STANZA
La maquinaria
Leonardo Guevara


Maaammmbooo...

Hay un  hombre viejo que baila en la calle del Obispo con arrugas en su frente. Arrugas en las que un buey podría arar la tierra, en las que otro hombre podría dejar sus huellas, en las que un pueblo podría desfilar también para reclamarle al gobierno. Yo me  ahogo en el sudor de su frente, en ese sudor que se convierte en océano para borrar las huellas del buey, del hombre y hasta de un pueblo, pero nos pide que bajemos a las profundidades para atraparnos para siempre.

Yo sufro. Le hablo a ese sujeto. Le miro desde una posición que trasgrede la imagen.

Ese hombre viejo tiene una malformación. Baila y la muestra a todos los transeúntes mas no quiero preguntarle al espejo ni ver sus ojos en los míos. Su actuación me traspola a la fiel imagen de algo por venir. Yo le veo cansancio en los ojos. Aun así  sigue bailando en la calle del Obispo. No se si para turistas o por amor al arte.

Hombre viejo que baila en mi interrogante, ¿tú nos muestras el defecto por la necesidad de pedir?

Professional dishwasher

Ay tía patria, cuanto dolor sobre mis costillas. Yo doblado fregando lo que tus hijos comen. Doblado como un profesional fregador de platos. Ay tía patria, el superior  –se cree– a mí, llega y no sacude los platos. Con sorna me mira por los soles que le alumbran el camino siguiendo la cadena de involución del hombre. Ay tía patria, no me quejo, sólo digo “Salir de este espacio sería menos doloroso  que cuando perdí el seno de mi madre”.  A  ella le cortaron mi amamanto, el otro fue reservado para tus hijos, dejándome huérfano con un madre mutilada por la realidad. Ay tía patria, cuanto dolor sobre mis costillas y yo doblado sobre mi espalda fregando lo que tus hijos comen.

Experimento de guerra

Rata en la Siberia, abandonada por esa mano que señala desde arriba. Camino en laberintos de un espacio a otro. Conozco cada obstáculo como la máquina programada para hacer ruido.

(Esa mano debería acariciarme desde abajo, antes que mis músculos se ejerciten para la guerra. Yo conozco cada pared y bloque. No salto, no chillo, sólo choco contra el asfalto en la dureza de la piel).

Rata, destinada a vivir en el laberinto que me construyeron pero no me ahogo ni me muero. Sólo espero el momento de pedir cuentas y pasarle las cuentas a quien me abortó en este absurdo experimento.

Todavía apegado al ego...

Todavía apegado al ego. Lo lamo, lo toco en cada parte sensible. Hay una autofelación en mi imagen.  Él crece, me devuelve al espejo, con la antropofagia de mis eyaculaciones; toma dimensiones de algo que va a explotar escondido en  mi ser.

Lo lamo en el dedo pequeño de tu pie. Le encuentro sensaciones nunca descubiertas por mi paladar.  Engendro su búsqueda en mi propio sabor, en mi propia testa sin la idea.  Y tú juegas, te conviene que siga en la ilusión del vicio y la trascendencia.

Todavía apegado al ego.

El parquebote

               Para mi hermano Ariel, para Juan Carlos...

El agua sobre el cuello del deseo. La desesperación oliendo a sal, entrando en el parquebote donde nadie puede merodear más de 30 minutos diarios y lo permitido es mirar al horizonte y devolverte a tus bloques: a los proyectos del agua con sal entrando en la nariz.

Tú no sabes bajo qué bandera navegan estos botes, –no hay nada que los identifiquen–,  aun así no puedes entrar al parquebote donde nuestro patriotismo regresa de la guerra y es confiscado para evitar el tráfico.

Pero no tienes un bote, no has visto tierras trasatlánticas, menos correr sobre el océano pacífico al hombre dios desnudo. Sólo tienes ojos y un  placer mental:  No más de 30 minutos diarios para mirar el horizonte.

No te detienes en circunstancias de límite...

No te detienes en circunstancias de límite.  No ves reflexión en el gesto que engendra, sólo recuerdas a la ponzoña en lo más sucio de su seno.  Un comentario  –dijiste–  tirado en la esquina como un perro cualquiera.

Yo reconozco lo flácido de la idea. Hago un charco. Los peces saltan, buscan y prefieren ser ensartados por la falta de luz. Nosotros nos vamos del péndulo. Equilibramos la vibración para no caer más bajo de lo que estamos. Nos hundimos con piedras en los bolsillos imitando al mito. Tú miras con desprecio la ontología.

Recordar a la ponzoña –dijiste– y me deshechas como a un seno cortado sin el roce de otro pecho. Te da repulsión ver. Vomitas mientras regreso en el límite dado a la reflexión.

País

La máquina trabaja en nuestros cuerpos, nos etiqueta y moldea. Nos da unas marcas de por vida –ya fuimos destinados al acto de corroborar. Las manos del operario nos ponen un sello y embotellan. Luego somos lanzados a la mar por la incapacidad del sistema. Tú no llevas mensajes de amor, ni mujeres esperan por mí como a los héroes de la guerra. Aunque mi cuerpo regresa, no me esperan. Soy la deformidad –un  rellenado de ideología– por eso rompemos las fronteras sin contacto de la luz.

Tú y yo no tenemos padres esperándonos ni hijos que maten su ira en los ojos. Sólo nos odiamos por nuestra relación incestuosa. Yo nazco de ti en la calle. Cual hijo bastardo te engendro en la costumbre. Tú me das los genes, me heredas en el orgullo. Pero debe existir algo que detenga estos golpes que nos damos en el rostro. Tú o algún dios deben darme una orilla donde asir mis pensamientos y romper el esteriotipo que no sé quien creó.

El hombre taking a shower

En el sonido del agua vive el hombre taking a shower, tan caliente como el país que dejó, aun más por la necesidad de lidiar con el frío. Y como a un toro clavan una banderilla en su lomo, tocando las fibras sensibles de su corazón.

El agua cae tras las cortinas que esconden el deslumbramiento. El hombre hace el intento de tocar cuanto resisten sus ojos. Ve el fuego ardiendo a rojo vivo y se pregunta cuándo terminará.

Hirviendo sobrevive con más de 30 grados asfixiándole días y noches, días y días –toda la repetición ahogándose en su cabeza– el agua, los shampoo, las cremas para el cuerpo y cuantos productos se necesitan. Todo al alcance de la mano, menos algo para que funcionen sus articulaciones y recordarle a un país.

A todo lo que cae y todo lo que resiste caer.

La maquinaria 2

Me levanto a las 3 de mañana. Voy a la fábrica, hago la línea entre discusiones por el trabajo y caras resentidas. Pongo a las cajas sobre las manos. El olor a shampoo me hace resbalar y desconfiar de cualquier sentido. Cargo a las cajas como si fueran mi prole, nada puede caer.

Me levanto a las 3 de la mañana. Debo cruzar el parque. Me han dicho  “Cualquier disparo busca a un cuerpo, es mejor no pasar”. Yo no veo el  peligro que existe y me toca, ya las cajas de shampoo me besan como lo haría la muerte, también le dan de comer a mi madre y a su útero extirpado, a la  tuberculosis del que duerme bajo la nieve. Soy la elite del servicio.

Me levanto a las 3 de la mañana. Soy una máquina más.

En la ciudad extraña

Las manos de la mujer rasgan a la luna.

Miran con desconfianza a la réplica del hombre que provoca orgasmos a la fuerza.

Buscan un culpable.

Mi cerebro reconoce el instante en que le quitan sus sombras, desconfía cuando espían a mis pantalones.

Juzga,

se limita a que el viento pase entre las piernas y acusen a dos.

Negro,

entonces soy la desconfianza. La historia me somete a entenderla, me da a probar mi culpabilidad aunque mis únicos delitos hayan sido masturbarme pensando en la vecina y no pagar el tren.

Blancas mujeres de Wicker Park, no soy su violador.

 

La electricidad me llama...

La electricidad me llama. Ardillas corren por la línea del poder para asistir al espectáculo. Mis músculos arden por la masturbación al mismo objeto. La máquina me absorbe sin opción a dejarla –antídoto contra la claustrofobia y el aislamiento. La luz del artefacto me ciega. Poses de todo tipo sin experimentar asco o convulsión.

Las ardillas corren observando al hombre cayendo en la línea del poder. La electricidad me llama.

Films

El actor se muestra en el artefacto que me hace desconfiar, pide respeto a su dick. A cada pregunta responde con un movimiento de la pelvis “Con éste podemos someter todo lo que se nos cruce delante”. Hombres y mujeres miramos el espectáculo. No es necesario un pensamiento, sólo el instinto pasa de la concupiscencia al tráfico. Con un simple movimiento de la pelvis podemos desaparecer al mundo y con otro engendrarlo. Heredamos el poder,  pero el éxtasis lo da esta pantalla. El placer el cuerpo que nos muestran. Piernas y brazos estarán a disposición del dick para hacerlo más resistente en cada posición. La única función del cerebro será ponerlo erecto como ese primer hombre que dejó de arrastrarse para dominar al mundo.

“Más respeto a la pinga”, nos dice Tom Cruise a quienes no sabemos discernir entre el buen y mal espectáculo del aparato preparado para aniquilar.

El abrigo de Brodsky

Fuimos a bailar  donde el lujo. Ella compró un abrigo muy elegante de precios bajos en el catálogo, de esos que no tapan ni a los pensamientos. Mi esposa y yo  tenemos nuestros abrigos caros, pero los usamos tanto que no lo parecen. Los pongo en percha y en buen lugar. Ella nos sigue y cuelga el suyo, no sabe si dejarlo o no, le pregunta al otro amigo, creo, no entiendo lo que hablan. Al final  deja el abrigo. Tomamos unos tragos, me pregunta si dejó su abrigo en un lugar seguro. Digo: sí (no imagino a nadie robándolo.  Aunque hace tanto frío que si yo no tuviese uno me robaría cualquiera. Por supuesto, no le dije).

Compramos cerveza.  Ella no se siente atendida y llama a bartender:  Hellowwwwww. Ya mi esposa había pedido, creo, sintió vergüenza. Ella estaba muy preocupada por su abrigo, casi no podía hablar  sin mencionarlo. Pregunta –otra vez– si estaba seguro. Le digo, si tus muertos te dicen que no lo está ve a buscarlo.  Ella se levanta del asiento y grita, ¡cojone! Sale desprendida a buscarlo.

Regresa con su abrigo y se sienta. Ya estaba  feliz.  Mi esposa seguía hablando con el cineasta,  amigo de intelectuales hundidos dentro de la isla y de los ahogados afuera. Yo tomaba mi cerveza, me di cuenta que estaba sentado sobre una bufanda negra, al parecer cara. Le pregunto si la quiere porque mi mujer no usa ese estilo. La acepta.

Me imagino leyendo a Brodsky,  creo que el poema dice: veo desde mi ventana a una mujer con un abrigo sucio. Pienso, si lo lavara  no se vería tan mal. Ella cruza la calle y entra a la librería. Mira uno de los libros de un poeta llamado Joseph, creo, lee un poema sobre una mujer y su abrigo. Pregunta por el precio del libro, dice: con ese dinero podría lavar mi abrigo.

No sé realmente si es Brodsky el poeta.

Bajo al sótano y lavo la ropa, prendo la máquinas. No soy experto, pero al menos tengo idea. Yo bajo porque es un lugar  macabro para que lo haga mi mujer (sabemos que hay un violador en las noches, y un vecino que chatea todo el tiempo, y de sujetos así  se debe desconfiar).

Las ropas salen sucias pero me dan la idea de estar limpias. Sé que no debo  lavar mi abrigo en este tipo de máquina común, pero sólo pago 1.75.  Echo mi abrigo dentro. No me imagino a Martí lavando su abrigo, quizás alguna voluntaria del partido lo haría por él, pero yo no soy ninguno de los buenos José que ha dado la historia. Yo debo lavarlo y cercarlo, luego salir a la calle al menos con un buen olor. Me pregunto si Martí iba a sus reuniones de tabacaleros con un abrigo sucio y mal oliente. Debo releer a Martí.

Vuelo en una vida buena, uno puede subir sin un abrigo que lo hale a la tierra, al final el abrigo es un peso, digo, cuando los pies están en la tierra la cabeza debe de estar en el cielo, sino, ves los defectos propios y ajenos.  La paranoia-lógica que espera atacarme lo hace disfrazada. Doy un golpe, a veces dos, ella da su marihuana porque espera algo. Yo desconfío pero acepto. Entonces quiero bajar a buscar mi abrigo. Imagino al vecino  masturbándose frente a la computadora y limpiando su leche con mi abrigo, eso molesta a mi moral,  –el precio que he pagado para tener un abrigo así. Veo otras hipótesis: un violador roba mi abrigo y la CIA busca a un sujeto idéntico al mío.

Algo me dice que debo recogerlo seco o mojado aunque sé que nadie me robaría.  Según la lógica aquí no…

Me levanto de la cama voy escaleras abajo.

La palabra está vacía, hueca, muda...

La palabra está vacía, hueca, muda. No significa ni deja atraparse.

Se muere para decir, para no decir, para contradecirse. La palabra nace si Goytisolo habla de Franco. Lo deja libre y lo construye en algo que no es.  Lo hace hijo de un dictador y lo acerca porque ya que  ha muerto se necesita un héroe y Goytisolo lo ve en todo lo que odia, hasta  en el sol.

La palabra lo lleva al destierro donde cada cual se cree un sobreviviente. La palabra me dice que no soy el héroe. A mí me traiciona y me saca de mis casillas. Me hace huir. Se revela porque debo decir que ha muerto mi padre, pero no soy su hijo. Entonces me rompe la testa y no paga el chivo que debo darle de comer –ni me deja salir a buscarlo. Esta ahí su dictadura. Se amarra en mis brazos con la mejor de sus caras, un día antes me rechaza, hoy se ríe al romperme todo tipo de sentido.

Quiero decir; un poco de rencor con los vivos, pero Goytisolo lo ha dicho todo. Sólo me queda ser el canto mudo y memorizarlo en todas sus ideas.  Digo: odio al manager “I wanna kill him” mas puede ir a la cárcel por estas voces sin significado, por estas letras sin valor.

Mi palabra es una palma hueca. Estoy en ella. Pero la de Goytisolo tenía más que un significado. Decía una mentira para hacer su dolor –rebelión más grande o su alegría más mezquina porque a un padre (no) se le odia.

Huérfano de lo tiránico y detestable ha quedado Goytisolo. Yo no.

La maquinaria 3

Lo siento máquina, he estado muy preocupado en mí,  he dado vueltas sobre mí yo y mis sentimientos. He dedicado un instante para traspasar el puente que nos divide, separa y nos hace asequibles el uno y el otro. Lo siento máquina por este olvido, por esta inconciencia de no reconocerte y quedarme preso en mi dolor,  perdona máquina por intentar apartarme de tu juego. Tú me das un candy, otras veces un plástico, me das un candy, me dices que soy el preferido, tú me das un candy y me exiges todo mi cuerpo como ofrenda para tus dioses. Tú me das este día de preocupaciones por un yo inexistente, me fabricas un sujeto creíble para tu público. Pero no es lo que quiero. Yo busco lo que no existe sabiendo del juego,  –tu juego. Perdona máquina por hablar pensando que eran mis reales ideas, por plagiar o no darme cuenta que nada de estas palabras me pertenecen ¿Ves? Mi mujer me pregunta cuánto nos va a costar la laptop y no me dejas reaccionar. Tú me das un candy.  

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