
Un
campo de fresas para siempre
Pablo
Díaz Espí
Estamos
en la 72 y Central Park West. El boricua se lo contó a Pancho y Pancho me lo está contando.
El boricua lleva toda la vida en esta esquina. Cuando no está es
que está preso. Es su esquina. Ha envejecido en ella. Pancho vino
de Cuba en el 80. Decidió alejarse de Miami, así que a los
pocos días aterrizó aquí en Nueva York. No tenía
papeles; se las arreglaba haciendo apaños de un lado para otro.
Por la mañana temprano cargaba cajas en un supermercado en el Bronx,
allá por la 149, y luego se iba a trabajar con un albañil
griego. El tipo trataba a su tropa de indios como a esclavos. Les gritaba
y los insultaba. El mismo primer día Pancho lo llamó aparte
y se lo dijo: Míster, si no le gusta como trabajo, me lo dice y
me voy, pero no me vaya a gritar como a esta gente. El griego lo miró y
negó con la cabeza, malhumorado, aunque no dijo nada. Era un cascarrabias.
Y a Pancho le gustaba el trabajo. Sobre todo porque pasaba mucho tiempo
solo. Allá en las alturas de los viejos rascacielos, su labor era
reponer el cemento caído de entre los ladrillos para que no se filtrara
el agua. Con una espátula y una cuchara de albañilería
y un cubo lleno de mezcla. Encaramado en un andamio colgante, los edificios
eran barcos entre la niebla; los tanques de agua en las azoteas, gigantescos
toneles de ron. Las sirenas de la policía no se callaban y las barcazas
se deslizaban en silencio por el Hudson. Abajo, en Broadway, la gente andaba
como hormiguitas. Y también estaban las ventanas de los apartamentos —camas
desechas, una latina de uniforme sacudiendo el polvo, una vieja judía
dormida en un butacón con Ricky Ricardo bailando mambo en el televisor:
todo desarreglado y sin embargo lujoso—, pero aquello era otra historia.
Después de cada jornada, lo que le gustaba a Pancho era irse a pasear
por el Central Park; ver algún partidito de softball, soñar
con la novia que dejó en Cuba. La había conocido en el 79,
un año antes de irse. Le decían La Mora. Tenía la
piel negra y un pelo trigueño que le caía en olas por toda
la espalda, y unos ojos verdes que parecían de tigresa. Nada de
ojos verdes serenos como un lago; echaban chispas cuando él la acariciaba
poniéndole todo su sentimiento. La sentaba en el muro del malecón
y le decía cositas. La iba a querer siempre y le iba a hacer diez
hijos, la iba a acostar en una cama y la iba a llenar de miel y la iba
a lamer todita. La sentía erizarse y retorcerse y respirarle en
el cuello. Ay Mora, no me martirices más; le cantaba, y ella se
moría de la risa. La primera noche que salieron la llevó al
Club Atelier. El aire acondicionado estaba a tope y cantaba Martha Strada.
En un momento en que La Mora fue al baño, él aprovecho y
con un pañuelo aflojó el foco que había cerca de la
mesa. Una jugada maestra. Se quedaron a oscuras, y ya se sabe que las manos
son reptiles nocturnos. Luego salieron y se sentaron en el parque de enfrente,
allí donde dicen que ahora hay una estatua de John Lennon, y ella
no puso ningún pero. Bajo los árboles, en el parque desierto,
moviéndose despacito en un banco, él y La Mora sellaron su
alianza. Ahora que lo pensaba, aquello fue un idilio de lugares públicos:
el Parque Almendares, La Cabaña, los alrededores del Johnny's, el
Mégano… Pancho dormía en un albergue de estudiantes
de enfermería, y ella vivía con sus padres. No siempre tenía
dinero para llevarla a una posada, y además a ella le daba vergüenza
que la vieran entrando a un lugar así. Inconscientemente, cuando
andaba por la ciudad, él se la pasaba buscando posibles lugares
para venir con mi Mora. Hasta una tarde en que ella se decidió y
lo llevó a su casa. Sus padres andaban por Guantánamo. Ah,
aquello sí fue una fiesta. Ella tuvo que vestirlo para que se fuera,
le dio un beso en la puerta y él tiró un pasillo de baile
en el portal. Era el rey del mundo. Un meteorito gigante podía venir
y estrellarse contra la tierra. Ahhhh, jú. Pero al día siguiente,
La Mora faltó a la cita. Pancho estuvo esperándola más
de dos horas. Cuando regresó al albergue, la llamó por teléfono.
Ella estaba aterrada. Le dijo que su padre se había enterado de
todo. No sabía cómo. Ella no le había dicho nada.
El trató de tranquilizarla. Le dijo que iba a ir a hablar de hombre
a hombre con su padre, y que la pediría en matrimonio. La Mora le
preguntó si estaba loco. Su padre era capitán de la policía.
Era un guajiro macho, y andaba buscándolo para matarlo. Ni
matrimonio ni nada Pancho, yo tengo miedo de que aquí ocurra una desgracia. Después de dejarla llorar un rato, logró que se calmara,
y quedaron en verse en un par de días. Pero al colgar, descubrió que él
también se había puesto nervioso. Salió a relajarse
un rato, y cuando regresó, el recepcionista del albergue le dijo
que un oficial de la policía, muy alterado, había venido
a preguntar por él. Su compañero de cuarto le dijo que el
tipo había subido con la pistola en la mano, y que había
dicho que volvería. Lo mejor es que te pierdas, Pancho; le aconsejaron
sus amigos. El trató de disimular el miedo, pero al otro día,
cuando llegó al hospital, se enteró de que el padre de La
Mora también había estado por allí. Se pasó dos
días sin saber qué hacer, sin acercarse por el albergue ni
por el hospital. Intentó llamar a La Mora, pero respondió una
voz de hombre. Oigo. El se quedó mudo. Hubo unos segundos de silencio,
hasta que la voz dijo: Por mucho que te escondas, te voy a partir
los cojones,
maricón. Perdió el apetito. Andaba por ahí, sucio
y desarrapado, y entonces fue cuando se enteró que había
gente pidiendo asilo en una embajada, y que el gobierno había retirado
las postas. Sacó su cuenta: lo único que tenía en
Cuba era a su Mora, y se la habían quitado. Se llegó por
los alrededores de la embajada, y cuando vio a la multitud del otro lado
de la cerca, no se lo pensó dos veces. Antes que tuviera tiempo
de arrepentirse, se metió allí, y luego se vio embarcado
en el puerto de Mariel, con un montón de gente, rumbo a Miami en
un yate llamado Dulcinea. Estuvo en la Florida hasta que un compañero
de travesía le habló de Nueva York y lo embulló a
acompañarle. Y así fue que llegó a la que desde entonces
había sido su ciudad, al Central Park y a todo lo demás.
Una helada tarde de diciembre, ese mismo año, con la ciudad alistándose
para Navidad, con los arbolitos alumbrando las calles y los taxis salpicando
agua y fango, se encontró con el boricua donde siempre, en la esquina
de la 72. Pero ese día el boricua estaba encabronado de verdad.
Pancho sólo tuvo que preguntarle cómo le iba; guasap
men?,
del resto se encargó el otro: Na Cuba —le dijo—. Jodío.
La China que vive allá arriba me debe unos pesos, y no quiere pagarme. ¿Tú nunca
la has visto? ¡Qué china más fea, Cuba! ¿Tú no
la conoces? Ella y su novio siempre me compraban yerba, tú sabes,
fumadores de los buenos. El novio era un blanquito que tocaba la guitarra.
A veces bajaba en pijama, me compraba y volvía a subir. Un arrebatao.
Pero la semana pasada lo mataron aquí mismito, en la escalera del
edificio. ¿No te enteraste? Ah, tremendo fenómeno. Salió hasta
en los periódicos. El blanquito de la guitarra. Iba a un bar aquí al
lado que se llama La Fortuna. Un tipo le metió plomo. El y la china
siempre me compraban yerba. Tenían dinero, pero nada, me debían
como cincuenta dólares, y ayer fui a reclamárselos a la china,
y yo quisiera que tu vieras como se puso. Hecha una fiera. Qué china
más fea, Cuba. Quería llamarme a la policía. Carajo.
De verdá que no lo entiendo. Me debe el dinero, ¿qué quiere
que yo haga? Uno se la juega aquí en la calle y ellos allá arriba… De
verdá que a veces no entiendo a la gente, Cuba. Dios le da barba
al que no tiene quijá. Pero esa china, ¡qué fea compadre!
Estoy seguro que si fuera ella la muerta, el blanquito me pagaba. El blanquito
sí era buena gente. Tú siempre lo veías con su guitarrita.
Lo mataron aquí el otro día. ¿No te enteraste, Cuba?
