STANZA
Olvido de padre
Raúl Dopico Echevarría


Olvido de padre

               el que lleva reloj y ha visto a Dios. César Vallejo

Olvida el padre los jamases del alma envejecido en su tumba.
Florecen las tristezas en los zapatos rotos y casi nada es misericordia.
El hombre es un pasaje que no tiene reloj ni ha visto a Dios.
La maravillosa condición de estar vivo lo asila en el signo de la muerte
que se aloca con la demencial trivialidad de perder los nombres.
Él sabe que no necesita un ejército de obispos para morir
ni la hermosura de los caudales ni la conflagración del aceite y el vinagre
para vivir con el pescuezo en el vacío que tose las promesas rotas.

Olvida el padre fecundar el canto en la caída y levantarse
como se levantan los árboles del monte con el placer en el silencio de las cosas.
Olvida el padre los diálogos donde la suerte se arremolina en roña
como se arremolina el mar sobre la roca.
Él sabe que no habrá regreso ni alas ni lenguajes
donde el valle se viste con las columnas de sus vientos.
Su casa en la vieja cuadra se recuesta en las costillas de los hijos.
Él sabe que partir fue no tener en qué encarnarse
y escucha y aguarda colgado de los ojos y llora sangre.



El invierno

Los días se enredan con sus rostros que duelen de pálidos.
Nada embellece al que pasa con la ingle en la bufanda.
Es el invierno que no seduce al soldado en la vigilia
ni al amante debajo de la colcha con el glande planchado
ni al caribeño que se arrincona con su ira remendada
cuarenta grados bajo el brazo que acomoda los cabellos.

Duelen los huesos contra los eslabonazos del viento que corta.
El viento es una llama mojada en la cosecha del hielo.
El que pasa se traga las astillas del frío.
El que queda en la cama es el dolor de los meses.

Es domingo a las tres de la tarde no hay un alma en las calles.
¿Quién comprará un pedacito de luz para que no duela el dolor?
La aspereza de la vida es la muerte con la bondad congelada
sin poder quejarse de que nadie trae el alma a flor de cráneo.

Los días se enredan con sus rostros que lloran de turbados.
Nada engrandece al que pasa con las uñas moradas.
Es el invierno que no termina en una taza de chocolate
ni en la soledad de las bancas del parque
ni en el pulmón que huye en puntillas de las ciudades
sin despedirse del ojo que interroga el ombligo de las mujeres.

El invierno me enflaquece de aflicción en el lomo del verano.

La ciudad

Se perdieron los que edificaron las hojas de la ciudad
al levantar sobre una laguna la alfombra de la muerte.
Cae la lluvia ácida en el vientre de las espuelas.
Las espuelas son la leche la leche es sangre la sangre es agua
que se pudre en los linderos del castigo.
No hay bendiciones en los siglos de martillazos en las sienes.

Por las puertas de la ciudad no entran las fiestas.

La altura deslava los pulmones y espanta el esqueleto
para que no perdure la sombra sobre el cuerpo.
La altura se come las miradas cuando callan
sin rebelarse ante el gemido de la arcilla del que arde.

Por las puertas de la ciudad escapa el que no existe.

El reposo de los sermones tiene olor a fiera.
La fiera de las calles tiene olor al rejoneo de la carne.
La carne de las mujeres tiene olor a silencio.
El silencio del estiércol tiene olor a reino.
El reino del enojo tiene olor a nada.
La nada es el alma que resbala en la garganta de la mierda.
Por las puertas de la ciudad Dios no volverá.

El humo del verano

               La vida sin humo es como el humo sin asado. Cesare Pavese

En el humo del verano me parió la muerte
que ofrece su mirada en el diámetro de un beso.
Ahí está el desorden de mi alma que pasa en silencio
envuelta en la sobrevivencia de la multitud.
Despliego el verde que ausculto en un abrazo.
Es el abrazo de no poder llorar con los ojos de la víctima.
En el humo del verano conjugo la bulla mortal del equilibrio
para romperme en el reposo de mi corazón más insular.
Extiendo los recuerdos al sol hasta desecarles las furias.
Son las furias que se anillaron en la lengua del verdugo.

En el humo del verano soy pasado que demora
con su majestad en la ojerosa bofetada de una amante
que no puede afincar su pólvora en mi espalda.
Las nubes se ensillan en las ancas de esta ausencia
que se asoma en la gestación de mi sepulcro.
La desolación no calienta el vientre de los días
donde se pudren dos hermanos una hija y un amigo.
En el humo del verano he perdido los difuntos,
los rincones para dormir el diamante de las mujeres,
los exergos que colgué en el pecho de mi madre.
En el humo del verano me mata la luz y me voy quedando solo.

Criadero de luz

               ...y yo oigo el canto de la lombriz en el corazón de muchas niñas. Federico García Lorca

En este criadero de luz ya no oigo ensortijarse a la primavera,
que como toda mujer, después de parir, se llena de leche-1-.
En este criadero de luz me da miedo la lluvia
que seca la tierra en el corazón de las niñas.
En este criadero de luz desciendo hecho una pasita
con la blancura como bocado de la miseria del amor.

Es un día sereno en el viaje cantor de las lombrices
hacia la deglución de mis dioses en el clamor del tiempo
que acribilla a escupitajos las campanas de mi nacimiento.
Sin madre donde guardar los hilos de tejer tristezas.
Sin amante donde esconder la salud del cuerpo.
Sin calor donde hundir la habladuría de los pechos
se acaban los matices de una vida que no se puede doblar.
Es un mundo que no germina ni cultivando dedos
a lo largo y ancho de las intimidades sin cortinas.
Aquí nadie puede almorzarse unos pezones sin pagar.
Aquí nadie mastica ternuras sin una aguja en la lengua.
Es un día sereno, es viernes, es el día de la rabia.

En este criadero de luz levanto la pistola para robarme el desespero.

Recuerdo de México

               Estábamos muertos y podíamos respirar. Paul Celan

Ondea el cielo como una suciedad que rueda en el lugar del corazón.

En la sepultura se amontonan ojos, bocas de hilar sueños. Son ojos en la espada de la ternura, son bocas en el ímpetu del ciego. Son ojos y bocas que eran, que serán espinas sangrantes en el hastío. Sopla el viento que lame la sombra que alguna vez amé y la tentación se abrocha en la fragilidad del festín perverso que retoza en las ventanas de la tierra del olvido. Ahuecamos el pecho para guardar la lluvia de puñaladas. En el elogio decapitan el amor lo cuelgan con las reses del mercado. Estamos vivos en la peor hora para cumplir las promesas del mar. Bebemos entre extraños la madera que estrangula corazones y no podemos respirar por los labios de Dios.

Escapo por el cíclope que pestañea en el seno del tiempo.  

NOTAS
-
1. Lucrecio.

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