XLIBRIS
Última noticia (fragmento de novela)
Alejandro Armengol


1

El escritor frente a la casa. Hay un faro pequeño, insólito en el paisaje urbano. El faro permanece. La casa conserva su encanto. Está rodeada de árboles y singulares gatos de patas con seis dedos. Una herencia torpe, que les resta majestuosidad al andar. Hace años que el escritor no vive en la ciudad, pero la fotografía ha dejado de envejecer. En un local pequeño, contiguo a la vivienda, se venden sus libros. Poco queda de él en esta residencia que casi nunca fue su hogar, aunque en todo momento le quieren hacer creer lo contrario al que entra. Insistencia turística. No es la otra casa, con la correspondencia sin abrir sobre la cama; los zapatones cansados; los carteles de las corridas de toros y las mejores piezas de caza  adornando las paredes; la mesa donde solía escribir, de pie y descalzo —la frase se ha repetido hasta el cansancio, para quitarle soledad  y convertirla en una imagen pueril— a primeras horas de la mañana. Hay aquí apenas rastros del escritor atormentado y fanfarrón. Los intrusos miran y miran. Tratan de descubrir alguna huella, aunque sea en el lecho tendido, la pulcra bañera y el asiento de inodoro. Otra fotografía muestra a dos ancianas. Un encuentro luego de muchos años. Desposeídas. Nada denuncia su belleza perdida, el talento de sus amigos; las conversaciones que cada cual compartió y las penas y alegrías que engrandecieron sus vidas. Lo único que las salva es que fueron mujeres del escritor. Sólo eso.

No hay tiendas por departamentos en el pueblo y nadie se empeña en grandes proyectos de urbanización. Las calles son para caminar, recorrerlas en bicicleta o en motos pequeñas. Los automovilistas siempre ceden el paso a los peatones. Parejas de ambos sexos, o del uno y el otro caminan tranquilas e indiferentes. Negros y blancos no se miran con odio. Los residentes están acostumbrados al acento rudo del que pasa con ellos varios días, como corresponde a un lugar que vive del turismo. Cada cual a lo suyo. Muchos hacen lo que les permite sobrevivir. Nadie parece preocupado por doblegar al que está a su lado. Vencida la geografía con puentes y autopistas, los habitantes mantienen su singularidad e independencia practicando un afán modesto, digno de elogio.

A pocas cuadras de la casa del escritor —su mujer, la dueña verdadera y residente por largo tiempo opacada por la fama del ex marido— otro museo muestra la grandeza y lo efímero de dos exilios. Una reconstrucción que se va borrando con los días y una desgarradura que todavía persiste en el portón de la entrada. Una exposición de documentos y fotos. Imágenes de otro escritor que no logran trasmitir en esa figura frágil de levita negra, sin aparentar grandeza alguna, especie de Charlot de finales del siglo XIX.

— ¿Quién es el mejor escritor cubano?

Si estuviera con su mujer, ella a lo mejor le hubiera respondido: “Mi marido”. Pero no estaba con su mujer.

— Tenemos demasiados grandes escritores. Ese es nuestro problema. Es un defecto de las islas, de algunas islas.

— Házmelo —. Se acuesta boca abajo y él empieza a recorrer las nalgas con la lengua.

La mira de nuevo. Contempla la modesta cruz rodeada de astas. La cruz es blanca y las astas están desiertas. No hay banderas de las repúblicas latinoamericanas, que sólo deben colocarse en momentos de celebración. Este año nadie parece preocupado por la fecha, salvo ellos. El sitio permanece olvidado desde hace años y lo que van a realizar hoy no cambiará ese destino. Fija la vista en la larga franja de arena, que se dibuja nítida sobre el cielo; en las aguas transparentes que cambian de tonalidades azul y verde según la profundidad. Nada recuerda el nacimiento de un mundo y la muerte de varias civilizaciones. Desde hace media hora esperan, anclados en la bahía de San Fernando. Falta por llegar el resto del grupo. Un homenaje que sabe es una farsa. No es posible que aquí comenzara todo. Una vez más se lamenta del viaje.

— Va a ser el artículo que te va a costar menos trabajo en tu vida —y lo primero que le molesta es el tuteo, porque hace apenas quince minutos que se conocen y desde hace años se ha acostumbrado a que todos lo traten de usted.

— El reportaje...

La sonrisa de su acompañante le molesta más que el tuteo, y de nuevo se pregunta por qué aceptó almorzar con el organizador de la expedición, en ese restaurante de Miami cuya comida cubana detesta.

— No va a ser un artículo. Será un reportaje. Lo que hago una vez al mes para una revista en Cuba sí es un artículo. Lo que escribo semanalmente para el periódico de aquí se llama una columna de opinión. Lo que me encargaron fue un reportaje.

— Bueno, el reportaje.

— A las columnas algunos las llaman editoriales. Yo no. Siempre les digo columnas. Para mí, editoriales son los que expresan el punto de vista del periódico. Nunca he escrito editoriales. No me interesan.

— Este reportaje te va a salir sin ningún trabajo. No la vas a pasar nada mal.

— ¿Te puedo decir un secreto?

— Cuenta. Para eso estamos aquí. Para conocernos.

— No escribo nada que me dé trabajo. Si me diera trabajo no escribiría.

— Por supuesto. Eres de los mejores. O el mejor. La revista puso como condición que tenías que ir tú. De lo contrario no dan la donación.

— ¿Y el fotógrafo?

— Eso es otro problema. No necesitamos un fotógrafo. Las fotografías las tiramos nosotros. No cabe tanta gente en el yate.

— Quedé con la revista en que iba a ir con un fotógrafo.

— No hay espacio para tanta gente. Ellos me dijeron lo del fotógrafo, pero los convencí de que podían ahorrarse ese dinero. De lo contrario, tendría que alquilar otro yate. Es decir, la revista tendría que alquilar otro yate.

— Las fotografías son más importantes que lo que voy a escribir. Que vaya entonces el fotógrafo.

— Si no vas no dan el dinero y no hay viaje.

A los pocos años de llegar a Miami empezó a molestarle que lo trataran de usted y le dijeran “señor”. “Me estoy poniendo viejo”. Pero pronto se acostumbró y hasta lo encontró adecuado. Pensó que peor había sido al principio, cuando no resistía el español a pedazos de los adolescentes cubanoamericanos, quienes además tuteaban a todo el mundo, hasta a los ancianos. En Cuba nunca nadie le había dicho “señor”. Cuando volvió y empezaron a decírselo, se dio cuenta que el que regresaba era otro. ¿Regresaba? Nunca había regresado. Nunca iba a regresar. Ni siquiera muerto. Iba de visita, no como un turista pero tampoco como alguien que vuelve tras el fin del exilio. Para él el exilio no se había acabado. No se acabaría nunca. No tenía sentido que se acabara.

— Tienes un camarote para ti solo. Eres un privilegiado. Nadie más viajará tan cómodo como tú. Yo mismo voy a compartir el mío con otro del grupo, uno de los más jóvenes. Lo conocí hace tres meses, pero ya es uno de los miembros principales de la expedición. Eso es lo bonito de esta labor: enseñarle a los muchachos que han nacido aquí sus raíces cubanas.

— Hispanas. No vamos a Cuba.

— Allí empezó todo. Por eso estamos aquí.

— Estábamos aquí por Fidel Castro. Por lo menos hasta hace dos años.

— Tremendo. Tengo muchas esperanzas en esa isla. Después de las elecciones casi seguro regreso definitivamente. Te digo una cosa. Tengo tanta confianza en este viaje. Lo veo como un comienzo. Si Dios quiere, y todo sale bien, éste es el comienzo de mi regreso. Son cuarenta y cinco años de vivir lejos de la patria. Aquí me casé y divorcié dos veces y tengo tres hijos. Pero la patria es la patria.

Iba a preguntarle a cuál isla se refería. Porque hablaban de varias islas y alguna tendría que ser la más importante. Incluso el otro estaba empeñado en cambiarle el nombre a una. ¿Sería entonces esa la más importante, donde pensaba sacar algún dinero o mucho dinero, en dependencia de cómo lograra vender la película? ¿Era la que llamaba patria la más importante? ¿Pensaba sacar dinero de allí también? Ya eso a él le parecía bastante complicado. Y así y todo su interlocutor no se detenía, empecinado en meter más tierra en la mesa. Optó por algo más sencillo, aunque la respuesta a la última pregunta no dejaba de preocuparle.

— ¿Cuántos Kinko's hay ahora?

— No entiendo. Ustedes los escritores son muy crípticos.

¿Por qué usa esa palabra? ¿Es una solicitud para unirse al gremio? Se lo preguntó por breves segundos. Le disgustaba la posibilidad. Demasiadas cosas para preocuparse en apenas quince minutos.

— ¿Sabes lo que es un Kinko's? ¿Has estado alguna vez en uno?

— ¿Tú dices donde hacen fotocopias digitales?

— Eso mismo. Creo que ya hay dos en El Vedado. ¿Han abierto alguno más?

“No regreso hasta que no abran un Kinko's. No puedo vivir si tener un Kinko's cerca”. Pasó más de un año y quien se lo dijo todavía esperaba. La próxima vez le preguntaría cuántos Kinko's necesitaba. Tampoco sabía cuántos le bastaban a él.

— No lo sé. Nunca he ido a uno en Cuba. En realidad aquí tampoco. Las fotocopiadoras digitales se usan cada vez menos.

— Salvo cuando uno quiere conservar las páginas de un libro.

— Lo mío es la televisión de alta definición. Los libros son cosa del pasado.

— ¿Y las revistas?

— Perdona. ¿Dije algo que no te gustó? A ustedes los escritores no se les puede hablar de libros.

Se sintió aliviado. El tipo había retirado la solicitud antes de presentarla. Definitivamente no quería entrar en el gremio.

2

No se lo dijo a sus amigos, pero se alegró de la prórroga electoral que trasladaba para el próximo año las elecciones en la isla. Temía encontrar El Vedado lleno de pasquines y caravanas de automóviles recorriendo las calles y los anuncios políticos pagados en la radio y la televisión. Era su tercer viaje en los dos últimos años. Volvió a alojarse en el hotel Alaska, en 23 y M, porque era céntrico y no tan caro como los más recientes, y como en cada ocasión anterior lamentó no ganar lo suficiente para poder estar en el Nacional, donde la habitación más barata costaba dos mil dólares la noche.

Construido en el último año de Castro, el Alaska fue el primer hotel edificado con capital de los exiliados de Miami. Sus habitaciones eran estrechas y no valía la pena comer en alguna de sus tres cafeterías o en los dos restaurantes de la planta baja y tampoco en el del último piso, porque se aferraban a los platos típicos de otros sitios cubanos similares en el sur de la Florida. Quería aprovechar esos quince días para finalmente volver a caminar por la ciudad que había abandonado a los diecinueve años y sólo vuelto a visitar en dos ocasiones posteriores: durante la feria del libro dedicada a la literatura del exilio y cuando le encargaron un reportaje sobre el boom de los amarillentos carteles revolucionarios, que por entonces ya alcanzaban cifras astronómicas en las subastas internacionales.

Luego de Nueva York, La Habana era la mejor ciudad que conocía para recorrer en noviembre. Aunque era temprano y faltaban muchas horas para que llegara la brisa del mar a refrescar la temperatura de La Rampa, a las diez de la mañana se podía caminar por esa calle, ancha y en bajada y nunca ajena. Disfrutar de la mañana antes de que el sol de las doce la convirtiera en una franja hirviente y detenerse ante la entrada y los anuncios de los restaurantes y clubes multiplicados en cada piso de los edificios reconstruidos con furor, meses antes de que la avalancha turística empezara a ceder y la ciudad a adaptarse a ser un punto más del recorrido que ofrecían los cruceros caribeños.

Cambió de idea al llegar a la esquina de 23 y O, donde en una época estuvo el Pabellón Cuba, porque parte de la calle estaba cerrada por un edificio que estaban construyendo, y más abajo sabía que sólo se encontraría el mall de boutiques exclusivas que le recordaba demasiado a Bal Harbour. Regresó al hotel con tiempo para pedir el automóvil que había alquilado la noche anterior e ir hasta el restaurante La Carreta, en 12 y 23, donde lo esperaban para almorzar. Subió por 23, recién asfaltada y con un equipo moderno de semáforos, y disminuyó todo lo posible la velocidad para tener que detenerse en 23 y G. Ver brevemente el condominio que se alzaba donde una vez estuvieron el parque de John Lennon, el cine Riviera y El Carmelo de 23, y tratar de recordar que a veces cuando salía de la universidad hacía cola para merendar en El Carmelo. Pero no pudo, porque inmediatamente empezaron a sonar el claxon los autos que venían atrás y el tráfico compacto, en sentido contrario, le impedía ver mucho. Como la luz permaneció en verde, tuvo que seguir de largo.

Al llegar a Paseo sí lo cogió la luz y se detuvo y vio el colegio católico exclusivo para señoritas, donde sabía era imposible encontrar una en las aulas. Ella le había hablado que quizá mandaría allí a su hija por un año si la situación en Cuba continuaba mejorando. Sabía lo que eso significaba: que el banco estudiaba trasladar para la isla la sucursal latinoamericana y posiblemente a ella como parte de la junta directiva. Sin embargo, ni una palabra sobre las posibilidades financieras empañó la conversación aquella noche. Sólo oírla repetir que toda su vida había soñado que algún día la niña pudiera estudiar en ese colegio, porque fue allí donde una de sus tías vivió como monja enclaustrada casi toda su vida. Era esa la tía que más quería y por la cual había sido novicia en España.

En La Carreta de 12 y 23 entregó el automóvil en el valet parking y no entró al restaurante sino caminó hasta la esquina para contemplar el edificio que por años había sido el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos —adquirido primero por una firma dedicada al alquiler de locales para consultorios médicos— y la antigua Cinemateca de Cuba, cerrada para siempre porque ya estaban aprobados los planes para convertir toda la zona en el Centro Médico Atlantic —que se extendería por toda la manzana, entre las calles 23 y 25 y desde 11 hasta 12.

Un viejo amigo lo esperaba en La Carreta y se pusieron a recordar la época en que ambos eran periodistas en Miami. Ahora el otro era subdirector de Encuentro, el nuevo periódico establecido en Cuba por Pablo Díaz Espí con el objetivo de cumplir el sueño de su padre, el escritor Jesús Díaz muerto en España varios años atrás. Tras varios intentos iniciales de incipientes capitalistas de la isla —que en todos los casos duraron pocos meses—, la ciudad contaba con otros dos diarios además de Encuentro: Tribuna, donde escribían quienes hasta el último día permanecieron más o menos fieles al gobierno y El Heraldo de Cuba. Este último se redactaba una parte en La Habana y otra en Miami, donde se imprimía. De allí llegaba en el vuelo de las cinco de la madrugada, para distribuirse por toda la isla. Tribuna era el órgano semioficial de la junta militar que regía el país y se mantenía en gran parte gracias a la publicación de los anuncios gubernamentales. La impresión era de baja calidad, porque ninguna empresa extranjera se atrevía aún a invertir los cientos de millones necesarios para instalar prensas modernas y los nuevos capitales nacionales preferían apostar por la televisión. El Heraldo no era un periódico cubano, aunque estaba hecho para la isla. Pertenecía a The Miami Herald y contaba con tres secciones noticiosas: una internacional, otra con las informaciones de Miami —ambas reproducían el contenido de El Nuevo Herald, la edición en español para los hispanos del sur de la Florida que publicaba The Miami Herald— y la tercera con los acontecimientos nacionales, elaborada en La Habana. Encuentro era el único órgano de prensa realmente independiente y donde él publicaba al menos uno o dos artículos al mes.

— Dieron un pretexto para posponer las elecciones: que era imposible instalar este año el sistema de máquinas de votación— le dijo su amigo antes de ordenar el almuerzo.

— Sí, lo supe en Miami.

— El periódico ha comenzado una campaña de protesta. Este país lleva demasiados años sin que se realicen unas elecciones libres. No se puede esperar más.

— Dicen que Bush no va a aspirar para el próximo período, que en su lugar va a proponer a su hermano. ¿Qué hay de cierto en eso?

— La dinastía perfecta.

— ¿Pero es verdad que piensa retirarse?

— Se comenta eso. A mí poco me importa. Pero me parece que al final va a decidir quedarse para un quinto mandato. Si logró cambiar la Constitución en un par de ocasiones, no hay excusa legal para impedir que continúe reeligiéndose.

— Algunos piensan que a lo mejor Mel Martínez llega a la presidencia.

— Un cubano en la Casa Blanca.

— Parece que tiene el apoyo de la Coalición Cristiana.

— Todo el mundo pensó que Schwarzeneger sería el primer extranjero que llegaría a la presidencia.

— Lo usaron para lograr la tercera reelección tras la muerte de Cheney. Quién iba a decir que el Terminator sólo sería vicepresidente por dos años.

— Parece que fueron los asteroides, que finalmente le pasaron la cuenta.

— En Miami se comenta que la posposición de las elecciones tiene que ver con la bronca por el contrato de las máquinas de votación.

— No queremos aquí las mismas máquinas que usan los americanos. Es una forma de intimidación, en el mejor de los casos.

— Garantiza de que no voten los muertos, como ocurrió varias veces en Miami.

— Sí, pero eso de que la máquina tome una muestra de tu sangre y almacene luego tu información genética hace que en Estados Unidos todo el mundo vote con miedo. La gente está aterrorizada de que te formen un expediente y te acusen de antipatriótico. Por eso es que Bush ha logrado la mayoría en las dos últimas elecciones.

— No duele. El pinchazo no se siente.

— No jodas. Tú sabes lo que te digo.

— El mundo avanza cada vez más hacia el totalitarismo Made in USA. Los norteamericanos primero cambiaron su libertad por la promesa de seguridad. Cuando se repitieron los ataques terroristas, no les quedó más remedio que admitir que el miedo iba a regir todos los aspectos de su vida. Por eso votaron por Bush cuatro veces. Volverían a votar una quinta. No hay nada que hacer, por lo menos durante los próximos doscientos años.

— No queremos que eso ocurra en Cuba.

— Acuérdate que aquí aún gobierna una junta militar. Y por lo pronto, no se sabe por cuántos años más.

— No hay comparación con Venezuela, Brasil y Argentina.

— Es cierto, pero en un sentido negativo. El problema es que esos países pasaron de un respiro democrático al caos y la desintegración social. Primero la demagogia izquierdista y el restablecimiento de las dictaduras militares. Dieron un paso al frente y dos hacia atrás, como decía el viejo Lenin. En Cuba se ha dado un paso al frente, pero no hay que olvidar que es sólo un paso.

— Alguna gente está volviendo. Dicen que aquí hay más libertad que en Estados Unidos.

— Es cierto. Ustedes no tienen todavía un Departamento de Información. Anularon el servicio militar obligatorio, que allá instalaron de nuevo. No han cerrado por completo las fronteras. Pero en parte son las ventajas de vivir en un país chiquito.

— Europa se resiste.

— Porque al final han vuelto a ser países chiquitos al lado de Estados Unidos. Para ellos fue una bendición que fracasara la integración europea, que ésta se convirtiera en una organización tan inútil como Naciones Unidas. Pero tampoco la tienen fácil. Tras la Segunda Guerra Terrorista, no hay partido político que llegue al poder en Europa si no promete continuar con la política de cero inmigración.

— Son muchas guerras seguidas. Estados Unidos se está desgastando.

— ¿Desgastando? Fortaleciendo cada vez más. Al menos el Gobierno. Desde hace cuatro años no hay una protesta antibelicista. Las últimas fueron durante la guerra con Siria.

— ¿Te has vuelto republicano?

— Más bien me cansé de ser democrático, porque demócrata nunca fui. En la última elección por poco los demócratas sacan menos votos que los ecologistas. Se lo merecen. Clinton hundió ese partido.

— ¿La maldición de Elián?

3

— Eres un marrano.

— Y tú una puerca.

— Me haces sentir una puerca.

— Eres una puerca porque te gusta ser una puerca.

— ¿Adónde vas?

— A fumar.

— ¿Te vas a fumar un tabaco ahora?

— Si quieres lo fumo en la cama.

Lo dijo mientras abría la caja que tres horas antes había colocado en la mochila. Sacó un Montecristo No. 3. Quitaba el cerrojo de la puerta de cristal de la habitación que daba a la terraza y encendía el mechero aún sin pasar la puerta. La miraba burlón mientras la hoja comenzaba a desprender un humo que, sabía, ella trataría de hacer desaparecer un minuto después, con un atomizador que lanzaba una neblina desinfectante y empalagosa, que él detestaba. Especial para aniquilar el olor a tabaco, según el anunciante del producto. Ella los compraba por cajas y siempre llevaba uno en la bolsa cuando se quedaba a dormir en su apartamento, aunque después permanecía guardado e inútil porque él le tenía prohibido usarlo.

— Por favor, que la niña está en casa.

— ¿No iba a pasar el feriado con los abuelos?

— No quisieron que volara. Hay alerta naranja de amenaza terrorista.

— Desde el 2002 hay alerta naranja durante todos los feriados.

— Eres un irresponsable. Bien se ve que no es tu hija.

Se arrepintió de estar ahí. Debió llamar a un taxi en vez de ir a la casa de ella. La niña no le molestaba. Se ignoraban mutuamente las pocas veces en que se veían. Siempre rehuía a los hijos y las hijas de las mujeres con las que se acostaba.

“Al menos eso no se perdió. Mantienen la calidad. Pero no es un logro de los dos últimos años. Desde antes ya los estaban haciendo realmente buenos, fue cuando empezaron a exportarlos a este país.”

— Se me puede hablar de libros de cheques.

— Ya me habían advertido que eres un tipo con tremenda picardía.

— Ironía. No soy un pícaro.

— Sí, eso. A mí también me gusta joder. Pero esto es bien en serio. Es una labor patriótica. Para que los que están en Cuba conozcan sus orígenes. Yo sé que tú también eres un patriota. He leído una o dos veces lo que escribes los domingos en el periódico.

— Es mi hermano.

— ¿Tienes un hermano?

Pasó por alto la pregunta. Era un tema que rechazaba siempre. Por más de un motivo.

— Leíste a mi hermano. A mi nunca me publican los domingos. Yo salgo entre semana.

— Bueno, pero el patriotismo debe estar en la familia. Debe ser bonito eso de tener un hermano que también es escritor.

— Tengo dos —. Al minuto se arrepintió de hablar tanto.

— ¿Dos hermanos escritores? Ustedes solos podrían formar una editorial. Está bueno eso.

— Tengo dos hermanos escritores, pero sólo uno publica libros. Y ya tuvo una editorial una vez.

— Verdad que sí. Por cierto, me han dicho que se va a postular en las elecciones.

— No sé. La próxima vez que lo veas, se lo preguntas.

— Debería hacerlo. Eso es lo que necesita Cuba ahora: hombres inteligentes y con dinero.

— Díselo. A lo mejor se pone contento.

— Bueno, deja explicarte lo del grupo. Lo formé hace seis meses, pero hemos avanzado mucho. Nos reunimos un par de veces a la semana, en casa del capitán. Fue a mí a quien se le ocurrió lo de las reuniones. El capitán es quien nos da clases. El viejo lleva más de cuarenta años preparándose para esto. No puede fallar. También fui yo el de la idea de organizar la expedición. Desde hace dos meses ando buscando dinero. Casi he abandonado el negocio. Mi mujer está que arde. Pero vamos a triunfar, y tú vas a ir con nosotros para después contar todo lo que pasó.

Al salir de La Carreta de 23 y 12 buscó Zapata, dobló frente al Cementerio de Colón y pasó por la Canastilla Cubana y El Dorado y las otras mueblerías que se habían establecido en esa calle mientras resultó barato comprar varias casas en ruinas y acabar de echarlas al piso y edificar grandes almacenes. Escuchaba Here Come The Honey Man y luego The Pan Piper y luego Solea y dejó que el lamento de los metales invadiera el automóvil y creciera en ese lamento más agudo de la trompeta de Miles Davis en contraste con las flautas y el pícolo y el arpa que puntuaba las notas, bordándolas para una melodía delicada y fuerte como un encaje metálico, que cobraba fuerza a medida que el drummer iba imponiendo el ritmo en la caja y el encaje se transformaba en la cota de un guerrero que marchaba al combate y el redoble incesante cobraba fuerza y el soldado iba hacia la muerte sin saber siquiera que las tumbas quedaban detrás. Imaginó entonces que le hubiera gustado que el drummer fuera Barretico, al que nunca conoció pero del que le hablaba su hermano y al que admiraba por un par de grabaciones que sabía no tenían nada que envidiarle a Art Blakey o a Philly Joe Jones o a Max Roach, a los que sí conocía, aunque sabía que jamás escribiría de él —no porque no le gustara la música cubana sino porque ya su hermano lo había hecho— y se olvidó de Miles que seguía acentuando las notas y de los metales en crescendo y dejó que el redoble obsesivo y los cambios de ritmo del baterista, que cuadraba y descuadraba el obstinato de la orquesta, fueran por un momento la razón de vivir. ¡Miles Davis! ¡Quincy Jones!

Al llegar a la intersección con la Avenida de Rancho Boyeros se alegró de que el tráfico circulara con lentitud pero sin interrupción, porque ya estaba terminado el tramo de la nueva autopista que iba a conectar a El Vedado con la zona de los ministerios. Al detenerse en el semáforo para doblar a la izquierda y bajar por Carlos III contempló el edificio de treinta pisos, construido donde recordaba que en su niñez estaba la terminal de ómnibus interprovinciales. En el edificio tenían sus oficinas muchas de las compañías extranjeras que invertían en la isla. También pudo ver las grúas que se elevaban alrededor y en el centro del sitio en que en menos de un par de años se esperaba estuviera listo el Miami Mall —el mayor del Caribe, que no era mucho decir, y superior a todos los construidos en la costa este de Estados Unidos, que sí era un verdadero récord— y que edificaban en la antigua Plaza Cívica —luego Plaza de la Revolución y donde por décadas los cubanos habían acudido a escuchar a Fidel Castro. El nuevo centro comercial no sólo tendría capacidad suficiente para tiendas por departamentos, como Saks Fifth Avenue, Bloomingdaleís y Macyís, y sucursales bancarias del Chase Manhattan Bank y Citicorp. También simbolizaría el establecimiento definitivo del capital y el comercio norteamericano en la isla. Y si bien era cierto que incluso durante los dos últimos años de Castro las empresas norteamericanas habían logrado una fuerte presencia en la isla, el nuevo mall —ubicado en el lugar donde en una época se lanzaron las consignas más agresivas contra el capitalismo— consolidaba arquitectónicamente su carácter dominante.

Era también una solución salomónica puesta en práctica por la junta militar, renuente siempre a abandonar los terrenos donde en una época estuvo el Comité Central del Partido Comunista de Cuba —y ahora radicaba el Ministerio de Comercio Exterior— y los edificios que albergaban otros ministerios, como una forma de evidenciar que el proceso puesto en marcha por sus miembros era una continuidad y no un abandono de la línea trazada por Castro al final de su mandato. Continuidad que les aseguraba su permanencia en el poder, aunque en la práctica poco quedaba en el país del antiguo régimen comunista. Si bien era cierto que el Palacio Presidencial había vuelto a ser teóricamente la sede del Gobierno, éste cumplía una función puramente protocolar, ya que el centro de decisiones económicas y políticas se mantenía en los terrenos que rodeaban al antiguo búnker castrista. Por otra parte, desde su llegada al poder la junta había trasladado a esta zona el resto de los ministerios, aduciendo razones logísticas, pero en realidad para enfatizar que el área continuaba siendo el lugar donde se tomaban las decisiones que afectaban a la isla.

Bajó por la Avenida de Carlos III y continuó por Reina. Cuando llegó a Campanario no se detuvo a mirar para el balcón del apartamento donde treinta años atrás había salido para el exilio, porque tenía que decidir si doblaba por esa cuadra o por Gervasio, para buscar un estacionamiento seguro donde dejar el automóvil e ir caminando hasta la librería Canelo.

— En serio, ¿quién es el mejor escritor cubano?

— Ese de la foto.

— ¿No hay nadie mejor ahora?

— Nunca lo hubo y nunca lo habrá.

— Ustedes los cubanos siempre hablan de él, pero creo que es porque era un patriota.

— Yo no hablo de él. Contesto tu pregunta.

— ¿Qué libro de él me recomiendas que lea? Uno solo. Su mejor libro.

— No lo tiene. No salió un libro verdaderamente suyo mientras estuvo vivo. Se los publicaron luego, después de muerto. Como no estaba bien muerto, sacaron más libros. Todos hay que leerlos a pedazos. Algunos son buenos, pero no muy buenos.

— ¿Por qué entonces es el mejor escritor cubano?

— Por ocho palabras. Escribió un párrafo perfecto. Nadie ha podido hacerlo mejor.

— ¿Por eso nada más?

— No hace falta más.

— ¿Lo has intentado tú?

— Ni siquiera me he planteado el problema. Ese es mi problema.

— Ustedes los escritores se pasan el tiempo haciendo literatura. Todo lo que dices no es más que literatura.

— Precisamente.

— Vámonos — dijo ella, y el fotógrafo llamó a su mujer y él fue el primero que salió a la calle Duval. Los cuatro caminaron hacia el automóvil, que estaba estacionado en un lote seis cuadras más abajo.

— Al paso que vamos voy a tener que buscarme otro trabajo —le dijo el fotógrafo.

— ¿Tan grave es la cosa?

— La semana pasada despidieron a otros dos reporteros. Nada más quedan tres en todo el periódico. Dos para los noticias de espectáculos y uno para las informaciones locales, que lo que hace la mayor parte del tiempo es escribir obituarios y noticias de policía.

— Y todo gracias al Departamento de Información.

— Nos han jodío. Se comenta que para finales de año todos los periódicos van a venir con las mismas noticias, nacionales e internacionales. Ya empezaron a mandar también lo que se publica sobre la ciudad y el condado. Lo peor para nosotros es que también están enviado las fotografías. Dicen que nada más van a dejar un fotógrafo, para retratar a las viejas que cumplen cien años y los cumpleaños infantiles. Ahora el periódico tiene toda una sección dedicada a los cumpleaños. La gente no quiere leer noticias. Tampoco leen los cumpleaños, pero los espacios se venden bien. Lo peor para nosotros es que muchas veces los clientes mandan las fotografías. Para ahorrarse el costo del fotógrafo. También porque en la mayoría de los casos les cobran a los parientes si quieren aparecer en  la foto. Hay tarifas para abuelos, tíos, sobrinos y amiguitos. Nos cierran cada vez más. Dos meses atrás prohibieron tirar fotos en los estadios. Las fotografías de deportes también las manda el Departamento.

— Y ahora con la guerra va a ser peor.

— Del carajo. Hace más de un año que no salgo de Miami. Antes por lo menos me mandaban tres o cuatro veces a Latinoamérica. Ya no te admiten o no te dejan entrar con la cámara.

— Al menos antes te enviaban a Venezuela o a Perú. ¿Fuiste a Brasil antes del golpe?

— Nunca me mandaban tan lejos. No había dinero para eso. Pero estaba en Venezuela cuando tumbaron a Chávez.

— Tengo entre manos un reportaje y pagan muy bien. Les he dicho que necesito un fotógrafo. Lo hice pensando en ti.

— Avísame entonces, pero no sé que hacer. Si pido permiso en el periódico, de seguro me lo dan. El problema es que tengo miedo de que cuando regrese, me digan que ya no hago falta.

Caminaban delante y tenían que esperar por las dos mujeres, que se detenían a cada momento delante de las vidrieras que exhibían T-shirts. Vio como ella le agarraba la mano a la otra al pasar frente a una tienda de lencería.

— Tuviste suerte al volver de Belgrado. Te contrataron de nuevo en el periódico.

— Entonces me necesitaban. Todos los días había manifestaciones en contra de la guerra y protestas por el servicio militar obligatorio.

— Se acabaron las protestas y con ellas las fotos.

— Has hecho bien en no regresar a Cuba. Creo que en parte mi experiencia te sirvió de ejemplo.

— Tú fuiste él que no me hizo caso cuando te dije que no regresaras a Belgrado.

— Fue por el viaje anterior. Acaba de caer Milosevic. Estaba harto de Miami. Fue volver a comer una comida que supiera; otra vez vivir en una ciudad con varios periódicos y revistas literarias, con gente que se sentara a conversar y no estuviera todo el tiempo pensando en las tarjetas de crédito.

— Pero me dijiste que no había trabajo.

— Por eso regresé la primera vez. Volví a trabajar de freelance en el periódico, a retratar a la gente mientras le pedía que opinaran sobre cualquier estupidez.

— “¿Qué opina sobre el papel de Greenspan en la Reserva Federal? Bueno, yo creo que ha desempeñado su labor con eficacia, pese a las fluctuaciones del mercado bursátil y a las posibilidades de que la recesión actual devenga en una estagnación económica, agravada por el déficit comercial y la caída del dólar frente al euro. Juan Pérez, vendedor de flores en cualquier esquina”. ¿Inventabas esas respuestas?

— Las inventaba la editora. Tres respuestas favorables y dos desfavorables, de cualquier tema. Todas favorables si era una pregunta sobre el Presidente. Todas muy desfavorables si era una opinión sobre Castro. Algún comentario disidente de vez en cuando, para que no dijeran que el periódico no balanceaba la información.

— Lo mejor eran las tetonas.

— Lo único bueno.

— Siempre me las arreglaba para ir a Miami Beach y retratar a una tetona en bikini. A veces tenía que aflojar un poco.

— Tenías el estímulo de tus compañeros.

— Sí, pero dos o tres veces me amenazaron. Me dijeron que no iban a publicar más mis fotos si seguía trayendo tetonas.

Le cogió la mano por costumbre, pensó. Porque con la mujer del fotógrafo no se puede hacer nada. Ella sabía que él no iba a admitirla.

“Y eso que iba a ser monja”.

Avanza con los brazos en alto mientras se agarra los cabellos y los estira en una V peligrosa y desafiante, que me obliga a detenerme en el rostro de gata en celo, en el cuerpo de hechicera descalza que camina sin dar tiempo a que los pliegues que forma la tela puedan delatar los senos firmes que no conozco, que imagino aferrados a un aro metálico que se enrolla para cubrir los pezones y me condena a pasar la noche contemplándola.  

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