
Extremo
Occidente (fragmento)
Juan
Carlos Castillón
Cuando en septiembre del 2002 me fui de Miami
me lleve, entre otros recuerdos, varios periódicos: un último
ejemplar de Street, el suplemento de aspecto más o menos hip, más
o menos contestatario e informal de The Miami Herald –un periódico
rara vez contestatario y nunca informal– que aquella semana estaba
dedicado a las artes en Miami, y otro de New Times, un semanario de periodismo
investigativo, alternativo y radical, pero no tan radical que asustara
a sus anunciantes.
New Times dedicaba la parte central de su bloque informativo
a un monográfico
sobre Miami. We're number one. Somos los primeros. Tras largos
años
de esfuerzos, Miami, la ciudad de mi sueño centroamericano, había
logrado por fin llegar ser la ciudad más pobre de los Estados Unidos.
O al menos la más pobre entre las de más de un cuarto de
millón de habitantes. No es fácil, considerando la competencia,
pero donde hay una voluntad –o en el caso de Miami una total falta
de voluntad– hay un camino.
(…)
El número especial de New Times estaba lleno de ejemplos de la vida
diaria de Miami. Vendedores de frutas en la calle, economía paralela,
servicios ilegales dados en condiciones subestándar, dentistas y
médicos sin licencia, salarios pagados en negro y no registrados
en los libros de contabilidad y una ciudad en la que "Many Miami neighborhoods
more closely resemble the outskirts of a poverty-stricken Latin capital
than a major American city… flocks of chickens wander along littered
streets, pecking at the dirt as colorfully painted fruit-and-vegetable
trucks pass by with their bags of tomatoes and red peppers for a dollar.
At intersections all across town flower vendors, soda hawkers, and balloon
purveyors jockey for position, hoping for a sale" – "Muchos
barrios de Miami se parecen más a los suburbios de una capital latinoamericana
pobre que a una gran ciudad [norte] americana… bandadas de gallinas
vagabundean picoteando el suelo a lo largo de calles sembradas de basura,
mientras camionetas multicolores cargadas de vegetales, pasan con sus bolsas
de tomates y pimientos rojos y verdes a dólar. A todo lo largo de
la ciudad, en los cruces de calles, vendedores de flores, gaseosas y globos
compiten por un lugar favorable, esperando una venta…"– y
podría seguir el artículo. "En cualquier estación
del año los carros recorrían las calles recogiendo los cuerpos
sin vida de los desarrapados… Las condiciones higiénicas eran
deplorables. Las calles apestaban a excrementos. Los niños morían
de catarros benignos o leves sarpullidos… Muchos creían que
la suciedad, el hambre y la enfermedad eran lo que se merecían los
inmigrantes por su degeneración moral…" aunque estos
párrafos no son de la serie de artículos del New Times y
no hablan de Miami el año 2002 sino de Ragtime de E.L.Doctorow y
hablan de New York en 1902. Unas líneas en que los judíos
centroeuropeos pobres ocupan el papel de los centroamericanos pobres o
los marielitos. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera las reacciones de los
ya instalados en el país. "Entre quienes más los despreciaban
se contaban los irlandeses de segunda generación, cuyos padres habían
cometido los mismos delitos".
Yo viví allí. El barrio de Miami en el que viví todos
esos años estaba en la parte mala de Little Havana. Era –las
están derribando a toda prisa– un barrio de casas bajas de
madera de uno o dos pisos, techo en punta, porche al frente, falsamente
frágiles, que habían sobrevivido varios huracanes. Están
elevadas sobre pilotes para evitar las inundaciones que acompañan
a los huracanes, tienen paredes de madera y un porche delantero, a menudo
protegido por tela de mosquitero, en el que sentarse al fresco las tardes
del largo verano. Habían sido las casas de los blancos pobres del
Sur profundo. Fueron construidas por gente que pensaba vivir en ellas,
con sus familias, por las próximas dos o tres generaciones y están
llenas de detalles de artesano curiosos y amables, armarios empotrados
debajo de las escaleras, pequeñas buhardillas y suelos de madera
en los que da gusto andar descalzo durante el demasiado largo verano del
sur. Tardé años en acostumbrarme a esas casas. Al principio
no sabía mirarlas y las veía pequeñas, vulgares y
mezquinas. Después me di cuenta de lo frescas y cómodas que
eran en realidad. Eran casas hechas para vivir, no para enseñárselas
al vecino. Me dediqué los últimos fines de semana pasados
en Miami a fotografiarlas con una cámara barata. No sólo
eran más resistentes que la basura prefabricada que había
llenado el condado en los años setenta y ochenta (el huracán
Andrew así lo demostró) sino que tenían una dignidad
de la que carecen casi todas las casas construidas allí después
de los sesentas. Acabé viviendo en una de ellas. Por aquel entonces
yo ya era librero, que es la mejor de las profesiones para alguien que
quiere aprender a escribir, era bueno en mi trabajo, tenía una clientela
variada y divertida, creía estar entre amigos, leía mucho
y de gratis. Fueron años de felicidad y como es natural no me enteré de
ello. En aquellos tiempos yo no sabía apreciar ni mi vida ni aquel
barrio y cuando lo retraté en la primera de mis novelas, Nieve
sobre Miami, lo hice por su lado más truculento.
Es difícil verlo hoy porque el barrio se ha hundido de generación
en generación pero aquel fue en su día un buen sitio para
vivir. Se nota en las aceras, hoy levantadas por las raíces mal
cuidadas de los árboles y cubiertas de basura, pero sombreadas por
esos mismos árboles, o en el hecho de que es imposible caminar más
de veinte minutos en cualquier dirección sin encontrar una zona
verde en la que sentarte a descansar a la sombra. Lo que hoy es parte de
Little Havana se llamó en otros tiempos Riverside, un nombre que
ya nadie usa y sólo perdura en algunos centros oficiales, Riverside
Middle High, el colegio, o Riverside Station, la oficina de correos. Al
contrario que los barrios del Miami actual, Riverside no trata de parecerse
a las imágenes creadas para el turismo de lo que tiene que ser Miami.
Los árboles de sus aceras no son palmas, los colores de sus casas
no son pastel. Un libro, The five weeks of Giuseppe Zangara, de Blaise
Picchi, describe aquel Miami tan distinto al de hoy: "The population
of southern Florida was white Anglo-Saxon Protestant in religion and Democratic
in politics. There were few Jews, Hispanics or Republicans, and blacks
did not vote. Some beach hotels were openly "Gentiles Only" and
all public accommodations were labeled for "Whites" or "Coloreds"– "La
población del sur de la Florida era blanca, anglosajona, de religión
protestante y demócrata en política. Habían pocos
judíos, hispanos o republicanos, y los negros no votaban. Algunos
Hoteles de la playa [Miami Beach] eran abiertamente "Sólo para
gentiles" y todas las instalaciones públicas estaban etiquetadas
para "Blancos" o "de Color". Riverside es un recuerdo
de otra época, y otra historia más pausada e integrada en
su ambiente, en que Miami era una pequeña ciudad del Sur profundo
y no la supuesta capital del Caribe urbano. Una época distinta,
no necesariamente mejor, en que las listas de miembros del klan y de la
policía de Miami podían superponerse y coincidían.
Yo sabía que mi caso era distinto al de esos inmigrantes descritos
por New Times, y aún más al de los del siglo XIX. Aquellos
llegaron desde países a los que no podían o querían
regresar, que a veces aún no existían, y tardaron una generación
en llegar a estar en América. Aunque desembarcaran en el siglo XIX
en Boston o Nueva York, o el pasado en Los Ángeles o Miami, los
recién llegados no llegaban directamente a América, llegaban
a un enclave étnico.
Mis predecesores habían sido revolucionarios jacobinos de una Alemania
o una Hungría aún inexistentes, aplastados por sus duques
o príncipes en la primavera de las naciones de 1848; irlandeses
de una Irlanda que era inglesa; polacos que eran austriacos, prusianos
o rusos; italianos que eran sicilianos, calabreses, súbditos del
Papá o de la casa de Saboya, llegados de una Italia en la que los
venecianos eran aún austriacos; judíos de Rusia y la Europa
central; finlandeses que eran rusos; griegos y libaneses que eran miembros
del Imperio Otomano. Gente que quería ser americana porque a menudo
no podía ser nada más. La mayor parte de la gente que llegó en
el siglo XIX vino de países que no existían y que a veces,
como Polonia, Italia, Grecia, Irlanda, Alemania, El Líbano, Checoslovaquia
o Hungría, no tenían la más mínima posibilidad
de llegar a existir nunca. La vieja Europa está hoy llena de estados
mucho más jóvenes que la joven Norteamérica. No tenían
donde volver y a pesar de eso lo primero que hicieron al llegar a los Estados
Unidos fue reproducir el país del que habían huido.
Y sin embargo la idea de que la vida que les esperaba allí sería
fácil era falsa. Hace un siglo, en los Estados Unidos el 18% de
las casas tenían por lo menos un sirviente pero sólo un 14%
baño. La mayor parte de las mujeres se lavaban el pelo sólo
una vez al mes, usando bórax o yema de huevo. Sólo el 8%
de las casas tenían teléfono y una llamada de tres minutos
desde New York al interior del país podía costar hasta 11
dólares. En los Estados Unidos habían 8000 automóviles
y la velocidad máxima en aquellas ciudades que lo habían
regulado (pocas) era de diez millas por hora. Sólo existían
144 millas de carretera pavimentada. La mayor parte de los nuevos inmigrantes
podían aspirar a un sueldo de 22 centavos por hora. Un obrero con
suerte podía llegar a ganar de 200 a 400 dólares al año,
un contable unos 2000 dólares, un veterinario de 1500 a 4000, pero
pocos inmigrantes podían aspirar a estos trabajos. La esperanza
de vida en los Estados Unidos era entonces de unos 47 años y el
95% de los americanos nacía en su casa, atendidos por médicos
que en un 90% de los casos no habían pasado por la universidad sino
asistido a escuelas médicas consideradas como substándart
en la mayor parte de las otras naciones del mundo. Al llegar el verano
la gente huía de la ciudad de Washington para evitar las fiebres
y en New York morían niños y ancianos por el calor en agosto
y congelados en diciembre. Pero no todo eran desventajas para el nuevo
inmigrante: en 1903 sólo fueron reportados 230 asesinatos en todo
el país – linchamientos no incluidos –, y si llegaba
a una nación en donde a menudo las leyes sobre el consumo de alcohol
eran difíciles de entender –y siguen siéndolo en algunos
estados del Sur, en el Bible belt, y aún más en Utah– también
a uno en que no existía tráfico de drogas ilegales porque
todas o casi todas eran legales. Hace un siglo marihuana, morfina, heroína
y láudano podían ser comprados en las farmacias sin necesidad
de receta alguna. Según publicidad de la época la heroína
limpia la piel, aviva la mente, da regularidad al estómago y es,
a todos los efectos, un perfecto guardián de la salud. Eran tiempos
en que la Coca-cola, con su ingrediente mágico, cocaína,
era realmente la chispa de la vida. En aquellos tiempos las madres que
trabajaban durante el día, daban opiáceos a los niños
para que no las estorbaran en su empleo, pero sólo hasta los diez
o doce años, edad en que muchos de ellos comenzaban a su vez a trabajar
en las fábricas. Al menos esos inmigrantes de principios del Siglo
XX llegaron a una sociedad de fronteras estables. Muchos de los que les
precedieron llegaron a un país en formación en que, durante
más veinte años –desde los incidentes entre abolicionistas
y esclavistas de Kansas (1855), hasta el fin de la Reconstrucción
(1877)– las diferencias entre los dos grandes partidos se resolvían
en muchos lugares a tiros. Ayuda a comprender la historia de aquellos años
el saber que Jesse y Frank James eran demócratas, James Wild
Will Hickok y los hermanos Earp republicanos, y que todos ellos empezaron sus
carreras como pistoleros más o menos politizados en los sucesos
de Kansas. Y si todo eso era malo, hay que añadir las elecciones
amañadas –en las presidenciales de 1876 ganó el que
no había ganado –, los linchamientos, la guerra civil; que
en las fronteras aún habían indios y bandoleros, y que a
veces las fronteras ni siquiera existían. ¿Por qué emigraba
la gente a los Estados Unidos? Porque un simple vistazo a la Europa de
la época nos indica que incluso a pesar de todas esas tristes circunstancias
el cambio era normalmente para mejorar. Porque a falta de algo mejor los
americanos morían jóvenes pero morían libres y a menudo
morían mejorando las condiciones en que vivirían sus hijos
y nietos.
Con raras excepciones, los que emigran no vienen de las clases medias,
propietarios o profesionales. Emigraron los campesinos suecos que querían
tierras que nunca tendrían en un país frío como Suecia
o Noruega, y es por eso que en contra de toda lógica acabaron en
un Wisconsin igual de frío; emigraron los campesinos de Irlanda
que se conformaban con poder comer en medio de las hambrunas semi provocadas
por los terratenientes en el Siglo XIX; emigraron los campesinos polacos
y judíos que se conformaban con que los cosacos del zar les dejaran
seguir vivos; emigraron los libaneses cristianos lo más lejos posible
de sus gobernantes turcos; emigraron los disidentes religiosos de toda
Europa porque aunque el país al que llegaban estaba lleno de fanáticos
religiosos que los recibirían a golpes, al menos esos golpes no
serían dados en nombre del Estado por funcionarios del mismo.
Pero a veces se dieron excepciones. Los emigrantes alemanes de la primera
mitad del siglo XIX eran pobres, a menudo católicos como los irlandeses,
pero eran también educados y liberales, huían por motivos
políticos y trasladaron al nuevo mundo sus ideas. Los alemanes,
al menos los llegados después de 1848, no importa donde se instalaran
en América, incluso cuando se instalaron en el Sur, fueron abolicionistas,
republicanos, votantes de Lincoln y, ciento ochenta mil de ellos, voluntarios
en los ejércitos de la Unión al llegar la guerra.
A veces se siguen dando excepciones. Los emigrantes cubanos llegados
en los años sesenta eran la clase media, media alta, educada y profesional
que suele mantener unido a un país. Hasta ahí llega la coincidencia
con los alemanes. A la hora de repetir errores –porque todos los
nuevos grupos de inmigrantes cometen los mismos errores que inmigrantes
anteriores antes de integrarse de la misma manera en el mismo país– los
cubanos repitieron los mismos que los irlandeses y cosecharon los mismos éxitos
de los judíos; de la misma manera que los latinos hispanoamericanos
del XX han seguido las mismas pautas que los latinos, estos de verdad,
italianos del XIX, o los asiáticos del XX el mismo camino que los
judíos del XIX. Es inútil que traten de ser distintos. En
el momento en que un grupo llega voluntariamente –no importa si legal
o ilegalmente– a tierra norteamericana, comienza un proceso de asimilación
que en tres generaciones hará que el nieto de un italiano o de un
cubano recién desembarcado sea un italo-americano o un cubano-americano
intercambiable en casi todo con un polaco-americano o incluso un
chino-americano.
(…)
Existe en América una literatura de la inmigración como subgénero
fácilmente identificable y dotado de reglas propias, que es intercambiable
de grupo a grupo. No importa que el autor/a sea una china de San Francisco,
un judío de Nueva York, un cubano de Miami, sus temas coincidirán:
el abandono de la sociedad tradicional de Europa, Asia o Hispanoamérica;
el viaje al nuevo mundo; el choque cultural, la resistencia de la vieja
generación a perder sus modos propios, la explotación laboral,
la asimilación a la nueva cultura dominante, la perdida de la identidad étnica
y el redescubrimiento y reafirmación de esa identidad, aunque sea
sólo de una forma parcial, en la siguiente generación. No
sólo los temas sino incluso los desarrollos son idénticos.
Las historias de hijos casándose fuera del grupo étnico;
el pariente mayor que se niega a cambiar las reglas con que ha vivido toda
su vida; la figura del abuelo/a, tío/a ancianos dispensadores de
una sabiduría ancestral que escapa a la generación de los
padres; las tensiones intergeneracionales; el recuerdo idealizado del lugar
de origen, aquel paraíso perdido que se abandonó a menudo
a toda prisa, huyendo y sin mirar hacia atrás, recobrado en el nuevo
mundo tirando dardos en el Pub irlandés, jugando dominó en
un parque de la Calle Ocho o mah jong en un club de Little China, cuando
no en el restaurante del barrio en el que la camarera recién llegada
de Hongkong o acabada de bajarse de una balsa –la versión
cubana de la patera mediterránea– nos alegra el día
con su acento, pero sobre todo en las reuniones familiares en que
se canta Oh, Danny boy, en Boston, o La Guantanamera, en Miami.
La literatura de la emigración es la literatura de la nostalgia,
no sólo por el país perdido sino incluso incluso por aquel
primer barrio en el que los abuelos aprendieron a ser americanos: un Bronx,
una Little Italy o un Chinatown idealizados, más limpios, sanos
y seguros que los insalubres guettos reales en que se hacinaron los inmigrantes
recién desembarcados. Es también la literatura del triunfo
y lo es por partida doble: historia del triunfo sobre la adversidad de
sus personajes, pero también del triunfo personal de sus autores
que son college boys americanos. Está escrita por nietos de inmigrantes
crecidos ya dentro de la nueva cultura y el nuevo idioma y es porque está escrita
en inglés, editada por prensas norteamericanas, a veces prensas
universitarias pero también en grandes editoriales, que logra llegar
al gran público de todos los idiomas incluso en el idioma
de los abuelos que es normalmente el idioma en que es menos apreciada.
Es literatura
sobre los abuelos pero no es la literatura que hubieran escrito los
abuelos.
¿
Que escribían los inmigrantes de la primera generación? No
quedan muchos rastros de su literatura que sean accesibles al gran público.
Rara vez emigraron los que estaban en mejor situación, los ricos
o los educados. Además estaban demasiado ocupados sobreviviendo
como para reflexionar sobre su propia experiencia y las raras veces que
escribieron lo hicieron en la lengua del país abandonado. Muchos
de ellos no sabían leer o lo hacían de forma imperfecta por
lo que no debe sorprendernos que el teatro fuera su genero favorito. Sabemos
que hubo teatro en italiano y yiddish en New York y Chicago, y zarzuela
en español en Tampa, y que fueron populares el melodrama, entre
los italianos –L' Onore Perduto de Alessandro Sisca fue uno de los
más famosos–, y el sketch humorístico, entre los judíos.
Aquellas obras improvisadas, adaptaciones haimish de clásicos a
los que se daba un final feliz a gusto del público y piezas teatrales
que incluían canciones sin llegar a ser operas, tienen su equivalente
en un teatro popular cubano, de tipo político, mezcla de sainete
y manifiesto, que coexiste con el teatro culto en Miami. En esta Barcelona
llena de inmigrantes a la que he regresado, tengo que preguntarme si ahora
mismo, tal vez en la trastienda de un comercio del Borne o el Raval, no
se está escribiendo ya una literatura árabe, chino o paquistano-barcelonesa
que yo, ignorante del idioma y de la tradición importada, nunca
podré llegar a disfrutar plenamente. De la mayor parte de aquellas
obras no queda sino un recuerdo cada vez más difuminado. Del teatro
en yiddish de New York y los cómicos judíos de los hoteles
de los Catskills, que atendieron a la primera generación de judíos
centroeuropeos que supo lo que eran unas vacaciones, quedó una ácida
tradición humorística que, dulcificada, se perpetuó primero
en el cine, a través de comediantes como los hermanos Marx, y después
en el Sitcom televisivo. Aún así las pocas muestras de literatura
escrita por inmigrantes que han llegado del siglo XIX son bastante menos
optimistas y positivas que las de la literatura étnica escrita
en el siglo XX.
La literatura de inmigrantes que ha mejor llegado hasta nosotros,
porque fue escrita desde el principio en inglés, es la de los irlandeses.
El primer libro que queda de ella es, The Life of Paddy O'Flarrity,
Who, From a Shoeblack, Has by Perseverance and Good Conduct Arrived
to a Member
of Congress, Written by Himself, una sátira del "sueño
americano" en la que el protagonista logra llegar a Norteamérica
y hace todo lo posible por asimilarse. Para ello, tras casarse con la hija
de un juez que llega a ser gobernador de Missouri, toma el nombre del juez
y reniega de su origen. Menos de una generación más tarde
los personajes de The Adventures of Tom Stapleton de John McDermott, dos
candidatos para el cargo de concejal de la ciudad de New York, ya tienen
que competir para ver quien es más irlandés. Uno de ellos
llega a pasear a su hija vestida de verde y con un arpa por las calles,
como la misma Hibernia, que ha venido a votar por el partido
de Livingston.
He visto esa misma campaña, Cubano, vota cubano, en las calles de
Miami con concejales cubanos en lugar de irlandeses. Me atrevería
a decir que incluso con la misma niña, que en Miami suele acudir
a todas las marchas anticastristas vestida como alegoría de la República,
toda tricolor y encadenada. Las cadenas no suelen ser reales, o eso
espero.