
La
ventana
Benigno
Dou
Un sol radiante barniza los jardines y las sobrias fachadas de las casas,
pero la garra inclemente del frío te aprisiona tan pronto te
bajas del taxi frente a la mansión de tres plantas en las afueras
de Boston. Avanzas con pasos apurados hasta la puerta de cristales
ahumados. Dejas el maletín en el piso. Te quitas un guante con
los dientes. Maldices en inglés. Tocas el timbre.
Debo estar loco,
le dices al vapor de tu respiración, ¿para
qué vine?
Va a ser una decepción para los dos. Yo, soltero empedernido, barrigón,
miope, medio calvo. Ella, casada, tal vez una gorda con el rostro embadurnado
en maquillaje, peluca rubia, pestañas postizas. Hubiera sido mejor que
ambos conserváramos nuestras imágenes cristalizadas en el ámbar
generoso del pasado.
La mujer que te abre la puerta es delgada y sólo lleva un discreto toque
de rouge en los labios. Te recibe con una
cálida sonrisa que te recuerda
el cielo despejado de tu país.
–¡Por fin! ¡Qué gusto de verte, Flaco! –dice con
naturalidad.
–¡Hola, Pitirre!– replicas en tu mejor tono casual, para demostrarle
que eres el mismo y que también te acuerdas de su apodo de la infancia.
Se abrazan en el umbral como si sólo hubieran dejado de verse unos días.
El abrazo es largo, emotivo. Tal vez un poco más que eso. Ni el abrigo
ni el grueso suéter de ella te impiden sentir el ligero temblor de su
cuerpo, los latidos acelerados de su corazón, la firmeza de sus senos
contra tu pecho.
–Ya estaba preocupada –se suelta ella por fin–. Mark y yo te
estábamos esperando desde las tres.
–El avión se retrasó, lo siento.
–Pasa. ¡Nos vamos a congelar aquí afuera!
Ella se adelanta por el amplio recibidor, decorado con más dinero que
gusto. Mientras avanza, su figura se refleja en mil imágenes raudas de
dorados espejos paralelos. Además del suéter rojo, viste pantalones
negros ajustados y un par de botas de cuero hasta media pantorrilla. Notas que
ha aprendido a caminar con la cadencia sensual, irresistible, de las mujeres
caribeñas. La Ana Mary de tus recuerdos caminaba siempre como una guajira
recién llegada a la capital, para no llamar la atención. Odiaba
la ropa ajustada, las faldas cortas, los descotes, todo lo que resaltara su cuerpo
en desarrollo. Estaba convencida de que sus piernas eran demasiado flacas, su
trasero demasiado grande, su espalda demasiado huesuda, y hacía todo lo
posible por disimular sus pechos pujantes.
Por lo demás, te dices aliviado, no parece haber cambiado mucho desde
el día que fue a despedirte al aeropuerto, quince años atrás,
con un manoseado libro de Melville y una carta escrita con tinta morada sobre
papel de bagazo.
–Te envidio. Vas a conocer la nieve antes que yo –fue lo último
que te dijo, después de abrazarte y darte un beso tembloroso en la mejilla.
El libro, Moby Dick, fue el primero que leyeron
juntos, encaramados en la azotea de la casa de ella, bajo la sombra de una frondoso
mango. Todavía lo conservas,
en la biblioteca de tu apartamento de Coral Gables, uno de los tesoros más
preciados de tu juventud. La carta, en cambio, la has perdido. No pudiste leerla
hasta que el avión tomó altura y te secaste las lágrimas
de la despedida en el compartimento del baño.
“Adiós Flaco, mi cómplice, mi amigo del alma”,
decía. “Hoy
comienzas una nueva vida y yo me alegro por ti. Ahora podrás viajar, ver
el mundo, hacer realidad tus sueños. Ve poco
a poco y cuídate mucho.
Eres demasiado confiado y las personas se aprovechan de ti. Experimenta, entrégate
a los impulsos de tu corazón, pero con cautela. Y pase lo que pase no
me olvides. No te lo perdonaría. Yo, cuando la mata de mango florezca
de nuevo, subiré sola a la azotea a leer un libro y a pensar en ti. Y
cuando mi cuerpo esté cubierto de hojas secas y polen, besaré cada
uno de mis recuerdos tuyos, para mantenerlos vivos. Tu Ana Mary”.
–Mark, this is my friend Rolly –te presenta tu amiga en la espaciosa
cocina.
El marido, alto, pelirrojo, al menos diez años mayor que ella, te sonríe
con expresión porcina. Tiene puesto un delantal verde, con un par de iniciales
bordadas en dorado, sobre una camisa a cuadros y pantalones de lana. Deja la
cuchara de madera sobre la mesa cubierta de azulejos italianos antes de extenderte
la mano grasienta.
–I’m very pleased to meet you, Rolly –dice con acento sureño,
y agrega, en un español dolorosamente ensayado–. Mi sposa me habla
mussho de tú.
–Very pleased to meet you too, Mark –respondes en tu inglés
fluido, tu mano asfixiada en la pezuña del gringo.
–Mark no habla mucho español, pero entiende bastante –aclara
Ana Mary.
El esposo asiente orgulloso mientras levanta la tapa de una olla. Su cara, suspendida
en una densa nube de vapor, cada vez se te parece más a la de un cerdo
premiado en una feria agrícola.
–Qué bien –concedes.
–Y cocina muy rico. La verdad que me gané la lotería con él.
Insistió en cocinar para ti. Le dio el día libre a la mujer de
servicio para encargarse de todo.
–Yeah. Yo cocinar aros con pollo, Rolly.
En tu honoor.
El intenso aroma dulzón del arroz con pollo, que has odiado siempre, te
revuelve el estómago vacío y te hace casi irrespirable el aire
de la cocina.
–El honor es mío, Mark –dices por cortesía–.
Pero no debió molestarse.
–No molestia. Los amigoss de mi sposa
son mis amigoss.
La entonación afectada, y la frase manida, te golpean. Va a ser una velada
larga y aburrida, piensas resignado, y vuelves a arrepentirte de haber venido.
–Honey –interrumpe con instinto práctico Ana Mary–.
Rolly debe de estar cansado del viaje y querrá darse una ducha y cambiarse
antes de comer…
–Oh, claaro, honey.
Show him to the
guest room.
El cuarto de los huéspedes es ordenado y limpio, pero demasiado espacioso,
como todo en aquella casa fuera de proporciones.
–Espero que te guste –dice tu amiga, al tiempo que te pega los pechos
en la espalda.
La turbadora cercanía del cuerpo de Ana Mary no te impide notar que el
caro comforter de la cama queen,
magnífico en sí mismo, desentona
con las cortinas y con la alfombra. Las lámparas te parecen muy pequeñas.
Los cuadros de las paredes inapropiados. Los adornos de porcelana sobre la peinadora
estilo francés provençal, rematada
con una magnífica luna
ovalada, demasiado kitsch.
–Muy lindo todo –mientes.
–Bueno, te dejo para que te pongas cómodo.
Ana Mary se separa de ti. Cuando te volteas para verla salir, vagamente
excitado, tus ojos dibujan en el aire el suave balanceo de sus
caderas.
–Me parece mentira que te esté viendo de nuevo –agrega ella,
a manera de despedida, desde la puerta.
El gesto que acompaña la frase –se golpea la frente con una mano– es
al mismo tiempo teatral y sincero.
–A mí también me parece mentira –le haces eco.
La ducha, el agua a la temperatura más caliente que puede soportar tu
piel, te reanima enseguida y te quita la impresión de estar en el lugar
equivocado. Decides volver a afeitarte, más por disfrutar del ritual que
porque lo necesites. No te ves tan mal, piensas, mientras te miras de lado en
el espejo. Sólo tienes treintidós años y aunque nunca encuentras
tiempo para ir al gimnasio –que pagas religiosamente cada mes– apenas
se te ha acumulado un poco de grasa en la barriga. Tratas de imaginar cómo
lucías cuando te fue a despedir Ana Mary al aeropuerto. Un esfuerzo vano.
Nunca has sido capaz de memorizar mucho tiempo las imágenes de ti mismo.
Te zambulles no obstante, después de aplicar espuma de afeitar en tus
mejillas resecas, en una catarata de agradables recuerdos de tu infancia.
Aunque crecieron en casas contiguas en El Vedado, un barrio de clase media
de La Habana, no fue hasta que cumpliste los diez que comenzaron a tratarse.
Ella,
extrovertida y pendenciera, capaz de fulminar a todos los niños del barrio
con una sola de sus miradas, te intimidaba demasiado. Nunca te hubieras atrevido
a hablarle de no haber sido por el accidente feliz que los unió. Las bicicletas
que ambos montaban chocaron una tarde bajo un enorme almendro en flor. Tu caíste
de bruces contra el contén de la acera, te partiste un labio y comenzaste
a sangrar profusamente. Ella se asustó tanto con la sangre, y se sintió tan
culpable, que te acompañó con tu mamá al policlínico,
donde te dieron un par de puntos de sutura y te sacaron un diente de leche que
se te había aflojado. Esa misma noche fue a visitarte a tu casa. Llevaba
puesto un vestidito floreado, demasiado ancho, y unos toscos zapatos de varón,
pero te sonrió como nunca te había sonreído ninguna niña
y te trajo un libro de aventuras y un juego de parchís. Desde ese día,
se hicieron inseparables. Todas las tardes, después de la escuela, se
reunían en la casa de ella para jugar a los doctores (tú siempre
eras el paciente, claro), a los escondidos, a las damas chinas, a las adivinanzas.
Los domingos, cuando tenían más tiempo, ella prefería jugar
a los exploradores. A pesar de que sólo tenía un año más
que tú, se había leído casi todos los libros de Salgari,
de Verne, de Melville, de Zweig. Conocía los nombres y la localización
exacta de las islas más exóticas del Pacífico. El Caribe
de los conquistadores españoles y los corsarios ingleses le era tan familiar
como el barrio en que vivían. La insondable Africa no tenía secretos
para ella.
El día que subieron al Everest te preguntó: –¿Te gustaría
conocer la nieve? Es blanca, como la masa del coco, y fría como el hielo.
–Me encantaría –dijiste, a más de siete mil metros
de altura, jadeando por la falta de oxígeno y el tremendo esfuerzo de
imaginación.
–Un día vamos a conocerla juntos. Ya verás.
Desde que llegaste al exilio no habías vuelto a saber de Ana Mary. Le
escribiste un par de cartas al principio, llenas de frases cursis y nostálgicas,
y nunca recibiste respuesta. Luego la olvidaste. O más bien dejaste que
se hundiera en esa región de tu mente donde el aguijón de los sueños
y de las promesas compartidos dolían menos.
Hacía poco más de un año que se habían puesto en
contacto otra vez, por pura coincidencia. Ella leyó tu nombre en un artículo
del Washington Post sobre el intenso cabildeo
en el Congreso para levantar el embargo a Cuba. La reportera te citaba como
un profesor cubanoamericano de la
FIU, de la corriente “moderada” del exilio, que aunque favorecía
las sanciones económicas, abogaba por mayores contactos culturales con
la isla. Ana Mary consiguió tu teléfono a través de la reportera
del Post y te llamó una mañana a la Universidad. Desde entonces
se habían mantenido en contacto por teléfono, las más
de las veces por email.
Cuando te invitó a Boston, un par de semanas atrás, a conocer su
casa y a su esposo americano, te pareció natural aceptar. Estabas de vacaciones
y no tenías nada mejor que hacer que sacar a pasear a tu perra y terminar
el ensayo sobre la influencia de los ritos de santería en la literatura
cubana, que llevabas dos años escribiendo. Era finales de diciembre y
sabías que hacía mucho frío en Boston, por lo que le pediste
a un colega del norte que te prestara su ropa de invierno. El día que
llegaste, en efecto, había un frío inclemente, pero ni un copo
de nieve en el paisaje.
Un pulóver negro mangas largas y unos pantalones grises de gabardina te
parecen finalmente más apropiados para bajar a cenar –dado el lujo
del comedor que viste de pasada– que los jeans y la camisa polo a cuadros
que te pruebas primero. Ana Mary te recibe con una sonrisa encantadora, al pie
de la escalera. Se ha cambiado también y ahora luce un elegante vestido
negro que deja al descubierto sus hombros tersos y destaca con discreta audacia
su busto y su trasero. Lleva el cabello suelto, lo que sin duda la hace parecer
mayor, al tiempo que más sensual y femenina.
–Te ves muy bien Flaco –te dice con coquetería.
–Tú también. Estás espectacular. Ya no se te puede
decir Pitirre.
Los pechos de Ana Mary se inflan con el cumplido.
–Ven –dice satisfecha–. La mesa está servida.
El comedor, de un sobrio estilo victoriano, es el único espacio de aquella
casa donde se impone el buen gusto. Lo primero que llama tu atención es
el espejo dorado sobre el aparador de rojiza caoba cubana. Luego te fijas en
los óleos que adornan las paredes, sin duda de pintores ingleses, con
motivos de caza y animales domésticos. Uno de ellos, el más grande
de todos, entre dos sconces que lo iluminan delicadamente, recrea una jauría
de perros de presa tras una bandada de faisanes levantando el vuelo. En la magnífica
mesa central, también de caoba, caben diez comensales. Nunca, en tus habituales
recorridos por los mejores anticuarios de Miami, has visto tallas tan profundas
y realistas –un verdadero carnaval de hojas, enredaderas y flores tropicales– ni
una tapa de mármol de Verona tan exquisita. Un carrusel de fuentes de
crujientes tostones, plátanos fritos, yuca con mojo y coloridas ensaladas
de lechuga, pepino, tomate, rabanitos, berro y aguacate gira en torno al único
adorno de la mesa, un épergne en
plata y cristal labrado que sin duda ha costado una fortuna.
–No sabes lo difícil que fue conseguir el aguacate –comenta
con orgullo tu amiga, al observar que tus ojos se detienen en la mayor
de las ensaladeras.
–Me lo imagino. No debe ser fácil encontrar aguacates en Boston
en pleno invierno –dices, mientras admiras la araña de cristal
de roca que monta una guardia solemne sobre el comedor.
No has terminado de decir la frase cuando Mark hace su entrada triunfal.
Más
que un buen anfitrión con una bandeja humeante en las manos, parece un
sacerdote acercándose al altar con el sagrado cáliz.
–Here it is! –proclama el marido a toda voz– ¡El mejor
aros con pollo de Boston!
Aunque Mark, galante, insiste en que su esposa encabece la mesa, Ana Mary
logra convencerlo de que el honor le corresponde a él. Tú te alegras
de quedar frente a ella, para poder mirarla a tus anchas. Te sirves una montaña
de tostones y yuca, y apenas dejas espacio para un par de cucharadas del
arroz con pollo de Mark.
–Casi no te serviste arroz –protesta Ana Mary con un mohín.
–Es que no tengo mucha hambre. Nos dieron de comer en el avión –mientes.
La conversación, en inglés, es tan aburrida al principio como esperabas.
Mark comienza por contar cómo conoció a Ana Mary en su segundo
viaje a La Habana y cómo se enamoró de ella enseguida. Se casaron
en un bufete del Vedado y le tomó menos de un año sacarla de Cuba.
Luego descorcha la botella de vino y empieza a disertar con pasión
sobre las bondades del capitalismo. El es la prueba viviente, asegura,
de que en
Estados Unidos cualquiera puede hacerse millonario si se lo propone.
–Yo vengo de una familia pobre del Sur. Estudié con préstamos
del gobierno. A los veintitrés años, entré a trabajar como
oficinista en una firma de auditores. Me apreté el cinturón, ahorré cada
centavo que pude. Luego comencé a hacer pequeñas operaciones en
la bolsa. A los treinticinco había amasado suficiente dinero como
para abrir mi propia firma...
Tú pones tu mejor cara de admiración, mientras Ana Mary le
da una mordida a un muslo de pollo para disimular un bostezo.
–Hay que hacer sacrificios, claro. Sólo los que trabajan duro triunfan.
El capitalismo no se hizo para los hedonistas, ni para los perezosos.
Estás a punto de pararte y salir corriendo cuando tu amiga acude
en tu auxilio.
–Rolly, ¿te acuerdas del día que nos escapamos de la escuela
para irnos a jugar al Bosque de La Habana? –interrumpe bruscamente
a su marido.
Claro que te acuerdas. Te salvaste a duras penas de la embestida de una
manada de rinocerontes y de una tribu de hambrientos caníbales africanos, pero
no del cinturón de tu mamá, que te dio una buena pela por
haber llegado a la casa tarde y con el uniforme sucio.
–¿Y te acuerdas de la pareja que sorprendimos haciendo el amor? –insiste
ella con picardía.
Ya se estaba haciendo de noche. Estaban recostados a un árbol y él
sostenía un muslo de la mujer en su antebrazo mientras la penetraba. Ana
Mary y tú se acercaron lo más que pudieron, sigilosos, y se ocultaron
detrás de unos arbustos. El hombre, sin dejar de moverse, le desabotonó la
blusa a la mujer y comenzó a chuparle los pechos magníficos. Podías
escuchar perfectamente los jadeos de la pareja, al mismo tiempo que la respiración
acelerada de Ana Mary, su cara cómplice pegada a la tuya. Lo que ocurrió después
fue tan inesperado como inolvidable. Te volteaste inocentemente, para susurrarle
algo a tu amiga, y los labios de ambos se rozaron. El primer beso fue corto,
torpe, pero te dio ánimos para seguir adelante. Mientras la besabas de
nuevo, esta vez con más intensidad, tu mano se hundió temblorosa,
sin resistencia, bajo la falda escolar de Ana Mary, y avanzó sobre sus
muslos hasta rozar la humedad del fino blúmer de algodón.
–Nunca le había contado esta anécdota a Mark, aunque sí le
he hablado mucho de ti. ¿Verdad honey? –continúa
Ana Mary.
El marido asiente, solícito, entre dos mordidas a un tostón
crujiente.
–Estábamos jugando a los exploradores cuando los descubrimos. Ellos
no nos habían visto. Nos acercamos y nos escondimos detrás de unas
matas. Estaban medio desnudos, contra el tronco de un árbol gigantesco.
Rolly y yo nos quedamos petrificados. Era la primera vez que veíamos algo
así. Tratamos de no hacer ruido. Los estuvimos espiando un rato, hasta
que el tipo se volteó y nos descubrió. Furioso, gritó unas
groserías y comenzó a perseguir a Rolly por todo el parque. Nunca
vi tan asustado a mi pobre amigo. ¡Corría y saltaba entre los árboles
como un venado!
Mark, que ya ha vaciado tres copas, celebra la historia con una risotada.
Tú apenas
sonríes y exploras la mirada de Ana Mary. La expresión de su rostro,
sus ojos vivaces, no te dan ningún indicio de que también recuerde
la escaramuza erótica entre ustedes esa tarde, antes de que aquel bárbaro
rompiera el hechizo y comenzara a perseguirte.
–¿Y tú te acuerdas del día que fuiste a despedirme
al aeropuerto? –le preguntas, haciendo un esfuerzo heróico por no
mostrar ninguna emoción.
–Claro que me acuerdo. Como si hubiera sido ayer.
–¿Qué fue lo último que me dijiste?
Tu amiga hace un ceño involuntario y trata de ganar tiempo con la copa
de vino.
–Me dijiste que me envidiabas porque iba a conocer la nieve primero que
tú –la ayudas.
Los ojos de Ana Mary adquieren de pronto el mismo brillo de la tarde
en que subieron juntos al Everest.
–¡Verdad que sí, Flaco! Ahora me acuerdo.
–Pues te equivocaste, Pitirre –dices pausadamente–. Todavía
no he visto la nieve. Desde que salí de Cuba, sólo he vivido
en Miami. Y las veces que he viajado a Europa o a Nueva York siempre
ha sido en
verano.
–¡No puede ser! –exclama ella–. ¿Todos estos años
y no has conocido la nieve?
–Así es. Una vez más, aunque no lo creas, te me adelantaste.
Mark carraspea discretamente antes de intervenir en la conversación.
–Este año, por cierto, se ha atrasado la nieve en toda esta región
del país. Ha nevado un par de veces, pero poco, y se ha derretido enseguida.
A causa del fenómeno El Niño, sin dudas –dice.
Tu amiga y tú ignoran el comentario meteorológico de Mark y reanudan
enseguida la agradable charla nostálgica, que prosigue animada hasta que
unos buñuelos deliciosos ––única contribución
culinaria de Ana Mary al banquete– y un buen café espresso le
ponen fin a la cena.
Ya en tu cama del cuarto de huéspedes, bajo el cálido comforter,
le pasas revista a la larga velada. No la pasaste tan mal, después de
todo, te dices. Mark es un buen anfitrión y un hombre noble, aunque simplón
y aburrido. Ana Mary ha perdido el encanto rústico de su adolescencia,
su contagiosa rebeldía juvenil, pero se ha convertido en una mujer atractiva,
y sospechas que las comodidades de su actual vida burguesa no han ahogado del
todo su espíritu soñador.
El cansancio te vence y te quedas dormido casi enseguida, con la imagen
de tu mano avanzando entre los muslos de Ana Mary y el eco de la interrogante
que tantas
veces te has hecho: ¿Por qué no
me permitió besarla nunca
más? ¿Por qué no quiso que se repitiera lo que pasó esa
tarde entre nosotros?
* * *
Te despierta el sonido
de una campanilla. Ana Mary está frente a
tu cama, con una bandeja. Por unos segundos no caes en cuenta de que
estás
en ropa interior, como sueles dormir, y destapado. Una grosera erección
matutina te infla los calzoncillos. Avergonzado de pronto, te cubres.
Tu amiga finge no haber notado nada. Se acerca a ti y pone la bandeja
a tu
lado, sobre
la cama.
–La muchacha de servicio te iba a traer el desayuno –dice–.
Pero quise hacerlo yo misma.
–Gracias. No debiste molestarte.
–No es ninguna molestia, bobo.
El olor del café con leche y del bacon recién frito te seducen.
Te acomodas contra el respaldar de la cama. Sólo entonces te fijas bien
en Ana Mary. Viste ropa de gimnasio, ajustada al cuerpo. Acaba de hacer su workout matinal,
sin dudas. Las marcas de sudor alrededor de las axilas, los promontorios
de los pezones bajo el fino algodón del top,
te excitan.
–¿Y Mark? –preguntas casualmente.
–Salió temprano a trabajar, como siempre. Dice que lo esperemos
esta noche. Nos va a llevar a cenar.
Te estremeces de espanto ante la idea de otra cena con Mark y te
inclinas para tomar la bandeja del desayuno.
–Espera –te detiene Ana Mary–. Te tengo una sorpresa.
Se dirige a la ventana y descorre las cortinas. El sol llena de golpe la habitación.
Abre la ventana de par en par. Una corriente de aire helado, con olor
a pino, termina de despabilarte.
–¡Por fin vas a conocer la nieve! –te anuncia con júbilo
tu amiga–. No ha dejado de nevar desde la madrugada.
Te levantas de un brinco y te acercas a la ventana, olvidándote de Ana
Mary y de tu grosera erección. Un grueso manto blanco cubre
el techo del garaje frente a ti, el enorme patio de la casa, las mansiones
contiguas,
todo
el paisaje.
–¡Qué hermoso! –exclamas.
Ana Mary te deja disfrutar unos segundos de la experiencia antes de pegarse
a tu espalda.
–Un día vamos a conocer la nieve juntos –susurra en tu oreja
una voz adolescente–. Es blanca
como la masa del coco y fría
como el hielo.
Tú te volteas sorprendido y tus labios rozan sin proponérselo
los de ella. El beso es corto, torpe.
–Nunca olvidé aquella tarde en el Bosque de La Habana –te
jura ella, y vuelve a unir sus labios a los tuyos.
No es necesario que tu mano avance esta vez, porque las de Ana Mary
se adelantan, se deslizan expertas sobre tu nuca, por tu columna
vertebral, hasta tus nalgas.
Sientes intensificarse la respiración de ella, los jadeos de la pareja
contra el árbol. El hombre le desabotona la blusa a la mujer.
Ana Mary te toma una mano y la coloca sobre uno de sus pechos. Te
besa el cuello,
los
hombros. Se desviste.
Tú la tomas por las caderas y tratas de conducirla hacia la
cama. Ella se resiste.
–No. Aquí– ordena.
Obediente, la penetras contra el borde la ventana, con el deseo contenido
de dos décadas. No sientes el frío ni los copos de nieve que se derriten
en tu cara. Estás en la cima del Everest y comienza a faltarte la respiración.
Ana Mary, siempre en control, te pide que la voltees. Su cuerpo se inclina sobre
el borde de la ventana, el torso completamente afuera, las manos apoyadas en
el techo del garaje, el trasero firme a una altura perfecta frente a ti. Ahora
entras en ella por detrás, maravillado por los vellos dorados que surcan
su espalda. La sujetas por la cintura, para llegarle más adentro. Aceleras
el ritmo. Cuando sientes acercarse tu clímax, te contienes. Haces una
maniobra torpe y tu bicicleta choca bajo el almendro con la de Ana Mary. Están
en la azotea, bajo el frondoso mango, y ella te lee un capítulo de Mobby
Dick. La besas en el cuello. Tus manos
se deslizan lentamente por su espalda, sus hombros, sus brazos. Ya
estás cerca de tu objetivo. A unos centímetros,
apenas.
Dos golpes de pelvis más y explotas dentro de Ana Mary, justo
en el momento en que tus dedos alcanzan los de ella... y tocan por
primera vez
la nieve.