XLIBRIS
El día que se sentó por primera vez en su silla
(o El milagro de la silla)
Miñuca Villaverde


Apenas llevaba 33 años de casada cuando decidió finalmente sentarse en la silla verde de loneta y hierro en donde él se sentaba.

Aunque la silla se la habían dado a ella como regalo de bodas, nunca antes la había podido utilizar. Era su propiedad, bien lo sabía él. Pero era él quien la usaba.

Lo hizo mientras él estaba fuera de la casa. A sabiendas de que no regresaría hasta tarde en la noche.

La primera vez, sólo se sentó durante unos segundos. Y no le hizo ningún comentario cuando él regresó de su trabajo.

Al otro día esperó a que se fuera de nuevo para sentarse en la silla. Esta vez duró un poco más, metida en aquella funda arquitectónica a manera de butacón, de la cual le costaba cierto trabajo alzarse. Pero lo hizo con tiempo suficiente para que él no viera las arrugas que ella podría dejar. Reflejo del delito.

No fue hasta varios meses después de realizar esta acción —que para entonces ya se le estaba convirtiendo en una adicción placentera que extrañaba en los días en que él no trabajaba—, cuando notó que algo extraño le pasaba:

Cuando se despertaba en la mañana salía del cuarto semidesnuda, como él hacía. Y en el camino hacia el baño tomaba el primer libro que encontraba —como él también hacía— para leerlo durante ese primer desagüe matutino del cuerpo.

Esto extendía su estancia en el salón de porcelana blanca y azul del baño, de cinco a 30 minutos. O más.

Especialmente cuando se tropezaba con alguna página de lectura que le interesara. O con alguna enciclopedia que, al abrirla, le ofreciera algo extenso o complicado.

Como por ejemplo, cuando encontró la palabra isobara. Según la definición que leyó era un término químico aplicado a los átomos que tenían el mismo número de masa (protones más neutrones), pero distintos números atómicos (protones libres en el núcleo). Por tanto, diferentes propiedades químicas.

Isótopos, siguió leyendo, a diferencia de las isobaras tienen el mismo número atómico pero diferente número de masa.

La puerta del baño la mantuvo cerrada, y cuando él le habló desde la cocina, urgiéndola a que viniera a tomar el desayuno, ella sólo atinó a responderle con un pequeño gruñido de, “no oigo”.

No era cosa de dejar en el aire aquel interesante tema químico. Un ejemplo de isobaras, leyó, es el del un isótopo de helio con uno de hidrógeno.

El ruido de la exprimidora de naranjas la sacó de su concentración.

Ya cuando iba a sumergirse en el tema de los isótopos isobáricos, con la esperanza de entender algo, sonó el teléfono y él no dudó en contestarlo, con tal de sacarla de su ensimismamiento literario.

“Es tu hija”, le dijo. Sabiendo que ella no se negaría a hablarle.

Esa noche fue de fiesta y ninguno de los dos se sentó en la silla. Todos se reunieron en el sofá nuevo de la sala, que ahora pertenecía, por su enorme tamaño, a los dos.

Ya no era aquel otro en donde él se tiraba a todo lo largo y le dejaba a ella sólo un pequeño espacio para sentarse, colocando sus pies sobre las piernas de ella, única forma que ella tenía de lograr un lugar en aquel otro asiento.

Pasaron las semanas y ya no era sólo sentarse por unos minutos en la silla del cuarto, para ver la televisión. Ahora también se atrevía a encender el aparato electrónico portátil que él había comprado. Con radio, casetera y disco compacto.

Como un añadido él había traído unos auriculares para oír los conciertos clásicos o de jazz, desde aquella silla. “Sin molestarla”.

Una forma de privarla de la música —que ella entendió como una delicadeza de su parte— para permitirle ver sus novelas y noticias por televisión sin ser interrumpida.

Sigilosamente —como si él estuviera en la casa, o pudiera escucharla a varios kilómetros en la distancia, allá en su trabajo— ella conectó el radio y se sentó a oír las noticias locales.

Pero algo la inclinó a cambiar de estación y, pasando a la frecuencia modulada, detuvo el dial en la estación de música clásica.

Se acomodó en el asiento verde y cerró los ojos, como él acostumbraba a hacer cuando escuchaba esa música.

Alzó las persianas y desde la silla observó el árbol de su jardín. Escuchó entre los silencios de la música el canto del pajarito que pocos días atrás había llegado al vecindario. Y que en las noches cantaba como un sinsonte.

Cada día tenía más cuidado de no dejar rastro de su estancia en la silla. Llegó hasta a sacarle el forro y plancharlo, para eliminar cualquier arruga.

En cuanto al equipo electrónico, siempre le dejaba colocado encima el pañuelo de seda de la India que un amigo le había traído a ella como souvenir de un viaje por esas tierras. Y que ella le había cedido a él ante sus quejas de que el polvo, que no se limpiaba en esa casa, estropearía las delicadas partes de que estaba compuesto el equipo.

Cuando él entraba por la noche al cuarto, de regreso de su trabajo, se encontraba el pañuelo en la misma posición en que lo había dejado; y la silla en su lugar. No sospechaba nada.

Ella había sacado hasta una foto de aquel rincón, que guardaba oculta en su cartera, y que extraía antes de abandonar el territorio invadido para mirarla y dejar todo igual.

Ella comenzó a notar, eso sí, que la silla iba cediendo, en su tejido de algodón, al peso de ella. Bastante más que el de él.

Así que decidió iniciar una dieta que le permitiera seguir sentándose sin ser descubierta. Pues ya había notado hasta un hilito suelto en el borde del forro, enganchado a la estructura de hierro de la silla.

Y llegó a buscar en una tienda de costura un hilo del mismo color, para reparar el daño con unas puntadas ocultas.

Justificó la dieta, diciendo que su presión arterial alta y su grosor la ponían en peligro de una embolia.

El tampoco sospechó.

La larga explicación que ella le dio sobre la dieta, el doctor, el colon, los alimentos, su forma de digerir, y hasta de defecar, sus pros y sus contras, él los aceptó sin chistar.

Sin darse cuenta de que era la primera vez que ella hablaba tanto de sí misma y de la fisiología de su cuerpo. Algo que sólo él acostumbraba a hacer.

Un día, casi un año después de haberse sentado por primera vez en su silla, ella se atrevió a más. Se colocó los audífonos de él.

Ahora ya no sólo escuchaba la radio, sino también incursionaba en las gavetas de casetes y entre las ristras de los discos compactos.

Primero oyó los compactos regalados como muestras en algunas revistas musicales, que su hija había traído a la casa y que contenían una variedad de fragmentos sinfónicos u operáticos interpretados por pianistas o violinistas famosos, cuyos discos pronto saldrían a la venta.

Con ellos practicó el uso del equipo electrónico.

Entonces se dio a la tarea de hacer una foto del estante en el que él tenía colocados, en su propio orden, sus discos compactos. Y hacer una ampliación de ésta, a escondidas, en la máquina copiadora de láser de donde él trabajaba, una noche en que lo fue a recoger.

Aquel enorme mapa que obtuvo, casi del tamaño del estantillo, lo guardaba doblado en mil pedazos en una cesta junto a su cama.

Lo había cuadriculado y numerado, del 1 al 10 y de la A a la Z, al igual que se hace con los mapas de las ciudades. Con esto evitaba cualquier equivocación a la hora de devolver a su lugar el disco usado. Ya se podía atrever a oír todos los compactos.

No se olvidó tampoco de tomar precauciones en cuanto a los audífonos. Midió con exactitud la longitud del arco que iba de oreja a oreja de él. Y siempre que terminaba de usarlos —adaptados a su cabeza—, los devolvía a su tamaño original.

Sólo una vez él le preguntó si había estado usando las orejeras; cuando al llegar en la noche, las vio tiradas en el piso .

“No, tú siempre las dejas allí, y yo no limpié hoy”.

“Es que están a la izquierda del radio, no a la derecha”.

Ella sintió un escalofrío, pero se hizo la dormida, metiendo la cabeza bajo la almohada, apoyada sobre su brazo izquierdo. Y no contestó.

Sintió el tic tac de su reloj y se dio cuenta de que, últimamente, no se lo quitaba para dormir. Lo mismo que él hacía. Costumbre que ella le criticaba.

Pero prefirió aparentar que dormía. Y se dejó el reloj puesto.

Con los días, al placer de sentarse y oír música se unió el placer de leer al pie de la intensa luz colocada tras la silla.

Al principio le costó trabajo ver las letras por debajo del reflejo de la bombilla de 100 bujías que él usaba. Pero no se atrevió a tanto como a cambiarla.

Comenzó por leer los libros en español que él amontonaba en algún rincón de su mesa de trabajo.

Que en otra época había sido de los dos. Pero que a medida que pasó el tiempo él fue invadiendo con sus papeles y libros. Y a ella le quedó sólo un extremo para cortar y coser, en su vieja máquina eléctrica, los vestidos de graduación para sus hijas.

Un día, años atrás, viendo que aquella mesa cubría demasiado espacio en el cuarto y no resolvía nada, decidió mandar a cortarla y dejarla sólo para él.

Con aquella tabla de madera serruchada se fueron la máquina de coser y los vestidos de fiesta. Y el pedazo de madera desechado pasó a ser una extensión central de la mesa de comer, que resultaba pequeña cuando venían varios invitados.

Tanta era su ansiedad por sentarse en la silla, disfrutar de la música, de los auriculares, de la lectura y de la luz, que desde que se levantaba no veía la hora en que él se fuera a su trabajo.

Ya no limpiaba, ni casi cocinaba. Sólo miraba el reloj, que ya no se quitaba ni para bañarse.

Ahora descubría autores —hasta ahora desconocidos para ella— de la literatura y de la música.

Descubrió a uno de Hispanoamérica que tenía un nombre que para ella era raro. Se llamaba Felisberto en vez de Filiberto; de apellido Hernández.

Un día, luego de leerse todo un tomo lleno de sus cuentos, que consideró demasiado fantásticos —pero que la hicieron volar en aquella silla más allá de las paredes de su casa—, osó tomar un libro en italiano de un tal Lampedusa.

Lo abrió sabiendo que no entendería nada. Pero su sorpresa fue grande cuando comenzó a leer el primer cuento y se vio trasladada, un 30 de julio de 1900, al cuarto de la madre del protagonista, un niño de tres años. Pudiendo seguir detalladamente la descripción de cómo la madre, ayudada por una criada llamada Teresa, se peinaba con un cepillo de plata.

El que, minutos después —siguió la lectura— dejaba caer, cuando el padre entraba al cuarto y le daba la noticia del asesinato del Rey Humberto la noche anterior.

Una y otra vez leyó en voz alta, llena de placer, la frase de mia Madre lasciò cadere la spazzola d'argento a manico lungo che teneva in mano...

La tarde se la pasó tratando de descubrir, entre los secretos del idioma, los secretos de la infancia del niño.

Aquella noche, cuando él llegó, ella le habló del autor italiano, pero sin decirle que había tocado el libro. “Tengo dos libros de él, pero dudo que lo entiendas”, le respondió él.

Al día siguiente ella se tomó también el atrevimiento de acercarse a la colección de libros en francés, colocados ordenadamente junto al pie de la cama, en el lado de él. Estaban recién llegados y todavía no tenían el polvo de la casa.

Prefirió ni tocarlos.

Ya cuando se sentaba en la silla no dejaba la puerta del cuarto abierta. Se encerraba para no oír ni el teléfono.

Un día los vecinos tuvieron que subir a su piso a ver si le pasaba algo, pues su esposo indagaba por qué ella no respondía el teléfono.

“Es que me quedé dormida”, se excusó.

“Pero si siempre duermes con el teléfono entre las piernas”, le dijo él molesto.

En realidad era que estaba escuchando, en los auriculares, una sinfonía de Mahler, el preferido de él.

Con el tiempo fue notando que la vista se le iba debilitando, como a él. Pero hizo caso omiso y siguió leyendo, adaptándose a los cambios más potentes de luz que él iba haciendo en la lámpara.

Llegó a hurgar entre sus papeles y a encontrar, para su felicidad, una lupa. Con ella podía leer las letras más minúsculas que aparecían en los libros, y a veces descubría números de edición o fechas obsoletas que no había necesidad de leer. Pero que si no lo hacía, sentía que perdía algo.

Un día él llegó antes de lo acostumbrado, y si no hubiera sido por las campanillas colgadas en la puerta de entrada de la casa, no se hubiera percatado de su presencia. Y la hubiera cogido in fraganti. Sentada en la silla.

Velozmente se levantó, colocó la silla en su lugar y, como ya no tenía tiempo de nada más, aparentó que limpiaba aquel rincón.

“¡Ay, qué susto me diste! ¿Qué pasó que llegaste tan temprano?”

“Nada, que no me sentí bien”.

Los días venideros fueron tristes. No tanto por la enfermedad que le provocó a él cierta fiebre, y las idas y venidas del doctor, sino por la imposibilidad de sentarse en la silla.

Se hubiera dado a la vieja tarea de ver la televisión desde la cama, pero ya esto no la satisfacía.

Cuando pasaba junto a la silla sentía una terrible tentación de sentarse. Y la limpiaba una y otra vez, como acariciándola; tocándole sus formas, que ya eran las suyas.

Lo mismo hacía con los compactos. Les pasaba un paño seco, uno a uno, intentando oír, a través de sus manos, las melodías ocultas bajo sus cubiertas.

Ya se sabía de memoria más de una estrofa de esos conciertos, y las tarareaba mientras cocinaba.

Un día él la escuchó, y le preguntó de dónde sabía esa música. “La oí en el radio del auto”, le dijo ella. “Pura casualidad”.

Otro día, un amigo llamó desde Francia y como él no podía hablar por motivo de la faringitis que lo afectaba, ella contestó en francés. No dándose cuenta ni de que lo hacía ni de que él la escuchaba.

En los meses anteriores ya ella se había atrevido a tocar los libros en francés. Y como le pasó con el italiano, entendió también ese idioma como si fuera el suyo propio.

El le arrancó el teléfono y lo tiró, sin tener en cuenta a quien, del lado de allá de la línea, llamaba para preocuparse por él.

“¡Dime cómo lo aprendiste!”, le increpó. “¡Dime cómo sabes esa música que te oigo cantar en la cocina... Dime cómo sabes quien es Lampedusa!”.

“No sé de qué hablas”, le dijo ella sin alterarse.

“Me estás engañando”, continuó él.

“Son especulaciones tuyas”, replicó ella.

Perdiendo cada vez más la voz, él siguió inquiriendo.

“Estás más delgada. Ya no comes desordenadamente. Comes como un monje budista. No dices malas palabras delante de los otros. No te preocupas nada por la casa; si hay o no hay leche en el refrigerador... ¿Qué es lo que pasa?”.

Le hablaba desde la cama. Recostado sobre varias almohadas que ella le había colocado.

Entonces, sin emitir palabra, ella se fue a su cesta y abriendo un paquetico que acababa de llegar por correo extrajo un disco compacto de su interior. Con el disco en la mano, se dirigió tranquilamente hacia el equipo de sonido. Y lo colocó dentro de él.

Movió la silla en la dirección que siempre lo hacía y se dejó caer en ella. Ya con los audífonos tapándole las orejas, al diámetro justo de su cabeza, se dispuso a escuchar la nueva grabación del Beatus Vir, de Henryk Gorecki, que ella misma había mandado a pedir a una casa distribuidora de música clásica.

Y entonó en latín, junto con el coro de la Orquesta Filarmónica de Praga, los versos de la obra del compositor polaco, que venían escritos en un folleto acompañante.

Versos que pedían a Dios, en su justicia, que oyera pronto la plegaria de un alma que, con las manos elevadas hacia el cielo, clamaba por Él.

Desde la cama, sin salir de su asombro, él la escuchó cantar: “Domine, exaudi orationem meam: exaudi me in tua justitia. Expandi manus meas ad te: anima mea…. Velociter exaudi me, Domine...”  

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