Las alas perdidas
Félix Lizárraga

As-tu trouvé le corps d'Icare
A l'ombre de tes ailes perdues?
Mariano Brull, A toi-méme


Recuerdo (me contó Sören, con una de sus sonrisas súbitas y un poco tristes) la primera vez que Ana y yo hicimos el amor. Caía la tarde; una claridad ya indecisa entraba por las lucetas del aula y encendía en el aire polvoriento vagas chispas doradas. Yacíamos sobre mi bata, semidesnudos y todavía agitados; mi mano trigueña, en la penumbra, parecía casi negra contra la carne clara de ella. Todo había terminado con mayor rapidez de lo que yo hubiese querido, aunque quizá no tanto como podía esperarse de la edad, la intensidad del deseo, la larga abstinencia a que el amor me había forzado... Forzado no es la palabra. Yo me había iniciado muy temprano en lo que algún escritor ha llamado, con expresión ingrata, “las labores propias de mi sexo”. Pero nunca había podido separar, hasta entonces, la conjunción de los cuerpos y la ternura.

Enamorado de Ana, me había alejado de las otras muchachas, y trataba a la vez de no convertir nuestra relación, como suele hacerse, por egoísmo o por simple inexperiencia, en una especie de carrera con vallas. Ella era virgen, estaba llena de temores y de tabúes que nadie hubiera sospechado bajo su cáscara de modernidad y desenvoltura. Había tenido que esperar meses, que disolver a fuego lento todos aquellos temores y prejuicios, en el fuego paciente e inextinguible de la ternura. Pero esa tarde, mientras besaba como otras muchas veces la pelusilla eléctrica de su cuello, descubrí que mi paciencia tenía un límite.

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Hace ya dieciocho años de esto, y yo tenía dieciocho años. Entonces estudiaba pintura. Muchos en la escuela de arte me consideraban un alumno brillante; yo lo sabía y hacía como que no me importaba, aunque sí me importaba, por supuesto (tenía dieciocho años). Ahora encuentro que no saqué de la escuela todo el provecho que hubiera debido, y que hubiera sacado de no haberme resultado tan fácil ser alumno brillante; el tiempo que perdí en inventarme actitudes iconoclastas debí haberlo usado en aprender un poco más. Me llevó luego muchos años dominar muchas minucias de la técnica a las que entonces no quise prestar atención. Me faltaba la humildad suficiente.
Hubo una época en que no podía perdonarme haber perdido tanto el tiempo. Luego comprendí que lo anormal hubiera sido no perderlo. En fin. Quizá no deba burlarme demasiado de aquel muchacho tan ingenuo en el fondo, y que, después de todo, no se portaba tan mal. Donde otro tal vez se hubiera inflado como un pavorreal, él sólo se hacía el que no le importaba nada de aquello, y que lo tomaba como algo natural. Claro que había en eso un orgullo mayor, aunque más secreto, y puede que más profundo aún por ser secreto.
Dieciocho años no es mucho tiempo, y, sin embargo, casi siento vértigo cuando miro hacia atrás, hacia entonces, y apenas puedo reconocerme en aquel muchacho despreocupado, pero secretamente convencido de que le esperaba un porvenir grandioso, aunque difuso todavía. Su despreocupación no era fingida; nacía de esa misma certeza interior. Los demás, la mayoría de los demás, veían sólo aquel modo de ser despreocupado. Así llegué a tener muchos amigotes y cierta aceptación entre las muchachas, sin esfuerzo y sin que nada de aquello me importara demasiado. De entre toda aquella gente, dos personas acaparaban mi verdadera atención, e incluso, de cierta forma, dominaban mi vida, aun siendo dos seres frágiles, o precisamente por serlo.

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A David lo recuerdo siempre inclinado sobre un libro. Donde estuviera, en el aula, en su cama, en el suelo, él se las arreglaba para cruzar las piernas a la turca y abrir un libro sobre sus rodillas. Era alto, más alto que yo, pero uno no se daba cuenta, acaso por aquella manera suya de encorvarse para leer; acaso porque él estaba, un poco, como hecho de aire. No sólo porque fuera delgado... ¿Cómo explicarte? Daba la sensación de que no estaba completamente donde uno lo veía; como ese gato de Alicia, que nunca aparecía ni desaparecía del todo.

David tenía algo de ese gato. Era tímido, pero pienso que en realidad era más retraído que tímido. El sexo no parecía existir para él, aunque algunos le atribuían tendencias inconfesables, basándose en su delicadeza y hasta en el tamaño de sus pestañas. Yo nunca lo creí. Es verdad que había algo femenino en él, una especie de inocencia y de reserva que uno espera encontrar sólo en una muchacha, y una cortesía tal vez excesiva, pero no afeminamiento. Recuerdo también que algunos de esos mismos machos tonantes que desdeñaban el trato de David solían posar desnudos, en privado, para ciertos profesores. Como decía Cervantes, mejor es no meneallo.

La mayoría de nosotros, sin embargo, sentíamos por David una especie de cariño protector, aun los que no se interesaban en sus lecturas. A veces lo jodían con suavidad, aconsejándole que acabara de buscarse algo, o incitaban a una de las modelos, que era muy maldita, a que le dedicase especiales miradas, languideces y aperturas de piernas. David no se molestaba por nada de eso, y se hacía el que no notaba las operaciones de la modelo, aunque lo ponían rojo hasta las orejas.

Confieso que algunas de esas cariñosas maldades las urdí yo mismo, no sin remordimiento. Me preguntaba por qué, al hacerlas, me ponía de parte de gente que no me importaba en absoluto, y en contra, aunque fuera una broma benévola, del único ser que yo consideraba un amigo verdadero. Gracias a él, descubrí muchas cosas que luego fueron esenciales para mí, y que han seguido siéndolo: las ilustraciones de Dalí y de Blake, los libros de Borges y de Hermann Hesse, la pintura china de la época Sung... no podría enumerarlo todo aunque quisiera.

Más importante que eso, para mí, fue como él me enseñó a leer una escultura, un cuadro, un poema, más allá de la técnica y de los asuntos. “Esos trigales de Van Gogh”, me decía, “son algo más que un trigal al mediodía, o que unas texturas difíciles o unos enrevesados amarillos... Tienen lo que podríamos llamar un alma, o como quieras decirle, un alma concedida o robada, pero que es lo que nos hace detenernos ante ellos, lo que hacen que se nos metan con esa violencia por los ojos.” Ahora tal vez palabras como éstas te parezcan simples, obvias, no sé; piensa en lo que significaron para un muchacho, el que era yo entonces, al que sus profesores le llenaban la cabeza, o bien de pinceladas o texturas, o de realismo socialista.

David, era, además, mi confidente. Sólo a él revelaba yo mis más íntimos sueños, mis inquietudes más personales. Conversábamos horas y horas, con ese fervor de la juventud. Él hablaba muy poco de sí mismo, y puede que su manera de hacerlo fuera precisamente hablar de Hesse y de Van Gogh; yo, sin saber muy bien por qué, respetaba esa reserva suya, aun cuando en parte deseaba romperla. Con el tiempo llegué a conocer, e incluso a compartir, algo de lo que él me ocultaba. Ya me explicaré. A pesar de su apartamiento del “mundanal rüido”, sabía dar consejos muy sensatos en asuntos de mujeres, y más de uno de nosotros acudía a consultarle sus hallazgos y dudas en ese campo. David escuchaba con un interés real pero desapegado, como quien conversa de botánica, y a veces daba alguno de sus consejos infalibles. A lo mejor su secreto consistía en saber escuchar. Fue, eso sí, siempre fue el confidente de mis amores con Ana.

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Creo que dije que mi recuerdo más preciso de David era el de verlo inclinado sobre un libro. No sé por qué, pero me gusta recordar a Ana con la bata de lienzo que usábamos sobre el uniforme para pintar. A todos se nos ponía hecho un asco la bata aquella, por mucho que nos cuidáramos o la laváramos después. La de Ana, en cambio, apenas mostraba nunca más que unas pocas salpicaduras. Nadie sabía cómo se las arreglaba. Incluso, pensándolo bien, creo que casi no se manchaba tampoco las manos, ni nada.

Ana no era muy alta, pero parecía serlo. Tal vez por aquel cuello suyo, largo y fino, saliendo de la blancura casi inmaculada de su bata, oscurecido por el contraste aunque casi no se le pegaba el sol. Visto de muy cerca, tenía una pelusilla blancuza, sobre todo en la nuca, que tornasolaba con la luz. Yo la llamaba “el electrón”, “la pelusilla eléctrica”. En el extremo de aquel cuello había unas mejillas redondas y rosadas, y unas motonetas infantiles en las que yo jugaba a enredar mis dedos.

Hay un poema de Ezra Pound que dice algo así: Árbol eres / Musgo eres /Eres las flores y la brisa que sopla sobre ellas... /A child -_so high-_ you are, /And all this is folly to the world...

De alguna forma, ese poema es Ana, o es la Ana que conocí entonces, por lo menos, aquella Ana de diecisiete años. Al revés de David, que nunca parecía estar entero donde uno lo veía, toda Ana estaba en el primer golpe de vista, con su bata de lienzo blanco casi intacta, sus motonetas de niña consentida, su cuello largo y fino como el tallo de una flor. Se daba aires de muy independiente y, sin embargo, uno quería enseguida interponerse entre el mundo y ella, servirle de escudo protector.

Su forma de moverse y de mirar era resuelta y casi desafiante; cuando algo o alguien la contrariaba, sabía volver la cabeza altivamente, y las sedosas motonetas se agitaban entonces un momento y quedaban luego temblorosas, como las alas de un pájaro asustado. Era la secretaria de nuestro comité de base de la Juventud Comunista, y solía mostrarse implacable con lo mal hecho, a veces demasiado. Pero todos la respetaban, por su rectitud, y la querían, por aquella dulzura que sus modales un poco imperiosos no escondían, sino que subrayaban.

Caprichosa y obstinada, había en ella, por encima de todo, una capacidad inagotable para la alegría, o, mejor, para la dicha. La dicha es, pienso yo, algo más suave y más hondo que la mera alegría, y también más callado. La gente así suele sufrir de la misma manera, honda y calladamente, y cualquiera de las dos cosas los hace más dulces. La abeja, todo lo que come, lo convierte siempre en miel.

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Después de hacer el amor por primera vez, mientras reposábamos en silencio, y yo miraba el contraste de su piel y mi piel en la penumbra del atardecer, pensé con lástima que el dolor y tal vez mi brutalidad no le habían permitido la plenitud del placer. Ana tenía los ojos cerrados, y yo no lograba leer su expresión. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas. Me miró seria, casi solemne. Yo me sentía tan culpable que estaba a punto de llorar también. Entonces, muy despacio, muy bajito, me dijo: “Soy muy feliz.” Lloré, de alivio.
Advertí luego que estábamos empapados en sangre, y me asusté. Ella no se inmutó. Yo, que la había visto hacer veinte aspavientos por una cortadita, no entendía la calma con que ella me limpió primero a mí, la sonrisa con que me aseguró que no era nada, que ya había pasado. Con el tiempo me he dado cuenta de que en toda mujer hay algo de aquella Sirenita de Andersen, que danzaba sin una queja sobre sus pies acuchillados por el dolor. Limpió la sangraza de nuestros muslos con naturalidad, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida.

Ella se fue por fin a su albergue, llevándose para lavarla mi bata de lienzo, que desde esa tarde tuvo otra mancha. Yo me quedé en el aula un rato más. Me sentía agradablemente vacío y ligero, como si me hubiese disuelto en aquel polvo de oro que flotaba allá arriba, en la claridad última de las lucetas.
El camino más corto hacia la calle pasaba por un lugar que los alumnos llamábamos el Cementerio, una arboleda espesa y solitaria donde los de escultura tiraban estatuas desechadas, bloques de basalto o de mármol a medio tallar, alguna losa con relieves, que le daban un aire ruinoso sumamente acogedor. Eso me recordó que no lejos de allí, cerca de las casas que servían de albergue a los varones, había unas ruinas auténticas que pocos conocíamos, un par de glorietas, y una fuente con delfines y una Venus a la que yo encontraba no sé qué parecido con Ana. El recuerdo de ese parecido me hizo desear ir a la fuente a comprobarlo, y fui, cruzando el río por unas piedras y atravesando los matorrales.

Era casi de noche, y la sombra creciente hacía crecer también el parecido, por lo demás mínimo, algo en el modelado del cuello y las mejillas, quizá de las orejas. Me encaramé a la concha de la Venus, por sobre el lomo de los delfines, para dejar un beso en la mejilla de piedra.

En ese momento, vi algo que me hizo quedarme, por cosa de un minuto, tan inmóvil como la misma estatua que abrazaba. En medio de la glorieta más cercana –un semicírculo de columnas rematadas por bucráneos– había algo, un extraño ser vivo, una especie de serpiente enorme y enroscada sobre sí misma. Aquello se movía ligeramente, con una especie de oscilación o de bamboleo, sin producir ningún ruido.

Me quedé, ya te dije, como pegado a la piedra por la sorpresa. Poco a poco fui discerniendo mejor los contornos de aquello. Era una persona desnuda -_no distinguía el sexo-_ en una postura que nunca hubiera imaginado. Tenía los codos apoyados en el suelo, una mano sobre la otra, y la frente apoyada sobre el dorso de las manos. El cuerpo se alzaba verticalmente en el aire; en lo más alto, las piernas se entrecruzaban como uno suele cruzar los brazos. Parecía sostenerse sin esfuezo, meciéndose apenas.

Pasó un tiempo que no pude medir. Muy despacio, las piernas se desenredaron, se estiraron, bajaron hasta tocar el suelo con los pies, con las rodillas luego. Advertí que era un muchacho. Con la misma lentitud, fue cambiando de postura hasta quedar sentado sobre los talones. Alzó la cabeza, y me descubrió en mi puesto de observación involuntario, sobre el pedestal de la Venus. Entonces, no tanto por las facciones que apenas distinguía en la semioscuridad, como por su gesto de sorpresa, reconocí a David.

É l también debió reconocerme, porque tras su primer gesto no volvió a moverse, se quedó allí sentado, mirándome. Cuando me acerqué, me dijo con su voz más suave: “Nunca te hubiera creído capaz de espiarme, Sören.” Yo protesté, indignado por semejante sospecha. “Está bien”, dijo al fin, con gravedad. “Discúlpame. Pero tienes que prometerme que no hablarás de esto con nadie”. Le contesté que sí, con la condición de que me explicara qué era aquello. La voz con que me habló entonces era tan fría y dura como la mejilla de piedra de la Venus, una voz que yo no le conocía: “Sin condiciones, Sören.” Se levantó y, sin mirarme, empezó a vestirse.

Molesto y dolido a la vez, le pregunté con qué derecho me hablaba así. Siguió callado un momento y al final contestó: “Con ninguno, Sören. Tú eres el que tienes todos los derechos. Una palabra tuya, y me botan de la escuela.” En su tono, otra vez, suave, había tanta amargura que me conmovió. “No pensaba en eso, David... Yo creía que éramos amigos.” “Mira, Sören, a lo mejor es por eso mismo que te hablo así. Ahora te pido que no me preguntes nada. ¿Está bien?” “Está bien”, accedí, y esa tarde no hablamos más.

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Hay años enteros que pueden resumirse en una frase, y hay horas que necesitarían muchas más páginas que el día famoso del Ulysses... Alguien ha escrito que esos espacios en blanco de la memoria, que tanto intrigan a los psicólogos, se deben menos a los socorridos traumas que a “lo insípido y ocioso de cada día”, todo ese tiempo muerto que sirve de relleno entre nuestros escasos momentos de verdad memorables...

La memoria que tengo de esa tarde es tan minuciosa, por lo que veo, que tal vez me engañe, y la haya ido fabricando yo mismo, retrospectivamente, por ese proceso de cristalización del que tanto le gustaba hablar a tu querido Stendhal. Pero si no confiamos en la memoria, esa tramposa, ¿en qué confiar?
Sea como haya sido, en menos de un par de horas conocí las prácticas secretas de David, y el cuerpo de Ana en la entrega, hasta esa tarde no menos secreto para mí.

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Tras una semana o algo así de rehuirme, David me llamó aparte. Estaba muy serio, con la mirada baja. “Quiero explicarte lo que viste el otro día”, empezó a decirme. “No hace falta, David”, lo interrumpí. “Quiero explicarte”, insistió. “¿Para qué? Ya sé que eres yoga.” “Se dice yogui”, me corrigió, y sonrió sin querer. Eso nos pasaba. No podíamos hablar mucho tiempo sin acabar riéndonos, sobre todo cuando queríamos hacerlo en serio.

Yo había diagnosticado correctamente el caso, pero ese diagnóstico se basaba en unas nociones que poco o nada tenían que ver con el verdadero Yoga. Sabía, por los rumores, que se trataba de una especie de culto “idealista”, que exigía de sus adeptos meditar en posiciones extrañas, y que al que agarraban en algo de eso lo expulsaban infaliblemente de la escuela, y su expediente quedaba “manchado” para siempre. Más allá de eso (el porqué, por ejemplo, de las meditaciones y las expulsiones), todo era misterioso para mi juventud y mi ignorancia.

La explicación de David fue sucinta. El Yoga era una disciplina que encauzaba la vida, para mejorarla, y su práctica, antiquísima, estaba basada en una filosofía profunda y no menos antigua. Él formaba parte de un grupo, muy reducido y muy selectivo, guiado por un maestro al que llamaban el Swami Ki-Lin, o sea, Unicornio.

Ninguno de los discípulos del Swami Ki-Lin podía mencionar siquiera la palabra Yoga a nadie, sin el permiso de su maestro. “Por eso”, terminó David, “no podía explicarte”. “¿Quieres decir que el Unicornio te dio permiso para hablar conmigo?” David me miró un momento, ceñudo, y volvió a bajar los ojos. “Yo se lo pedí”, dijo, sin que su voz se alterase. “Quiero que vayas conmigo y que juzgues por ti mismo.”

El Swami resultó ser uno de los profesores de la escuela, un profesor de literatura. Nunca se me hubiera ocurrido que aquel hombre bajito, un poco calvo y bastante gris, cuyas clases eran a la vez notables y un poco aburridas, pudiera ser un guía espiritual yogui y hacerse llamar Swami Ki-Lin. Era como descubrir a mi santa abuela trabajando por las noches de mamboleta en algún cabaret, y que le dijeran La Mujer de Fuego, o algo por el estilo. Me faltaba entonces por aprender que las cosas habituales suelen ser las más imprevisibles, las más desconocidas.

Se reunían una vez a la semana, por la tarde, en casa del profesor Chaumont. Era un caserón grande, y parecía bastante descuidado, por lo menos desde afuera, pues nunca entré. Nos hacían entrar directo al patio, por un pasillo lateral. Las reuniones se daban en un garaje a medio derrumbar que había en el fondo del patio, un patio enorme, desolado, con unas tapias muy altas.

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La primera vez, decidí que iría por curiosidad. Mientras acompañaba a David a aquella casona apartada, por aceras casi oscuras a fuerza de árboles; mientras tocábamos, con un toque convenido, a aquella puerta de reja, resguardada de las miradas indiscretas por una plancha de zinc, que nos abrió un muchacho desconocido; mientras atravesábamos el largo pasillo al costado de la casa, y luego el patio de suelo irregular, salpicado aquí y allá por unos cuantos brotes de hierba marchita asomando por entre las grietas, apenas podía disimular una sonrisa burlona, que se me salía a los labios por entre las grietas de la voluntad.
Yo me consideraba, por supuesto, un marxista. Con más derecho aún, pues lejos de conformarme con aquella sopa boba de Konstantinovs y Nikitines que nos daban a cucharadas en nuestras clases de filosofía y de economía política, había remontado las fuentes y leído a los mismos fundadores, sobre todo a Engels, que es el más ameno y el más accesible. Las carcajadas con que solía acompañar la lectura del Anti-Dühring me valieron una fama definitiva de loco entre parientes y amigos. (Ya la tenía, por otra parte, desde que, todavía niño, había saludado con esas mismas carcajadas la lectura del Quijote.)


Yo me consideraba, por tanto, un marxista, hecho y derecho, o por lo menos con algún derecho. No es extraño que al venir a aquella casa, donde se impartía una doctrina tan rezagada, no pudiera ocultar un airecillo de irónica superioridad, como el que suelen adoptar los ingleses frente a los seres humanos. Visto desde ahora, sin embargo, encuentro que esa sonrisita superior, ese aire burlón, eran en gran parte una reacción de defensa. En primer lugar, contra mi propia ignorancia, juvenil y comprensible, por lo demás. Sólo que, cuando uno es joven, nada lo asusta más ni le da más rabia que la propia ignorancia. Aparte de que lo desconocido, a cualquier edad, asusta siempre un poco.

En segundo lugar... Pero tal vez no sea buena esta manía mía de darle tantas vueltas a las cosas pasadas. (Por otra parte, lo único cierto son los hechos. Aunque también es cierto su recuerdo, que no son ya los hechos, sino su huella. Y es cierto también este hurgar en esas viejas huellas, como con lupas y con reactivos, buscando reconstruir exactamente lo que fue. Como esos científicos, los paleontólogos, que tratan de recobrar el aspecto de tiranosaurios o de neanderthales a través de un par de huesos, y creen haber hecho ciencia, cuando lo que están haciendo es arte...) En segundo lugar, decía, yo luchaba con la atracción secreta de todo aquello. Promesas de silencio, contraseñas, encuentros ocultos... Misterio y Misticismo, en fin, dos palabras con eme mayúscula, esa letra que parece unas montañas gemelas o unas tetas erguidas de mujer. ¿Qué puede atraerlo a uno más, a los dieciocho años, que esas tres cosas: Misterio, Misticismo, Mujer?

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Llegamos por fin al garaje, todo desvencijado y roto, con un montón de trastos desbaratados en el fondo. Una parte estaba despejada y limpia, y allí había dispuestos algunos muebles todavía utilizables, un par de sillas coloniales preciosas pero con trozos de plywood en lugar de rejilla, una butaca de esas orejonas, un sofá quejoso. Para mi sorpresa, en aquella especie de caricatura de sala encontré más de una cara conocida. Había otro “plástico”, dos “músicos” y un “dramático”, aparte del muchacho que nos había abierto la puerta, y que estudiaba filosofía y letras, según supe después.

En el saludo de los que me conocían hubo una mezcla de sorpresa, reserva y contento. Una especie de retroceso instintivo, podría decirse, acompañado de una bienvenida no menos instintiva. David y yo nos hundimos en el sofá duro y rechinante, y observé que frente por frente a nosotros había un sillón de esos de buró, giratorio, con el respaldo pegado a la pared. Le pregunté a David: “¿Por qué nadie se sienta ahí? Parece más cómodo que este castigo.” “Es el asiento del Swami Ki-Lin”, me dijo. “Y es menos cómodo que la butaca, o el sofá, entre otras cosas porque está roto”, añadió, mirándome con una ceja levantada que yo conocía bien. Opté por callarme y alejar en lo posible mis propias rodillas, que parecían dispuestas a sacarme los ojos.

Hasta el momento, a no ser por el toque convenido de la puerta y algún término raro, como “asana” o “samadhi” que sonaban de vez en cuando en la charla de los demás, nada parecía cumplir mis secretas perspectivas de Misticismo y Misterio (incluso de Mujer, porque éramos todos varones, a no ser que contásemos como tal al de filosofía y letras, reclinado en una lánguida pose gretagárbica). Al contrario, las cosas empezaban a mostrar un lado sórdido que no me gustaba: aquella ruinosa sala de mentiritas, las miraditas de soslayo del “filólogo”. Fui a decirle algo en voz baja a David, y sólo entonces me di cuenta de que todos allí hablaban con la voz baja y la escasez de gestos que entre nosotros sólo puede encontrarse en las iglesias.

Ese descubrimiento empezó por impresionarme, y por eso mismo pasé enseguida a considerar lo ridículo que resultaba aquel comedimiento eclesial en un lugar tan incongruente, que tenía algo de esas guaridas de ladrones de las novelas de Dickens o las películas de Chaplin. Esperaba ver aparecer de un momento a otro al profesor Chaumont en taparrabos de fakir y un gran turbante amarillo, y así se lo hice saber a David.

“ Existe alguna diferencia entre un fakir y un verdadero yogui”, respondió alzándome la ceja, por supuesto, e iba a soltarme alguna de las suyas cuando un pensamiento repentino le hizo alzar la otra ceja y mirarme con perplejidad: “¿Y por qué amarillo?” “Amarillo Van Gogh, con un penacho violeta”, seguí yo imaginando. “Los niños y los locos”, dijo David. “¿Qué pasa?”, le pregunté intrigado. “Los swamis y los bonzos se visten de amarillo”.

Iba a preguntarle qué era un bonzo cuando vi parado frente a nosotros al profesor. Había entrado en silencio, y su aparición me hizo dar un brinco que provocó un verdadero mitin por parte de los muelles. Él ignoró mi sobresalto, o fingió ignorarlo. Llevaba su opaca ropa de costumbre, ni más ni menos, los mismos espejuelos y la misma calva que solía lucir en la escuela. Se sentó en el sillón giratorio frente a nosotros, y así empezó mi primera sesión de Yoga.

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Los encuentros con Chaumont resultaron también muy distintos de lo que yo suponía. Nada de sesiones colectivas de meditación con los ojos en blanco y los pies para arriba; nada de arrebatos místicos o de incomprensibles rituales. Chaumont hablaba, con la misma voz uniforme que en sus clases de literatura servía a algunos de infalible soporífero, de algún tema escogido para la ocasión; repartía desvaídas hojas mimeografiadas con ejercicios o extractos de temas que él consideraba deberían interesarnos; escuchaba las dudas de sus discípulos, y las respondía con pocas y precisas palabras.

Hacía circular entre nosotros, además, tras muchas advertencias y como a regañadientes, algún libro; recuerdo, por ejemplo, una edición anotada del Bhagavad Ghita; Budismo Zen y Psicoanálisis, de Frömm-Suzuki... Insistía en repetirnos que era necesaria la práctica diaria de los ejercicios respiratorios, asanas y mudras que nos mimeografiaba; yo pensaba, con mi sonrisa burlona, en que su físico alfeñicado, como diría Charles Atlas, le impedía practicarlos él mismo.

Un día en que todos coincidíamos en afirmarle que cierta asana particularmente difícil era imposible de hacer, su respuesta fue más breve que de costumbre: echó a un lado su asiento, y en segundos (aunque era un hombre que aparentaba más de cuarenta abatidos años) ejecutó la asana imposible, con una limpieza y una perfección y una elasticidad que todos aquellos chiquillos le envidiamos. Nos quedamos con la boca abierta, mientras sus pantalones soltaban una lluvia tintineante de monedas y llaveros.

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Por lo que he dicho te habrás dado cuenta de que me convertí en un discípulo más del Swami Ki-Lin. Sin abandonar, por eso, mi sonrisa burlona. (Puede que, aparte del juvenil mecanismo de defensa, haya en mí una suerte de escepticismo natural.) Chaumont, que lo advirtió enseguida, no hizo nada por luchar contra ese espíritu mío. Esa primera tarde, yo me puse a discutir sobre, creo, el tema del Alma Universal, el Atman o Purusha o Adibuddha --tiene muchos otros nombres. Chaumont (teníamos que llamarlo Swami) escuchó con paciencia mis objeciones, seguro algo dislocadas y claro que algo exaltadas.
Entonces, alisándose la calva con una mano pausada, me dijo: “Está muy bien, Sören, que defienda usted sus convicciones. Es una actitud muy respetable. Pero usted ha leído, conoce bien a los autores en cuyo nombre habla.” (Era una amabilidad muy suya conceder al que conversaba o contendía con él una erudición y una inteligencia mayores que las reales.) “Sin embargo, usted sólo me ha escuchado exponer rudimentariamente, durante una media hora, un tema que necesita mucho tiempo y mucho esfuerzo para su comprensión, y del que yo estoy hablando de atrevido, sin entenderlo apenas. Pienso que deberíamos dominarlo un poco más antes de aceptarlo o discutirlo. Pienso además que Marx era un hombre inteligente, un hombre genial, y por eso hizo suya la divisa de Descartes: Duda de todo.”

Yo no encontré nada que reponder a eso, y así acabó la discusión. Duda de todo; es decir, Pruébalo todo, pasa todas las cosas por la piedra de toque de la experiencia. Yo no necesitaba otro empujón para zambullirme de cabeza en aquel universo tan nuevo para mí. Conservando, eso sí, la sonrisa burlona, como Satán entre los ángeles en el Libro de Job.

Por David supe que la esposa de Chaumont no permitía que esas reuniones “extrañas” se dieran en la casa. Él la había oído un día peleando con el marido, con aquella voz agudísima suya, de trémolos histéricos, solo vislumbre que tuvimos de ella en todo el tiempo que estuvimos yendo allí. En cambio, pocas veces osó interrumpir nuestras sesiones con sus trémolos. Al principio supuse que ella lo mangoneaba; luego fui dándome cuenta de que, aunque Chaumont solía ceder a sus caprichos, sabía hacerse respetar, y cedía más bien por lástima o cariño que por debilidad.

Aparte de la fantasía de hacerse llamar Swami Ki-Lin, él no se permitía casi ninguna otra extravagancia. De vez en cuando quemaba incienso en una especie de brasero, “para darle al encuentro un aroma del Oriente”, según decía. Una tarde se le ocurrió echar al fuego un poco de esas pomadas que la gente llama chinas por ser vietnamitas (lo cual suele poner furiosos a los vietnamitas). Había descubierto que entre los componentes de la pomada figuraba la mirra. El único resultado fue un olor penetrante a farmacia que nos sacó las lágrimas a todos.
Yo era un deportista bastante bueno, y las mudras y asanas no me plantearon dificultades demasiado grandes. Los ejercicios respiratorios eran otra cosa. Necesitaban una paciencia que yo no lograba reunir, y que David, con quien practicaba casi siempre, tenía que poner por los dos, durante semanas y meses.

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Había una fisura, sin embargo. El Misticismo y el Misterio estaban disociados de la mujer. Ana no sabía, no podía saber nada.
A veces las penas propias, sobre todo las de la juventud, dan un poco de risa con los años. Sin embargo, aun visto desde afuera, como miro yo ahora a aquel muchacho que ya no soy. Aun de ahora, aun de afuera, da pena ver a alguien que quiere de verdad a otra persona, que tiene con ella una relación profunda, absorbente, una relación verdadera, insisto, sin poder compartir con ella cosas que son esenciales para él.

Querer y no ser querido ha de ser espantoso; pero querer y ser querido, y tener que callar, no algo bochornoso o terrible, sino algo después de todo tan sencillo, tan hermoso incluso... ¿No es eso peor?

A veces, lograba un instante de comunicación, de sintonía más bien. Como cuando contaba a Ana episodios de la vida de Sakyamuni: el sueño de Maya con el elefante blanco, las cuatro visiones, el árbol del ayuno y el de la iluminación, el Parinirvana, que ella escuchaba encantada, como una niña. O la hacía reir con los desplantes, garrotazos y paradojas de los monjes Zen, que yo representaba para ella... Pero eran migajas. (Claro que uno, con el tiempo, acaba por valorar en mucho las migajas. De joven, sin embargo, nadie se conforma con menos que con el absoluto.)

Nunca se lo dije. Sabía, aunque a veces tuviera la esperanza de lo contrario, que ella no lo comprendería. De hecho, no lo comprendió cuando lo supo.
Porque lo supo. Todo el mundo lo supo. La bomba acabó estallando, como estallan las cosas de ese tipo.

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El primer signo, al que al principio no dimos importancia, de que algo andaba mal, fue la ausencia del “filósofo” por dos jueves seguidos. Nunca antes había faltado, pero nadie se preocupó por eso. En realidad era un poco abrumador, con sus eses sibilantes y salivosas, sus miraditas de soslayo, las preguntas un poco sonsas y otro poco impertinentes que él, pobre, hacía por brillar un poco, sin otro resultado que irritar. Tampoco pensamos que no regresaria; aceptamos la pausa, con algún alivio, y nada más.

Ese afán suyo de brillar fue el que nos perdió. Un par de comentarios imprudentes, lanzados en los lugares menos adecuados, hicieron que lo llamasen a contar, o mejor a cantar, porque en cuanto lo apretaron un poco cantó que ni Ella Fitzgerald. Todo esto, por supuesto, lo supimos ya demasiado tarde.

El segundo presagio nefasto sucedió cuando Ana faltó una mañana a clase. Su amiga y compañera de cuarto me aseguró que no lo sabía, que la había dejado vistiéndose. A mediodía, tampoco apareció por el comedor. Fui a buscarla a la casona blanca, de amplias balaustradas, que le servía de albergue, pero no estaba, y ninguna de las muchachitas supo darme razón de ella. A las clases de por la tarde asistí únicamente porque esperaba que llegaría en algún momento; volví luego al albergue, y nada.

Desorientado, impaciente, preocupado, me puse a caminar los alrededores de los albergues. La costumbre, o algún instinto, fue llevando mis pasos hacia la fuente de la Venus. Empezaba ya a anochecer, como la tarde en que había descubierto allí a David en una de las posturas del Loto. Me detuve al pie del pedestal, entre los delfines, y me puse a mirar la alta estatua, cuyas mejillas me recordaban tanto a las de Ana.

Llevaba allí cosa de un minuto, ensimismado, cuando me di cuenta de que escuchaba algo, de que estaba escuchándolo sin notarlo desde que llegué allí. Era un sonido apagado y monocorde, pero el sonido de una voz humana. Escuché un minuto más y descubrí que era el sonido de un sollozo ahogado.
Antes de pensarlo dos veces ya estaba yo encaramado en la alta concha de la Venus, oteando alrededor. No tuve que buscar mucho. En medio de la glorieta semicircular, al pie de las columnas rematadas por bucráneos, había acurrucada una muchacha, envuelta en algo blanco. "¡Ana!", grité aun antes de reconocerla. Ella alzó la cabeza bruscamente, y sus motonetas se agitaron como las alas de un pájaro. Me miró un momento, sólo un momento. Entonces lanzó un sollozo a toda voz, un grito roto, y huyó.

No me hubiera costado nada alcanzarla, pero en lugar de eso me quedé inmóvil allí encima del zócalo, como una estatua más, mirando ondear su bata blanca hasta que la perdí entre las matas. Algo me había dejado paralizado, extrañamente paralizado; acaso la sorpresa, o el asombro de encontrar aquel rostro desfigurado por el llanto, aquella fuga, aquel extraño grito o sollozo, desconocidos para mí e inesperados, todo mezclado con una especie de oscuro terror.

Logré superar un poco aquel entorpecimiento, y fui de nuevo hasta el albergue de Ana, llevando la carpeta con sus cosas que había sido abandonada en la glorieta. Noté en las muchachas sentadas en la balaustrada cierta distancia, ese especie de instintiva solidaridad que sabe unir a las mujeres como un muro frente a los hombres. Su amiga y compañera de cuarto me aseguró, fríamente, que Ana no estaba.

Yo reaccioné por fin, indignado, ante aquella súbita barrera de hielo. “Sé que está ahí”, le dije, “y voy a pasar”. “No, Sören, no puedes pasar.” “Puedo, y voy a pasar. Ella tiene que explicarme esto.” La amiga se me prendió del brazo, implorante. “Espera, Sören. Por favor. Oyeme bien,. Yo no sé lo que ha pasado entre ustedes, y creo que es un problema de ustedes resolverlo. Pero no ahora, Sören. Oyeme. Ven mañana, ¿quieres? Ana está muy alterada ahora, y no va a razonar.”

“ Pero si entre nosotros no ha pasado nada. Eso es lo que peor me tiene. El sábado la dejé de lo mejor, iba para su pueblo, y hoy no viene a clase, y voy y me la encuentro llorando y sale huyéndome y no me quiere hablar...” La sinceridad, creo yo, es convincente, y tanto defendí mi inocencia que su amiga debió creerme. Me prometió hablar con ella esa misma noche, en cuanto Ana se calmara un poco, y que mañana me vería temprano para contarme.

Busqué a David en su albergue, pero tampoco estaba. Esa noche apenas comí, y apenas dormí. Peor que el sentimiento de culpa por algo que hicimos es el que se siente cuando no sabemos cuál ha sido nuestro propio pecado. Me estrujaba la memoria, sin encontrar un solo verdadero motivo de disgusto, menos aún de uno tan enorme. Recordé, en cambio, cierto despego a mi alrededor por parte de alguna gente de la escuela durante ese día. ¿Es que sabrían ellos, o creerían saber, que yo había herido a Ana de aquella manera terrible que yo desconocía?

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Al otro día, a primera hora, busqué a la amiga de Ana. Me confesó que Ana no había querido decirle nada. Me preguntó: “Tú estás seguro de que no ha pasado nada grave entre ustedes?” “¿Por qué cosa quieres que te lo jure?”, le contesté. “Elígelo tú misma.” “No sé, Sören. Yo quiero creerte, te creo. Pero Ana es otra...”
No hay cosa más terrible, para el que ama, que cuando el desamor o la muerte convierten a la persona amada en otra, inaccesible, cerrada a nuestras miradas, palabras y caricias con las que en vano intentamos penetrarla de nuevo, como se penetra en un cuerpo que se nos abre en bienvenida, como se nos abría antes ese mismo ser que ahora, inesperadamente, nos impide el paso. Ana era otra. Nada podía ser más terrible.

Llegado al aula, no encontré a Ana y sí, de nuevo, aquella especie de vacío a mi alrededor. Algunos me saludaban normalmente, pero otros me rehuían con disimulo. Noté con dolor que entre esos otros estaba David, con dolor y con indignación. A la hora del receso lo llamé, cuando salía del aula. Él aparentó no oirme, y eso aumentó mi indignación, la hizo furor. Lo cogí por un brazo y lo obligué a encarar mis preguntas. “Déjame, Sören”, me dijo, “es mejor que no nos vean hablando. Mejor para ti.” Yo estaba cada vez más confuso. “Para mí, ¿por qué?” Me miró, alzando la ceja un momento. “¿Es que no te has dado cuenta? Nos descubrieron. A Chaumont ya lo botaron.”

Sólo entonces, como quien despierta, recordé que la clase, a la que no había prestado atención, había sido de literatura, y que la había dado otro profesor. “A mí también van a botarme”, siguió diciendo. “Tú a lo mejor, como militante, tengas más suerte.” “Eso no puede ser así”, le dije, “es demasiado estúpido.” David sonrió con tristeza. “Nunca debí llevarte allá, Sören. Ojalá tengas suerte”, dijo, y me dejó solo. Yo me quedé allí todavía un minuto, abrumado. Cuando salí, uno de los que había notado rehuirme se me acercó con fingida naturalidad para citarme a una reunión del comité de base de la Juventud, esa tarde, después de las cuatro.

No busqué más a Ana; me lo impidió un sentimiento mezclado de decepción e impotencia, una especie de fatalismo. No pensaba tampoco en la reunión ni en sus probables resultados. Hay una forma de la valentía que es un embotamiento, o hay un embotamiento que puede confundirse con la valentía, y que nace de esa mezcla de la que hablaba: impotencia de hacerse comprender, decepción de no ser comprendido.

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La reunión se hizo en una salita reservada a los profesores. recuerdo una gran mesa de caoba, un archivo de aspecto macizo sobre el que había un pequeño busto de Lenin, en yeso. Recuerdo la tensión de las caras, que al ser repetidas borrosamente por la oscura caoba daban a la reunión un aire de baraja fantasmal. Entonces no me fijé en esos detalles; los he recordado después, o a lo mejor los he imaginado.

Estaban allí el secretario de la Juventud Comunista de la escuela, que era un “dramático”, y la del Partido, una mujer de ojos muy claros, todavía hermosa, profesora de inglés. También estaba Ana. La miré llegar sin sentir emoción alguna, vencido por aquel embotamiento extraño. No llevaba sus motonetas habituales; el pelo le caía suelto sobre la bata de lienzo blanco, haciendo más delgada su cara demasiado llena, o es que a lo mejor estaba más delgada. No había ido a clase, y no tenía por qué andar con la bata; pienso que debió ponérsela maquinalmente, sin fijarse en lo que hacía, por lo mismo que no se había molestado en arreglar su pelo.

Al sentarse a la mesa, su gesto fue de fatiga. Estaba como envejecida, como si la hubieran vaciado de toda su vivacidad, de aquella capacidad para la dicha que parecía inagotable en ella. No me miró, pero tampoco miró a nadie; tenía los ojos bajos, y yo no lograba leer su expresión; si alguna expresión tenía, era de ausencia. Su cabeza se mantenía erguida por un resto de orgullo, o de ese sentimiento del deber hacia sí misma que suele ser tan fuerte en las mujeres.
Yo había conocido muchos rostros de Ana, y algunos de ellos me eran muy entrañables. Sin embargo, creo, o por lo menos lo creía mientras la contemplaba, que en ninguno encontré más belleza (ni siquiera el rostro de después del placer, un rostro de ojos cerrados en el que poco a poco iba formándose una sonrisa como venida de muy adentro, nacida en unas profundidades que me desesperaban porque sabía que nunca podría alcanzarlas) que en aquel de mejillas demacradas y pelo suelto.
La reunión empezó casi sin que me diera cuenta, con una serie de rodeos, mientras yo seguía absorto en aquella Ana desconocida e inescrutable, reflejada en la caoba como en un agua turbia. Frente a mí, de espaldas al archivo coronado por el busto de Lenin, estaba el que me había citado esa mañana: se levantó, y adoptó una de sus poses arrogantes. Era de los que, según llegué a saber, concedían el privilegio de su desnudez atlética a cierto profesor de renombre.

Comenzó a hablar, y yo al principio no le presté atención, en parte por mi estado de ánimo y en parte por costumbre, pues nunca decía nada que valiera la pena. El nombre de Chaumont me sobresaltó, inexplicablemente, como si no hubiera esperado oírlo, y escuché que decía, en un estudiado tono acusador: “...en cuya casa celebraban sus prácticas desviacionistas y sus orgías homosexuales...”
Mi primera reacción fue quedarme inmóvil, en una especie de estupor, mientras aquella voz seguía acumulando los cargos más inconcebibles, tan minuciosos y tan sucios que no podría recordarlos aunque quisiera. Yo miraba a Ana, que no me miraba, que iba bajando la cabeza a medida que la voz desgranaba los cargos como si los pusiera encima de la mesa, frente a todas aquellas caras rígidas y repetidas. No las acusaciones, sino el gesto de Ana, su manera de bajar la cabeza, fue lo que me enloqueció.

Antes de darme cuenta de lo que hacía, ya había saltado sobre la mesa, había cogido al orador por el cuello de la camisa, alzándolo en vilo, y lo había lanzado contra el archivo, que retumbó y se tambaleó con el impacto. El magnífico acusador caía al suelo como un trapo, pero lo aguanté y volví a pegarle, sacudiéndome como podía las manos que llovían sobre mí. Mientras trataban de sujetarme pude ver el Lenin de yeso que rodaba por sobre el archivo y parecía a punto de caer, cuando alguien empujado por mí (creo que el secretario) chocó con el archivo y el pequeño busto retornó súbitamente a la posición erecta, y se estabilizó en el borde mismo, estremecido pero incólume.

Lograron sujetarme, y alguno me pegó en la cara, aturdiéndome. “¡No le peguen!”, oí gritar a la profesora de inglés. Mareado, me volví hacia ella; tenía los ojos clarísimos muy abiertos, y abrazaba a Ana, que se apoyaba en ella como si fuera a desplomarse y me miraba, por fin me miraba, llorando. “Esa no es manera de autocriticarse, Sören”, dijo la profesora. “Suéltenme”, dije yo, con una voz sorda pero tranquila que hizo obedecer a los otros, y me erguí con la mayor dignidad que pude, todavía un poco aturdido, entre el desorden de sillas volcadas. Algunas muchachas también lloraban, no sé si por mí o por el caído, o por simple nerviosismo.

Dije: “Ustedes no pueden juzgar así, sin saber... Ana, tú. Ustedes...” Mirándolos, no pude seguir. Me ahogó la risa, una risa mezclada de rabia y desdén, aunque sobre todo provocada por lo absurdo de todo aquello. “Ustedes no pueden juzgarme”, conseguí volver a decir, a duras penas, viendo crecer la indignación en aquellas caras que ya la caoba oscura no repetía, “porque ustedes... no son más... que... una baraja”, solté, y salí de la sala de reuniones doblándome de risa, sin sentir siquiera el dolor del pómulo golpeado que empezaba a hincharse, mientras a mis espaldas la profesora tronaba que quedaba expulsado por falta de respeto a la reunión, y sabe Dios qué más.

A empujones y a patadas me llevaron hasta la acera donde me desplomé sobre rodillas y manos, sin que golpes o insultos pudieran detener la histérica avalancha de carcajadas que amenazaba con asfixiarme, y allí me dejaron solo. La calle estaba, afortunadamente, desierta, y nadie pudo ver cuando las carcajadas convulsivas se fueron convirtiendo en sollozos.

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Así dejé la escuela de arte, o la escuela de arte me dejó a mí, que para el caso... Y no volví a ver a Ana, más que una vez.

Unos diez años más tarde, tuve que hacer un viaje por no recuerdo ya qué motivos familiares. Yo iba distraído, leyendo, y no me fijé por donde pasábamos hasta que noté que una de las paradas se prolongaba demasiado. Pregunté a mis vecinos de asiento, y me informaron que el tren estaba dando vía a otro tren que venía atrasado, o el que venía atrasado era el nuestro, no sé bien. La cosa era que tendríamos que esperar.

Bajé al andén, para estirar las piernas, y encontré el nombre del pueblo vagamente familiar. Alrededor de la estación abundaban las casas antiguas, de mampostería y tejas, algunas con ventanales enrejados, de diseños simples pero siempre más hermosos que los que ahora suelen perpetrarse. A uno de estos ventanales se asomó una mujer joven con un niño en los brazos. Detrás de los arabescos de la reja, hacían un cuadro encantador.

Ella llevaba un vestido blanco de amplia falda que batía el aire, lo mismo que su pelo, del que la criatura tenía agarrados en sus puñitos fuertes dos largos mechones. Tiraba de ellos sin piedad, gorjeando de alegría. Ella sonreía dulcemente, su sonrisa era una media luna de marfil y paciencia materna asomando por entre las hebras revueltas de su pelo. Consiguió soltar sus mechones de los puños de la risueña fierecilla, y los echó atrás con un movimiento de su brazo redondeado y gracioso. Al hacerlo, sus ojos cayeron sobre mí, y más por su mirada que por las facciones que el tiempo había remodelado supe por qué el nombre del pueblo me había parecido familiar.
No sé el tiempo que estuvimos mirándonos en silencio, olvidados de todo. Sus ojos, que nunca fueron grandes, parecían enormes, colmados de cosas por decir. Hubiera preferido que llorase a que me mirara con aquellos ojos tan secos y dolorosos, tan sinceros aún. El niño, a fuerza de tirones de pelo, acabó por llamar de nuevo su atención. Ella lo apretó contra sí, lo besó en la frente, volvió a mirarme, y al fin sus ojos comenzaron a humedecerse poco a poco. Una lágrima brilló al desbordar el cerco de las pestañas, bajó despacio por la mejilla dejando un rastro húmedo y amargo.

Dando un pitido, el tren echó a andar. Alcancé el estribo más cercano, y desde allí seguí mirándola hasta que se perdieron a lo lejos la ventana enrejada y su vestido blanco, ondeando al aire como un pañuelo en despedida.

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Han pasado casi otros tantos años, pero no he vuelto a ver a Ana... Nevermore (añadió Sören, con una de sus sonrisas súbitas y un poco tristes).


Félix Lizárraga. Cubano. Licenciado en Artes Escénicas en 1983. Ha publicado la novela breve Beatrice (Premio David, 1981), y los poemarios Busca del Unicornio (La Puerta de Papel, 1991), A la manera de Arcimboldo (Editions Deleatur, 1999) y Los panes y los peces (Colección Strumento, Miami, 2001). Poemas, cuentos y ensayos suyos han aparecido en diversas antologías y revistas literarias cubanas y extranjeras. Reside en los Estados Unidos desde 1994.

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> Ilustración: Esterio Segura