El crítico como estratega: Rama & Retamar vs. Monegal.
IDALIA MOREJÓN ARNAIZ.

VERSIÓN EN TRES PARTES (1/3)...

Al ser interrogado acerca de la posible influencia de Emir Rodríguez Monegal en la expulsión de Ángel Rama de los Estados Unidos a comienzos de la década del ochenta [1], el director de Casa de las Américas (La Habana, 1960) respondió:

Emir Rodríguez Monegal fue sencillamente un instrumento, y creo que no es el dedo de Emir Rodríguez Monegal, es el dedo que estaba detrás de Emir Rodríguez Monegal [...]. Si me pregunta usted, y esto es una conjetura, no creo que Emir hubiera hecho eso. Creo que Emir escribió algunas majaderías en las cartas que se han publicado después, sin embargo era un caballero, y no hubiera hecho una cosa de esa naturaleza. Pero repito, Emir no era el que decidía en estas cosas, él era sólo el director.

En su respuesta, Fernández Retamar funde dos momentos cronológicamente distintos en la carrera de estos dos críticos uruguayos (iniciados los ochenta, Rodríguez Monegal era catedrático en Yale, mientras que Rama intentaba serlo en Stanford), reforzando así la imposibilidad de Casa de las Américas de desvincular al primer director de la revista Mundo Nuevo (Paris, 1966-1968; Buenos Aires, 1968-1971) de la imagen estigmatizada de “colaborador” de la C.I.A. con que había sido rotulado más de tres décadas atrás. Al (con)fundir las temporalidades y funciones de Rodríguez Monegal como director de revista y como “agente”, Fernández Retamar demuestra su actual disposición para explicar y justificar la tan criticada actuación del fundador de Mundo Nuevo. Al mismo tiempo que el empleo del adverbio “sólo” sirve para delimitar las atribuciones de orden político-práctico de Rodríguez Monegal, también sirve para mostrarlo en un plano de subordinación más que ante la política institucional de su organismo financiador (el Congreso por la Libertad de la Cultura, CLC; el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales, ILARI), ante la política de los Estados Unidos, lo que significaría, en la visión de la izquierda militante, estar al servicio de quienes se oponían al modelo revolucionario latinoamericano.

La apelación a la integridad moral de Rodríguez Monegal (“sin embargo era un caballero”) para aliviarlo del peso de la “culpa” que durante casi cuatro décadas ha recaído sobre su participación en Mundo Nuevo, tal vez se explique por la resistencia de su revista tanto al tiempo de la historia política como al de la literatura, y nos enseñe hoy que lo que ha sobrevivido para la literatura latinoamericana de la disputa entre el radicalismo de derecha y el de izquierda en los animados años sesenta es justamente mucho de lo que trató de mantenerse al margen o contra dicho radicalismo. Desde el interior del campo de valores de Fernández Retamar, el adverbio “sólo” propone la silueta de un Rodríguez Monegal manipulado, no lo suficientemente capaz de resistir a las maniobras de la C.I.A. o de colocar su talento crítico al servicio de las demandas de  una comunidad intelectual amante de la revolución planetaria. Pero la ausencia de responsabilidad que parece recaer sobre el uruguayo podría ser pensada además como la reevaluación de Fernández Retamar sobre el papel que jugaron ambas revistas en un debate que, si bien él pretende inspirado en la vocación rebelde de un solo hombre (Ángel Rama), sus mismos contenidos muestran cómo fueron creadas para operar dentro de campos de poder en que las jerarquías a partir de las cuales polemizaban compartían un mismo nivel de subalternidad, al responder en diferentes grados y con discursos opuestos a políticas institucionales y a ideologías que colocaban en juego, en primer lugar, el control político y económico sobre determinados espacios geográficos.

Detengámonos en el sintagma “él era solo el director” para comentar la nueva esfera de actuación de los críticos en el contexto político sesentista y cuestionar de qué modo (re)define la naturaleza y funciones del director de una revista, su  marca de institucionalidad, ya que también hace explícita la actuación de Casa y Mundo Nuevo como receptoras, portadoras y divulgadoras de ideologías que circulan y se asientan en torno a figuras claves en la crítica literaria latinoamericana de los años sesenta. Más que indagar sobre las razones o los motivos que llevan al director de Casa a presentar la actuación secundaria de Rodríguez Monegal como una derrota de la ingenuidad o de la estrechez ideológica, interesa explorar la intensidad con que el sintagma “él era sólo el director” espejea la funcionalidad de otro sintagma: hacer una revista (y dirigirla) implicaría la yuxtaposición de prácticas personales y políticas institucionales ante las cuales los directores se verían abocados a optar en diferentes grados. Y es justamente en función de los conceptos políticos que circulan dentro de los campos de poder en que se mueven, que cada uno de estos directores opta por un modelo retórico, por un diseño intelectual. La idea del director como El Maestro, como la figura espiritual que rige la discursividad y ordena la sintaxis de una revista, y que como un hilo nada invisible había atravesado algunas de las principales publicaciones latinoamericanas de la época (Sur, Orígenes), es desplazada a partir del triunfo revolucionario cediendo lugar a una colectividad que reproduce los mitos y ritos participativos de la nueva estructura social. La imagen del intelectual como voz de los sin voz, como “técnico”, letrado y reproductor de los cambios sociohistóricos transforma, en el espacio cubano, las formas “tradicionales” de hacer una revista.

Si durante el quinquenio en que se mantuvo al frente de Casa de las Américas, Antón Arrufat trató de preservar ciertos espacios textuales en beneficio de la libertad de creación y la polémica estética, reivindicando así su formación en el interior de las páginas de Ciclón, Fernández Retamar (que en su juventud fue colaborador de Orígenes) negocia dichos espacios hasta el punto de llegar a ser totalmente controlado por la institucionalidad. Mientras tanto, desde otro contexto Rodríguez Monegal mantuvo una concepción más unipersonal y centralizada del trabajo editorial. Para  mantener su imagen de revista de diálogo, Mundo Nuevo produce cierta heterogeneidad interna, aunque basada en una plataforma institucional que, al oponerse a las grandes líneas de la política cultural de la revolución cubana, se contradice con la política de tolerancia que aparentemente mantenía con los escritores de izquierda que se insertaron en la estructura de su discurso liberal.

Al contar con un comité de colaboración integrado por escritores de diversos países del continente, la revista cubana aparece como el producto de cierta representatividad latinoamericanista, que guía la elección de autores y temarios. Los miembros de este consejo editorial son los mediadores y suministradores de una larga lista de adhesiones. Mundo Nuevo, por el contrario, siembra la duda en el estrecho espacio que separa la práctica canonizadora de Rodríguez Monegal, de la plataforma ideológica del ILARI, de la Fundación Ford o del CLC. El Comité de colaboración de Casa también participa como voz del consenso de la izquierda revolucionaria, mientras que Mundo Nuevo, al no tomar decisiones colectivamente, no torna público el espacio y el modo de negociar con las instituciones que la financian. Las copiosas manifestaciones de apoyo a la revolución cubana lanzadas en cartas colectivas e individuales, en declaraciones y congresos hacen de Casa un frente organizado capaz de asumir el papel de denunciante posicionado desde el lugar productor de la verdad (revolucionaria). Casa proyecta la voz de la urgencia, la voz del cambio, siempre convocando a los intelectuales a posicionarse y a tornar públicas sus creencias. La urgencia está dada por la proximidad geográfica de los Estados Unidos y por la profundidad de su presencia en la vida económica y política latinoamericana. La urgencia es el resultado de la inminencia de hechos concretos, como las agresiones imperialistas en los primeros años de la revolución, o la exclusión de Cuba de la O.E.A. Así, el discurso de Casa se convierte en una suerte de llamado público contra la política norteamericana, y la izquierda revolucionaria puede contar incondicionalmente con la revista para promover a sus integrantes [2].

En contrapartida, el estilo didáctico adoptado por Rodríguez Monegal fue el eje que organizó la sintaxis de su revista. Aunque existen números monográficos en la forma dossier, el didactismo está dado por la articulación de diversos géneros en torno de una figura (Darío), un tema (el erotismo) o una literatura (la literatura argentina). Su empresa, entre pedagógica e ilustrada, se convierte en un lugar para lo “alternativo” frente a las poéticas comprometidas de la izquierda, por medio de la restauración y exposición (parcial) de figuras y temas excluidos de la mirada revolucionaria  -como es el caso de la escritura de Manuel Puig, la animada ensayística de Cabrera Infante en torno al erotismo en la novela folletín, o la estratégica aparición internacional de José Lezama Lima.

La historia de Casa y Mundo Nuevo no es apenas la de dos revistas, sino también la de la conformación de grupos intelectuales que se ubican en polos ideológicos opuestos, configurando así una dinámica cultural que reestructura el campo intelectual de la izquierda, a medida que las adhesiones y deserciones van aconteciendo.  A pesar de las dificultades para circular internacionalmente (incomunicación, censura), la difusión de Casa desde el inicio estuvo respaldada por el prestigio de la revolución, lo cual le garantizó una progresión constante, que corría pareja a su compromiso político y a la situación privilegiada de la izquierda en el plano internacional. Basta recordar cómo la propia revista recoge en la sección “Al pie de la letra” sus modos de intervención en publicaciones e instituciones extranjeras, pero también cómo los escritores utilizan el espacio de congresos y reuniones para promover el proyecto cubano [3]. Casa es la puerta de entrada de los intelectuales a la revolución, y al mismo tiempo funciona como puerta de salida para la circulación instantánea de la utopía.

De la opinión de Fernández Retamar sobre la poca credibilidad que le restaba a Rodríguez Monegal al dejarse manipular por la política cultural de los Estados Unidos para América Latina se desprende, en buena medida, su autoconciencia de haber sido también un instrumento, más que un verdadero protagonista de la reorganización de las fuerzas intelectuales de izquierda. Su artículo “Ángel Rama y la Casa de las Américas” está construido sobre la imagen de Rama como figura cumbre de la crítica de izquierda de los años sesenta, pero fundamentalmente como artífice de la ofensiva antiimperialista que colocó a Mundo Nuevo en el ojo del ciclón. Basado en la correspondencia de Rama con el propio Fernández Retamar y con Marcia Leiseca, entonces secretaria de dirección de la Casa de las Américas, este artículo saca a la luz todo el proceso subterráneo de construcción de una comunidad de avanzada revolucionaria y, fundamentalmente, presenta a Rama como un estratega político tratando de llevar a la práctica la reunión definitiva de la vanguardia estética con la política.

Sin embargo, el hecho de que el mismo director de Casa de las Américas delegue en este otro crítico uruguayo la responsabilidad y el éxito de varias empresas que han contribuido profundamente a la solidez estructural e ideológica de la institución que la publica [4], me hacen cuestionar hasta qué punto no está siendo erguido y recuperado como autoridad que, al igual que Rodríguez Monegal, serviría para resistir al tiempo cambiante de las ideologías. Por otro lado, su protagonismo en la creación de una política internacional más agresiva para Casa de las Américas  revela que más allá de los vínculos profesionales o personales, la institución cubana buscó suplir con su figura pública la carencia bastante acentuada en Cuba de una crítica modernizadora, de un intelectual que reuniera en sí tanto un “cuerpo de doctrina” como las cualidades organizativas necesarias para ponerlo en funcionamiento.

Rama aparece como el sujeto que, a través de la revista, le da densidad y dinamismo a la proyección política de la institución cubana. Las citas extraídas por Fernández Retamar de esta correspondencia componen el retrato del autor intelectual de la avanzada cultural antiimperialista lanzada desde la isla. Muestran muy especialmente que su autoría se configura a partir de la toma de decisiones, del cálculo preciso de los pasos a seguir, de los pactos a ejecutar, inclusive de las ideas que deberían transformarse en directrices de la revista. Sin ningún pudor, Rama no es presentado  como colaborador, y sí como uno de los principales ideólogos de Casa de las Américas. En los fragmentos citados de su correspondencia se torna más explícita no sólo su relación con las personas que trabajaban en el centro cubano, sino también su convicción sobre la necesidad de que más allá de sus errores, la revolución cubana prevaleciese como modelo. Por otro lado, este recorte epistolar muestra cómo circula la polémica antes de ser divulgada en el continente, específicamente en Argentina, Chile, Venezuela, México, Uruguay y Cuba; muestra también cómo se organiza la izquierda, cómo se arma una campaña, y cómo el campo intelectual se reagrupa en torno a las imágenes críticas de Rama y Rodríguez Monegal.

En el artículo de Fernández Retamar, Mario Benedetti aparece como una de las fuentes a través de la cual Rama actualiza las informaciones sobre el cambio de política seguido por el CLC, que contaba con una sede en Montevideo. La plataforma del Congreso, ampliamente difundida en su red de publicaciones, se refería al “desgaste de los esquemas ideológicos” así como a “la necesidad de una creación ajena a la política”,  francamente opuesta a la convicción revolucionaria de que la lucha armada sería la única salida para los problemas económicos y sociales del continente. La propuesta liberal de desideologizar la cultura preocupa a Rama, quien llama la atención de Casa de las Américas sobre una izquierda intelectual debilitada, que necesita unirse y fortalecerse usando a la revolución cubana como símbolo. Plantea además la necesidad de cambiar las estrategias, esto es, modernizar, sofisticar los recursos para acceder a la lucha ideológica en un mismo plano de igualdad con las instituciones liberales: “Se necesita lo que hace el imperialismo: una revista en París, reuniones periódicas de escritores, acción militante en todas las causas, organismos supranacionales como habíamos encarado. Nada hicimos, y nos hemos confiado a nuestras flacas y exclusivas fuerzas en todo. ¿No es hora de cambiar esta política?” [5]

La inv(c)itación de Rama a la reestructuración de los flancos culturales es también un reproche y un llamado a la responsabilidad de los cubanos:

Ustedes por allí están tan salvaguardados que no se dan cuenta de la situación y del desaliento en que se mueve ahora el intelectual de izquierda en Latinoamérica: todos los días se presencia una traición, más exactamente una venta a buenos dólares [...] Estamos retrocediendo en casi todos los frentes, y me temo que, sin tener que creer en las tesis trotzkistas, la misma Cuba se retira de Latinoamérica. [6]

Ante la urgencia de estos reclamos, la serie de episodios que le seguirán se inicia con el intercambio epistolar de Rodríguez Monegal y el director de Casa de las Américas y, bajo la forma de la coincidencia, nuevamente Rama aparece como autor intelectual y estratega de la polémica:

lo bueno de nuestra amistad es la coincidencia espontánea en asuntos de arte o de política, así estemos separados por mares y continentes. Cuando yo te escribía sobre la nueva revista del Congreso la carta que sospecho ya has recibido, tú escribías la carta de respuesta a Monegal que has enviado a José Pedro [Díaz] y él me ha mostrado. De total acuerdo [...] Agradecería que le dieras a tu carta la mayor difusión posible, entre los mencionados y muchos más, sobre todo el equipo de izquierda que es el que ha sido asignado para el confucionismo de la nueva revista. Estoy dispuesto a publicarla en Marcha si a ello me autorizas, enviándome alguna copia, y sugeriría una acción intensa para la zona mexicana que es la que, en todo el continente, me parece la más débil y más sensible a este tipo de conmixtiones. [7]

A partir del momento en que esta correspondencia es publicada (específicamente a partir de la publicitada respuesta del director de Casa en la cual niega al uruguayo la colaboración de los cubanos con la revista del ILARI, le expresa la imposibilidad de invitarlo a participar como jurado en el Premio Casa y finalmente lo alerta por su falta de suspicacia ante la presencia norteamericana en su proyectada revista), la imagen del intelectual ingenuo, desprevenido, irresponsable e indiferente pasa a ser utilizada como figura retórica por la revista cubana, que la exporta a otras publicaciones. El paternalismo se instaura como valor crítico y, junto con él, la figura del intelectual-niño gana cuerpo. Basta recordar este párrafo con el cual La Rosa Blindada introduce la publicación de las cartas cruzadas entre los directores de Casa y Mundo Nuevo: “Las dos cartas que publicamos hablan de por sí sobre la candidez de ERM y la enérgica reacción del joven poeta cubano Roberto Fernández Retamar [...], y que de paso servirá para ubicar a algunos publicables que ya estaban preparando sus originales, ‘despistados’ por la inocente criatura que dirige la nueva revista”. [8]

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1. Idalia Morejón e Irlemar Chiampi, “Entrevista a Roberto Fernández Retamar” (inédita). São Paulo – Cienfuegos, Cuba, enero de 2003.
2. Mundo Nuevo también promueve no sólo a los autores de ideología liberal, sino a los que habían participado y luego roto sus vínculos con el  régimen cubano. María Eugenia Mudrovcic ha trabajado con el enfoque sociológico y la línea de debates sobre el militarismo, el movimiento estudiantil y el latinoamericanismo que ocupó el grueso de la revista principalmente en su segunda fase, pero también debe ser recordado que la revista llega a oponerse a la política estética de su primer director, principalmente a través del cuestionamiento del lugar preponderante otorgado por Rodríguez Monegal a la nueva novela.
3. En Historia Personal del Boom,  José Donoso nos trae la imagen de Carlos Fuentes discursando a favor de la revolución cubana, en pleno Congreso de Intelectuales de 1962 (Universidad de Concepción), cuando todavía la mayoría de los escritores latinoamericanos no había establecido vínculos entre sí o con La Habana.
4. La presencia intelectual uruguaya en Casa de las Américas es fundamental en su configuración estructural. Fueron las iniciativas de Mario Benedetti y del propio Rama (entre otros no uruguayos) las que contribuyeron a la fundación del Centro de Investigaciones Literarias de la institución cubana, así como a la instauración del testimonio como género en el Premio literario, a partir de 1970.
5. Roberto Fernández Retamar, “Ángel Rama y la Casa de las Américas”, en Recuerdo a, La Habana, Ediciones Unión, p. 177.
6. ibidem
7. Roberto Fernández Retamar, “Angel Rama y la Casa de las Américas”, en Recuerdo a, La Habana, 1998, pp. 175-176.
8. E.R.Monegal/R.F. Retamar, “Correspondencia”, La Rosa Blindada,  a. 2, n.8, 1966.
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Cubista, Los Angeles - New York, 2004
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