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Proteger y “proteger”
Ramón Alejandro

Los textos del pintor Ramón Alejandro pertenecen a una modalidad ensayística inclasificable. Sus viñetas del ambiente cultural miamense y de la realidad norteamericana actual y los “striptease” virtuales de sus confesiones completan o amplían los paisajes peligrosos de sus telas. La aparición periódica de esos “alejandrinos” ha provocado más de una turbulencia del ciberespacio. Cubista presenta en este número parte de la obra pictórica de Ramón Alejandro y una de sus reflexiones en torno al poder contemporáneo.



Fuera de toda pretensión teórica, pero sin renunciar al derecho que creo debe tener todo común mortal para razonar por su propia cuenta a partir de la observación de lo que sucede en su entorno, me he permitido responder con estas líneas a la invitación a expresarme en Cubista.

Hay un misterio en la base de todas las diversas culturas de las que he tenido noticia, que reside en la esencia de las relaciones entre el Poder Secular y la Autoridad Espiritual y la relación entre ambos y la Patria Potestad. En otras palabras, los atributos y prerrogativas respectivos del Rey, el Maestro y el Padre. Para explicarnos su mutua implicación, mejor que con palabras, convendría imaginar un tetraedro regular cuyas tres facetas triangulares visibles serían cada una de las funciones antedichas, y la faceta oculta que les sirve de base representaría ese mismo carácter misterioso al que quiero referirme.

Hay un aura numénica que los pueblos perciben en ciertos individuos que se destinan a sí mismos a ejercer el poder, el magisterio o la paternidad de
naciones enteras. Se habla del carisma de un líder y todo el mundo comprende de qué se trata, pero nadie logra circunscribir racionalmente en qué consiste; es como una nueva versión del embrujo o el duende, la unción o la predestinación de corte mesiánico. Tiene esencia religiosa y fue uno de los temas recurrentes de las tragedías griegas.

Es eso lo que hace a un lobo jefe de manada y lo que da al león que rige a sus súbditos el derecho a devorar a los vástagos que engendran otros machos sometidos a su férula o influjo. Se trata del misterio del Poder, que lo hace padre y le da a su rugido o a su palabra facultad de establecer un sentido imperativo de referencia para los demás miembros del grupo. Es un postulado que no se cuestiona sin miedo, sin la sensación de estar incurriendo en terreno prohibido, en “lo sagrado” –recordemos que sacer quería decir en latín tanto lo sagrado como lo abominado, una parte del dominio de lo inefable, lo ambiguo, lo peligroso, lo fatal.

Han aparecido últimamente en la prensa mundial, sin hacer mucho ruido, algunos siniestros destellos de una nueva y distanciada visión de ese viejo aspecto de la naturaleza humana. Es una versión puesta al día de las antiguas intuiciones sobre el trágico destino de nuestra especie. Es a ese principio racionalmente irreductible de fatal sujeción al que luego se le añaden teorías justificadoras y sobre cuya misteriosa esencia se construyen los códigos legales y se establecen los andamiajes sociales. Sobre él se confirma la propiedad de la tierra que no sería de nadie en particular, sino de la cual más bien todos seríamos dependientes criaturas, si a la sana proporción y razón natural nos conformásemos, como sabiamente respondió el cacique Seattle al presidente de los Estados Unidos en su memorable carta, negándose a venderle sus dominios. Ahí yace la raíz de la propiedad privada que Proudhome descifró como el robo fundamental. Sobre esas oscuridades construimos nuestra conciencia de individuos civilizados y nuestras certidumbres.

Se da por sentado que el más fuerte tiene derecho a gobernar, que el más rico tiene derecho a envilecer al más pobre, y que el más informado tiene derecho a engatusar con sus eruditas parrafadas al que no tiene instrucción. Todas estas son formas del mismo abuso consentido, sea en el seno del hogar, con las prerrogativas varoniles, o en el ámbito político con el poder del partido único o el del candidato más rico que determina a través de la propaganda electoral el voto de las masas ignorantes o abúlicas. A ciencia cierta nunca sabremos, tratándose de la relación entre el machismo doméstico y el autoritarismo político, cuál de los dos es el objeto y cual es su imagen reflejada en el espejo de nuestras mentes. Pertenecen a una misma actitud ante el misterio de la autoridad y el poder.
Se habla del contrato consentido entre una víctima y su asesino caníbal, que antes de matarla compartió con ella un pedazo de su carne en macabra parodia de la comunión cristiana. Se habla a menudo del síndrome de Estocolmo y del amor de las víctimas por los verdugos del Gulag.

Es como si la cosmovisión del Marqués de Sade se hubiera banalizado y hoy ya fuera patrimonio del común mortal y no la concepción extremadamente particular de un creador elitista a finales del sofisticado Siglo de las Luces. Como si las leyes que Maquiavelo enunció para garantizar la independencia de su querida patria toscana fueran el manual del perfecto gobierno aplicable en cualquier caso y ocasión. Como si el genial análisis con que Marx desmontó las estructuras del poder social en el siglo diecinueve fuera la única herramienta con que fuera posible entender qué está sucediendo hoy en Norteamérica.

Hay un elemento de placer perverso en el sometimiento a estas fuerzas bestiales que se manifiesta en la pornografía sadomasoquista que obsesiona a una buena parte de la población y se expresa en el lenguaje soez popular más corriente. La violencia erótica en forma de espectáculo consumible a domicilio se vende bien y a buen precio, porque la afición aumenta. Se filman asesinatos de indefensas mujeres para delectación pública.

Alguien dijo –y si no lo hubiera dicho antes nadie lo digo yo ahora– que la política es el arte de hacer pasar los intereses personales por intereses colectivos. Otra manera de decir que es el ejercicio del egoísmo envuelto en retórica altruista. La corta historia de nuestra pequeña nación y la larga historia de la humanidad son riquísimas canteras de infinidad de ejemplos que informan esta melancólica certidumbre.

Basta repasar mentalmente las crónicas y los libros de historia sin que tenga que hacer aquí un ocioso resumen de mis fuentes. Son las mismas que las de cualquier ser humano al que le haya tocado sobrevivir la segunda mitad del siglo veinte.

No me causa placer ni me parece bien que así sea. Simplemente la evidencia me deslumbra cuando contemplo el estado de las cosas de nuestro mundo después de dos siglos de esperanzadora modernidad. Siglos de libertad, igualdad y fraternidad imperativas. Siglos de desengaños y terrores inauditos, siglos de inventos tecnológicos utilizados para disminuir la calidad de la vida y aumentar al infinito la cantidad de cosas materiales que constituyen un impedimento mayor para alcanzar la felicidad individual y la armonía colectiva que las necesidades que ese mismo desarrollo tecnológico se proponía aliviar. Se viven más años y nuestras vidas han perdido su sentido, han perdido su sabor. Se viaja con más facilidad, pero la hostilidad entre los pueblos se exacerba cada día. Las vidas humanas se han vuelto más confortables y más insípidas, más insignificantes. Y el aburrimiento y la falta de sentido de tanta agitación aplastan nuestras desorientadas consciencias.

Ya no hay más derecha ni izquierda, tan sólo un arriba y un abajo. Los ricos y los poderosos sobre los pobres y los desprovistos de poder.

Un amigo medievalista me refirió cierta vez este detalle sobre los contratos que firmaban durante aquellos turbulentos siglos de las llamadas “edades oscuras” los señores de la guerra con los despavoridos campesinos que con su labor alimentaban bien que mal a la atribulada y disminuída humanidad que pobló el continente europeo después del derrumbe de los ambiguos esplendores de la antigüedad romana.

Llamaba la atención a los estudiosos de estos documentos que en la redacción de los deberes de los señores feudales, estos se comprometían a proteger y a “proteger” a sus vasallos. Utilizaban dos verbos diferentes con dos significados bastante diversos al precisar ambas funciones de su ejercicio marcial. Uno de los verbos servía para definir la protección que éstos darían a los que se convertían en sus súbditos por la firma del contrato, con pleno consentimiento, respecto a los abusos que otros señores de regiones aledañas pudiesen infligirles agrediéndolos. En lenguaje actual, se trataba de defender la soberanía de esa región, apoderándose además del usufructo de esta misma soberanía.
La segunda forma verbal se refería a la garantía que el señor de la guerra local daba de que él personalmente no iba a abusar de los que así se ponían bajo su gobierno. En lenguaje contemporáneo, sería el embrión de los derechos del ciudadano, de los derechos humanos. Los derechos del súbdito acorralado e indefenso. La fuerza del señor nunca debía ser utilizada contra sus propios sujetos. En eso residía el mutuo consenso.

Ya sabemos cómo, después del Renacimiento, los grandes descubrimientos geográficos condujeron a la actual globalización y después del Siglo de las Luces, París parió su revolución de vocación universal que dio lugar a la Comuna, al comunismo y, de paso y por reacción, al fascismo, y de cómo aquellas lluvias trajeron estos lodos que desembocaron en el torrente del terrorismo que nos lleva vertiginosamente hacia nuevas e insospechadas desgracias. Los nuevos señores de la guerra, con banderas rojas, verdes, tricolores y todo tipo de discursos embriagadores, se han dado a la dulce tarea de engañar tanto a los pueblos relativamente primitivos como a los más civilizados, para llevarlos mansamente por el camino de sus intereses particulares.

Utilizando los modernos medios de comunicación, la elocuencia señorial pudo llegar hasta el fondo de cada hogar y hasta las últimas fibras sensibles de cada individuo, despertando su patriotismo y su fe en un futuro mejor para toda la humanidad, según exigía el beneficio particular de cada uno de los interesados de turno. Tenemos en nuestras bien fornidas bibliotecas todo tipo de manifiestos y declaraciones histriónicas de los sucesivos líderes políticos que han seducido a las masas.

Hoy todo se ha simplificado radicalmente. Despues del sistema de equilibrio bipolar que quedó en pie a la caída del Tercer Reich –esa apoteosis de las artes dramáticas al servicio del poder y la seducción masiva por medio de las nuevas tecnologías– la modernidad sólo tiene un paladín, un modelo, una voz. El coro de las naciones unidas trata de embarajar con el monólogo de la democracia armada, encarnada en el Presidente de los Estados Unidos de América, protagonista de los ideales del mundo moderno.

Se comprende el terror que esta modernidad pueda provocar a ciertos jefes de Estado de países de menor envergadura, y aquí pienso tanto en la descarga filosófica que se deslizó imperceptiblemente al final de la célebre entrevista “Looking for Fidel” de Oliver Stone, como en los escrúpulos de los jefes de Estado de las viejas naciones europeas en sus tímidos reparos al liderazgo hegemónico de Norteamérica.

En la antedicha y ejemplar entrevista, el viejo revolucionario en declinio, contemplando pensativo a La Habana desde la Fortaleza de la Cabaña, se preguntaba, perplejo, por qué se les enseñaban a los pueblos los adelantos tecnológicos, el acceso a los bienes de consumo, y lo provocaba a sincera compasión una juventud obligada a lidiar con el fardo del destino personal y la libertad de acción individual.

Al aparecer un señor de la guerra absoluto, que domina con su poder, directa o indirectamente, a toda la humanidad, la función de proteger de los abusos de un señor extranjero a un pueblo específico resulta ya innecesaria; el señor de la guerra de otras regiones dejó de ser una amenaza, porque el poder del señor absoluto sobre todos los pueblos del globo es un hecho consumado.
La única amenaza que aparece flagrante entonces es la que el propio gobernante puede ejercer sobre su propio pueblo, sea en el país que sea. Desaparecido el peligro extranjero, sólo sobrevive el peligro que desde arriba los poderosos de cada nación particular inflijen a sus sometidos. Llámenles ciudadanos o súbditos.

Cuando el señor supremo de la guerra aterroriza a su propio pueblo con una amenaza extranjera, se entiende que sólo intenta, bajo este útil terror, que sus súbditos renuncien a cualquier garantía de defenderse de su cada vez más absoluto poder dentro de las propias fronteras.

Una vez puesta en evidencia la complicidad o sumisión de todos los señores de la guerra subalternos con el máximo detentor del Poder Mundial, se ve cada vez más claramente la cohesión global de las “fuerzas del Orden”. Entonces, el único margen de protección que debe interesarnos es el de hacer valer nuestros derechos de individuos ante nuestros propios gobernantes; nuestra libertad individual en el sitio que sea, bajo el gobernante que sea, en cualquier tierra revindicada por cualquier nación. Y sobre todo aquí en los Estados Unidos, sede del Poder Hegemónico Universal que implementa por su fuerza política, militar y económica los viejos ideales del Siglo de las Luces, más o menos adaptados en su versión pragmática anglosajona y pasteurizados de su ampulosa enunciación francesa. Es decir, el Estado Moderno en toda su peligrosa excelencia.

La constitución norteamericana es, hasta este momento, la mejor manera que hemos encontrado de conjugar el interés egoísta y el bienestar común. Este derecho a negociar nuestro margen de acción es lo más valioso que nos queda de estos dos siglos de confusión y de costosísimas luchas. Es el legado de la “democracia” y de la libertad individual. Defenderla es nuestro último recurso para garantizar un mejor futuro para la humanidad.

Es algo precioso y muy precario. Es cosa frágil y quizás evanescente: en la medida en que esa visión contemporánea del destino trágico de nuestra especie, de la que hablaba al principio, siga generalizándose, tal vez llegue a ser algún día la imagen definitiva que queramos hacer de nosotros mismos.
Así como se entiende que la belleza está en la mirada del que contempla, nuestra idea de nosotros mismos y de nuestro destino depende de nuestra capacidad de forjarnos un ideal más noble que el propuesto por la tendencia actual. Ser capaces o no de concebir y realizar un futuro mejor, según nuestros mejores ideales, depende de nosotros.

La resignación o el refocilamiento en las actuales tendencias a la barbarie no nos auguran nada bueno.

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