
Los hombres hacen su historia pero no como les place; no la hacen bajo circunstancias por ellos mismos escogidas, sino bajo circunstancias con las que se han topado, dadas y transmitidas desde el pasado.
Carlos Marx, El dieciocho de Brumario de Louis Bonaparte...the most Calibanesque of the Ariels I have ever personally met and loved...Roberto Fernández Retamar (1992)
A
la frase de Marx corresponde el pasado cercano y posterior a los
meses iniciales de 1971 durante el Primer Congreso Nacional de
Educación y Cultura, de cuya declaración sumaria
(“desde esta plaza sitiada”) se destaca la cita de
un delegado en doble papel de enfermo y terapeuta de sí mismo: “‘Los
occidentales estamos ya tan contaminados, que el intelectual responsable
debería, en primer lugar, decir a todo hombre de un país
menos preso en las redes: desconfía de mí. Desconfía
de mis palabras. De todo lo que tengo. Estoy enfermo
y contagioso. Mi única salud es saberme enfermo. Aquel
que no se sienta enfermo, es quien lo está más hondamente.’”[1] Resuena
en la frase (con exorcismo militante de consigna) otro pasado por
lejano no menos inmediato. Comprimido, como en píldora,
no es otro que el pasado gigante y trágico que Marx conjura
ante los enanos de la farsa burguesa del Napoleón en pequeño
y el golpe de estado de diciembre de 1851 (comprimido en lo mismo
yace el volumen fantasma e insepulto: “La tradición
de todas las generaciones muertas,” sentencia Marx, “pesa
cual pesadilla sobre el cerebro de los vivos” [15]).
Pero también se exorcizan en la frase del delegado al Congreso malestares
inoportunos (aunque
propicios) para la gestación del manifiesto que unos meses después
daría luz en buena salud y sin culpa (“Calibán lo
empecé a escribir a mis cuarenta años. Lo escribí en
unos días, como en un rapto, como se escribe un poema.”)[2] El
micro-drama histórico que vincula las desiguales famas de la frase auto-flagelante
del delegado al Congreso y el presunto guevarismo del inspirado ensayo que le
sucede repite a la inversa la reiteración de tragedia en parodia según
Marx. La oportuna frase encapsula y pregona en parodia el autocastigo que
el tercermundismo militante del universal ensayo a su vez traslada a un plano
de lucha trans-hemisférica destinada a superar (y quizás repetir)
tragedias poscoloniales por liberación socialista. (No ha de olvidarse
que Calibán obedece los dictados de la musa malabarista que lo
vincula a riesgo de parodia con las voces maestras de Ariel y Nuestra
América.)
El empequeñecimiento
de las magnitudes trágicas (la de los colosos republicanos de Roma, la
de Cromwell, la jacobina)
reduce a tres años en época oportuna (1848-1851) el trágico
juego de suplantaciones y ciclos ascendentes señalado en la obra de aquellos
gestores de la historia cuyas muertes quedan aún por sobrevivir según
la visión que ofrece Marx del pasado no reducido a la parodia en farsa. La
frase del delegado al Congreso sobre la occidental enfermedad compartida hace
parodia (insinuando a la velocidad del trompo: ‘informe contra mi tú mismo’)
del más reciente gesto abarcador de Eliseo Alberto sobre aquel mismo pasado
inmediato en cuestión: “El asesinato de Ernesto Guevara en una escuelita
de Ñancahuazú, la ofensiva revolucionaria de 1968, el fracaso de
la zafra de los diez millones y la gillotina que resultó ser el Primer
Congreso de la Educación y Cultura” representan, para mí,
los cuatro infartos que anunciaron el colapso de la utopía rebelde.”[3] Sin
embargo, el valor aún vigente de la visión tragicómica de
Marx sobre los hechos históricos a corto plazo es ésta: en la medida
en que la importancia de dichos hechos comporte un genuino significado revolucionario
sus personajes y sucesos no pueden sino proyectarse a largo plazo hacia las agigantadas
sombras de sus pasados avatares históricos. Lo que radicalmente
distingue la voluntad revolucionaria de los hábitos burgueses (absortos
en la producción de bienes) es la cabal resucitación de aquellos
avatares, “no haciendo parodia de lo antiguo,” aclara Marx, sino
para “encontrar de nuevo el espíritu de la revolución, sin
hacer caminar a sus fantasmas una vez más” (17).
El tránsito
del Che por Calibán clausura la primera versión del ensayo,
escrita en junio del 71, con extensa cita de las palabras pronunciadas el 28
de diciembre del 59 en Santa Clara (“Que la universidad se pinte de negro,
de mulato, de obrero, de campesino”). La cita de Retamar concluye
hilvanando en su rúbrica las universidades del Che y de Martí como
alternativa “Americana” a la universidad Europea. Pero la frase
final del Che en que se nombra “médico, presidente de Banco y hoy
profesor de pedagogía que se despide de todos” es donde se registra
la Isla en Peso del Brumario marxiano. Al eternizado y repetido gesto de
despedida que habría de vincularlo con el pueblo de Cuba se añade
el imperativo marxista de sopesar la corta y febril trayectoria suya por la economía
de la Isla en su tentativa de militante y fracasada industrialización.[4]
Pero es otro el tránsito, en este caso espectral y vívido,
que se advierte en el trasfondo a la vez inmediato y lejano del Che en el primer Calibán. Se
trara del Che polítropo, héroe errátil o
de muchos senderos, giros, vueltas. Como al comienzo homérico: “Cuéntame,
Musa, la historia del hombre de muchos senderos” (Odisea.I.1-2),
y luego – sólo una vez más – en boca de la admirada
Circe: “Pero tú tienes en el pecho un corazón imposible de
hechizar. Así que de seguro eres el asenderado Odiseo” (X.329-30)[5]
Entre otras virtudes, el nombre Odiseo informa contra sí mismo
en beneficio propio y prejucio del otro. En su vocalización se hacen
eco outis y mêtis. Es decir, en el apodo de Outis que
Odiseo emplea en su trato con Polifemo, ninguno o nadie suena
a sagacidad o astucia. De modo que cuando el gigante
le grita a sus ciclópeos cófrades, “amigos, Outis me
está matando con un engaño y no con sus propias fuerzas” (IX.408),
lo que oyen es que Nadie lo hace y que además es mêtis quien
lo hace: “pues si Nadie [astucia] te ataca [...] así dijeron
y se marcharon” (410). Semejante manipulación artesanal
y táctica del nombre hace de Odiseo el de múltiples senderos un
gestor político y negociante en canchas y sectores ajenos al fragor de
la batalla; campo más allá de cuyos linderos el nombre de Aquiles (akhil(l)eús) no
cunde. Aquiles: aquél cuyo ákhos (hueste
de hombres de guerra) tiene laós (pesar o aflicción).[6] La
oportunista actividad guerrillera no entra en la batalla campal a que desciende
Aquiles, semejante a la noche, presto al frontal exterminio de aquéllos
que le crucen el camino. Los senderos de Odiseo añaden múltiples
territorios a sus probadas dotes de exterminador; así como negocios, dilaciones,
obras de carpintero, disfraces, peregrinaciones, en fin, toda una gama de pequeños
combates y escaramuzas comunes al múltiple quehacer del guerrillero (y
en tiempos y en tiempos recientes las no menos múltiples mañas
y visicitudes del cuentapropista.
En resumen, quíntuples serán los papeles
del cinco-veces Odiseo cronótopo más polítropo resumidos
a su modo en la biografía del Che.[7]
Primero.- El Odiseo que retorna y muere
simbólicamente junto a su fiel sabueso Argos al
cruzar el umbral del palacio disfrazado de mendigo y con
ira de exterminador oculta en los andrajos. Lo reconoce
la vieja Euriclea, pero no Penélope por ahora. Este
fue el joven en cuyo muslo cicatrizó la herida que
le hizo el jabalí cuando cazaba junto al abuelo
con nombre de lobo, Autólico. El mismo que
se casó y tuvo un hijo que mucho lo ha buscado y
esperado y que ahora obedecerá la orden suya de
ahorcar de las jarcias de su nave a las sirvientas infieles. (A
comienzos de 1950 el joven Ernesto realiza el periplo de
una pequeña odisea por Córdoba y el norte
argentino en bicicleta apenas motorizada. Amores
con la tremendísima Chichina. Ruptura. Se
ensancha la odisea: viaje en motocicleta por gran parte
de América. Nace el destino cinemático
del héroe.) Fast Forward.-
El Che se marcha de Cuba en la primavera del 65 transformado
en hombre de negocios destino a las guerrillas del Congo. Es
el mismo ser camuflado que visita a sus hijos a finales
del furtivo regreso a Cuba en el 66 ya en vísperas
de marchar a Bolivia. El mismo desconocido que en
los mogotes pinareños se ha burlado de sus compañeros
combatientes para incitarlos a reconocerlo tras el semblante
del desaparecido. Es el Odiseo capaz de ser reconocido
por Penélope en el tálamo que él mismo
fabricó en los nervios del árbol; el Che
que en persona heroica habita el memorial paterno de Aleida
Guevara March.
Segundo.- El guerrero iliádico
del teatro troyano, constructor del gran potro, ejecutor
de la madre Hécuba. (El OtroChe o CheOtro.) Fantasma
borgiano del país donde Jacques Lacan ha sido masivamente
cloneado. Doble gaucho y montonero que visita
los infiernos a ver a su madre, que es capturado y
terminado en Bolivia para desde entonces no dejar
de acabar nunca. En última instancia, es el ser
desubicado rumbo a la nada de la próxima victoria
en otras tierras, destinado a no encontrarse por lo pronto
en casa en parte alguna – y que se marcha de la suya
sin apenas haber llegado.
Tercero.- A partir de este renglón
el orden de los retratos puede alterarse. Se podría
por ejemplo salir del más obvio y flagrante: el
de Ultra-Che. El efecto violentamente Nietzscheano
que contra viento y marea y Jenseits von Gut und Böse cruza
desde el infinito a lo trivial las fechas de su
diseminación a partir del corrido octavo y noveno
grande y funesto día de octubre del 67 a la noche
del “seamos como el Che” unos días
después en la Plaza de la Revolución.
Cuarto.- El Odiseo cretense y embustero
de la Isla donde nace la mentira. Es
el que declara, vuelto a Ítaca, “Mi raza procede
de Creta – lo digo bien alto – y soy hijo de
un hombre rico” (XIV.199). Se entrecruzan
en su figura el amor y el odio como siempre sucede en el
coro de la mentira con sus gemelas verdades. El Che-territorio,
el que responde a la requisitoria del teniente coronel
Selich: “¿es usted cubano o argentino?” con “soy
cubano, argentino, peruano, ecuatoriano, etc., ¿entiende?” (pero
sobre todo el de la carta de despedida y de “renuncia
formal” a sus cargos y “condición de
cubano” en la que libera “a Cuba de cualquier
responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo”).
Era un asociado de la muerte.
(Arnaldo Ochoa), Dulces guerreros cubanos
Quinto.- El quinto y último carácter enfrenta
por antítesis a dos héroes mayores en el marco del escarnio; de
lo que modernamente (es decir, en lengua de Calibán) se conoce por character
assassination. (La cita Che-Ochoa reduce el cronótopo a
la crisis ética de la reunión consigo mismo, con el padre alterno,
con aquello que informa contra uno mismo).
En una ocasión al parecer triunfalista el héroe del desierto de
Ogadén tildaría al Che de perdedor (loser – el
peor de los oprobios para los sobrinos del Tío Sam).[8] Culpable
de ácidos insultos y put-downs, Tersites – el peor
de los aqueos en La Ilíada – encarna la función
de culpar a los suyos con vejaciones de modo paralelo y contrario al
cargo épico de elogiar al guerrero. Se llama Tersites para
significar junto a su fealdad la audacia y prepotencia (thérsos/thársos)
propias del maestro o rápsoda del insulto vejatorio.[9]
El que peor (o mejor) responde a los venenos verbales de
Tersites con soberanos
antídotos execradores es Odiseo, capaz de bajar de manera fulminante a
los senderos del escarnio trillados por el otro y pasar del látigo verbal
a cogerle el lomo (con el cetro de oro de Agamenón) al gran feo gesticulador
y hábil mal hablado de las huestes guerreras del poema. (En Paradiso el
reino de Tersites se ubica en la cocina del ricachón Michelena, donde
una vez Andresito Olaya, imponiendo su rango y delatando su innobleza, dedicó un temper
tandrum al “pringoso adormilado” cocinero Manuel, quien “enarcando
el brazo derecho a modo de escudo de Tersites, trataba de guarecerse con posturas
innobles” [Edición Crítica, 47]).
Es un Ulises distinto al castigador de Tersites el que
surge cuando Norberto
Fuentes narra cómo, el jueves 25 de mayo del 89, le lleva a Ochoa “la
más preciada golosina” o recado de Raúl Castro sobre los
perdidos $200,000 dólares: “dice que tú los tienes, que tú los
has enmarañado” (Dulces guerreros, 60). Los
brazos de Ochoa se desploman antes de sentenciar el “estoy perdido”:
Fue como si Ulises – Ulises, que sin las vestiduras de la mitología
era un tipo rudimentario y con una cultura inferior a la de cualquier campesino
actual, y por eso podríamos compararlo sin formalismos traumáticos
con Arnaldo – se le hubiesen aflojado las piernas. Creo que soy el único
hombre que tuvo la oportunidad de ver a Arnaldo Ochoa palidecer y ver que los
labios por un instante le temblaran, al igual que su voz [...] El hombre que
era la medida del valor para Fidel Castro. (60)
(Todo cuadra, excepto la absurda condición de campesino atribuída
al gran señor de tierras y haciendas que es Odiseo en la Ítaca
de Homero; rango que en términos cubanos representaría para Arnaldo
Ochoa algo así como ser Gran Señor Feudal de Baracoa; parecido,
en la era imaginaria de acumulación primitiva que semejantes
analogías sugieren, a Vasco Porcallo de Figueroa, “intrépido
y desaforado conquistador español” y recién concebido como genitor
telúrico.)[10]
Un paréntesis de más de doscientas páginas se abre entre
la pregunta de Raúl Castro en el capítulo titulado El Griego (“¿Cómo
es que le dicen?” [96]) y su “Así que estos hijos de puta
le dicen Griego,” en el titulado No dejes ganar a tus negros (233),
que es lugar de cita Che-Ochoa. Pero, antes de acudir a la cita,
he aquí algo a considerar, en marco de stade du miroir y de aturdimiento (aturdido o atolondrado),
del modo en que – según Lacan en L’Étourdit – cualquier
postulado universal se fundamenta en la ex-sistencia de la excepción que
prueba la regla en que se columpia. No habría así regla sin
límite enmarcador. No se sostienen múltiples del Che con antecedentes
en Odiseo sin otro marco. Quizás este:
El Griego. Excelente solución de
nomenclatura producida por la imaginación de Antonio
de la Guardia para llamar al único general en la
historia que es el vencedor de dos campañas africanas
consecutivas pero mulato. Un mestizo resulta el príncipe
invicto de los desiertos. La apreciación intelectual
del grupo está contenida en el nombre. Cuando
un criollo de inequívoca cepa, un mulato mujeriego
criado entre las talanqueras cagadas de la tierra roja
de los corrales de una granja de ganado cebú al
oriente de la isla de Cuba y que con el decursar de los
años y a las puertas de Jijiga donde en su reconquista
tiene que dejar tendidos los cadávares de 3,000
bravos combatientes somalos, se gana el apelativo de la “Estrella
Roja del Ogadén,” que es incluso una designación
aceptada por el mando soviético aliado, fácil
y adecuado entre sus más queridos amigos. El
Griego.
“Me llama la atención ese nombre,” dice Raúl Castro.
(Dulces guerreros, 97).[11]
¿ Pero quién está ahora, mucho después, detrás
del Griego y por detrás suyo? Se ha creado el símbolo 8A para
designar su caso y en la alteración del patronímico por infinitud
ocho se instalaría entonces la relación de lo aturdido con
el padre, pero no un padre cualquiera. (Relación determinada por el vínculo Tersites-Odiseo y éste
a su vez con el de Che-Ochoa-8A-Fidel.)
Pues Odiseo amenaza a Tersites en nombre de la paternidad: “Que me deje
de nombrar padre de Telémaco si no te arranco las vestituras, la capa,
la túnica y todo lo que cubre tu vergüenza y te lanzo balbuciente
a las rápidas naves, azotándote fuera de la asamblea con golpes
que te avergüencen” (Ilíada II.265-70).[12] Y
es que se puede culpar de todo a Tersites menos de dejar las cosas a medio decir. Aunque
los destinos políticos de su padre Agrio y la restitución del poder
suyo a que se entrega el hijo (capaz por ello de encarcelar, atormentar y asesinar
al anciano Eneo) sirvieran para explicar el irrevocable odio de Tersites, es
mejor escuchar en sus contundentes oprobios la determinación misma del
encomio por antítesis. En cuyo caso, la voz de Tersites mienta,
más allá de su tajante descaro, aquello que el elogio calla y acalla.[13]
Según Lacan, adaptado al caso, tanto de un lado como del otro, el aspecto
enunciativo de carácter modal establece el parentesco entre escarnio y alabanza instanciado
en la muerte del padre. Colocada en el renglón lógico modal,
la Voz-Tersites provoca la crisis enunciativa del nombre propio en función
cardinal de apostasía verbal del padre. En virtud del padre o padre
abuelo y de su cardinal nombre antecesor, habría o habrá por siempre
un solo Tersites y un solo Odiseo, singularidad que por supuesto la leyenda y
los relatos y chismes míticos han de complicar. A nivel modal y
no propiamente ético, el confrontamiento Tersites-Odiseo deja
en pie la interlocución verbal y corpórea en virtud del padre gestor
que sustenta el enunciado-frase y su conciencia opositora. Incorporada
al padre e incorporada en sí misma la frase nace de una sola vez opuesta
al otro y opositora de lo suyo propio. En sentencia de Lacan: “Qu’on
dise reste oublié derrière ce qui se dit dans ce qui s’entend” (‘lo
que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha’)[14] A
partir del ‘érase una vez’ de tal entonces, lo quebrado del
vericueto enunciativo se parcela y endereza por los senderos agrimensores del
padre.
En resumen, la Voz-Tersites instituye el desarreglo, la bufonada y el
relajo cara-a-cara con lo heroico. El guerrero gesticulador se burla y
degrada hambriento de carcajada y sorna. Pronuncia lo que muchos consideran
enojoso y verdadero: que Agamenón es un zorro rapaz y los aqueos se dejan
tomar el pelo respetándolo. Pero la veracidad de la Voz-Tersites
colabora con la majestad del rey bufoneado en sus mismas descargas. (Lo divierte
en otro siglo cualquiera diciéndole que anda desnudo estrenando el traje
para hacerle el amor a su querida vestido en escafandra.) De ahí que
nada garantice que el cómico demagogo al ascender a tirano no termine
siendo peor que el tirano que ha vilipendiado para hacer reir a las falanges. Como
se ha dicho en algún momento:
Puede ser que después de todo el chocarrero Tersites a lo mejor quiera
ser querido; el demagogo quiera ser rey; el burlador dialéctico quiera
ser respetado maestro; el poeta vanguardista quiera ser el portavoz reconocido
de su época. Tal ambivalencia da carácter mordaz a lo cómico.[15]
La capacidad de hacer reir proteje a Tersites ante su propia
ridiculez institucional. Es
entonces que Odiseo romperá el empate entre hacer reir y causar risa con
la vara del cetro real sobre el lomo del bufón. (En la tradición
poshomérica, el mismo Tersites cumplirá su destino insultando el
llanto de Aquiles ante el cadáver de la amada Pentiselea y pagando esa última
burla con su vida.) En fin, más allá de la rutina profesional
de instigar la risa del grupo, y pese a la validez misma de las burlas, la mayor
parte de los hombres preferirían ser regidos por Odiseo en lugar de Tersites.
“
para ser violado y pelado como una naranja.” El
tigre. (“Raul Rivero Castañeda. El Gordo. El
Poeta.”), Dulces guerreros cubanos
Hasta no hace mucho, se le permitió indeterminados fueros festivos
al cronótopo (khronotop) de Bajtín. En nombre del
recurrente carnaval se hizo alabanza de los poderes de la risa del pueblo, más
aún cuando, polifónico y borracho, sabía llorar con llanto. El cronótopo no
cree ni en citas ni en las citas. Se le corre a todo el mundo y no lee
notas al pie ni se fija en comillas. Llamarle promiscuo al cronótopo es
como llamar bastardo a un crío de la Celestina. Se es reaccionario
y pendejo ante las velocidades del cronótopo cuando se intenta
poner freno a su choteo. Para entrar en cita Che-Ochoa en el mero-mero
del cronótopo se comienza por el point noir congolés:
Este episodio de los cubanos en África comenzó a mediados de los
sesenta con una camada de negros – casi todos habaneros – dirigida
por blancos, al frente de los cuales Fidel designó a un médico
de escaso oficio, de aspecto más bien rechoncho, el que después
que mataron el mismo Fidel lo puso como ejemplo para nuestros hijos. Dijo
que nuestros hijos debían ser como él. Lo manda a matar y
cuando lo consigue dos años después – el 9 de octubre de
1967 –, y de vuelta al continente americano, porque en África se
le escapó de las manos. (Dulces guerreros cubanos,
257)
El informe contra uno mismo se cubre con el reverso
del manto en el forro de la negritud: “Cumplimos” (se
alega) “nuestros compromisos con el movimiento revolucionario
de la liberación nacional con negros de los barrios
habaneros [....] Fue material social de desecho y algunos
centenares menos de bocas que alimentar, de negros revoltosos
y comilones, que de este modo no era necesario matar o
enviar a las prisiones” (259). Dos párrafos
más adelante se afina la puntería contra
el blanco del nacido “Raulito” por genitor
despropósito de “un tipo cobrizo y achinado” con “Lina,
sonrosada campesina cubana” (261). Vástago
de Tersites es este “Chino” Miraval que acto
seguido conduce al Griego (cuyo mejor conocido vástago
resulta ser gringo – de manera que Tony de la Guardia
con su acostumbrado “brother” a sus
camaradas habría bastardeado a Ochoa de gringo al
apodarlo Griego). “Tú estás
equivocado en una cosa, Arnaldo,” dice Fuentes que
dijo: “‘Si Raúl dice que tú eres
negro, es porque tú eres lo más parecido
que hay a un blanco’” (y trás la aprobación
de Arnaldo): “Raúl había decidido no
ver más negros que Ochoa en sus dominios de las
Fuerzas Armadas [...] Ochoa era lo más cercano a
un negro que creía encontrar” (262). Gruñe
la sátira bajo los muros troyanos.
O ruge de risa al presentarse (en otro momento anterior)
el que llegaría
a ser el mayor preso político añadido a la Isla en Peso: “Raúl
Rivero Castañeda. El Gordo. El Poeta” (29). “Tocayo” del
otro Raúl y nombrado por Fuentes en aquella ocasión introductoria
de 1988 ante el Ministro de las Fuerzas Armadas como “el más grande
poeta del país” (pero) “muy peligroso cuando se tropieza con
una botella” (29). Como efectivamente sucede unos días después
cuando el “Gordo” intenta “acostarse con las dos hijas del
Ministro así como sodomizar al jefe de la escolta [...] y por último
con un tigre” (que en alarde al reverso de la imprecación que anticipa
el combate con armas sin metáfora se demanda: “‘para ser violado
y pelado como una naranja.’ El tigre” (29). En su micro-cinismo
el descaro satírico no admite prisioneros y engendra en su choteo la prole
de parásitos que otros han de reformar. (La casa de Tersites es el Deformatorio en
que se engendra la literatura en su innato destino político).
Punctum.- última cita:
Así, cuando Debray y Bustos caen presos el 20 de abril, las fuerzas armadas
ya disponen de los datos suministrados por los desertores y por el semipreso
Salustio Choque Choque. Esos datos les permiten asegurar que el jefe de
la guerrilla es el Che. Además, el 24 de abril Jorge Vázques
Viaña fue herido y capturado por el ejército, según algunos
tratando de huir, según otros, por desordenado. Después de
ser intervenido quirúrgicamente en un hospital militar, fue interrogado
por un agente de la CIA, que operaba con el nombre de Eduardo González. Para
confundir más las cosas, habrá dos oficiales de la CIA con el mismo
seudónimo: este González, que llega primero, y otro, cuyo verdadero
nombre es Gustavo Villoldo, y que aparece en las fotos del cadáver del
Che en Vallegrande. El primer [Eduardo] González, fallecido ya,
interroga a Vázquez Viaña, a Debray y a Bustos. Le tiende
una trampa al Loro, haciéndose pasar por un periodista panameño
de izquierda, a quien Vázquez Viaña cuenta todo, con pelos y señales. Jorge
G. Castañeda, La vida en Rojo: una biografía del Che Guevara.
[1] “Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación
y Cultura,” Pensamiento y política
cultural cubanos II, (La
Habana 1987), p. 214. Se traduce de The
18th Brumaire of Louis Bonaparte (New York,
1963), apoyándose en el original alemán.
[2] El
cubano de hoy: un estudio psícosocial (Fundación Fernando
Ortiz, La Habana, 2002), Roberto Fernández Retamar, “Intervención
oral,” 158.
[3] Informe contra mí mismo,
(México, 1996),
79-80.
[4] La gesta para algunos aún vigente se remite a la obra
de Orlando Borrego Díaz, Che: el camino
del fuego (Casa de Altos
Estudios Don Fernando Ortiz, La Habana, 2001) y a la
obra sumaria por mucho tiempo fuera de circulación, establecida por el mismo Borrego Díaz, El
Che en la Revolución Cubana (edición
interna y limitada del Ministerio de la Industria Azucarera,
1966).
[5] Traducción de
José Luis Calvo (Madrid, 1976).
[6] Gregory Nagy, The Best of
the Achaeans: Concepts of the Hero in Archaic Greek Poetry, (Baltimore, 1979),
69.
[7] Se han leído las siguientes biografías en virtud
de intereses sólo en parte ocasionados por este
ensayo: Lee Anderson, Che: A Revolutionary
Life (1997);
Jorge G. Castañeda, La vida en
rojo (1997); Pierre Kalfon, Che. Ernesto
Guevara, una leyenda de nuestro siglo (1997); Pacho
O’Donnell, Che: la vida por un mundo mejor (2002). Las
cinco versiones de Odiseo las proponen y examinan a
su modo
Frederik Ahl y Hanna M. Roisman en The Odyssey
Re-Formed (Ithaca, 1996).
[8] “Il [Ochoa] a eu le flanc de
déclarer à la
fille de ‘Che’ Guevara que son père
a été un ‘perdant.’ Il
s’est amusé à sortir dans Luanda
habillé en
Marine américain (un uniforme offert par Patricio),” Jean-François
Fogel y Bertrand Rosenthal, Fin de Siécle à la
Havana, (Paris, 1993), 83.
[9] Nagy, “Epos,
the Language of Blame, and the Worst of the Achaeans,” op.
cit., 259-60). Con su deformidad (“scurrilous
and deformed”), el Thersites de Shakespeare en Troilus and Cressida encarna
el género de la sátira
en la época de su genial
apogeo renacentista. Sus insultos fustigan partes
vergonzosas y demuestran su “affinity for the tropics
of satiric sodomy” (¿culítropo?),
según Gregory W. Bredbeck, Sodomy and
Interpretation: Marlowe to Milton, (Ithaca, 1991), 38.
[10] La frase es
de Fernando Ortiz, Historia
de una pelea cubana contra los demonios, (La
Habana, 1975), 29. El
título de genitor telúrico lo concede Lezama
Lima a Porcallo en textos en fin de cuentas afiliados
con el póstumo y trunco Oppiano
Licario.
[11] “L’Étourdit” (1972), Scilicet 4 (1973): 5-52; y Bruce Fink, The
Lacanian Subject: Between Language and Jouissance,
(Princeton, 1995), 109-10.
[12] Traducción
directa del griego con la ayuda de Marcel Detienne.
[13] En el pasado de Tersites, su
padre, el contendiente Agrio, denuncia a su hermano
Tideo y
motiva su destierro por haber asesinado a otro de sus
hermanos o sobrinos mutuos. Los
hijos de Agrio (Onquesto y Tersites) sobreviven la
venganza de los de Tideo y desde entonces atormentan
y terminan
asesinando al anciano Eneo, contra
quien los sobrinos partidarios de Agrio desde un principio
conspiraban; Antonio Ruiz de Elvira, Mitología
Clásica, (Madrid, 1982),
317.
[14] O: ‘lo que se dice yace olvidado tras
lo dicho en lo que se entiende’, “L’Étourdit,” 4.[15]
James Redfield, “Drama and Community: Aristophanes
and Some of His Rivals,” Nothing
to Do with Dionysos? Athenian Drama in its Social Context,
(Princeton, 1989), 334 – y en la ejemplar suma
de sus aciertos.
