Zen de reparar al Ché en motocicleta.
NÉSTOR DÍAZ DE VILLEGAS.

Robert Redford ha tenido la ocurrencia genial de confundir las imágenes del Ché Guevara y del Easy Rider en una emocionante historia, cargada de aventuras.

La película intenta recrear, para disfrute de los jóvenes espectadores, esos años perdidos en que el argentino recorría el continente en motocicleta. Se trata, sin dudas, de una hagiografía, donde Redford inserta, de manera apenas velada, el cuento de la batalla interior que lo ha llevado ahora a la confesión pública de sus amores perros. En fin, lo que en Hollywood se llamaría una obra “inspiracional”.

La están echando en un cine cerca de usted.

Aclaro: la historia del Ché en motocicleta tiene que ver sólo tangencialmente con Cuba, y esto porque lo cubano ha sido, de una manera u otra, traducido e interpretado por lo porteño. Veamos cómo.

El lenguaje de Martí, que no  se entregó inmediatamente, ni aún en su sencillez, a los lectores comunes (“Hay que leer mucho a este singularísimo artista para acostumbrarse a su fuego”, admitía Díaz Plaja) se hizo comprensible primero en la Argentina, con sus artículos de La Nación. Es a través de la Argentina que el dialecto literario martiano se convierte en lengua franca, pues Martí era admirado, sin ser entendido, entre nosotros. ¿Cuántas veces no hemos dicho lo mismo de otros cubanos?

Muchos años después ocurrirá un fenómeno similar con Virgilio y Lezama. Virgilio encuentra lectores en Losada y publica allí su obra cumbre. Lezama es traducido por un porteño, el inefable Julio Cortázar, que lo inserta en el canon de las rarezas estilísticas y lo hace legible.

Borges, en su estimado del fidelismo es, quizás, el último representante de una Virtú letrada que ya venía dando muestras de amañamiento en la generación que lo sucedió. La parábola del traidor y del héroe la explican Borges y Sábato -tanto mejor que el cuento famoso- con sus propias vidas: el mundo considera al idiota savant del Informe sobre ciegos, que llamó a Guevara “el Admirado”, un dechado de cordura política; y a Borges, encarnación del error y reaccionario.

¡Oh, las lecturas argentinas de lo cubano! El Ché Guevara no es más que otro lector –otro intérprete- de lo cubano. El Ché leyó lo cubano como “fuerza”, en el sentido dinámico; como “estado”, en su capacidad de médico; como enfermedad del significado, como hipertrofia de lo americano. Lo vio claro en su primer paciente, en casa de María Antonia, en ese Egipto que ha sido México para nosotros. Allí constató el estado mórbido ideal de lo cubano; el desarreglo idóneo para las grandes ocasiones.

Sería una locura, para un artista, oponerse al Ché, vilipendiar al Ché, aunque el argentino tenga más crímenes en su haber que Videla, Ventura y Pilar García juntos. ¿Cómo olvidar tan pronto quién fue el autor intelectual del Terror revolucionario, del paredón de fusilamiento y de las cruzadas contra las democracias en todas partes del mundo? Es inútil, queridos críticos de cine, atacarlo. Tal vez podamos interpretarlo.

La imagen de un Guevara libre, explorando el mundo en una motocicleta, es en sí misma, un contrasentido: parecerá un koán macabro a los cubanos de la Isla. El Easy Rider de la izquierda llegó a Cuba para cortar toda libertad de movimiento. ¡Ojalá Payá pudiera cruzar el Niágara en bicicleta!

Pero el Ché se nos ha escapado. Como Remedios la Bella, se ha elevado. A la izquierda apenas le interesa ya el personaje real. (Un mito revolucionario, como cualquier otro mito, vive, literalmente, del cuento.) Y la película que produjo Redford no hace más que llevar leña al fuego. No importa que advirtamos una caprichosa inadecuación entre los medios de expresar la leyenda y la leyenda misma: el Ché es el anti-Hollywood, como también fue el anti-Cristo; pero es Hollywood, precisamente, quien nos lo vende ahora como un Mesías.

Así se lo representa: la corona de espinas es la boina con la estrella, cada punta una herida. (Las espinas han sido simplificadas, a la Mondrian, donde lo vegetal se cristaliza.) La boina afemina, cubre una cabeza que debe estar llena de pájaros. Únicamente el Tonto iluminado la llevaría como símbolo. Semejante al gorro de cascabeles, la boina corona una forma de locura: la locura de la fé.

Cualquier imagen religiosa pasa hoy por un complicado y modernísimo proceso de desemiotización. Idos son los tiempos felices de aquel soberbio Niño de Guevara del Greco, o del papa Inocencio X de Velázquez, donde el retrato solo bastaba para probar la culpabilidad del sujeto. Y es que existía entonces la realidad de la culpa y, en tanto que realidad, podía ser representada. Hoy, en cambio, con la absolución universal, ha desaparecido también la culpa particular y, por tanto, su representación. No tenemos en qué fijarnos para “atrapar al criminal”. Un fotógrafo puede establecer la inocencia de un culpable o, recíprocamente, la culpabilidad del inocente. Así, el Guevara de Korda ha devenido sudario para una nueva religión.

Asistimos al instante rarísimo en que los credos formalizan sus símbolos, los pulen y los estereotipan. Los artistas, cómplices eternos de los fanatismos, se encargan ahora de establecer el look de la nueva idolatría. Como al David de Marat, a Redford le ha tocado vestir santos terribles.

A mí también me da a veces por armar absurdos cadáveres exquisitos y entonces yuxtapongo la foto del Ché muerto en Bolivia y la de Reinaldo enfermo en Antes que anochezca –hasta de algo tan general y abstracto como una Plaga responsabilizó Rey a sus verdugos. El victimario y la víctima se emparejan en sus meta-historias fílmicas que, como metatrancas cruzadas, los sostienen y los conmutan. Hollywood se ha servido de ambos, y la Historia de Cuba será, en lo adelante, el resultado de ese cruce infinito de confusiones.

Se dirá que deliro. Pero, ¿quién no delira después de ver al Sundance Kid, al gran Gatsby y al burguesito aspirante que abandonara a Bárbara Streisand repartiendo proclamas en una esquina para correr a su destino de cerdo capitalista, aparecerse en Utah para enseñar el zen de reparar al Ché en motocicleta? 

Publicado en Cubista Magazine el 26 de abril del 2004.
subir
Cubista, Los Angeles - New York, 2004
Contacto: editor@cubistamagazine.com