La ventana
Benigno Dou

Un sol radiante barniza los jardines y las sobrias fachadas de las casas, pero la garra inclemente del frío te aprisiona tan pronto te bajas del taxi frente a la mansión de tres plantas en las afueras de Boston. Avanzas con pasos apurados hasta la puerta de cristales ahumados. Dejas el maletín en el piso. Te quitas un guante con los dientes. Maldices en inglés. Tocas el timbre.

Debo estar loco, le dices al vapor de tu respiración, ¿para qué vine? Va a ser una decepción para los dos. Yo, soltero empedernido, barrigón, miope, medio calvo. Ella, casada, tal vez una gorda con el rostro embadurnado en maquillaje, peluca rubia, pestañas postizas. Hubiera sido mejor que ambos conserváramos nuestras imágenes cristalizadas en el ámbar generoso del pasado.

La mujer que te abre la puerta es delgada y sólo lleva un discreto toque de
rouge en los labios. Te recibe con una cálida sonrisa que te recuerda el cielo despejado de tu país.

–¡Por fin! ¡Qué gusto de verte, Flaco! –dice con naturalidad.

–¡Hola, Pitirre!– replicas en tu mejor tono casual, para demostrarle que eres el mismo y que también te acuerdas de su apodo de la infancia.

Se abrazan en el umbral como si sólo hubieran dejado de verse unos días. El abrazo es largo, emotivo. Tal vez un poco más que eso. Ni el abrigo ni el grueso suéter de ella te impiden sentir el ligero temblor de su cuerpo, los latidos acelerados de su corazón, la firmeza de sus senos contra tu pecho.

–Ya estaba preocupada –se suelta ella por fin–. Mark y yo te estábamos esperando desde las tres.

–El avión se retrasó, lo siento.

–Pasa. ¡Nos vamos a congelar aquí afuera!

Ella se adelanta por el amplio recibidor, decorado con más dinero que gusto. Mientras avanza, su figura se refleja en mil imágenes raudas de dorados espejos paralelos. Además del suéter rojo, viste pantalones negros ajustados y un par de botas de cuero hasta media pantorrilla. Notas que ha aprendido a caminar con la cadencia sensual, irresistible, de las mujeres caribeñas. La Ana Mary de tus recuerdos caminaba siempre como una guajira recién llegada a la capital, para no llamar la atención. Odiaba la ropa ajustada, las faldas cortas, los descotes, todo lo que resaltara su cuerpo en desarrollo. Estaba convencida de que sus piernas eran demasiado flacas, su trasero demasiado grande, su espalda demasiado huesuda, y hacía todo lo posible por disimular sus pechos pujantes.

Por lo demás, te dices aliviado, no parece haber cambiado mucho desde el día que fue a despedirte al aeropuerto, quince años atrás, con un manoseado libro de Melville y una carta escrita con tinta morada sobre papel de bagazo.
–Te envidio. Vas a conocer la nieve antes que yo –fue lo último que te dijo, después de abrazarte y darte un beso tembloroso en la mejilla.

El libro,
Moby Dick, fue el primero que leyeron juntos, encaramados en la azotea de la casa de ella, bajo la sombra de una frondoso mango. Todavía lo conservas, en la biblioteca de tu apartamento de Coral Gables, uno de los tesoros más preciados de tu juventud. La carta, en cambio, la has perdido. No pudiste leerla hasta que el avión tomó altura y te secaste las lágrimas de la despedida en el compartimento del baño.

“Adiós Flaco, mi cómplice, mi amigo del alma”
, decía. “Hoy comienzas una nueva vida y yo me alegro por ti. Ahora podrás viajar, ver el mundo, hacer realidad tus sueños. Ve poco a poco y cuídate mucho. Eres demasiado confiado y las personas se aprovechan de ti. Experimenta, entrégate a los impulsos de tu corazón, pero con cautela. Y pase lo que pase no me olvides. No te lo perdonaría. Yo, cuando la mata de mango florezca de nuevo, subiré sola a la azotea a leer un libro y a pensar en ti. Y cuando mi cuerpo esté cubierto de hojas secas y polen, besaré cada uno de mis recuerdos tuyos, para mantenerlos vivos. Tu Ana Mary”.

Mark, this is my friend Rolly –te presenta tu amiga en la espaciosa cocina.

El marido, alto, pelirrojo, al menos diez años mayor que ella, te sonríe con expresión porcina. Tiene puesto un delantal verde, con un par de iniciales bordadas en dorado, sobre una camisa a cuadros y pantalones de lana. Deja la cuchara de madera sobre la mesa cubierta de azulejos italianos antes de extenderte la mano grasienta.

–I’m very pleased to meet you, Rolly
–dice con acento sureño, y agrega, en un español dolorosamente ensayado–. Mi sposa me habla mussho de tú.

Very pleased to meet you too, Mark –respondes en tu inglés fluido, tu mano asfixiada en la pezuña del gringo.

–Mark no habla mucho español, pero entiende bastante –aclara Ana Mary.
El esposo asiente orgulloso mientras levanta la tapa de una olla. Su cara, suspendida en una densa nube de vapor, cada vez se te parece más a la de un cerdo premiado en una feria agrícola.

–Qué bien –concedes.

–Y cocina muy rico. La verdad que me gané la lotería con él. Insistió en cocinar para ti. Le dio el día libre a la mujer de servicio para encargarse de todo.

Yeah. Yo cocinar aros con pollo, Rolly. En tu honoor.

El intenso aroma dulzón del arroz con pollo, que has odiado siempre, te revuelve el estómago vacío y te hace casi irrespirable el aire de la cocina.

–El honor es mío, Mark –dices por cortesía–. Pero no debió molestarse.
–No molestia. Los
amigoss de mi sposa son mis amigoss.

La entonación afectada, y la frase manida, te golpean. Va a ser una velada larga y aburrida, piensas resignado, y vuelves a arrepentirte de haber venido.

Honey –interrumpe con instinto práctico Ana Mary–. Rolly debe de estar cansado del viaje y querrá darse una ducha y cambiarse antes de comer…

Oh, claaro, honey. Show him to the guest room.

El cuarto de los huéspedes es ordenado y limpio, pero demasiado espacioso, como todo en aquella casa fuera de proporciones.

–Espero que te guste –dice tu amiga, al tiempo que te pega los pechos en la espalda.

La turbadora cercanía del cuerpo de Ana Mary no te impide notar que el caro
comforter de la cama queen, magnífico en sí mismo, desentona con las cortinas y con la alfombra. Las lámparas te parecen muy pequeñas. Los cuadros de las paredes inapropiados. Los adornos de porcelana sobre la peinadora estilo francés provençal, rematada con una magnífica luna ovalada, demasiado kitsch.

–Muy lindo todo –mientes.

–Bueno, te dejo para que te pongas cómodo.

Ana Mary se separa de ti. Cuando te volteas para verla salir, vagamente excitado, tus ojos dibujan en el aire el suave balanceo de sus caderas.
–Me parece mentira que te esté viendo de nuevo –agrega ella, a manera de despedida, desde la puerta.

El gesto que acompaña la frase –se golpea la frente con una mano– es al mismo tiempo teatral y sincero.

–A mí también me parece mentira –le haces eco.

La ducha, el agua a la temperatura más caliente que puede soportar tu piel, te reanima enseguida y te quita la impresión de estar en el lugar equivocado. Decides volver a afeitarte, más por disfrutar del ritual que porque lo necesites. No te ves tan mal, piensas, mientras te miras de lado en el espejo. Sólo tienes treintidós años y aunque nunca encuentras tiempo para ir al gimnasio –que pagas religiosamente cada mes– apenas se te ha acumulado un poco de grasa en la barriga. Tratas de imaginar cómo lucías cuando te fue a despedir Ana Mary al aeropuerto. Un esfuerzo vano. Nunca has sido capaz de memorizar mucho tiempo las imágenes de ti mismo. Te zambulles no obstante, después de aplicar espuma de afeitar en tus mejillas resecas, en una catarata de agradables recuerdos de tu infancia.

Aunque crecieron en casas contiguas en El Vedado, un barrio de clase media de La Habana, no fue hasta que cumpliste los diez que comenzaron a tratarse. Ella, extrovertida y pendenciera, capaz de fulminar a todos los niños del barrio con una sola de sus miradas, te intimidaba demasiado. Nunca te hubieras atrevido a hablarle de no haber sido por el accidente feliz que los unió. Las bicicletas que ambos montaban chocaron una tarde bajo un enorme almendro en flor. Tu caíste de bruces contra el contén de la acera, te partiste un labio y comenzaste a sangrar profusamente. Ella se asustó tanto con la sangre, y se sintió tan culpable, que te acompañó con tu mamá al policlínico, donde te dieron un par de puntos de sutura y te sacaron un diente de leche que se te había aflojado. Esa misma noche fue a visitarte a tu casa. Llevaba puesto un vestidito floreado, demasiado ancho, y unos toscos zapatos de varón, pero te sonrió como nunca te había sonreído ninguna niña y te trajo un libro de aventuras y un juego de parchís. Desde ese día, se hicieron inseparables. Todas las tardes, después de la escuela, se reunían en la casa de ella para jugar a los doctores (tú siempre eras el paciente, claro), a los escondidos, a las damas chinas, a las adivinanzas. Los domingos, cuando tenían más tiempo, ella prefería jugar a los exploradores. A pesar de que sólo tenía un año más que tú, se había leído casi todos los libros de Salgari, de Verne, de Melville, de Zweig. Conocía los nombres y la localización exacta de las islas más exóticas del Pacífico. El Caribe de los conquistadores españoles y los corsarios ingleses le era tan familiar como el barrio en que vivían. La insondable Africa no tenía secretos para ella.

El día que subieron al Everest te preguntó: –¿Te gustaría conocer la nieve? Es blanca, como la masa del coco, y fría como el hielo.

–Me encantaría –dijiste, a más de siete mil metros de altura, jadeando por la falta de oxígeno y el tremendo esfuerzo de imaginación.
–Un día vamos a conocerla juntos. Ya verás.

Desde que llegaste al exilio no habías vuelto a saber de Ana Mary. Le escribiste un par de cartas al principio, llenas de frases cursis y nostálgicas, y nunca recibiste respuesta. Luego la olvidaste. O más bien dejaste que se hundiera en esa región de tu mente donde el aguijón de los sueños y de las promesas compartidos dolían menos.

Hacía poco más de un año que se habían puesto en contacto otra vez, por pura coincidencia. Ella leyó tu nombre en un artículo del
Washington Post sobre el intenso cabildeo en el Congreso para levantar el embargo a Cuba. La reportera te citaba como un profesor cubanoamericano de la FIU, de la corriente “moderada” del exilio, que aunque favorecía las sanciones económicas, abogaba por mayores contactos culturales con la isla. Ana Mary consiguió tu teléfono a través de la reportera del Post y te llamó una mañana a la Universidad. Desde entonces se habían mantenido en contacto por teléfono, las más de las veces por email.

Cuando te invitó a Boston, un par de semanas atrás, a conocer su casa y a su esposo americano, te pareció natural aceptar. Estabas de vacaciones y no tenías nada mejor que hacer que sacar a pasear a tu perra y terminar el ensayo sobre la influencia de los ritos de santería en la literatura cubana, que llevabas dos años escribiendo. Era finales de diciembre y sabías que hacía mucho frío en Boston, por lo que le pediste a un colega del norte que te prestara su ropa de invierno. El día que llegaste, en efecto, había un frío inclemente, pero ni un copo de nieve en el paisaje.

Un pulóver negro mangas largas y unos pantalones grises de gabardina te parecen finalmente más apropiados para bajar a cenar –dado el lujo del comedor que viste de pasada– que los jeans y la camisa polo a cuadros que te pruebas primero. Ana Mary te recibe con una sonrisa encantadora, al pie de la escalera. Se ha cambiado también y ahora luce un elegante vestido negro que deja al descubierto sus hombros tersos y destaca con discreta audacia su busto y su trasero. Lleva el cabello suelto, lo que sin duda la hace parecer mayor, al tiempo que más sensual y femenina.

–Te ves muy bien Flaco –te dice con coquetería.

–Tú también. Estás espectacular. Ya no se te puede decir Pitirre.

Los pechos de Ana Mary se inflan con el cumplido.

–Ven –dice satisfecha–. La mesa está servida.

El comedor, de un sobrio estilo victoriano, es el único espacio de aquella casa donde se impone el buen gusto. Lo primero que llama tu atención es el espejo dorado sobre el aparador de rojiza caoba cubana. Luego te fijas en los óleos que adornan las paredes, sin duda de pintores ingleses, con motivos de caza y animales domésticos. Uno de ellos, el más grande de todos, entre dos sconces que lo iluminan delicadamente, recrea una jauría de perros de presa tras una bandada de faisanes levantando el vuelo. En la magnífica mesa central, también de caoba, caben diez comensales. Nunca, en tus habituales recorridos por los mejores anticuarios de Miami, has visto tallas tan profundas y realistas –un verdadero carnaval de hojas, enredaderas y flores tropicales– ni una tapa de mármol de Verona tan exquisita. Un carrusel de fuentes de crujientes tostones, plátanos fritos, yuca con mojo y coloridas ensaladas de lechuga, pepino, tomate, rabanitos, berro y aguacate gira en torno al único adorno de la mesa, un
épergne en plata y cristal labrado que sin duda ha costado una fortuna.

–No sabes lo difícil que fue conseguir el
aguacate –comenta con orgullo tu amiga, al observar que tus ojos se detienen en la mayor de las ensaladeras.
–Me lo imagino. No debe ser fácil encontrar aguacates en Boston en pleno invierno –dices, mientras admiras la araña de cristal de roca que monta una guardia solemne sobre el comedor.

No has terminado de decir la frase cuando Mark hace su entrada triunfal. Más que un buen anfitrión con una bandeja humeante en las manos, parece un sacerdote acercándose al altar con el sagrado cáliz.

Here it is! –proclama el marido a toda voz– ¡El mejor aros con pollo de Boston!

Aunque Mark, galante, insiste en que su esposa encabece la mesa, Ana Mary logra convencerlo de que el honor le corresponde a él. Tú te alegras de quedar frente a ella, para poder mirarla a tus anchas. Te sirves una montaña de tostones y yuca, y apenas dejas espacio para un par de cucharadas del arroz con pollo de Mark.

–Casi no te serviste arroz –protesta Ana Mary con un mohín.

–Es que no tengo mucha hambre. Nos dieron de comer en el avión –mientes.
La conversación, en inglés, es tan aburrida al principio como esperabas. Mark comienza por contar cómo conoció a Ana Mary en su segundo viaje a La Habana y cómo se enamoró de ella enseguida. Se casaron en un bufete del Vedado y le tomó menos de un año sacarla de Cuba. Luego descorcha la botella de vino y empieza a disertar con pasión sobre las bondades del capitalismo. El es la prueba viviente, asegura, de que en Estados Unidos cualquiera puede hacerse millonario si se lo propone.

–Yo vengo de una familia pobre del Sur. Estudié con préstamos del gobierno. A los veintitrés años, entré a trabajar como oficinista en una firma de auditores. Me apreté el cinturón, ahorré cada centavo que pude. Luego comencé a hacer pequeñas operaciones en la bolsa. A los treinticinco había amasado suficiente dinero como para abrir mi propia firma...

Tú pones tu mejor cara de admiración, mientras Ana Mary le da una mordida a un muslo de pollo para disimular un bostezo.

–Hay que hacer sacrificios, claro. Sólo los que trabajan duro triunfan. El capitalismo no se hizo para los hedonistas, ni para los perezosos.

Estás a punto de pararte y salir corriendo cuando tu amiga acude en tu auxilio.

–Rolly, ¿te acuerdas del día que nos escapamos de la escuela para irnos a jugar al Bosque de La Habana? –interrumpe bruscamente a su marido.

Claro que te acuerdas. Te salvaste a duras penas de la embestida de una manada de rinocerontes y de una tribu de hambrientos caníbales africanos, pero no del cinturón de tu mamá, que te dio una buena pela por haber llegado a la casa tarde y con el uniforme sucio.

–¿Y te acuerdas de la pareja que sorprendimos haciendo el amor? –insiste ella con picardía.

Ya se estaba haciendo de noche. Estaban recostados a un árbol y él sostenía un muslo de la mujer en su antebrazo mientras la penetraba. Ana Mary y tú se acercaron lo más que pudieron, sigilosos, y se ocultaron detrás de unos arbustos. El hombre, sin dejar de moverse, le desabotonó la blusa a la mujer y comenzó a chuparle los pechos magníficos. Podías escuchar perfectamente los jadeos de la pareja, al mismo tiempo que la respiración acelerada de Ana Mary, su cara cómplice pegada a la tuya. Lo que ocurrió después fue tan inesperado como inolvidable. Te volteaste inocentemente, para susurrarle algo a tu amiga, y los labios de ambos se rozaron. El primer beso fue corto, torpe, pero te dio ánimos para seguir adelante. Mientras la besabas de nuevo, esta vez con más intensidad, tu mano se hundió temblorosa, sin resistencia, bajo la falda escolar de Ana Mary, y avanzó sobre sus muslos hasta rozar la humedad del fino blúmer de algodón.

–Nunca le había contado esta anécdota a Mark, aunque sí le he hablado mucho de ti. ¿Verdad
honey? –continúa Ana Mary.

El marido asiente, solícito, entre dos mordidas a un tostón crujiente.

–Estábamos jugando a los exploradores cuando los descubrimos. Ellos no nos habían visto. Nos acercamos y nos escondimos detrás de unas matas. Estaban medio desnudos, contra el tronco de un árbol gigantesco. Rolly y yo nos quedamos petrificados. Era la primera vez que veíamos algo así. Tratamos de no hacer ruido. Los estuvimos espiando un rato, hasta que el tipo se volteó y nos descubrió. Furioso, gritó unas groserías y comenzó a perseguir a Rolly por todo el parque. Nunca vi tan asustado a mi pobre amigo. ¡Corría y saltaba entre los árboles como un venado!

Mark, que ya ha vaciado tres copas, celebra la historia con una risotada. Tú apenas sonríes y exploras la mirada de Ana Mary. La expresión de su rostro, sus ojos vivaces, no te dan ningún indicio de que también recuerde la escaramuza erótica entre ustedes esa tarde, antes de que aquel bárbaro rompiera el hechizo y comenzara a perseguirte.

–¿Y tú te acuerdas del día que fuiste a despedirme al aeropuerto? –le preguntas, haciendo un esfuerzo heróico por no mostrar ninguna emoción.

–Claro que me acuerdo. Como si hubiera sido ayer.

–¿Qué fue lo último que me dijiste?

Tu amiga hace un ceño involuntario y trata de ganar tiempo con la copa de vino.
–Me dijiste que me envidiabas porque iba a conocer la nieve primero que tú –la ayudas.

Los ojos de Ana Mary adquieren de pronto el mismo brillo de la tarde en que subieron juntos al Everest.

–¡Verdad que sí, Flaco! Ahora me acuerdo.

–Pues te equivocaste, Pitirre –dices pausadamente–. Todavía no he visto la nieve. Desde que salí de Cuba, sólo he vivido en Miami. Y las veces que he viajado a Europa o a Nueva York siempre ha sido en verano.
–¡No puede ser! –exclama ella–. ¿Todos estos años y no has conocido la nieve?
–Así es. Una vez más, aunque no lo creas, te me adelantaste.

Mark carraspea discretamente antes de intervenir en la conversación.
–Este año, por cierto, se ha atrasado la nieve en toda esta región del país. Ha nevado un par de veces, pero poco, y se ha derretido enseguida. A causa del fenómeno El Niño, sin dudas –dice.

Tu amiga y tú ignoran el comentario meteorológico de Mark y reanudan enseguida la agradable charla nostálgica, que prosigue animada hasta que unos buñuelos deliciosos ––única contribución culinaria de Ana Mary al banquete– y un buen café
espresso le ponen fin a la cena.

Ya en tu cama del cuarto de huéspedes, bajo el cálido
comforter, le pasas revista a la larga velada. No la pasaste tan mal, después de todo, te dices. Mark es un buen anfitrión y un hombre noble, aunque simplón y aburrido. Ana Mary ha perdido el encanto rústico de su adolescencia, su contagiosa rebeldía juvenil, pero se ha convertido en una mujer atractiva, y sospechas que las comodidades de su actual vida burguesa no han ahogado del todo su espíritu soñador.

El cansancio te vence y te quedas dormido casi enseguida, con la imagen de tu mano avanzando entre los muslos de Ana Mary y el eco de la interrogante que tantas veces te has hecho:
¿Por qué no me permitió besarla nunca más? ¿Por qué no quiso que se repitiera lo que pasó esa tarde entre nosotros?


* * *

Te despierta el sonido de una campanilla. Ana Mary está frente a tu cama, con una bandeja. Por unos segundos no caes en cuenta de que estás en ropa interior, como sueles dormir, y destapado. Una grosera erección matutina te infla los calzoncillos. Avergonzado de pronto, te cubres. Tu amiga finge no haber notado nada. Se acerca a ti y pone la bandeja a tu lado, sobre la cama.

–La muchacha de servicio te iba a traer el desayuno –dice–. Pero quise hacerlo yo misma.

–Gracias. No debiste molestarte.

–No es ninguna molestia, bobo.

El olor del café con leche y del
bacon recién frito te seducen. Te acomodas contra el respaldar de la cama. Sólo entonces te fijas bien en Ana Mary. Viste ropa de gimnasio, ajustada al cuerpo. Acaba de hacer su workout matinal, sin dudas. Las marcas de sudor alrededor de las axilas, los promontorios de los pezones bajo el fino algodón del top, te excitan.

–¿Y Mark? –preguntas casualmente.

–Salió temprano a trabajar, como siempre. Dice que lo esperemos esta noche. Nos va a llevar a cenar.

Te estremeces de espanto ante la idea de otra cena con Mark y te inclinas para tomar la bandeja del desayuno.

–Espera –te detiene Ana Mary–. Te tengo una sorpresa.

Se dirige a la ventana y descorre las cortinas. El sol llena de golpe la habitación. Abre la ventana de par en par. Una corriente de aire helado, con olor a pino, termina de despabilarte.

–¡Por fin vas a conocer la nieve! –te anuncia con júbilo tu amiga–. No ha dejado de nevar desde la madrugada.

Te levantas de un brinco y te acercas a la ventana, olvidándote de Ana Mary y de tu grosera erección. Un grueso manto blanco cubre el techo del garaje frente a ti, el enorme patio de la casa, las mansiones contiguas, todo el paisaje.
–¡Qué hermoso! –exclamas.

Ana Mary te deja disfrutar unos segundos de la experiencia antes de pegarse a tu espalda.

–Un día vamos a conocer la nieve juntos
–susurra en tu oreja una voz adolescente–. Es blanca como la masa del coco y fría como el hielo.

Tú te volteas sorprendido y tus labios rozan sin proponérselo los de ella. El beso es corto, torpe.

–Nunca olvidé aquella tarde en el Bosque de La Habana –te jura ella, y vuelve a unir sus labios a los tuyos.

No es necesario que tu mano avance esta vez, porque las de Ana Mary se adelantan, se deslizan expertas sobre tu nuca, por tu columna vertebral, hasta tus nalgas. Sientes intensificarse la respiración de ella, los jadeos de la pareja contra el árbol. El hombre le desabotona la blusa a la mujer. Ana Mary te toma una mano y la coloca sobre uno de sus pechos. Te besa el cuello, los hombros. Se desviste.

Tú la tomas por las caderas y tratas de conducirla hacia la cama. Ella se resiste.
–No. Aquí– ordena.

Obediente, la penetras contra el borde la ventana, con el deseo contenido de dos décadas. No sientes el frío ni los copos de nieve que se derriten en tu cara. Estás en la cima del Everest y comienza a faltarte la respiración. Ana Mary, siempre en control, te pide que la voltees. Su cuerpo se inclina sobre el borde de la ventana, el torso completamente afuera, las manos apoyadas en el techo del garaje, el trasero firme a una altura perfecta frente a ti. Ahora entras en ella por detrás, maravillado por los vellos dorados que surcan su espalda. La sujetas por la cintura, para llegarle más adentro. Aceleras el ritmo. Cuando sientes acercarse tu clímax, te contienes. Haces una maniobra torpe y tu bicicleta choca bajo el almendro con la de Ana Mary. Están en la azotea, bajo el frondoso mango, y ella te lee un capítulo de
Mobby Dick. La besas en el cuello. Tus manos se deslizan lentamente por su espalda, sus hombros, sus brazos. Ya estás cerca de tu objetivo. A unos centímetros, apenas.

Dos golpes de pelvis más y explotas dentro de Ana Mary, justo en el momento en que tus dedos alcanzan los de ella... y tocan por primera vez la nieve.


Benigno Dou, poeta, traductor, periodista. Es el jefe de redacción del diario El Nuevo Herald, de Miami. Ha publicado, entre otros libros de poesía, Frente al espejo purificador, Torre de Papel, 1997, y la novela Luna rota, Planeta, 2002. El cuento La ventana pertenece a su libro inédito La bodega de Sade.

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Al Feldstein, 1947