Apenas llevaba 33 años de casada cuando decidió finalmente
sentarse en la silla verde de loneta y hierro en donde él
se sentaba.
Aunque la silla se la habían dado a ella como regalo
de bodas, nunca antes la había podido utilizar. Era
su propiedad, bien lo sabía él. Pero era él
quien la usaba.
Lo hizo mientras él estaba fuera de la casa. A sabiendas
de que no regresaría hasta tarde en la noche.
La primera vez, sólo se sentó durante unos
segundos. Y no le hizo ningún comentario cuando él
regresó de su trabajo.
Al otro día esperó a que se fuera de nuevo
para sentarse en la silla. Esta vez duró un poco más,
metida en aquella funda arquitectónica a manera de
butacón, de la cual le costaba cierto trabajo alzarse.
Pero lo hizo con tiempo suficiente para que él no
viera las arrugas que ella podría dejar. Reflejo del
delito.
No fue hasta varios meses después de realizar
esta acción —que para entonces ya se le estaba convirtiendo
en una adicción placentera que extrañaba en
los días en que él no trabajaba—, cuando notó que
algo extraño le pasaba:
Cuando se despertaba en la mañana salía del
cuarto semidesnuda, como él hacía. Y en el
camino hacia el baño tomaba el primer libro que encontraba —como él
también hacía— para leerlo durante ese
primer desagüe matutino del cuerpo.
Esto extendía su estancia en el salón de
porcelana blanca y azul del baño, de cinco a 30 minutos.
O más.
Especialmente cuando se tropezaba con alguna página
de lectura que le interesara. O con alguna enciclopedia que,
al abrirla, le ofreciera algo extenso o complicado.
Como por ejemplo, cuando encontró la palabra isobara.
Según la definición que leyó era un
término químico aplicado a los átomos
que tenían el mismo número de masa (protones
más neutrones), pero distintos números atómicos
(protones libres en el núcleo). Por tanto, diferentes
propiedades químicas.
Isótopos, siguió leyendo, a
diferencia de las isobaras tienen el mismo número atómico
pero diferente número de masa.
La puerta del baño la mantuvo cerrada, y cuando él
le habló desde la cocina, urgiéndola a que
viniera a tomar el desayuno, ella sólo atinó a
responderle con un pequeño gruñido de, “no
oigo”.
No era cosa de dejar en el aire aquel interesante tema
químico. Un ejemplo de isobaras, leyó, es
el del un isótopo de helio con uno de hidrógeno.
El ruido de la exprimidora de naranjas la sacó de
su concentración.
Ya cuando iba a sumergirse en el tema de los isótopos
isobáricos, con la esperanza de entender algo, sonó el
teléfono y él no dudó en contestarlo,
con tal de sacarla de su ensimismamiento literario.
“Es tu hija”, le dijo. Sabiendo que ella no
se negaría a hablarle.
Esa noche fue de fiesta y ninguno de los dos se sentó en
la silla. Todos se reunieron en el sofá nuevo de la
sala, que ahora pertenecía, por su enorme tamaño,
a los dos.
Ya no era aquel otro en donde él se tiraba a todo
lo largo y le dejaba a ella sólo un pequeño
espacio para sentarse, colocando sus pies sobre las piernas
de ella, única forma que ella tenía de lograr
un lugar en aquel otro asiento.
Pasaron las semanas y ya no era sólo sentarse por
unos minutos en la silla del cuarto, para ver la televisión.
Ahora también se atrevía a encender el aparato
electrónico portátil que él había
comprado. Con radio, casetera y disco compacto.
Como un añadido él había traído
unos auriculares para oír los conciertos clásicos
o de jazz, desde aquella silla. “Sin molestarla”.
Una forma de privarla de la música —que ella
entendió como una delicadeza de su parte— para
permitirle ver sus novelas y noticias por televisión
sin ser interrumpida.
Sigilosamente —como si él estuviera en la
casa, o pudiera escucharla a varios kilómetros en
la distancia, allá en su trabajo— ella conectó el
radio y se sentó a oír las noticias locales.
Pero algo la inclinó a cambiar de estación
y, pasando a la frecuencia modulada, detuvo el dial
en la estación de música clásica.
Se acomodó en el asiento verde y cerró los
ojos, como él acostumbraba a hacer cuando escuchaba
esa música.
Alzó las persianas y desde la silla observó el árbol
de su jardín. Escuchó entre los silencios de
la música el canto del pajarito que pocos días
atrás había llegado al vecindario. Y que en
las noches cantaba como un sinsonte.
Cada día tenía más cuidado de no dejar
rastro de su estancia en la silla. Llegó hasta a sacarle
el forro y plancharlo, para eliminar cualquier arruga.
En cuanto al equipo electrónico, siempre le dejaba
colocado encima el pañuelo de seda de la India que
un amigo le había traído a ella como souvenir
de un viaje por esas tierras. Y que ella le había
cedido a él ante sus quejas de que el polvo, que no
se limpiaba en esa casa, estropearía las delicadas
partes de que estaba compuesto el equipo.
Cuando él entraba por la noche al cuarto, de regreso
de su trabajo, se encontraba el pañuelo en la misma
posición en que lo había dejado; y la silla
en su lugar. No sospechaba nada.
Ella había sacado hasta una foto de aquel rincón,
que guardaba oculta en su cartera, y que extraía antes
de abandonar el territorio invadido para mirarla y dejar
todo igual.
Ella comenzó a notar, eso sí, que la silla
iba cediendo, en su tejido de algodón, al peso de
ella. Bastante más que el de él.
Así que decidió iniciar una dieta que le
permitiera seguir sentándose sin ser descubierta.
Pues ya había notado hasta un hilito suelto en el
borde del forro, enganchado a la estructura de hierro de
la silla.
Y llegó a buscar en una tienda de costura un hilo
del mismo color, para reparar el daño con unas puntadas
ocultas.
Justificó la dieta, diciendo que su presión
arterial alta y su grosor la ponían en peligro de
una embolia.
El tampoco sospechó.
La larga explicación que ella le dio sobre la dieta,
el doctor, el colon, los alimentos, su forma de digerir,
y hasta de defecar, sus pros y sus contras, él los
aceptó sin chistar.
Sin darse cuenta de que era la primera vez que ella hablaba
tanto de sí misma y de la fisiología de su
cuerpo. Algo que sólo él acostumbraba a hacer.
Un día, casi un año después de haberse
sentado por primera vez en su silla, ella se atrevió a
más. Se colocó los audífonos de él.
Ahora ya no sólo escuchaba la radio, sino también
incursionaba en las gavetas de casetes y entre las ristras
de los discos compactos.
Primero oyó los compactos regalados como muestras
en algunas revistas musicales, que su hija había traído
a la casa y que contenían una variedad de fragmentos
sinfónicos u operáticos interpretados por pianistas
o violinistas famosos, cuyos discos pronto saldrían
a la venta.
Con ellos practicó el uso del equipo electrónico.
Entonces se dio a la tarea de hacer una foto del estante
en el que él tenía colocados, en su propio
orden, sus discos compactos. Y hacer una ampliación
de ésta, a escondidas, en la máquina copiadora
de láser de donde él trabajaba, una noche en
que lo fue a recoger.
Aquel enorme mapa que obtuvo, casi del tamaño del
estantillo, lo guardaba doblado en mil pedazos en una cesta
junto a su cama.
Lo había cuadriculado y numerado, del 1 al 10 y
de la A a la Z, al igual que se hace con los mapas de las
ciudades. Con esto evitaba cualquier equivocación
a la hora de devolver a su lugar el disco usado. Ya se podía
atrever a oír todos los compactos.
No se olvidó tampoco de tomar precauciones en cuanto
a los audífonos. Midió con exactitud la longitud
del arco que iba de oreja a oreja de él. Y siempre
que terminaba de usarlos —adaptados a su cabeza—,
los devolvía a su tamaño original.
Sólo una vez él le preguntó si había
estado usando las orejeras; cuando al llegar en la noche,
las vio tiradas en el piso .
“No, tú siempre las dejas allí, y yo no limpié hoy”.
“Es que están a la izquierda del radio, no
a la derecha”.
Ella sintió un escalofrío, pero se hizo la
dormida, metiendo la cabeza bajo la almohada, apoyada sobre
su brazo izquierdo. Y no contestó.
Sintió el tic tac de su reloj y se dio cuenta de
que, últimamente, no se lo quitaba para dormir. Lo
mismo que él hacía. Costumbre que ella le criticaba.
Pero prefirió aparentar que dormía. Y se
dejó el reloj puesto.
Con los días, al placer de sentarse y oír
música se unió el placer de leer al pie de
la intensa luz colocada tras la silla.
Al principio le costó trabajo ver las letras por
debajo del reflejo de la bombilla de 100 bujías que él
usaba. Pero no se atrevió a tanto como a cambiarla.
Comenzó por leer los libros en español que él
amontonaba en algún rincón de su mesa de trabajo.
Que en otra época había sido de los dos.
Pero que a medida que pasó el tiempo él fue
invadiendo con sus papeles y libros. Y a ella le quedó sólo
un extremo para cortar y coser, en su vieja máquina
eléctrica, los vestidos de graduación para
sus hijas.
Un día, años atrás, viendo que aquella
mesa cubría demasiado espacio en el cuarto y no resolvía
nada, decidió mandar a cortarla y dejarla sólo para él.
Con aquella tabla de madera serruchada se fueron la máquina
de coser y los vestidos de fiesta. Y el pedazo de madera
desechado pasó a ser una extensión central
de la mesa de comer, que resultaba pequeña cuando
venían varios invitados.
Tanta era su ansiedad por sentarse en la silla, disfrutar
de la música, de los auriculares, de la lectura y
de la luz, que desde que se levantaba no veía la hora
en que él se fuera a su trabajo.
Ya no limpiaba, ni casi cocinaba. Sólo miraba el
reloj, que ya no se quitaba ni para bañarse.
Ahora descubría autores —hasta ahora desconocidos
para ella— de la literatura y de la música.
Descubrió a uno de Hispanoamérica que tenía
un nombre que para ella era raro. Se llamaba Felisberto en
vez de Filiberto; de apellido Hernández.
Un día, luego de leerse todo un tomo lleno de sus
cuentos, que consideró demasiado fantásticos —pero
que la hicieron volar en aquella silla más allá de
las paredes de su casa—, osó tomar un libro
en italiano de un tal Lampedusa.
Lo abrió sabiendo que no entendería nada.
Pero su sorpresa fue grande cuando comenzó a leer
el primer cuento y se vio trasladada, un 30 de julio de 1900,
al cuarto de la madre del protagonista, un niño de
tres años. Pudiendo seguir detalladamente la descripción
de cómo la madre, ayudada por una criada llamada Teresa,
se peinaba con un cepillo de plata.
El que, minutos después —siguió la
lectura— dejaba caer, cuando el padre entraba al cuarto
y le daba la noticia del asesinato del Rey Humberto la noche
anterior.
Una y otra vez leyó en voz alta, llena de placer,
la frase de mia Madre lasciò cadere la spazzola
d'argento a manico lungo che teneva in mano...
La tarde se la pasó tratando de descubrir, entre
los secretos del idioma, los secretos de la infancia del
niño.
Aquella noche, cuando él llegó, ella le habló del
autor italiano, pero sin decirle que había tocado
el libro. “Tengo dos libros de él, pero dudo
que lo entiendas”, le respondió él.
Al día siguiente ella se tomó también
el atrevimiento de acercarse a la colección de libros
en francés, colocados ordenadamente junto al pie de
la cama, en el lado de él. Estaban recién llegados
y todavía no tenían el polvo de la casa.
Prefirió ni tocarlos.
Ya cuando se sentaba en la silla no dejaba la puerta del
cuarto abierta. Se encerraba para no oír ni
el teléfono.
Un día los vecinos tuvieron que subir a su piso
a ver si le pasaba algo, pues su esposo indagaba por qué ella
no respondía el teléfono.
“Es que me quedé dormida”, se excusó.
“Pero si siempre duermes con el teléfono entre
las piernas”, le dijo él molesto.
En realidad era que estaba escuchando, en los auriculares,
una sinfonía de Mahler, el preferido de él.
Con el tiempo fue notando que la vista se le iba debilitando,
como a él. Pero hizo caso omiso y siguió leyendo,
adaptándose a los cambios más potentes de luz
que él iba haciendo en la lámpara.
Llegó a hurgar entre sus papeles y a encontrar,
para su felicidad, una lupa. Con ella podía leer las
letras más minúsculas que aparecían
en los libros, y a veces descubría números
de edición o fechas obsoletas que no había
necesidad de leer. Pero que si no lo hacía, sentía
que perdía algo.
Un día él llegó antes de lo acostumbrado,
y si no hubiera sido por las campanillas colgadas en la puerta
de entrada de la casa, no se hubiera percatado de su presencia.
Y la hubiera cogido in fraganti. Sentada en la silla.
Velozmente se levantó, colocó la silla en
su lugar y, como ya no tenía tiempo de nada más,
aparentó que limpiaba aquel rincón.
“¡Ay, qué susto me diste! ¿Qué pasó que
llegaste tan temprano?”
“Nada, que no me sentí bien”.
Los días venideros fueron tristes. No tanto por
la enfermedad que le provocó a él cierta fiebre,
y las idas y venidas del doctor, sino por la imposibilidad
de sentarse en la silla.
Se hubiera dado a la vieja tarea de ver la televisión
desde la cama, pero ya esto no la satisfacía.
Cuando pasaba junto a la silla sentía una terrible
tentación de sentarse. Y la limpiaba una y otra vez,
como acariciándola; tocándole sus formas, que
ya eran las suyas.
Lo mismo hacía con los compactos. Les pasaba un
paño seco, uno a uno, intentando oír, a través
de sus manos, las melodías ocultas bajo sus cubiertas.
Ya se sabía de memoria más de una estrofa
de esos conciertos, y las tarareaba mientras cocinaba.
Un día él la escuchó, y le preguntó de
dónde sabía esa música. “La oí en
el radio del auto”, le dijo ella. “Pura casualidad”.
Otro día, un amigo llamó desde Francia y
como él no podía hablar por motivo de la faringitis
que lo afectaba, ella contestó en francés.
No dándose cuenta ni de que lo hacía ni de
que él la escuchaba.
En los meses anteriores ya ella se había atrevido
a tocar los libros en francés. Y como le pasó con
el italiano, entendió también ese idioma como
si fuera el suyo propio.
El le arrancó el teléfono y lo tiró,
sin tener en cuenta a quien, del lado de allá de la
línea, llamaba para preocuparse por él.
“¡Dime cómo lo aprendiste!”, le
increpó. “¡Dime cómo sabes esa
música que te oigo cantar en la cocina... Dime cómo
sabes quien es Lampedusa!”.
“No sé de qué hablas”, le dijo
ella sin alterarse.
“Me estás engañando”, continuó él.
“Son especulaciones tuyas”, replicó ella.
Perdiendo cada vez más la voz, él siguió inquiriendo.
“Estás más delgada. Ya no comes desordenadamente.
Comes como un monje budista. No dices malas palabras delante
de los otros. No te preocupas nada por la casa; si hay
o no hay leche en el refrigerador... ¿Qué es
lo que pasa?”.
Le hablaba desde la cama. Recostado sobre varias almohadas
que ella le había colocado.
Entonces, sin emitir palabra, ella se fue a su cesta y
abriendo un paquetico que acababa de llegar por correo extrajo
un disco compacto de su interior. Con el disco en la mano,
se dirigió tranquilamente hacia el equipo de sonido.
Y lo colocó dentro de él.
Movió la silla en la dirección que siempre
lo hacía y se dejó caer en ella. Ya con los
audífonos tapándole las orejas, al diámetro
justo de su cabeza, se dispuso a escuchar la nueva grabación
del Beatus Vir, de Henryk Gorecki, que ella misma había
mandado a pedir a una casa distribuidora de música
clásica.
Y entonó en latín, junto con el coro de la
Orquesta Filarmónica de Praga, los versos de la obra
del compositor polaco, que venían escritos en un folleto
acompañante.
Versos que pedían a Dios, en su justicia, que oyera
pronto la plegaria de un alma que, con las manos elevadas
hacia el cielo, clamaba por Él.
Desde la cama, sin salir de su asombro, él la escuchó cantar: “Domine,
exaudi orationem meam: exaudi me in tua justitia. Expandi
manus meas ad te: anima mea…. Velociter exaudi me,
Domine...”  |