Leandro Eduardo Campa

Leandro Eduardo Campa, el “vendedor de fantasía”, como gustaba llamarse, vivió en las calles de Miami hasta que, hace dos años, una dolencia renal lo remató en algún rincón hediondo. Quizás los paramédicos encontraran en su ataché un ejemplar de Little Havana (esa otra Lolita), un libro que usaba como documento de identidad, a falta de uno mejor. El contenido de la cartera podía incluir también, en distintos momentos, un manuscrito de su última obra, Diario del estafador sentimental; un tomo de Locke o Washington Irving (lecturas predilectas del vagabundo); un par de troqueles (14 kilates) para estampar las cadenas de bronce que revendía en el parqueo del Mall; picadura y una cachimba; ropa interior…



Quienes lo conocieron recordarán a un Diógenes mulato y mediotiempo, cuyo atildamiento elevaba de categoría al saco de segunda y al pantalón arrugado. Fue, en las esquinas de la ciudad y en sus improvisados cenáculos, aquel Accademico nulla Accademia de que hablara Vico –pontificando sobre filosofía e historia ante una extasiada concurrencia de homeless.

Afortunadamente, Campa nos dejó razón de su itinerario: las dos Cubas que transita necesitaban de su pesimismo para mostrarnos el rostro desquiciado.

La presente selección agrupa varias piezas de su primer libro, De Calle Estrella y otros poemas, (compuesto en La Habana, entre 1975 y 1979), y otras de Little Havana Memorial Park (1998). Las fotos de Pedro Portal retratan al poeta en su teatro, al cruzar la calle del “quicio de los atardeceres”, sosteniendo teatralmente la pluma con que escribió las esquelas fúnebres de los “vivos” que, para él eran ya fieles difuntos.

Las circunstancias de la muerte o desaparición de Eddy Campa siguen siendo un misterio.

De Calle Estrella y otros poemas (1975–1979)

1
Por el camino del Estadio de pelota,
hacia las luces del Estadio de pelota
se ven desde la azotea de mi casa,
en Estrella,
y se ven desde el piso 25
del Hotel Habana Libre
buen lugar para estar,
apuñalándome con ron la garganta,
sentado sobre una de las banquetas de la barra,
con las manos encima
de unas convidadas, complacientes, sensuales
rodillas
y mi rodilla engavetada en sus rodillas.

Pero voy por el camino del Estadio de pelota,
a las ocho y media de un sábado de serie
y serio aburrimiento,
sintiendo ya
la pelota detenida en el umbral del batazo:
los brazos alzados con abrigos, periódicos, vasitos de café,
hacia el esplendor de las luces del Estadio,
hábitat de un público que se levanta, aplaude, grita, blasfema.



6
A mi abuelo lo llamaban “El Capitán”
por esa voz que siempre mantuvo en la vejez.

Cuando mi abuelo se jubiló descubrió su verdadera vocación.
A las seis de la mañana cogía el número uno
para el desayuno en el Bar “Las Brisas”:
dos panes con mantequilla y leche sola (siempre se tomó
el café aparte):
luego miraba al cielo y decía proféticamente:
“hoy no va a llover”,
reencendía su tabaco de la noche anterior
y hacía tiempo para que llegara el periódico
al estanquillo de San Rafael y Galiano
– le gustaba hacer esa cola de jubilados
que después leen el periódico
en el Parque Fe del Valle
como un ritual:
cuatro en cada banco
con un periódico cada uno,
las páginas abiertas,
los nudillos de las manos chocando.

de paso se anotaba para el almuerzo del TenCent de Galiano
en la lista de “La Duquesa”
que sacaba de entre sus senos arrugados,
como de un largo bolsillo de pantalón.

Después dormía un poco con el diario sobre las piernas
y la cabeza echada hacia atrás,
hasta que el “¡Ya abrieron, compañeros!”
lo despertaba
para gastar un peso con cuarenta y cinco centavos
en el almuerzo
más veinticinco centavos en un cake de chocolate
que el prefería con sirope.

Al terminar, se limpiaba las comisuras de los labios
con una servilleta
que siempre llevaba por si no había,
y a pie, muy despacio, y torturando
cada tres cuartos de hora
su inacabable cabo de tabaco,
se iba
hacia la terminal de Ómnibus
para esperar el café de las tres de la tarde.

Los setenta y nueve años de mi abuelo
coincidieron
con la esperanza de algún nombramiento
de los que él llamaba organizadores de cola
(en general, él tenía ideas muy particulares
sobre la sicología de las gentes en los distintos tipos de cola),
cualidad que él sabía que poseía “La Duquesa”,
vieja oxigenadamente rubia,
con un escarabajo de cobre en la solapa
de su inseparable chaquetón azul.

Y en el Cementerio de Colón,
a la cabeza del cortejo,
mi abuelo mantuvo
su indiscutible número uno.



9
Los asientos de los ómnibus Girón son socialistas
y los ómnibus se construyen en la fábrica Girón,
en La Lisa
en largas, muy largas
y oscuras naves
(cuando se entra del sol),
y el ruido es grande y diverso
y la comunicación se hace casi imposible
y es una comunicación salvaje y primitiva
con golpes y señas
pero muy elocuente.

Y los obreros llevan orejeras de metal
pero son diferentes a las orejeras
que llevan los caballos de tiro
que laboran en las ciudades
y que miran sólo
hacia delante.
Y trabajan cientos de obreros,
divididos en secciones,
pero la división no existe;
tampoco hay departamentos con letreros
como “Personal” o “Económico”
porque
sus trabajos no requieren carteles.

Y los ómnibus realizan su primer itinerario
dentro de la nave
y de lo que eran piezas sueltas
resulta una composición determinada y concreta
que más tarde tendrá valor económico
pero antes fue humanizada
y así ha de ser vista
aunque forme parte de los planes quinquenales.



14
Chinos cambiando cigarros suaves por fuertes,
sentados en los quicios de las casas de San Nicolás,
frente a “El Cuchillo”,
o revendiendo laticas con mentol
cebollinos,
tabacos,
cuchillitas de afeitar
con sus caras de desconfianza natural,
o leyendo el diario
que mañana tras mañana
edita
el WONG WAH PO
y que se vende
al lado del cine chino “Aguila de Oro”
expuesto sobre la acera
y encima piedras, palos, vidrios
para que el viento no los levante
– pero el viento nunca los levanta.

Después van desfilando
viejos, pausados, asustadizos
con el diario doblado bajo el brazo
por San Nicolás, Rayo, Zanja, Dragones
y el puesto en la esquina de “El Cuchillo”
con berro, acelga, papas, plátanos
y la pescadería de Zanja y Rayo
con merluza y bacalao
o sólo merluza
con cabeza
o
sin cabeza
y la pasta de bocaditos POR LA LIBRE
y la dependienta que ya ha aprendido a decir
“no hay”
en chino.

A veces llegan hasta Galiano,
hasta el TenCent,
para comprar dulces finos
(y el mismo chino tres veces en la misma cola)
en cartuchos de a peso
para revenderlos
o comerlos verdaderamente.

Pero siempre vuelven
– como si toda La Habana fuera
el barrio chino–
a sus quicios
donde pasan la tarde
alineados
escalonados,
sentados también en las aceras
con el sol
sobre las piernas
amarillentas, hinchadas
y sus pantalones batangas
como respiraderos
remangados hasta las rodillas
en alpargatas
o en chancletas.

Hasta que comienza a las cinco la función
del “Águila de Oro”
y del “Nuevo Continental”
y allí acuden para ver sus películas
–y no la cubana–.

Idénticos en la oscuridad de la sala,
tosiendo, comentando en su jerga
y escupiendo
en los pasillos largos y resbaladizos
que topan
con los baños
de Damas y Caballeros.


24
La noche que cuidaba el turno de mi tía Alicia
en los portales de ULTRA,
extendido sobre dos Juventud Rebelde,
observaba el edificio de la Empresa Telefónica
y a unas auras que sin sueño volaban alrededor
de la torre plateada,
sobre la que la luna meaba plácidamente.

De vuelta a la cama improvisada
(el paisaje era monótono)
recogí las piernas y rogué al primero y al segundo
que dejaran dormir al tercer lugar
y me fijé que tenían de almohada los zapatos y las billeteras
y que apagaban salvajemente los cigarros contra el piso
y me dormí pensando en el relevo de mi tía Alicia
con su prometido café
y en mis zapatos y en mi billetera,
que por pereza no había puesto bajo mi cabeza,
con una pestecilla a cabo en la nariz.



Little Havana Memorial Park (1996–1998)

1
Yo, Eddy Campa,
que amé a Mirtha B. Moraflores
hasta el delirio.

Yo, que la esperaba
en el quicio de los atardeceres
desde las cinco de la mañana
para, tres horas después, verla
salir de su apartamento

– y ella siempre detrás
del marido
para hacerme pensar que él no le interesaba
mucho –
heme aquí, ahora,
revolviéndome en este sarcófago
de despecho (si al menos estuviera acolchonado),
recordando las noches
en que ella, Mirtha, se paraba
en la ventana de su dormitorio para verme
escribir sobre mis rodillas,
sumido en el más sublime de los sufrimientos;
entonces,
todo era motivo para la lírica
y hasta la inmundicia se tornaba poesía.

Déjame decirte, oh Mirtha mía,
que nunca te dije
que te amaba
para salvar este poema.

Haz que conserven el calor
de los que te dejaba en el cristal
delantero de tu Chevy Camaro.

Las tumbas en Memorial Park
no tienen limpiaparabrisas.

2
¡Qué norteamericana la luna sobre el mar!

Cascadas de luz en la orilla redonda
comparten su intimidad con las aguas:
el más puro de mis sentimientos subastado.

Ha vuelto a elevarse el fulgor
de la fuente del parque que pronto apagarán;
la fuente con quien sentí las cosas primordiales.

Si el nombre Reina no remitiera a la belleza,
desistiría de mi Fe en la Humanidad.

Pero, ¿dónde está el cochero que canta
y le dice palabras dulces a los caballos?

Me gustaría ver a mi amigo Eddy Campa, el poeta:
no conozco otro más sabio en materia de nudos.

En la rivera de mi memoria,
el mar que me consuela adormece las olas.

3
La tarde que a Mr. Dinero y a mí nos tramitaban para el otro mundo, todos acudieron a despedirnos:

postrada junto al cadáver de Mr. Dinero,
se hallaba Oti, con los ojos asistidos por lágrimas
y las rodillas regordetas;

Ordoñez, el Puro, nos miraba como si no creyera
que estuviéramos muertos;

Frank, el jugador, maldiciéndose
por pagarme el préstamo unas horas antes;

Miranda, en su estilo escurridizo, conversaba
con Sherman, el misterioso, acerca del futuro de la viuda;

Eddy Campa, el poeta, aprovechó
para leerle a Mirtha su poema: LOCURA;

Ramoncito, el babalao, le tiraba los caracoles
a Dantón, el policía de los ojos claros,
quien parecía más interesado en controlar a Oti;

Wichinchi Prenda Fu, moviéndose
sigilosamente hasta mi cadenita de oro;

“ King Kong”, el con-man; Quintana; Orlando, el ecuatoriano;
Cheo Muñanga y Maldonado, el alcalde, llegaban
a un acuerdo sobre quién de nosotros murió primero, y Rosario, la puta (por la que nos matamos), leía una revista
bajo el almendro repentinamente florido.


4
Necesité valor para hablarle:
creí que me iba a tomar por loco
pero, como dije, me llené de valor
y fui hacia él, y le dije:

Sr. Presidente Reagan
haga algo por mi hijo
preso en Cuba

y yo miraba mis manos mojadas por el agua
del fregadero, y a mi delantal con rastros de comida
pensando, como dije antes, que me tomase por loco

pero él, el Sr. Presidente, se volvió
hacia mí

con una sonrisa
y me preguntó el nombre de mi hijo
y el motivo por el cual se hallaba preso
y me dio su teléfono para que lo llamase a la Casa Blanca
y estrechó mi mano sin importarle lo mojada que estaba
y yo recogí su plato, y él me dijo thank you


En la última página del manuscrito de Little Havana Memorial Park Eddy Campa (1953–?) resumió así su biografía:

Nací en La Habana, un 27 de febrero de 1953. He pasado por la Universidad, las cárceles, los manicomios, (incluyendo la Brigada Hermanos Saíz) y por los hospitales. En 1980, asediado por la Seguridad del Estado, parto hacia los Estados Unidos, vía Mariel-Cayo Hueso, junto a lunáticos y ex presas de Nuevo Amanecer. El barco se llamaba “El Pimentoso”.

Actualmente resido en Miami y me gano la vida vendiendo fantasía.

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