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En un libro de Zygmunt Bauman, titulado In Search of
Politics (1999), se inserta un acápite que pareciera
escrito para intelectuales cubanos de la generación
del 80. Dicho acápite resume las ideas de Bauman sobre
las dificultades que experimenta el campo intelectual contemporáneo
a la hora de lograr una agencia política, plenamente
autónoma y crítica, en medio de una esfera pública
invadida por dos poderosas corrientes espirituales de la modernidad:
la totalitaria, que tiende a la anulación estatal de
lo privado, y la nihilista, que cultiva el desentendimiento
personal de lo público.
El acápite de Bauman se llama "Memorias de paideia"
y aparece a continuación de un apartado que lleva por
título "El ágora atacada". En toda
esa sección de su libro, Bauman inunda las páginas
de conceptos griegos como oikos, eclesia,
logos, polis... Hablar de política
postmoderna con terminología griega no parece ser,
como ilustran éste y otros casos (Castoriadis, Offe, Beck...),
una simple manía retórica o un alarde de erudición
clásica, sino un gesto del habla, determinado por la
necesidad de reconstruir la vida política desde sus
orígenes históricos.
Leyendo a autores contemporáneos como Bauman, nos
persuadimos de la sintonía con el pensamiento occidental
que alcanzaron los impulsores del proyecto PAIDEIA,
en La Habana de la segunda mitad de los 80 y principios de los 90. Aquella idea,
concebida por los escritores Rolando Prats, Radamés
Molina y Ernesto Hernández Busto y respaldada inicialmente
—antes de que el aparato ideológico y cultural del
régimen se propusiera su desarticulación a través
de chantajes, intrigas, amenazas, censuras e infiltraciones—
por la gran mayoría de los artistas e intelectuales
de la generación del 80, podría ser reconocida,
hoy, como el único esfuerzo de introducir en Cuba una
política cultural postmoderna.
Lo postmoderno de aquella aventura no sólo estaba
dado por la peculiar concepción de la autonomía
del proyecto —en un país cuya esfera cultural
estaba totalmente controlada por el Estado, los artífices
de Paideia no se propusieron una empresa privada,
ni reclamaron ser una extensión de cualquier institución
oficial, como en su momento fueron algunas de las más
importantes publicaciones de la época revolucionaria
(Lunes de Revolución, Casa de las Américas,
El Caimán Barbudo, Pensamiento Crítico...)—,
sino por el lenguaje, por la manera clásica de hablar
la política que predominaba entre quienes impulsaban
más activamente esa alternativa intelectual.
Paideia, como es sabido, es el ideal griego de cultura,
tal y como aparece expuesto en la obra, del mismo nombre,
del filósofo y filólogo alemán, Werner
Jaeger (1881-1961). Jaeger, quien dedicó su vida al
estudio de la Grecia clásica, escribió algunos
libros extraordinarios sobre filosofía antigua, como
su Aristóteles (1923) o el muy leído
ensayo La teología de los primeros filósofos
griegos (1952). Paideia (1934) fue, justo, el
último libro que Jaeger publicó antes de abandonar,
para siempre, su amada Berlín, que había caído
en manos de Hitler, y exiliarse en Estados Unidos.
En la Habana de los 80, Paideia de Jaeger era uno
de los libros más leídos por la juventud interesada
en la historia del pensamiento occidental. Ese texto y, tal
vez, el ensayo de Alfonso Reyes sobre los filósofos
presocráticos, servían de literatura de iniciación
en un arte de la retórica y el discurso, fundamentalmente,
orales, dada la falta de entrenamiento para la escritura y
la escasez de publicaciones sobre temas filosóficos.
Leyendo libros como el de Jaeger, algunos intelectuales de
la generación del 80, antes, incluso, de familiarizarse
con autores postmodernos como Foucault, Baudrillard, Lyotard,
Derrida o Habermas, o de proponerse, a partir de estos últimos,
una lectura seria de Hegel, Nietzsche, Heidegger o Adorno,
decidieron que su vocación era algo tan pretencioso,
inútil o frustrante como pensar Cuba.
¿Qué fue PAIDEIA? Empecemos por afirmar
lo que no fue. PAIDEIA no fue un movimiento o un
grupo, sino un proyecto y un espacio de sociabilidad intelectual.
Una propuesta, como decíamos, de política cultural
autónoma, diseñada por un puñado de escritores
y compartida, durante el brevísimo tiempo que duró,
por la mayoría de la comunidad artística e intelectual
de La Habana, en la segunda mitad de los 80. Dicha propuesta
consistía en ofrecer un espacio independiente de difusión,
es decir, no subordinado a ninguna de las instituciones culturales
del Estado (el Ministerio de Cultura, la UNEAC, la Asociación
Hermanos Saíz...), para la creación cubana más
joven y de vanguardia, en todas sus manifestaciones: teatro,
música, danza, artes plásticas, poesía,
narrativa, crítica y pensamiento.
Los impulsores de PAIDEIA lograron convencer a las
autoridades del Centro "Alejo Carpentier", en la Habana Vieja,
de que ofrecieran un salón para la realización
del proyecto. En ese salón expusieron sus poéticas
artísticas y literarias pintores como Flavio Garciandía,
Arturo Cuenca, José Bedia y Consuelo Castañeda,
escritores como Reina María Rodríguez, Marilyn
Bobes, Omar Pérez, Victor Fowler, Antonio José
Ponte y Emilio García Montiel, dramaturgos, músicos
y coreógrafos como Víctor Varela, Carlos Varela,
Caridad Martínez y Marianela Boán. Todas las
sesiones de PAIDEIA terminaban con un intercambio
con el público, en el que, frecuentemente, participaban
críticos como Gerardo Mosquera, Desiderio Navarro,
Osvaldo Sánchez e Iván de la Nuez.
Lo primero que llama la atención de aquel proyecto
es su naturaleza generacional. La obra que PAIDEIA
quería difundir era la realizada por creadores nacidos
entre los años 50 y 60, que no habían alcanzado
un reconocimiento pleno dentro de las instituciones oficiales
de la cultura, ya fuera por su juventud o su vanguardismo.
El rango generacional de aquellos artistas y escritores, sin
embargo, era muy amplio, ya que abarcaba desde poetas publicados
y premiados, como Reina María Rodríguez y Osvaldo
Sánchez, hasta narradores y ensayistas muy jóvenes,
que apenas rebasaban los veinte años, como Radamés
Molina y Ernesto Hernández Busto.
PAIDEIA fue, por tanto, un proyecto alternativo
de política y sociabilidad cultural que se proponía
actuar en los márgenes de las instituciones oficiales,
en buena medida, como un gesto que hiciera evidente que la
producción artística y literaria de la isla
resultaba inasimilable por el Estado. Aquel gesto de PAIDEIA,
en sintonía no sólo con la filosofía
postmoderna sino con la perestroika y el glasnost
que por entonces transformaban la Unión Soviética
y el campo socialista, hacía explícito el mensaje
de que la cultura producida en Cuba a mediados de los 80 no
podía ser representada por instituciones estatales,
diseñadas a la manera soviética, a principios
de los años 70. Pero PAIDEIA, al igual que
otros proyectos culturales de aquella década, como
Castillo de la Fuerza, Arte Calle o Hacer, no se planteaba
una ruptura con el Estado sino una negociación de su
autonomía por medio de una labor "complementaria",
"asistencial" o "pedagógica", que
enseñara al Estado cómo debía administrar
la nueva cultura.
Desde un punto de vista político, PAIDEIA
encarnaba, por tanto, la paradoja de cualquier política
cultural bajo un orden totalitario. En una esfera pública
totalmente estatizada, la autonomía cultural es siempre
relativa y los impulsores de PAIDEIA estaban muy
conscientes de sus límites. Sin embargo, la búsqueda
de la mayor independencia posible fue evidente y podría
ilustrarse no sólo con la relación más
bien distante con las autoridades de la Centro "Alejo Carpentier",
sino, también, con la breve, pero intensa, experiencia
de Naranja Dulce, el magazine literario que, aunque
editado como suplemento de El Caimán Barbudo,
órgano de la Asociación Hermanos Saíz,
logró inscribir un repertorio de ideas y obsesiones
muy ajeno a las demandas de legitimación ideológica
del régimen.
El proyecto, como indicaba su nombre, se proponía,
al decir de Bauman, una "búsqueda de la política"
desde la cultura. Los líderes de PAIDEIA tenían
muy clara la turbulenta historia de las relaciones entre los
intelectuales y el poder en las décadas previas y posteriores
a la Revolución. Sabían que desde los años
50 y 60 en Cuba se debatía el "compromiso"
o la "neutralidad" de los escritores frente a la
realidad política de la isla. Sabían que proyectos
intelectuales como La Gaceta del Caribe, Nuestro
Tiempo, Ciclón y Lunes de Revolución
habían criticado a Orígenes por su
ensimismamiento letrado. Pero sabían, también,
que la "neutralidad" origenista podía ser
asumida como una versión oblicua de "compromiso":
con la cultura, con la nación y no con la sociedad
o el Estado.
PAIDEIA demandaba, pues, la recuperación
del ideal griego de cultura, cuyos valores democráticos
eran primordiales, para formular, en términos lezamianos,
"otra manera de regir la ciudad": una política
del espíritu. En esa concepción letrada de la
política, no carente de ciertas pulsiones nihilistas
y aristocráticas, estaba la fuerza y, a la vez, la
debilidad del proyecto. Curiosamente, fue ese perfil letrado
el que, en la segunda mitad de los 80, le aseguró a
PAIDEIA una atmósfera subversiva. Por aquellos
años, cuando la política cultural del régimen
comenzaba a transitar de la demanda de compromiso a la demanda
de neutralidad, esta última era asumida, desde el poder,
como una apatía opositora, como un gesto de brazos
caídos.
Si PAIDEIA se hubiera producido una década
después, cuando ya la estrategia de despolitización
de los intelectuales y de canonización de Lezama y
Orígenes había sido consumada por Abel
Prieto, desde la UNEAC y el Ministerio de Cultura, entonces
el proyecto seguramente habría sido instrumentado por
el poder. Pero PAIDEIA se produjo a fines de la era
soviética, cuando el paradigma del arte como arma de
la Revolución seguía vigente y cuando la tradición
letrada de la isla era historiada y politizada desde los patrones
del marxismo-leninismo y el nacionalismo revolucionario. En
aquella época, el canon oficial de las letras todavía
giraba en torno a Guillén y a Carpentier, no a Lezama
o Piñera.
Fue esa naturaleza letrada de PAIDEIA la que movilizó
al poder en su contra. Las más fuertes instituciones
ideológicas y culturales de la isla (Partido Comunista,
Unión de Jóvenes Comunistas, Ministerio de Cultura,
Ministerio de Educación Superior, UNEAC, Asociación
Hermanos Saíz) intervinieron en su desmembramiento.
A la hora de la neutralización, el proyecto contaba,
para defenderse, con una política cultural,
mejor definida en términos intelectuales que la del
propio Estado, pero carecía de una política
política y de recursos institucionales para sostenerla.
A favor de PAIDEIA actuaba una comunidad afectiva
y generacional, pero en su contra operaban la eficacia totalitaria
y una sociabilidad imberbe, poco entrenada en los ardides
de la autonomía.
En su libro Compromiso y distanciamiento (Barcelona,
Península, 1990), Norbert Elias describe muy bien el
estrecho margen de maniobra que poseen las políticas
intelectuales bajo un orden autoritario. PAIDEIA
fue víctima de esa estrechez: su estirpe letrada la
hacía peligrosa para un poder que subordina todo discurso
cultural a las demandas de la ideología legitimante.
Pero, a la vez, esa misma estirpe letrada dificultaba su intervención
pública a favor de la constitución de nuevas
subjetividades civiles, más autónomas y fragmentarias,
y le impedía documentar, como era su intención,
las poéticas postmodernas que estaban produciendo,
a su alrededor, las artes cubanas de los 80. 
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