CÁMARA
Silvestre: toda hierba es carne
Ania Sánchez


La pintura naif inspiró a Silvestre para sustentar su obra en el Instituto Superior de Arte de La Habana (1988-1992), pues llegó siendo un autodidacta, con una pintura salvaje y amorfa. Aun así, ganó la atención y admiración que pocos en esa época conseguían de los profesores de la conceptuada generación de los ochenta (Flavio Garciandia, José Bedia, Osvaldo Sánchez); tal vez porque realizó un viaje contrario al de su generación, que se esforzaba por alcanzar una expresión conceptual y pop, basada en la crítica social, cayendo en clichés y comentarios desgastados; o sea, la continuación del discurso de los ochenta.

Así que mientras su generación conceptuaba, Silvestre aprendía a pintar. Comenzó con una escala pequeña, con temas anecdóticos, retratos de familia, la fábula, el chiste, iconografías de la pintura popular. El Aduanero Rousseau, pintor naif por excelencia, fue una inspiración para este viaje.

Después de conocer la obra de Frida Kahlo, Enrique Guzmán, Balthus, Marcel Proust, Albert Camus y Yukio Mishima, pinta la serie Toda hierba es carne (frase invertida del poeta T. S. Eliot), imbuido de un discurso ya más primitivista, existencial, autobiográfico y erótico, pues su retrato se convirtió en el ícono constante de sus cuadros, ahora en una escala mayor y totalmente cubiertos por una vegetación anatómica. Sus figuras hieráticas dan una sensación de susto o aversión dentro de una narrativa cargada de elementos fetichistas de esos años, pero con una visión intimista y bizarra, pues sus figuras se desgarran mostrádonos los símbolos que llevan dentro y los que les han impuesto; una especie de Cristo sufridor que lo lleva a tener una visión mítica de la realidad. Esto es lo que lo hace indiferente al tema que desarrollaban los pintores de su generación, quienes al ver los cuadros de Silvestre veían a un pintor 'de atelier' y no a un 'artista plástico'. Siempre se mantuvo al margen de las instituciones y de la relación arte cubano-mercado internacional, si bien nunca dejó de vender de manera aleatoria, y participar de muestras colectivas y personales organizadas por él mismo; una de éstas con el pintor Tomás Maceira, que tenía una misma línea de trabajo.

En el cuadro Adiós sueño, el primero de esta serie, Silvestre ya adelanta la lectura de toda su propuesta. El cuadro, de una vegetación abigarrada, es dividido por los colores rojo y verde, mientras que una figura duerme en medio de esta especie de línea del Ecuador; es el personaje fragilizado por un estado inconsciente, no consigue defenderse de esta irreversible verdad. El rojo abandona el cuadro; queda claro para él que la realidad tiene una composición siniestra y nos alerta para no luchar por algo que no nos pertenece, pues lo único que realmente se tiene es la soledad de ser uno mismo.

En 1997 Silvestre termina Toda hierba es carne y comienza a marginar totalmente su pintura, con deseos de recuperar aquellas imágenes de cuando comenzó a pintar, pero con una idea más clara del art brut, de los pintores del inconsciente y del expresionismo abstracto. La falta de materiales para trabajar lo llevó a enfatizar este lenguaje, pues usaba cualquier soporte y tinta para crear sus imágenes, ahora impulsadas por el automatismo psíquico.

Esta vez, las instituciones le cierran las puertas literalmente, pues Silvestre no respetó la linealidad de su obra o, como dirían los críticos, 'el estilo', que es lo que coloca al artista en el complejo binomio arte-mercado. Entonces abandona Cuba en 1999, para ir a vivir a Brasil. Marginado nuevamente por otras cuestiones, como identidad y legalidad, Silvestre no ha dejado de creer en su trabajo.

Hoy en día el rasgo más significativo de su obra es la constancia, creando un universo pictórico muy fuerte, enriquecido con toda una experiencia de vida, y aunque distante, toda hierba sigue siendo carne para él.  

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