
Lezama:
la letra y el espíritu
Ernesto Hernández
Busto
Manifiéstelo
o no, todo escritor aspira al reconocimiento, el cual contiene en sí mismo
un principio de mensuración: ¿escritor
provincial, nacional, internacional? Es decir, mayor o menor número
de gente que lo reconozca. Ahora bien, como él aspira a ser reconocido
universalmente sus pensamientos en este orden de cosas son agitados a la
vez que engañosos.
Virgilio
Piñera, “Opciones
de Lezama”
En
su ensayo Opciones de Lezama, Virgilio
Piñera emprende
justo lo contrario de una magnificación: divide en vez de sumar. La carrera
literaria de su antagonista favorito se le aparece dividida en tres caminos:
Lezama conversador, Lezama poeta y Lezama novelista. Hasta la publicación
de Paradiso, eventual punto de convergencia, a Lezama esas tres opciones le
cortaron la respiración, le suspendieron el aliento, resecaron su boca
y lo mantuvieron en vilo sobre el abismo de sus posibilidades. Porque,
concluye Piñera, sólo al integrar estas tres Furias en una misma
obra, el escritor resolvería el inquietante problema del reconocimiento
póstumo.
Ese Lezama-atormentador-de-sí-mismo que nos muestra Piñera ha sido
poco comentado. En cambio, se abusa del otro, del grandilocuente personaje que
desde la soledad de su cuarto se autoproclama bomba de tiempo para el pasmo de
edades presentes y futuras. La diferencia fundamental entre Lezama y Piñera
es esa manía del segundo por convertirse en un clásico futuro.
Una obsesión que sólo se debilita al final de su vida, cuando Lezama
se da cuenta de que su poesía ha llegado a un callejón sin salida.
Sólo en ese momento, el más importante poeta cubano de su siglo
se sintió, para decirlo con las palabras de su contradictor, acometido
por la atroz sensación de la Nada y empezó a piñerizarse.
Salvo por esa ráfaga de duda y un cambio de estilo bastante evidente en
sus últimos poemas, la carrera lezamiana no exhibe desvíos: mientras
el Personaje pone a hervir mil episodios en el caldo burbujeante de lo anecdótico,
el Escritor levanta un túmulo imponente, cuyos visitantes estarían
esperándolo en un tiempo muy parecido a la eternidad. No tengo biografía
ninguna, presumió en una entrevista. Habito en lo que queda
al pasar por el espejo confiesa en una carta. Ambas frases delatan
la imagen de un escritor obsesionado por la posteridad, que prefiere residir
donde se borra la memoria del cuerpo y el espíritu se funde con la letra.
En Confluencias, uno de sus mejores ensayos, Lezama compara la noche
rumorosa de su infancia con el oleaje marino, una extensión gradual, acribillada
por luces y voces que preludian una entrada majestuosa, cargada de misterios.
Nos cuenta también que esa noche se reducía para él a un
poderoso conjuro contra la soledad y a la anhelante espera de una lejanía.
A pesar de ese ambiente desolado (noche, soledad, lejanía), podríamos
afirmar que Lezama acometió, con total deliberación, la ambiciosa
tarea de refundar la literatura cubana. Por eso su imagen nos resulta, como la
famosa estampa de Archimboldo, un rostro hecho de libros, una presencia fantasmagórica
que siempre alterna la majestuosidad de un estilo con el deslumbrante fogonazo
de la inspiración. Desde este punto de vista, Lezama fue la última
revelación cubana de la literatura concebida como absoluto,
mapa de una segunda naturaleza, tan naturans como la primera, donde
la inocencia colinda a veces con lo que él mismo llamó la
gracia de lo demoníaco.
Demoníaca o no, la fascinación que su escritura suscitó en
mi generación no fue azarosa. Ni tampoco deliberada, como un disfraz escogido
para la concurrencia. Quienes descubrimos a Lezama en los años ochenta
intuíamos que esa escritura había tocado una zona reveladora a
la que no accedían ni sus contemporáneos ni sus predecesores. La
literatura de Lezama tenía, ante todo, la virtud de lo teratológico:
monstruoso ejemplar del triunfo del escritor sobre una conjura de circunstancias
negativas. Por eso la admiración no tardó en transformarse en culto:
llegamos a creer que si leíamos todos los libros que él citaba
alcanzaríamos una especie de salvación intelectual, lejos de aquellas
apremiantes circunstancias geográficas que Piñera define en La
isla en peso, habitando entre las sombras precoces de un invierno imposible,
donde parecía prescindible la maldita circunstancia del agua por
todas partes. Se trataba, por supuesto, de una impostura. Pero sería
injusto que la política nos obligase a desechar ese intento adolescente
por literaturizar la vida, esta necesidad de identificarnos con algún
escritor a costa de simular ser alguien que no somos. Algo insustituible nos
reveló aquel escritor y quizás con eso basta, como bastaba intuir
entonces su verdadera importancia, en medio de una adolescencia marcada por el
desasosiego ante tanta palabra carente de sentido.
Mientras perduró la sensación reconfortante de quien descubre un
credo, del adolescente que comienza a verse, a verificarse en los demás,
fue fácil compartir la opción de Lezama, ese camino en el que vida
y literatura se borran mutuamente las huellas. Pero toda vocación que
intente rebasar su pubertad, esa fase en que coinciden la intensidad de
los deseos y la gracia que se nos regala, precisa de una lectura menos
obediente de sus clásicos.
A mediados de los años noventa, enfrentada a sus primeros objetores, la
lectura hagiográfica de Lezama empezó a resquebrajarse. Cintio
Vitier, sobreviviente y albacea simbólico de Orígenes, dedicó mucho
tiempo a sus contradictores, definidos como retoños del espíritu
negador de Virgilio Piñera, de Ciclón, y, sobre todo, de Lorenzo
García Vega, que ya en Los años de Orígenes (1979) critica
la beatificación de Lezama y las trampas del ceremonial origenista. Una
vez más, Vitier abusaba de las medias verdades: era cierto que aquellos
jóvenes habían leído con atención a Piñera
y a García Vega, pero también veían en Lezama a la Literatura
con mayúsculas, el único modelo que podía dar sentido a
sus respectivas vocaciones.
Pongamos, por ejemplo, dos citas. En un ensayo titulado Orígenes
y los ochenta, el poeta cubano Pedro Marqués de Armas escribe:
Leer a Lezama siendo adolescentes fue como recuperar de un golpe la memoria que habíamos perdido. O más bien, como precisa luego, de una memoria literariamente tomada por el realismo, todo un orden simbólico secuestrado por la Revolución.
Ese mismo año, en su ensayo Olvidar Orígenes, Rolando Sánchez Mejías, reconocía que:
La significación de Orígenes para mí ha sido la significación que han podido tener algunas de sus escrituras: la posibilidad de contar con un imaginario complejo, de una apertura o conexión entre distintos órdenes de la vida, o lo que es lo mismo: un concepto de Ficción en el orden del Absoluto (...) La otra lección de Orígenes derivada de su sentido total de la ficción, es la idea del Libro: del Libro como vastedad, como metáfora que encarna el mundo. Antes de Orígenes no contábamos con dicha tradición
Al revisar
estas declaraciones, uno termina preguntándose si, pese a esos
previsibles movimientos del péndulo generacional, hay algún
escritor cubano que quiera, en realidad, olvidar
a Orígenes, que se atreva a pasar por alto el problema que
esa generación
pone sobre la mesa canónica. De eso se trata con Lezama, de un
lugar ineludible. Un puesto que no tiene que ver sólo con sus
ejercicios críticos,
su credo poético
o su lectura de un pasado, sino con la capacidad de irradiación
sobre un grupo de escritores futuros cuyo imaginario estaba amputado
por
la estética del realismo revolucionario. Virtud de ese voluntarismo
que le reprochaba Piñera: sólo así pudo Lezama sobrevivir
a la Revolución sin perder su fe de escritor, sólo así consiguió erigirse
en modelo para escritores futuros.
La canonización oficial de Lezama provocó un efecto colateral:
el intento por descifrar su apoyo a la Revolución. No creo
exagerar cuando digo que la política de Lezama se convirtió en
la obsesión intelectual de mi generación. Si en los años
setenta se había ignorado el tema (un lapsus que, por supuesto, no carece
de significado), en los noventa, al convertirlo en alguien que celebra en el
Estado revolucionario
la encarnación de lo Absoluto regresamos al reduccionismo. No pocas de
las preguntas políticas que hacíamos a Lezama siguen sin una respuesta
convincente. ¿Acaso A partir de la poesía puede considerarse
un texto coyuntural dentro de su obra? ¿Es su política,
es decir, el misticismo nacionalista reconstruido por Vitier, un simple añadido
ideológico a su sistema poético?. Pero sospecho que al reducir
la discusión sobre Lezama a su política hemos prolongado
una especie de delirio hermenéutico, propio de un medio intelectual tan
ambicioso como provinciano.
Veinte años después, Lezama se ha convertido, por obra y gracia
de la ventriloquia de Vitier, en un apóstol de nuestra vuelta a
las raíces mientras que la figura de Virgilio Piñera ha pasado
a ocupar el lugar del heterodoxo-modelo, y a reclamar, cada vez más, la
atención de lectores y críticos. Ese desplazamiento del canon repite
otro movimiento y otro dualismo sintomático: el que separa a José Martí de
Julián del Casal, el que defiende la vida del poeta modernista
contra el ejemplo de un destino heroico y patriótico. En ambos
casos se incurre en no pocas simplificaciones. Hay dotes esenciales del escritor
que, entre cubanos, sólo encontramos en Lezama. Cierto nivel de ambición,
por ejemplo; esa fe en la inmortalidad de la que se burlaba Piñera fue
también la que condujo a Lezama por territorios realmente originales,
entre ellos el
esbozo de una política del espíritu.
Tanto en la teleología insular de su Coloquio con Juan
Ramón Jiménez, como en su posterior búsqueda de un arte
que superara la nación (indecisa, claudicante y amorfa) para
ponerse a la altura de un estado posible, Lezama practica la ambivalencia
del mistagogo: por un lado intenta edificar una tradición, por el otro,
exalta el vacío circundante para dar mayor importancia a la empresa que
se dispone a emprender. Una empresa, digámoslo de una vez, inseparable
del mito. Para Lezama, como para muchos poetas románticos, el núcleo
de cualquier impulso civilizador se encontraba en la aspiración a una
mitología (esa extraña entidad que Friedrich Schlegel llamó la
más artística de todas las obras de arte). Sólo la
reelaboración de nuevos y viejos mitos permitiría reconstituir
espiritualmente la expresión de un país varado en una profunda
crisis de su imaginario social.
No hay duda de que en su ensayo A partir de la poesía Lezama
saludó a la Revolución triunfante y trató de encontrarle
lugar en su sistema, colocándola dentro de la última de las eras
imaginarias: la hipóstasis martiana de la posibilidad infinita.
Tras enumerar los distintos episodios de un siglo creador desde su pobreza,
que habría incubado el germen de una posibilidad infinita,
su apología concluye con una imagen mitológica
bastante conocida:
La Revolución cubana significa que todos los conjuros negativos
han sido decapitados. El anillo caído en el estanque, como en las antiguas
mitologías, ha sido reencontrado. Comenzamos a vivir nuestros hechizos
y el reinado de la imagen se entreabre en un tiempo absoluto. Cuando el pueblo
está habitado por una imagen viviente, el estado alcanza su figura. El
hombre que muere en la imagen gana la sobreabundancia de la resurrección.
Martí, como el hechizado Hernando de Soto, ha sido enterrado y desenterrado
hasta que ha ganado su paz. El estilo de la pobreza, las inauditas posibilidades
de la pobreza han vuelto a alcanzar, entre nosotros, una plenitud oficiante.
Por supuesto, esa Revolución a la que se refiere Lezama en 1960 es poco
más que una promesa. Imposible soslayar el impulso que lleva a Lezama
a identificar la revolución con un avatar mítico, pero lo justo
sería colocarlo dentro de una interpretación no legitimista. En
todo gran poeta moderno habita, por así decirlo, la tentación de
hablar en nombre de alguna polis. Pero también existe una necesidad de
emprender migraciones solitarias, íntimas aventuras que se identifican
con importantes mutaciones del lenguaje colectivo. En 1959, Lezama también
había escrito: Hoy el poeta para alegar su pertenencia a una clase,
su huida del estado y su regalía del nomadismo tiene que formar otra clase
sagrada, ir más allá del estado.
En apenas diez años, la idea lezamiana de la Revolución como apertura
histórica o reencarnación de las posibilidades mesiánicas contenidas en
la imagen martiana dejó lugar a un progresivo distanciamiento de la Realpolitik
revolucionaria. Basta
un párrafo de una carta suya a Julián Orbón para probar
que en diciembre de 1968 el entusiasmo ya no era el de 1960:
Un conjuro, una llave que se nos perdió cuando estábamos
tan cerca del castillo. Eso es lo terrible, la llave que tuvimos y se nos perdió.
En el sueño la apretábamos en nuestras manos, pero ya por la mañana
no estaba. Fue un conjuro, una inseguridad en el sueño. Como los malos
le pasaron al sueño en el caballero, soñaba despierto, pero en
el sueño lo traspasaba y confundía. Quien vive para la imagen tiene
que sufrir y perecer dentro de ella.
A la metáfora del anillo reencontrado es casi inevitable contraponer
esta otra metáfora, la de la llave perdida. En la carta enviada al amigo
en el exilio, la Revolución se entiende como el reencuentro y la pérdida
de un emblema sagrado, una promesa incumplida de Redención. Lo cual revela
que en Lezama, como en casi todos los intelectuales modernos, lo político
estuvo siempre penetrado por una tensión entre el arrebato mesiánico
y el más profundo pesimismo, paradoja apenas resuelta (si es que el término resolución tiene
aquí algún sentido) en la idea órfica del poeta sacrificado
en nombre de la imagen-nación.
En su carta a Orbón, Lezama declara su rechazo de la antigua fe, pero
evita los socorridos gestos de la apostasía, la fanática inversión
del sistema. Nada debe ser rectificado, puesto que en su sistema la
historia escapa a su malversación cronológica. Por eso, aunque
Lezama haya mostrado el mismo entusiasmo revolucionario que muchos otros cubanos
en enero de 1959, resulta ridículo hablar de un Lezama revolucionario.
Así como en esas mitologías germanas y nórdicas que él
mismo cita el trayecto luminoso del anillo va siempre acompañado de alguna
maldición ineluctable, su proyecto de política órfica sólo
tiene sentido en el trasfondo del más desesperado nihilismo, y el único
testimonio que nos ofrece después de esos primeros años tiene más
que ver con el fracaso de una fe que con su realización.
Desde una perspectiva radicalmente moderna, estos devaneos políticos de
Lezama pueden parecernos regresivos o ingenuos. Pero si se reconoce
que el historicismo moderno sacrifica también el contacto con ciertos
dones de la palabra, tal vez empecemos a juzgar de otra manera su empresa poética
y lo reivindiquemos por mantener el lazo de la literatura con algo que
termina borrado por el ansia renovadora de las revoluciones.
Al fundir el pathos del nihilismo con una necesidad de renovación mítica,
Lezama
no sólo inaugura una novedosa perspectiva histórica en la historia
de la literatura cubana, sino también un tipo especial de elocuencia. Uno
sólo puede entusiasmarse realmente si escribe de modo apocalíptico ha
dicho Paul de Man a propósito de Walter Benjamin. Un argumento similar
puede aplicarse a muchos ensayos de Lezama, en los que el difícil equilibro
entre la crítica de la cultura y la voluntad de lo sagrado acaba produciendo
argumentos deslumbrantes.
Si se entiende la historia como un proceso de crecimiento, como maduración
orgánica o como dialéctica, todo el sistema lezamiano parecerá irracional
y fuera de lugar. Pero una comprensión histórica desde el punto
de vista del lenguaje revela que la idea de las eras imaginarias tiene
plenos derechos filosóficos en el contexto de la modernidad. Sobre este
punto habría que escuchar la opinión de dos grandes poetas modernos.
El primero sería T. S. Eliot, que al juzgar la obra de Wyndham Lewis nos
advertía que el artista es a la vez más primitivo y más
civilizado que sus contemporáneos: Su experiencia es más
profunda que la civilización a la que pertenece, y en realidad, todo artista
auténtico utiliza el fenómeno de la civilización sólo
para expresar esa experiencia. La segunda cita es de Paul Valéry: Un
hombre moderno, y en ello reside el carácter de la modernidad, vive familiarmente
con una gran cantidad de contrarios instalados en la penumbra de su pensamiento.