Cinco veces Odiseo con Che quíntuple  
Eduardo González

Los hombres hacen su historia pero no como les place; no la hacen bajo circunstancias por ellos mismos escogidas, sino bajo circunstancias con las que se han topado, dadas y transmitidas desde el pasado.
Carlos Marx, El dieciocho de Brumario de Louis Bonaparte

...the most Calibanesque of the Ariels I have ever personally met and loved...Roberto Fernández Retamar (1992)

A la frase de Marx corresponde el pasado cercano y posterior a los meses iniciales de 1971 durante el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, de cuya declaración sumaria (“desde esta plaza sitiada”) se destaca la cita de un delegado en doble papel de enfermo y terapeuta de sí mismo: “‘Los occidentales estamos ya tan contaminados, que el intelectual responsable debería, en primer lugar, decir a todo hombre de un país menos preso en las redes: desconfía de mí.  Desconfía de mis palabras.  De todo lo que tengo.  Estoy enfermo y contagioso.  Mi única salud es saberme enfermo.  Aquel que no se sienta enfermo, es quien lo está más hondamente.’”[1]  Resuena en la frase (con exorcismo militante de consigna) otro pasado por lejano no menos inmediato.  Comprimido, como en píldora, no es otro que el pasado gigante y trágico que Marx conjura ante los enanos de la farsa burguesa del Napoleón en pequeño y el golpe de estado de diciembre de 1851 (comprimido en lo mismo yace el volumen fantasma e insepulto: “La tradición de todas las generaciones muertas,” sentencia Marx, “pesa cual pesadilla sobre el cerebro de los vivos” [15]).

Pero también se exorcizan en la frase del delegado al Congreso malestares inoportunos (aunque propicios) para la gestación del manifiesto que unos meses después daría luz en buena salud y sin culpa (“Calibán lo empecé a escribir a mis cuarenta años.  Lo escribí en unos días, como en un rapto, como se escribe un poema.”)[2]  El micro-drama histórico que vincula las desiguales famas de la frase auto-flagelante del delegado al Congreso y el presunto guevarismo del inspirado ensayo que le sucede repite a la inversa la reiteración de tragedia en parodia según Marx.  La oportuna frase encapsula y pregona en parodia el autocastigo que el tercermundismo militante del universal ensayo a su vez traslada a un plano de lucha trans-hemisférica destinada a superar (y quizás repetir) tragedias poscoloniales por liberación socialista.  (No ha de olvidarse que Calibán obedece los dictados de la musa malabarista que lo vincula a riesgo de parodia con las voces maestras de Ariel y Nuestra América.)

El empequeñecimiento de las magnitudes trágicas (la de los colosos republicanos de Roma, la de Cromwell, la jacobina) reduce a tres años en época oportuna (1848-1851) el trágico juego de suplantaciones y ciclos ascendentes señalado en la obra de aquellos gestores de la historia cuyas muertes quedan aún por sobrevivir según la visión que ofrece Marx del pasado no reducido a la parodia en farsa.  La frase del delegado al Congreso sobre la occidental enfermedad compartida hace parodia (insinuando a la velocidad del trompo: ‘informe contra mi tú mismo’) del más reciente gesto abarcador de Eliseo Alberto sobre aquel mismo pasado inmediato en cuestión: “El asesinato de Ernesto Guevara en una escuelita de Ñancahuazú, la ofensiva revolucionaria de 1968, el fracaso de la zafra de los diez millones y la gillotina que resultó ser el Primer Congreso de la Educación y Cultura” representan, para mí, los cuatro infartos que anunciaron el colapso de la utopía rebelde.”[3]  Sin embargo, el valor aún vigente de la visión tragicómica de Marx sobre los hechos históricos a corto plazo es ésta: en la medida en que la importancia de dichos hechos comporte un genuino significado revolucionario sus personajes y sucesos no pueden sino proyectarse a largo plazo hacia las agigantadas sombras de sus pasados avatares históricos.  Lo que radicalmente distingue la voluntad revolucionaria de los hábitos burgueses (absortos en la producción de bienes) es la cabal resucitación de aquellos avatares, “no haciendo parodia de lo antiguo,” aclara Marx, sino para “encontrar de nuevo el espíritu de la revolución, sin hacer caminar a sus fantasmas una vez más” (17).

El tránsito del Che por Calibán clausura la primera versión del ensayo, escrita en junio del 71, con extensa cita de las palabras pronunciadas el 28 de diciembre del 59 en Santa Clara (“Que la universidad se pinte de negro, de mulato, de obrero, de campesino”).  La cita de Retamar concluye hilvanando en su rúbrica las universidades del Che y de Martí como alternativa “Americana” a la universidad Europea.  Pero la frase final del Che en que se nombra “médico, presidente de Banco y hoy profesor de pedagogía que se despide de todos” es donde se registra la Isla en Peso del Brumario marxiano.  Al eternizado y repetido gesto de despedida que habría de vincularlo con el pueblo de Cuba se añade el imperativo marxista de sopesar la corta y febril trayectoria suya por la economía de la Isla en su tentativa de militante y fracasada industrialización.[4]

 Pero es otro el tránsito, en este caso espectral y vívido, que se advierte en el trasfondo a la vez inmediato y lejano del Che en el primer Calibán.  Se trara del Che polítropo, héroe errátil o de muchos senderos, giros, vueltas.   Como al comienzo homérico: “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos” (Odisea.I.1-2), y luego – sólo una vez más – en boca de la admirada Circe: “Pero tú tienes en el pecho un corazón imposible de hechizar.  Así que de seguro eres el asenderado Odiseo” (X.329-30)[5] 

Entre otras virtudes, el nombre Odiseo informa contra sí mismo en beneficio propio y prejucio del otro.  En su vocalización se hacen eco outis y mêtis.  Es decir, en el apodo de Outis que Odiseo emplea en su trato con Polifemo, ninguno o nadie suena a sagacidad o astucia.  De modo que cuando el gigante le grita a sus ciclópeos cófrades, “amigos, Outis me está matando con un engaño y no con sus propias fuerzas” (IX.408), lo que oyen es que Nadie lo hace y que además es mêtis quien lo hace: “pues si Nadie [astucia] te ataca [...] así dijeron y se marcharon” (410).  Semejante manipulación artesanal y táctica del nombre hace de Odiseo el de múltiples senderos un gestor político y negociante en canchas y sectores ajenos al fragor de la batalla; campo más allá de cuyos linderos el nombre de Aquiles (akhil(l)eús) no cunde.  Aquiles: aquél cuyo ákhos (hueste de hombres de guerra) tiene laós (pesar o aflicción).[6]  La oportunista actividad guerrillera no entra en la batalla campal a que desciende Aquiles, semejante a la noche, presto al frontal exterminio de aquéllos que le crucen el camino.  Los senderos de Odiseo añaden múltiples territorios a sus probadas dotes de exterminador; así como negocios, dilaciones, obras de carpintero, disfraces, peregrinaciones, en fin, toda una gama de pequeños combates y escaramuzas comunes al múltiple quehacer del guerrillero (y en tiempos y en tiempos recientes las no menos múltiples mañas y visicitudes del cuentapropista.

En resumen, quíntuples serán los papeles del cinco-veces Odiseo cronótopo más polítropo resumidos a su modo en la biografía del Che.[7] 

Primero.- El Odiseo que retorna y muere simbólicamente junto a su fiel sabueso Argos al cruzar el umbral del palacio disfrazado de mendigo y con ira de exterminador oculta en los andrajos.  Lo reconoce la vieja Euriclea, pero no Penélope por ahora.  Este fue el joven en cuyo muslo cicatrizó la herida que le hizo el jabalí cuando cazaba junto al abuelo con nombre de lobo, Autólico.  El mismo que se casó y tuvo un hijo que mucho lo ha buscado y esperado y que ahora obedecerá la orden suya de ahorcar de las jarcias de su nave a las sirvientas infieles.  (A comienzos de 1950 el joven Ernesto realiza el periplo de una pequeña odisea por Córdoba y el norte argentino en bicicleta apenas motorizada.  Amores con la tremendísima Chichina.  Ruptura.  Se ensancha la odisea: viaje en motocicleta por gran parte de América.  Nace el destino cinemático del héroe.)  Fast Forward.- El Che se marcha de Cuba en la primavera del 65 transformado en hombre de negocios destino a las guerrillas del Congo.  Es el mismo ser camuflado que visita a sus hijos a finales del furtivo regreso a Cuba en el 66 ya en vísperas de marchar a Bolivia.  El mismo desconocido que en los mogotes pinareños se ha burlado de sus compañeros combatientes para incitarlos a reconocerlo tras el semblante del desaparecido.  Es el Odiseo capaz de ser reconocido por Penélope en el tálamo que él mismo fabricó en los nervios del árbol; el Che que en persona heroica habita el memorial paterno de Aleida Guevara March.

Segundo.- El guerrero iliádico del teatro troyano, constructor del gran potro, ejecutor de la madre Hécuba. (El OtroChe o CheOtro.)  Fantasma borgiano del país donde Jacques Lacan ha sido masivamente cloneado.  Doble gaucho y montonero que visita los infiernos a ver a su madre, que es capturado y terminado en Bolivia para desde entonces no dejar de acabar nunca. En última instancia, es el ser desubicado rumbo a la nada de la próxima victoria en otras tierras, destinado a no encontrarse por lo pronto en casa en parte alguna – y que se marcha de la suya sin apenas haber llegado.

Tercero.- A partir de este renglón el orden de los retratos puede alterarse.  Se podría por ejemplo salir del más obvio y flagrante: el de Ultra-Che.  El efecto violentamente Nietzscheano que contra viento y marea y Jenseits von Gut und Böse cruza desde el infinito a lo trivial las fechas de su diseminación a partir del corrido octavo y noveno grande y funesto día de octubre del 67 a la noche del “seamos como el Che” unos días después en la Plaza de la Revolución.

Cuarto.- El Odiseo cretense y embustero de la Isla donde nace la   mentira.  Es el que declara, vuelto a Ítaca, “Mi raza procede de Creta – lo digo bien alto – y soy hijo de un hombre rico” (XIV.199).  Se entrecruzan en su figura el amor y el odio como siempre sucede en el coro de la mentira con sus gemelas verdades.  El Che-territorio, el que responde a la requisitoria del teniente coronel Selich: “¿es usted cubano o argentino?” con “soy cubano, argentino, peruano, ecuatoriano, etc., ¿entiende?” (pero sobre todo el de la carta de despedida y de “renuncia formal” a sus cargos y “condición de cubano” en la que libera “a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo”).

Era un asociado de la muerte. (Arnaldo Ochoa), Dulces guerreros cubanos

Quinto.- El quinto y último carácter enfrenta por antítesis a dos héroes mayores en el marco del escarnio; de lo que modernamente (es decir, en lengua de Calibán) se conoce por character assassination. (La cita Che-Ochoa reduce el cronótopo a la crisis ética de la reunión consigo mismo, con el padre alterno, con aquello que informa contra uno mismo).

En una ocasión al parecer triunfalista el héroe del desierto de Ogadén tildaría al Che de perdedor (loser – el peor de los oprobios para los sobrinos del Tío Sam).[8]   Culpable de ácidos insultos y put-downs, Tersites  – el peor de los aqueos en La Ilíada – encarna la función de culpar a los suyos con vejaciones de modo paralelo y contrario al cargo épico de elogiar al guerrero.  Se llama Tersites para significar junto a su fealdad la audacia y prepotencia (thérsos/thársos) propias del maestro o rápsoda del insulto vejatorio.[9]

El que peor (o mejor) responde a los venenos verbales de Tersites con soberanos antídotos execradores es Odiseo, capaz de bajar de manera fulminante a los senderos del escarnio trillados por el otro y pasar del látigo verbal a cogerle el lomo (con el cetro de oro de Agamenón) al gran feo gesticulador y hábil mal hablado de las huestes guerreras del poema.  (En Paradiso el reino de Tersites se ubica en la cocina del ricachón Michelena, donde una vez Andresito Olaya, imponiendo su rango y delatando su innobleza, dedicó un temper tandrum al “pringoso adormilado” cocinero Manuel, quien “enarcando el brazo derecho a modo de escudo de Tersites, trataba de guarecerse con posturas innobles” [Edición Crítica, 47]).

Es un Ulises distinto al castigador de Tersites el que surge  cuando Norberto Fuentes narra cómo, el jueves 25 de mayo del 89, le lleva a Ochoa “la más preciada golosina” o recado de Raúl Castro sobre los perdidos $200,000 dólares: “dice que tú los tienes, que tú los has enmarañado” (Dulces guerreros, 60).  Los brazos de Ochoa se desploman antes de sentenciar el “estoy perdido”:
Fue como si Ulises – Ulises, que sin las vestiduras de la mitología era un tipo rudimentario y con una cultura inferior a la de cualquier campesino actual, y por eso podríamos compararlo sin formalismos traumáticos con Arnaldo – se le hubiesen aflojado las piernas.  Creo que soy el único hombre que tuvo la oportunidad de ver a Arnaldo Ochoa palidecer y ver que los labios por un instante le temblaran, al igual que su voz [...] El hombre que era la medida del valor para Fidel Castro. (60)

(Todo cuadra, excepto la absurda condición de campesino atribuída al gran señor de tierras y haciendas que es Odiseo en la Ítaca de Homero; rango que en términos cubanos representaría para Arnaldo Ochoa algo así como ser Gran Señor Feudal de Baracoa; parecido, en la era imaginaria de acumulación primitiva que semejantes analogías sugieren, a Vasco Porcallo de Figueroa, “intrépido y desaforado conquistador español” y recién concebido como genitor telúrico.)[10]

Un paréntesis de más de doscientas páginas se abre entre la pregunta de Raúl Castro en el capítulo titulado El Griego (“¿Cómo es que le dicen?” [96]) y su “Así que estos hijos de puta le dicen Griego,” en el titulado No dejes ganar a tus negros (233), que es lugar de cita Che-Ochoa.  Pero, antes de acudir a la cita, he aquí algo a considerar, en marco de stade du miroir y de aturdimiento (aturdido o atolondrado), del modo en que – según Lacan en L’Étourdit – cualquier postulado universal se fundamenta en la ex-sistencia de la excepción que prueba la regla en que se columpia.  No habría así regla sin límite enmarcador. No se sostienen múltiples del Che con antecedentes en Odiseo sin otro marco. Quizás este:

El Griego.  Excelente solución de nomenclatura producida por la imaginación de Antonio de la Guardia para llamar al único general en la historia que es el vencedor de dos campañas africanas consecutivas pero mulato.  Un mestizo resulta el príncipe invicto de los desiertos.  La apreciación  intelectual del grupo está contenida en el nombre.  Cuando un criollo de inequívoca cepa, un mulato mujeriego criado entre las talanqueras cagadas de la tierra roja de los corrales de una granja de ganado cebú al oriente de la isla de Cuba y que con el decursar de los años y a las puertas de Jijiga donde en su reconquista tiene que dejar tendidos los cadávares de 3,000 bravos combatientes somalos, se gana el apelativo de la “Estrella Roja del Ogadén,” que es incluso una designación aceptada por el mando soviético aliado, fácil y adecuado entre sus más queridos amigos.  El Griego.

“Me llama la atención ese nombre,” dice Raúl Castro. (Dulces guerreros, 97).[11]

¿ Pero quién está ahora, mucho después, detrás del Griego y por detrás suyo?  Se ha creado el símbolo 8A para designar su caso y en la alteración del patronímico por infinitud ocho se instalaría entonces la relación de lo aturdido con el padre, pero no un padre cualquiera. (Relación determinada por el vínculo Tersites-Odiseo y éste a su vez con el de Che-Ochoa-8A-Fidel.)

Pues Odiseo amenaza a Tersites en nombre de la paternidad: “Que me deje de nombrar padre de Telémaco si no te arranco las vestituras, la capa, la túnica y todo lo que cubre tu vergüenza y te lanzo balbuciente a las rápidas naves, azotándote fuera de la asamblea con golpes que te avergüencen” (Ilíada II.265-70).[12]  Y es que se puede culpar de todo a Tersites menos de dejar las cosas a medio decir.  Aunque los destinos políticos de su padre Agrio y la restitución del poder suyo a que se entrega el hijo (capaz por ello de encarcelar, atormentar y asesinar al anciano Eneo) sirvieran para explicar el irrevocable odio de Tersites, es mejor escuchar en sus contundentes oprobios la determinación misma del encomio por antítesis.  En cuyo caso, la voz de Tersites mienta, más allá de su tajante descaro, aquello que el elogio calla y acalla.[13] 

Según Lacan, adaptado al caso, tanto de un lado como del otro, el aspecto enunciativo de carácter modal establece el parentesco entre escarnio y alabanza instanciado en la muerte del padre.  Colocada en el renglón lógico modal, la Voz-Tersites provoca la crisis enunciativa del nombre propio en función cardinal de apostasía verbal del padre.  En virtud del padre o padre abuelo y de su cardinal nombre antecesor, habría o habrá por siempre un solo Tersites y un solo Odiseo, singularidad que por supuesto la leyenda y los relatos y chismes míticos han de complicar.  A nivel modal y no propiamente ético, el confrontamiento Tersites-Odiseo deja en pie la interlocución verbal y corpórea en virtud del padre gestor que sustenta el enunciado-frase y su conciencia opositora.  Incorporada al padre e incorporada en sí misma la frase nace de una sola vez opuesta al otro y opositora de lo suyo propio.  En sentencia de Lacan: “Qu’on dise reste oublié derrière ce qui se dit dans ce qui s’entend” (‘lo que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha’)[14]  A partir del ‘érase una vez’ de tal entonces, lo quebrado del vericueto enunciativo se parcela y endereza por los senderos agrimensores del padre.

En resumen, la Voz-Tersites instituye el desarreglo, la bufonada y el relajo cara-a-cara con lo heroico.  El guerrero gesticulador se burla y degrada hambriento de carcajada y sorna.  Pronuncia lo que muchos consideran enojoso y verdadero: que Agamenón es un zorro rapaz y los aqueos se dejan tomar el pelo respetándolo.  Pero la veracidad de la Voz-Tersites colabora con la majestad del rey bufoneado en sus mismas descargas. (Lo divierte en otro siglo cualquiera diciéndole que anda desnudo estrenando el traje para hacerle el amor a su querida vestido en escafandra.)  De ahí que nada garantice que el cómico demagogo al ascender a tirano no termine siendo peor que el tirano que ha vilipendiado para hacer reir a las falanges.  Como se ha dicho en algún momento:

Puede ser que después de todo el chocarrero Tersites a lo mejor quiera ser querido; el demagogo quiera ser rey; el burlador dialéctico quiera ser respetado maestro; el poeta vanguardista quiera ser el portavoz reconocido de su época.  Tal ambivalencia da carácter mordaz a lo cómico.[15]

La capacidad de hacer reir proteje a Tersites ante su propia ridiculez institucional.  Es entonces que Odiseo romperá el empate entre hacer reir y causar risa con la vara del cetro real sobre el lomo del bufón.  (En la tradición poshomérica, el mismo Tersites cumplirá su destino insultando el llanto de Aquiles ante el cadáver de la amada Pentiselea y pagando esa última burla con su vida.)  En fin, más allá de la rutina profesional de instigar la risa del grupo, y pese a la validez misma de las burlas, la mayor parte de los hombres preferirían ser regidos por Odiseo en lugar de Tersites.

“ para ser violado y pelado como una naranja.”  El tigre. (“Raul Rivero Castañeda.  El Gordo.  El Poeta.”), Dulces guerreros cubanos

Hasta no hace mucho, se le permitió indeterminados fueros  festivos al cronótopo (khronotop) de Bajtín.  En nombre del recurrente carnaval se hizo alabanza de los poderes de la risa del pueblo, más aún cuando, polifónico y borracho, sabía llorar con llanto.  El cronótopo no cree ni en citas ni en las citas.  Se le corre a todo el mundo y no lee notas al pie ni se fija en comillas.  Llamarle promiscuo al cronótopo es como llamar bastardo a un crío de la Celestina.  Se es reaccionario y pendejo ante las velocidades del cronótopo cuando se intenta poner freno a su choteo.  Para entrar en cita Che-Ochoa en el mero-mero del cronótopo se comienza por el point noir congolés:

Este episodio de los cubanos en África comenzó a mediados de los sesenta con una camada de negros – casi todos habaneros – dirigida por blancos, al frente de los cuales Fidel designó a un médico de escaso oficio, de aspecto más bien rechoncho, el que después que mataron el mismo Fidel lo puso como ejemplo para nuestros hijos.  Dijo que nuestros hijos debían ser como él.  Lo manda a matar y cuando lo consigue dos años después – el 9 de octubre de 1967 –, y de vuelta al continente americano, porque en África se le escapó de las manos.  (Dulces guerreros cubanos, 257)

El informe contra uno mismo se cubre con el reverso del manto en el forro de la negritud: “Cumplimos” (se alega) “nuestros compromisos con el movimiento revolucionario de la liberación nacional con negros de los barrios habaneros [....] Fue material social de desecho y algunos centenares menos de bocas que alimentar, de negros revoltosos y comilones, que de este modo no era necesario matar o enviar a las prisiones” (259).  Dos párrafos más adelante se afina la puntería contra el blanco del nacido “Raulito” por genitor despropósito de “un tipo cobrizo y achinado” con “Lina, sonrosada campesina cubana” (261).  Vástago de Tersites es este “Chino” Miraval que acto seguido conduce al Griego (cuyo mejor conocido vástago resulta ser gringo – de manera que Tony de la Guardia con su acostumbrado “brother” a sus camaradas habría bastardeado a Ochoa de gringo al apodarlo Griego).  “Tú estás equivocado en una cosa, Arnaldo,” dice Fuentes que dijo: “‘Si Raúl dice que tú eres negro, es porque tú eres lo más parecido que hay a un blanco’” (y trás la aprobación de Arnaldo): “Raúl había decidido no ver más negros que Ochoa en sus dominios de las Fuerzas Armadas [...] Ochoa era lo más cercano a un negro que creía encontrar” (262).  Gruñe la sátira bajo los muros troyanos.

O ruge de risa al presentarse (en otro momento anterior) el que llegaría a ser el mayor preso político añadido a la Isla en Peso: “Raúl Rivero Castañeda.  El Gordo.  El Poeta” (29).  “Tocayo” del otro Raúl y nombrado por Fuentes en aquella ocasión introductoria de 1988 ante el Ministro de las Fuerzas Armadas como “el más grande poeta del país” (pero) “muy peligroso cuando se tropieza con una botella” (29).  Como efectivamente sucede unos días después cuando el “Gordo” intenta “acostarse con las dos hijas del Ministro así como sodomizar al jefe de la escolta [...] y por último con un tigre” (que en alarde al reverso de la imprecación que anticipa el combate con armas sin metáfora se demanda: “‘para ser violado y pelado como una naranja.’ El tigre” (29).  En su micro-cinismo el descaro satírico no admite prisioneros y engendra en su choteo la prole de parásitos que otros han de reformar. (La casa de Tersites es el Deformatorio en que se engendra la literatura en su innato destino político).

Punctum.- última cita:

Así, cuando Debray y Bustos caen presos el 20 de abril, las fuerzas armadas ya disponen de los datos suministrados por los desertores y por el semipreso Salustio Choque Choque.  Esos datos les permiten asegurar que el jefe de la guerrilla es el Che.  Además, el 24 de abril Jorge Vázques Viaña fue herido y capturado por el ejército, según algunos tratando de huir, según otros, por desordenado.  Después de ser intervenido quirúrgicamente en un hospital militar, fue interrogado por un agente de la CIA, que operaba con el nombre de Eduardo González.  Para confundir más las cosas, habrá dos oficiales de la CIA con el mismo seudónimo: este González, que llega primero, y otro, cuyo verdadero nombre es Gustavo Villoldo, y que aparece en las fotos del cadáver del Che en Vallegrande.  El primer [Eduardo] González, fallecido ya, interroga a Vázquez Viaña, a Debray y a Bustos.  Le tiende una trampa al Loro, haciéndose pasar por un periodista panameño de izquierda, a quien Vázquez Viaña cuenta todo, con pelos y señales. Jorge G. Castañeda, La vida en Rojo: una biografía del Che Guevara.


[1] “Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura,” Pensamiento y política cultural cubanos II, (La Habana 1987), p. 214.  Se traduce de The 18th Brumaire of Louis Bonaparte (New York, 1963), apoyándose en el original alemán.

[2] El cubano de hoy: un estudio psícosocial (Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2002), Roberto Fernández Retamar, “Intervención oral,” 158.

[3] Informe contra mí mismo, (México, 1996), 79-80.

[4] La gesta para algunos aún vigente se remite a la obra de Orlando Borrego Díaz, Che: el camino del fuego (Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, La Habana, 2001) y a la obra sumaria por mucho tiempo fuera de circulación, establecida por el mismo Borrego Díaz, El Che en la Revolución Cubana (edición interna y limitada del Ministerio de la Industria Azucarera, 1966).

[5] Traducción de José Luis Calvo (Madrid, 1976).

[6] Gregory Nagy, The Best of the Achaeans: Concepts of the Hero in Archaic Greek Poetry, (Baltimore, 1979), 69.

[7] Se han leído las siguientes biografías en virtud de intereses sólo en parte ocasionados por este ensayo: Lee Anderson, Che: A Revolutionary Life (1997); Jorge G. Castañeda, La vida en rojo (1997); Pierre Kalfon, Che.  Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo (1997);  Pacho O’Donnell, Che: la vida por un mundo mejor (2002).  Las cinco versiones de Odiseo las proponen y examinan a su modo Frederik Ahl y Hanna M. Roisman en The Odyssey Re-Formed (Ithaca, 1996).

[8] “Il [Ochoa] a eu le flanc de déclarer à la fille de ‘Che’ Guevara que son père a été un ‘perdant.’  Il s’est amusé à sortir dans Luanda habillé en Marine américain (un uniforme offert par Patricio),” Jean-François Fogel y Bertrand Rosenthal, Fin de Siécle à la Havana, (Paris, 1993), 83.

[9]  Nagy, “Epos, the Language of Blame, and the Worst of the Achaeans,” op. cit., 259-60).  Con su deformidad (“scurrilous and deformed”), el Thersites de Shakespeare en Troilus and Cressida encarna el género de la sátira en la época de su genial apogeo renacentista.  Sus insultos fustigan partes vergonzosas y demuestran su “affinity for the tropics of satiric sodomy” (¿culítropo?), según Gregory W. Bredbeck, Sodomy and Interpretation: Marlowe to Milton, (Ithaca, 1991), 38.

[10] La frase es de Fernando Ortiz, Historia de una pelea cubana contra los demonios, (La Habana, 1975), 29.  El título de genitor telúrico lo concede Lezama Lima a Porcallo en textos en fin de cuentas afiliados con el póstumo y trunco Oppiano Licario.

[11] “L’Étourdit” (1972), Scilicet 4 (1973): 5-52; y Bruce Fink, The Lacanian Subject: Between Language and Jouissance, (Princeton, 1995), 109-10.

[12]  Traducción directa del griego con la ayuda de Marcel Detienne.

[13] En el pasado de Tersites, su padre, el contendiente Agrio, denuncia a su hermano Tideo y motiva su destierro por haber asesinado a otro de sus hermanos o sobrinos mutuos.  Los hijos de Agrio (Onquesto y Tersites) sobreviven la venganza de los de Tideo y desde entonces atormentan y terminan asesinando al anciano Eneo, contra quien los sobrinos partidarios de Agrio desde un principio conspiraban; Antonio Ruiz de Elvira, Mitología Clásica, (Madrid, 1982), 317.

[14] O: ‘lo que se dice yace olvidado tras lo dicho en lo que se entiende’, “L’Étourdit,” 4.[15] James Redfield, “Drama and Community: Aristophanes and Some of His Rivals,” Nothing to Do with Dionysos? Athenian Drama in its Social Context, (Princeton, 1989), 334 – y en la ejemplar suma de sus aciertos.


Eduardo González es profesor de literatura y cine en Johns Hopkins University. Ha publicado en español libros sobre Alejo Carpentier (1977) y sobre Shakespeare y Cervantes (1982). En 1992 publicó The Monstered Self con Duke University Press. Ha concluído Cuba and the Tempest: A Romantic Odyssey. Tiene dos obras en marcha sobre Almodóvar, Hitchcock y Shakespeare y sobre Lezama Lima y Virginia Woolf.


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> Ilustración: José A. Toirac