“Una polémica sesentista: Casa de las Américas y  Mundo Nuevo” [1] Idalia Morejón Arnaiz

Haydée Santamaría consideraba la revista Casa como “difícil de hacer porque es literaria y no deja de ser política”. “Pero creo”, decía,  “que una de sus características es que no le tememos a la polémica. Después de todo, la polémica nos sirve para medir nuestras fuerzas” [2] . La polémica [3] parece ser, para Haydée, la medida discursiva del poder; su concepción guerrera de la palabra es el aire de familia, el rasgo de carácter que aproxima a la revista de la revolución. La imagen de Casa como gestora de debates era, en el contexto político de los años sesenta, un valor connotado positivamente por la izquierda. Optar por el enfrentamiento ideológico le rindió no pocas pruebas de unión y de consenso, al instaurar como práctica nuevos modos de calcular y mostrar el peso de las adhesiones contra el liberalismo, el anticomunismo, el imperialismo. Asumir la crítica y el debate parecía ser, más que una característica, el eje que perpetuaba su centralidad. Y para medir las fuerzas, lo principal era contar con un adversario  que justificase, en la escala de sus “valores negativos”, la necesidad de establecer, en lugar del diálogo, una suerte de versión letrada de la lucha armada. La agresión lexical, la actitud de alerta y la permanente salida al paso del oponente, incrementaron las diferencias y transformaron a sus protagonistas en (re)productores de repertorios ideoestéticos que parecían no tener cabida en el único lugar posible para la convivencia intelectual: el espacio letrado latinoamericano.

El deseo de colmar el continente con miradas regidas por la exclusividad de sus enfoques -la necesidad de imponer lo moderno a través del gesto épico, o el proyecto melancólico de mantener un universo literario desgajado de lo político- rotularon a Casa y Mundo Nuevo con los sellos del compromiso revolucionario y de la autonomía intelectual. Casa encuentra en la polémica una forma de ocupar el territorio de lo ajeno con sus propios mensajes, de hacerlos circular al borde mismo del escándalo sin que los principales protagonistas parezcan involucrados de una manera personal. Es el estilo guerra fría de discursar, forcejear, hacer proselitismo, alzar triunfos; es la tensión de una época que mal supera los estragos del fascismo y ya encuentra la fuerza de los nuevos imperios tensando y dividiendo a maestros y condiscípulos en América Latina.

La discusión entre los directores de ambas revistas, que se extendió con intensidad a sus índices y temarios, tuvo lugar en un contexto de inestabilidad ideológica marcado por el auge de los movimientos guerrilleros y sus tensiones con los partidos comunistas, por la proliferación de regímenes militares,  más la presencia ideológico-militar de los Estados Unidos en los países de la región (invasión a República Dominicana, programas de investigación auspiciados por fundaciones norteamericanas) [4] . Junto a estas circunstancias políticas, la intelectualidad de izquierda se organizaba en torno a revistas que seguían el modelo discursivo de Casa y que además se inspiraban en idénticas formas enunciativas, tales como el género epistolar y las encuestas. [5] También se vio favorecida  por un dinámico engranaje editorial (Sudamericana, Emecé, en Argentina; Fondo de Cultura Económica en México) que se nutría de jóvenes manuscritos; fue estimulada por los nuevos premios literarios (Casa de las Américas y Seix Barral colmaban las ambiciones) y por un nuevo estilo de hacer crítica literaria. Por otro lado, los grupos intelectuales (Sur, Orígenes) que durante las décadas anteriores impusieron un gusto de lectura y un modelo de escritura basados en el cosmopolitismo y la separación entre cultura y política, fueron desplazados por el interés de los jóvenes escritores en reflejar y participar de la cotidianidad revolucionaria.

El “ataque” a Mundo Nuevo
El antecedente inmediato a los desentendimientos entre los directores de Casa y Mundo Nuevo puede ser ubicado en el Congreso de Génova, enero de 1965. Allí tuvo lugar un primer contacto entre ambos, que Ángel Rama trató de desactivar. Al interrogarlo acerca de la presencia de  escritores cubanos en la revista del ILARI, Fernández Retamar ha evitado valorar el peso de las colaboraciones de los exiliados, y en su lugar se ha referido a la “falta de presencia” de escritores cubanos en Mundo Nuevo,

por considerarla una revista que había sido proyectada desde una perspectiva hostil a la revolución cubana, cosa sobre la que me había advertido muy tempranamente Ángel Rama, cuando en enero de 1965 en Génova una institución que ya no existe que se llamó Columbianum organizó un famoso congreso de escritores latinoamericanos junto con otros congresos [...] Cuando se celebró este congreso, recuerdo que Emir Rodríguez Monegal nos invitó a almorzar o a cenar a Cintio Vitier y a mí para hablarnos del proyecto de la revista. Yo no sabía nada sobre el particular, yo apreciaba la obra crítica de Emir Rodríguez Monegal [...] Desconocía las malas relaciones entre él y Rama, no estaba al tanto de los detalles. Después de este almuerzo o cena Rama, enterado de ello, me desmintió sobre –podemos decir contra- Emir, un poco para mi sorpresa, pues yo desconocía las malas intenciones, que no eran sólo malas relaciones personales, sino también de orientación ideológica. Y así fue que vine a tener una idea de lo que era el proyecto de esa revista. [6]

Sin embargo, lo que interesa resaltar en esta cita es la necesidad que tiene Fernández Retamar de precisar el contexto y las circunstancias generales en que comenzó su corta relación con Rodríguez Monegal, la cual, según su testimonio, nació marcada por la sospecha. A su regreso a la isla, el cubano es nombrado director de Casa, y Rodríguez Monegal, cuyos contactos con el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) precedían en mucho a este encuentro, tampoco tardaría en poner en funcionamiento su proyecto editorial. Por otro lado, las polémicas de Rama con Rodríguez Monegal, hasta entonces circunscritas al ámbito montevideano, a partir de entonces serían expuestas a los reflectores de la opinión latinoamericana. No se trataba ya de debatir en el ámbito local, sino de amplificar las discusiones (relaciones intelectuales, modelos críticos, respectivas herencias políticas) a un rango continental. La agilidad con que Rama mina el entendimiento entre su oponente y los cubanos, como veremos más adelante, muestra su determinación en no dividir con Rodríguez Monegal la centralidad extra provinciana que Cuba le garantizaba.

De ese primer contacto surgió una invitación de Fernández Retamar para que Rodríguez Monegal colaborase en la revista cubana y para que participase como jurado en el Premio Casa de 1966. En abril de 1965 le escribe al uruguayo una breve carta en la que expone la nueva orientación que Casa seguiría bajo su mandato:

Tengo empeño en que podamos hacerla, cada vez más, una revista de ideas, con un amplio criterio intelectual que permita confrontar visiones variadas en el campo de la cultura americana, la cual vive hoy en Cuba, y en el continente nuestro, un momento de tanto interés.

Considero desde luego de la mayor importancia poder contar con trabajos tuyos en esta revista que me complace poner a tu disposición. [7]

Después de siete meses sin responder, el 1º de noviembre de 1965 7 [8] Rodríguez Monegal lo hace desde México comunicándole su nuevo proyecto de revista y tratando de confirmar su visita a La Habana, a todas luces con el objetivo de obtener colaboraciones para Mundo Nuevo:

Una de esas cosas es la oferta de dirigir una revista literaria en París para América Latina. La he aceptado porque el grupo que me la ofrece (vinculado al Congreso por la Libertad de la Cultura pero no dependiente de él) me asegura toda la libertad de elección y orientación. Entre las cosas que he especificado con toda claridad, deletreándolas, está la colaboración de intelectuales cubanos. Hay que erradicar definitivamente el maccarthismo. Aceptaron y creo que sería muy conveniente que yo visitara La Habana. Tú me habías dicho que podría ir como jurado de la Casa de las Américas. La idea me tienta aunque tal vez eso me exija demasiado tiempo y trabajo. Te ruego que me aclares estos puntos:
[...]
b) Qué posibilidades tendría de hablar con los distintos grupos, distintas revistas, distintas personalidades importantes, en un plazo breve (una semana, por ejemplo).
Es fundamental para mí este enlace y creo que lo puede ser también para ustedes porque creo que esta revista va a ser una oportunidad para todos los que creemos en una cultura latinoamericana viva y de hoy [...]

Explicar el porqué aceptó dirigir una revista del CLC implicaba saber que existía desconfianza sobre su orientación política, por tanto, Rodríguez Monegal entrega su palabra y su prestigio en garantía; de algún modo quiere tranquilizar al cubano, pues de antemano conoce lo previsible (en un sentido negativo) de su reacción. El uruguayo se presenta como el intelectual que, desde la margen opuesta, defiende un proyecto  cuyo punto de afinidad con la izquierda internacional (la lucha contra los poderes reductores de la libertad intelectual) le permitiría concretizar sus planes. Así, se vale del tono enfático y del modo imperativo para probarle a su colega cierta fidelidad afectiva, cierta constancia ética, cierto compromiso personal, en buena medida pensados para validar su proyecto y reducir al mínimo los argumentos en contra que el cubano podría esgrimir.

Al mismo tiempo el futuro director de Mundo Nuevo se presenta con tal seguridad de sí, tan decidido no sólo a llevar adelante su empresa, sino también a que los cubanos la acepten, que enseguida pasa a organizar su viaje a La Habana, y pone a Fernández Retamar en función del mismo. El director de Casa es interpelado como un colaborador a priori; Rodríguez Monegal le adjudica funciones de índole práctica para garantizar  el éxito de su visita y de su revista. Esta primera carta le propone a los cubanos un negocio redondo: el intercambio intelectual basado en relaciones personales que garantizan un amplio margen de legitimidad, y cuyos resultados podrían ser divididos en beneficio de la comunidad literaria latinoamericana.

Por otro lado, adelantarle a la revista-guía de la izquierda un proyecto que se presenta a sí mismo como una oportunidad y un credo, podría ser interpretado desde la isla como un modo de querer absorber o de encauzar por otros derroteros el capital intelectual que sustentaba a la revista cubana. Frente al empeño de convertir a Casa en una revista de ideas, Mundo Nuevo aparece entonces, antes de su surgimiento, como una competidora y como una amenaza. Cuando Rodríguez Monegal la describe como “una oportunidad para todos los que creemos en una cultura latinoamericana viva y de hoy”, lo que subyace en sus palabras son los vacíos que encontraba en la futura oponente. Su pretensión de actualidad y de modernización sugiere enseguida que sería otra la mirada, otra la lectura, otra la zona estética privilegiada. Es, de cierto modo, una pretensión de compensar o completar lo que desde su punto de vista no se había realizado desde Cuba. La “oportunidad” que la revista del uruguayo parece concederle a la literatura y a los intelectuales delimita un territorio de letrados cuya identidad se define por la unidad en torno a su proyecto. Al emplear la primera persona del plural (“para todos los que creemos”), el crítico se reconoce como figura modélica de un credo estético que si bien no excluye a los cubanos, tampoco les ratifica el liderazgo. Al pedir colaboración para su revista y convocar al director de Casa para que trabaje en función de ella preparándole contactos en el interior de la isla, Rodríguez Monegal está invadiendo el centro que instituye, organiza, controla y difunde hacia el resto del continente un discurso que no admite relacionarse con “el otro”. Al mismo tiempo que su epístola busca el acercamiento, también está pensada como forma de negociar la presencia de escritores que si bien no era posible  localizar en las instancias oficiales de la cultura, como José Lezama Lima o Virgilio Piñera, por su importancia intelectual eran centrales, dado el nivel literario que sus colaboraciones garantizarían.

Pero si Rodríguez Monegal estaba interesado en contactar a escritores que habían pasado a ocupar un lugar secundario frente a la emergencia de la joven guardia cultural, ¿por qué Fernández Retamar es el principal enlace? No olvidemos que Casa era entonces una especie de carrefour latinoamericano, el lugar de las confluencias y de los intercambios, el sitio adonde todos miraban, el ámbito codiciado por los jóvenes talentos provenientes de las clases medias del continente, que mal conseguían dar crédito a lo que sus ojos allí veían: una movilidad incesante de clases, razas y castas, una fusión y un desplazamiento en el que todo lo proveniente de una época anterior a 1959 parecía fosilizado, burgués y decadente, y necesitaba ser reestructurado, eliminado, resemantizado. Cuba y su revolución tropical les ofrecían un paisaje humano y una dinámica política que el tradicional provincianismo de otras sociedades latinoamericanas no conseguía “descodificar”. Bajo el impacto causado por el nuevo modelo social, la realidad del continente cobraba nuevas dimensiones. Así, al mantener buenas relaciones con la revista cubana Rodríguez Monegal garantizaba la libre circulación de su revista y su aprobación por parte de los escritores  que los cubanos habían conseguido agrupar durante todo un quinquenio. De la aceptación o del rechazo de los posibles colaboradores parecía depender, en buena medida, parte de la red latinoamericana de adhesiones, así como la misma solidez del proyecto parisino. No se trataba apenas de integrar a la nueva revista la literatura que se producía en la zona política más llamativa de la década, sino que, además, obtener el asentimiento del grupo que controlaba el discurso literario de la revolución significaría probar la legitimidad (y el éxito) de una empresa que si bien estaría financiada por una organización que vivía de fondos norteamericanos, se quería, por sobre todas las cosas, personal.

Lejos de provocar, Rodríguez Monegal se expuso con cautela y trató de “poner el parche” antes de que la mala fama del CLC transformase su revista en un nuevo escándalo. Para contornear la previsible hostilidad de los cubanos, utilizó como elemento de persuasión el valor cultural y latinoamericanista de su proyecto. Pero, definitivamente, las “sutilezas semánticas” no funcionaron, y el 6 de diciembre Fernández Retamar le responde:

Como te considero hombre de buena fe, te hablaré sin ambages, con igual buena fe: el Congreso de marras es una organización creada para algo, que es, precisamente, lo contrario de lo que nuestros países requieren. Financiado como está por los Estados Unidos, tiene como única misión la defensa no de “libertad de la cultura”, sino de los intereses imperialistas norteamericanos, agenciándose para ello, la colaboración de intelectuales de diversos matices, algunos de los cuales no son hostiles a nuestras causas... Si crees de veras que la sutil distinción semántica de estar “vinculado al Congreso por la Libertad de la Cultura pero no dependiente de él”, te permitirá “toda la libertad de elección y orientación” en el nuevo Cuadernos que preparas, me temo, Emir, que has sido sorprendido en tu buena fe, de la que no tengo por qué dudar.

Con esta respuesta, Fernández Retamar inaugura la polémica epistolar con el futuro director de Mundo Nuevo, quien aparece como un intelectual ingenuo e ignorante de los vínculos entre la revista que dirigiría y la cara oculta de la CIA. Dentro del contexto político cubano, los pormenores de los acontecimientos culturales de las instituciones liberales eran acompañados paso a paso, a manera de rever las estrategias discursivas que la revolución debería asumir para mantener, sino la hegemonía, al menos un equilibrio en la lucha por el control de la interpretación y de los espacios ideológicamente sensibles a la influencia revolucionaria. Fernández Retamar se dirige al uruguayo como si controlase informaciones que, aun concerniendo a Mundo Nuevo, su adversario ignorase.

Aunque parece una réplica personal, esta lleva también el cuño de la institución cubana, el número de registro con que sería archivada y la fecha en que fue expedida. Sobre estas marcas “oficiales” se extiende la firma del sujeto Fernández Retamar, reforzando así  los vínculos entre la política institucional y el punto de vista individual. Entonces cabría preguntarse: ¿es la voz del intelectual o es la voz de “la Casa”? ¿Es su propio discurso o es el de una revista que, como muestran sus editoriales, invoca y condena los mismos hechos, idénticas políticas? ¿Por qué sus argumentos  cautivan, fascinan, al punto de convencer o presionar a otros escritores por la toma de partido explícita? La retórica de la epístola cubana es la misma de la oratoria que el comandante Castro improvisaba en la Plaza de la Revolución y con la que hacía vibrar al pueblo. La imagen de Fernández Retamar es la del joven intelectual que vive en una isla “en pie de guerra”, amenazada.

Mientras tanto, Rodríguez Monegal se escuda tras un discurso culpable. ¿Por qué el origen del dinero que financiaría a Mundo Nuevo es cuestionado, cuando es un hecho que los roles de cada una de las revistas son totalmente coherentes con las instituciones que las financian? Los ámbitos desde los que se polemiza parecen ser, para estos intelectuales, mucho más importantes que la palabra individual. Pues, no es difícil descubrirlo, ambos autores actúan como mensajeros de instituciones que se comunican a través de sus voces subalternas. De la misma forma en que Rodríguez Monegal le garantizaba al cubano el consentimiento “del grupo que me la ofrece”, también Fernández Retamar coloca como la última palabra en la discusión, las decisiones de sus propios superiores: “Además, con toda sinceridad, la Dirección de la Casa de las Américas, a quien hablé de esto, estima que encontrándote ahora al frente de un órgano del Congreso por la Libertad de la Cultura, no debías formar parte del Jurado”.

La respuesta a la misiva de Rodríguez Monegal da inicio a un proceso de “autentificación” de la verdad,  cuyo objetivo es debilitar el discurso antagonista. Dicho proceso pasa por dos momentos: primero, como lo muestra la cita anterior, Fernández Retamar critica la tesis adversa y presenta su propia tesis (no existe el diálogo ni la independencia cuando se está vinculado a un órgano financiado por el imperialismo); segundo, refuta la tesis adversa utilizando como técnicas la contra-argumentación, el cuestionamiento sistemático de la tesis contraria, la invalidación del adversario en su palabra.  A lo largo de su epístola, invoca siete veces a la revista Cuadernos, que es situada en el lugar de lo viejo y de lo reaccionario, al tiempo que construye el precedente que desautoriza el nuevo proyecto: “[Mundo Nuevo] vendrá a ocupar el sitio y la función que acaba de dejar vacantes con su esperado fallecimiento Cuadernos”; “la pobre Cuadernos”; “el nuevo Cuadernos que preparas”; “de haber colaborado nosotros en Cuadernos, por ejemplo, no por eso tu antecesora hubiera sido una revista menos enemiga de nuestros pueblos”; “con Cuadernos desaparece un método, no un propósito”; “pero es igualmente seguro que la orientación ulterior escapará de tus manos, según el ejemplo de Cuadernos”; “pero no podía menos, a fuer de buen amigo, que explicarte por qué me es imposible colaborar con el nuevo Cuadernos”.

Cuando todavía Mundo Nuevo no existía en el papel, su identidad ya era asimilada a la de Cuadernos“en sus editoriales, sus notas, su orientación general”. La orientación independiente que Rodríguez Monegal pretendía garantizarle a su empresa es marcada negativamente e inscrita en una línea de sucesión carente de prestigio. La revista nonata del CLC, ahora auspiciada por el Instituto Latinoamericano de Relaciones Interancionales (ILARI) es calificada de nueva en su método, y al mismo tiempo de vieja en su propósito. Al rechazar el origen ideológico de la antigua publicación del CLC, Fernández Retamar descalifica la proposición de Rodríguez Monegal como falsa e incoherente, al tiempo que invierte su campo de valores, sustrayéndole “la verdad” de su elección. Ella es, asimismo, el criterio que regula los valores aceptados desde la izquierda, y la justificación de todo su discurso. Profético, persuasivo, agresivo, afectuoso, indignado e irónico, el director de Casa echa mano de la verdad de la izquierda para argumentar la incompatibilidad “evidente” entre el héroe y el traidor.

Desde el punto de vista de Casa de las Américas, toda la polémica  está configurada a partir de una estructura binaria, compuesta por los tópicos del héroe revolucionario y del traidor ingenuo. Como lugar de la enunciación, el primero escoge el espacio cubano, donde se concentra una masa intelectual perspicaz, cuyos intereses parecen coincidir con las directrices de la institucionalidad revolucionaria, y dispuesta a no dejarse engañar por “las maniobras del enemigo”; mientras que el segundo, quien para abrir una brecha en el diálogo ha tenido que emplazar a sus “superiores” del CLC, ve su identidad inscrita en el espacio reservado al intelectual solitario y confundido.

El modo combativo en que Fernández Retamar le sale al paso a los nuevos proyectos del CLC, la precisión con que trata de hacerle entender a Rodríguez Monegal la magnitud de su error al asumir un compromiso que lo vincularía a la política de los Estados Unidos, muestra el dominio de una estrategia que consiste en utilizar una argumentación que engloba al adversario para dar cuenta de sus insuficiencias. “Me dirás [...] que me has pedido colaboración y no consejo”, le escribe el director de Casa. Así, la capacidad de análisis y la visión política del uruguayo quedan en entredicho. En la carta del cubano, las razones del crítico parecen fácilmente descalificables. La pugna por la posesión de un territorio intelectual que se torna cada vez más central en la cultura literaria de los sesenta hace que la discusión sobre el surgimiento de una nueva revista se instale sobre el lugar de la verdad “oculta” que se interpone entre Fernández Retamar y su oponente: “Como te considero hombre de buena fe, te hablaré sin ambages, con igual buena fe”. La sinceridad y la honestidad intelectual conforman el terreno moral en el que ambos coinciden, es la premisa común al debate, es el preámbulo a la revelación del “secreto” que Fernández Retamar insiste en hacerle creer a Rodríguez Monegal que él ignora.  El cubano cuestiona el valor de la tesis del fundador de Mundo Nuevo, al mostrarle que comporta consecuencias contrarias a su propio proyecto. El razonamiento ad hominem  elaborado por Fernández Retamar pretende colocar a su adversario contra sí mismo, ridiculizarlo y mostrar que sus argumentos lo llevan a conclusiones opuestas a aquéllas en las que se apoya: “Nadie puede proponer en serio que estas fantasías se tomen por realidades”.

La afectividad de las primeras tres cartas, que se concentra en el saludo y la despedida (“Querido Roberto” / “A la espera de tus noticias va un gran abrazo” – “Amigo Emir” / “Recibe un saludo, con recuerdos genoveses”) desaparece en las dos últimas. Ni siquiera al principio del intercambio epistolar, la intimidad entre los autores fue sellada por el pacto de silencio que toda correspondencia privada parecería cumplir. La reciprocidad inicial en la confrontación de ideas cedió rápidamente, cuando las réplicas del cubano subieron de tono, acudiendo a la invectiva e incorporando a su discurso las formas de la sátira y el panfleto. En la misiva que encierra este debate, Rodríguez Monegal insiste en no distanciarse de los cubanos y en no renunciar a la sanidad del diálogo; tampoco acepta la polémica en los términos agresivos en que Fernández Retamar la había conducido: “no contestaré a groserías con groserías” y “no aceptaré el papel de enemigo de Cuba y de los escritores cubanos que con tanta avidez están diseñando para mí” [9] .

Para llegar a Cuba
Ante la evidencia de que por la vía pública y cada vez menos diplomática de las epístolas no conseguiría mucho más del director de Casa, Rodríguez Monegal ensayó otra estrategia de aproximación, que hoy es posible reconstruir a partir de las cartas intercambiadas con César Fernández Moreno, uno de sus colaboradores más cercanos en la empresa parisina. En enero de 1967, el poeta y ensayista argentino viaja a La Habana como jurado del Premio Casa y también como participante del Encuentro Rubén Darío, en “misión acercatoria”, entre otros, con el objetivo de escribir sobre Cuba para Mundo Nuevo y captar, o por lo menos sondear, a los colaboradores que ya le habían sido escamoteados a Rodríguez Monegal.

La marea cada vez más alta del antiimperialismo, que con tanta fuerza había crecido a través de la carta abierta a de los escritores cubanos a Pablo Neruda, a raíz de su participación en el XXXIV Congreso del PEN Club celebrado en Nueva York (julio de 1966), deja a Fernández Moreno lo suficientemente aprensivo como para desconfiar no sólo del éxito de su misión, sino también de las posibilidades reales que tendría de establecer contacto con los escritores cubanos. Los temores del argentino, largamente sopesados y calculados antes de tomar la decisión de aceptar la invitación de los cubanos, también se transparentan en su correspondencia con Rodríguez Monegal, y dan testimonio de los dilemas en que dicha polémica colocó a un sinnúmero de escritores, que se vieron abocados a optar por la toma de partido en torno a cada revista, a cada director. “[...] doy por supuesto”, escribió también Fernández Moreno, “que allí ya deben estar enterados de nuestros proyectos, y entonces, dado que ellos viven la «versión Rama» [10] , yo resultaría un extraño invitado que en rigor encubriría a un emisario de la CIA, en una isla que ellos consideran en pie de guerra. La conclusión es fácil de sacar”. La lógica culpable de este cercano colaborador de Mundo Nuevo parece desprenderse de la repercusión alcanzada por las respuestas de Fernández Retamar a su homólogo uruguayo. Visiblemente indeciso ante la posible hostilidad isleña, el director de Mundo Nuevo trata de convencerlo de la importancia de su visita:

Veo que te has tomado demasiado en serio lo de los tiburones. No creo que debes dejar de ir a la isla. Al contrario, desde nuestro punto de vista sería muy importante que fueras y que llevaras adelante tu misión de acercamiento entre la gente de la isla y nuestra revista. En esta misma misión estarán empeñados, según me acaban de informar, tanto Julio Cortázar como Mario Vargas Llosa. O sea, que no te faltarán apoyos. Lo que sí creo que no te conviene es anunciar oficialmente que piensas venir a trabajar a la revista. Para mí hay un matiz importante y es éste: ellos saben que eres colaborador de la revista y pueden suponer que estás de acuerdo con la línea de la misma. Si te invitan es porque les interesa tu colaboración. Eso no te obliga a ti a aceptar el punto de vista de ellos. Las ventajas de tu presencia en la isla ya te las he explicado en mi carta anterior. De ninguna manera se trata de una misión de espía porque tú no vas a ver más de lo que te quieran mostrar. En cuanto a la gente como Lezama Lima, Piñera, etc., me consta que firmaron la carta abierta al P.E.N., porque no tenían más remedio. No hacerlo significaba exponerse a sanciones muy severas. La carta refleja un espíritu burocrático que no tiene nada que ver con el punto de vista de estos escritores. Por diversos conductos me he enterado de cuál es la posición verdadera de ellos. Esto no quiere decir que si tú vas a verlos en mi nombre te vayan a contar sus cuitas y abrirte el corazón. Lo más probable es que se cuiden de opinar nada que no sea completamente ortodoxo. Pero mi interés es que los veas, que hables con ellos de cosas literarias, que averigües que andan escribiendo, que en fin tengas un contacto humano y artístico con ellos. Por todo esto es que insisto en que debes hacer el mayor esfuerzo posible dentro de tus medios para ir a la isla [11] .

Rodríguez Monegal deposita ahora toda su esperanza en la gestión de Fernández Moreno, quien, contrario a lo que su amigo le explica, parece entender el viaje a Cuba no sólo como misión, sino también como conspiración; guardar el secreto de sus estrechos vínculos con la realización de Mundo Nuevo sería la garantía de acceso al interior de la casa revolucionada, y también a un universo de colaboradores que Rodríguez Monegal codiciaba en la misma medida en que Casa parecía ignorarlos. Lezama Lima, Virgilio Piñera, se asomaban con discreción por entre las páginas de la revista cubana, mientras permanecían anónimos, o casi inaudibles, bajo el vocerío que gritaba, gesticulaba, se deslumbraba con lo inefable de una realidad que dejaría al mensajero argentino “sin palabras con que expresar”.

La fina, estratégica y bien argumentada labor de convencimiento de Rodríguez Monegal apela aquí al cálculo exacto de las ventajas y desventajas del modo en que su amigo debería conducirse frente a la izquierda y administrar sus dosis de verdad, sus puntos de vista. Al disuadirlo de que “de ninguna manera se trata de una misión de espía”, el uruguayo comparte con Fernández Moreno su propio malestar por saber que, no muy en el fondo, estaba elaborando argumentos con los cuales liberarse de un discurso que ya en las cartas dirigidas a Fernández Retamar se sabía culpable frente al amplio apoyo con que contaba la revolución.

Si el argentino aún se resiente con la manera en que tendrá que distorsionar su imagen intelectual ante los cubanos –una imagen que al seguir las recomendaciones de su jefe no estaría exenta de huecos, vacíos, silencios, abstenciones sobre el tema Mundo Nuevo-, Rodríguez Monegal consigue convencerlo, mostrándole el trasfondo de una verdad menos perfecta, menos armónica, menos idílica del ambiente intelectual cubano. Bien informado sobre los modos en que la oficialidad isleña se garantizaba el consenso y la cohesión interna, así como los bien pensados modos de acoger a los invitados extranjeros, Rodríguez Monegal sabe de la presión bajo la cual muchos escritores firmaron la carta a Pablo Neruda; sabe que ni siquiera fueron consultados antes de que sus nombres fueran publicados; sabe que muchos, por tanto, sentían miedo; sabe, sobre todo, que la culpa por sentirse un espía es, frente a los procedimientos cubanos, un escrúpulo innecesario.

Para el director de Mundo Nuevo ningún esfuerzo sería entonces vano, si comparado con la empresa a que iba destinada: un proyecto estético que se resistía a prescindir del centro político-cultural hacia el cual todos dirigían la mirada, y que para triunfar en su totalidad necesitaba incorporar a los autores cubanos, aun cuando él sabía que no se encontraban estrechamente vinculados a Casa. No obstante, la publicación habanera era la única puerta de entrada que, al mismo tiempo, cortaría  el acceso y tornaría opacos los lenguajes que se distanciaban de la epifanía revolucionaria.

En el paso de 1966 a 1967 el manto de la sospecha, que provocó verdaderos mea culpa de índole mística en algunos colaboradores de Mundo Nuevo, había comenzado a caer sobre el currículo de muchos escritores, y los temores de Fernández Moreno sobre la eficacia de su misión conciliatoria no demoraron en confirmarse como reales [12] . De su acercamiento a la isla, lo que más importa aquí fue el modo en que hubo de aceptar y ceder ante el pedido “personal” de Fernández Retamar. Éste, en nombre de Cuba y de los cubanos, comprometió al argentino a no escribir sobre la revolución en Mundo Nuevo, “porque cuanto mejor escribiera yo, peor sería para ellos (por publicarse en MN). Esta sutileza te da ya la pauta del nivel extrafino a que ha llegado la polémica sobre la llamada política cultural yanqui de penetración”.

Fernández Retamar le pide a su amigo que no escriba, ni siquiera bien. Esta sutileza, además, da la medida de que no son ni la política de la institución, ni el credo ideológico del cubano, los “lugares” desde los que se inicia la discusión; ella parece responder, antes que nada, a la verticalidad de las decisiones partidarias, cuyo antiimperialismo era el nexo entre el resto de América Latina y la revolución. Ninguna concesión, ningún intercambio, fue la respuesta categórica que Fernández Retamar ya le había adelantado a su oponente, y que en buena medida explica su  insistencia en no “ceder” la imagen de una intelectualidad cubana en permanente resistencia contra el imperialismo, a las páginas de una revista que insistiría en mostrar, a través de sus textos, el fin de la guerra fría cultural:

La colaboración de intelectuales cubanos en una revista así no sería, desde luego, lo que erradicaría el maccarthismo, según nuestro deseo. De haber colaborado nosotros en Cuadernos, por ejemplo, no por eso tu antecesora hubiera sido una revista menos enemiga de nuestros pueblos: sus editoriales, sus notas, su orientación general, indicaban su razón de ser. Pues es obvio que una revista no es una simple suma de textos, por excelentes que éstos puedan ser. Al colaborar en una revista, no tenemos que coincidir absolutamente con su orientación: pero no es coherente que esa orientación sea opuesta a la nuestra.

Ante la negativa cubana y ante el “rudísimo golpe” (en la expresión del propio Fernández Moreno) sufrido con la adhesión casi masiva [13] de los asistentes al Premio Casa y al Encuentro Rubén Darío (incluyendo a Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa) [14] a la primera Declaración del Comité de colaboración, el desconfiado visitante le propone a su director otra estrategia con vistas a salvar “el proyecto originario de la revista de diálogo”, cada vez más en crisis desde la izquierda:

Uno será conseguir un “staff” de escritores de izquierda, progresistas o independientes, de tal valía que en algún modo contrapesen los que se han pronunciado en contra. Sería óptimo que este staff pudiera manifestarse en un sentido más o menos así: frente a la nueva política cultural yanqui los cubanos y quienes los siguen han dado tal respuesta; este otro grupo, en cambio, entiende que cabe otra, que puede consistir en aceptar las posibilidades de expresión de ideas progresistas que tal política norteamericana suministra.
Otro medio, desde luego, sería intensificar en MN el tratamiento a fondo de los problemas que preocupan a la izquierda latinoamericana y mundial, en forma tal que se vea que la revista está comprometida en una actitud crítica realmente libre de toda traba.
Y por último –y este punto me parece indispensable- habría que rehuir toda ambigüedad con respecto a la financiación de la revista y aclarar con pelos y señales qué es el Ilari, quién lo constituye, de dónde salen los fondos, sus relaciones con el Congreso, etc., etc., y, sobre todo, enfrentar y destruir las acusaciones respecto a la CIA.

La urgencia de Fernández Moreno en salvar un proyecto editorial que Casa de las Américas amenaza echar por tierra ilustra con toda prolijidad el modo en que desde Cuba parece ponerse en juego la organización del campo intelectual latinoamericano, la legitimidad de las filiaciones y lecturas del contexto político desde el cual se producen los modelos intelectuales que se enfrentan en ambas revistas y fuera de ellas. La propuesta de rever las estrategias discursivas, la lista de colaboradores, la prioridad de los temarios haría de Mundo Nuevo, en todo caso, otra revista, de esta vez regida por los parámetros establecidos desde Cuba. Sin embargo, lo que el argentino sugiere a Rodríguez Monegal es, a grandes rasgos, lo que éste ya venía haciendo desde el primer número:

Es evidente por tu carta que algunas de las acusaciones que hacen los cubanos contra Mundo Nuevo (poca definición sobre problemas candentes como el cubano, dominicano, vietnamita, racial...) son acusaciones completamente gratuitas ya que Mundo Nuevo ha publicado artículos precisamente sobre cada uno de estos temas y con posiciones que no pueden ser tergiversadas: en el núm[ero] 1 sobre Cuba, en el núm[ero] 2 sobre el Vietnam, en el núm[ero] 3 sobre Santo Domingo, etc. Lo malo, querido César, es que los cubanos se prevalen de su condición de víctimas del imperialismo yanqui para atacarnos con cualquier clase de argumentos, incluso sin argumentos. Acabo de leer el número 40 de Casa de las Américas [15] y hay un artículo en que por un lado se nos acusa de frivolidad política, citando opiniones cuidadosamente recortadas de Fuentes y Sarduy e incluso una tuya sobre Martínez Estrada, y se omite decir en el mismo artículo que en los mismos números de la revista hay una presentación muy seria del caso Siniavski-Daniel, una discusión de alto nivel sobre el Vietnam, una nota mía sobre Martínez Estrada en Cuba, etc, etc. Creo que el error es tomarse muy en serio a los amigos cubanos como jueces en materia cultural, incluso política. Ellos están en el frente de batalla y bastante hacen con pegar gritos. Pero nosotros que no estamos en el frente de batalla y podemos hablar articuladamente no tenemos por qué confundirnos tanto. Precisamente nuestra responsabilidad empieza en el momento en que no estamos en el campo de batalla sino que estamos juzgando las cosas con toda lucidez y con toda calma. [16]

Pero Fernández Moreno no fue el único intelectual que tuvo que enfrentar el dilema Casa / Mundo Nuevo desde una perspectiva personal, y al mismo tiempo tratar de mantener, por sobre las asperezas del debate ideológico, los vínculos literarios y la fraternidad suprarevolucionaria que parecían resguardar al intelectual independient

Escribir y tomar partido
En el contexto de la polémica, la postura adoptada por Gabriel García Márquez ilustra cómo la discusión repercutió sobre un escritor latinoamericano joven, de éxito, comprometido con la revolución cubana, que entraba por la puerta ancha en el mundo internacionalizado de la literatura; contrasta, además, con el radicalismo de las decisiones tomadas desde dentro del “campo de batalla”, en la distancia de un exilio europeo que por momentos tornaba imperceptibles los “gritos” de la isla, e invisibles las aletas de “los tiburones” que angustiaban a Fernández Moreno.

¿Cómo afecta la polémica a quienes no son sus protagonistas? ¿En qué situación los deja?  Según el novelista colombiano, en una “abrumadora situación de cornudos”. El tono jocoso empleado en su carta del 24 de mayo de 1967 al director de Mundo Nuevo encuentra en la picaresca una figura que suele despertar más simpatías que odios; Rodríguez Monegal es el inocente engañado y no el malvado que merece ser cornudo. De cualquier manera, es una imagen hilariante, si se asocia a la reputación de que gozaba éste como crítico y profesor, y demuestra, más allá del buen humor con que García Márquez enfrentó el mal momento, el modo temperado –y ambiguo- en que llevó adelante esta especie de farsa epistolar.

A la carta “oficial”, como él y el propio director de Mundo Nuevo la calificaron, le sucedieron otras, “privadas”, donde el tono, el tratamiento y el lenguaje cambiaron radicalmente. La oficial acude a las formalidades de un “usted” distanciado y burocratizado, emergiendo de un lenguaje no menos controlado y culto; las privadas, por el contrario, abusan de las informalidades del “tú” y se descontraen con un prosaísmo franco, amistoso y solidario. Por un lado existe un vínculo personal que García Márquez no desea perjudicar, pero tampoco quiere que su imagen de escritor independiente sea cuestionada:

Caro Emir:
Se le va a uno la vida tratando de mantener una posición independiente, y a última hora resulta que lo salpican a uno por carambola... y lo peor de todo, por cuenta de una cuadrilla de cretinos. No me queda más remedio que mandarte esta carta, y espero y deseo que nada de esto interfiera nuestra amistad personal
Un abrazote,
Gabo

Con esta breve nota García Márquez introduce la epístola en que se retira como colaborador de Mundo Nuevo, mientras ejecuta todo tipo de malabarismos retóricos para permanecer “arriba del muro”. A la concepción ideológica de lo que debe ser una revista, que Fernández Retamar ya había presentado a su oponente –“pues es obvio que una revista no es una simple suma de textos, por excelentes que éstos puedan ser”, García Márquez le opuso otra, que le garantizaba su independencia de elección y justificaba, al mismo tiempo, el hecho de haber cedido las primicias de Cien años de soledad a Mundo Nuevo: “creo y seguiré creyendo que cuando se escribe para una revista es uno quien influye en ella, y no al contrario”. Pero lo que está en cuestión, tanto en la epístola oficial como en las privadas,  es el origen espurio de la financiación de Mundo Nuevo, y la urgencia que sienten director y colaborador en exhibir el gesto inmaculado con que se quieren distanciar de ese origen.

La carta, por otro lado, dio lugar a una intensa negociación antes de ser publicada.  El 27 de mayo de 1967 Rodríguez Monegal acepta de buena gana el papel bufonesco que tan cordialmente el colombiano lo invita a dividir junto con toda una legión de “maridos engañados”, pero le sugiere que haga “un distingo” en su carta oficial, justamente para aclarar que los fondos del ILARI provienen de la Fundación Ford, y que el momento que se discute es anterior a su entrada en Mundo Nuevo. Suspicaz y desconfiado, García Márquez continúa escéptico ante los datos suministrados por Rodríguez Monegal, reiterando con ello su postura de escritor independiente, exento de cualquier tipo de vínculos financieros con instituciones liberales o comunistas: “La verdad, mi querido Emir, es que a partir de este momento todos los organismos se me han vuelto sospechosos. El que no juega de un lado juega del otro. El objetivo es ensuciarnos, de frente o por la espalda, porque ninguno de los dos bloques quiere darle al mundo la oportunidad de que tenga escritores independientes”.

Entre el monolitismo ideológico de los extremos en pugna, “Gabo” se yergue, aunque acosado por la presión que lo obliga a renunciar a su lugar literario en Mundo Nuevo; ve en la polémica un espacio igualmente espurio desde el cual las ideologías se configuran como amenaza al humanismo, como castración de lo individual, como privación de aquello que no se deja manipular.  A pesar del credo independiente con que consigue sacarse del cuerpo las incomodidades de la polémica, no demora en bajarse del muro para caer directamente en el patio de “la Casa”: no atiende a la sugerencia de Rodríguez Monegal y, sin comunicárselo, publica su carta oficial en la revista Encuentro liberal [17] , cuando aparentemente sería Mundo Nuevo quien ganaría ese privilegio. Al retirarle los derechos de exclusividad, García Márquez le niega también la posibilidad de defenderse, de “dialogar” y de darle relieve a la discusión a través de su imagen de escritor joven, de izquierda y de prestigio, cuya retórica, diferente de la utilizada por Fernández Retamar, si de algo se cuidaba era de caer en la toma de partido explícita.

Al igual que los editoriales, las declaraciones y cartas abiertas, la polémica epistolar entablada por Fernández Retamar y Rodríguez Monegal puede ubicarse dentro de la  literatura de combate, por la claridad con que expresan la oposición entre los rasgos discursivos de dos proyectos ideológicos diferentes, y por la manera en que los modelos intelectuales en pugna se transparentan, mezclando los credos personales con las políticas institucionales, y creando, por tanto, una identidad discursiva entre textos de índole muy diferente. Esta polémica, además, deviene la expresión de un momento de cambio en las relaciones de fuerza dentro del campo intelectual latinoamericano, que concierne no sólo las transformaciones estéticas, sino además los modos de relacionarse de los intelectuales en el continente.  Por otro lado, ella se encuentra ubicada dentro del sistema cultural-político de los años sesenta como entrelazamiento de “tradiciones” específicas, esto es, formas retóricas, estrategias y posiciones ideológicas particulares (Angenot, 1995).

La confidencialidad de los contenidos de las cinco epístolas que inauguraron el debate, que  fue inmediatamente violada por ambos directores, dio lugar a que la discusión se extendiese a otras cartas y otros tipos de textos, y que introdujera a nuevos enunciantes, como Gabriel García Márquez, César Fernández Moreno y Julio Cortázar. Aunque no fueron concebidas como cartas abiertas, en la práctica editorial funcionaron como tales, pues sus contenidos fueron enseguida divulgados al público intelectual latinoamericano, y cumplieron con la función de provocar el debate en torno a la legitimidad de las opciones individuales.

El debate continúa
Antes de salir el primer número de Mundo Nuevo, ya en las páginas de Marcha se habían publicado las cartas de Fernández Retamar y Rodríguez Monegal a propósito de la revista. A partir de entonces comienza la ofensiva cultural contra los cambios de la política cultural de los Estados Unidos para América Latina (CA, 38, 39, 40, 41, 42), cuyo foco de atención lo fue la revista del ILARI. Pero de modo general, todos los esfuerzos de Casa estuvieron encaminados a desautorizar la acción de las instituciones liberales en el continente, vistas como mecanismos de penetración imperialista [18] . El número 39, pensado en función de esta ofensiva cubana, fue dedicado a la literatura del Uruguay, país de origen de Rama y Rodríguez Monegal, y fue presentado como un documento de adhesión de los escritores uruguayos a la revolución cubana, una primera respuesta a la disputa por el control de los colaboradores que silenciosamente ambas revistas entablaron. El editorial hacía resaltar la simpatía de Fidel Castro por el gobierno y por el pueblo uruguayos, además del valor literario de los colaboradores de ese país en Casa. En la edición siguiente, “Desde la Revolución veinte autores escriben” (CA, 40), por segunda vez la revista dedicaba un número a la literatura cubana de la revolución,  que contrarrestaba el creciente volumen informativo-crítico-propagandístico alcanzado por la literatura cubana en Mundo Nuevo. Casa trató de oponerle, sin grandes repercusiones estéticas, la continuación de un proyecto encaminado a crear una poética revolucionaria, cuya primera muestra tuvo lugar en los números 22-23 preparados por Arrufat en 1964 [19] .

En el número 41, el Comité de colaboración publica su primera declaración, la cual establece no apenas la posición de la revista cubana frente a la ofensiva cultural de los Estados Unidos, sino que además marca las pautas a seguir por los intelectuales de la izquierda latinoamericana, y que podrían resumirse en los siguientes puntos:

Desde Marcha, Rama fiscalizaba los movimientos de Mundo Nuevo, a la que consideraba  una “fachada cultural” de los Estados Unidos, cuya penetración en América Latina asumió la identidad del patrocinador cultural, mediante el financiamiento de eventos públicos y el otorgamiento de becas de estudio a los escritores. De ese modo, la revista nace estigmatizada por la izquierda, que la considera un medio de penetración cultural, una estrategia de disgregación discursiva, en un momento en que la versión sartreana del intelectual comprometido se agotaba y cedía lugar al imperativo de delinear una nueva figura, orgánica, que reuniera dos modelos: el hombre de ideas y el hombre de acción. [20] Así, a los ojos de los intelectuales que se identificaban con el patrón del revolucionario integral, el “estigma” de Mundo Nuevo se corresponde con el “pecado original” de los intelectuales cubanos, tal y como el Che Guevara lo había definido [21] .

Mundo Nuevo tampoco perdió oportunidad para presentar un nuevo tratamiento de temas políticos relacionados con Cuba,  y en su primer número publicó el artículo de François Fejtö, “Notas sobre Cuba”. Adoptando el estilo del reportaje periodístico, Fejtö pasa revista a las diferentes áreas (económica, política, cultural, social) de la vida cubana que tuvo oportunidad de conocer durante una visita a Cuba. El texto de Fejtö, que contiene críticas provenientes de su propia experiencia, y que no fue redactado con el intuito de mostrar apenas el lado homogéneo y perfecto de la revolución,  que fue ampliamente criticado por Ambrosio Fornet en su reseña del primero número de la revista del ILARI, “New World en español”. Entretanto, Rodríguez Monegal emplazaba al ILARI a probar públicamente mediante documentos, su total desvinculación financiera y política de la agencia de inteligencia estadounidense, llegando inclusive a sugerir su salida de la revista de no ocurrir una exposición detallada de las pruebas [22] . Literalmente cercado por la combatividad de la izquierda y por la propia irritación de los escritores que a través del CLC se veían vinculados a la CIA, en el editorial “La CIA y los intelectuales” (MN, 13, julio de 1967) adelanta la magnitud de su respuesta a la ofensiva cubana, que aparece en el número 14, de agosto de 1967. El director de Mundo Nuevo construye una estrategia de argumentación basada en la interpretación de los textos que denuncian sus vínculos con la agencia de inteligencia en sus lenguas originales, en un empeño filológico por redireccionar la atención de los lectores hacia otras zonas del debate hipostasiadas por la prensa de izquierda, que asumió el control del discurso y creó una imagen negativa del intelectual liberal. Las siguientes palabras de Rodríguez Monegal constituyen no sólo un alegato de autodefensa, sino una declaración de principios y una manifestación de independencia intelectual. Muestra, por otro lado, que la “buena fe” que Fernández Retamar presenta irónicamente como un arma de doble filo, es la que define, para el director de Mundo Nuevo, la condición del intelectual:

Por dolorosas que sean, estas revelaciones no hacen sino confirmar algo que es obvio: lo difícil que es conquistar y conservar la libertad. La condición del intelectual independiente en el mundo moderno es una condición de riesgo y miseria. El escritor o el artista que no esté dispuesto a decir Amén o Heil, a firmar dónde le digan y cuándo le digan, a repetir humildemente el catecismo o las consignas, está por eso mismo expuesto a la más cruel aventura. Por un lado, es víctima de la calumnia de la reacción organizada, de la pandilla maccarthista o stalinista; por el otro, del engaño de la CIA. Afortunadamente, si la calumnia o el engaño pueden modificar la consideración –al fin al cabo efímera- de una obra o una conducta, no pueden alterar la calidad e independencia de la misma. La CIA, u otros corruptores de otros bandos, pueden pagar a los intelectuales independientes sin que éstos lo sepan. Lo que no pueden hacer es comprarlos.

Este editorial se enmarca en uno de los temas más recurrentes del género panfletario: la visión crepuscular del mundo, en la cual el sujeto nos habla desde un mundo privado de valor; seguro de poseer la verdad que con tanto esfuerzo ha conseguido resguardar, pero impedido de ejercerla. Su lógica trágica indica que está solo, aislado, pesimista, pero todavía encuentra fuerzas para reivindicar los valores que han sido traicionados. El mundo nuevo que la  literatura rescribe  corre el riesgo de transformarse, desde lo ideológico, en un mundus inversus.

Mundo Nuevo constituye, al menos en su primera etapa, una revista institucional en buena medida con carácter de revista de formación. Esto, no porque no cumpliera con una de sus “funciones” desde el punto de vista institucional (oponerse a los discursos estéticos e ideológicos que cruzan a Casa de las Américas, órgano de difusión legitimante de la izquierda intelectual latinoamericana en los años sesenta), sino porque la presencia de una figura como Rodríguez Monegal, intelectual comprometido con la literatura antes que más nada, fue lo suficientemente fuerte y lúcida como para conseguir articular una especie de contramodelo de escritor independiente que rompiese con la hegemonía del discurso político que subordinó la literatura a la política en buena parte de América Latina.

En su trabajo “Emir Rodríguez Monegal o la construcción de un mundo (nuevo) posible” [23] , la investigadora Luz Rodríguez-Carranza considera al crítico uruguayo “eje y parámetro de toda lectura de su propio territorio”, por la manera en que organizó y desarrolló el trabajo de la revista:

Él fue el dueño absoluto de su revista: él escogió sus colaboradores, seleccionó sus entrevistas y sus materiales; su función fue la del narrador omnisciente de “un” mundo (entre muchos mundos posibles) que fue su entera creación, y que se rigió según sus propias leyes.

Así, en su respuesta a Casa de las Américas, Mundo Nuevo se define por la orientación personal “exclusiva” de su director, “único responsable de la selección de todo material que publica”, con lo cual se defiende de las acusaciones sobre el origen de su financiamiento [24] . Sin embargo, como ya ha señalado María Eugenia Mudrovcic [25] algunos de los principios que la revista defendía –la apertura al diálogo, la independencia intelectual, el rechazo a los nacionalismos y a los populismos- coincidían con los del CLC y el ILARI, lo cual, lejos de librarla de cualquier sospecha, reforzaba su imagen de dependencia de los órganos desacreditados por la izquierda.

No fue la ingenuidad o la ignorancia política de Rodríguez Monegal, como se ha insistido en señalar, lo que lo hizo aceptar la dirección de Mundo Nuevo. Poco más de una década en Marcha, la cual política y culturalmente estaba orientada hacia un público de izquierda, marca el período formador de su idea de lo que debe ser una revista, esto es, el producto de la decisión de intervenir políticamente desde la formación de opinión y no desde las estructuras partidarias, la valoración debidamente fundamentada, la originalidad discursiva, el desprecio de los lugares comunes, los nuevos enfoques analíticos, el didactismo cultural [26] . Al mismo tiempo era consciente de que Mundo Nuevo tendría que enfrentarse a otras revistas fuera de cuyos espacios sería difícil circular con legitimidad; de hecho, Rodríguez Monegal llegó a ser considerado persona non grata por una zona de la intelectualidad de izquierda, ante su rechazo a sustentarse en grupos políticos y su inclinación a hacer resaltar las afinidades con la literatura internacional. En Santiago de Chile, durante una reunión del ILARI en 1967, el poeta chileno Waldo Rojas lo agredió físicamente y fue considerado un “infiltrado imperialista”.

Cuando en 1971 la Fundación Ford abandonó la subvención de varias revistas e instituciones, entre ellas Mundo Nuevo, Casa de las Américas trajo a colación la tortuosa genealogía de su antagonista, y reivindicó para la institución cubana la función de tribuna a partir de la cual, por primera vez, se organizó el cerco contra la publicación liberal: “Los lectores del Boletín recordarán que fue la Revolución cubana, y, concretamente, la Casa de las Américas, la que inició y ha mantenido continentalmente la denuncia de la penetración imperialista del ILARI y de sus revistas”. [27] Sin embargo, ni Mundo Nuevo ni la revista cubana publicaron las cartas; Casa prefirió el espacio estrictamente doméstico de la revista Bohemia, de circulación nacional, o el de sus asistentes en el exterior, Marcha, La Rosa Blindada y Siempre!

Como parte de los esfuerzos desplegados por Casa para restaurar la hegemonía cultural-política de los años sesenta, en la actualidad se ha dado a la tarea de negar su protagonismo en la polémica, y ha desplazado hacia otras figuras y publicaciones la autoría intelectual del debate con Mundo Nuevo. Además de Fernández Retamar,   Ambrosio Fornet también insiste en negar la autoría de los ataques. Cuando en su artículo “Casa de las Américas: entre la Revolución y la Utopía”, comenta las “limitaciones” de los trabajos que abordan la vida de esta publicación, le da especial relieve a que:

determinados enfoques tienden a hacerse unilaterales o confusos cuando ponen el énfasis –como lo he venido haciendo yo mismo- en los aspectos ideológicos y políticos del discurso cultural de Casa –sobre todo los vinculados con ciertas polémicas-, tal vez desconociendo que ninguna de ellas –pienso en las relacionadas con la revista Mundo Nuevo, con Neruda y con el llamado “caso Padilla”, por ejemplo- se originó en la Casa de las Américas, lo que no significa que ésta no tomara partido con respecto a las mismas” [28]

El  nuevo consenso adoptado por los cubanos se repite también en la reseña del libro de María Eugenia Mudrovcic, Mundo Nuevo. Cultura y Guerra Fría en la década del 60, que la revista cubana publicó. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Casa en 1998, cuando fue publicado el texto, Ernesto Sierra [29] menciona algunos “antecedentes literarios e ideoestéticos inscritos en la prehistoria de la polémica”, con lo cual ésta aparece más como la continuación de los rencores de Rama y Rodríguez Monegal, que como un momento de singular importancia para la historia y el análisis del campo intelectual latinoamericano de los sesenta, por el modo en que caracterizó su fragilidad, permanentemente escindido entre el apoyo a la revolución cubana, las tensiones de la Guerra Fría y sus respectivos “pecados originales”. Este reciente afán cronológico por establecer el momento exacto en que tuvo inicio la oposición cerrada a Mundo Nuevo, consigue situar la primera pista en un pequeño grupo literario de Montevideo, cuando en la reunión que clausuraría la revista Número, Rodríguez Monegal aceptaría comenzar otra, financiada por el CLC. Es de este encuentro  que sale, vía Mario Benedetti, la información que algunos meses más tarde Rama, durante el Congreso del Columbianum, le contaría a Fernández Retamar.

Justamente, la reseña sobre el libro de Mudrovcic se centra en un asunto que la propia autora apenas toca: la polémica con Mundo Nuevo y el papel de Casa en su desarrollo. En la lectura de Sierra, Rodríguez Monegal aparece como un manipulador anticubano, y su revista como “el centro que ayudó a prefigurar la política de rupturas de la intelectualidad latinoamericana en torno a Cuba y su Revolución, política que marcaría el comienzo de los 70”.

La responsabilidad histórica por los fracasos de la intelectualidad comprometida con la revolución, que Casa de las Américas hoy transfiere a la revista del ILARI, pasa silenciosamente sobre las políticas y polémicas surgidas en la isla, en especial las ocurridas entre 1968 y 1971, con dos eventos protagonizados por Heberto Padilla. Culpar a una revista liberal (cuya línea anticubana fue en gran medida estimulada por los propios intelectuales de Casa que antes de su nacimiento ya la habían condenado) por la división de la izquierda, parece no tener mucha lógica; en todo caso, la responsabilidad debería recaer, ya que se insiste en mostrar a un “culpable”, sobre el centro epifánico de la utopía guerrillera, que cerró las puertas al debate y cortó, con palabras del propio Fidel Castro, cualquier posibilidad de crítica o de diálogo desde el mismo espacio revolucionario, tanto para los extranjeros como para los cubanos.

Se hace necesario recordar, sin ningún cansancio, que en 1968 el poemario Fuera del juego, de Heberto Padilla, fue premiado con un voto unánime en el concurso “Julián del Casal”, de la UNEAC, por un jurado internacional entre cuyos miembros se encontraban el poeta cubano Manuel Díaz Martínez, el crítico y traductor inglés John Michael Cohen y el fundador de la revista Orígenes, José Lezama Lima. Al premiar este libro, lo que le interesaba a los jurados era justamente lo que sólo podían encontrar fuera de la norma, y lo que hasta hoy constituye la originalidad de Padilla: su calidad formal, su “intensa mirada sobre los problemas fundamentales de nuestra época y una actitud crítica ante la historia”. Para los jurados, lo que le daba sentido revolucionario a este libro era el hecho de no ser apologético. A pesar de ganar el premio y ser publicado, Fuera del Juego recibió el veto de la burocracia cultural, estampado en la propia edición del libro, y no fue incorporado al canon de las novísimas obras revolucionarias, pues no contribuía a perpetuar el modelo afirmativo del entusiasmo sin crítica.

Mientras que en el Congreso Cultural de La Habana de 1968 se acababa de constatar el apoyo internacional de la izquierda intelectual a la revolución cubana, con el llamado caso Padilla toda una década de epifanía y adhesión se cerraba para los intelectuales. En abril de 1971, el poeta fue preso por la Seguridad del Estado acusado de conspirar contra la revolución, y después de un mes liberado y conminado a  autocriticarse ante sus colegas de la UNEAC. Allí denunció a otros intelectuales que como él  eran considerados disidentes o contrarrevolucionarios. No medió un proceso en el sentido jurídico, no hubo acusación formal; la ley fue impuesta de forma tal que el reo hubo de convertirse en su propio acusador y, de cierta manera, hubo de reajustar todo el enmarañado mecanismo de la justicia a la ley fuera de la justicia. Lo que se juzgaba no eran los hechos, sino las ideas; lo que quedó expuesto fue la violencia política en las relaciones de poder; lo que se practicó eran las técnicas de que se valía el poder para garantizar su hegemonía.

El autor de Fuera del juego se convirtió en la pieza clave sobre la cual sostener una nueva economía del castigo, pero también una nueva economía del discurso. Su confesión actuó como mecanismo regulador de futuras actitudes políticas; su efecto fue ejemplarizante, y su función más importante fue  la de enfatizar la superioridad del poder. Importantes escritores latinoamericanos y europeos, por otro lado, escribieron dos cartas dirigidas a Fidel Castro [30] , en las que en un tono enérgico solicitaban la liberación de Padilla y el respeto a la libertad de expresión. Le Monde difundió ampliamente este hecho, provocando la ira de las autoridades cubanas y causando, más allá de la isla, nuevas rupturas, nuevos desencuentros.

Mientras tanto, en su número 67 la revista Casa lanzó un dossier que recoge las declaraciones de los latinoamericanos que se posicionaron a favor de la revolución cubana y contra Mario Vargas Llosa, quien acababa de renunciar al Comité de colaboración y que, a través de una carta difundida por la prensa internacional, criticaba las sanciones del gobierno cubano contra la libertad de expresión [31] . Este dossier, titulado “Posiciones”, sintetiza y define no sólo la polarización dentro de la izquierda intelectual sesentista, sino también es la culminación de un diseño ideológico que durante toda una década se fue configurando sobre una discursividad escindida entre el compromiso y la libertad individual. Copiosos textos, firmados por escritores y artistas de Perú, Cuba, Uruguay, Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, además de algunos europeos, reafirmaban la adhesión al paradigma ideoestético que subordina el arte a la política, por tanto, reafirmaban que el único modelo de intelectual posible en la coyuntura era el que se comprometía con tal paradigma.

En esta nueva “polémica” la revista no cita ni publica las cartas de Le Monde, en las que los nombres de colaboradores cercanos como Vargas Llosa, García Márquez y Julio Cortázar  (ahora traidores) parecían provocar una reacción todavía más honda. La identidad de los autores de las protestas contra el encarcelamiento de Padilla aparece revelada desde el silencio que se cierne sobre sus nombres. Como intelectuales, ellos son ahora un enemigo sin rostro y sin nombre particular, transfigurados en “mercenarios” culturales del imperialismo norteamericano. Los firmantes de las cartas de solidaridad con la revolución, al contrario consideran la isla una “avanzada geográfica del socialismo”, y a sus críticos, “quinta columnistas”, “zapadores ideológicos”, “agentes a sueldo del enemigo”, “gusanos”, “señoritos”, “agitadores literarios”, “elucubradores mentales”; toda una retórica inspirada en el lenguaje de la propaganda y la agitación política. Para ellos, el hombre-escritor es el desdoblamiento del hombre-político; la revolución, la víctima de un enemigo transformado en metáfora, en invectiva.

El conjunto de las cartas-posiciones publicado en dicho número plantea la cuestión de la visibilidad y autoridad con que la revista rescribe el género epistolar. Las cartas son el espacio desde el cual se narra una verdad íntima, se revela un secreto, se entrega una experiencia que parece única, con un lenguaje que hace de la confesión política un estilo, y que modifica la sintaxis de varios números de la revista. Las cartas funcionan también a manera de interrogatorios, o de monólogos que constantemente interpelan a un opositor ausente, invisible en el texto.

La siguiente cita extraída de un discurso pronunciado por Fidel Castro en 1971, poco tiempo después de la confesión de Padilla, la cual tampoco podríamos dejar de recordar –¡sin ningún cansancio!- se desborda en elocuencia y, más que una ilustración, es una prueba concreta del antiintelectualismo de la clase dirigente, que rápidamente se instauraría como base de  la política cultural del país: 

(...) ¿concursitos aquí para venir a hacer el papel de jueces? ¡No! ¡Para hacer el papel de jueces hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad! Y para volver a recibir un premio, en concurso nacional o internacional, tiene que ser revolucionario de verdad, escritor de verdad, poeta de verdad, revolucionario de verdad. Eso está claro. Y más claro que el agua.

De esta manera, excesivamente locuaz, se establecieron las pautas que han regido el desarrollo institucional de la cultura en Cuba, al tiempo que se consolidó el modelo de intelectual comprometido con el socialismo. Así, el caso Padilla aparece como la confirmación de aquello que no se debía hacer: liberar al lenguaje de la tiranía de lo real. Todas las obras que en sus rasgos más originales no se correspondiesen con el programa ideológico de la revolución serían expurgadas y anuladas, y con ellas sus autores. desde una perspectiva oficial, los únicos textos e interpretaciones válidos eran los que satisfacían las necesidades institucionales, por lo cual se los justificaba tal como eran: imperfectos, su obra viva. Existía el consenso de que era esa imperfección la que los tornaría más humanos, una interpretación usada para esconder la necesidad que tenía la revolución de ese discurso.

Así, queda claro para los intelectuales que su posición frente al control del discurso es totalmente subalterna, pues es el poder político quien determina la interpretación. Incluso poetas como Cintio Vitier, Eliseo Diego y Fina García Marruz, origenistas que diez años atrás habían sido objeto de críticas y ofensas por parte del propio Padilla y sus colegas desde  Lunes de Revolución, comenzaron a producir textos en la norma conversacional, de tema revolucionario, dedicados a las organizaciones de masa, a la zafra azucarera y a los obreros.

¿Una polémica sesentista?
La reciente discusión entre Fernández Retamar y Carlos Fuentes refuerza la certeza de que la polémica entre Casa y Mundo Nuevo continúa viva y que, tanto como en los sesenta, ella es una manifestación del modo agónico en que literatura y política entablan relaciones.

A raíz de los acontecimientos políticos ocurridos en Cuba en marzo de 2003 –fusilamientos, prisiones-, nuevamente los intelectuales europeos y latinoamericanos aparecieron en el escenario mundial para posicionarse frente a estos hechos. Esta vez, el gesto ya tradicional de firmar cartas y manifiestos contra la política estatal de la isla estuvo teñido por un leve matiz: escritores históricamente vinculados al proceso revolucionario cubano, tales como Gabriel García Márquez y José Saramago, se dividieron entre el apoyo y la condena a las últimas decisiones represivas de las autoridades cubanas. “Hasta aquí he llegado” [32] , la célebre frase con que el novelista portugués rescindió su compromiso, sirvió para que otros artistas y escritores reafirmaran sus puntos de vista  críticos dentro del clima de urgencia propio de aquel momento, o decidieran redefinir sus posiciones.

Siguiendo el ejemplo de Saramago, Carlos Fuentes también se adelantó a enunciar su posición: “Esta es la mía: contra Bush y contra Castro” [33] . La frase se reveló compleja al punto de reavivar la discusión en torno a las nociones de “compromiso” y “autonomía”, y estableció una continuidad con la polémica que las revistas Casa y Mundo Nuevo desarrollaron en los años sesenta. Así, en el nuevo contexto político (donde no sólo predominó el gesto desesperado de Fidel Castro ante la organización de la disidencia interna, sino también el no menos desesperado gesto de George Bush ante la fragilidad de su imperio), surgió la posibilidad de volver a discutir la funcionalidad de la versión latinoamericanista-antiimperialista del modelo “engagé”.

Para fundamentar su decisión de mantenerse “a raya”, Fuentes reconstruye un segmento de la cronología política cubana, que parte del momento inicial de la revolución y se extiende sobre el rosario de las “infidelidades” castristas que planean sobre el ámbito de la cultura:

Yo mantengo la línea que me impuse desde que, en 1966, la burocracia literaria cubana, manipulada por Roberto Fernández Retamar para apresurar su ascenso burocrático y hacer olvidar su pasado derechista, nos denunció a Pablo Neruda y a mí por asistir a un Congreso del PEN Club internacional presidido a la sazón por Arthur Miller. Gracias a Miller, entraron por primera vez a los EE.UU. escritores soviéticos y de la Europa central para dialogar con sus contrapartes occidentales. Neruda y yo declaramos que esto comprobaba que en el terreno literario la Guerra Fría era superable. La larga lista de escritores cubanos compilada por Fernández Retamar nos acusaba de sucumbir ante el enemigo. El problema, nos enseñaba, no era la Guerra Fría sino la lucha de clases y nosotros habíamos sucumbido a las seducciones del enemigo clasista.
No fueron tan débiles razones las que nos indignaron a Neruda y a mí, sino el hecho de que el Zhdanov Retamar hubiese incluido en la lista, sin consultarles siquiera, a amigos nuestros como Alejo Carpentier y José Lezama Lima. A este hecho se fueron añadiendo otros que claramente arrogaban para Cuba el derecho de decirles a los escritores latinoamericanos a dónde ir, a dónde no ir, qué decir y qué escribir.

Según Fuentes, desde 1966 su relación con la isla (que básicamente era su relación con la revista Casa) ya estaba decidida. Tanto en sus acusaciones, como en la réplica que Fernández Retamar le dedicó, encontramos el mismo interés por reconstruir un pasado en común como colaboradores literarios y colegas ideológicos. Tanto a Fuentes como a Fernández Retamar parece motivarlos, en especial, la posibilidad de volver al escenario sesentista donde transcurrieron episodios fundamentales de la polémica, en la medida en que los autoriza a utilizar las estrategias de antaño, aquellas que Fuentes ahora considera ilegítimas. Para desmentir las afirmaciones de este último, el cubano se detiene sobre el momento en que tal alianza fue quebrada:

En cuanto a mi “pasado derechista”, ¿puede Fuentes aportar siquiera una prueba de él?  Como no le será dable hacerlo, volverá a ser evidente que es un redomado mentiroso. En cambio, sobre su pasado es imprescindible que refresque algunos hechos que él ha mantenido a buen recaudo hasta hoy. ¿Qué hacía en 1966 Carlos Fuentes? Pues era ni más ni menos que uno de los voceros más conspicuos de la revista Mundo Nuevo, financiada por el Congreso por la Libertad de la Cultura, es decir por la CIA, como hoy es ampliamente conocido [34].

Para Fernández Retamar, el vínculo con Mundo Nuevo continúa siendo un estigma y un argumento ideológico de peso para desmoralizar a su oponente. Si confrontadas las versiones de parte y parte, parecería que el tiempo no ha pasado para estos intelectuales. Esta memoria recobrada al calor de un nuevo orden político que oblitera la funcionalidad de los proyectos “alternativos” de los años sesenta, ya venía precedida por el estímulo, esencialmente académico,  para la relectura crítica de una década de plena transformación estética, política y social.

En tanto proyectos modernizadores de modelos intelectuales y literarios, Casa y Mundo Nuevo se tornaron imprescindibles para “entender los sesenta” en América Latina. No podemos pasar por alto que, más allá de la guerra de Irak y de la violación de los derechos humanos en Cuba, el radio de acción de Casa se mantiene orientado hacia el campo intelectual latinoamericano, y en los últimos tiempos también hacia el exilio cubano. La publicación habanera le ha asignado a Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid, n. 1, 1996-) el mismo rol de oponente que tres décadas antes le había reconocido a Mundo Nuevo. De esta última, Encuentro ha heredado la acusación de plataforma anticubana de la CIA, al punto de que una intensa campaña en torno al origen espurio de su financiamiento haya sido promovida por los medios de prensa cubanos. [35]

Encuentro ha mostrado, sin embargo, que la misma Fundación Ford que financiara las actividades de Mundo Nuevo a raíz del escándalo sobre los vínculos entre la CIA y el Congreso por la Libertad de la Cultura, llegado el nuevo milenio promueve no pocas reformas en territorio cubano, en especial la modernización de la biblioteca de la Casa de las Américas [36] .

El hecho de retomar los mismos tópicos y transformar la polémica intelectual en un ajuste de cuentas entre sus antiguos protagonistas, nos dice cuán dilatada se nos ha hecho la disputa, pero al mismo tiempo nos avisa que el antiimperialismo continúa siendo el gran argumento de la revolución, el productor tanto de las alianzas como de los silencios intelectuales. En el nuevo contexto, Fuentes y Fernández Retamar se han comportado como figuras políticas, han asumido roles modélicos y han conseguido que decenas de otros intelectuales se ubiquen en torno a sus opiniones. [37]

[1] Agradezco a través de este trabajo la colaboración de Enrico Mario Santí, por facilitarme muchos de los textos de la correspondencia de Emir Rodríguez Monegal aquí citados

[2] Jaime Sasrusky, “Casa es nuestra américa, nuestra cultura, nuestra revolución. Habla Haydée Santamaría”, Casa de las Américas, a. 29, n. 171, noviembre-diciembre de 1988, p. 6.

[3] Junto con la sátira y el panfleto, la polémica es una de las formas del discurso agónico. Presupone la existencia de un contradiscurso con una doble estrategia: por un lado demostrar una tesis, y por otro refutar la del adversario (Angenot, [1982]1995).

[4]
“Camelot”, “Numismático”, “Simpático”, son los nombres de algunos de los proyectos sociológicos que escandalizaron la década, debido al origen norteamericano del dinero que los financiaba, así como a los objetivos que perseguían.

[5] Basta revisar los géneros y los contenidos de La Rosa Blindada para constatar su papel coadyuvante en la difusión de los mensajes lanzados por la revista cubana. En el mismo número en que reprodujo las primeras cartas intercambiadas entre Roberto Fernández Retamar y Emir Rodríguez Monegal, La Rosa Blindada publicó los siguientes textos: Regis Debray, “América Latina: problemas de estrategia revolucionaria”; Moc Vien, “¿Quién vencerá en vietnam?”; Estela Canto, “Un revolucionario”; Horacio N. Casal, “El gordo”; Juana Bignozzi, “Poemas”; Isaac Babel, “Opiniones”; Gorki, Budienny, Vishnevski, “Polémica”; Marcelo Ravoni, “Venezuela: intelectuales en armas”; Debray, Maspero, “El papel de los intelectuales en la liberación nacional”; Gorriarena, Broullon, Noé, Aguirrezabala, “Encuesta plástica”; Fidel Castro, “Carta a U-Thant”.

[6] Idalia Morejón Arnaiz, Entrevista a Roberto Fernández Retamar (inédita), São Paulo – Cienfuegos, Cuba, enero de 2003. Colaboración de Irlemar Chiampi.

[7] Carta de RFR a ERM, 2/04/1965. Emir Rodríguez Monegal Papers (C0652): 1941-1985, bulk 1965-1968. A Finding Aid Prepared by Rodolfo G. Aiello. Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University, 1995.Todas las citas de esta correspondencia pertenecen a la fuente mencionada.

[8] Cartas de la polémica: 1/11/1965: ERM a RFR; 6/12/1965: RFR a ERM; 29/12/1965: ERM a RFR; 7/3/1966: RFR a ERM; 6/4/1966.

[9] Carta de ERM a RFR, 6/04/1966, fuente citada.

[10] Ver edición anterior de cubistamagazine.

[11] Carta de ERM a César Fernández Moreno, Paris, 1/12/1966, fuente citada.

[12]
Pero, al tiempo, se vieron mezclados con las imágenes de lo épico y de lo folklórico con que la revolución encantaba sus visitantes. El encuentro con la capital de la cultura revolucionaria fue para el argentino “una mezcla extraordinaria de heroísmo y adolescencia, universalismo y cerrazón, guerrillas, educación, poesía y cha cha cha, catolicismo y mulatas”.

[13] Fernández Moreno no firmó ninguno de los documentos emanados de los eventos organizados por la Casa y su revista.

[14] En su reseña del libro de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural (Madrid, Editorial Debate, 2001), el argentino Néstor Kohan recuerda que Fernández Retamar “finalmente logró, por ejemplo, que un escritor de la talla de Julio Cortázar no cayera en la trampa de las «buenas intenciones» de Monegal y se negara sistemáticamente a publicar en Mundo Nuevo, a pesar de que al comienzo había mantenido una actitud ambivalente”. Kohan cita extensamente la correspondencia del autor de Rayuela con el director de Casa, a través de la cual es posible acompañar su “proceso de definición” a favor del lado cubano, que no estuvo exento de la necesidad de escuchar consejos: “[...] Cortázar confiesa su intención de publicar en Mundo Nuevo un ensayo sobre Paradiso, de Lezama Lima, pero subordina esta decisión a la opinión de Fernández Retamar. Así, le pregunta:

¿Qué ha pasado finalmente con Mundo Nuevo? Mis amigos de París me dicen que los tres primeros números son inobjetables desde el punto de vista que te imaginas. Sólo conozco el primero, y no sé si tú lo has visto y te han llegado los otros. Porque como Monegal insiste en pedirme colaboración, se me ha ocurrido ahora que si la revista se mantiene en un plano digno, la publicación en ella de esas páginas sobre Lezama sería bastante sensacional en muchos aspectos. Primero, porque «lanzaría» el nombre y la obra de un gran cubano entre millares de lectores que lo desconocen por completo; segundo, porque en mi texto se dicen cosas muy duras sobre el bloqueo a Cuba, las barreras del miedo y la hipocresía, con el tono y la intención que te imaginas. No contestaré a Monegal hasta no tener tu opinión. Por eso te pido una respuesta inmediata, me bastarán dos líneas.

“ Finalmente”, agrega el reseñista, “las dudas de Cortázar se disipan. Para la política cultural antiimperialista éste fue un logro de alcance mundial, dada la centralidad de Cortázar en el mundo literario de aquellos momentos”. Cfr: “La pluma y el dólar. La guerra cultural y la fabricación industrial del consenso”, Casa de las Américas, a. 42, n. 227, abril-junio de 2002, p. 144-152.
La revista trae como fecha de esta carta, el 21 de julio de 1966, el mismo mes en que fue lanzada Mundo Nuevo, por lo cual resulta extraño que Cortázar haya mencionado la existencia de tres números, a menos de que conociera de modo anticipado el contenido de los números que Rodríguez Monegal editaría en lo sucesivo. Con relación al primero, que dice conocer y que además considera “inobjetable”, la opinión de los cubanos fue bien diferente. Por otro lado, es evidente que para los escritores latinoamericanos publicar en una revista literaria organizada justamente por el crítico literario más internacional y mejor conectado del momento, y además en París, donde muchos de ellos vivían, era, a pesar de las pésimas referencias de la revista, una verdadera tentación que valía la pena negociar.
Para consultar la correspondencia de Cortázar con Fernández Retamar, ver: Casa de las Américas, n. 145-146, julio-octubre de 1984 (número de homenaje).

[15] Se trata del artículo de Ambrosio Fornet, “New World en español”, CA, 40:

[16] Carta de ERM a César Fernández Moreno, 6/03/1967, fuente citada.

[17]  “La CIA financiaba el Congreso por la Libertad de la Cultura. Un editorial de Mundo Nuevo y una carta de Gabriel García Márquez”, en: Encuentro liberal, México, n. 6, junio 3 de 1967. En la misma página se publica el editorial “La CIA y los intelectuales”, que Rodríguez Monegal había remitido a García Márquez antes de salir el número 13 de Mundo Nuevo (julio de 1967) como parte de la negociación para conseguir que el colombiano se pronunciase desde las páginas de la misma revista a la cual estaba renunciando.

[18] La revista Casa publica los documentos de una polémica peruana en torno a las actividades de la Galería Cultura y Libertad, auspiciada por la Fundación Ford a través del ILARI. CA, 40: Sección “Documentos”: “Manifiesto contra la Galería Cultura y Libertad” (p. 125-125); “Respuesta de la Galería Cultura y Libertad” (p. 125-127); “La Cia, Cultura y Libertad y el New York Times” (p. 128-129).

[19] El tercer capítulo, “Casa de las Américas y Mundo Nuevo: entre la literatura y el compromiso”, toma estos números dedicados a la literatura cubana para discutir los modos de lectura ensayados por ambas revistas en torno a la joven literatura cubana de entonces.

[20] Marcha publica en la sección “Los dichos y los hechos” las cartas intercambiadas por Fernández Retamar y Rodríguez Monegal (n. 1295, 11 de marzo de 1966), así como los artículos de Rama “El mecenazgo de la C.I.A.” (6 de marzo de 1966), “Las fachadas culturales” (3 de junio de 1966) y “El tigre en el flotante camalote” (17 de marzo de 1967). Posteriormente el semanario sintetiza esta polémica en “Historia de una calumnia” (n. 1355, 3 de junio de 1967). Mario Vargas Llosa también responde a la salida de Mundo Nuevo y publica en Marcha “Epitafio para un imperio cultural” (n. 1354, 27 de mayo de 1967). Casa de las Américas por su parte previene al público mediante el artículo de Ambrosio Fornet, “New World in Español” (n. 40, ene-feb, 1967). La respuesta de Mundo Nuevo aparece en los editoriales “Al lector” (n. 11, mayo de 1967) y en las dos partes de “La C.I.A. y los intelectuales” (n. 13, jul, 1967 y n. 14, ago, 1967, respectivamente). Ver la Tabla Resumen en los Anexos.

[21] “(...) la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original (Guevara, 1977: 380). Esta noción de intelectual que expone Guevara convoca a un mismo espacio ideológico a un hombre “nuevo” tanto en la teoría como en la acción, y define la “limitación” sociohistórica de los escritores y artistas del continente. La libertad de creación que ya Fidel Castro enlas “Palabras a los intelectuales” había ceñido al espacio estrictamente revolucionario aparece aún más restringida en el texto de Guevara. Los escritores y artistas cubanos se encontraban abocados a mostrar cómo la pluma puede transformarse en arma de combate para así ganar la confianza de la clase dirigente. Contradictoriamente, en el terreno de la política internacional Guevara aparecerá comouna figura de vanguardia por las críticas que en su discurso de la Tricontinental había hecho a la política exterior de la Unión Soviética. En los años sesenta la crítica al colonialismo es abandonada por la crítica al “imperialismo sin colonias” que los Estados Unidos ejercían sobre los países pobres, por tanto el cuestionamiento del socialismo soviético comprometía la correlación de fuerzas existente en un mundo que había dejado de ser bipolar para multiplicar sus extremos con la inclusión de los países pobres en el debate. Guevara surge en el imaginario de la izquierda europea como símbolo tercermundista, como alternativa ante el descrédito político de las grandes potencias que habían perseguido (maccarthismo, estalinismo) a sus artistas y escritores. Su influencia se sustenta en el peso mítico de la invencibilidad alcanzado por las guerrillas, por la inminencia apocalíptica de la revolución continental y por la creencia de que la lucha armada llevaría a los grupos guerrilleros a la instauración del poder en un plazo relativamente corto, tal y como había sucedido en Cuba entre diciembre de 1956 y enero de 1959. Bajo el influjo de estas creencias, los intelectuales de izquierda contribuyeron a difundir y sustentar la mistificación y el sectarismo.
 
[22] En carta del 2 de mayo de 1966, ERM se comunica con Luis Mercier Vega, presidente del ILARI, buscando satisfacción y comunicándole que si la veracidad de las noticias publicadas en el New York Times (la primera del 28 de abril) fuera probada, él “no podría continuar asociado un minuto más al ILARI en la empresa de publicación de Mundo Nuevo”. Posteriormente, el 21 de febrero de 1967, vuelve a insistirle a Mercier Vega en que la situación del ILARI y de Mundo Nuevo debía ser aclarada: “creo hoy más necesario que nunca, establecer públicamente, y sin lugar a equívocos la independencia total del ILARI y por consiguiente, de Mundo Nuevo [...] Es imprescindible que la misma pueda ser demostrada para acallar todo ataque malintencionado y terminar de una vez por todas con las suspicacias de los timoratos”. Cfr. Fuente citada.

[23] Revista Iberoamericana, Pittsburgh, v. lviii, n. 160-161, p. 199.

[24] Cfr. “Al lector”. Mundo Nuevo, Paris, n. 11, mayo de 1967.

[25] Mundo Nuevo. Cultura y guerra fría en la década del 60, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1997.

[26] Claudia Gilman, “Política y cultura: Marcha a partir de los años 60”, Nuevo Texto Crítico, Stanford, a. vi, primer semestre, n. 11, pp. 153-186.

[27] Se trata del Boletín del Instituto Cubano del Libro, que en el número 10, del 1 de marzo de 1971 anunció la desaparición de Mundo Nuevo. Casa de las Américas aprovecha la ocasión para una vez más erigirse en tribuna de denuncia a propósito de la creación de la revista Libre, cuyo financiamiento también fue considerado ilegítimo, al provenir del mecenazgo de Albina de Boisrouvray, esposa del marqués francés du Boisrouvray y sobrina de Antenor Patiño, el “rey del estaño” boliviano. En Casa de las Américas, “Al pie de la letra”, n. 67, julio-agosto de 1971, p. 181.

[28] Ambrosio Fornet, “Casa de las Américas entre la Revolución y la Utopía”, en Luisa Campuzano y Ambrosio Fornet, La revista Casa de las Américas: un proyecto continental, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2001, pp. 20-21. Este trabajo fue publicado también en: Saul Sosnowski (ed.), La cultura de un siglo. América Latina en sus revistas, Buenos Aires, Hispamérica/ Alianza Editorial, 1999, pp. 421-437.

[29] “Réquiem para Mundo Nuevo”, Casa de las Américas,  n. 213, octubre-diciembre de 1998, pp. 135-139.

[30] Las cartas de los intelectuales europeos y latinoamericanos a Fidel Castro fueron publicadas en Le Monde los días 9 de abril y 20 de mayo de 1971. Además de traducidas al español y publicadas en diversos órganos de prensa de la época, es posible encontrarlas en: Lourdes Casal, El Caso Padilla: Literatura y Revolución en Cuba. Documentos,  Miami, Ediciones Universal [1972?]; Heberto Padilla, Fuera del juego, edición conmemorativa 1968-1998, Miami, Ediciones Universal, 1998.

[31] La carta de Mario Vargas Llosa, dirigida a Haydée Santamaría, apareció publicada al pie de página de la larga respuesta de la directora de Casa de las Américas. En: “Posiciones”: “Haydée Santamaría / respuesta a Mario Vargas Llosa”, Casa de las Américas, a. 11, n. 67, julio-agosto de 1971, p. 140.

[32] José Saramago, “Hasta aquí he llegado”, El País, Madrid, 14 de abril de 2003.

[33] Carlos Fuentes, “Infidelidades”, La Reforma, México, 16 de abril de 2003.

[34] Roberto Fernández Retamar, “Carlos Fuentes: mentiras, ocultamiento, ¿deseo?”, sitio electrónico en Internet, www.lajiribilla.cu
 
[35] De la entrevista (inédita) que preparé en São Paulo para Roberto Fernández Retamar, y que le fuera presentada en Cienfuegos por Irlemar Chiampi, en enero de 2003, retiro el siguiente fragmento:
Pregunta: “Puede citar un caso concreto de revistas que actualmente son financiadas por la CIA?”
Respuesta de RFR: “Revistas financiadas hoy por la CIA, si no directamente, por lo que se han llamado las “tapaderas” de la CIA como la revista Encuentro que se publica en Madrid y que es una revista esencialmente subvencionada por tapaderas de la CIA. En ese sentido, pues se emparienta con la revista Mundo Nuevo pero, vuelvo a decir, no creo en lo absoluto que disponga de textos literarios en general de la calidad de los que llegó a tener Mundo Nuevo […] Voy a decir de paso que ya recordé cómo se llama la institución estadounidense, se llama National Endowment for Democracy, que no hay que confundir con National Endowment for the Arts, que es una institución prestigiosa que ayuda a muchas empresas culturales nobles. National Endowment for Democracy es una institución creada, según el propio New York Times –vuelvo a citarlo como publicación nada de izquierda- como una pantalla de la CIA, y es la que fundamentalmente financia Encuentro. Tengo entendido que también la Fundación Ford hace algo en ese sentido, y también lo hizo para Mundo Nuevo.”  Ver también, “Obituario”, Casa de las Américas, n. 227, abril-junio de 2002, “Al pie de la letra”, p. 165.

[36] Cf. Encuentro de la cultura cubana, Madrid, n. 28/29, primavera / verano de 2003, especial “Represión en Cuba”, pp. 113-212, y dossier “Financiación, totalitarismo y democracia”, pp. 232-262


Idalia Morejón Arnaiz acaba de doctorarse en el Programa de Pós-graduação em Integração a América Latina de la Universidad de São Paulo, en el área de literatura comparada, con el trabajo de Investigación Política y Polémica en América Latina: Casa de las Américas y Mundo Nuevo. En 2000 la editorial Letras Cubanas publicó su cuaderno de ensayos Cartas a un cazador de pájaros

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