
Sobre
la colonia japonesa
Carlos
A. Aguilera
Llegamos a la colonia japonesa
un día de mucho frío.
Si después de haber recorrido China alguien pensara que lo ha visto
todo: el todo que la república constantemente se encarga de “vender”,
estaría cayendo en una trampa. La colonia es tan fascinante como
la república e igual de complicada. En ella, toda lectura rápida,
es un error...
La colonia es un hueco. No un hueco mental / ontológico, tal y como
se sobreentiende esta palabra en occidente, sino un hueco: una jaula hundida
y entre montañas; sin aire.
Sus vías de acceso son casi nulas. Los chinos para evitar una invasión
han dinamitado las carreteras que conectaban la colonia con antiguas ciudades,
y ahora alrededor de ésta sólo hay destrucción: pedazos
de puente, fango.
De hecho, ni siquiera hay árboles...
Los pocos que habían han sido talados (“esto facilita la vigilancia” farfulló Gran
Mongol) y aún se ven a lo lejos antiguos muñones ennegrecidos
o triturados a ras de suelo; acción que nos llamó poderosamente
la atención por lo difícil y disfuncional que resultaba y
nos hizo estar largo rato en silencio. Cuando preguntamos, Gran Mongol
sonrió.
Otra de las cosas “cómicas” es el elevador: de madera,
con plataforma rústica y tres japoneses abajo halando...
Es utilizado solamente para visitas importantes —dijeron con rostro
serio, y está estrictamente controlado por la república:
Sin permiso nadie puede bajar o subir... Hasta donde averiguamos está prohibido
que algún habitante de la colonia penetre en ellos, y posee a pocos
metros tres vigilantes que lo observan día y noche. Es la vía
más fácil para escapar a la república.
Por ejemplo, el día que llegamos había cuatro heridos: días
después comentábamos las hermosas fotos que hubieran salido
de uno de ellos con dos tiros en el ojo, y por mucho que intentamos convencer
a Gran Mongol de que negociara para que fueran evacuados a algún
hospital éste se negó: Ensucian el suelo del elevador...
fue su única respuesta.
Pero como uno de los vigilantes explicó, esto es lo menos importante.
Cuando todo se pone grave: la vida, el aire, las montañas, los japoneses...,
la república utiliza un helicóptero especial y sacaenvía
nuevos refuerzos. Después de cuatro meses —gruñó,
todo “emisario de la república” ya se encuentra demasiado
cargado para permanecer aquí, e hizo un gesto de déjenme
ver el elevador.
Cosa que nos confundió aún más: sus palabras no el
gesto, y nos sumió en una especie de indirección. Nuestras
preguntas intentaban averiguar por los japoneses.
Lo primero que asombra de la colonia es su paisaje: un enmarañamiento
de construcciones de barro con un edificio de quince pisos en el centro
y una estrella gorda encima. Después, el trazado simétrico
de sus calles.
Según una foto antigua, tirada precisamente desde la montaña
por donde se encuentra la puerta 1, esta uniformidad fue elaborada cuando
a pocos años de gobierno Mao declaró a la colonia “enemiga
visceral de toda y la más completa tradición china”,
mandó al pueblo a echar tierra sobre las montañas que rodean
a la colonia: en una semana ascendieron más de 300 metros, y a fundir
unos enchapados especiales para evitar que éstas decrecieran de
nuevo. Por lo que se ve las callecitas eran totalmente caóticas
y el lugar parecía mucho más pequeño de lo que semeja
hoy.
Cuando sacamos una lupa para escudriñar la foto, replicaron: Se
reproducen como ratas...
La colonia se ha ensanchado voluminosamente: entre la imagen de la foto
y la “real” apenas hay semejanzas, y por escasez de espacio
los japoneses han tenido que ir abriendo huecos en los laterales para
de esta manera irse amontonando y sobrevivir.
La policía de colonia vigila con atención estos “huecos” y
cada cierto tiempo desaloja a familias enteras y obliga a los japoneses
a reponer la tierra. Pero estas operaciones sólo se hacen de cuando
en cuando y por lo general no importan a nadie. Un hueco, aseguraron varias
mujeres, siempre es lo más fácil de rehacer.
Hablaron de cómo era peor para ellas perder los objetos personales
en cada nueva mudanza, y cómo ya no tenían porcelanas ni
fotos de sus maridos/hijos muertos.
A lo que Gran Mongol hizo un chasquido fuerte con la boca y se echó a
reír. Dijo: Vamos, aún nos queda toda la belleza de la
colonia por delante...
Asentimos.
Edificio central
El edificio central es la cárcel más pintoresca de todo el
norte-centro de China. Fue levantada en sólo cinco años gracias
al ahorro del “diezmo” que los japoneses pagan semestralmente
a la república, y tiene una estrella giratoria con reflectores
nocturnos en el techo.
Como esta estrella queda a la altura exacta del borde más pequeño
de montaña, es uno de los espectáculos que en esta zona vale
la pena, con cintas de colores a sus lados y una base movible donde según
los reflectores la estrella aparecedesaparece, da vueltas...; por lo que
señalaron, los japoneses viven orgullosos de su monumento y ya han
escritos varios libros sobre el significado de esta construcción
y su diferencia con patrimonios similares en la zona este del país.
Para ellos, en occidente sólo algo así como la torre de televisión
de Berlin tiene una fuerza similar.
Lo que más llama la atención en este edificio es su diseño,
en forma de M y con varias terrazas alrededor llenas de flores rojas.
Si a un occidentalis preguntáramos cuál es la forma perfecta
para un presidio con muchas personas dentro, respondería que una
donde todos puedan ser mirados y a la vez todos se vigilen entre sí,
de manera que hacia cualquier parte el recluso sienta encima el martillito
de la Ley; pero en la república piensan que esta idea es descarnada —o
aberrada, aquí no entendimos bien— y que una “población” puede
sufrir más de esta forma que creándole la ilusión
de que son libres o por lo menos tienen privacidad.
Preferimos la forma M, cacarearon. Es mucho más estética...
De hecho, desde la montaña más alta esa M gigante con su
estrella de plástico y sus reflectores en movimiento valía
por sí misma todo el trabajo que pasamos para llegar aquí.
En la colonia todos los presos son políticos.
No porque como en otros lugares hayan exterminado a una pequeña
delincuencia civil: asaltos callejeros, robos y puertas semirrotas, maltratos
domésticos..., sino porque no han sido diseñadas leyes contra
esto: las autoridades de la república lo asumen como característica
del japonés nativo, e incluso cuando es atrapado alguien (por ejemplo;
el famoso caso del Raskolnikov de U., que mató a una vieja para
robarle la vajilla de porcelana que había conservado de sus antepasados
y con un hacha picó su cabeza en 3 pedazos...) es juzgado como caso
político, alguien que ha desafiado el control-estado y ha incumplido
el código de “moral y ciudadanía”.
Pero dentro de la colonia estos casos pueden considerarse atípicos;
y por lo general la “población” del edificio central
pertenece a otras ciudades, condenados entre otras cosas a olvidar-para-siempre-su-lugar-de-origen.
Cuando recorrimos varios paneles de este edificio observamos que las
condiciones eran muy buenas, con cubículos medianos e higiénicos, y los “inquilinos” miraban
con un rostro más bien alegre, sin gritarnos cosas o exigir que
le avisáramos en tal ciudad a algún amigo o familia. Al contrario,
se comportaban de manera tranquila, como el animal que sabe que toda educación
para que dé frutos tiene que ser dolorosa.
Dos presos modelos, la población penal tiene varias categorías
según su propio comportamiento, nos explicaron las maneras en que
funcionaba el proyecto regenerativo: “que los volvería a hacer
pensar como hombres en sociedad”, y los diferentes documentales y
charlas sobre realidad china que le daban algunos días a la semana.
Cuando preguntamos cual fue el último que vieron, gritaron: ¡¡Mao
es la encarnación de la patria!!
Por supuesto, el personal administrativo empezó a aplaudir.
Otras de las cosas interesantes fueron las Salas tecnológicas,
con varios equipos de voltaje apretados contra la pared y muchas sillas,
camas,
mesitas de color blanco, correas, etc.
Los mismos presos explicaron como en tiempo libre podían ir allí,
aún no se había terminado de construir, y armardesarmar equipos
e incluso inventar otros. La administración del edificio había
comprado lo necesario para que todos pudieran desarrollar su ingenio y
hacer lo que en otro lugar nunca podrían. Al interesarnos en las
camas: unas al lado de otras y todas junto a los equipos de voltaje, tartamudearon
un poco pero aseguraron que tenía que ver con el sueño/la
creatividad: si una persona se agota ahí puede descansar un poco...
Con lo que el personal administrativo movió de nuevo acertivamente
la cabeza y rompió a aplaudir.
Después de darnos un recorrido por los sótanos confeccionaron
una ceremonia donde nos entregaron La llave dorada del edificio, “con
la que simbólicamente podrán abrir todas las puertas”,
y una corona de flores escogida por la presa más antigua del lugar.
Es el símbolo del regreso, gritó, para que desmientan todas
las calumnias que se levantan sobre nuestra colonia. A lo que aseguramos
que haríamos lo posible y tiramos fotos, recogimos información,
etc.
Ya afuera, junto al director del edificio, vimos como muchas manos por
las ventanas más altas se asomaban y hacían un gesto inclasificable:
el dedo del medio muy estirado y todos los demás alrededor en forma
de puño.
Según Gran Mongol, es la manera en la colonia de “gritar” sentimentalmente
adiós.
Raskolnikov de U.
El caso Raskolnikov de U. ha sido uno de los más comentados en
la colonia.
No sólo porque Raskolnikov, nombrado así entre sus amigos por
su afición a la literatura, haya confesado después de nueve meses
cómo poco a poco fue comprendiendo la única “solución
moderna”: matar, matar, matar, dijo en el juicio apretándose la
cabeza..., y así hacer un regalo “honorable” a su novia,
sino por el hermetismo que mostró después de consumar el acto
y lo inencontrable que fue durante meses el arma con el que descorchó a
la vieja, exactamente un pequeño cuchillito de pelar papas y la vajilla
de porcelana que sacó de su cuarto.
La madre de Raskolnikov, todos lo sabían, no había sobrevivido
al parto y después de pasar toda su infancia entre instituciones e instituciones
[Raskolnikov, claro...], “esta pobre señora ahora muerta, residente
de U., y reconocida en su comunidad por su voluntad filantrópica, rostro
afable” se había hecho cargo de él y lo había
alojado en su casa, ofrecido atenciones...
Lo curioso es que este Raskolnikov, a diferencia del personaje de Dostoievskii,
fue arrastrando en su pulsión de culpa a diferentes personas: la novia,
el padre de la novia, la hermanastra de la novia, los primos más pequeños
de la novia..., y convenciéndolos de que matar: enfrentarse al hecho
puro de la muerte como experiencia política era más beneficioso
que acumular “en silencio” tensiones por las necesidades constantes
de la vida en colonia.
Cosa que hizo que se fuera levantando poco a poco en diferentes zonas una
Hermandad: así llamaban a estas reuniones, e incluso intentaran editar un folletín
con textos especialmente escritos para cada edición. Edición
que contenía caricaturas de los hommes políticos de la república.
El primer y único número de este plegable: aunque se encontraron
otros dos semihechos, fue el que puso sobreaviso a la policía, que empezó a
atar cabos y fue arrestando poco a poco a todos los implicados hasta llegar
a Raskolnikov, que terminó mostrando el lugar donde había enterrado
la tetera/tazas de porcelana y el cuchillito sin filo (“cosa que explica
todos los verdugones en el cuello de la vieja”) envuelto en un pañuelo
verde con 3 manchitas de sangre.
En el juicio, Raskolnikov fue condenado a cadena perpetua en una cárcel
fuera de la colonia: la llamada milla de los internos, y entre otras cosas
fue hallado culpable de “fundar un partido que intentaba desestabilizar
a la república y destruir el fan hí del pueblo...”.
Por lo que aseguraron, aún debe estar pululando por algunas de las cárceles
de Shi.
Mercados ambulantes
Los mercados ambulantes son el símbolo del movimiento.
Funcionan sólo un día a la semana y nunca se conoce el lugar
donde se van a asentar: una especie de red interna informa a diferentes personas...,
ya que la república prohibe en todo su territorio este tipo de mercado
y los disuelve casi siempre con una operación policíaca o la
confiscación de todo lo que considera fetiches de venta.
Incluso, con mangueras de agua...
Las carpas bajo las que se refugian estos vendedores son color tierra con
flequitos ribeteados en oro y nadie, hicimos la pregunta a varias personas,
saben por
donde entran o salen. Constituyen una especie de secreto.
En ellos es donde único se pueden adquirir artículos de primera
necesidad: papel higiénico, aceite comestible, especias..., para sólo
citar algunos, y donde a veces aparecen objetos censurados incluso en la mayoría
de las ciudades chinas o en las 4 tiendas estatales de la colonia: alfombras
persas, estuches decorados con piedrecitas preciosas, retratos con figuras
occidentales, etc.
Por lo que explicó uno de los pocos puy’en amables que encontramos
el idioma de la colonia es una especie de jerigonza extraña: mitad japonés
mitad chino mitad otra cosa, y las negociaciones entre vendedor y usuario se
efectúan de manera muy rápida: un gesto, un pequeño reconocimiento
y el dinero. Siempre se corre el peligro de que caiga la policía.
Por lo que volvió a gimotear los japoneses de este lugar son gente muy
pacífica: nunca regatean, y casi siempre aceptan todo lo que el vendedor
sugiere. Por eso nos gusta arriesgarnos aquí, sentenció.
Los vendedores tienen rostros muy diferentes entre sí, incluso la forma
de cara revela la zona donde han nacido, y entre ellos mismos se gritan, palmotean
mucho. Cualquiera no acostumbrado pensaría que viven peleándose.
Sólo una cosa los une: a todos faltan los dos dientes de alante...
Cuando Gran Mongol tradujo nuestra pregunta el vendedor señaló su
encía y dijo que era una especie de “tatuaje político”.
La república cada vez que nos apresa saca esos dos dientes como castigo,
e hizo un gesto amplio como queriendo abarcar la colonia entera.
Habló de su experiencia en el sur: el sur es una especie de otra república;
y cómo este oficio le ha permitido moverse de un lugar a otro sin apasionarse
con ninguno: Si no “boxeas” te cogen, tirando dos pasillitos
y sonriendo.
Acción que combinó con la de desmontar rapidamente la tarima
y amarrar en unos trapos los relojitos y vasos que estaban en los alrededores
de la carpa. La cuestión es entrar y salir “bien” —graznó,
dando a entender que era la última frase de la tarde—, así nunca
te podrán detener...
A lo que nosotros aseveramos comprendiendo y nos fuímos.
A la noche, en el mismo lugar, no quedaba ni el más mínimo
rastro.
Guerra civil
La colonia vive dentro de la guerra civil.
El Sux Li Phom informa cómo por esta razón “un lugar como éste...” tiene
que estar perennemente vigilado, y cómo los japoneses se matan entre
sí devorando sus órganos genitales o lasquean a los muertos
en fosas a veces imposibles de encontrar.
Más de una vez ha tenido que incinerarse una mano o un pedazo de pie
por nunca hallársele correspondencia con el resto de otros cuerpos.
Según este periódico la guerra no deja estabilizar civilmente
a la colonia y reduce toda posibilidad de vida a miedo, sinsentido, superstición.
Diferentes zonas se enfrentan entre sí: la U con la A, la B con la
Z, la F con la J, y pactan alianzas que duran varias semanas hasta que alguien,
un soldado o ama de casa, viola los acuerdos y estas zonas se tirotean nuevamente,
lanzan bombas.
Según el director del periódico, un chino con labio leporino
cuyo rostro era en sí una mueca, estos acuerdos están casi siempre
basados en un poder simbólico: si un integrante del bando A canta una
canción diferente a la que ha pactado con el J entonces estos bandos
devienen enemigos e intentan cazarse entre ellos.
El delirio de esta guerrita está precisamente en el animal escogido —filosofeó el
Director del periódico. No porque tengan un fetiche de guerra; Canetti
y otros han estudiado como todas las mutas necesitan demarcar su territorio
con un animal al que estos grupos chupan su energía... —y se quedó con
el dedito en el aire—, sino porque el fetiche es siempre el tigre y para
diferenciarlo sólo quitan o incrustan una cabeza más.
Zona A: tigre de dos cabezas.
Zona B: tigre de siete cabezas.
Zona F: tigre de cuatro cabezas.
Zona J: tigre de nueve cabezas.
Zona U: tigre sin cabeza, con un puñal negro enterrado y una hilera
de gotas de sangre.
Zona Z: tigre de tres cabezas.
Para colmo todas las banderas con tigres son del mismo color; de manera que
a veces en algún enfrentamiento hay que detenerse y contar cuántas
cabezas tiene la bandera de uno y otro. Siempre se corre el peligro de tirotear
a la propia familia.
Los habitantes de cada zona están obligados a “pertenecer” y
a defender-del-otro su propia zona, y cuando los combates son más fuertes
no pueden perder tiempo en averiguar quién está delante o debajo.
Sencillamente matar.
É
sta es una de las razones por la que siempre los padres, hijos, sobrinos...
intentan vivir en comuna: unos muy cerca de otros y con un sistema de vida
donde se prohíban las diferencias, o apilándose dentro de un
hueco y ahí construyendo sus escaleras/literas colgantes para sobrevivir.
Varias veces la redelimitación de zonas ha sorprendido a todos en distintos
lugares y es ley que una vez que estás fuera ya no estás dentro.
Tus símbolos, canciones, fetiches a partir de ese momento cambian.
Lo curioso o idiota..., es que estos bandos no pelean por una ideología
determinada: hasta ahora ningún grupo o zona ha intentado levantarse
con el poder de la colonia; cosa que sería fatal según Labioleporino
ya que significaría la guerra con la república: “todo lo
contrario a esta vida relajada que la república en estos lugares proporciona...”,
sino por un antiguo entretenimiento nipón, el famoso juego del gongxhiuliú,
y por una nueva delimitación política de las zonas: quien a final
de año ostente más territorios es lógicamente más
fuerte y respetado. Tiene más poder.
Razón que nos pareció extremadamente compleja y nos hizo permanecer
un rato en silencio. Gran Mongol, que incluso siempre procura explicarnos las
cosas en detalles, no habló.
Los japoneses son como niños. Cada vez que están peleando intentan
devenir tigre de tres, nueve o siete cabezas según la disputa de turno,
y no es extraño entonces a mitad de la noche escuchar junto a tiritos
aislados diferentes rugidos que según ellos mismos recuerdan al tigre.
Lo que apuntó también el Director del periódico es que
este devenir es otra muestra de los atavismos japoneses: “cosa que la
república ya no sabe como erradicar”, y de la irracionalidad que
constantemente los gobierna. Los rugidos nunca deben ser nuevos en sí —dedito
nuevamente en el aire— sino intentar ser como el rugido originario, aquel
que dio el primer japonés cuando institucionalizó en la vida
diaria este juego.
Eso explica que muchos soldados anden con tapones de algodón en los
oídos, prosiguió, y a veces arresten a un “habitante” sólo
por abrir la boca, hacer muecas. Como no pueden escucharlo piensan que es una
contraseña y se lo llevan.
No obstante nadie pudo respondernos de dónde los japoneses sacan las
armas, ni cómo-dónde entrenan.
Sólo el periódico oficial conoce los detalles.
Seppuku
De todos los rituales japoneses el único que la república suscribe
legalmente es el seppuku.
No porque la república esté interesada en exterminar a los japoneses: “esto
siempre puede hacerse de otra manera...”, sino por la belleza militar
de este tipo de ceremonia y la necesidad insular de realizar mes tras mes lo
que ellos denominan acto étnico de pureza.
De hecho, a personas que se han negado a este acto la república misma
les ha cortado la cabeza enterrándolos previamente en la arena o encarcelado
en otra ciudad, provincia.
Pero esto casi nunca sucede —aclaró Labioleporino. Para los japoneses
es un honor ser destinado por el jefe de zona para un seppuku público,
y por lo que sugirió, muchas veces ellos mismos piden ser el próximo “héroe”.
Lo que no permiten son observadores foráneos. Cuando han existido han
sido impuestos por las circunstancias: gesto que refuerza el nacionalismo de
la colonia (2 periodistas polacos en colaboración con el servicio ruso,
el agente coreano), y éste nunca ha sido satisfactorio. Ha generado
más de un problema.
Hasta donde se ha descrito el ritual es el siguiente: varios militares sacan
a empellones a un japonés, lo obligan a agacharse sobre un mantel, tomar
un brebaje, pedir perdón en voz alta a la república, y encajarse
un cuchillo varias veces en el cuerpo.
Después, los mismos militares lo enrollan en una sábana y entierran.
Pero en realidad por lo que concluímos al hablar con varios funcionarios
esta información está distorsionada “y no deja traslucir
la armonía de los japoneses”. El ritual es así: la persona
elegida semanas antes por su comunidad tras haber realizado varios actos de
purificación y dialogado con sus antepasados camina a la palestra: una
tarima visible a metros de distancia con un tapetico blanco, se concentra invocando
una serie de frasecillas cortas, toma un té que le ha sido preparado
especialmente para la ocasión y encaja un cuchillo...
(“En silencio, con serenidad, con valentía.”)
Acto que le garantiza ser enterrado en el cementerio especial donde se encuentran “los
que han sucumbido ante el honor de la colonia”, y desde allí convivir
junto al resto de su familia.
Cuando preguntamos a los japoneses si esto era cierto no desmintieron nuestro
relato y señalaron hacia la montaña donde se encuentra el cementerio.
Chillaron, es la montaña de los que caminan más allá del
borde que señala la ley...
Por supuesto, sonreímos.
Archivos
Los archivos son el depósito sagrado de la colonia.
Desde ellos se observan los diferentes espacios de vida que se concentran
en ésta,
y su función consiste en almacenar datos, quitarponer fotos, desarrollar
evidencias. Si esto no fuera así —comenta Labioleporino, la colonia
resultaría aún más insegura de lo que ya es y no existirían
esperanzas de encarrilarla. Tendríamos que operar.
(Palabrita que reforzó pasándose el dedo por el cuello y estirando
la lengua...)
La “rutina de seguridad”, así la llaman, es como sigue:
cada persona narra diariamente sus actos cotidianos, ofrece descripciones de
lugares visitados el día anterior, “sujetos” con los que
sostuvo conversación, frasesillas de interés, etc.
Si alguien incumpliera este mandato sería encausado por traición-a-la-verdad
y ejecutado sin muchos trámites. “La república no puede
permitir la anarquía en su propia barriga...”
Como todo el mundo sabe, la colonia en un gran acto público quemó la
mayoría de los libros que narraban la Historia hasta ese momento: “esa
espantosa cabeza occidental del espantoso occidente”, y a mitad de los
sesenta adoptó esta nueva manera de pensarla. Mucho más lenta,
es verdad, pero también más exacta, sin margen a errores.
Los japoneses consideran que “con esta manera” han eliminado al
interlocutor, el que interpreta-compara datos fríamente, y así su
propia identidad está mucho más protegida, más cerca
de la naturaleza o qi.
Cosa que resultó evidente cuando en uno de estos lugares nos mostraron
el archivo más largo: 87 volúmenes de 400 páginas cada
uno confeccionado por un anciano de la zona G.
Como se supone, después de ver aquello aplaudimos profusamente y seguimos.
Si una persona había logrado construir un archivo con tantos detalles,
lo más seguro es que aún quedara espacio para escribir sobre
lo que hasta ese momento nosotros ni siquiera habíamos pensado.
Una de las historias más interesantes que encontramos en estos archivos,
apenas existen expedientes abiertos de este caso, fue el de la máquinita
japonesa: una máquina para vivir fuera de la experiencia dinero.
Al hombre en cuestión le confiscaron todos los trozos de la máquina,
aún no estaba terminada, y los diferentes planos de la misma. También,
las cosas que aparentemente le hubieran servido para lograr su propósito:
objetos de hierro, papeles, tinta para escrituras, envases plásticos,
etc.
Por la confesión que se encuentra en uno de los files, el propósito
de este hombre era desarrollar este tipo de máquina: que más
que una máquina era una “mentalidad”, para a posteriori
vendérsela a occidente y con ese dinero vivir lo mejor posible dentro
de la colonia.
La máquina al principio no funcionará de manera muy rápida –escribe
en uno de sus papeles este hombre. “La persona que desee ir saliendo
de la experiencia dinero: el dominio que establece éste sobre la complejidad
hombre, tiene que someterse a meses y meses de terapia según los años-conflictos
de esa persona y estar dispuesto a abandonarlo todo. Esta terapia no dará resultado
con personas que no estén dispuestas a destripar sus afectos.
El asunto tendrá forma de caja con varios huecos: pies, brazos, cabeza,
y tendrá una serie de embudos por donde irán saliendo las experiencias
que ligan al “paciente” con el deus monetario.
Las primeras pruebas que he hecho con el aparato, garrapatea, han dado muy
buenos resultados. Mi hijo mayor ha olvidado por completo las transacciones
que tuvo que hacer la semana pasada para comprar una alfombra: transacciones
de corte duro, con un vendedor chiquitico y de frente ancha; y hoy después
de la “cura” sólo me habló de la belleza estética
del producto y lo bueno que había sido para la familia un regalo así.”
Si esto continúa, apuntó un poco más abajo, en menos de
un año la máquina podrá hacer vivir a plena capacidad.
Otro de los datos que aparecen en el expediente es que este hombre oficiaba
como químico en la cárcel central: había sido una persona
de confianza durante mucho tiempo, e incluso se hablaba de él como futuro
jefe de la sección Investigaciones.
Por lo que se consigna nadie notó una conducta extraña o evasiva
durante el tiempo en que se comprobó que este hombre se dedicaba a clavetear
su máquina (“jamás llegó un minuto después
de la hora de comienzo” —comenta uno de los entrevistados), y sólo
gracias a su hijo mayor la policía de colonia inició secretamente
una investigación: la mayor que se había hecho alguna vez en
esta zona, y fue arrestado.
Este hombre murió en un accidente de montaña al ser trasladado
a una cárcel fuera de la colonia.
Otra de los historias extraordinarias y de la que apenas hay información
en los expedientes es la del tren subterráneo.
No un tren en las cercanías de la colonia, como es usual precisamente
en casi todos los mapas de transporte que se diseñan en la república.
Sino uno que sólo diera la vuelta: la colonia completa puede caminarse
en aproximadamente una hora, y ostentara una sola entrada-salida, un ojo tecnológico
por donde pudiera observarse de una vez a todo el mundo.
Para esto diseñarían una pizarra especial con bombillitos de
diferentes colores que iría mostrando a los transeúntes qué zona
recorre el tren en ese momento, y vistas de esa zona desde diferentes ángulos.
Incluso serían intercaladas entrevistas a sus habitantes y se mostraría
la manera en que viven, duermen, conversan, echan agua a las plantas, etc.
Esta pizarra tendría 2 conexiones.
Una encima, en varios lugares de la colonia, donde se ofrecería información
continua del tren y las reacciones de la gente que en ese momento se encuentren
en él; otra debajo, más sofisticada, en el lugar que comúnmente
ocupan las ventanillas. Allí es donde los habitantes de la colonia
podrían
ver las zonas-de-vida filmadas con varias cámaras especiales y las
entrevistas.
Este proyecto fue abortado cuando se supo que este-reconocido-ingeniero también
se dedicaba a vender baratijas en los mercados ambulantes y había
sido atrapado sinpermiso fuera de la colonia.
No se consigna que sucedió con él.
...temblores de tierra...
En determinado momento alguien aseguró que la colonia iba a quedar sepultada
por una serie de movimientos telúricos que irían rajando las
montañas y lo único que alertaría o pondría sobreaviso
a los habitantes de este lugar sería la flor de pe-shu.
Flor que todos debían amarrarse en los ojales de las camisas, así iban
a estar prevenidos en cualquier zona que se encontrasen, y en diferentes
pozuelos y macetas dentro de las casas.
Se sabría de la inminencia de esta catástrofe porque la pe-shu
abriría y cerraría sus pétalos tres veces sin interrupciones
y acto seguido cambiaría de color.
Se citaba un centro de investigaciones en Austria que llevaba años dedicado
al asunto, e incluso se mostraron fotos en periódicos de una visita
de científicos de este instituto a la república.
El contrabando con esta flor se hizo muy intenso, hay que tomar en cuenta
que es una planta que apenas crece en el territorio donde está enclavada
la colonia, y en menos de un mes aparecieron sembradíos y extensiones
de ella en varios lugares de ésta.
Incluso, una familia completa fue tasajeada por un vecino para utilizar su
casa en el cultivo de la planta.
Otros hablaron de la infusión de pe-shu como una droga comparada al
peyote, y se crearon bares subterráneos donde se ofrecía esta
infusión u otras cosas: artesanías, ramitas secas dentro de
un nylon, esculturillas de arcilla...
La república eliminó este delirio quemando todos los lugares
donde se habían organizado grandes sembradíos y encarcelando
a más de 600 personas que habían tenido que ver directamente
con lo que las autoridades llamaron “opio falso de la natura”.
En recompensa, la república ofreció gratis pequeñas
macetas de cactus y eucaliptos.
Aún no sabemos si esta medida fue aceptada o no.
Carreteras
En la colonia no hay carreteras.
Las calles son una línea negruzca de fango que los japoneses endurecen
con cal —“así se evita el mal olor” gritó en
algún momento Labioleporino— y en las inmediaciones apenas existe
conexión con la república. Sólo un camino, lluvia y
pedacitos de troncos.
Tampoco rampas...
Este “camino”, que llamamos así para nombrarlo de alguna
manera, sube constantemente por el filo inclinado de varias montañas
y más de una vez se vuelve demasiado estrecho. Si en ese momento hubiera
venido un camión del otro lado, uno de los dos hubiéramos tenido
que tirarnos en el desfiladero.
Como al principio explicamos, la república ha destrozado las antiguas
vías que conectaban la colonia con las ciudades más cercanas
y allí donde había un río o cafetería ahora queda
nada: incomunicación, fango y mandíbulas de animales muertos.
De ahí que la república todas sus transacciones las efectúe
siempre con helicópteros (“tienen la flota más extensa
de todo el norte de China”), y los japoneses con el tiempo hayan inventado
una palabra para designar a los que deciden regresar de esta manera: yuyeen,
que significa “hombre que ha decidido patinar sobre su alma”.
Y tienen razón, después de subirbajar varias veces por esas montañas
y de ni siquiera tener ya acetatos para realizar fotos, sólo teníamos
deseos de que nuestro auto explotara y de una vez cesara todo.
Si alguna vez habíamos tenido alma, en ese instante, la habíamos
perdido.
Lo único interesante que encontramos dos o tres días después
de haber dejado atrás este infierno fue el torreón Yu Hoo. Llamado
así por su antiguo propietario, un ex-militar asociado a varios asesinatos,
y las ruinas que sobrevivían alrededor de este antiguo patrimonio.
Por lo que tradujo Gran Mongol, este hombre murió a principios de “nuestro
gran cambio social” y de su familia tampoco se sabía mucho. Casi
toda había “desaparecido” junto con él.
El torreón como tal pertenenecía a una fortaleza ya inexistente,
y poseía tres pisos de aproximadamente 50 metros cuadrados cada uno
con escalera circular en el centro.
Para subir, era necesario hacerlo arrastrándose.
En el primer piso estaban amontonados los muebles, vitrinas sin cristales
y marcos vacíos; gaveteros.
Las sillas, las mesas, todo, estaba tirado de manera bastante inusual, y
había
varios tótems de muebles encajados hasta el mismo techo.
En el segundo: vajillas, tazas, tacitas, bandejas con agarraderas bronceadas
y sin agarraderas, teteras grandes, pequeñas, servilletas bordadas con
pajaritos, árboles... También otro juego de marcos vacíos
contra la ventana y cristales de diferentes colores extraídos de las
antiguos restos de la casa.
En el tercero vacío.
Por el impreso que nos entregó el velador cuando llegamos, un plegable
de 4 páginas donde se condensaba en mandarín e inglés
la historia de la zona y la ubicación geográfica del torreón,
ese lugar había estado siempre sin muebles. Era el piso que el antiguo
dueño utilizaba para mirar. Allí se paraba y permanecía
en vigilia.
Lo mejor de este torreón no eran sus posesiones, aunque al ser antiguas
tenían un valor incalculable; tampoco su geografía: Maki comentó que
había visto en la república “paisajes con más ih”,
sino su concepto de museo, donde lo expuesto no responde a la reproducción
de espacios de vida: ese simulacro inútil que por lo general archivan
los museos en occidente, sino al amontonamiento y al ajuste de cuentas que
hizo la historia con este hombre, al orden precario con que había
sido amontonado todo, al desprecio...
A su vez, a la imposibilidad de otra cosa.
De más está decir que en el lugar y entre mueble y mueble no
se acumulaba la más mínima partícula de polvo. El torreón
había sido limpiado tan quisquillosamente que ya permanecer en él
era un insulto; y todo funcionaba en armonía con el lugar donde estaba
ubicado. En otra parte, hubiera sido imposible tal efecto.
Después de esta visita manejamos más relajados y Gran Mongol
cantó algunas de sus canciones preferidas en inglés. Sólo
una ciudad nos faltaba: Beijing.Allí todo regresó a la normalidad,
si es posible aun hablar de normalidad en la república, e hicimos fotos
sobre ese “otro límite de percepción” que constituye
Beijing y su vida cotidiana. Aunque para ser sinceros estábamos muy
agotados. Mientras más excavábamos más profundo “ese
límite” se ponía. Así que decidimos salir de China:
los japoneses, Labioleporino, las historias de la guerra... y descansar en
alguna playa por algún tiempo. Como escribían los antiguos filósofos:
Por mucho que un hombre camine nunca podrá llegar a ver el final del
bosque.
Y es cierto.
