lo cuenten sus actores. El caso es que todavía
hube de esperar par de meses antes de, sin consultar más
que con los escritores mismos de lo que ya empezaba a ser
un grupo, tener entre nosotros a Rolando y a Ponte.
V
Años más tarde, a fines de los 80, todos estos
hilos se van a unir en lo que, a mi juicio, es una de las
publicaciones culturales más importantes hechas en
Cuba en el último cuarto de siglo y también
una de las más incomprendidas. Voy a empezar por la
incomprensión. La recién creada Asociación
“Hermanos Saíz” tenía un Ejecutivo
Nacional con representantes de todas las manifestaciones artísticas
y, luego, instancias similares en todas las provincias. En el
caso de la Ciudad de la Habana, muchas veces era tan idénticas
las propuestas que finalmente resultó más práctico
que ambas dirigencias trabajaran como una sola; de esta manera
me encontré formando parte de dicha instancia de dirección
como representante de los literatos. En poco menos de un año
los órganos de prensa de casi todas las provincias
del país comenzaron a editar suplementos culturales
mensuales cuya confección quedó encargada a
la flamante AHS o en los cuales los nuevos talentos tenían
espacio y voz para decidir. No hay que explicar el enorme
cambio que para la vida cultural de un país significa
la repentina publicación de más de diez suplementos
culturales en la prensa (las provincias son catorce más
un municipio especial), en donde antes no existía nada
parecido, aunque estos fueran de sólo cuatro u ocho
páginas en el mejor de los casos. Muchísimos
de los autores de hoy, estén donde estén, se
iniciaron allí o pudieron tener una mejor idea de la
creación cultural del país y, gracias a traducciones
o refritos, de muchas otras partes del mundo. Sin embargo,
pese a la euforia, la única provincia que nunca tuvo
suplemento cultural fue, paradójicamente, La Habana.
Reuniones hubo de todo tipo para tratar de conseguirlo, cartas,
análisis, peticiones, a veces casi ruegos, pero nada
se consiguió; el diario Tribuna de La Habana
nunca abrió sus páginas a los autores jóvenes
(cosa que entonces operaba como poco menos que una consigna
a obedecer en las instituciones culturales). Lo único,
durante meses y en el Pabellón Cuba de la calle 23,
una imprenta “para tiempos de guerra” en donde
el narrador Radamés Molina se convirtió de modo
autodidacta en impresor que publicaba volantes con poemas
de los jóvenes de entonces. En otro lugar, en la Casa
del Joven Creador, aunque aquí como parte de un trabajo
más fino, de arte, los poetas Sigfredo Ariel (imprentero
de raza) y Cira Andrés, echaban a andar otra vieja
imprenta que entre los tres conseguimos después de
mil trabajos y que publicó hermosas ediciones con traducciones
de Emily Dickinson y el bello poema "La casa del alibi" de José Lezama Lima, entre lo que ahora recuerdo. Valen
la pena los detalles porque recuperan un pequeño fragmento
de la vida cultural de entonces y, de paso, revelan el ansia
de propiciar un nuevo mundo que había entre los jóvenes
de entonces.
En tal panorama, otra de las variedades que había
adoptado la búsqueda de expresión de los jóvenes,
había sido la realización de números
especiales en la publicación cultural El Caimán
Barbudo, verdadero clásico de la vida cultural
habanera y cubana desde su fundación en 1966. Entonces
fue allí hacia donde me dirigí para proponer
a su nuevo director, el poeta Alex Pausides, la realización
de un número especial dedicado a los jóvenes
y vagamente recuerdo que me dijo que la publicación
podía asumir la edición de hasta cuatro números
al año con dicho carácter. Mientras que, desde
las diversas provincias del país, llegaba el reclamo
de “presencia” en la prensa nacional (y no en
esos suplementos culturales provinciales que apenas iban más
allá de sus territorios), me tocó defender la
existencia de una publicación que se propusiese reunir
a una suerte de vanguardia, a nivel de pensamiento, intereses
y manejo de referencias culturales con relación al
grupo de varios centenares de autores que formaban parte de
la AHS. Si por una parte debíamos por todos los medios, desde
el Ejecutivo de la AHS, de tratar de abrir más espacios
para la publicación y vida de los autores jóvenes
de todo el país, por otra me tocaba oponerme a la falta
de imaginación de una gran mayoría de esos mismos
autores que no entendían por qué la oferta de
El Caimán Barbudo no podía ser empleada
para seguir haciendo los tradicionales números especiales
con autores de las distintas provincias de modo rotativo.
Por tales motivos, como un golpe de efecto antes de que se
revolvieran más las aguas, el primer número
salió con una mayoría de materiales que esperaban
su turno en las gavetas del propio Caimán...
y sin todavía rasgos de personalidad propia. Sin embargo,
el segundo sí muestra ya la voluntad de hacer un periodismo
cultural distinto al resto de lo que se hacía en el
país y para ello fue fundamental la presencia de alguien
que, por entonces, era redactor del susodicho Caimán:
el poeta y traductor Omar Pérez.
VI
Para los que conocieron a aquel Omar no habrá
dudas de que la invención del nombre de la publicación
le corresponde por entero, de tal modo el título revela
su peculiar ironía de entonces, ya que la letra de
una vieja ronda infantil decía: “naranja dulce,
limón partido”. Sin embargo, no recuerdo cuál
de los dos fue el de la idea de hacer una publicación
cuyo corazón fuesen las columnas de opinión
de los integrantes de su Consejo de Redacción. El caso
es que invitamos a formar parte de dicho consejo a Ernesto
Hernández Busto (con una columna sobre literatura infantil),
Atilio Caballero (una sobre teatro), Antonio José Ponte
(sobre el siglo XIX cubano), Abelardo Mena (artes plásticas),
Emilio García Montiel (sobre arte asiático),
Alberto Garrandés (sobre escritores “malditos”),
Omar hacía una con reseñas de libros curiosos
y yo otra más sobre erotismo en la cultura. De todos,
ninguno tenía tanta capacidad y deseos de trabajo como
Hernández Busto, a cuya insistencia se deben no pocos
de los artículos que pudimos reunir. La presencia de
Garrandés y de Mena, con quienes Omar no tenía
relación alguna antes de la fecha, e incluso la de
Ernesto (por entonces con apenas 18 años, aunque con
un gran interés y puntos de vista agudos en el tema
que luego desarrolló), merece ser destacada para entender
que no se trató de reducir el proyecto al nivel de
una reunión de amigos, sino que había la clara
intención de introducir en nuestro medio literario
acercamientos e inquietudes específicas, modos de mirar
la cultura universal que sentíamos tal vez como marcas
de identidad generacional que nos distinguían de las
promociones precedentes, en especial de las más cercanas
en el tiempo. A ello se sumó la calidad de traductor
de José Manuel Prieto, por entonces recién llegado
de la extinta Unión Soviética luego de varios
años de estudio allí (lugar donde, por cierto,
también habían iniciado estudios, sin terminarlos,
Emilio García Montiel y Ernesto Hernández Busto).
Exotismo, búsqueda de raíz nacional, límites
del individuo y ansias de modernidad se daban la mano. No
se recordaba algo semejante en la prensa cultural cubana del
último cuarto de siglo y fue una verdadera sorpresa
para los escritores jóvenes que incluso sintieron que
les había sido usurpado un espacio. Para colmo, establecimos
estándares lo más alto posibles para la recepción
de trabajos y comenzamos a brindar cobertura para la aparición
de textos acerca de bichos raros como el cineasta Andrei Tarkovski,
el cantautor Igor Visotsky, el poeta Iosif Brodsky, el dramaturgo
Bob Wilson o el fotógrafo Joel-Peter Witkins.
VII
La alegría de Naranja Dulce duró sólo
cuatro números y poco más de un año,
pues cuando tocó eliminar publicaciones periódicas
en la Cuba de los 90, la del declive hacia la peor crisis
económica de su historia, fue una de las primeras en
desaparecer con el argumento de la inexistencia de recursos
para seguir imprimiéndola. Poco tiempo más tarde
le seguiría el propio Caimán Barbudo
que nos sirvió de sombrilla para el breve sueño
de independencia que vivimos, aunque aquí, dada la
significación histórica de una publicación
que incluso marcaba con su impronta la dirección donde
radicaba (una casona del Vedado en la calle Paseo entre 25
y 27), el golpe fue todavía más duro. Quiero
con lo anterior decir que el Caimán…,
más que la publicación misma, era la atmósfera
del lugar, el entra y sale de gente joven, los conciertos
de trovadores, lecturas de poetas y la ocasión mayor:
la presentación de cada nuevo número. En cambio
nosotros, los de Naranja Dulce, con esa mezcla
inmanejable de humildad y arrogancia propia de la juventud,
en lugar de también organizar presentaciones, nos conformábamos
con esperar a que nuestros números salieran y con que
fuesen, lentamente, extendiendo su efecto. La observancia
de tales reglas condujo a que sólo una persona, Norma
Quintana, entonces investigadora del Instituto de Literatura
y Lingüística, escribiera sobre nosotros en una
ponencia que presentó en algún evento llevado
a cabo en la institución, he olvidado el dato, y donde
nos defendía como la más importante publicación
cultural cubana del momento, a pesar de nuestras escasas cuatro
salidas. Recuerdo que aquella mañana, por la vergüenza
de escuchar disertar a propósito de lo que hacía,
ni siquiera me atreví a entrar al salón repleto
de investigadores y seguí la presentación afuera
y poco menos que oculto.
VIII
Cuando los años pasan, y ya son casi veinte, los detalles
se borran, de modo que he olvidado al interlocutor, aunque
no su frase: “tú convertiste en persona a ese
Prats al que no conoce nadie”. Por cierto que todavía
tuve una segunda oportunidad de convertir en persona al poeta
no-persona y sobre esto volveré más tarde. La
acusación tenía su fundamento en dos artículos
aparecidos en Naranja Dulce: uno sobre el cine
de Tarkovski y otro titulado "Diez tesis provisionales
sobre poesía", ejercicio de reflexión que
apuntaba a un nuevo tipo de intelectual, tan interesado en
la meta-escritura como en la escritura misma. Para ese entonces,
cuando ya no existía la Naranja…, el
tal Prats (Rolando Prats Páez) se había convertido
en una bestia maldita a la cual no se podía siquiera
mencionar en los predios institucionales sin que se levantaran
cejas para desaprobar.
Antes, un día cualquiera de 1988 nos reunimos en la
casa de la poetisa Reina María Rodríguez cinco
personas: Reina misma, Rolando Prats, Ernesto Hernández
Busto, Radamés Molina y yo. Queríamos analizar,
discutir un poco, dar definitiva forma a la propuesta de un
nuevo espacio cultural que pretendían conducir Prats,
Ernesto y Radamés y colocar al pie nuestras firmas
para presentar el documento a las instancias que podían
aprobar la petición. La idea era inaugurar y mantener
un lugar de encuentro multidisciplinario, de marcada inclinación
al debate de cuestiones de teoría cultural y con vocación
de prestar atención particular a los cambios y nuevas
corrientes en el panorama cultural cubano de aquel momento.
A quienes no lo vivieron, es difícil transmitirles
la sensación de ser parte de un momento de grandes
transformaciones culturales, aunque tal vez alcance con revisar
la prensa de por entonces para sentir cómo soplaban
aires de simultánea novedad lo mismo en el ballet que
en el teatro, en la literatura que en las artes plásticas.
Post-modernidad era una palabra que sonaba en cualquier conversación,
así como post-estructuralismo, curaduría, Joseph
Beuys, Habermas, Lyotard, Foucault, Lezama, Borges y cien
nombres más citados no pocas veces de manera caótica
y como parte de un saber igual de caótico. Aun
así, fue un instante excepcional porque, por encima
de cualquiera crítica que se pueda hacer, una nueva
generación actuaba dentro del campo intelectual para
remover la pesada costra de las prohibiciones que, a consecuencias
de la oficialización de la censura en los 70, padecieron
la prensa, la educación y la cultura en el país.
El nombre del proyecto era PAIDEIA, que Prats había
tomado de sus lecturas de la obra del mismo título
de Werner Jaegger y que ya sabemos que en griego significa
‘educación’.
Durante varios meses, por la sala de conferencias del Centro
de Promoción Cultural “Alejo Carpentier”,
ubicado en la casa que inspiró al novelista para ser
la vivienda de sus personajes Sofía, Esteban y Carlos
de El siglo de las luces, pasaron conferencistas,
artistas plásticos, escritores, dramaturgos, coreógrafos
colocados a la vanguardia de la renovación cultural
que en el momento vivía el país. Y, de repente,
todo terminó. Creo recordar que fue en los meses de
abril o mayo del 89 cuando el administrador del lugar le dijo
a Prats que las actividades quedaban transferidas para más
adelante; cuando éste preguntó en qué fecha
continuarían el administrador dio unas largas que significaban
un hipotético septiembre u octubre. La respuesta a
esto fue un documento, redactado por las tres cabezas organizadoras
del proyecto, para cuya firma me fueron a ver, a la Biblioteca
Nacional, donde por entonces yo trabajaba, Ernesto Hernández
Busto, Emilio García Montiel y Omar Pérez. Unos
días más tarde, en la última actividad
que realizarían los del proyecto en el Centro Carpentier,
decenas de artistas y escritores jóvenes escucharon
la lectura de un texto, dividido en once puntos, que hacía
una fuerte crítica a la censura (ya desde entonces
padecida por varias obras del nuevo movimiento, especialmente
exposiciones de arte plástico y obras teatrales), a
diversos problemas del campo cultural y pedía una reunión
con las instancias de dirección del país (especialmente
las culturales) para discutir con ellas nuestros criterios.
Hubo un gran debate aquella tarde en el Centro "Alejo Carpentier",
algunos de los presentes abandonaron el lugar, otros se opusieron
a un documento tan ácido y unos pocos (creo que 17)
estamparon su firma. Par de días más tarde,
el número había descendido a once, la cantidad
que quedamos finalmente. Aún así, dentro del
campo cultural cubano, habíamos hecho algo terrible;
no ya sostener opiniones diferentes y encontradas con las
de la oficialidad cultural, lo cual ya era bastante motivo
para dolores de cabeza, sino que nos habíamos atrevido
a dar origen a un grupo.
IX
Y entonces comenzó la parte buena
(que terminaría siendo amarga y dura para algunos),
pues, luego de un frustrado intento de conversación
con el entonces Ministro de Cultura, Armando Hart, a quien
incluso dejamos plantado, esperándonos en su oficina,
quedaron rotas las hostilidades entre el escaso grupo de los
firmantes y las autoridades de casi cualquier nivel, además
de contar con el rechazo de no pocos miembros de la propia
“sección de literatura de la AHS”. Respecto
a esto último me recuerdo conduciendo una reunión
en la sede provincial de la organización y defendiendo
no ya la justeza o no del documento, sino el derecho de cualquiera
de los miembros a elaborarlo y sostenerlo mediante su firma;
los asistentes eran escritores de la capital y haber impedido,
en aquella ocasión, cualquier movimiento para expulsar
a los firmantes del documento, fue una victoria de la ecuanimidad
y el respeto a la diferencia intelectual. Con las autoridades
culturales y políticas las cosas no fueron tan cómodas;
las primeras se sintieron profundamente heridas al ver la
vuelta que había sufrido un proyecto que ellas mismas
habían aprobado, en tanto las últimas (especialmente
la UJC) sostuvieron par de reuniones con los firmantes del
documento y ni uno de los puntos que éste contenía
fue considerado medianamente razonable o, en todo caso, ninguno
pasó la prueba de ser considerado digno de una discusión
abierta. Otra fecha desagradable fue una reunión con
directivos de la UJC nacional (en la cual se suponía
que yo no debía de estar, pues era para “analizar
el caso de Omar Pérez”, redactor del Caimán…,
órgano cultural de la UJC, firmante y cabeza de PAIDEIA)
y en la cual hubo exaltadas palmadas de macho encima de la
mesa, además de la propuesta, de uno de los asistentes,
de hacer una reunión más para analizarme a mí
por defender el derecho a expresar puntos de vista críticos
y diferentes sobre la política cultural en el país.
Por cierto que, varias de las primeras reuniones, las sostuvimos
en la propia sede del Caimán…, pues partíamos
del principio mínimo de no ser conspiradores, sino
intelectuales que demandaban un diálogo.
Para la fecha de las dos reuniones que hubo entre los firmantes
del documento y directivos del Comité Provincial de
la UJC de Ciudad de la Habana (con lo cual el “problema”
quedaba reducido a un hecho territorial sin importar el alcance
nacional de los planteamientos que se hicieron y a pesar del
cake que fue llevado a una de ellas por los de Paideia
y que todos compartieron), mi hastío de todo esto llegó
al punto de que presenté una carta en la cual, en simultaneidad,
renunciaba tanto a mi cargo en la AHS como a la pertenencia
a PAIDEIA. Sentía que tanto la lealtad ideológica
a toda prueba de los funcionarios como el torrente de voluntad
crítica de los firmantes del documento, eran ejemplos
de ceguera. Recuerdo que hubo un discurso de Fidel donde aventuró
la idea de que los países del extinto bloque socialista
terminarían integrándose a la cadena del capitalismo
mundial y que, operativamente, serían soldados del
imperialismo contemporáneo y que ello levantó
una oleada de acusaciones que me hizo pensar que nada podía
ser construido, mejorado ni cambiado partiendo de un
rechazo que obturaba los sentidos, pues bordeaba el odio.
A ello sumé el agotamiento de tantas veces defendiendo
el derecho de los Paideia a manifestar su diferencia y, sobre
todo, el increíble rigorismo y poco menos que desprecio
con el cual trataban a todo aquel que no nos había acompañado
en la firma del documento.
Creo que, en especial, fue esto último lo que me distanció
como ninguna otra cosa. Mis relaciones de amistad con Rolando
Sánchez Mejías y Antonio José Ponte fueron
muy fuertes siempre y no me era sencillo escuchar continuas
acusaciones de cobardía dirigidas en contra de ellos;
el caso de Ponte merece un poco más de explicación:
PAIDEIA había sido un proyecto de acción
cultural devenido en documento de crítica a la ideología
y a las políticas de la cultura, una dualidad que sólo
es superada cuando Tercera Opción concentra
su atención en lo segundo. Ponte aceptaba firmar la
zona crítica del documento, más no estaba de
acuerdo con las propuestas de práctica cultural y de
esta manera no participó en las reuniones ni fue parte
luego de las sesiones de estudio. También padecieron
diatribas semejantes otros no-firmantes como Rafael Rojas
e Iván de la Nuez, personas del mundo académico
y de la investigación a las cuales respetaba. Después
de la renuncia, mis relaciones con PAIDEIA fueron adelgazando
hasta casi desaparecer. La vocación de educador de
Prats Paéz se impuso y dio comienzo a una interesante etapa,
de la cual escuchaba lejanas historias, donde algunos de los
firmantes y nuevos integrantes del grupo se reunían
en sus casas a estudiar y discutir temas de historia de la
filosofía y textos de las figuras más relevantes
del pensamiento contemporáneo. Un poco más tarde,
pasaron a encontrarse en los jardines del habanero Parque
Almendares, bordeando el río de aguas sucias, y recuerdo
que entonces los llamábamos, entre la burla y el cariño,
“los hermanos del bosque”, recordando al Robin
Hood que leímos en la infancia. A todas luces se trataba
de una estrategia para formar a la intelectualidad cubana del
cambio, aunque éste no fuera a tener lugar de modo
inmediato, y de fomentar en mentes jóvenes otra manera
de imaginar el mundo. En un artículo tonto y lleno
de risible ingenuidad (allí se afirmaba que la post-modernidad
había sido una breve etapa de deslumbramiento en el
pensamiento y la cultura cubanos y que ya había pasado),
uno de sus autores se burlaba del saber que brotaba de oscuras
bibliotecas privadas en alusión a las prácticas
de los de PAIDEIA: dado que la colección estaba armada
con donativos de los integrantes, se hacía necesario
donar al menos un nuevo libro para acceder al uso, en calidad
de préstamo, del resto. Burla, sin ni siquiera sentir
que allí un grupo de jóvenes se daba a la tarea
de descubrir, por sí mismos, todo el saber que les
había sido negado y que una Universidad anquilosada
era incapaz de darles; sin entender que la nueva propuesta
pretendía cuidar semillas para algún futuro.
El texto al que me refiero apareció como supuesto y
muy autoritario intercambio de cartas sobre el postmodernismo
en El Caimán Barbudo, enésima época;
entre Félix López, el hijo sociólogo
de Héctor Veitía (de quien es la idiotez o la
farsa) y bajo la mirada contemplativa del coordinador de la
supuesta correspondencia, el entonces profesor de sociología
Emilio Ichikawa.
X
Meses después PAIDEIA volvió a cambiar cuando,
en un gesto de radicalidad política, intentó
convertirse en una suerte de grupo de opinión integrado
por intelectuales y poco menos que un partido político
disidente. Un nuevo documento fue redactado y enviado por
los miembros al periódico "Granma", después
de lo cual ya vino la cuidadosa desintegración del
grupo: Ernesto Hernández e Iván de la Nuez fueron
ayudados a obtener una salida rápida para participar,
en México, en el encuentro de escritores del cual nunca
regresaron y hoy se encuentran en España. También
Rafael Rojas saldría meses después hacia el
mismo país donde todavía permanece. Omar Pérez
y César Mora fueron ambos, más que sorpresivamente,
llamados a filas en el Servicio Militar, lo cual garantizaba
tenerlos par de años lejos de cualquiera “actividad
cultural”. En el caso del último, una crisis
nerviosa impidió que éste fuera su destino y hoy se
encuentra en España; el primero, con menos suerte o
mayor fortaleza, terminó recogiendo tomates en la provincia
de Pinar del Río y hoy vive alternativamente entre
Cuba y Holanda. Jorge Luis Camacho obtuvo su salida hacia
Canadá y hoy enseña en una universidad en los
Estados Unidos. Almelio Calderón fue invitado a un
encuentro de escritores en España y allí decidió
permanecer. Jorge Ferrer vive actualmente en España.
Después de largos años entre Venezuela y Estados
Unidos, regresó a Cuba el pintor Abdel Hernández.
El resto de los pintores, Rafael López, Félix
Suazo y Alexis Somoza, residen todos en aquel país.
Ulises Alvarez, quien por entonces terminaba estudios de filosofía,
salió hacia Inglaterra. Según mi cuenta, permanecimos
en Cuba unos pocos del grupo: Atilio Caballero, Antonio José
Ponte, Abelardo Mena y yo, aunque tal vez haya más
porque de otros, como Abel Fowler y su colega actor Rosendo,
no supe más. En cuanto a Prats Páez (quien pasó
a hacer vida política dentro de grupos de oposición
y en dicho carácter terminó, años más
tarde, por abandonar el país), todavía hubo
una oportunidad más de “convertirlo en persona”.
XI
Sucedió durante la celebración de lo que, a
mi juicio, marcó el final y cumbre, en términos
de activismo, de esa fascinante época de los 80: el
coloquio "Sobre nosotros mismos" que tuvo lugar en
la Quinta de los Molinos en el año 1991. El título
mismo del evento indica la diferencia de velocidades entre
una generación emergente y la parálisis que
sentíamos instalada en el campo cultural cubano, especialmente
entre los críticos y publicaciones; por tal motivo
un pequeño grupo decidimos que la mejor manera de dar
a conocer los valores que nos interesaban era hacerlo “nosotros
mismos”, de modo que nos dimos a la tarea de armar tres
días de lecturas de ponencias, cuentos y poemas para
demostrar que teníamos algo nuevo que decir. Una de
aquellas tardes, quizás la última, mientras
una mesa redonda de poetas leía textos recientes, apareció
Prats Páez en un público en el cual, además
de profesores universitarios y escritores jóvenes,
había dirigentes del aparato cultural de la AHS y de
la UJC. La mesa era moderada por otro Rolando, Sánchez
Mejías, quien invitó a Prats a acercarse para
leer sus últimos poemas; puesto que para entonces ya
se trataba de la más oscura de las bestias para el
aparato cultural, la invitación constituía un
desafío inimaginable. Fue un momento emocionante como
pocos y Prats, que terminó leyendo los poemas con voz
temblorosa de la emoción, recibió un aplauso
unánime de su comunidad que lo reconocía,
por encima de cualquier diferencia, como uno de los propios.
Interpreté aquello, sin imaginar siquiera que asistíamos
al final de una época, como expresión de la
atmósfera de respeto que habíamos conseguido
crear y defender. Meses más tarde se desató
sobre el país la crisis económica y comenzó
una sangría de salidas, pérdidas, de sus intelectuales
jóvenes que no ha cesado hasta hoy.
Por cierto que esta categoría y práctica del
no-reconocimiento en alguien de su carácter de persona,
me va a servir para explicar que había un Paideia
más y para agregar un nuevo motivo a mi ruptura. Un
rubio alto y delgado, al cual me parece que Prats había
conocido en las clases de francés y que no era, como
el resto, un "intelectual"; alguien que me hacía
sentir tan incómodo que ni siquiera recuerdo su nombre.
Una de las más serias diferencias que tuve con el grupo,
y que ahora entiendo como la semilla del futuro intento de
partido político que fue "Tercera Opción",
surgió cuando manifesté mi disgusto por esa
pertenencia de alguien que, a mi entender, nos debilitaba;
Contrario a ello, Omar insistió en la apertura para
que cualquiera a quien le interesase firmase el documento, chofer
de ómnibus o Premio Nacional. Aquel caso particular
se me hacía difícil y era mi límite por
la pobreza de la expresión, las tonterías que
de continuo decía la persona y por darme siempre la
sensación de andar medio bebido (u otra cosa); poco
más adelante supe que tenía problemas psiquiátricos,
de modo que habíamos ganado un loquillo. Dado que hablo
de alguien a quien conocí muy superficialmente y siempre
a través de mis prejuicios, debo pedir excusas por
lo despreciativo de mi mirada de entonces, mas debo
ser sincero porque ese punto marca la diferencia esencial
entre la protesta de élite y el movimiento político
de masas: la voluntad programática de inclusión.
Juro que por entonces me pareció que no se trataba
sino de otro de los gestos populistas de Omar quien, al final,
defendió su postura recogiendo tomates par de años.
XII
Si se presta atención al consejo de redacción
de Naranja Dulce y a las firmas al pie del documento
PAIDEIA, pasando por los seis meses durante los cuales
funcionó el proyecto cultural en el Centro "Alejo Carpentier",
es claro que varios nombres repiten; si bien se trata de una
relación no explorada, que obligaría a sumar
a los índices de la publicación los programas
de las presentaciones en el Carpentier, es evidente la presencia
de un hilo de continuidad entre ambos escenarios, así
como un accionar coherente en sus integrantes. Una manera
de explicarlo es si entendemos a Naranja Dulce como
un punto de encuentro generacional, una plataforma para confrontar
la institucionalización de la censura en los 70 cubanos,
así como la crisis del socialismo burocrático
a fines de los 80; no en vano el deseo de recuperar figuras
prohibidas en esos países en los que vivía sus
días de gloria la política de la "glásnost"
impulsada por Gorbachov (ej: Brodsky o Visotsky),
así como la voluntad de insertar figuras de la vanguardia
internacional del arte (ej: Bob Wilson o Witkins) o temas
tabú en años anteriores en el país como
el erotismo o los escritores “malditos”. Idéntico
espíritu, aunque con la intención de que el
debate fuese planteado en el interior del campo cultural nacional,
es legible en los programas de Paideia dentro de
los cuales hubo conferencias sobre post-estructuralismo, presentaciones
de artistas plásticos de la vanguardia cubana (uno
de cuyos temas más debatidos entonces era el reciclaje
de la simbología político-ideológica
de la Revolución cubana), de dramaturgos (entre los
cuales Víctor Varela escandalizaba a la ortodoxia por su uso
del desnudo en escena), entre otros ejemplos. Inserción
y diálogo con la modernidad artístico-literaria
internacional, recuperación de tradiciones censuradas
dentro de la cultura socialista, debate con los postulados
de la ortodoxia socialista en los campos de la cultura y la
ideología, recuperación de figuras prohibidas
por la censura institucionalizada de los 70 cubanos, pudieran
ser los cuatro puntos que mejor definen lo que fueron Naranja
Dulce y PAIDEIA. En esa misma carrilera, aunque
en dirección opuesta, a medida que la crisis del socialismo
aumentaba en intensidad y hacía explosión como
debacle económica, además de cultural, ideológica
y política, los estamentos del poder en Cuba volvían
a cerrar cualquier espacio de alternatividad cultural, de
expresión de diferencia o sencilla duda ideológica
y ni siquiera imaginaban como posible la diferencia política.
Después de varias fricciones, en particular dentro
del campo de las artes plásticas, (que, tal vez, habían
comenzado con la censura a una exposición de Tomás
Esson en la pequeña galería de 12 y 23 par de
años antes) la fractura final se produjo con el cierre
de la exposición “El objeto esculturado”,
en el Castillo de la Fuerza habanero, al tercer día
de su inauguración. Vinieron luego largos meses de
pequeños conflictos, protestas agrias o divertidas
(son inolvidables el juego de pelota organizado por los pintores
para mostrar su apoyo a Marcia Leiseca, funcionaria removida
de su cargo después de la censura de "El objeto esculturado",
así como una supuesta exhibición de arte abstracto,
igual organizada como protesta, que nunca tuvo lugar) y, en
suerte de tormenta súbita, la combinación de
cierre ideológico y crisis que condujo a más
de un centenar de jóvenes integrantes de la que había
sido hasta entonces la vanguardia artística y de pensamiento
en el campo cultural, a abandonar el país en los primeros
años de los 90.
XIII
Ha pasado suficiente tiempo como para poder proponernos un
examen de la herencia o influencia tanto de Naranja Dulce
como de PAIDEIA; sobre todo nos autoriza la completa
desintegración del núcleo gestor de ambos esfuerzos,
dispersos hoy en variadas geografías. Dicho de otro
modo, se trata de capítulos cerrados en las dinámicas
culturales de un país, historias muertas que precisarían
de un fino empeño de arqueología literaria para
volver a flote con el brillo de vida que entonces les supusimos
y digo así porque bien puede que mucho del entusiasmo
con el que me refiero a ello hoy, no sea sino mi nostalgia
de actor y de testigo. En una vuelta más, que ponga
en duda mis mismos argumentos, pudiera preguntar si otro cualquiera,
contemporáneo y coterráneo, viviendo a unos
pocos kilómetros de la Ciudad de la Habana o en la
ciudad misma, pero integrante de otro grupo de escritores,
demostraría la cantidad de pasión e interés
que yo revelo al retratar este pasado, mi pasado. En fin de
cuentas, no sólo había otros grupos literarios
en la ciudad y el país, con otros intereses incluso,
sino que hablamos de una publicación que apenas sacó
a la luz cuatro números (de los que vale tener en cuenta
tres), de un proyecto de animación socio-cultural que
sólo alcanzó a durar seis meses y de la búsqueda
de una postura crítica por un grupo de intelectuales
que nunca llegó a sumar veinte personas. En comparación
con lo que ocurre dentro de un país, con la multiplicidad
de sus dinámicas y la masa global de producciones culturales
que allí suceden, no hay más remedio que aceptar
que estamos hablando de una pequeña gota en el océano,
en realidad de casi nada. Sin embargo, otra muy diferente
cosa ocurre cuando lo interpretamos como síntoma de
una fractura sólo palpable muy debajo de lo superficial,
evidente o visible; aunque para ello se deba antes definir
si realmente encarnamos, durante el brevísimo tiempo
en que nos fue permitido, la vanguardia de algo. Acepto que
es un punto frágil, pero, en tanto toda mi argumentación
depende de él, resulta un punto muy fuerte dentro de
mi texto: el que hay que destruir para demostrar que me equivoco
o miento.
Las preguntas de PAIDEIA, su intento de democratizar
el socialismo desde una postura de izquierda, su voluntad
de recepcionar críticamente a las grandes figuras del
pensamiento contemporáneo y del marxismo no-ortodoxo,
su intención de vivificar el pensamiento nacional después
de la crisis y posterior desaparición de lo que fue
el campo socialista, su deseo de formar artistas capaces de
producir lo mismo obra que pensamiento sobre el arte, su búsqueda
de espacios de interconexión entre las diversas prácticas
artísticas y literarias, su deseo de identificar al
sector de la vanguardia artística en el país
y ponerlo a dialogar y exponer sus ideas, son todos elementos
que todavía hoy son una necesidad de primer orden en
el campo cultural cubano. De todo aquello han pasado diecisiete
años y apenas existe memoria escrita que pueda ser
consultada. Nada sobre Naranja Dulce, nada sobre
PAIDEIA, nada que constituya un análisis global
de las dinámicas culturales de la Cuba de los 80, de
la profunda crisis que marcó la mitad inicial de la
siguiente década y las maneras en la cual fue reconstruido
(aunque ya sin los aires de renovación de la década
anterior) el tejido del campo cultural. Hablo de lecturas
críticas que intenten trabajar tanto con el contenido
de los libros como con las condiciones del campo cultural
dentro y para el cual éstos son elaborados, que partan
desde la situación de cualquier arte específica
y que después abran el arco a la cuestión del
arte, las instituciones, la recepción y las políticas
culturales de una época determinada. Análisis
que identifiquen los puntos de fricción con la tradición,
en tanto hay una versión privilegiada de ésta
que resulta del accionar centrípeto de aquello que
Althusser denominó los “aparatos de reproducción
ideológica del Estado” y cuando, en simultaneidad,
hay otras fuerzas de acción centrífuga pugnando
por ampliar el límite de lo legible, publicable o representable
en un territorio nacional determinado. Intervenciones que
tracen el mapa de pulsiones que agitan a una cultura nacional
en una época precisa, que identifiquen escenarios de
grandes y pequeñas batallas, la conexión entre
acciones que tienen lugar en campos artísticos diversos
y en apariencia no conectados, que registren espacios de legitimación
oficial y puntos de legitimación alternativa, que expliquen
el complejísimo entramado dentro del cual y para el
cual se desarrolla la producción artístico-literaria.
De esta manera, tradición y ruptura, parálisis
e impulso modernizador, censura y voz, nación y mundo,
se entrecruzan en el paisaje o tejido latente de una época
cualquiera. Puesto que son tales el silencio o el desconocimiento,
cualquier contribución es bienvenida, incluso reproducir
la estrofa que nos sirvió de inspiración y con
la cual ahora termino:
Naranja dulce,
limón partido,
dame un abrazo
que yo te pido…
Una nota final
Naranja Dulce comenzó como Edición
Especial número 6 del mensuario cultural El Caimán
Barbudo. En su Consejo de Redacción aparecen las
siguientes personas: Victor Fowler Calzada, Omar Pérez,
Emilio García Montiel, Ernesto Hernández Busto,
Abelardo Mena, Atilio Caballero y Luis Felipe Calvo. Es importante
precisar algo que fue cuestión de procedimiento: publicar
ediciones especiales era tradición de El Caimán,
pero no dejar éstas en manos de un mismo equipo con
un proyecto creativo compartido, una suerte de poética.
Ése fue el riesgo que asumió el entonces director de
El Caimán, el poeta Alex Pausides, y que, junto
con la estructura de columnas de opinión, diferenciaría
a Naranja Dulce en el panorama de las publicaciones
culturales cubanas de la época. Sin embargo, El
Caimán aceptaba la carga a cambio de que
uno de las figuras rectoras del proyecto fuese un miembro
de su staff; para nuestra suerte, no mucho tiempo
antes, había comenzado a trabajar como redactor de
la publicación madre el poeta Omar Pérez, cuya
presencia resultó fundamental desde el inicio mismo.
Luis Felipe Calvo, también redactor de El Caimán,
fue designado como la persona que se ocuparía del trabajo
de redacción y corrección de Naranja;
otra propuesta de Pausides, aunque acogida esta vez con menos
agrado y como una suerte de mal necesario.
El segundo de los números (Edición Especial
número 7 de El Caimán Barbudo) es el
de la entrada en el Consejo de Redacción del poeta
Antonio José Ponte. A partir de allí, quedan
definidas del siguiente modo las columnas:
- Ernesto Hernández Busto - La educación
sentimental (temas de literatura infantil).
- Victor Fowler Calzada - Homo eroticus (erotismo en
la cultura)
- Emilio García Montiel - Al este del paraíso
(arte oriental)
- Luis Felipe Calvo - El que ríe último
(dimensión cultural del humorismo)
- Antonio José Ponte - Entrada al XIX (cultura,
vida y costumbres en el siglo XIX cubano)
- Omar Pérez - Tamiz de la biblioteca (comentarios
bibliográficos a libros raros y curiosos atesorados
en la Biblioteca Nacional “José Martí”)
- Abelardo Mena - Pre-textos (arte contemporáneo, plástica,
curaduría, fotografía)
- Atilio Jorge Caballero - Público vs. Público
(teatro contemporáneo)
El tercero de los números (Edición Especial
número 9 de El Caimán Barbudo) marcó
la entrada de la última de las incorporaciones al Consejo
de Redacción: el narrador y ensayista Alberto Garrandés.
Él se encargaría de la columna titulada La literatura
maldita.
Igualmente, a diferencia de lo que es común en las
publicaciones culturales cubanas, y un rasgo más de
voluntad cosmopolita, fue el énfasis prestado a las
traducciones en cada uno de los números de Naranja Dulce
El primero presentó la selección “8 poetas
soviéticos” (selección y traducción
de Ernesto Hernández Busto y José Manuel Prieto,
nota introductoria de Victor Fowler). El segundo una selección
de “10 poetas norteamericanos” (selección
y traducción de Omar Pérez). El tercero la selección
“Diez poetas de los años 70” (poesía
italiana con selección y traducción del poeta
Jean Portante). El cuarto una selección de “Poesía
erótica de expresión inglesa” (selección
y traducción de Omar Pérez).
A partir del tercer número, otro elemento de interés
es lo que corresponde al diseño, concebido como un
discurso global, integral y coherente (tanto en la tipografía
como ilustraciones o disposición de los textos) por
Juan Carlos García Díaz, por entonces estudiante
del ISA (Instituto Superior de Arte).
Para reescribir PAIDEIA
En algún sitio del texto he señalado que no
podía hacer sino mi historia, de la que fui
testigo y, sobre todo, partícipe. Sin embargo, también
hay otra manera o todo puede ser vuelto de revés. El
proyecto mismo tiene que aceptar la responsabilidad de lo
que agita; no es posible venir, casi veinte años después
de acabados hechos que fueron ilusión y traumatismo,
y pretender que nada va a subir a flote, que no vamos a sufrir,
a sonreír, a recordar. En especial para PAIDEIA hubo
otro comienzo cuando, un año antes de los sucesos a
que se refiere mi narración, los poetas Reina María
Rodríguez y Rolando Prats Páez presentaron el
proyecto de un nuevo programa a la dirección de la
televisión cubana. El programa, que después
de sesudas discusiones fue aprobado, llevaría como
título PAIDEIA e iba a estar dedicado a reflejar
la vida, aspiraciones, proyectos y condiciones de creación
de los que entonces eran los artistas jóvenes cubanos.
A diferencia de la clásica conversación en un
set, bajo el control de un conductor avezado, lo
que se deseaba aquí era brindar una visión de
taller, de autenticidad y por ello las filmaciones tenían
lugar en las casas de los artistas, en un ambiente lo más
cercano posible a sus condiciones reales de creación.
Ya desde aquí el sueño de la interdisciplinariedad
hizo que se realizacen programas al poeta Omar Pérez
y al pintor Abdel Hernández; ellos entre los que mejor
recuerdo, pero fueron muchos más. Pese a que salió
al aire, son pocos los que hoy recuerdan a este PAIDEIA
inicial, cosa que para mí sigue siendo un misterio.
O quizás fuera que los escuchas de entonces lo que
realmente deseaban era discutir, en lugar de recibir mensajes
elaborados por otro. Quede esto como ejemplo de lo posible
que es hacer de la televisión una forma de olvido.
Semejante inicio o antecedente de PAIDEIA sólo
puede ser entendido y ubicado en lo que significa, si se atiende
a los cambios que estremecieron al universo cultural cubano
en la segunda mitad de los 80 del pasado siglo, en particular
a la voluntad estatal de abrir las puertas al relevo generacional
en la cultura o, cuando menos, voluntad de aumentar la presencia
del talento joven en emisoras de radio, estaciones de televisión,
revistas, periódicos, etc. Hablo de un gesto, que nos
tomó a todos por sorpresa, y que lo mismo tuvo resonancia
en la creación de un segundo cuerpo de bailarines en
el Ballet Nacional de Cuba (integrado por jóvenes y
que llevó como nombre “La Joven Guardia”),
que en el surgimiento del Festival de Juventudes Musicales
de la Habana o en la entrada de un amplio grupo de jóvenes
para trabajar como escritores o directores en la emisora Radio
Ciudad de la Habana (a la cual se le pasó el encargo
de asumirlos). Si extendemos el arco para abarcar todavía
más, es posible sentir el entusiasmo, la sensación
de que había algo nuevo que decir, el deseo de tomar
la calle, que igual permite incluir, como parte del mismo
impulso transformador, a los pintores del Grupo Arte Calle
dibujando un muro frente al cementerio de Colón o a
los que, antes de ellos, se propusieron realizar acciones
plásticas en la heladería Coppelia. A los que
formaban parte del Taller de Cine Joven, dentro y en paralelo
al ICAIC, o los que daban los primeros pasos (sobre todo recuerdo
a Ernesto Fundora) en la realización de video-clips
cubanos. Sin importar el espacio del arte y la literatura
al que perteneciéramos, ni siquiera necesitábamos
explicar entre nosotros que algo andaba mal en el ambiente
que vivíamos y que ello necesitaba ser urgentemente
transformado; era un conocimiento compartido, generacional,
una suerte de punto de partida de la conversación.
Algún día habrá que hacer un estudio
profundo de todas aquellas dinámicas, pero lo cierto
es que el PAIDEIA televisivo fue retirado del aire
luego de pocos meses y que entonces, necesitados de espacio,
sus autores pasaron a lo que tendría mayores consecuencias:
el proyecto que tuvo su sede en el Centro “Alejo Carpentier”
de la Ciudad de la Habana. Es de esta segunda elaboración
de un sueño sobre lo cual he escrito este texto. A
tono con los intereses de su pareja de padres espirituales,
Reina y Prats Páez (es raro llamarlo así, pues siempre
ha sido, para sus amigos, “Cayito”), el proyecto
quedó dividido en dos grandes bloques o talleres que
alternaban con presentaciones quincenales: Logos (dedicado
a actividades en la zona de la teoría) y Poiesis (enfocado
en la presentación de artistas que, junto con el diálogo,
exhibían obra ante los participantes). La tercera etapa
correspondería al cese de las actividades en el Centro
“Alejo Carpentier”, a la firma del primer documento
de PAIDEIA, al inicio del desgastante proceso de
discusión y fricciones con organizaciones culturales
y políticas (señaladamente de las áreas
cultural e ideológica de la UJC), a las reuniones en
la sede de El Caimán Barbudo, a las reuniones
en el Parque Almendares y a los talleres para el estudio de
la historia de la filosofía que tenían lugar,
sobre todo, en la casa de Ernesto Hernández Busto.
Después de ello, en la breve etapa última, al
tiempo que el desgaste crece por la reducción del grupo,
PAIDEIA radicaliza su gesto y poco tiempo más
tarde todo concluye. 
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