El
bozal de seda: cultura popular y dominación
Carlos A. Aguilera / José Aníbal
Campos
José Aníbal
Campos: La palabra “pueblo” es uno de los lugares comunes
en la retórica de cualquier político, sea del color que sea,
algo que se acentúa aun más en regímenes totalitarios.
Todas las dictaduras hablan “en nombre del pueblo” y pretenden
representar “la voz del pueblo”. El “pueblo” es como
un joker legitimador que encaja en cualquier jugada política,
y sirve para ocultar las verdaderas intenciones de un gobierno. La expresión
cultural de ese abuso del concepto “pueblo” se concreta en el
excesivo culto a lo “popular”, tras el cual se esconde un sutil
mecanismo de dominación al que yo llamaría un “bozal
de seda”, ya que simula cierta reverencia y adulación de las élites
por eso que ellas llaman “pueblo”, al tiempo que oculta un desprecio
profundo por esa masa en cuyo nombre se habla, mantenida la mayoría
de las veces en un perpetuo estado de minoría de edad intelectual.
Es una estrategia de dominación que ya conocían muy bien los
romanos: panem et circences. Hay un pasaje escalofriante en los Diarios
de Goebbels en el que el Ministro de Propaganda de Hitler resume un
encuentro con su madre. Allí Goebbels anota: “Por la noche he
tenido una larga charla con mi madre, que para mí siempre ha representado
la voz del pueblo... Una vez más aprendo mucho de ella; especialmente
que las gentes son mucho más primitivas de lo que solemos imaginarnos.
La propaganda debe ser, por lo tanto, fundamentalmente primitiva e insistente.
A largo plazo únicamente consigue influir en la opinión pública
quien es capaz de reducir los problemas a sus más sencillos términos
y tiene el valor preciso para repetir una y otra vez esta fórmula
simplista, pese a todas las objeciones de los intelectuales.” Ese antiintelectualismo
de quien era un virtual Ministro de Cultura es un fenómeno que se
repite hasta hoy, lo mismo en los medios de comunicación de las democracias
occidentales que en los países regidos dictatorialmente. Cualquiera
que haya visitado Cuba en los últimos años comprende que la
misma fórmula es aplicada allí al pie de la letra.
Carlos A. Aguilera: Sin
dudas. La identificación entre “culto
al pueblo”, “despotismo” y “cultura popular” en
el gobierno cubano es grande, al igual que en otros sistemas totalitarios:
el chino, el vietnamita, el norteamericano.... Es bueno dejar claro que
la palabra pueblo ha funcionado históricamente como aparato de tortura,
especie de picana-retórica que confunde y reprime a la vez, aunque
no necesariamente en ese orden. Todo se hace en nombre del pueblo (incluso
los fusilamientos), y en nombre de éste –que siempre es mudo
y está preso en un simulacro representativo– se toman decisiones
radicales: la guerra preventiva de Bush contra Irak, los encarcelamientos
de Castro contra 75 intelectuales en marzo pasado o la matanza de Tiannamen
en el año 89. Rostros de la misma moneda.
Por otra, uno de los que mejor observa este juego de “cultos” es
Victor Klemperer. Su libro La lengua del Tercer Reich es para
mí un
clásico de cómo se puede desmontar la cafetera política
moderna desde su adentro mismo: el despotismo retórico. Y cómo ésa
gangrena discursiva va corroyendo entre otras cosas al pueblo, sus estratos-de-diferencia,
que como señala el filólogo judíoalemán, termina
hablando desde la garganta que el poder ha diseñado para él.
Especie de muñeco ventrílocuo que se traga a sí mismo.
A esto Klemperer llama la “bofetada”, y creo no hay nombre
más exacto. Una bofetada porque es una aniquilación de las
ficciones privadas en medio de la cosa pública,
precisamente allí donde
esas ficciones deben sobrevivir: como peligro, como máquina civil,
como política. Una bofetada, porque no hay nada más abyecto
o sintomático que cuando los vencidos hablan, incluso conscientemente, “el
lenguaje del vencedor”. Realidad llevada a cero.
José Aníbal Campos: Me alegra que te refieras
a los Estados Unidos, el símbolo
por excelencia del pop culture. Muchos europeos se asombran
de que en Cuba, a pesar de la exaltada retórica antiamericana del discurso oficial,
haya una penetración tan extendida de la cultura estadounidense
(a través del cine, la música, el deporte, ciertos moldes
mentales relacionados con el bienestar, etc.) En ello inciden varios factores.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que la expansión de la
pseudocultura norteamericana es un fenómeno de carácter global
difícil de frenar incluso para un régimen como el cubano.
En segundo lugar, no se puede olvidar que lo norteamericano ha estado íntimamente
ligado a la nacionalidad cubana, pues en cierto momento de nuestra historia
todo lo norteamericano fue sinónimo de modernidad y progreso, en
contraposición al anquilosamiento español, algo que, en gran
medida, se ha mantenido así hasta hoy, entre otras cosas gracias
al éxito abrumador de la numerosa comunidad cubana en los Estados
Unidos, la cual, por cierto, ha dado artistas, deportistas y figuras públicas
que gozan de popularidad en el mundo entero. Por otra parte, hay que mencionar
el morbo que despierta lo prohibido: porque aunque ahora muchos no quieran
recordarlo, durante mucho tiempo la cultura norteamericana fue demonizada
y prohibida en Cuba; sus adeptos fueron excluidos, reprimidos y hasta internados
en campos de trabajo. Sin embargo, lo que muchos extranjeros se preguntan
ingenuamente es por qué entonces no se continúa prohibiendo
o limitando la presencia de esa pseudocultura en la isla, teniendo en cuenta
que el gobierno sigue mostrando un antiamericanismo visceral. La razón,
a mi juicio, es bastante sencilla. En algún momento el aparato de
censura cubano se dio cuenta de que era mucho más costoso desde
el punto de vista político continuar prohibiendo y reprimiendo el
gusto de la gente por la cultura americana (prohibiciones que a la larga
sólo lograban, en el mejor de los casos, ganarle involuntariamente
más adeptos a la misma y restarle virtuales amigos al régimen),
que dar cierto margen de tolerancia a algunos elementos de esa cultura
que no difieren mucho estructuralmente del esquema maniqueo que el propio
sistema cubano se encarga de inculcar desde edades tempranas. Según
Roland Barthes, los mitos modernos funcionan como un sistema de signos
que los reduce a categorías básicas de “bien” y “mal”.
En ese esquema encajan también muchos de los “mitos” revolucionarios
o nacionales difundidos hasta el cansancio por la maquinaria de propaganda
del gobierno cubano. Ese mecanismo puede alcanzar grados de perversidad
y/o ridiculez alarmantes: recuerdo, por ejemplo, un enorme cartel a la
entrada del pabellón infantil en la Feria del Libro del 2002, donde
se pintaba unos mosquitos (en ese momento Cuba se encontraba bajo alarma
epidemiológica de dengue, enfermedad transmitida por el mosquito aedes aegypti,
y toda la sociedad estaba inmersa en una campaña
de erradicación de esos insectos), que llevaban por rostro las caras
de los militares españoles caricaturizados en la popular serie de
comics de “Elpidio Valdés”, el arquetipo del mambí independentista.
Carlos A. Aguilera: Arquetipo que, por cierto,
funciona como una ficción del
mal, para llamarle melvilleanamente. Ya que aprovecha la “gracia” de
estos muñequitos –como decimos en Cuba– o su popularidad,
para actuar como parte de la lobotomía que el gobierno cubano intenta
desde el año 59 con la población de la isla. Tanto a niveles
micro: la identificación que realizan los niños con sus héroes
y el devenir que de aquí se deriva, como a niveles más ridículos
o evidentes: esa pancarta que mencionas en la Feria del Libro de La Habana,
que de paso, se realiza en uno de los lugares más negros de la historia
política de Cuba. Creo que esta “ficción” ha
sido articulada cínicamente y se transparenta en varios órdenes:
eliminación de asociaciones raciales o ideológicas, prohibición
de espacios culturales independientes, monopolización de la opinión
pública cubana: que debería ser algo más que Granma pero
en realidad es menos, y estatalización de renglones “culturales” como
educación y deporte. Para no hablar del desastroso sistema de salud,
que de facto es una trampa ideológica, y de las personas que ahora
mismo están en prisión por escribirhablar lo que piensan.
Con respecto a la relación Cuba-Estados Unidos sólo abundar
en lo ya dicho. A la vez que ha existido históricamente una gran
admiración por la cultura y vida americana, con todo su kapital económico e higiénico, ha existido también desde finales
del siglo XIX una suerte de antiamericanismo (a la par de una corriente
anexionista) que siempre ha hecho moverse a la isla entre varios extremos,
o cuando mejor, en una síntesis de estos: como es el caso de José Martí.
Extremos que la revolución cubana ha sabido aprovechar muy bien,
exacerbando hasta el delirio el lado político de ese “matrimonio”:
embargo, ley pies secos-pies mojados, amenazas bacteriológicas...,
e intentando tachar esa suerte de “ideal” americano que existe
entre la población y que ni siquiera en los momentos más
crudos con “el vecino del norte” pudo borrar realmente. ¿No
podríamos pensar que el sistema policial cubano se articula –en
estos momentos, sin el antiguo apoyo estalinista– como máquina
de guerra contra Estados Unidos porque, entre otras cosas, sabe que éste
no tiene interés alguno en una invasión “idiota” contra
la isla o de apoderarse de ella, tal como enfatiza el Estado cubano?
José Aníbal Campos: En realidad, la relación de Fidel Castro con los Estados
Unidos (y la del sistema que él ha diseñado a su imagen y
semejanza) parece la clásica relación de amor-odio tipificada
en la psicología. En los extremos de esa relación están
aquella carta de admiración enviada por Castro a Roosevelt cuando
era un adolescente y la que le envió luego a Celia Sánchez
a principios de la Revolución, en la que le decía que a partir
de ese momento empezaba su “guerra personal” con los Estados
Unidos. (Bueno, al menos con la segunda nos ha convencido de que decía
lo cierto.) Pero volviendo al tema de la cultura y del american way
of life: es asombroso el culto que han rendido –y rinden– esas élites
pseudo revolucionarias cubanas al modo de vida americano. Cuando uno lee
los testimonios de ex miembros de la nomenclatura que luego han marchado
al exilio, no deja de sorprenderse por el culto que esas élites
tributan al universo del consumo, de la violencia y del placer norteamericano:
las armas de fuego, la alta tecnología, el whisky, las piscinas
muy azules y rebosantes de chicas, el Rolex gigantesco, las películas
de acción, el culto al super héroe, etc. Por otra parte,
vemos que la patriotería cubana (entendida ésta como la manera
de poner en escena los sentimientos de pertenencia a una nación)
no está muy lejana de la estadounidense; tampoco el pragmatismo
político y económico de esas élites (o del cubano
en general) es muy distinto, a decir verdad, del americano (si bien hablamos
de contextos diferentes.) Si la CIA ha sido tradicionalmente una agencia
siniestra incluso dentro de los propios Estados Unidos, el gobierno cubano
creó una agencia de inteligencia al menos tan siniestra como la
que combate. En fin, la lista de ejemplos podría ser interminable,
y cuando uno observa detenidamente se da cuenta de que los puntos en común
son muchos más de los que uno piensa. No me parece casual, por ejemplo,
que en el marco de las últimas acciones violatorias que han tenido
lugar en el mundo (la guerra ilegal emprendida por Estados Unidos contra
Irak y la ola represiva en Cuba, hechos por los cuales ambos gobiernos
han recibido fuertes críticas de Europa), La Habana y Washington
hayan coincidido en su arrogancia “neomundista” al usar el
descalificativo de “vieja Europa” para referirse al Viejo Continente.
Pero la otra cara de esa moneda es el estado cultural en que se mantiene
a la gran masa, que no tiene acceso a esos símbolos de poder de
la élite. Los conoce, pero no los disfruta. Para esa gran mayoría
de la población cubana sólo dos grupos sociales tienen acceso
a ese modo de vida: los que mandan dentro de Cuba y los que se han ido
a vivir allá donde el enemigo. A todo ello se le suma una suerte
de esquizofrenia inducida que tiene sus raíces en la doble moral
de las élites: se combate con vehemencia en público lo que
se disfruta en privado. Esto trae como consecuencia una confusión
enorme que da lugar a situaciones tan tragicómicas como ésta
de la que fui testigo una vez: sucedió un día después
de que apareciera en televisión la imagen de la congresista cubano-americana
Ileana Ross-Lethinen envolviendo al balserito Elián González
en una bandera de los Estados Unidos. Viajaba yo en un transporte público,
uno de los célebres “camellos” que tanto elogian como
prueba del ingenio cubano quienes no tienen que montarse en él cada
día, y una mujer, que estaba de pie a mis espaldas, comentaba indignada
con una amiga las imágenes vistas el día anterior en televisión.
En cierto modo, repetía los argumentos escuchados a los voceros
oficiales de la llamada Mesa redonda, pero su indignación no dejaba
lugar a dudas sobre su sinceridad. Cuando volví la cabeza, vi que
llevaba un niño pequeño en brazos, probablemente su hijo.
Pero lo verdaderamente alucinante era que el niño iba vestido con
un juego de camiseta y pantalón corto cuyo diseño era nada
menos que la Star-Spangled Banner. Aquel suceso cotidiano, situado
en el contexto de la Gran Historia que estaba teniendo lugar a ambos lados
del
Estrecho de la Florida con el niño Elián, se ha convertido
para mí en todo un símbolo de lo que ha sucedido culturalmente
en Cuba en estas últimas cuatro décadas: un nacionalismo
reiterativo y fanático que termina provocando justamente lo contrario
de lo que pretende: actitudes antinacionales a niveles subconscientes.
Recuerdo la historia del niño cubano que, preguntado sobre qué deseaba
ser cuando fuera grande, respondió escueta y espontáneamente: “Extranjero.”
Carlos A. Aguilera: Sería bueno referirnos ahora a algo que aún no hemos
precisado totalmente: el culto al “choteo”,“sandunguerismo”, “relajo”,
tal como se manifiesta en la Cuba de hoy mismo. El culto a la violencia.
La manera en que ese culto es construido por el Estado y aprovechado por él.
Sobre todo porque eso que nombramos “cultura popular” –asumiéndolo
de manera corriente–, ha sido uno de los mecanismos represivos que
normalmente los dispositivos de poder utilizan para controlar los espacios “imaginarios” que
genera toda sociedad: tanto en la periferia, que muchas veces es centro
mismo, como en su núcleo paranoico, de juegos de poder y control.
Por otra parte, creo ha sido práctica común desde la escuela
de Francfort a nuestros días, una reflexión sobre lopopular
como “falso humanismo” que en realidad revela mucho más
sobre estos espacios –casi siempre atravesados por microfascismos
de todo tipo– que cualquier lectura victimista o moral. Cosa evidente
en la Cuba pre-59, con todas las “ligas de color” articuladas
como guetos ideológicos: el apartheid es el apartheid es el apartheid...,
y ahora mismo con todo el discurso “de la negritud” dentro
de la isla, donde una verdadera diferencia está prohibida y sólo
existen simulacros masificadores, campañas “analfabetas” de
educación en televisión. Más allá de lo positivo
que resulta esta toma de conciencia (por desgracia el discurso negrista
en estos momentos no pasa de ser una pataleta-de-raza), creo que estos
discursos sólo funcionan como pantomima de Estado, un parabán
despótico donde Castro puede articular de manera más precisa
su delirio político: esa cuchilla hasta el hueso de la que ha hablado
Piglia.
Resultaría interesante también dejar en claro cómo el
silencio es una de las formas más extendidas de ese culto a la violencia,
al choteo. Tanto en su retórica de desvío –Cantinflas que
baila una polka cuando escucha un vals– como en su apatía o miedo;
cosas de las que es especialista en Cuba el gremio intelectual. ¿No
son precisamente el silencio (y el despotismo y la grosería y el narcisismo
y el relajo) los protagonistas reales de un libro como Dulces guerreros cubanos
de Norberto Fuentes, quizá uno de los más claros –por cínico–,
de cómo la aplanadora estatal comprime no sólo su propio espacio
de representación, sino eso que aquí hemos llamado cultura popular
y pueblo? Sin dudas, el silencio no es sólo un buen aliado de la música
contemporánea, como le gustaba ironizar a John Cage; también,
de los regímenes dictatoriales. Para ellos, nunca será el hombre
más útil que cuando haga silencio o esté muerto.
José Aníbal Campos: Es un fenómeno curioso: en sociedades democráticas
ciertos sectores de la cultura popular funcionan casi siempre como contracultura,
como cultura de resistencia. En la Cuba actual, las manifestaciones de la cultura
popular funcionan dentro de parcelas muy bien controladas, y han sido puestas
en función de legitimar al régimen. En un fabuloso ensayo sobre
la música popular en Cuba, el académico norteamericano Robin
D. Moore explica cómo la apropiación de formas artísticas
de resistencia por parte de las élites dominantes puede promover los
intereses de éstas últimas al enmascarar la división social.
Además de eso, le proporcionan a esas élites cierta apariencia
de identificación con la base de la sociedad. Esto sobre todo se ha
incrementado en los últimos años, a medida que el régimen
ha ido perdiendo credibilidad y fue quedándose cada vez más aislado
como consecuencia de la caída del bloque comunista. Antes se reprimió bastante
todo lo que oliera a pasado, incluida varias formas de la cultura popular,
de ahí que ahora uno no pueda evitar el percibir cierto tufillo a cinismo
cuando se ensalza la obra de artistas que fueron relegados al olvido durante
décadas (ahí están los ancianitos de Buena Vista Social
Club, redescubiertos por la mirada ajena de Ry Cooder y Wim Wenders,
o, más
recientemente, el ejemplo de John Lennon, que de figura prohibida pasó a
ser una suerte de fetiche del régimen desde que el gobernante cubano
inaugurara en un parque habanero una estatua a su memoria). Lo cierto es que
tras el fracaso del experimento globalizador comunista, ha sido curioso ver
cómo algunos fervientes defensores de aquella visión del mundo
han tenido que recurrir de nuevo a un nacionalismo cada vez más enclaustrado:
piénsese, por ejemplo, en Slobodan Milosevich, en Fidel Castro o en
algunos dirigentes de ex repúblicas soviéticas. En sus delirios
globalizadores, los comunistas aspiraban a una “transculturación
universal”, la cual, de hecho, se está produciendo, pero de una
manera y por una vía que ellos no previeron: la del neoliberalismo capitalista.
Ante este hecho, lo mejor que han encontrado a mano es el retorno a la tribu,
enarbolando una defensa a ultranza de los valores y los mitos nacionales, con
lo cual, una vez más, se colocan a la zaga de la historia, transitando
de nuevo el camino al revés, en una involución reaccionaria.
Carlos A. Aguilera: Involución en la que arrastran a todo el mundo, tal y como muestra
Norberto Bobbio en el diccionario que confeccionó junto a Nicola Matteuci
y Gianfranco Pasquino en la segunda mitad del siglo pasado, al leer totalitarismo
como “un sistema di terrorismo poliziesco” que utiliza incluso
a la ciencia (investigaciones, aparatos científicos, sistema tecnológico,
graduados...) para sus fines despóticos, cancelando cualquier espacio
posible de autonomía, y manejando a su antojo las normas de ética-saber.
Es interesante apuntar, aunque una posible discusión sobre este concepto
puede sobrevenir en otro diálogo, que este terrorismo de Estado ha sido
posible, entre otras cosas, por el nacionalismo teleológico o patchwork histórico (que no son lo mismo pero se complementan) con el que Fidel
Castro ha sometido al país desde principios de los años 60, haciendo
un burdo ensamblaje entre ficciones de lugar y ficciones posesivas (es decir,
nación vs. nacionalismo), y desarmando por completo la sociedad civil
cubana, que, gracias a un eficaz achatamiento de cualquier realidad individual,
fue convertida en una especie de manicomio, donde todo el mundo sospecha de
todo el mundo y el único protector de la “verdad” intelectual,
política, ontológica, es el Estado mismo, la Ley (si es que podemos
llamar ley a una serie de medidas arbitrarias que el gobierno cubano ha puesto
a funcionar.) Una construcción efectiva de lo popular en el futuro tendrá necesariamente
que insertarse en la diferencia entre cultura popular y masa –borrada
por completo en estos momentos–, y en un espacio donde los metarrelatos
civiles que componen Cuba accedan nuevamente a su capacidad de discurso subversivo
y al desmontaje de la máquina Estado, como ocurre en mayormenor medida
en buena parte del mundo. Sólo de esta manera se podrá comenzar
la reconstrucción del país y no se estará obligado a vivir
los “sueños” del otro. Cosa tremenda si pensamos que el
Estado precisamente no tiene sueños, padece una suerte de insomnio crónico.
Y con ese insomnio no hay nada que hacer, sólo huir, tal y como aconsejaban
los griegos cada vez que aparecía en el horizonte un charlatán
de provincia.
Jose Anibal
Campos (La Habana, 1965) Germanista, traductor y ensayista. Ha
traducido a varios autores de habla alemana, entre ellos Georg Trakl, Ingeborg
Bachmann,
Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Elfriede
Jelinek, etc. Ha publicado varios
ensayos sobre la musica clasica en la Cuba republicana. Actualmente trabaja
en un libro sobre la labor del director austriaco Erich Kleiber al
frente de la Orquesta Filarmonica de La Habana. Reside en Barcelona, España.
Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Escritor y codirector
de 1997 a 2002 de la revista alternativa Diaspora(s). Ha
publicado Retrato de A. Hooper y su esposa (Poesía,
1996), Das
Kapital (Textos, 1997), Memorias de la clasemuerta (Antología,
2002), Portrait
de A. Hooper et son épouse
suivi de Mao (Poesía, 2000, en francés) Die
Chinamaschine (Relatos,
2004, en alemán). Posee inédita la novela Paraísos de
cartón. Sus ensayos y textos han aparecido en las revistas Letras
libres, Diario de Poesía, Crítica, Revista de occidente, Boundary
2, Manuskripte, Lichtungen, Encuentro de la cultura cubana y en
periódicos
como el Frankfurter Rundschau o El Nuevo Herald. Actualmente tiene una beca
de creacion del Internationales Haus der Autoren Graz. Vive en Austria.