Perfiles excéntricos
Duanel Díaz Infante

Ernesto Hernández Busto. Perfiles derechos. Fisonomías del escritor reaccionario, III Premio de Ensayo Casa de América

“Nunca como en este período de transición –señala Norberto Bobbio en su introducción a la segunda edición italiana de Derecha e izquierda– la cultura de derechas suscita curiosidad e interés también por parte de quien no es de derechas”. Fruto de esa curiosidad y ese interés son los ensayos que conforman estos Perfiles derechos, en cuyo prólogo el autor no deja de señalar su oblicua incidencia sobre los debates actuales en torno a las contradictorias legitimidades de la derecha y de una intelligentsia tradicionalmente asociada con la parte izquierda del espectro político.

La caída del Muro de Berlín, inicio del período de transición al que se refiere Bobbio, propicia tanto un renacimiento de la derecha como el cuestionamiento de la figura clásica del intelectual. Si, como señala Hernández Busto, “el intelectual moderno ha nacido [...] como un héroe antiderechas”, es lógico que la crisis de la izquierda favorezca el auge del antiintelectualismo que ha caracterizado a la derecha desde sus orígenes mismos en los tiempos de la Revolución Francesa, un siglo antes de que el emblemático manifiesto de Zola fuera respondido por Barrès y Acción Francesa, con Maurras a la cabeza, conjugara el nacionalismo, el antisemitismo y el tradicionalismo contrarrevolucionario en su llamado al rescate de aquella comunidad “natural” subvertida por la acción disolvente del intelecto y de los principios democrático-republicanos.

Pero el tópico actual de la decadencia o muerte de los intelectuales, en el sentido del agotamiento o fin de aquellos poderes críticos capaces de resistir a un orden político y económico que resultaría fortalecido después del derrumbe del socialismo en Europa, se asocia, más que al ascenso de esta derecha “clásica” que representa Maurras, al de una derecha plenamente identificada con el capitalismo neoliberal proclamado por sus adalides vencedor absoluto de la Guerra Fría. La crítica de los intelectuales como seres soberbios, neuróticos y mezquinos que, en completa consonancia con el espíritu de la “era Reagan”, hace Paul Johnson en las pintorescas y falaces semblanzas de
Intellectuals, es propia de una cultura conservadora decididamente enfrentada a las tendencias liberales y contraculturales de los años cincuenta y sesenta, pero en modo alguno anticapitalista. Y lo es mucho menos esa derecha que según denuncia insistentemente Alfonso Sastre ha engrosado sus filas con el desplazamiento masivo de intelectuales alineados antes en la izquierda de filiación marxista.

Muy lejos de la moderación de esta derecha favorecida por la derrota de los movimientos anticapitalistas de 1968 y sobre todo por el escandaloso fracaso de la utopía comunista, los escritores que atraen la atención de Hernández Busto son reaccionarios en el sentido original del término, aquel que sugiere una reacción contra los fundamentos mismos de la Revolución Francesa. Como ilustración de la resistencia a los principios de 1789 que la derecha radical del siglo XX hereda de la tradición contrarrevolucionaria de la centuria anterior sirve el siguiente pasaje del diario de Jünger durante la ocupación de París, en la que participaba como oficial del ejército nazi:

Regresado a la ciudad por vías recónditas. El genio alado de la Bastilla, con su antorcha y con los eslabones de la cadena rota que tiene en sus manos, despierta en mí, cada vez que vuelvo a verlo, una sensación siempre más intensa de un poder sumamente peligroso, cuyas acciones llegan muy lejos. Ese genio produce una impresión de gran velocidad y a la vez de gran quietud. Vemos exaltado allí el genio del progreso, en el cual alienta ya el triunfo de incendios futuros. Para erigir ese genio de la Bastilla se unieron el espíritu del populacho y el espíritu mercantil, y, de igual manera, están en él emparejadas la violencia de las Furias y la sagacidad de Mercurio. Esa figura ha dejado de ser un símbolo; es un auténtico ídolo, rodeado de esa atmósfera cargadísima que tales columnas de bronce han irradiado a su alrededor desde antiguo.

Cifra de los tiempos convulsos que comienzan con la destrucción del orden monárquico, el progreso es, en la percepción de Jünger, como un río desbordado que acarrea, entre otras interminables catástrofes, el imperio de la mediocridad y de la abstracción en que consiste la democracia. Que en la doble hostilidad hacia las masas y el mercado hay siempre una vena antidemocrática lo ejemplifica asimismo la preferencia, típicamente vitalista y nietzscheana, de Ortega y Gasset de la nobleza del guerrero sobre el pragmatismo burgués del comerciante. Pero lo más lamentable de la “rebelión de las masas” era para el más importante de los pensadores españoles del siglo pasado la pérdida de la memoria histórica. La revolución era indeseable porque el afán jacobino de hacer tabula rasa, la ruptura de todo lazo con el pasado, constituía la violación de un derecho fundamental: “el derecho a la continuidad”. No muy lejos en este punto de Ortega, Jünger apunta después de visitar la catedral de Laon:

Cuando estuve en lo alto de la torre, desde la cual abarcaba con la mirada las vías de los trenes, las carreteras atestadas de vehículos que por ellas rodaban, los aeródromos a los que llegaban y de los que salían los aviones, cuando estuve allí comprendí la unidad existente entre aquel tiempo antiguo y este de ahora. Sentí que era esa unidad sobre todo lo que en modo alguno debía permitir que se me escapase y me juré no olvidar nunca en lo venidero lo que debo a los antepasados.

Pero a diferencia del soldado alemán más condecorado de la Primera Guerra, el autor de La rebelión de las masas prefiere a la democracia liberal en detrimento de sus enemigos totalitarios de la extrema izquierda y la extrema derecha. A pesar de sus posteriores concesiones al régimen de Franco, su conservadurismo era ajeno a todo radicalismo, lo que básicamente lo distanciaba incluso del falangismo, que resulta la forma menos radical del fascismo genérico justo en la medida en que es nacionalcatolicismo y no nacionalsocialismo. Jünger es, en cambio, uno de los ideólogos fundamentales de esa “revolución conservadora” que durante la República de Weimar preparó el ascenso de Hitler. ¿No es precisamente la veta revolucionaria del nazifascismo, el radicalismo con que oponía al capitalismo liberal y a la civilización burguesa no una simple restauración de un ancien régime sino una visceral renovación de la sociedad y del hombre mismo, lo que lo aproxima a los más célebres escritores reaccionarios del siglo XX?

Tres indiscutibles entre estos últimos –Pound, Jünger y Céline– figuran en la “sombría galería” que nos muestra Hernández Busto. La completan otros dos connotados “colaboracionistas”, Morand y Montherlant; un filósofo del fascismo, Evola; un escritor falangista, Giménez Caballero; el casi inclasificable Vasconcelos, que remató su accidentada trayectoria ideológica con loas al régimen de Franco, y, último aquí pero primero en el libro que comentamos, Rózanov, el único que, muerto en 1919, no llegó a sucumbir a la tentación de ese totalitarismo que Mussolini definió en la Enciclopedia Italiana al afirmar que “La concepción fascista de la vida es una concepción religiosa en la que el hombre es visto en su permanente relación con una ley superior, dotado de una voluntad objetiva que trasciende lo individual y lo eleva a una pertenencia consciente de una sociedad espiritual”.

Trascendencia y pertenencia que se cumplen en el Estado, una de las dos “escenas primordiales” que en el prólogo Hernández Busto destaca como objeto de las pasiones de los protagonistas de su libro; la otra, la batalla entre el Volksgeist y la civilization, alcanza a completar el meollo de la nacionalista “revolución conservadora” nazifascista. El triunfo del Volksgeist sobre la civilization, de la comunidad orgánica sobre la sociedad desintegrada, de la sangre sobre el intelecto, de los valores de la tierra sobre los de la Ilustración, de la voluntad y de la forma sobre la blandura femenina y el caos democrático, es el triunfo del estado totalitario.

Iluminando de nuevo aquel escenario que las urgencias de la Guerra Fría volvieron remoto, Hernández Busto traza en ocho ensayos autónomos los perfiles de estos escritores reaccionarios que, con la sola excepción de Rózanov, escriben parte medular de sus obras en una entreguerras en que el cuestionamiento radical de los valores no ya de la
Belle Époque sino de todo el siglo XIX propició tanto el ascenso del fascismo como la eclosión de las poéticas vanguardistas y del arte moderno. La reacción fascista ante el liberalismo burgués y el cultivo modernista de una estética raigalmente novecentista, a menudo fascinada por los prodigios de la nueva tecnología, se cruzan en estos “perfiles derechos”.

“Escritores de diferentes lenguas, estilos e intereses, tal vez no haya entre ellos más vínculo que una ambigua filiación política: todos han sido considerados como representantes de una Derecha más o menos excéntrica.”, señala Hernández Busto desde las primeras páginas del libro. Y el lector podrá comprobar, cuando al recorrerlas se tope con las insólitas analogías de Jünger o con las ideas económicas de Pound, que ciertamente estos escritores son profundamente idiosincrásicos. No sólo representan a una derecha más o menos radical que resulta excéntrica en la medida en que, como se señala en el prólogo, después de la Revolución Francesa el pensamiento reaccionario navega contra el espíritu de la época, oscilante entre un centro liberal y una izquierda socialista, ni sólo son excéntricos con respecto a las direcciones más o menos pragmáticas y populistas de los partidos de derecha, sino que, a fuer de contradictorios, algunos parecen excéntricos incluso con respecto a sí mismos.

Aunque en su prólogo Hernández Busto destaca tres rasgos comunes –la fascinación por el mito como forma de resacralizar el mundo, el antisemitismo y la tendencia a “la concepción analógica de la historia”–, el libro carece de todo afán conclusivo o demostrativo. Estos tópicos aparecen eventualmente en los sucesivos perfiles, pero nunca los tres en cada uno de ellos, nunca a manera de pruebas de una tesis o desarrollo de un argumento básico. Lo que importa al autor no es ilustrar el perfil típico de una derecha excéntrica, ni someter cada uno de los escritores abordados a un mismo análisis uniformador, sino mostrar algunos trazos del irreductible perfil de Rózanov, Pound o Vasconcelos.

Al avanzar en las páginas del libro es posible ir advirtiendo, no obstante, bajo las originales teorías de estos escritores reaccionarios, un buen número de tópicos comunes, estrechamente relacionados con los tres señalados en el prólogo. La curiosa teoría pansexualista que, según explica Hernández Busto en el primer ensayo, Rózanov opone a un cristianismo destructor de los valores vitales, presenta ya dos temas que encontraremos en casi todos los perfiles siguientes: el nacionalismo xenófobo (según Rózanov, los decembristas
“han alterado frívolamente a Rusia. En su lugar, han puesto otra vela. Ella quema ahora con una llama, con un fuego extranjero”) y el antiintelectualismo (“La relación Sexo-Dios es más estrecha que aquella entre Intelecto y Dios, e incluso más estrecha que la relación entre la Conciencia y Dios; por eso todos los a-sexuados se revelan a-teos.”) No sólo porque la xenofobia adquiera casi siempre la especificidad antisemita y los judíos sean comúnmente asociados a la intelligentsia desarraigada, están estrechamente relacionadas estas dos repulsiones, sino sobre todo por su común resistencia básica a las ideas universalistas de la Ilustración y su consecuente filiación con la afirmación romántica de la nación y de lo irracional.

El siguiente ensayo nos conduce precisamente al contexto germánico de aquella “revolución conservadora” que potenció el romanticismo de la tierra y de la sangre hasta la tétrica apoteosis de los hornos crematorios. Romanticismo reaccionario que, émulo al fin y al cabo del bolchevismo constructivista, es también, como tempranamente advirtiera Thomas Mann, un
“romanticismo altamente tecnológico”. En “Ernst Jünger: políticas secretas”, Hernández Busto muestra cómo a partir de la estetización de la guerra el autor de Tempestades de acero logró conciliar la afirmación modernista de la técnica con el rechazo conservador de la ilustración y el liberalismo causantes del “desencantamiento del mundo”.

Con este mismo tema fundamental de lo que Jeffrey Herf ha llamado, refiriéndose precisamente a los críticos revolucionario-conservadores de la República de Weimar, “el modernismo reaccionario”, nos topamos cuando en el siguiente ensayo Hernández Busto comenta la afición de Morand al automovilismo. Del mismo modo que Jünger contrapone una mitificación vitalista de la técnica a los llamados de la derecha tradicionalista por un regreso al estado agrario anterior a las corrupciones de la sociedad urbana industrial, Morand, lejos de rechazar de plano la velocidad y la máquina, se entrega a la nueva ebriedad del siglo, no sin advertir que la velocidad mata la forma y, como el comunismo, destruye lo individual. Y de esa entrega procede en buena medida el peculiar dinamismo de su prosa.
“Habría que estudiar en detalle las relaciones entre la estética del nuevo siglo y el autómovil.”, señala Hernández Busto.

En el siguiente ensayo, “Montherlant y Céline: notas sobre la secta y el sectario”, en mi opinión uno de los mejores del libro, el autor vuelve a eludir el perfil integral, ensayado en Rózanov y Jünger, para limitarse a destacar unos pocos rasgos que definen el contraste entre el devoto de la secta y el sectario que constituye él sólo su propia secta. El pathos aristócratico del desprecio y el pathos plebeyo del odio. El estilista
“cuyas novelas se quedaron siempre a medio camino” y el que “delira en la ebriedad de la palabra: reinventa el estilo de la novela atribuyéndose la misión bíblica de la cosmogonía”. El mayor de los escritores menores y el más “malo” de los grandes escritores de la Francia de entreguerras.

Siguiendo el orden de lectura que propone el libro, llegamos ahora a “Los fracasos de Ezra Pound”. Hernández Busto rechaza de entrada los múltiples reparos que se le han puesto a Los cantos, para abordar enseguida la cuestión del apoyo del poeta al régimen de Mussolini, lo que a su vez lo conduce al tema fascinante de sus teorías económicas. Con agudeza destaca el nexo entre el rechazo de la usura y la poética de Pound: la crítica de la abstracción y el afán de lo concreto. La decadencia en la moneda es paralela a la que se da en el lenguaje; superarlas sólo es posible elevando la concisión a la categoría de valor poético central, y logrando, mediante un estado fuerte, poner coto a ese imperio de la abstracción que, en la base de la democracia liberal y mercantil, levanta la usura.

Para avanzar en la búsqueda de generalidades y conexiones entre los diversos escritores que reúnen las páginas de
Perfiles derechos, dos cosas me gustaría añadir aquí a lo señalado a propósito por Hernández Busto. La demonización de esa práctica que, por desentenderse de las necesidades de la producción, convierte al dinero en algo autónomo y acarrea las catástrofes de lo antinatural y de lo inmoral, es característica de un anticapitalismo contrarreformista que Pound comparte con el llamado Renacimiento Católico de la primera posguerra: Maritain, Chesterton, Weidlé, Belloc. En las conferencias de The Crisis of our Civilization, donde consecuentemente tomaba partido por el bando derecho de la contienda española, es manifiesta la relación entre el rechazo de la usura y la nostalgia conservadora de los tiempos de la sociedad corporativa medieval, destruida por la Reforma protestante, la cual es, para Belloc, la causa remota del comunismo toda vez que este no es sino un hijo bastardo del capitalismo que extrema la esencial impiedad de este.

Y, nos enteramos en el excelente ensayo que Hernández Busto dedica a Vasconcelos, precisamente Belloc, citado en una carta donde el pensador mexicano la explica, parece ser una de las fuentes teóricas de su curiosa tesis del complot judío-masónico. El autor de
Ulises criollo reivindica para México e Hispanoamérica toda la misión del Imperio Español bajo Felipe II: enfrentar la ola reformista proveniente de Inglaterra. Y justo este marco contrarreformista permite explicar, afirma con razón Hernández Busto, tanto el antinorteamericanismo de Vasconcelos como su antisemitismo. A la consabida identificación entre los judíos y el capitalismo propia de la cultura nazifascista se une ahora el arielismo, ese razonamiento “capaz de incluir la guerra norteamericana contra México dentro de la conjura judía expuesta en los Protocolos de los Sabios de Sión.” Y es que en el fondo de la delirante pulsión utópica del Ministro de Educación, pulsión que lleva de cabeza a la ingeniería social del “hombre nuevo”, está la contraposición idealista del espíritu latino al pragmatismo yanqui. “¿Cuándo comenzó el delirio? ¿Con un Ateneo ministerial publicando a Plotino en miles de ejemplares que emergen hoy en librerías de lance?”, nos preguntamos con el autor de “Odiseo en Aztlán”.

Lo segundo que quiero apuntar a propósito de Pound es el hecho de que su crítica de la abstracción y el correspondiente llamado a la concisión procede en buena medida de uno de los padres de la tradición crítica anglonorteamericana que incluye también a Eliot y a los ideólogos del agrarismo sureño: T.E.Hulme. Este poeta y pensador inglés que, muerto en la Gran Guerra, influiría asimismo considerablemente sobre el falangista Ramiro de Maeztu, pronunció en Cambridge una conferencia donde la crítica del romanticismo se unía a una convocatoria a la captación artística de las realidades concretas y finitas. Hulme impugnaba la idea optimista del hombre como rey destronado propia de los románticos y de los principios del 89, en la que veía una negación del “sano dogma clásico” del pecado original. La aceptación de las limitadas posibilidades del hombre y la consiguiente necesidad de la tradición y la organización para hacer de él “algo decente” era justo el punto de partida de esa “restauración clásica” (
classical revival) que, después de un siglo de romanticismo, subjetivismo y naturalismo, Hulme anunciaba basándose, por un lado, en las ideas reaccionarias de Maurras, y, por otro, en la doctrina de G. E. Moore que oponía al relativismo de los modernos la creencia en la objetividad del bien.

Esta afirmación raigalmente conservadora de la limitación original del hombre es una de las piedras angulares del pensamiento de J.Evola, quien, como Hulme, la toma directamente de Joseph de Maistre. Hernández Busto explica que la crítica del filósofo italiano al iusnaturalismo moderno se basa en el señalamiento de que este procede de una concepción utópica de la naturaleza humana. Al igualitarismo matriarcal, opone el filósofo fascista el principio patriarcal del derecho romano fundamentado en la tradición y la jerarquía. Y la idea del estado autoritario, o mejor, totalitario, que de aquí se desprende implica otro tema fundamental de la derecha que hemos destacado en los perfiles comentados arriba: el tema de la forma.

Para Evola –nos enteramos al leer el interesante ensayo que le dedica Hernández Busto– el estado es la forma y las masas la materia. El principio masculino de la forma “
ordena, frena, limita y conduce a un nivel superior los elementos materiales.” La idea del político como artista, desarrollada reiteradamente por Joseph Goebbels en la década del 1930, no es sino el corolario de esta antinomia. No me resisto a reproducir aquí un pasaje de una novela del Ministro de Propaganda de Hitler que Paul de Man cita al final de su ensayo sobre Kant y Schiller: “El hombre de estado también es un artista. El leader y las masas [Führer und Masse] no presenta más problema que, digamos, el pintor y el color. La política es el arte plástica del Estado, de la misma manera que la pintura es el arte plástico del color. Es por esto que la política, sin el pueblo, o incluso contra el pueblo, carece de sentido. Moldear un Pueblo a partir de las Masas, y un Estado a partir de un Pueblo, ésta siempre ha sido la más profunda intención de la política en su verdadero sentido.”

Vale la pena recordar, a propósito, que
El trabajador, que fue precisamente el ensayo que llevó a Benjamin a escribir sobre la estetización de la política en el fascismo, se subtitula Dominación y forma. Toda la amoralidad que implica la plena aceptación, por parte de Jünger, del proceso que instrumentaliza a los seres humanos (véase por ejemplo su comentario sobre el torpedo humano japonés, citado por Hernández Busto), procede de ese esteticismo antihumanista que constituye uno de los grandes ejemplos del kitsch del siglo XX, entendido el concepto en el sentido en que lo define Broch en su importante ensayo de 1933.

La concepción de la guerra como obra de arte, trascendente de los límites del intelecto tanto como del amorfo anquilosamiento de la vida burguesa, conduce a la estetización de la máquina que informa a su vez el ideal revolucionario-conservador de una sociedad industrial nacionalista y posburguesa. En aquella Gran Guerra donde las nuevas armas y medios de transporte probaron la obsolescencia de la infantería y la caballería, se produce la ansiada reconciliación de la civilización y el primitivismo, la tecnología y la cultura. De la comunidad espiritual del frente de batalla a la
“movilización total” el camino es, entonces, expedito. “La movilización total –escribe Jünger– es un acto a través del cual [...] la gran corriente de energía de la guerra se trasmitirá por toda la red extensa y conectada de la vida moderna.”

Lo que constituiría en el nazifascismo una “revuelta contra el mundo moderno” –título de la obra más conocida de Evola– es justo el afán de superar la separación moderna –kantiana– entre lo estético y el mundo de la vida, así como entre lo político y lo ético. El fascismo es, en la concepción de Gentile, una especie de redención de la política por la ética y del individuo por el Estado. Si, como señala Slöterdijk, el homo politicus y el homo metaphysicus surgen paralelamente en la Antigüedad, el fascismo podría verse como un intento de volver a la unidad primigenia de la búsqueda de dios y del Estado. Luego de la muerte de Dios, el Estado –o su hipóstasis: el duce o el führer– se erigen en principio divino, en Absoluto.

Con la estetización fascista de la política nos topamos de nuevo en el curioso perfil de Giménez Caballero, cuya “inagotable capacidad para lo estrambótico”, según la exacta definición de Hernández Busto, lo distingue sensiblemente de otros escritores de la Falange. Pero no deja el autor de
Arte y estado (1935) de ostentar también otros rasgos que, en este último ensayo del conjunto, ya resultan recurrentes: antisemitismo, nacionalismo, antiintelectualismo, sacralización futurista de la máquina. Como los futuristas, Giménez Caballero cuida de equilibrar el mito del maquinismo industrial con reclamos de magia primitiva: «Quien no sienta que una religión nueva llena el mundo, no se acerque a los cascos mágicos. No arranque como reliquia, para impregnarse de divino mána, el lienzo que cubría el avión de Lindberg. Lea a Protágoras y practique la pértiga y la jabalina. / Pero quien sienta la atracción de la mentalidad primitiva y mágica del mundo, el terror totémico ante las cosas, rinda culto a los cascos sobrenaturales del motorismo.»”

Tal atracción primitivista por la magia, que distancia considerablemente del cristianismo ortodoxo a este adalid del culto a ese genio de España manifiesto en la doctrina del nacional catolicismo, es típica de la derecha excéntrica del novecientos. En los umbrales del siglo Acción Francesa había marcado la pauta al tomar distancias del conservadurismo católico tradicional: a Maurras y Daudet le interesaban más el espiritismo y la magia que la teología cristiana, y su instrumentalización del catolicismo llevó al Papa a condenar al movimiento en 1925. De la fascinación por el esoterismo y el orientalismo son ejemplos, entre los escritores que lee Hernández Busto, Rózanov, Jünger, Evola y Vasconcelos.

Jünger propugna un “realismo mágico”. “Idealismo mágico” llama Evola a su doctrina fundamental. Y este penchant por la magia, degradado estéticamente y libre ya de sus implicaciones fascistas, ¿no se distribuye en la cultura de masas contemporánea bajo la especie de esos libros de “metafísica” que en las librerías de aeropuerto encontramos a menudo junto a las novelas de esa exponente del “realismo mágico” latinoamericano que es Isabel Allende? ¿No constituye el aun más popular Paolo Coelho la mejor expresión de esa degradación? ¿No recuerda incluso alguno de sus títulos –Manual del caballero de la luz– el tipo de combate metafísico en que es pródiga la obra narrativa de Jünger?

Pero es justo decir que la atracción por el esoterismo y la magia tienen también larga tradición en la cultura de izquierdas, heredera de la rebelión romántica contra la racionalización burguesa que constituye indudablemente buena parte de ese
“fermento donde se hace difícil diferenciar izquierdas y derechas” mencionado por Hernández Busto al comentar los orígenes vanguardistas de Giménez Caballero. Y no está demás insistir, a propósito, en el hecho de que Evola, quien comparte estos orígenes con Gecé, haya sido rescatado en el 68 tanto por la izquierda como por la derecha, “tanto –en palabras de Hernández Busto– por los más extraños devotos de lo oculto, como por los bufones de moda, que mezclaron a Evola con el comunismo a la page del Ché Guevara”.

Otro ejemplo de las eventuales tangencias de la izquierda y la derecha radicales ofrece el autor de
Perfiles derechos cuando recuerda la reivindicación del anticapitalismo furibundo de Pound que por esos años de utopías hace Ginsberg, leader de la beat generation. Y, ya que he mencionado antes al autor de El alquimista, recuerdo ahora que el hippismo está en el comienzo de su trayectoria artística. Si la contracultura de los sesenta no dejó de tener puntos de contacto con la derecha fascista, la obra de Coelho ejemplificaría el aprovechamiento de temas contraculturales por una cultura de masas que canaliza la rebeldía de los “jóvenes airados” en la búsqueda de un “crecimiento espiritual” por la autoayuda novelesca. Mientras la izquierda y la derecha extremas pueden llegar a tocarse, su radicalismo es cooptado por el establishment del capitalismo contemporáneo.

La contradicción entre las normas de la democracia liberal y la originalidad de la cultura de derechas que representan los escritores comentados por Hernández Busto es justo, en mi opinión, uno de los ejes que vertebran, si bien no de manera muy ostensible, sus
Perfiles derechos. A propósito de la metafísica y de las mitologías de Vasconcelos, Hernández Busto se pregunta al final del ensayo que le dedica si “vale la pena cambiar el mito, humus fecundante de la cultura mexicana desde Fray Servando hasta Octavio Paz, por la corrección política de una cultura liberal y aséptica". “¿Hay cultura sin delirio?” La persistente tensión entre ilustración y mito, razón e imaginación que esta pregunta, válida no sólo para el caso mexicano, alcanza a expresar, sugiere una incompatibilidad entre cultura liberal y cultura mítica que se remonta acaso a la incompatibilidad entre la poesía y la filosofía en los orígenes mismos de la civilización occidental. Bastaría recordar el anatema que sobre Sócrates y los sofistas, destructores del mito y fundadores de la cultura teórica, lanza Nietzsche en nombre de la vitalidad telúrica de la cultura dionisíaca.

Hernández Busto reconoce que la cultura mexicana está urgida de democracia, pero afirma que semejante reforma será “
el fin de una cultura generadora de mitos, productora de delirios”. Pues “la política liberal recurre a una temporalidad evolutiva, a un proceso civilizador que deja atrás la fascinación hipnótica del mito.” ¿No se trasparenta en esta advertencia la idea raigalmente romántica de que la modernidad industrial y liberal destruye la auténtica cultura, entendida como un reducto más allá de la economía racionalizadora de los valores de la civilization, encarnados en la “política liberal”? “Mientras que una política conducida de acuerdo con los principios liberales carece de drama, del sabor del conflicto irreconciliable, las políticas fuertes y autocráticas tienen la virtud de resultarnos “interesantes”, sostiene Hernández Busto, ahora en el prólogo.

Como, según señaló agudamente Susan Sontag, siendo el fascismo represivo de la sexualidad, se tiende a erotizarlo, la cultura de derechas, promotora en la teoría y en la práctica de sociedades cerradas, es vista aquí como reducto de una diferencia que el liberalismo uniformizador vendría a destruir. La excentricidad de estos reaccionarios sería, en última instancia, ese plus mitopoético que el liberalismo, centro desde el siglo XIX de un espectro polarizado por la derecha reaccionaria y la izquierda socialista, no cesa de amenazar.

Creo, sin embargo, que el planteamiento de Hernández Busto pierde considerablemente de vista la “dialéctica” entre el avance de la Ilustración y las reacciones románticas que caracteriza a nuestra cultura en los últimos dos siglos. Si es indiscutible que el contrato social de la democracia liberal erosiona el fundamento mítico de la comunidad, también lo es que la cultura mitopoiética retorna como reacción al moderno “desencantamiento del mundo”. De hecho el romanticismo, hontanar de buena parte de la cultura de derecha y de izquierda del siglo pasado, es impensable sin la Revolución Francesa y el ascenso del liberalismo en Europa, mientras la literatura del siglo XVII francés es raigalmente racionalista. Si es cierto que “En la
`normalidad’ política del liberalismo hay “algo” –algo provisto de un significado diferente para los diversos bandos intelectuales– que se pierde irremisiblemente.”, lo es también que esa pérdida está en el origen mismo de la excéntrica cultura de derechas que representan ejemplarmente Pound y Jünger.

Desencantamiento y resacralización, historia y mito, ilustración y romanticismo son en buena medida impulsos tan contradictorios como complementarios. Lo que en mi criterio caracterizaría hoy a una cultura fundada sobre principios democrático-liberales es una básica aceptación de la inevitable pérdida de ese “algo” –mito, aura, sacralidad, naturaleza, inmediatez, divinidad– y una lúcida conciencia de las funestas consecuencias de los impulsos utópicos que a lo largo del pasado siglo intentaron trascender radicalmente las instituciones básicas de la modernidad, ora desde la derecha extrema de inspiración nietzscheana, inclinada a la remitificación nazifascista (Jünger), ora desde la extrema izquierda de inspiración hegeliana, confiada en que la dialéctica revolucionaria superaría la alienación de la cultura capitalista (Luckács).

Aun en México, la extensión de la democracia significaría el fin de una cultura mitopoética sólo en tanto fundamento de la esfera social, pero no en tanto creación individual, que es lo que al fin y al cabo interesa a Hernández Busto. El propio caso de Paz, que llamó en 1969 a oponer al México del Zócalo, Tlatelolco y el Museo de Antropología no una nueva imagen sino la crítica,
“ácido que disuelve las imágenes”, demuestra, además, que no se trata simplemente de una opción entre cultura delirante y normalidad liberal, mito y democracia. Ejemplo como pocos de la fidelidad a la aspiración romántica y surrealista de alcanzar aquella mitad humana velada por la racionalización moderna, el autor de El laberinto de la soledad no olvida sin embargo el fracaso de lo que llama el “movimiento revolucionario del siglo XX”, empeñado en hacer encarnar, de un modo u otro, la poesía en la historia. Crítico acérrimo del desarrollismo decimonónico que informa al liberalismo tanto como al marxismo, Paz lo es en la misma medida de los totalitarismos de izquierda y de derecha.

Su posición me parece entonces ejemplar frente a la de alguien como Pound.
“El fracaso moral de un poeta megalómano –afirma Hernández Busto– no sería noticia si no viniera acompañado de la ambiciosa empresa poética que son los Cantos. Gracias a estos, el fracaso de Pound adquiere tanta importancia como algunos “éxitos” de sus contemporáneos. Necesitamos ese fracaso puesto que ilustra un elemento rebelde de la modernidad: el desafío del poeta ante la prosa del mundo.” Creo, por mi parte, que lo que necesitamos no es el fracaso de Pound sino la histórica lección que nos deja sobre a dónde puede conducir la rebeldía de lo poético frente al mundo prosaico de la modernidad comercial y liberal. Cuando en el prólogo sostiene, a propósito de las tendencias a la analogía que señala en los escritores reaccionarios, que “Aunque se les reproche a esas morfologías históricas su talante pesimista, no hay que olvidar que en literatura ese impulso se traduce a veces como un intento por elevar el estilo a la categoría de perpetuum mobile histórico.”, ¿no sugiere Hernández Busto, más claramente que en sus comentarios sobre Pound, que hay cierta relación necesaria entre la cultura de derechas y la calidad literaria?

En todo caso, sí es indiscutible que
Perfiles derechos es, además de un conjunto de ensayos sobre escritores reaccionarios, una decidida profesión de fe literaria. “La literatura –afirma en algún momento el autor– es superior a la política, con ella se logra el mínimo de coherencia necesario para no perderse en esa “indiferencia del porvenir” que Montherlant compara con el ruido del mar en las caracolas.” Aunque en el prólogo escribe que “con nueve casos que ilustran algunos rasgos descuidados en el perfil del intelectual moderno”, “este libro invita a repensar esa ecuación demasiado fácil” entre los intelectuales y la izquierda, Rózanov, Morand, Montherlant y los demás aparecen en los sucesivos comentarios de Hernández Busto mucho más como escritores que en tanto intelectuales.

En el propio prólogo, unos párrafos más adelante, el autor suscribe la idea de Stéphane Zagdanski, a propósito de Céline, de que las críticas centradas en la cuestión del antisemitismo “
han evitado utilizar el único criterio básico para el estudio de aquello que de cerca o de lejos concierne a un escritor: sus propios textos.” Si esto fuera cierto para el caso del escritor, no lo es de ninguna manera para el intelectual, que lo es justamente porque también le conciernen aquellas cuestiones que trascienden los límites de la escritura. Poco interesado en el campo específico de la intervención intelectual, a todo lo largo del libro Hernández Busto relega a un segundo plano ese “perfil del intelectual moderno” que es sin embargo irreductible a la figura del escritor. ¿Mirado desde la perspectiva del intelectual y no desde la de la escritura poética, no arrojaría el “fracaso moral” de Pound conclusiones distintas a aquellas a las que arriba Hernández Busto?

Terminan con esta interrogación estos comentarios que han intentado, primero, establecer algunas relaciones entre los rasgos radicalmente conservadores destacados en los ensayos reunidos en
Perfiles derechos, y dialogar críticamente, después, con el autor en torno a algunos puntos centrales y en mi opinión no suficientemente desarrollados del conjunto. Ahora lo que acaso debió ir al principio. Destacar no sólo la excelencia de este libro que conjuga una amplísima cultura literaria y una prosa de altos quilates, sino también su singularidad en el panorama aun grisáceo del ensayo cubano contemporáneo. Exentas de la perspectiva académica y la temática cubana que predominan entre nuestros cultivadores del género, estas Fisonomías del escritor reaccionario son, de tan singulares, auténticamente excéntricas.

¿No constituyen, en medio de la inquietante proliferación de escritos académicos de escasa imaginación e infeliz prosa, casi una excentricidad estos ensayos que ejercen a plenitud la libertad del estilo y del pensar, abordando no sólo a los muy conocidos Pound y Jünger, sino también al exótico Rózanov y al olvidado Giménez Caballero? Pues más excéntrica aún que la total falta de vicios académicos es la también total ausencia del tema cubano que limita a la mayoría de nuestros ensayistas. De la riesgosa empresa de embarcarse en autores y temas que trascienden las fronteras de la propia cultura nacional y sus pequeñas coyunturas críticas, Hernández Busto ciertamente ha salido airoso.

No quiero dejar de notar, sin embargo, que la profesión de fe literaria que hay en estos ensayos, así como su interés por ciertos elementos de la cultura modernista conservadora, informan evidentemente la interpretación de Lezama que Hernández Busto ofrece en un ensayo publicado recientemente en
Cuadernos Americanos. Pero abundar más en esto, recuperando la excentricidad del libro que nos concierne para los debates nacionales de la hora sería, amén de suprema mezquindad, tema para otro escrito. Queden entonces las reflexiones anteriores como invitación –algo excéntrica, quizás– a la provechosa y amena lectura de estos excéntricos Perfiles derechos.


Duanel Díaz Infante. (Cuba, 1978) Crítico literario y ensayista. Licenciado en Letras por la Universidad de la Habana en 2002. De septiembre de 2002 a agosto de 2004 trabajó como profesor en la Facultad de de Artes y Letras de esa universidad, impartiendo cursos de Literatura Cubana y Teoría Literaria del siglo XX. Ganó el Premio de Ensayo Alejo Carpentier en su edición de 2003 con el libro Mañach o la República, publicado ese año por la editorial Letras Cubanas, y que mereció además el Premio Nacional de la Crítica Literaria otorgado a los diez mejores libros publicados en 2003.

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Glexis Novoa, Sin título, EP, 1989