
Una
divagación sobre Robert Walser
Ernesto Hernández Busto
¿Qué hacer con Jakob
von Gunten, pupilo aventajado del Instituto Benjamenta cuyo rasgo más
sobresaliente es un morboso interés por las vidas ajenas? Interés
que nace, paradójicamente, de un desinterés esencial
en su propia vida: "en mi vida futura –confiesa Jakob con
desparpajo– seré un magnífico cero a la izquierda,
redondo como una pelota". Ahí está el rasgo central
de este carácter, lo que emparenta al Escritor con su Personaje:
uno puede anhelar, al mismo tiempo, saberlo todo de las vidas ajenas
y convertirse en un cero, anularse, hundirse en la ficción.
Esa vacuidad es como un periscopio que dirigido al mundo ofrece, casi siempre,
imágenes de uno mismo. "'Todo esto', me propuse en silencio
mientras me detenía, 'lo escribiré después en una
obra de teatro o en una especie de fantasía que titularé El
paseo'". Y esa es precisamente una de las frases de El
paseo, fantasía literaria desarrollada sobre el juego anticipatorio, —espejo
versallesco, rondó mozartiano— del narrador-paseante. En Walser,
la ironía no sólo corresponde a una modalidad del pensamiento,
sino a una forma de lo sensible, a una óptica, a una física,
a un tipo de movimiento inseparable del órgano que lo percibe.
Los circunloquios de Walser reaparecen en Kafka, despojados de su aire
diletante. Kafka se ubica en otra dimensión de lo literario, más
adecuada, por así decirlo, al mundo infinitesimal, con abismos que
acechan a cada paso; un mundo que ignora el ámbito (¿newtoniano?)
de Walser, donde las manzanas caen sin grandes consecuencias metafísicas
en las cabezas de los paseantes. Tomemos, por ejemplo, esa escena de El
paseo en la que la señora Aebi intenta obligar a su escritor
invitado a que coma sin parar:
“Quiero pedirle de corazón que se someta de buen grado a lo inevitable; porque puedo asegurarle que no le queda otra posibilidad de levantarse de la mesa más que la que consiste en pinchar y comer limpiamente todo lo que le he cortado y lo que le cortaré. Temo que está perdido sin salvación; porque ha de saber que hay amas de casa que obligan a servirse y a comer a sus invitados hasta que se rompen en pedazos. Le espera un destino mísero y lamentable; pero sabrá soportarlo con valentía. Todos tenemos que hacer algún gran sacrificio un día. Obedezca y coma. Al fin y al cabo, la obediencia es tan dulce. ¿Qué tiene de malo perecer en el empeño?”.
El protagonista intenta escapar,
aterrado ante la perspectiva de morir a la mesa por culpa de sus obligaciones
sociales. Pero la señora Aebi lo retiene, se ríe cordialmente
y le confiesa que era sólo una broma, un ejemplo de esa amabilidad
desbordante de ciertas amas de casa. El paseante también se
ríe, prosigue su paseo, la madeja del relato vuelve a rodar
y la pesadilla queda atrás. Kafka se sentiría obligado
a hundirse en la espiral del suceso, recrearía la broma macabra
de la Sra. Aebi y volvería intolerable la situación invocando
la obediencia o la parálisis; si la señora Aebi fuera
un personaje de El castillo en su mesa se seguiría
comiendo interminablemente, como en El ángel
exterminador de Buñuel.
En realidad, el mundo de Walser es casi el mismo de Kafka, sólo
que allí donde el primero encuentra siempre una salida “ligera”,
de opereta, que define la absoluta indiferencia de la imaginación
con respecto a las obligaciones del entorno, el segundo, en cambio, insiste
siempre en las obligaciones que atormentan al agrimensor, prisionero de
su propia desazón, angustiado ante la Ley o las leyes. (Para apreciar
mejor esa diferencia de registro también podría compararse
el relato “El mono” –en La rosa- con el “Informe
para una academia”. (Que raro que Coetzee, que glosa maravillosamente
el “Informe” en Las vidas de los animales,
y que sin duda ha leído atentamente a Walser, no haya hecho la comparación
entre ambos textos). Para Kafka los animales son el límite de la
humanidad: el insecto monstruoso de La metamorfosis,
claro, pero también los ratones de Josefina la cantora, los chacales,
las pulgas, el perro de Investigaciones de un perro.
El mono del Informe es una excepción
puesto que hace el recorrido inverso: diserta, cual profesor retirado,
sobre el proceso que le ha llevado a transformarse de simio en hombre.
Kafka piensa que la existencia humana nos resulta demasiado fatigosa y
deseamos desprendernos de ella y vivir en cautividad. "Todos vivimos
tras una reja, que llevamos con nosotros a todas partes", dice en
una de sus conversaciones con Gustav Janouch. “Se regresa [hoy] a
la condición animal. Resulta mucho más fácil que la
existencia humana. Cobijado en el seno del rebaño, se desfila por
las calles de las ciudades para acudir al trabajo, al pesebre o a la diversión.
No existen milagros, sólo instrucciones de uso, folletos y normas.
Uno siente temor ante la libertad y la responsabilidad”.
El mono de Walser es menos grave. Llega a un salón de té,
liga y termina revelándonos que el secreto de la felicidad conyugal
es la adoración irracional, la obediencia de dos clases irreconciliables.
Una libertad identificada con el manual de convenciones. Mientras el mono
de Walser cuida el sueño de Preciosa, vestal lánguida (“Una
de sus manos colgaba como un racimo de uvas”) con la que, sin duda,
vivirá toda la vida, la ficción adquiere un aire de sainete.
Lo que para Kafka era una reflexión moral, para Walser es pura fantasía.Desde
este punto de vista, Walser no es un narrador,
al menos en el sentido habitual de la palabra. Pero tampoco un escritor
fantástico. Calasso tiene razón cuando coloca esta escritura
bajo el signo de la ensoñación.
En alemán, el término Phantasie designa
justamente a este mundo sin marco, despojado de profundidad.
Leer a Walser es también ver cómo los pensamientos y las
cosas desfilan con una extraña mezcla de orden y azar productivo.
Walser hace de esa mezcla el mecanismo de toda su ficción. Aunque
un famoso monólogo de Rousseau, por ejemplo, también pueda
presentarse como "el fiel registro de mis paseos solitarios y de las rêveries que
los llenan cuando dejo mi cabeza enteramente libre, y mis ideas siguen
su curso sin resistencia ni embarazo", basta seguir la lectura para
darse cuenta de que estas caminatas están más calculadas
de lo que aparentan: la vocación expansiva, el libre curso de los
pensamientos queda circunscrito a ciertos senderos confesionales, a un
programa donde la soledad juega un papel asignado de antemano.
El paseo de Rousseau podría expresarse en términos de física
cartesiana: "Ni un reposo absoluto ni demasiada agitación,
sino un movimiento uniforme y moderado, que no tenga sacudidas ni intervalos.
Sin movimiento, la vida es un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado
fuerte, nos despierta: recordándonos los objetos que nos rodean,
destruyendo el encanto de la rêverie y
arrastrándonos dentro de nosotros mismos" (Les
reveries...). Los paseos de Walser, sin embargo, son trayectos ilógicos
y agitados: adora los cafés, elegantes y ruidosos, come con ingeniosas
damas, se bate a gusto con sastres y recaudadores de impuestos.