XLIBRIS
Barlovento (fragmento de novela)
Luis Manuel García


Cumplía su labor, fue oscuramente/un hombre que se pierde entre la gente,
/no ha dejado cosas inmortales. J.L. Borges (Enrique Banch)

Entre dos aguas, su cadáver sonríe

Un viento deshilachado del sur trae hasta la popa el resuello de la Antártida. El Profesor no puede reprimir un escalofrío. Sus andrajos son apenas un tributo a la decencia. Y si se mueve mucho, ni eso. Le consuela que en unos minutos no sentirá ni frío ni calor, ni hambre ni cansancio, pero sobre todo no sentirá dolor. Nunca más. Eso espera. Que le duela el alma es una cursilería de los malos poetas que le duelen a los lectores. Tampoco confía en la inmortalidad del espíritu. Ese minúsculo flujo de bajo voltaje se diluirá en la energía cósmica con el anonimato de un votante en las elecciones generales chinas. Y ya de paso se librará de esta brisa que se clava en su carne, colmillo de hielo, y de este buque, el Centauro, iceberg de sueños caducados en medio del mar. Ha aprovechado este minuto, a las cuatro y dieciséis de la madrugada, porque por primera vez en una semana, el dolor, que lo dobla en el jergón, le ha otorgado un receso, un tiempo muerto (qué expresión más exacta) para reorganizar su juego. Recuerda en este minuto a Luisito, cuya muerte interpretó en silencio —tampoco es cosa de ensañarse con los cadáveres— como un acto final de cobardía. A veces la pelona aparece como un espejismo de solución. En realidad —pensaba— es la irresolución final de todos los conflictos. Después de dos meses y medio sintiendo cómo el dolor le invadía hasta la última neurona, cómo él, tan altivo, se iba convirtiendo en un animalito presa del dolor: incapaz de articular una palabra, de moverse, de andar, sin fuerzas para contener sus orines y sus heces, ni para masticar un trozo de pescado, conservando apenas el pudor de no aullar día y noche de dolor y de angustia, el Profesor Urbano Rocasol empezó a comprender: Hay cosas peores que la muerte. La vida puede llegar a convertirse en el peor de los dones. Siente separarse de Marina. Poco a poco se ha ido confundiendo en su imaginación con Ochún, bella entre las bellas. Bajo la protección de Yemayá, quien la cubrió de joyas y le regaló el río. Cantaba y jugaba en el monte, amansando a las fieras. Ni siquiera el alacrán la picaba. Mujer de Changó, íntima de Elegguá que tiende ante ella los mejores caminos, Ochún es buena bailadora, alegre y fiestera (como Marina). Capaz de arreglar las riñas entre los hombres, también las provoca (como Marina también, mira qué casualidad), quizá porque es la más coqueta; hasta a los muertos sonsaca. Se aferra a la barandilla de popa. Le quema las manos, hielo seco. Y se encomienda a Yemayá. Durante toda su vida perseveró en la operación de blanquearse la memoria histórica, la inteligencia y la imaginación, derogando a los santos convocados por sus abuelos a contrapelo de su madre. Toda su vida fue una batalla contra su memoria genética, el aprendizaje del olvido. Tuvo que sobrevenir el desplome de todo, la bancarrota del positivismo Maximalista, la caducidad del progreso y su mitología, para que el Profesor Urbano Rocasol regresara a los santos que acunaron su infancia, los únicos capaces de explicarle esa tierra sin leyes del destino; ese Far West que la ciencia humana no podrá colonizar. Muchas cosas ha entendido de modo diferente en los últimos meses por intersección divina. El camino abierto por la luna a sus pies, al reflejarse en el plancton, le confirma que Yemayá ha escuchado su plegaria. Se encomienda a Olokun, dueño del océano, mitad hombre y mitad pez, quién sabe. Muéstrame tu verdadero rostro bajo las siete máscaras. Líbrate de las cadenas con que Obatalá te mantiene en el fondo del mar para que no destruyas el mundo. Ven a mí en este minuto. Muéstrame tu rostro rayado y redondo, tus ojos saltones, tus pestañas afiladas. Concédeme un sitio en el azul: un sitio para la tranquilidad y el olvido. El Profesor cruza con bastante dificultad la barandilla y echando un último vistazo al buque, se deja caer de pie. Su cuerpo rompe la tensión superficial y se sumerge cinco metros. El golpe de frío le corta la respiración. Abre los ojos, pero la noche más oscura de su vida lo rodea. El instinto le compele a bracear desesperadamente hacia la superficie en busca de aire. Se abstiene. Aunque nadie lo esté mirando, el Profesor se niega a hacer de su muerte un espectáculo de circo: resiste la tentación y se mantiene muy digno, a un metro de profundidad, gracias a los trozos de hierro que lastran sus bolsillos, mientras su instinto contiene la respiración sin que él pueda impedirlo. Pero ni siquiera su instinto puede contra su fisiología, y el Profesor respira su primera bocanada de agua. Tose, se desespera, está tentado de soltar la ferretería que lo hala hacia el fondo y bracear hasta la superficie, pero un atisbo del dolor regresa, un barrunto de sus últimos meses, le recomienda hundir las manos en los bolsillos, aguantar el lastre, y sumergirse más más más. El regreso es ya imposible. Una segunda, una tercera, una cuarta bocanada de agua van encharcando sus pulmones. El Profesor regresa a su respiración fetal, sumergido en el líquido amniótico de la Tierra. Reaprende el oficio de pez que un día ejerció en el vientre de su madre. Ya le resulta más fácil trasegar agua a sus pulmones. Una sensación de confort y de olvido, una tranquilidad y un silencio que desde hacía mucho no gozaba, afloja sus músculos y sus nervios. El dolor se disipa. La ingravidez resulta cómoda, impalpable, una sensación que no disfrutaba desde niño, adormilado sobre la panza flácida y entre las tetas enormes de su abuela. El Profesor se abandona a la mar sin reservas. Marina cruza un momento por su memoria, y se desvanece fugaz en la noche. Mañana la muchacha llorará su muerte hasta la deshidratación. Recordará su figura enorme y sabia, patermaternal desde muy pronto, recordará cuando de pequeña se sentaba sobre sus rodillas: el caballito al trote, al paso, al galope ahora. Y ella saltaba feliz, a horcajadas en la rodilla de su padre, hasta que se humedecía y una cosquillita deliciosa le subía desde el bajo vientre. Y entonces quería quedarse para siempre sobre sus rodillas, haciendo el caballito. Recordará que en alguna ocasión resbaló muslo abajo, y descubrió que algo largo y duro se levantaba en la entrepierna de su padre, quien daba entonces por concluida la equitación y la mandaba a jugar al patio a pesar de sus protestas. Pero el recuerdo de Marina ha pasado demasiado rápido por la memoria marinada de Don Urbano. Su último pensamiento, es decir, el último de los últimos —si después del último hubo un principio, no tenemos noticias—, es que siendo él un mero ratón de biblioteca, un perseguidor de verdades demostrables, y no habiendo pretendido jamás el poder, ningún dictador podrá vanagloriarse de un mausoleo mayor: el océano todo. Y entre dos aguas, su cadáver sonríe.  

 subir  intro | dossier | utopista | xlibris | cámara | stanza | blog