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Tan distante del consonante nacionalismo de la mediocre y publicitada
Viva Cuba como del ambiguo naturalismo lírico de Suite
Habana, Utopía (2004, formato mini-DV) resulta
la obra audiovisual más crítica realizada en Cuba
en el último lustro. Frente a la sancta simplicitas
de intelectuales como Pablo González Casanova, quien declaró
en la “mesa redonda” del 26 de octubre de 2005 que el
“hombre nuevo”, si bien no logrado aun del todo, “anda
por ahí entre los jóvenes cubanos”, el cortometraje
de Arturo Infante muestra no ya lo lejos que estamos de la modélica
criatura guevarista sino los resultados lamentables de una ingeniería
social retomada hoy en esa grotesca campaña que ha dado en
llamarse, con inequívoca resonancia maoísta y para
insuperable degradación de la original noción platónica,
“Batalla de Ideas”.
Recurriendo
al tópico ya clásico de la utopía invertida,
Infante entrega en trece minutos sin desperdicio una aguda e hilarante
sátira del discurso según el cual el nuestro es “el
pueblo más culto del mundo”. Semejante chovinismo,
estimulado por un régimen cuyas reformas educacionales no
hacen sino aumentar el analfabetismo funcional de la población
y reproducirlo ingenuamente por no pocos de tales analfabetos, es
uno de los principales ingredientes del coctel ideológico
de la susodicha batalla, iniciada a raíz de las movilizaciones
por el rescate de Elián González, en cuyo marco surgió
precisamente el espacio televisivo —inicialmente modalidad
de las diarias “tribunas abiertas” que exigían
el retorno del niño balsero y hoy tribuna principal de la
ideología y las determinaciones del estado cubano—
en que el ex rector de la UNAM manifestó con toda sinceridad
su creencia en la existencia del hombre nuevo por las calles y guaguas
de Cuba.
Quienes han vivido en la Isla en los
últimos años captarán enseguida que cuando, en la tercera de las tres historias
que conforman la película de Infante, la muchacha que espera su turno para
pintarse las uñas dice haber oído en el “4” que el libretista de “La Traviata”
no es Verdi sino otro escritor romántico llamado Francisco María Piave, se
refiere al “Canal educativo”, creado en 2001 en función de una supuesta
“universalización de la enseñanza” que, contra toda lógica y sentido común, ha
llevado la Universidad a todos los municipios del país y convertido en
“integrales” a los profesores de nivel secundario. Y también darán fe, quienes
hayan vivido en Cuba o hayan visitado el país sin las orejeras ideológicas de
un González Casanova o un Santiago Alba, de que no es la ópera, programa al que
el “Educativo” dedica un instructivo programa los sábados en la noche, sino más
bien la telenovela de turno, el tema de conversación más común en ese espacio
por excelencia de sociabilidad femenina que es en la Cuba contemporánea la
“manicura”.
Discuten las dos muchachas sobre la autoría y otros detalles
de “La Traviata” como discuten los dos jóvenes
“aseres” en la mugrienta mesa de dominó sobre
la existencia o no del barroco latinoamericano. En el “pueblo
más culto del mundo”, donde los vulgares tomadores
de ron y las ordinarias mujeres en licra sazonan con “malas
palabras” sus querellas sobre temas de alta cultura o de academia,
la discusión pasa de la violencia verbal a la física
y, en uno de los casos, termina en sangre. ¿Dialéctica
de la ilustración? Para nada. No porque la ilustración
no pueda convertirse, en su extremo, en renovada barbarie, como
han señalado algunos analistas del nazismo, sino porque lo
que muestra Infante, a partir de una eficaz conjunción de
extrañamiento brechtiano y reductio ad absurdum,
es la contradicción entre la utopía y la realidad,
entre la ideología del estado y la conducta cotidiana de
la gente.
Si en su documental L.B.J (1968) Santiago Álvarez, uno de los mayores propagandistas de la
gesta revolucionaria cubana, satirizó el discurso del presidente Johnson
sobreponiendo a su imagen el sonido enfático y decadente de lo operático,
Infante presenta el desarrollo de sus tres conflictos como si se tratara de la
estilizada progresión dramática de una ópera, con su “Introduzione”, su
“Afrettando”, su “Agitato cum fuoco” y su “Patetico” final. El kitsch de la “Batalla de Ideas” y la
falacia de que somos “el pueblo más culto del mundo” son desinflados así de
manera rotunda. En el climático “Agitato” uno de los hombres le raja la cabeza
a otro con la botella de ron e insiste en que “el barroco latinoamericano sí
existe”; en el “Patetico” cierre el agredido yace exánime con el rostro
ensangrentado y las dos mujeres se revuelcan por el suelo halándose los pelos;
sólo el relato protagonizado por la niña de la “escuela especial” tiene happy
ending: logrando finalmente memorizar del todo el
poema de Borges que ensaya para recitarlo el día siguiente en un acto cultural,
Jésica sonríe satisfecha.
En este segundo cuadro hallamos una
significativa referencia gráfica al contexto político: mientras la esforzada
pero limitada estudiante interpreta su “poesía” podemos ver, detrás de ella, un
curioso ejemplar de ese reducto fundamental del kitsch comunista cubano que son
los “murales” de escuela primaria. Allí, además de los obligados símbolos
patrios, una imagen de Fidel Castro con el brazo en alto, en un gesto que algo
recuerda al saludo nazi, junto a una leyenda que reza “Muerte al invasor”,
título del conocido documental de Santiago Álvarez y Tomás Gutiérrez Alea.
Abajo, otro cartel, “Viva el partido”, remite claramente al unipartidismo
compartido por los totalitarismos
comunista y fascista.
La boba recita nada más y nada menos que “El golem”,
erudito poema de Jorge Luis Borges, con la gestualidad y el énfasis
con que suelen recitarse en los actos político-culturales
cubanos —matutinos escolares, “tribunas abiertas”
de la Revolución— versos apologéticos del régimen
como los de “Tengo” de Guillén o los de la “Elegía
de los zapaticos blancos” del Indio Naborí. En una
de las interrupciones, mientras el profesor regaña a la niña
por decir “jodería” en lugar de “judería”,
la cámara enfoca un instante la pizarra del aula en que transcurre
la escena: vemos el nombre de una asignatura —“Latín
IV”— y una frase ejemplar: “Homo homini lupus”.
¡En el país más culto del mundo hasta los retrasados
estudian latín y se familiarizan con la obra de Borges!
Pero “Golem” no ha sido escogido solo por tratarse de un poema
erudito, el último que se recitaría no ya en un acto
de una escuela especial, sino de una normal. En su contenido, reproducido
parcialmente en el cortometraje en una magnífica interpretación
de la actriz Beatriz González, hay también un indicio
de los propósitos satíricos de Infante. Aunque en
la versión medieval de la leyenda judía el Golem es
creado por el rabino de Praga con la intención de que protegiese
a la comunidad de los ataques antisemitas, es evidente que ésta
se deja leer también como una alegoría del desastre
a que conduce la soberbia de la criatura empeñada en emular
a su creador: algo de ello hay ya en la recreación que ofrece
Borges en su poema juvenil. La alusión a la pretensión
comunista de regeneración social, a la que subyace, como
apuntó sagazmente Camus en El hombre rebelde, una
soberbia divinización de la humanidad, es entonces perceptible:
la ingeniería del “hombre nuevo” preconizada
por Guevara no ha producido, al cabo de cuatro décadas de
pedagogía revolucionaria, sino al horroroso y pendenciero
golem retratado en los simétricos cuadros de Utopía.
El sueño de la razón, como han apuntado algunos comentaristas
del cortometraje, produce monstruos.
Rasgo distintivo de este Frankestein es la chusmería, esa
típica chusmería cubana que representan magistralmente
los actores convocados por Infante. Si es cierto que el dominó
es, tanto como el béisbol, nuestro deporte nacional, la chusmería
es hoy en día nuestra característica nacional. Y no
se trata, evidentemente, de una consecuencia de la miseria económica,
pues no se la halla entre los sectores marginados de otros países
de América Latina, pero no es tampoco un componente esencial
del “carácter nacional”, sino más bien
un producto del régimen que ha gobernado en la Isla desde
1959. ¿Habrá que atribuirla, como querría una
mentalidad conservadora, al encumbramiento de la “canaille”
por la desjerarquización que conlleva la revolución?
¿que rastrear su génesis en las consignas de los primeros
años, cuando la espontánea alegría del triunfo
fue cediendo paso a la manipulación estatal de la ingenuidad
y a la estulticia?
Ciertamente el fenómeno merece una
indagación tan acuciosa como la que Mañach le dedicara al choteo, pero no es mi
intención emprenderla ahora. Solo afirmo que, destruidos los antiguos valores
de la educación formal propios de la sociedad republicana y erosionados los que
promovía la cultura socialista (el “compañero” cede su paso al “señor”, que
regresa como esos otros signos del antiguo régimen que son los árboles de
Navidad, los regalos de Reyes y los empleados domésticos), solo queda en Cuba
la chusmería, que no está desvinculada, por cierto, de ese otro fenómeno digno
de un estudio sociológico que es la profusión en las más recientes generaciones
de nombres inventados: no por gusto el único nombre propio que aparece en el tercer cuadro de Utopía, el de alguien que cogió la gripe popularmente apodada “La
traviata”, es justamente “Yoyanka”.
A propósito de este asunto del carácter nacional, creo que habría
que comprender Utopía en relación con esa obra
fundamental del cine cubano que es Memorias del subdesarrollo.
Tanto la película como la novela plantearon de manera ambigua
y ejemplar un tema que en la década del 60 estaba en el aire
y que Sartre había destacado ese año en su ensayo
“Ideología y revolución”: la contradicción
entre los discursos republicanos y colonialistas sobre la decadencia
nacional, los que atribuían al “cubano” una innata
incapacidad para la democracia o el progreso, y la realidad grandiosa
de una Revolución empeñada en sacar a Cuba del subdesarrollo.
Recuérdese la secuencia inicial del “mozambique”:
en medio de la crisis de octubre, la entrega al baile viene a ser
una prueba tanto de la tradicional imprevisión del cubano
como de su contagiosa alegría; piénsese también
en los momentos en que Malabre/Sergio define el subdesarrollo, encarnado
para él en la magnífica frivolidad femenina de su
joven amante, como la incapacidad para relacionar las cosas y adquirir
experiencia.
Pues bien, Utopía puede leerse, con Memorias como
trasfondo, en dos sentidos diferentes. La primera lectura vería en la obra una
demostración de que es el carácter nacional, aquel sustrato de imprevisión y de
barbarie que se manifiesta en la chusmería cubana y en la incapacidad para
dialogar civilizadamente, lo que resiste una utopía hermosa y da al traste con
loables empeños culturales. La segunda lectura destacaría, en cambio, el horror
de la utopía totalitaria y consideraría la chusmería y la violencia como
consecuencias antes que causas. Creo que la primera interpretación, que
recupera el potencial crítico del cortometraje de Infante, recuerda no poco
aquel socorrido argumento que justifica los horrores del socialismo alegando
que el problema no está en el sistema, que sería bueno en sí mismo, sino en el
hombre, que con su natural egoísmo y falibilidad entorpece su funcionamiento.
Frente a esta lectura conservadora, pienso que sólo se
hace justicia al radicalismo de Utopía si lo entendemos
como una crítica del sistema antes que del carácter
nacional. ¿No es esa, después de todo, la única
perspectiva auténticamente revolucionaria, la única
que conserva el impulso ilustrado que una vez tuvo la revolución,
para oponerlo al oscurantismo en que la misma ha desembocado? La
Revolución es trágica, escribió Desnoes, expresando
el sentir de su época, marcada por el peligro nuclear de la
crisis de los misiles y la prometeica pretensión revolucionaria
de superar de una buena vez el subdesarrollo y la dependencia; y
lo trágico es grandioso, aunque esté condenado al
fracaso, o justamente por ello. La Revolución es cómica,
cada vez más en estos tiempos de “batalla de ideas”,
viene a recordarnos Arturo Infante en este singular retablo donde
hay que reírse, no ya de la pasión de Cristo como
en el célebre que pintara Grünewald, sino de la infinita
ridiculez de los discursos oficiales y su patético contraste
con la lamentable incultura de nuestro país. 
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