|
Cumplía su labor, fue oscuramente/un hombre que se pierde entre la gente,
/no ha dejado cosas inmortales. J.L. Borges (Enrique Banch)
Entre dos aguas, su cadáver sonríe
Un viento deshilachado del sur trae hasta la popa el resuello de
la Antártida. El Profesor no puede reprimir un escalofrío. Sus
andrajos son apenas un tributo a la decencia. Y si se mueve mucho, ni eso.
Le consuela que en unos minutos no sentirá ni frío ni calor,
ni hambre ni cansancio, pero sobre todo no sentirá dolor. Nunca más.
Eso espera. Que le duela el alma es una cursilería de los malos poetas
que le duelen a los lectores. Tampoco confía en la inmortalidad del
espíritu. Ese minúsculo flujo de bajo voltaje se diluirá en
la energía cósmica con el anonimato de un votante en las elecciones
generales chinas. Y ya de paso se librará de esta brisa que se clava
en su carne, colmillo de hielo, y de este buque, el Centauro, iceberg
de sueños caducados en medio del mar. Ha aprovechado este minuto, a
las cuatro y dieciséis de la madrugada, porque por primera vez en una
semana, el dolor, que lo dobla en el jergón, le ha otorgado un receso,
un tiempo muerto (qué expresión más exacta) para reorganizar
su juego. Recuerda en este minuto a Luisito, cuya muerte interpretó en
silencio —tampoco es cosa de ensañarse con los cadáveres— como
un acto final de cobardía. A veces la pelona aparece como un espejismo
de solución. En realidad —pensaba— es la irresolución
final de todos los conflictos. Después de dos meses y medio sintiendo
cómo el dolor le invadía hasta la última neurona, cómo él,
tan altivo, se iba convirtiendo en un animalito presa del dolor: incapaz de
articular una palabra, de moverse, de andar, sin fuerzas para contener sus
orines y sus heces, ni para masticar un trozo de pescado, conservando apenas
el pudor de no aullar día y noche de dolor y de angustia, el Profesor
Urbano Rocasol empezó a comprender: Hay cosas peores que la muerte.
La vida puede llegar a convertirse en el peor de los dones. Siente separarse
de Marina. Poco a poco se ha ido confundiendo en su imaginación con
Ochún, bella entre las bellas. Bajo la protección de Yemayá,
quien la cubrió de joyas y le regaló el río. Cantaba
y jugaba en el monte, amansando a las fieras. Ni siquiera el alacrán
la picaba. Mujer de Changó, íntima de Elegguá que tiende
ante ella los mejores caminos, Ochún es buena bailadora, alegre y fiestera
(como Marina). Capaz de arreglar las riñas entre los hombres, también
las provoca (como Marina también, mira qué casualidad), quizá porque
es la más coqueta; hasta a los muertos sonsaca. Se aferra a la barandilla
de popa. Le quema las manos, hielo seco. Y se encomienda a Yemayá.
Durante toda su vida perseveró en la operación de blanquearse
la memoria histórica, la inteligencia y la imaginación, derogando
a los santos convocados por sus abuelos a contrapelo de su madre. Toda su
vida fue una batalla contra su memoria genética, el aprendizaje del
olvido. Tuvo que sobrevenir el desplome de todo, la bancarrota del positivismo
Maximalista, la caducidad del progreso y su mitología, para que el
Profesor Urbano Rocasol regresara a los santos que acunaron su infancia, los únicos
capaces de explicarle esa tierra sin leyes del destino; ese Far West que la
ciencia humana no podrá colonizar. Muchas cosas ha entendido de modo
diferente en los últimos meses por intersección divina. El camino
abierto por la luna a sus pies, al reflejarse en el plancton, le confirma
que Yemayá ha escuchado su plegaria. Se encomienda a Olokun, dueño
del océano, mitad hombre y mitad pez, quién sabe. Muéstrame
tu verdadero rostro bajo las siete máscaras. Líbrate de las
cadenas con que Obatalá te mantiene en el fondo del mar para que no
destruyas el mundo. Ven a mí en este minuto. Muéstrame tu rostro
rayado y redondo, tus ojos saltones, tus pestañas afiladas. Concédeme
un sitio en el azul: un sitio para la tranquilidad y el olvido. El Profesor
cruza con bastante dificultad la barandilla y echando un último vistazo
al buque, se deja caer de pie. Su cuerpo rompe la tensión superficial
y se sumerge cinco metros. El golpe de frío le corta la respiración.
Abre los ojos, pero la noche más oscura de su vida lo rodea. El instinto
le compele a bracear desesperadamente hacia la superficie en busca de aire.
Se abstiene. Aunque nadie lo esté mirando, el Profesor se niega a hacer
de su muerte un espectáculo de circo: resiste la tentación y
se mantiene muy digno, a un metro de profundidad, gracias a los trozos de
hierro que lastran sus bolsillos, mientras su instinto contiene la respiración
sin que él pueda impedirlo. Pero ni siquiera su instinto puede contra
su fisiología, y el Profesor respira su primera bocanada de agua. Tose,
se desespera, está tentado de soltar la ferretería que lo hala
hacia el fondo y bracear hasta la superficie, pero un atisbo del dolor regresa,
un barrunto de sus últimos meses, le recomienda hundir las manos en
los bolsillos, aguantar el lastre, y sumergirse más más más.
El regreso es ya imposible. Una segunda, una tercera, una cuarta bocanada
de agua van encharcando sus pulmones. El Profesor regresa a su respiración
fetal, sumergido en el líquido amniótico de la Tierra. Reaprende
el oficio de pez que un día ejerció en el vientre de su madre.
Ya le resulta más fácil trasegar agua a sus pulmones. Una sensación
de confort y de olvido, una tranquilidad y un silencio que desde hacía
mucho no gozaba, afloja sus músculos y sus nervios. El dolor se disipa.
La ingravidez resulta cómoda, impalpable, una sensación que
no disfrutaba desde niño, adormilado sobre la panza flácida
y entre las tetas enormes de su abuela. El Profesor se abandona a la mar sin
reservas. Marina cruza un momento por su memoria, y se desvanece fugaz en
la noche. Mañana la muchacha llorará su muerte hasta la deshidratación.
Recordará su figura enorme y sabia, patermaternal desde muy pronto,
recordará cuando de pequeña se sentaba sobre sus rodillas: el
caballito al trote, al paso, al galope ahora. Y ella saltaba feliz, a horcajadas
en la rodilla de su padre, hasta que se humedecía y una cosquillita
deliciosa le subía desde el bajo vientre. Y entonces quería
quedarse para siempre sobre sus rodillas, haciendo el caballito. Recordará que
en alguna ocasión resbaló muslo abajo, y descubrió que
algo largo y duro se levantaba en la entrepierna de su padre, quien daba entonces
por concluida la equitación y la mandaba a jugar al patio a pesar de
sus protestas. Pero el recuerdo de Marina ha pasado demasiado rápido
por la memoria marinada de Don Urbano. Su último pensamiento, es decir,
el último de los últimos —si después del último
hubo un principio, no tenemos noticias—, es que siendo él un
mero ratón de biblioteca, un perseguidor de verdades demostrables,
y no habiendo pretendido jamás el poder, ningún dictador podrá vanagloriarse
de un mausoleo mayor: el océano todo. Y entre dos aguas, su cadáver
sonríe. 
|