El gran postmoderno
Hace unos años fui a Gerona, ciudad catalana cercana
a la frontera francesa, donde se escribieron los principales
libros de comentarios cabalísticos (esos libros que
Borges citaba una y otra vez), y aunque el barrio judío
merece por sí solo una enciclopedia, fui allí
para entrevistar a Richard Rorty y apenas tuve tiempo para
hacer otra cosa.
No sé si es necesario presentar a Richard Rorty;
para ser escueto diré, a los efectos de este artículo,
que fue uno de esos filósofos "postmodernos"
que junto a los franceses Lyotard, Guattari, Deleuze, Derrida,
Foucault y Baudrillard trazaron cierto itinerario intelectual
en La Habana de los ochenta.
Mi generación parecía fascinada por
el análisis del poder que hicieron estos pensadores,
extraño a la ortodoxia marxista en que habíamos
crecido, el estudio de lo que algunos de ellos llamaban el
"fin de los grandes relatos emancipadores" (expresión
que, simplificada al extremo, querría decir "el fin de
las utopías"), la superposición de códigos
y estratos culturales de las sociedades del Primer Mundo,
la visión del capitalismo como una sociedad marcada
por los flujos del deseo, etc., etc.
Sin embargo, por alguna extraña razón, en esos
tiempos no hubo filósofo, escritor, director de cine,
músico o pintor; no hubo revista libro o publicación,
no hubo, siquiera, arquitecto, que me pareciera más
postmoderno que la revista Naranja Dulce (NOTA: en
adelante N. D.) y sé que esta afirmación es
excesiva.
Aquel día yo estaba en Gerona, hablaba
con Rorty y me habría gustado mostrarle un número
de N. D. Irónicamente por entonces trabajaba para otras
publicaciones y poco habría podido hacer con una entrevista
a Rorty sobre una Cuba que hace años no visito y menos
aun sobre una revista que no existe.
El encuentro con Rorty fue revelador para mí en
lo relativo a mi idea de una publicación contemporánea
y redefinió mi propia interpretación de la postmodernidad.
Para Rorty, todos esos "grandes relatos emancipadores"
que mi generación pretendía profanar con insistencia,
apenas habían tenido alguna vez sentido y mucho menos
presencia real en su país (los Estados Unidos).
De manera que más de una vez me
dijo que ése era un problema de "ustedes los europeos"
(Rorty nunca supo que yo era cubano, y la verdad es que, en
ese contexto, me pareció un dato irrelevante)
Los europeos habían inventado todos los "ismos"
terroríficos de la historia... Y yo sólo llegué a preguntarle con malicia:
"¿Entonces la culpa de todo la tiene Europa?".
Rorty me dio una lección de inteligencia y buenos
modales (así lo percibí yo) y me dijo: "Lo
que quiero decir es que en América las revoluciones
y los grandes cambios sociales no han tenido como rectores
a los intelectuales".
Si en Europa es posible saber en casi todos
los casos qué filósofo "inventó"
qué modelo social, en el imaginario cultural de América
no existe ese vínculo directo entre la teoría
y la realidad.
Hubo algo así quizás en los inicios del
movimiento comunista americano, pero por suerte en Nueva York
dejaron de creer en Stalin en la década del veinte.
Ante esos argumentos, de repente, en medio de la conversación,
empecé a pensar que N. D. no era tan postmoderna como
yo había pensado.
Era otra cosa mejor o peor, pero no era "tan"
postmoderna.
Lo que sí importa era que como proyecto editorial
se había interrogado y había tratado de afrontar
todas estas cuestiones.
En cierto sentido N. D. pretendió
tener un mensaje editorial de referencia, ya fuere por sus
textos o por su concepción gráfica, bajo el
supuesto (así lo interpreto yo) de que los autores
convocados por ella tuvieron la legitimidad intelectual suficiente
y la voluntad de ser rectores de un cambio tal vez inconfesado.
N. D. fue universalista, y aunque siempre tuvo una segmentación
de sus contenidos no tenía ese carácter operativo
y quirúrgico que Rorty, como "postmoderno peculiar",
concibe para la filosofía. De algún modo sí
que quería construir un gran relato.
No era una publicación en la que un grupo de expertos
hablase de sus parcelas de reflexión pública.
Se intentó, eso creo, hacer que los colaboradores hablasen
de cosas que "conociesen" pero no nació con
un perfil editorial demarcado a cincel. Por otra parte, ahora, unos años después, cuando
pienso en ejemplos emblemáticos de publicaciones en
las que se superponen discursos y códigos, arte, literatura
y diseño me vienen a la mente casos muy diversos, ocupados
de temas muy variados:
El paseante; The Face; Dazed and Confused;
Wallpaper, Granta...
cuya estética y perfil editorial son o muy precisos
o tremendamente lúdicos, pero que siempre tienen una
idea muy precisa de cuál es su público.
Sin dudas estas precisiones destinadas a establecer el
perfil editorial de N. D. se hacen bastante precarias si se
aplican a Cuba, país en el que no existe una industria
cultural... pero, a mi juicio, lo importante de N. D. fue
esa vocación por esclarecer, a través de su
propia política editorial, un juego gramsciano en el
que los autores, ilustradores, diseñadores y editores
de la publicación pretendían erigirse en intelectuales
orgánicos.
Por otra parte, aunque en N. D. es posible encontrar
similitudes gráficas con publicaciones cubanas clásicas,
es notoria su voluntad de ruptura y su guiño a la cultura
postmoderna. Por esos tiempos parecía que Cuba era el
mejor ejemplo de esa "doctrina". Las eternamente
suculentas mulatas de La Habana parecían un irrepetible
testimonio de cuán postmodernos éramos y los
Cadillacs de los cincuenta que circulaban por la ciudad (y
que creo que no dejarán nunca de circular) eran el
extremo de ese argumento. Antes habíamos sido surrealistas, cristianos órficos
o comunistas con el mismo nivel de identificación asimétrica.
Ahora el mismo descrédito tácito con que
alguna vez la inteligentzia nacional había aceptado
aquellos ismos nos convertía en observadores distantes,
en magistrales apropiacionistas liberados de todos los lastres
que podría imponernos la tradición y el presente.
En definitiva en postmodernos.
Ha pasado todo este tiempo y N. D. me parece, pese a sí
misma, una revista ilustrada, muy cercana al fanzine; irreverente,
intelectualista y, por encima de todas las angustias que la
asfixiaron, hecha para conceder y demostrar el crédito
intelectual de sus colaboradores, aunque fuese en unos pocos
números.
En una época en que el mundo editorial empezaba
a revolucionarse bajo los efectos de la tecnología
digital y las grandes editoriales de Occidente empezaban a
ser gestionadas por ejecutivos en muchas ocasiones llegados
de las más poderosas cadenas de televisión,
ávidos de alcanzar el célebre "15 %"
de beneficio, aparecía aquella revista que, en definitiva,
estaba auspiciada por un Estado totalitario. En continua tensión
entre el interés público y la legitimación
individual, entre el pastiche visual y la discursividad gráfica,
el rechazo de cierta literatura y de cierto estilo de ilustración
descriptiva de los contenidos, entre cierta vocación
culturalista y la irreverencia más sincera, N. D. sentaba
las bases de un intento de redefinir qué juego público
podía tramar una revista cultural en un mundo que por
entonces nos parecía que cambiaba más deprisa
que nunca.
Las guerras, siempre las guerras
En 1991 Baudrillard, otro de los filósofos postmodernos,
escribió sobre una guerra transmitida en directo, en
la que los misiles y las bombas destruían sus objetivos
con una precisión milimétrica.
La eficacia de los bombardeos simplificaba en extremo
las operaciones de la infantería (clásica referencia
militar a la ocupación de un territorio, pues sin fotos
de soldados arriando banderas enemigas nadie cree en la victoria).
Esa imagen de la guerra como un espectáculo aséptico,
quirúrgico y fascinante fue también propia de
esa época. Lo cierto es que en esa guerra (la del
Golfo) se lanzaron más bombas que en Vietnam y que
en Vietnam se lanzaron más bombas que en toda la Segunda
Guerra Mundial. La creciente potencia de los motores ha hecho
posible ese espectacular y terrible resultado que es un reflejo
de la capacidad de transporte que despliegan los ejércitos
en combate. Asimismo la electrónica de los sistemas
de localización de los misiles y el uso de computadoras
y robots en las zonas de combate, empezaron a ser objeto de
reflexión. Otra vez aparecía el "fantasma
de la máquina" y nos venían a la mente
los escritos de Heidegger sobre la técnica. Ahí
están siempre los motores rugiendo y transportando
cosas, basta con ver cada año que los F1 son cada vez
más rápidos.
Ésas eran las guerras del mundo; un buen ejemplo
de las nuestras era un artículo aparecido en uno de
los números de N.D. en que se hablaba de la síntesis
digital de imágenes y de la precisión de los
movimientos guiados por computadoras. ¿Qué pasaría,
se preguntaba el autor, cuando las imágenes generadas
por computadoras fueran tan perfectas como para reemplazar
a los actores de carne y hueso?
Más de una década antes la prensa cubana
hablaba constantemente del "Big Picture..." Ahí
sí que estaban las bases de la revolución digital,
parecían decir los periódicos del régimen.
El "Big" era una especie de sistema operativo
muy parecido a lo que después fue el Windows, desarrollado
por los Estados Unidos para gestionar en una pantalla catódica
la enorme cantidad de controles, indicadores y sensores que
necesitan los aviones de combate. Con el "Big"
el piloto podía ampliar en la pantalla la información
relativa al despegue durante esa fase del vuelo mientras el
área destinada al resto de los indicadores quedaba
minimizada.
Ese sistema no sólo fue el germen del Windows
y de los sistemas operativos gestionados mediante íconos
y ventanas, también fue la base conceptual de los programas
de diseño y edición de libros y revistas.
Me pregunto si N.D. fue diseñada con alguna computadora
o si todos aquellos collages que llenaban sus páginas
se hicieron recortando figuritas con una tijera para luego
pegarlas en una gran cartulina...
Ésa era, sin dudas, nuestra guerra: reflexionar sobre un país cuyo futuro pasaba siempre por la
guerra y por todos los artefactos que la hacen más
mortífera; consumir información a mansalva en
un país cuyo principal periódico podía
dedicar dos tercios de su espacio a describir el "Big Picture "
con todos sus detalles; conjeturar cuál sería
el futuro de las representaciones digitales desde una revista
cuyo proceso de edición y composición debió
de haberse configurado con unos incómodos y entrañables
papier maché en los que, capa tras capa, se pegaban
como estratos rocosos las figuras con que sus ilustradores
y diseñadores y articulistas intentaban desentrañar
el mundo.
La tracción seductora
Los adolescentes hablan de la "tracción de los
Nike", de la sensación religiosa de no resbalar
cuando los usan y las campañas de marketing proclaman
que se adhieren al suelo como si tuvieran pegamento. Lo más
sorprendente del capitalismo contemporáneo, y creo
que para algunos es desolador, es que la gestión de
los mitos cotidianos empieza a ser privilegio de las empresas
en detrimento una vez más del Estado, la historia o
la religión. Vivimos en un mundo en que las marcas
se han "posicionado" ante nosotros describiéndonos
sensaciones y filiaciones que antes parecían ser patrimonio
de los Estados o las tradiciones.
Sin embargo, transmitir y provocar la sensación de
que unos zapatos tienen más tracción que otros
y de que eres mejor si lo llevas es algo muy sofisticado que
se consigue con inversiones millonarias. Cualquiera puede
hablar tanto tiempo y con tantos detalles de esas experiencias
recitando casi de memoria lo que dicen los publicistas.
La CIA no derrumbó el muro de Berlín.
Radio Europa Libre, la emisora que durante la guerra fría
transmitía propaganda occidental contra el mundo comunista,
apenas tuvo sentido si se compara con el efecto seductor de
las campañas de publicidad hechas en esos tiempos para
vender artículos en Occidente que fueron vistas por
ciudadanos del otro lado del telón de acero. A la CIA
no se le hubiera ocurrido subvencionar a Nike para que la
gente de la Europa comunista renunciase a sus ideas y emigrase
deseando tener unas Waffle. Y, sin embargo, eso fue lo que
pasó con muchos jóvenes y veteranos luchadores
por un “mundo mejor”. Por más que los publicistas
se suelen considerar a sí mismos gente creativa más
bien alineada con la izquierda y el “progreso”,
ellos fueron quienes derrocaron a la izquierda y son quienes
hacen que millones de inmigrantes atraviesen ríos,
desiertos y mares en busca de sueños que en realidad
son muy concretos.
Por más que se diga que la publicidad es más
efectiva si es breve y sintética, el imaginario de
las marcas y sus discursos corporativos son extensos como
la Biblia y el Corán y tal vez más pretenciosos.
Párrafos y párrafos personalizados para todos
los eslabones de la cadena de producción y consumo
indican cómo hacer el producto, cómo venderlo
y cómo disfrutarlo. La precisión verbal, el
despliegue imaginativo con que se describen unos Nike en un
spot publicitario es comparable con esas notas de cata que
ponen en las botellas de vino diciéndonos a qué
sabe antes de que lo hayamos probado. Si vas a una feria del libro y ves a los editores ufanos en
trajes y corbatas o sin trajes y corbatas, sabes que no han
leído los libros que venden. En cambio si vas a una
feria de zapatos deportivos resulta improbable que los presentes
no los hayan usado o no los hayan tocado con fruición
para confirmar y demostrar que son zapatos ligeros, flexibles,
ventilados, etc. Y es muy posible que allí haya muchos
editores de libros y revistas comprando zapatos con el dinero
que han ganado vendiendo literatura.
En un mundo así resulta complicado explicarle a alguien
qué fue N. D. y tal vez sólo se pueda entender
qué cosa fue N. D: si se intenta primero describir
el mundo con cierta sinceridad. Diría que pensamos
que una revista "cultural" es una revista que mira
por encima del hombro a los discursos mediáticos, con
la convicción íntima de que es una referencia
para disponer y reorganizar el resto de las masas discursivas
de la sociedad en que actúa. Y en el caso de N. D.
esa sensación es mayor porque fue concebida en un
país y en una época en que el mercado era un
tabú. (Ésta sería mi nota de cata de N. D.)
N. D. tuvo la suerte y la desgracia de no tener
anunciantes que aportaran recursos económicos a sus
maltrechas arcas; tampoco tuvo la presión de éstos,
ofendidos por algún artículo irreverente. En
realidad sí que había un anunciante y era el
Estado. Creo que N. D. desapareció cuando un escritor
mexicano vio uno de sus números y comentó que
éramos “algo fascistas” porque habíamos
publicado un texto sobre Yukio Mishima. Ese comentario fue
hecho en medio de una reunión con los jóvenes
comunistas, y poco después, se nos dijo que no había
papel para seguirla publicando.
Para mí lo más triste de esta historia
no fue la censura, hablar de censura siempre tiene una dimensión
heroica que resulta tentadora asumir; lo realmente incómodo
es esa sensación de estar bajo una parálisis
“premoderna” que viví por entonces y la
pasmosa lentitud con que sucedían las cosas (nada comparable
con la lentitud de una escena erótica o de un juego
de seducción). En definitiva el día en que me
dijeron que no había papel para N. D. descubrí
que tampoco había “tracción” para
ir hacia delante siquiera con el pensamiento, que la redefinición
del juego de fuerzas que conforman el autor y su público
se estaba produciendo desde esa misma lentitud que tanto deploro,
y que en Cuba todo sería a partir de entonces demasiado
lento para mi gusto. 
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