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Es imposible no recordar cómo, a inicios de lo que
en Cuba se llamó —y continúa llamándose—
Período Especial, las expectativas editoriales se redujeron
extraordinariamente y empezaron a florecer folletos de una
triste precariedad. Mi primera publicación independiente,
un cuaderno titulado Walkman (1992) —relato
de diecisiete hojas sueltas, aprisionadas por una cubierta
plegable de la peor cartulina—, se vendió mal,
como mal se vendían sus patéticos iguales. Papel
gaceta, impresión directa (con plomos fundidos toscamente)
y un par de colores incluido el negro. Tan sólo eso.
Sin embargo, la baja en la sinusoide de ediciones duró poco tiempo.
En 1993, según muchos el año más terrible
del Período Especial, se dieron a conocer dos antologías
—gratamente impresas (en Madrid) y editadas por la editorial
Letras Cubanas— que marcaron la aparición, con una
especie de hipervisibilidad, de poéticas donde se encontraba
la certificación de nacimiento de una nueva literatura
insular.
Naranja Dulce había comenzado su viaje desde antes,
una reconcentrada travesía vistosamente interrumpida
a causa de las restricciones del papel. Se hicieron unos cuantos
números, y cada uno de ellos contenía las filigranas
y los rezos que podemos imaginar en la superficie de una bala
de plata. Eran números densos, con un peso específico
notable. Quienes colaborábamos en sus páginas
nos dimos cuenta enseguida de que esas restricciones para
nada tenían que ver con la desaparición de la
revista, cuyos costes poligráficos eran muy bajos.
Naranja Dulce se había transformado en un casus
belli.
A la distancia de tantos años, creo que quienes hacíamos
Naranja Dulce —me gustaría contarme entre ellos—
estábamos fundando, desde sus frágiles hojas,
una manera distinta (en el territorio de la isla) de acoger
y reconocer la literatura. Me explico.
En la segunda mitad de los años ochenta, cuando ciertos
libros europeos llegaban a nosotros por los caminos más
enrevesados y difíciles, empezó a ocurrir algo
sustancial: la paulatina revelación de un grupo
de los entonces más jóvenes escritores, nacidos
entre 1960 y 1965, e incluso algo después de esa fecha.
Pero lo importante no era su aparición, sino especialmente
un concepto de literatura muy determinado que difundían
y practicaban —estos verbos deberían conjugarse
también en presente— quienes empezamos a publicar
a inicios de los años noventa.
Monte Ávila Editores daba a conocer entonces, con
cierta regularidad, los ensayos de Todorov sobre el símbolo,
las ideas de Frye en torno a la crítica, los gestos
del culto Steiner a propósito de Nietzsche y la tragedia
—Nietzsche estaba siendo leído aquellos días
con una inevitable devoción—, la prosa incandescente
de Maurice Blanchot, y una especie de autobiografía
muy meditativa de Roland Barthes. Blanchot era tan interesante
como teórico lírico de la escritura que como
narrador. Su noveleta La sentencia de muerte, publicada
por Pre-Textos, tenía entre nosotros una aceptación
parecida a la de sus breves ensayos contenidos en Falsos
pasos, donde, con una prosa tantalizadora, pasaba revista
a las gemas —las obvias y las ocultas— de la literatura
francesa. Frye entroncaba con el método mitopoético
de Eliot y el New Criticism, que para mí —educándome
entonces en la investigación de talante académico—
constituía un camino lleno de sorpresas. Los ensayos
de Steiner, y en particular su libro El fin de la tragedia,
eran leídos como actividad del pensamiento puro, del
pensamiento como estilo, y nunca como historiografía
literaria heterodoxa, pues Steiner, una suerte de disidente
creativo de la academia, era del grupo de Harold Bloom, de quien
conocíamos La cábala y la crítica,
y ambos integraban el grupo de los ensayistas-filósofos
que fundaban algo más allá de la mera interpretación,
algo más duradero y valioso que sus propios referentes
clásicos, por muy petulante que suene este juicio.
Por su parte, Todorov —Teorías del símbolo
y Crítica de la crítica— nos
resultaba muy atractivo. ¿Por qué? Porque hacía
la historia ficcional de sus juicios críticos
sin dejar de producir pensamiento culturológico del
primer orden. Ahora bien, Blanchot era el aliado perfecto
de Barthes, sin duda. Blanchot trataba al texto literario
como si estuviera vivo o como si fuera una emisión
actualizada que salía de una voz profunda, enterrada
en las capas más secretas del estilo, mientras que
Barthes jugaba con el texto literario y lo convertía
en sospecha. ¿Cuál era el motivo por el que
Barthes nos deslumbraba? Muy sencillo: él era más
interesante que muchos de los temas y asuntos que daban origen
a su prosa. La prosa de Barthes era —es— movilizadora
y está preñada de estímulos. Barthes
fue la demostración espectacular de que estamos hechos
de palabras y que el mundo es un texto infinitamente reversible.
Nietzsche, Valery, Mallarmé, Genet, Kafka, Lautréamont,
Klossowski, Bataille, Bachelard, Pessoa, Borges, Beckett,
Musil… la lista es harto selectiva, pero sus integrantes
se conectan de raíz: de hecho todos dialogan con experiencias
universales, con grandes problemas del espíritu, y
cada uno de ellos, sin excepción, era consciente de
que el arbitraje lingüístico lo virtualizaba todo
maravillosa y aterradoramente, al par que lo reificaba todo
sin remedio. Si a estos nombres agregamos los de Wittgenstein,
Deleuze, Foucault, Derrida, Beaudrillard, Virilio, Habermas
y Jünger, se tendrá una idea de cuán densas
eran las cepas de donde brotaban nuestras muy pensadas escrituras.
A rhizome-like writing.
¿Qué significaba todo esto? Significaba, en principio, que
habíamos encontrado un modo de interconectar distintas
redes culturales y específicamente literarias. Pero,
en segundo lugar, significaba que nuestras búsquedas,
encauzadas por caminos creativos diferentes, se asentaban
—con bastante tardanza: siempre tuve la fuerte impresión
de que estábamos descubriendo el agua tibia— fuera
del sistema autofágico y parroquial de la cultura cubana
entendida como monolito identitario. Un monolito con sus saludables
negaciones —Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante,
Severo Sarduy, Ezequiel Vieta, Lorenzo García Vega,
Reinaldo Arenas y otros pocos—, pero a la larga sumergido
en el magma de una actitud política que reinterpretaba
interesadamente los grandes iconos literarios, como sucedió con el Grupo Orígenes
y la revista homónima, por ejemplo.
Examinado en retrospectiva, ese sistema de ideas —o
más bien aquellas que se constituían en los
denominadores comunes de dicho sistema, si es que podemos
llamarlo así— fue el que, en parte, dio origen
a Naranja Dulce. Entonces pudo nacer una revista de tanteos
como aquélla, una revista donde el primer acto insinuado
desde el fondo mismo de sus textos era el de la relectura
ficcional, bajo cuya regencia las convenciones de recepción
se derogaban a favor de determinadas acciones comunicativas.
Una revista, pues, en permanente deuda con la fisiología
del proyecto que la inspiraba, y para la que pude escribir
un texto como "Notas para una tentativa ilusoria"
—donde hablaba exultantemente de la novela total y la
invención de la realidad desde la cultura— y
algunas notas para mi columna "La literatura maldita",
en la que me referí, por ejemplo, a William Blake,
o a los poetas metafísicos ingleses.
He escrito relectura ficcional: dislocación y cambio
de referentes, microscopía de los procesos de lectura,
estética del fragmento, preeminencia de la productividad
de la escritura contra la fijeza del texto, y testificación
consciente (pero sin caos) de todos esos procesos.
Otra hipótesis: si mi tradición, con
respecto a mi individualidad, son los textos a mi
alcance, ¿entonces qué?
Para decirlo en pocas palabras: con ese grupo de escritores
que hacíamos Naranja Dulce, y con otros que se mantenían
en su órbita sin saberlo —o que simplemente estaban
fuera de ella—, se volvía a las enseñanzas
de la vanguardia. El término posmodernidad,
que nos parecía un sinónimo no aventajable del
término posvanguardia, encabezaba la lista
de ciertas plúmbeas terminologías, más
propias de una confusa indigestión semiológica
que de asunciones auténticas en el caso de quienes
se adentraron en el laberinto postestructuralista de la mano
de Greimas, Prince y otros.
Se estaba practicando entonces, como he apuntado, un regreso
tardío (la parte mala de la insularidad es que, cuando
los robinsones son muchos, ya no hay Robinson ni platonismo
posibles) a los textos de ciertos prosistas europeos y norteamericanos
—Max Frish, Peter Handke, John Barth y otros—,
al universo del rock, al mundo de la mujer, a los espacios
imaginarios, al minimalismo, a la filosofía oriental
(y occidental), a las llamadas sexualidades minoritarias y
al orbe de la noche, juzgado útero del mito de la ocultación
—los aconteceres periféricos, marginales—
y del secreto. En la narrativa cubana de inicios de los años
noventa, por poner un caso, la enseñanza de las vanguardias
no había cesado todavía. Y, de acuerdo con determinados
hegemonismos estructurales de la textualización, cabe
hablar de relatos que rehabilitaron algunas prescripciones
de la vanguardia, y de relatos deudores, por la tendencia
paródica o intervencionista de sus estructuras, de
la llamada condición posmoderna.
Naranja Dulce se constituyó, creo, en un gesto romántico
que blandía el haz de suspicacias de la posvanguardia
—lo que Nathalie Sarraute llamaba la "era del recelo".
Un gesto que anhelaba unir un poco más al Autor con
la Literatura de verdad. Ese gesto repudiaba, por
el contrario, a la Institución Literatura, y respaldaba
a una literatura menor —no mediatizada—, de acuerdo
con lo que veían Guattari y Deleuze en la obra de Kafka.
La visita a los bordes universales, o el paseo por sus intersecciones,
eran los caminos deseables frente a la alternativa farsesca
de los caminos trillados y las efigies huecas. Para nosotros
la literatura debía ser una separación. Porque
el escritor verdadero, decíamos, debía vivir
en condiciones de peligro, o ser una especie de peleador salvaje,
o quizás ser él mismo un salvaje en relación
con la sociedad. Vaya: Arthur Rimbaud.
La buena noticia es que estuvimos a punto de creer de veras
en todo eso, para convertirnos en francotiradores del espacio
literario. ¿No lo fue Naranja Dulce, una revista que
dedicaba un número entero a los nexos del erotismo
y la cultura, con grabados del Max Ernst de Una semana
de bondad y una portada que reproducía El
beso, de Brancusi? Y en una sociedad como la cubana,
entre fines de los ochenta e inicios de los noventa, ser francotiradores
era estupendo. Bueno, qué digo: continúa
siendo estupendo. La mala noticia es que la realidad
de la economía literaria se impuso de golpe. Rimbaud
se marchó a África a contrabandear armas y piedras
preciosas. (El molusco insular se quedó sin caracol,
expuesto, y aunque muy pronto esa exposición valdría
por un enquistamiento de nuevo tipo, de momento empezamos
a vivir en la realidad real.)
Hubo un momento casi mágico en que el poema, el relato, o la indeterminada
escritura —y muchas veces era eso lo que se pretendía:
la irresolución genérica y la ductilidad estructural—
anhelaban constituirse en una resistencia (de estirpe lezamiana,
digamos) frente al paso del tiempo y la erosión de
las sensibilidades. Era el lenguaje contra el texto, el Autor
contra su huella. Casi nadie pensaba entonces en el mercado
de la literatura. Naranja Dulce fue un correlato de ese momento
frágil y demasiado efímero.
Dentro del panorama literario insular, el paso siguiente
fue ése: pensar a destiempo (y tardíamente) en el inevitable
mercado y sobrellevar, de la mejor manera posible, su triunfo
(la caída in media res) frente al burbujeante
absoluto de la literatura. Y el absoluto de la literatura
no dejaba de ser, precisamente, el ejercicio radical del lenguaje
desde la perspectiva de la identidad del escritor como un
fenómeno fonocéntrico. De cierta manera, cuando
hablábamos de los corrimientos de la identidad —sicológica,
sexual, biológica o de otro tipo, si es que esas clasificaciones
tienen algún sentido—, sabíamos que todo
se resolvía o se complicaba en la expresión
de su fisiología. La identidad era fonocéntrica.
¡La realidad toda era fonocéntrica! Monsieur
Barthes nos lo decía: confiad y desconfiad siempre,
con la misma intensidad, en el lenguaje. Para existir
como escritores hacía falta vivir en los límites,
aunque algunos de ellos —la mayoría— estuviesen
demarcados en una zona muy restrictiva del pensamiento en
torno a la escritura y la cultura. Una zona que, si no me
equivoco, tiene como vecinos al sexo, la locura y la muerte,
entre la esquizofrenia de un Artaud —cuyo médico,
el que le daba tratamiento de electrochoques, no veía
en él nada genial, sino más bien el más
puro y delirante desorden creativo— y la sobreventilación
de la sabiduría.
Pero me temo que todo eso no era real. Y si lo fue, ¿adónde
fue a parar?
La ética presumible de Naranja Dulce repitió
la estructura de algunos gestos éticos del pretérito,
donde las preguntas fundamentales eran dos: qué es
la literatura y qué es un escritor. Esos gestos se
ejecutaban, me parece, con la mirada puesta en algunas actitudes
extremas (y por lo general sabias) de la vanguardia
histórica, mientras que las preguntas reproducían,
casi a flor de tierra, el chisporroteante diálogo —nuestro
diálogo, que todo hay que decirlo— con el entorno
y sus estructuras de pensamiento más acreditadas por
la política. De más está decir que ese
diálogo fue tirante, muy tenso, infructífero.
O mejor dicho: sirvió para poner en claro una cosa
otra vez: que el denominado compromiso ideológico del
arte y la literatura es una zona de conflicto donde hay demasiados
(y muy provisionales) intereses de poder.
¿Cómo pensar un segundo siquiera en esos compromisos si,
al escribir y leer —leer y escribir, pensar y escribir—, estábamos
compitiendo no sólo con Cabrera Infante y Piñera,
sino también con Frish y el propio Beckett?
En lo que a mí concierne, el libro donde están
casi todas las huellas de casi todos estos dilemas es Salmos
paganos, publicado en 1996. En él saldé
mis viejas deudas (con Beckett, por ejemplo) y contraje otras
nuevas que no vienen al caso. Y a los efectos del pensamiento
sobre la literatura, que ha sido otro de mis caminos a lo
largo de veinte años y más, podría mencionar
"Silencio y destino", un ensayo panóptico, de
ascendencia postestructuralista, que surgió de mis
intentos por comprender el destino final de la crítica
y que también se publicó en 1996.
Los escritores-lectores de fines de los ochenta e inicios
de los noventa, en quienes se dejaba presumir un interés
plausible en la teoría literaria y las formas del pensamiento
filosófico contemporáneo, estimábamos
que la literatura era, por usar un esquema, la facturación
del texto desde su reflexión previa y simultánea.
Como si la escritura fuese una suerte de lectura. Y aunque
los referentes cardinales pertenecían al ámbito
lingüístico francés, no es menos cierto
que otras señales importantes provenían del
orbe de las literaturas centroeuropeas y del mundo anglosajón,
sobre todo de esa zona donde la cultura ciberpunk,
lo fantástico y la ciencia ficción elaboran
de conjunto un espacio que se extiende desde la conjetura
más atractiva y delirante hasta el realismo más
inmediato. Por ejemplo: Philip K. Dick, Joe Haldeman, William
Gibson y J. G. Ballard.
Naranja Dulce fue, supongo, la orgánica sublimación
de un gesto de individuación, un gesto a la larga ideológico
en tanto ontológico, que se separaba de un proyecto
de interpretación dominantemente social y político
de la cultura. Si la paradoja no es muy alocada, en su
condición de espacio para la individualidad grupal
Naranja Dulce hizo lo suyo como pudo —desparroquializar
los modelos, proponer las relecturas intercanónicas,
esquivar las intromisiones del poder político—
y se desmarcó de ese proyecto, que había sido
paulatinamente diseñado, con todas sus sutilezas y
afinaciones, para apoyar y expresar determinados compromisos
sociales del arte y la literatura y sus sucesivas alianzas
con la política cultural. La revista intentó
mostrar una parte (la otra se hallaba en nuestras cabezas)
de lo que podríamos llamar la utopía de
los saberes creativos, animando a la relectura de una
tradición que se me antoja muy diferente de lo que
se entendía entonces por tal en el campo cultural insular.
Por eso Naranja Dulce se metamorfoseó en una especie
de resistencia competitiva que tuvo dos rostros: el de la
búsqueda de nuevos horizontes de meditación
(y no sólo de la cultura) y el de la formulación
de un margen habitable en lo que toca a ciertas escrituras
que, en aquellos años, admitían sin sonrojo
el calificativo de emergentes.
En La Habana Crucial, agosto de 2005. 
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