El crítico como estratega: Rama & Retamar vs. Monegal.
IDALIA MOREJÓN ARNAIZ.

CONTINUACIÓN (3/3)...

De la misma forma en que Rama y Casa de las Américas desdoblarían a su Comité de colaboración en equipo editorial y partido político, Rodríguez Monegal ya mantenía su propio “staff”, su propia corporación intelectual no registrada en el machón de su revista,  que si de algo no carecía era de escritores de izquierda con los cuales discutir y evaluar las estrategias a seguir frente a la posición cubana. La “filosófica conclusión” sobre la demencia de los cubanos declara un nuevo estado de tolerancia que se manifiesta en la pretensión de mantener el silencio en torno a las diatribas procedentes de la isla; esta es una nueva estrategia de encubrir el debate bajo la política aséptica que caracterizará su difícil mandato en Mundo Nuevo. El nuevo estilo de “decir sin decir”, la sutileza elegante, la moralidad caballera de Rodríguez Monegal y de las estrellas que circulan tanto por París como por los pasillos de “la Casa” tal vez cifren, con una lógica aparentemente dispuesta a zanjar (o por lo menos condescender ante) las diferencias, el camino de regreso de la utopía revolucionaria.  A diferencia de la Declaración de 1967 surgida de la primera reunión del comité de Casa, el diálogo con el director de Mundo Nuevo con los escritores del Boom se caracteriza por su moderación, aunque la adhesión incondicional a la revolución cubana es vista también con suspicacia, al tiempo que es elaborada a partir de una mirada que torna políticamente “insanos” a los miembros del comité de colaboración. 

Mientras tanto, en la publicación cubana la figura de Roberto Fernández Retamar no asume un protagonismo crítico-literario, sino la función de enlace entre la política cultural instituida y los diferentes modos en que los intelectuales se posicionaron frente a esa política. Si por un lado la “reconstrucción de los hechos” llevada a cabo por Fernández Retamar a partir de este recorte epistolar muestra el papel central de Rama en la polémica con Mundo Nuevo, por otro se distancia  de las implicaciones personales latentes en la misma para reforzar el valor político  (latinoamericanista-antiimperialista) del pensamiento de Rama.

El hecho de que estas “revelaciones” hayan sido realizadas una década después de su muerte, por un lado muestra las motivaciones y el estilo de muchos de los debates intelectuales de aquel momento, y por otro, el interés de Casa de las Américas, y consecuentemente del director de su revista, en delimitar cuál fue la participación de los cubanos en un evento que marcó el punto más alto del debate ideológico durante toda una década, encontrando en las polémicas del pasado un puente a través del cual investirse de autoridad histórica y política para operar dentro de un contexto globalizado, en el que las relaciones intelectuales han sido sustancialmente modificadas con el fin de la Guerra Fría, la desaparición del bloque socialista europeo y el restablecimiento de gobiernos democráticos en la mayor parte de los países latinoamericanos.

El lavado de las identidades.

Durante los últimos años, en diversas entrevistas y artículos [1], Fernández Retamar ha insistido en esclarecer su participación secundaria en la arremetida contra Mundo Nuevo, delegando toda la estrategia organizativa de la misma en la figura de Rama. Tampoco ha tenido reparos en colocarse en una posición subalterna dentro de la jerarquía institucional cubana, que en buena medida aparece como realizadora de las indicaciones llegadas desde Marcha, o más precisamente de Ángel Rama. La posición de asistente que pasa a ocupar queda definida ya en el momento en que el uruguayo “autoriza” a Fernández Retamar como director de la revista. En dicha carta aparecen dos de los requisitos que la misma pretendió instituir como marca registrada: “Nadie mejor en Cuba para dirigir la revista de la Casa, nadie mejor informado de la literatura americana, nadie con mejor equilibrio en lo artístico y en lo político” (Fernández Retamar, 1998: 173). Y: “Ángel me escribía constantemente haciéndome sugerencias”, recuerda Fernández Retamar. De las características personales del nuevo director parecían desprenderse también las líneas de trabajo que satisfacían las expectativas del crítico uruguayo; la manera balanceada de fundir política y literatura, para su futura insatisfacción, como veremos más adelante, no dependerían exclusivamente de la figura del entonces joven director. La revista no era una empresa independiente; era, del modo en que el propio Fernández Retamar la percibía desde entonces, parte de una institución, por tanto, con funciones específicas y jerarquizadas en el plano político e ideológico, que en gran medida definieron la rigidez con que fueron seguidos sus discursos literarios, en los cuales la combinación equilibrada a que aspiraba Rama no colocó en idénticas proporciones ni la estetización de lo político ni la politización de lo estético. En compensación, basta regresar a la figura de Rodríguez Monegal e indagar en el catálogo de “sus” autores la respuesta negativa a los “excesos” políticos de la revista cubana.

Después de que Rama considerase un fracaso el Congreso Cultural de 1968 (pensaba que de no haber muerto el Che Guevara, el evento hubiera cumplido su objetivo de apoyar a las guerrillas en el continente),  en la segunda reunión del comité de colaboración de Casa de las Américas celebrada en enero de 1969, no sólo propuso la introducción de lo que al año siguiente sería la categoría Testimonio en el Premio Casa, sino que se opuso a la militarización de la cultura y a la censura de la libertad de expresión que rodeó el premio UNEAC de poesía otorgado a Heberto Padilla en 1968. Ya no se trataba apenas de perfeccionar las estrategias contra los Estados Unidos y la izquierda “no comunista”, sino de atender a las amenazas reales que cercenaban la libertad crítica en el interior del socialismo cubano. La última reunión del comité latinoamericano fue celebrada en enero de 1971 tomando como acuerdo el cierre definitivo de una fase en que las decisiones políticas, a pesar de ser dictadas por los dirigentes revolucionarios y defendidas por los miembros cubanos, en la revista eran enfrentadas por las voces críticas y divergentes de algunos extranjeros [2].

Cabría pensar además cómo la institucionalidad en que se inscribía la revista era percibida desde una zona geográfica, cultural y política tan diferenciada de la cubana como lo era Montevideo en los años sesenta, y de qué modo la línea democrática de izquierda que articulaba los discursos de Marcha no sería el lente a través del cual los colaboradores uruguayos de Casa  veían y pensaban la revista cubana. Esto es, partiendo de un principio de libertad crítica que dentro de Cuba se restringía a una plataforma moral revolucionaria cuyo eje ideológico estaba constituido por los discursos de los líderes guerrilleros.

En mayo de 1971, cuando Mundo Nuevo había desaparecido como polo de tensión del contexto latinoamericano, y en plena efervescencia del escándalo provocado por el caso Padilla, Cuadernos de Marcha publica un recuento pormenorizado de los hechos que dentro del campo intelectual cubano acabaron desembocando en la política represiva oficializada por el I Congreso Nacional de Educación y Cultura. El autor del artículo “Una nueva política cultural en Cuba” [3] era un Ángel Rama ahora decepcionado con el rumbo de la cultura en la isla revolucionaria, una vez más tratando de erguirse sobre las malas políticas, de esta vez provenientes del socialismo; pero sobre todo, tratando de autoafirmarse como crítico y vigía  del paisaje ideológico latinoamericano.

Aunque su texto se articula a partir de un hecho concreto (el encarcelamiento y “confesión” de Padilla), el acento teórico y el interés en devolverle a la polémica su estatus crítico localizan el punto de vista desde el cual narra y comenta los hechos. A diferencia de Casa de las Américas (que con sistematicidad acudió al ataque personal contra escritores e instituciones sin profundizar en los problemas estructurales que ocasionaban las polémicas),  Rama trata de “enmarcar un debate intelectual de este tipo dentro del pensamiento de la izquierda”, desplazando así la centralidad que un lustro atrás él mismo había reivindicado para la revolución cubana, cuando veía en ella una potencia capaz de liderar la lucha cultural contra el imperialismo, tan precisamente articulada por él a través de los ataques a Mundo Nuevo. Ensanchar los marcos del debate a toda la izquierda significa aquí incluir a muchos de los intelectuales excomulgados por la revista cubana, esto es, abrir espacio a un pensamiento que no toma como eje cronológico o temático la política cultural de la revolución. Por otro lado, expandir los límites de la crítica al interior de la izquierda implicaba para el uruguayo asumir el distanciamiento de los ritos publicitarios y de los mitos discursivos cubanos, empañados hasta la ceguera por el caso Padilla.

El conocimiento detallado que tenía Rama sobre las interioridades de la política cultural cubana (las declaraciones de los líderes revolucionarios, las polémicas internas entre los escritores y los burócratas de la cultura) revelan que, a pesar de su conocimiento sobre la realidad de la isla y de su experiencia política, anteriormente probada con la organización de la campaña anti-Mundo Nuevo, él también fue “estafado en su buena fe”. Para insatisfacción de Rama, los hechos escandalosos ocurridos en La Habana a partir de 1968 (principalmente el veto militar de la revista Verde Olivo a los premios literarios de Casa de las Américas y de la UNEAC otorgados a cubanos) [4] se convirtieron en la confirmación de sus propias sospechas acerca del radicalismo con que los intelectuales cubanos estaban encarando las oscilaciones ideoestéticas de la política cultural. En la composición de su artículo no resulta difícil percibir que la exposición y análisis de los avatares del ámbito cultural cubano va siempre precedida por la mención del lugar de autoridad desde el cual emanan los cambios, y ese lugar de autoridad rara vez es uno diferente del líder Fidel Castro. Inclusive, cuando comenta la arremetida antintelectualista y estalinista de Verde Olivo [5], la voz de la burocracia es presentada como eco reductor de las ya ceñidas posibilidades reales de expresión en la isla. Él mismo indica cómo, a pesar de que la discusión en torno al realismo socialista y a la libertad formal parecía zanjada por medio de las garantías orales y las formulaciones teóricas de los líderes partidarios, en la práctica los dilemas de la cultura en el socialismo rebasaban las expectativas oficiales de conseguir administrar sin grandes tensiones los vínculos entre los intelectuales y el poder político.

En el diario [6] escrito durante sus años de exilio, Rama vuelve a confirmar su decepción con los rumbos de la política cultural cubana y reflexiona sobre la entrega de Fernández Retamar al burocratismo y a la hipocresía crítica:

Un funcionario más, dirá el lector objetivo. Ocurre que yo conozco al “otro”; yo puedo repetir el verso juanramoniano “yo sé qué fuiste”, y por eso la imagen que él nos ofrece me resulta alucinante, como todo disfraz grotesco de pintarrajeada máscara, sobre un rostro que fue bello y luminoso [...] El santo y seña es el mismo que le conocí a [José Antonio] Portuondo en Alemania: aquí no ha pasado nada, todo está igual, continúa idéntica la producción, se premia en los concursos lo que es artísticamente válido, sin más, los escritores trabajan, los lectores leen, el socialismo es la bienaventuranza sin conflictos. Lo grave de este fingimiento diplomático es la falta de defensa beligerante, de acción esclarecedora y proselitista acerca de la vía que tomó la literatura y el arte en Cuba [...] Del mismo modo que en anterior período (1959-1968) hubo escasísimas aportaciones teóricas (pero al menos las hicieron los compañeros extranjeros y dentro de Cuba se evidenció en el rechazo del dogmatismo de los viejos cuadros del partido), del mismo modo ahora tampoco se teoriza, define y propaga una concepción cultural “socialista” o “revolucionaria” o “realista socialista” o “proletaria”. Los mismos textos del Congreso de Educación dentro del cual estalló el “caso Padilla” parecen olvidados, salvo en las aplicaciones casi administrativas (literatura para niños en mayor dosis, etc.), pero a cambio de este vacío teórico, los textos que publica la revista Casa valen por una penosa confesión (Rama, 2001).

El dogmatismo en la cultura cubana se encontraba en pleno apogeo; las estrategias habían dejado de ser críticas para transformarse en manifestaciones opacas de un  consenso que en las páginas de Casa se tradujo, para mayor decepción de Rama, en “editoriales seudo revolucionarios” y “pacotilla retórica” [7]. Sabiendo que no podría actuar más desde los mismos frentes ni siquiera modificando las tácticas, el breve episodio entre Casa de las Américas y Mundo Nuevo terminó sus días como una caliente bola de nieve que no tardaría en caer sobre el campo de batalla textual de los cubanos, para debilitar todavía más la inalcanzable unidad de la izquierda en torno a la utopía. Pero, sin lugar a dudas, los años 1966 y 1967 fueron los más intensos y productivos para la crítica cultural-política de la revista cubana, y en particular para Ángel Rama, su primer animador.

La polémica Casa / Mundo Nuevo combina sus contenidos eminentemente ideológicos a modos de enunciación y a procedimientos formales diversos. A través de las cartas  y de los diarios se tiene una presencia inmediata (casi física) de los enunciantes, que lanzan una nueva mirada sobre sus oponentes; al exponerse públicamente a través de las formas de lo íntimo, tanto los directores de estas revistas como los escritores que los rodearon se entregan al examen político-moral de sus actos por parte de sus contrarios.

Si bien las estrategias discursivas adoptadas por los oponentes son variadas y se basan en la manipulación de la información y de los posibles aliados, el estilo de la polémica es simple, se despliega sobre un lenguaje que echa mano de los recursos que mejor le permiten acortar la distancia física, para sustituirla por “las evidencias” que se desprenden de “la verdad”. Las cartas y los diarios dejan marcas de intensa subjetividad en el enunciado (en especial el uso del pronombre sujeto “yo”), que sin embargo no son apenas la expresión de una individualidad, sino el modo en que en dos modelos “universales” de intelectual se manifiestan a través de ámbitos textuales y de campos de pensamiento particulares. A través de las revistas, tanto Rodríguez Monegal como Fernández Retamar expresan sistemas doxológicos (credos ideológicos institucionales) que se convierten, o al menos tratan de mostrar, como sus propias opiniones. En determinado momento de la polémica ambos acuden a un mismo argumento de autoridad (“creer en cuentos de hadas”) para restarse fuerza persuasiva y credibilidad frente a una legión de lectores que, a partir de esta discusión, deberían definir sus posiciones.

El éxito de los ataques de Casa contra Mundo Nuevo está basado también en el recurso constante a la privación de valores a priori. Mientras que Rodríguez Monegal apuesta su legitimidad sobre matices semánticos para mostrar la transparencia de su posición y la claridad de sus principios, en la forma como Fernández Retamar conduce la polémica todo es juzgado al máximo, sin atenuaciones o pequeñas salvedades, con una mentalidad maniqueísta basada en la “regla del enemigo único” (Angenot, 1995), la cual contrasta con la orientación pensada para la revista cubana: “una revista de ideas, con un amplio criterio intelectual que permita confrontar visiones variadas en el campo de la cultura americana”. El modo combativo desarrollado por Casa, y el modo defensivo en que se escuda Mundo Nuevo hacen del discurso epistolar, de los diarios y de los editoriales “medios de acción” que, a través de la palabra, conectan a los intelectuales a lo real, a una dimensión de lo histórico-político susceptible de verificar en hechos concretos, como el mismo destape de las relaciones CIA – CLC.

La polémica, además, se presenta como un conflicto de opinión entre puntos de vista completamente opuestos. Fernández Retamar habla desde un estatus de superioridad que le permite “atacar”, tal vez porque se siente mucho mejor respaldado por “lo real”, impregnado por la imagen mítica y martiana de la revolución como el pequeño David blandiendo la honda que acertará el ojo de Goliat. “La honda” sería el discurso que las cartas, notas y editoriales difunden, y “el ojo”, en ese momento, la nueva política cultural de los Estados Unidos, con sus proyectos sociológicos y sus revistas culturales.

Así, toda la discusión queda articulada en torno al tema de la conspiración –políticas, gobiernos, sistemas económicos que se confabulan contra el progreso y el triunfo de sus respectivas ideas. Para Fernández Retamar la conspiración proviene del CLC, de los Estados Unidos; para Rodríguez Monegal, tanto del modo como los cubanos reaccionan ante la política norteamericana, como de la propia “traición” del CLC al intelectual independiente. La lógica que impera (amigo / enemigo) se estructura a partir de acoplamientos nocionales que refuerzan no sólo el maniqueísmo, sino también la coherencia con que construyeron sus discursos, a pesar de que la connotación negativa que adquieren los términos manejados para evaluar al intelectual independiente es mayor: a través de oposiciones exclusivas como “comprometido / independiente”, “comprometido / traidor”, “comprometido / culpable”, “comprometido / liberal”, “comprometido / manipulado”, subyacentes en las cartas, diarios, declaraciones y editoriales, las revistas y sus directores constituyen sujetos maniqueos, en los que el “yo” y el “nosotros” se oponen al “tú” y a “los otros”.

En la polémica, la fuerza simbológica del dinero desestructura el campo de valores de Mundo Nuevo; las referencias a la financiación de la CIA permiten que Casa de las Américas aproveche al máximo las analogías entre la legitimidad del poder político en América Latina y el capital estadounidense. Con esto, Casa se beneficia del contexto histórico y político latinoamericano del momento para armarse mucho mejor que Mundo Nuevo mediante el reforzamiento axiológico de su genealogía antimperialista, y aprovecha este camino al máximo, en un momento en que si algo compromete a Mundo Nuevo es justamente el carácter desprestigiado de sus filiaciones. 

- - -
1. Cf. “Ángel Rama y la Casa de las Américas”, ed. cit.; “Desde el 200, con amor, en un leopardo” [entrevista de Jaime Sarusky a Roberto Fernández Retamar], en Concierto para la mano izquierda, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, Cuadernos Casa 39, 2000, p. 181-196 (apareció por primera vez en Casa de las Américas, n. 200, julio-septiembre de 1995); “La C.I.A. al sur” (intervención en la Mesa Redonda con motivo de la XII Feria Internacional del Libro de La Habana, del 30 de enero al 9 de febrero de 2003), en: http://www.lajiribilla.cubaweb.cu; Idalia Morejón Arnaiz e Irlemar Chiampi, “Entrevista a Roberto Fernández Retamar”, São Paulo – Cienfuegos, Cuba, enero de 2003 (inédita).
2. Lisandro Otero recuerda que una de las discusiones de este último encuentro se dio en torno al proyecto de Julio Cortázar de publicar la revista Libre. La negativa de los cubanos a participar de la misma estuvo basada prácticamente los mismos argumentos que un lustro antes habían sido utilizados contra Mundo Nuevo: la falsedad de un diálogo que beneficiase a la revolución cubana en un contexto que no le era inmanente; el origen de su financiamiento. En: Llover sobre mojado, La Habana: 1997, pp. 127-129. Pero, principalmente, creo que lo que más preocupaba a la revista cubana eran las limitaciones “innatas” a su institucionalidad que la obligaban a enfrentar en desigualdad a un equipo de estrellas literarias que no tardarían en firmar, bajo el asombro causado por la realización de sus propias previsiones, la carta a Fidel Castro por el encarcelamiento de Padilla. La “Declaración” del tercer y último encuentro del comité de colaboración vino a ser publicada en las páginas de Casa de las Américas apenas veinticuatro años más tarde, en el número 200 (conmemorativo), el mismo en que su director recuerda la polémica con Mundo Nuevo, entre otros episodios. “Tercera declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas”, en: “Dos textos y la Casa (con una carta de Roque Dalton)”; Jaime Sarusky, “Desde el 200, con amor, en un leopardo” (entrevista a Roberto Fernández Retamar).
3. n. 49,  mayo de 1971, pp. 47-68.
4. Norberto Fuentes, Condenados de Condado (cuento), Premio Casa de las Américas, y Heberto Padilla, Fuera del juego (poesía), Premio de Poesía Julián del Casal, UNEAC.
5. Órgano oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
6. Ángel Rama. Domingo 29 de septiembre de 1974, en: Diario (1974-1983). Prólogo, edición y notas de Rosario Peyrou, Caracas: Ediciones Trilce / Fondo Editorial La Nave Va, 2001.
7. En las entrelíneas de su artículo, Fernández Retamar ha sugerido el error que significó publicitar y apoyar sin reservas el endurecimiento de la política cultural cubana, así como de cierta manera haber hecho el ridículo ante la intelectualidad latinoamericana y europea al publicar la autocrítica de Padilla, una vez que su intención de burlarse del poder que lo castigaba era evidente (p. 189).
- - -
Idalia Morejón Arnaiz acaba de doctorarse en el Programa de Pós-graduação em Integração da América Latina de la Universidad de São Paulo, en el área de literatura comparada, con el trabajo de investigación “Política y Polémica en América Latina: Casa de las Américas y Mundo Nuevo”. En 2000 la editorial Letras Cubanas publicó su cuaderno de ensayos Cartas a un cazador de pájaros.
- - -

(INICIO-CLICK)...      (3/3)  1 - 2 - 3



Publicado en Cubista Magazine el 26 de abril del 2004.
subir
Cubista, Los Angeles - New York, 2004
Contacto: editor@cubistamagazine.com