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La anímula vagula blandula se adentra en la oscuridad y se confía en la virtud
cardinal de la fortaleza para no dejarse someter por el miedo y la muerte,
para mantenerse firme ante la necesidad de la Historia —se está... como trabajosa historia
de la salvación o como insensata perdición— y no perder el hilo de las cosas,
aunque en la desbandada de la batalla, ese hilo se enreda y se rompa... Claudio Magris
I
Se trata de recordar, durante las horas en que caminábamos los mismos
trayectos, pero ellos empiezan a despedirse de nosotros: los
edificios, las luces tenues, el hueco del pavimento
que creció milímetro a milímetro y ahora
se hace insalvable entre un amigo que se fue y tú,
aunque coloques "El tablón del ahogado" de
Ángel Escobar: "la nave que se hunde, siempre/
da náufragos; y todos los náufragos son huérfanos/
y creen en los augurios/ esas supersticiones que tienen los
deseosos/ pueden hacerlos llegar a otra costa, a una costa
cualquiera:/ calafatear otro barco y hacerse,/ de nuevo, a
la mar... hasta que la nave que cuidan sin melindres vuelva
a hundirse./Son además, tercos./ Volverán a
construirla/ una nave y otra son la misma/ porque tienen paciencia
y orgullo, y saben que siempre fueron náufragos, que
siempre fueron huérfanos... pero yo no soy un huérfano."
Aunque batalles aún por pasar las páginas de
una antología para vernos allí, ¡tan frágiles!
en aquellas fotos. Años de tanta fe y ambiciones como
granos desperdigados; años que nos dejaron vacíos,
huérfanos que, de una manera u otra, huimos a la desbandada.
Demasiada historia para el peso insignificante de una vida; demasiada pretensión.
Y ahora, contar, tampoco valdría de algo, pero calma
el morbo, contar. Durante aquellos 89-90 (yo, a punto del
cuarto alumbramiento), rendíamos nuestra última
batalla antes de la desbandada. "El objeto esculturado",
exposición con instalaciones en el edificio de tres
plantas que da sitio ahora al "Centro para el desarrollo
de las artes plásticas" se cerró a los
tres días de inaugurada la exposición y un pintorcillo
preso por cagarse sobre el periódico Granma. Recuerdo
aquel teléfono de madera puesto en una pared, y yo,
colgada del auricular pretendiendo llamar con la ingenuidad
de comunicarme y de que alguien comprendiera.
PAIDEIA existía aún, reuniéndonos en las
inmediaciones del Parque Almendares, junto al río pestilente,
y la mochila con agua azucarada por leche, para un bebé
que aún no caminaba. Allí, entre la frondosa
oscuridad, el claro gramsciano: queríamos un claro en
el bosque; un espacio para sobrevivir. Pero no hubo sitio
alternativo para los pintores, teatristas, filósofos,
poetas, reunidos por afinidades estéticas y amistad.
No cabían nuestros delirios poéticos en la
uniformada escalera de poder de los burócratas de turno
que ven el claro en el cielo (arriba) y no entre los matorrales
(abajo) junto a un río vencido por el fango.
La asfixia de entonces (mientras cargábamos una carretilla con trapitos,
colchonetas, zines, jabones prietos) dejados por alguien que
se iba, no es comparable a la asfixia actual dada por la mediocridad,
cuando el simulacro cerró las tenazas afincándolas
aun más. Esa enredadera, llamada anímula
vagula blandula creció hasta tomar por completo los
bordes del río, nuestros deseos y sentimientos. No
sé cómo sobrevivimos (sospecho que por la creatividad
desmedida): por el ego como único cuchillo, mientras
el mal nos enredaba, ocasionando el desmembramiento de los
huesos del muro (como la anímula hace) y después,
su muerte.
Íbamos a los cines por caminos apagados, ni siquiera oscuros.
No tuvimos ambiciones ni luz, más que para un mal té
vencido y unas galleticas traídas por alguien de paso,
sobras del desayuno de un hotel para turistas. Henri Deluy
(poeta y director de la Bienal de Val-de-Marne, en París)
llegó una madrugada a la Azotea, y en sus maletas traía
un cargamento de latas de pato francés y quesos. Después
de hartarnos, ¡sudábamos frío!
Pero PAIDEIA, que pretendió, entre otras cosas, ser
un programa televisivo para la desacralización del
artista y que grabamos y conducimos para la dirección
de estética del canal 6 de la televisión cubana,
Rolando Prats Páez y yo, un día y por "error de
alguien" —según nos dijeron después—, fueron
borrados todos lo casettes del programa que "por equivocación",
nunca llegó a salir al aire. Allí quedó
olvidada la casa de Omar Pérez (poeta y traductor),
con las paredes llenas de libreros arqueados en medio del
descascaramiento, como en Stalker, pero la dirección
del canal quería que "arregláramos un poco
el set" y fingiéramos, esas discusiones duraban
horas! Nosotros queríamos que se viera cómo
vivían los poetas, los artistas, el ebanista aquel,
el pintor más talentoso, no cubrir con apariencias
y flores plásticas la realidad de su miseria.
Durante algunos meses hicimos peticiones para lograr PAIDEIA
—cartas, manifiestos, reuniones hasta de catorce horas— pero
la barrera de contención decía "no"
a la alternativo; no, a la diferencia. Recuerdo el día
que compré un cake (y encontrar un cake por aquella
época era una gran hazaña), para al final de
la discusión con los funcionarios de la cultura, no
lograr nada y comernos la torta. Fue un "no rotundo"
a Paideia, como proyecto alternativo que insistía en
la dirección de las instituciones por parte de los
artistas. Desgastamos horas de discusiones en vano. Entonces,
mientras algunos se atrincheraron en la biblioteca creada
por Jorge Ferrer y Ernesto Hernández Busto para PAIDEIA;
otros se fueron a provincia, como Rosendo Ruiz y su mujer
sicóloga; como Julio Fowler, cantante, poeta y su hermano
Abel, aunque la mayoría (sobre todo los pintores),
se fueron del país a la desbandada.
El arribo del señor Domingo de Lucía a La Habana (1990-1991)
como mensajero de unas cartas, fue el inicio de un proyecto
de llevar pintores con sus obras a una exposición colectiva
itinerante por Venezuela que se llamó: "Nacidos
en Cuba". Los catálogos quedaron, pero los ideólogos
de tal exposición no volverían a la Isla más
que de visita y algunos nunca más. Ellos fueron: Félix
Suazo, Alexis Somoza y Abdel Hernández.
Los plásticos, que había llenado con huevos las banderas cubanas;
que habían hecho el perfomance "Patria o muerte"
con los ojos vendados en el Centro "Alejo Carpentier", donde
nos reuníamos con críticos y alumnos de las
escuelas de arte (unas trescientas personas de público
y ¡hasta más!); los plásticos que hicieron
las orgías con figuras políticas (como Tomás
Esson), se rindieron ante las continuas censuras de
sus espacios, pero los escritores, sin recursos para volar,
resistieron un poco más.
Me veo cargando las luces para un programa en el Centro "Alejo Carpentier"
y era el de Cuenca, el pintor; me veo grabando el trozo de
"La cuarta pared" que llevó Víctor
Varela y fue el desnudo (escándalo para la viuda de
Alejo), pero nunca pregunté cuál sería
el fragmento que representarían. Veo a un pintor embarrado
de petróleo correr por la bahía y lanzarse al
agua contaminada! Veo a Rafael Rojas dando una charla sobre
Herman Hesse.
Por eso la Azotea, dos años después de aquellas reuniones
de cada jueves en el Centro "Alejo Carpentier" (una semana de
"Logos" y la otra de "Poiesis") que fue
durante muchos meses el espacio de Paideia y que también
grabábamos para la televisión, como ya dije,
fue una promesa para reunirnos de nuevo, comer arroz con col
o "cerelac", una pasta prieta de dudosa confección.
Maletas de donaciones con ropas, jabones, cepillos de dientes
eran el tesoro que alguien traía, o la llegaba de algún
crítico importante (como John Beverly, de los Estados
Unidos); o la amistad de María Elena Blanco (la poeta
cubana radicada en Viena). O las fotocopias de los textos
de Roland Barthes que colmaban la maleta de alguien de paso.
Me encerré a estudiar metafísica, escuelas esotéricas:
Blavatsky, Gurdieff, Ouspensky, ya que la realidad no me aportaba
más que fracasos. Huía también. Poco
a poco, piedra a piedra, bajando y subiendo arena, resebo,
con un cubo atado a una roldana, se construyó una casa
que fuera escenario de tantos encuentros durante casi una
década y más.
Los escritores: Antonio José Ponte, Rolando Sánchez Mejías,
Pedro Marqués de Armas, Rogelio Saunders, Ricardo Alberto
Pérez, Carlos Aguilera, Alexandra Molina, Víctor
Fowler, Omar Pérez, Juan Carlos Flores, Almelio Calderón,
Ismael González Castañer, Rolando Prats, Francisco
Morán, eran los amigos que venían a leer textos
acabados de escribir y a conversar. Los vasos plásticos
fueron sustituidos por porcelanas traídas de la casa
de un viejo anticuario (Fortún) al que cambié
los viejos búcaros de bacarat de mi madre, y la buganvilia
debía crecer y resistir, a pesar de la falta de agua.
Fue así, como en el año 92 (con una invitación
impresa a manera de catálogo por Reinaldo López,
poeta), Antonio José Ponte leyó "Ah! bana",
su primera y aún inédita novela. Durante más
de cuatro horas, con lluvia torrencial y solo con un pequeño
receso para comer panes vacíos y duros, escuchamos
su lectura. A lo lejos, el ruido de las precarias antenas
de tv cara a San Lázaro y al Vedado pertenecía
a otro mundo. Éramos "los iluminados": "Se
apaga un municipio para que exista otro./ Ya mi vida está
hecha de materia prestada./ Cumplo con luz la vida de algún
desconocido./ Digo a oscuras: otro vive la que me falta./
(A.J.Ponte, "Vidas paralelas", 1993). Los gatos merodeaban
por los muros y algo quedaba siempre de sobras para ellos:
algunas cucharadas de sopa hecha con huesos de un antiguo
pollo reciclado de un homenaje a Julián del Casal traído
por Francisco Morán, un ala, un convencimiento, una
palabra.

De todos aquellos escritores no están en la Isla, ni Almelio Calderón,
ni Rogelio Saunders, ni Rolando Sánchez Mejías,
ni Alexandra Molina, ni Damaris Calderón, ni Jorge
Ferrer y su mujer filósofa, Marlene Rodríguez,
ni Francisco Morán, ni Rolando Prats Páez, ni Omar
Pérez, ni Armando Suárez Cobián, ni Ulises
(el filósofo-boxeador), ni Igor y Radamés Molina,
ni Eugenio Rodríguez, ni tantos y tantos otros. La
desbandada se los llevó por el mundo: los arrastró.
Algunos están en Barcelona, o en México, o en
los EEUU. Algunos escriben correos o cartas que se van extraviando
o se debilitan con los años, correos que un desperfecto
en la máquina o un apagón se llevan de pronto.
Otros ya no.
Aquí, en la Isla, los paquetes postales y las cartas son frágiles:
se abren con el pretexto de mejorar sus condiciones, "porque
han sufrido deterioro", dicen. Así que no hay
posibilidad para el misterio, para el comentario insidioso
o benéfico, para el clandestinaje de opiniones. Los
paquetes y las personas son custodiados a donde quiera que
vayan. Así, en desbandada se fueron las cartas, los
papeles certificados para lograr becas o salidas del país
y todos los inventos habidos y por haber! Pájaros que
deambulan hasta llegar a una tierra de transplante donde permancer
guarecidos de las inclemencias del poder, ese ojo inmenso.
En fin, no me quejo. Todos cambiamos, auque la vida (adentro) lleve la misma rutina cotidiana.
Me levanto antes de que amanezca y pongo correos a Pepe Calixto (en Miami),
a Rodolfo Häsler (en Barcelona), a Mandy (en NY). Estamos
desperdigados como granos enfermos; granos secos que se han
separado fermentados del conjunto. Si alguien se enferma no
lo puedes llamar (un minuto cuesta días de comida).
Cambiaron el dial de los paisajes, las tonalidades del arcoiris-ilusión
y los huevos se pudrieron en las franjas zurcidas. Si algo
siento ahora, es el deseo de una medida (lo único que
podríamos tener es la medida) o normalidad; el deseo
de que todo lo que deseamos no nos quede tan lejos, a una
distancia que impida sostenerlo.
Un escritor se alimenta de sus contemporáneos, los devora y se alimentan
de las cruces que se forman (los crucigramas de una época).¡Pero
no nos dieron tiempo de ser crucigrameros! Al mutilar esta
relación polémica entre los vivos se deteriora
también la relación con los muertos. Cortada
de un tajazo, la literatura cubana se alimenta de cauces cada
vez más estrechos y mutilados.
PAIDEIA, que tuvo su primer espacio físico
en el Centro "Alejo Carpentier" y en un programa televisivo
que nunca salió al aire, como ya dije, donde se expusieron
obras de los pintores y los escritores, se hicieron perfomances,
y se discutieron problemas estéticos de la época
(el realismo socialista, el intimismo, etc.) fue también
un lugar mental y físico para encontrarnos y decidir
sobre el destino de la creación, tener una voz pública,
y dejó de existir poco después de la censura
de las revistas "Novedades de Moscú" y "Sputnik",
cuando firmamos una carta contra la censura de esas revistas
(el primero en la cola para firmar fue el crítico Iván
de la Nuez y detrás yo), y esto fue visto como si fuéramos
un partido político que Paideia nunca fue; aunque fue
mal visto y prohibido por los funcionarios de la cultura para
los que representábamos un gran peligro a lo "glasnost".
Luego, Rolando Prats Páez (Cayo) entregó (a quien era
por entonces el tercer hombre del país) los documentos
de PAIDEIA. Poco después tuvimos una gran discusión
en mi casa, mientras le daba de mamar a la niña (1989).
Cayo alzó su mochila y embistió diciéndome
que "él sí era un comunista". Imágenes
infantiles que nos demuestran, lo ingenuos que fuimos.
Durante más de un año Cayo y yo no nos vimos. Él
se metió en un partido político de socialismo
democrático, y yo me encerré a estudiar otras
vías de escape hacia el esoterismo. El día 28
de enero de 1991 nos mudamos desde la casa abajo de mi madre,
a la azotea del edificio, sin papeles, sin nada legal, y seguimos
en la ilegalidad todavía. La Azotea fue bautizada con
antorchas encendidas sobre los muros sin repello. Aquel sitio
lleno de tuberías y escombros se convertiría
también en un refugio de artistas.
Azotea, 1 de agosto del 2005. 
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