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I
Cualquier curioso interesado por la literatura cubana del
siglo XX notará, sin mucha dificultad, la tendencia
que en ella existe a la formación de grupos o "movimientos"
que, por lo general, surgen o se congregan alrededor —a
propósito, o como resultado— de una publicación
específica. Así sucedió con la Revista
de Avance y con Orígenes, por sólo mencionar
los dos casos más conocidos de este período,
y que tuvieron, ambos, una importancia capital para el auge
de la cultura y la literatura cubana contemporáneas.
Tendencia que no fue patrimonio únicamente de la etapa
anterior a 1959: ahí están Lunes de Revolución
y El Caimán Barbudo, donde se aglutinó
una buena cantidad de intelectuales, escritores y artistas
representativos —más en el primero que en el
segundo— de dos períodos cruciales del panorama
cultural nacional en la segunda mitad del pasado siglo.
Sólo que, en lo que concierne a las dos primeras revistas,
pero sobre todo a Orígenes, la voluntad teleológica
no quedaba circunscrita al espectro cultural insular —como
sí parece ser el caso, en sentido general, de Lunes...
y de El Caimán...— sino que intentaba
(aún priorizando la creación artística
nacional), a tono con el espíritu de modernidad que
la sustentaba, ofrecer una panorámica mucho más
amplia, reflexiva y rigurosa del arte y la literatura universales
de ese momento. Caprichos lezamianos o veleidades "pre-ciclónicas"
aparte, lo cierto es que existen suficientes razones que avalan
a esta revista como una de las más importantes publicaciones
de la lengua española de todos los tiempos, y ello
se debe, en buena medida, a este afán de universalidad,
de totalidad enriquecedora. Algo que sólo vemos de
manera intermitente —uno que otro comentario de Heberto
Padilla, una nota al margen de Calvert Casey, glosas
comedidas de Virgilio Piñera, raras apostillas de Caín
et al— en Lunes de Revolución, y mucho
menos aún en las páginas de El Caimán
Barbudo.
Si revisamos someramente el índice de la mayoría
de los números de estas dos publicaciones, y particularmente
de El Caimán Barbudo en la etapa que va desde
su fundación, bajo la dirección de Jesús
Díaz, hasta 1980, por ejemplo, notaremos una determinada
propensión, que ya podemos definir como deliberada
política editorial, a reflejar una circunstancia literario-cultural
de marcados ribetes "criollistas". Reseñas
de libros de autores cubanos, artículos sobre pintores
y/o escultores locales, reflexiones sobre determinadas características
de la plástica o el teatro que por entonces se hacía
en nuestro país, apologías de algún trovador,
secciones de poesía y narrativa joven —y no tanta—,
etc. Salvo raras excepciones (como la sección Los
raros, valga la sintomática redundancia, dedicada
a escritores no muy conocidos, preferentemente extranjeros),
un egocéntrico espíritu local-nacional con trazas
de chovinismo cultural se adueñaba de la mayoría
de sus páginas. A la casi total ausencia de información
sobre el arte y la literatura que en el resto del mundo se
hacía en ese momento, habría que añadir
el vacío casi absoluto que, al revisar algunas de aquellas
ediciones, se siente ante la falta de un corpus reflexivo
más a tono con su contemporaneidad, que abordara cuestiones
de índole filosófica, teoría literaria,
nuevas corrientes en el pensamiento sociológico o sociocultural,
teoría de las ideas, etc. (para no hablar ya de la
epistemología, fenomenología, semiología,
posmodernidad, antropología o psicoanálisis
aplicados a la cultura y en particular al arte, tan en boga
a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo).
En este sentido, la situación de El Caimán Barbudo
no era diferente a la que padecía la casi totalidad
de las (pocas) revistas culturales o literarias de circulación
nacional (La Gaceta de Cuba, Unión,
Revolución y Cultura, con la excepción
de Criterios...) que existían en el momento
en que aparece Naranja Dulce (1987-88), tal vez como
una necesidad urgente de llenar ese vacío.
Un panorama bastante pobre, limitado, suspicaz también:
abordar otros campos (o regiones del pensamiento
y la historiografía cultural contemporáneos)
desde perspectivas más arriesgadas, puntos
de vista no legitimados o enfoques "oblicuos"
era algo de lo que, ya bien fuera por incapacidad, desconocimiento
o temor, muchos se abstenían de hacer. Si hasta el
momento he hablado de El Caimán Barbudo como
referente más cercano no ha sido —como suelen
pensar algunos— porque éste constituya un antecedente
directo a la aparición de Naranja Dulce, sino
por dos razones fundamentales, a mi modo de ver: por un lado,
a tenor de lo que comenzó a gestarse como posible "movimiento"
alrededor de la aparición de esta última —y
de su relación con el Proyecto PAIDEIA, pero de esto
hablaré más adelante—, nada más
parecido entonces a lo mejor de ese espíritu inicial
que una vez caracterizó a la generación de El Caimán , como se le llamó luego, aunque
las circunstancias históricas y políticas entre
uno y otro momento fueran bien diferentes, y por el otro: Naranja
Dulce, ¿sintomáticamente?, aparece como
"Edición Especial de El Caimán Barbudo",
y mantiene este status durante su corta e intensa vida de
cuatro números.
¿Qué fue entonces Naranja Dulce? Me
atrevo a asegurar que muchas cosas, menos una: no fue una
revista más. Tampoco algo que surgió de forma
azarosa, o caprichosa, como tal vez también alguien
quiera ver al cabo de los años. En su mismo inicio
fue la feliz coincidencia de un grupo de personas con puntos
de vista más o menos afines con relación a una
manera de ver la literatura y la cultura, con una visión
universalista del arte, una necesidad insaciable de conocimientos
unida a un vocación de estudio particular; con una
posición y una actitud análogas ante una circunstancia
política y social anodina y exasperante, y por tanto
con una marcada tendencia a ampliar el espectro de posibilidades
interpretativas de un contexto no sólo cultural y artístico
sino también político y social. Lo que a la
larga no es más que el consabido grupo de afinidades
urgidas por crearse un espacio donde dar a conocer una determinada
manera de ver las cosas. Sólo que por su radicalidad, rigor
y profundidad (no exenta de ingenuidades) era una manera
mordaz-distinta a la habitual en nuestro panorama cultural-insular
de entonces. La conjunción de todo lo valioso o no
que en ello podía haber fue el principio
que apresuró el prematuro fin.
II
"Fueron aņos de bonanza", se dice ahora. Y no les falta
razón —razón irónica— a quienes
aún piensan que realmente fue de esa manera, si se
interpreta bonanza como "miseria atenuada".
Fueron, sí, los años del intercambio ventajoso
entre Cuba, la Unión Soviética y los países
de la Europa del Este, que hacía de ella la hija huérfana
y lejana que era necesario, por cuestiones estratégicas,
mantener. Nada presagiaba entonces un final vertiginoso y
apocalíptico, no había mucho que temer (aunque
en Polonia ya habían comenzado las huelgas convocadas
por Solidaridad, en Checoslovaquia la transición
era casi un hecho consumado y no eran nada halagüeñas
las noticias que llegaban de Moscú). Por tanto, no
era mala idea propiciar cierta laxitud a la fusta cotidiana
(que muy pronto volverían a tensar) como muestra de
magnánima "apertura". De otra forma Omar
Pérez no hubiese podido trabajar como redactor de El
Caimán Barbudo, y Alex Pausides no hubiera sido
su director. Omar propuso entonces la idea de una revista
otra dentro de su revista, a tenor de las inquietudes
otras de toda una promoción —la suya,
la nuestra—, y Alex aceptó. Lo siguiente fue
definir un Consejo de Redacción, amplio y concordante...
y donde casi todos, beatus illie, éramos amigos: Omar
Pérez, Víctor Fowler, Ernesto Hernández
Busto, Luis Felipe Calvo, Emilio García Montiel, Atilio
Caballero, Antonio José Ponte, Abelardo Mena y Alberto
Garrandés, con Juan Carlos García como diseñador.
Apenas un mes y medio después salía el primer
número, con ilustraciones especiales de Zaida del Río
para la ocasión y que, como todo número cero,
era una combinación farragosa de ansiedades, estridencias
e inocencia auténtica. Pero que ya presagiaba algo
distinto.
Fue entonces que definimos entregar a cada miembro del Consejo
la responsabilidad de una "columna", un espacio
predeterminado a partir de un tema propuesto por el mismo
redactor, libremente y en consonancia con su interés
y aptitud para desarrollarlo: "La literatura maldita"
(Garrandés), "Tamiz de la biblioteca" (Omar),
"Homo eroticus" (Fowler), "Público vs
público" (Atilio), "Al este del paraíso"
(Emilio), "La educación sentimental" (Ernesto),
etc. Esto, en primera instancia, garantizaba un cuerpo teórico
amplio y diverso, que podía ir desde una prolija introducción
al origen de la cerámica china y japonesa ("Al
este del paraíso"), pasando por un acercamiento
al tema de la homosexualidad en la obra teatral de Federico
García Lorca ("Público vs público")
o la importancia del viaje en el imaginario romántico
de los poetas ingleses del XIX ("La educación
sentimental"), hasta la desclasificación
de libros extraños y sorprendentes como coartada para
proponer una reflexión particular sobre un tema determinado
("Tamiz..."). La publicación de estos textos
dependía de la aprobación unánime del
consejo de redacción, cuyas reuniones, por tanto, llegaban
a convertirse en largos y divertidos maratones donde se leía
con fervor, se discutía con vehemencia, se reía
con delirio, se bebía con pasión, se profundizaba
con alegría y se maldecía sin menosprecio.
Una de las premisas esenciales que mantuvo todo el tiempo
el Consejo de redacción de Naranja Dulce fue
la de proponer materiales inéditos, al menos dentro
del panorama editorial cubano. Otra, que fueran acercamientos
a temas y manifestaciones importantes en el arte y la literatura
contemporáneos, mayoritariamente desconocidos —o
escamoteados— a juzgar por el exiguo panorama cultural
de la isla. Esto, como es de suponer, suponía una rigurosa,
decantadora y exhaustiva labor de búsqueda de información.
Con el tiempo, esta última premisa dejó de ser
un atributo propio de los miembros del C de R, encargándose
trabajos sobre determinados temas de interés del Comité
a algunos colaboradores cercanos al mismo (no recuerdo, por
ejemplo, una aproximación anterior en nuestro medio
al cine de Tarkovski como la hecha por Rolando Prats para
el número 2 de ND titulada "El cuarto de los deseos".
De la misma forma que nunca antes se había hablado
en publicación cultural alguna del país sobre
el teatro de Eugenio Barba o el de Robert Wilson, por sólo
citar algunos casos). Y esta intención fue convirtiéndose
en uno de los "atributos" esenciales de la revista.
Ya para el cuarto número —y último, aunque
aún no lo sabíamos— la novedad de propuestas
textuales, el rigor escritural y el interés que en
general había despertado la revista hizo que ésta se
agotara en menos de una semana. Una tirada de cincuenta mil
ejemplares. El siguiente quedó en galeras (en su doble
acepción...)
III
Hasta aquí la historia más o menos conocida
—aunque no por ello menos importante. El capítulo
que se abrió entonces entre la culminación del
tercer número y la preparación del cuarto marcó
el inicio de un fin aún imprevisible, aunque creo que
todos sabíamos que en cualquier momento la historia
podría terminar. Es el momento en que la aventura de
ND coincide con la gestación y desarrollo del Proyecto
PAIDEIA (proyecto que por estar ampliamente comentado en este número de Cubista no me detendré
a describir).
De una u otra manera, ya bien fuera como firmantes directos
del Proyecto PAIDEIA o como participantes alternos, la mayoría
de los integrantes del Consejo de redacción de ND y
de sus colaboradores habituales (Rolando Prats, Víctor
Varela, Marianela Boán, Arturo Cuenca, Rolando Sánchez
Mejías, Rogelio Saunders, Reina María Rodríguez,
Armando Suárez Cobián, Almelio Calderón,
Ricardo A. Pérez, Juan C. Flores, Jorge Luis Arcos,
Rufo Caballero, José Bedia, Pedro Marqués de
Armas, Emilio Ichikawa, Gerardo Mosquera, Flavio Garciandía,
Esther María Hernández, etc.) estaban relacionados
con el mismo. Era una propuesta sólida, coherente,
interesante y hasta convincente, aunque arriesgada y distinta
(dadas las circunstancias). Al PAIDEIA proponer un
programa cultural alternativo a la política cultural
del país, era evidente que todos los que en él
participaban, e incluso aquellos que simplemente simpatizaban
con él o lo apoyaban de alguna manera, fueran vistos
desde el inicio con ojeriza, luego con desagrado y finalmente
como simples y francos elementos cismáticos de la línea
oficial, políticamente incorrectos, "confundidos"
y "extraviados". Ya para entonces (aunque de modo
sutil) la fusta comenzaba a tensarse nuevamente.
A esto vino a sumarse la intención de Omar Pérez
de publicar en las páginas de Naranja Dulce
el texto (ver el dossier de este número) que contenía la
fundamentación teórica del Proyecto PAIDEIA.
Tal vez por haber sido ND una "edición especial"
de El Caimán Barbudo, por haber sido el local donde
se encontraba la Redacción de éste el mismo
utilizado por nosotros para las reuniones de ND, la figura
de Omar Pérez fue desplazándose sutilmente desde
su posición de coordinador de los encuentros, por las
mismas condiciones antes mencionadas (recuérdese que
era redactor de El Caimán...), a un ansia
pretenciosa por cierto liderazgo no confesado. Ya se habían
producido algunos roces entre él y algunos de los miembros
del Consejo, sobre todo por los criterios utilizados al argumentar
la defensa o el rechazo de algunos de los textos propuestos
para publicación. Era evidente que su posición
se radicalizaba, al priorizar, sobre todo cuando se discutía
un artículo donde el debate de ideas era el centro
de la cuestión, cualquier enfoque que aventurara hipótesis
arriesgadas o absolutas, aunque no estuviesen sólidamente
argumentadas. Tal vez suponiendo —tal vez no se equivocaba—
que en ese instante era más importante el impacto,
el grito, el corte tajante, que la demostración axiomática
del golpe o del sonido. Pero no era esa la posición
ni la opinión de otros miembros del Consejo de redacción
(y no por mesura o aprensión, sino por respeto a la
diversidad y a la solidez conceptual).
Creo que sobre todo por una cuestión estratégica
la mayoría del Consejo, así como el mismo Alex
Pausides, a quien siempre, como director de El Caimán invitábamos a nuestras reuniones, se opuso a la publicación
en ND del texto teórico del Proyecto PAIDEIA. Estrategia
que pretendía mantener lo que sosteníamos con
tanto trabajo, lo que ya comenzaba a tener detractores ansiosos
por hacerla desaparecer por meras discrepancias "estéticas",
y que había llegado a convertirse, pese a todo
—y aquella fusta que seguía tensándose...—
en la única alternativa posible para
la divulgación de un pensamiento diverso, audaz y altamente
perturbador dentro del pacato panorama editorial cubano de
ese momento. Publicar el texto del PAIDEIA en aquel
momento habría significado poner en manos de esos mismos
detractores antes mencionados —y otros ocultos y más
peligrosos— la justificación perfecta para hacer
desaparecer la revista: el Departamento Ideológico
de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba, institución
que tutelaba la edición de El Caimán Barbudo,
ya había invalidado políticamente las tesis
expuestas por PAIDEIA. Y como se sabe, este tipo de
decisiones en Cuba son irrevocables. Y tienen ramificaciones.
Estábamos a finales de 1989. El Muro de Berlín
había caído bajo el grito unánime de
millones de alemanes del Este que coreaban "nosotros
también somos el pueblo"; la "perestroika"
y la "glasnost" ganaban terreno en la Unión
Soviética, y en Cuba, aunque a todos nos pareciera
increíble en ese momento, un editorial del periódico
"Granma", órgano oficial del PCC, prohibía
la circulación en el territorio nacional de las revistas
Sputnik y Novedades de Moscú (¡)
Era evidente que la cuerda se había tensado otra vez,
cerrando el lazo (para no hablar de las puertas de los mercados):
a partir de aquí cualquier cosa podría suceder.
Luego de aquella agria y desagradable discusión, donde
finalmente se decidió por mayoría no publicar
el texto de PAIDEIA en ese momento,
vino una relativa calma, tensa aunque reconfortante por la
aparición del número 4 de ND, dedicado al erotismo
en la cultura, a mi modo de ver el mejor hasta el momento.
Pero ya se sabe que "todo se sabe", y de seguro
el tema —y la decisión— de aquella tormentosa
reunión había llegado a oídos de quienes,
seguramente, harían todo lo posible para que el texto
del Proyecto PAIDEIA no se publicara. Además, ya aquél
grupo comenzaba a hacerse molesto... Por lo que, a tono con
las nuevas circunstancias, impregnadas sobre todo por una
penuria económica que llevó al país a
extremos de miseria comparables a los de cien años
atrás, bajó un ukase que determinó
el cierre definitivo de Naranja Dulce por "falta
de papel". Ausencia que comenzaba a ser cierta. Sólo
que Naranja Dulce fue la primera revista
cultural que cerró por ese motivo.
IV
Lo que sigue también es conocido. Si casi todas las
revistas culturales que en ese momento tuvieron que cerrar
temporalmente por falta de recursos luego se las ingeniaron
para encontrar los insumos necesarios para mantenerse con
vida (donaciones, apoyo estatal, coediciones, etc.), Naranja
Dulce jamás pudo reabrir sus páginas a
los miles de lectores que ya para entonces la consideraban
una posibilidad importante de conocimiento y disfrute estético
y conceptual, diferente de todo lo que hasta ese momento había
existido en los últimos veinticinco años. Luego
comenzó la diáspora, y varios de sus fundadores
y colaboradores abandonaron poco a poco el país (y
no precisamente por causas económicas), por lo que,
de haber sido posible una "segunda época",
ya nunca hubiera vuelto a ser igual. De todos modos, es imposible
asegurar, diecisiete años después, que —de no haber
existido ningún obstáculo, ninguna dificultad
coyuntural— Naranja Dulce hubiese podido mantener
la cohesión de grupo y de pensamiento que la caracterizó
en la primera mitad de su corta vida, y continuar existiendo
como una de las alternativas artísticas más
rigurosas e interesantes entre las publicaciones periódicas
del panorama editorial cubano de fin de siglo. Su comentada
heterodoxia, lejos de ser un sello distintivo, suponía,
eso sí, una actitud hacia el conocimiento y el rigor
creativo, una "actitud ante la vida" —aunque esta
frase haya dejado de tener, para algunos, todo el significado
que merece— que intentaba desentrañar la esencia de
los fenómenos circundantes con pasión pero al
mismo tiempo honestidad, con cinismo y diafanidad, con audacia
y deslumbramiento, con humor y con dolor. Fue, sí,
una historia inconclusa, cuyo mérito fundamental, más
allá de de esos cuatro números que se nos deshacen
ya entre los dedos, quemados por el tiempo y la mala calidad
del papel, pero que aún pueden ser leídos con
tanto placer y atención como hace diecisiete años,
es el de convertirse en una posibilidad única, en un
testimonio de valor incalculable si se analiza como el espíritu
de una época convulsa y definitoria, que permite repensar
la historia cultural reciente de nuestro país y reflexionar
sobre ella, esa parte de la historia que hasta ahora el discurso
oficial se niega a revisitar. 
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