Alessandra Molina

Amigos de la infancia

No se sabe nada, ni el recuerdo queda
de las historias de la infancia.

Fernando Pessoa

En algún momento vamos a saber cuánto no deseábamos encontrarnos con aquel que fue un amigo de la infancia, ese afecto como una fuga intensa del dominio planteado por los padres. Cuando nos reconocemos, de la misma sorpresa asoma un malestar ciego, incomprensible, que goza sólo del presente. Un malestar del que nos sobreponemos con los amagos de una recomenzada amistad, con esa promesa. Pero en el amigo de la infancia se tienen como en nada o en nadie las sospechas sobre nuestra vida. Da su rostro a una existencia que, bien pensada, desconocemos. Da su conciencia a nuestra inconciencia, y de seguro vive allí donde nuestra memoria ya no alcanza más. Él nos vio, eso lo sabemos, en aquellos primeros años donde ser, y ser como cuerpo era, efectivamente, un asunto de la mirada. Ahora, en este acto de anagnórisis, nos dejaríamos notar sin detenernos. Intervalo de tiempo, transeúntes de un destino, preferimos el brazo que se levanta como saludo y, para hablar, algunas palabras clave.

Patria del idioma

I
Se ha dicho que el dominio de una lengua extranjera hace más preciso el enunciado de ideas en la lengua de origen. Que ayudaría a corregir criterios erróneos. Lichtenberg veía en esto un buen motivo de reflexión; se decía: “En realidad fui a Inglaterra para aprender a escribir en alemán”. Las variaciones en otra lengua de conceptos que ya teníamos en nuestro idioma, desbordan rápidas la función comunicativa del lenguaje, se apresuran hacia otra dimensión: la de un conocimiento. La posibilidad de que existan en otro idioma precisiones o correcciones de nuestras ideas y que, ya desde los usos más convencionales e incluso manidos, se sientan como la llegada de un conocimiento, se parece a la usura de un mineral en tierras vastas.

Ni siquiera el error craso o la verdad conservan súbito semejante en la lengua de origen.

II
El invierno no había terminado pero en los árboles sonaba el corazón de una hoguera, el rumor de los brotes que hinchan la vieja piel y parten las puntas más finas de las ramas una a una. Con sus alas, con su breve posarse, con su pico y sus garras minúsculas, los pájaros llenaban el aire del color y los fragmentos de aquel fuego primaveral que hacía sus primeros anuncios. A semejanza, nos sentíamos con el ánimo de unos estudiantes extranjeros que hubiesen llegado al país un poco antes de la fecha acordada. Sobre la mesa los cítricos tenían un lustre incandescente que aquella mañana no nos parecía artificial. Convidamos y hasta hubo un momento de refutación poco solemne, alborotada, cuando alguien advirtió –se lo había dicho su madre– que comer mandarinas en exceso era la causa de una enfermedad llamada escorbuto. El invierno hizo pronto su última arremetida. El rumor de los brotes se apagaba en el viento, los pájaros aparecían a deshora. Sólo las frutas, con sus pulidos destellos, lograban retener aquella promesa de la primavera. Primavera. Mandarinas. Escorbuto. ¿De qué gajo nudoso, torcido y secreto, colgaban las palabras? ¿Y hacia donde colgaba su error o su verdad? Recordé con vergüenza tan fácil refutación, y su madre que desde hacía años estaba muerta.


El hombre en la ventana
Leer los aforismos de Georg Christoph Lichtenberg es encontrarse de continuo con su figura del hombre en la ventana. En una amplia traducción al español ha sido usada como subtítulo para resaltar el carácter autobiográfico de una de las secciones, pero la figura del hombre en la ventana volverá a existir y a colmar el espacio de múltiples apuntes.

Ventana, vano del que un huésped amable se retira –ha permanecido sobre ese lado de la casa lo mismo que sobre sus piernas y sus riñones– para que también nosotros podamos estar. Los codos entran en el marco mientras por encima de la cabeza todavía queda un filón de aire, pájaros y astro. El hombre en la ventana es la puesta en escena del acto de escribir, por eso incita tanto y acaso más que un razonamiento. Umbral que cabe entero en un cono de lámpara como entre luz y sombra caben la mesa de sostén y un libro, la escritura y las horas. El deseo de Lichtenberg de que cada quien viera y pensara por sí mismo, nos regala ese preámbulo en el que nuestra confianza hace un regodeo o rompe en un paso sostenido de galope: nos ponemos a imaginar nuestra posibilidad de escribir. Y si algún rubor nace de esa lectura en dos momentos…, pero Lichtenberg también habla de ese rubor, convertido desde entonces en otro motivo de sosiego, otro motivo de corrección y entusiamo.
Durante el tiempo en que imaginar nuestra posibilidad de escribir vale tanto como la escritura misma, cuánto más no avanzan nuestras ilusiones si ésta nos es presentada a escala de unos objetos y de un sitio donde pudo tener lugar. Para alguien dotado las cosas serán diferentes sólo en la medida de su gran espera: pondrá en el devenir imaginario de su escritura el acomodo en horas y deshoras de los diferentes espacios de la casa, ciertas rutinas del paisaje, y muchos episodios del amor. ¡Con qué exaltado bienestar se está en esos elementos que no son la escritura pero pueden atesorarla: el hombre en la ventana, la mesa, el vino, los libros, unas papas humeantes, los amigos que visitan, un paseo en soledad, un paseo con alguién, la vigilia nocturna, la reclusión en casa… Pero Lichtenberg es mucho más ágil que nuestro entusiasmo a la luz de mil lámparas, y allí donde merodeamos es la casa, vano, pasaje de una idea.

El guardián
Dentro del barrio, entre las casas de familia, abrieron la explanada. Es la nueva oficina de leer direcciones y matasellos. Hacia el mediodía el cuadrilátero está lleno de bultos con anillos postales y ribetes de colores. Poco a poco desaparecen y las almendras que caen cubren el asfalto. Se ve al pájaro picar y a los destinatarios que han llegado tarde alzarse desconsolados sobre las cercas. La explanada está vacía, las oficinas cerradas. Alguien, ahora un hombre joven, vela ese espacio. La caja de las cajas, un cuadrilátero de sol, líneas que convergen y forman una incandescencia, fulgores de la promesa que podrían ser atravesados. El guardián va por los bordes, donde hay sombra, el hormigón está húmedo y las hojas amontonadas. Su silencio es el silencio de la tarde. Asoma por un ángulo, ve a los que pasan y parece que es él quien asecha. De pasos lentos, cada vez más estático, ni los colores del uniforme recién estrenado simulan esa ráfaga instintiva, creciente y obscena, de una sexualidad avivada por su idea de un espacio interior, y por el tedio.

Concentrados, distraídos
A veces vemos un accidente de principio a fin y a nosotros en la aureola del accidente: gritamos y nos vemos lanzar un grito. Sentimos terror y nos vemos sentir el terror. Son esos accidentes donde toda la escena se cumple cada vez con más detenimiento hacia un final sin gravedad. En seguida, y ya que nuestra percepción ha rebasado la contingencia, nos damos a los detalles no poco exagerados como si algo nuestro, quizás concentrado y poderoso, se hubiese adelantado a cumplir el destino. Por otra parte, hoy supe de un hombre tan distraído y olvidado de sí, que después de un ejercicio militar, mientras se acomodaba la gorra con el cañón de su arma, se baleó el cráneo, cayó de rodillas, contuvo la sangre con su pañuelo y, así como el evento escapaba al asombro interrogante de sus ojos, sobrevivió.


Afines
Pasó la muchacha con torso de varón. No una virilidad de bulto, de hacerse la aventajada entre los otros alisando, rompiendo el pliegue de las telas sobre un pecho grande. La pequeñez de su pecho le dejaba lucir muy poca ropa. El corte en cruz de una camiseta bajaba por el centro de su espalda hasta el remate elástico sobre las costillas. La franja del ombligo le quedaba al descubierto. La cruz se metía entre las alas de los omóplatos, y en sus hombros se podía ver el brillo escurridizo de unos músculos redondeados, como sucede a los animales jóvenes que ganan relieves por la mezcla racial.

Daba a sus pasos la caída y el despegue lentos de la plomada. Se trataba de un desplazamiento acompasado y con estrategia: no juntarse con su propia ropa, no tocar con la piel de sus muslos el cartón de sus pantalones. Lograr, como por coartada, que lo soleado, al inicio de la tarde, no la volviera un deshecho en segundos. Pero esa higiene que ella vigilaba y trataba de conservar fuera de la casa; ese impudor de mostrarse un gesto breve y reiterado, una acción completa que se petrificara; éso que lentifica, despega los brazos, consigue lo ampuloso y silente, busca que el día todo pase por el cuerpo como si se escurriera por los orificios de una banderola recién abierta, es lo volátil higiénico, volátil masculino que en su forma de agua o en su forma de fiebre, se apura hacia lo externo.
Vestía a la moda. Y si la moda fuera un sucedáneo de los mitos solares que segmentan al cuerpo por las líneas y brotes de sus humores, o de los sacrificios humanos que lo desmembran como a una flor; si la moda pudiera tener esas antiguas cintas de medir, así hubiera sido de remoto aquel cuerpo, con sus gestos ásperos, fijado siempre a su momento de nacer, pero que entre los subrayados textiles se metía en lo común de su grupo. Era la moda, que en ella se entendería como otro añadido, lo que la conducía hasta ese misterio por el que se ve desenvolverse, marcar lo igual y hasta imponer lo espontáneo, a una persona que nunca hubiera recibido la aceptación ni hubiera sido elegida.
Mirar a sus amigos y amigas era olvidarla de inmediato. Era perderla y perderlos a ellos también en el secreto de las tolerancias mutuas, múltiples, en los abandonos, los celos, la bruma de la costumbre, la inercia de los comportamientos cotidianos. Si volvían, si rearmaban la imagen de su paso tribal y heráldica moderna, se debía a que la muchacha, observada otra vez, era en ellos ella sola.

Lejos
Cállate lejos de tu país y de tu ciudad. Juega a la ofrenda de tu nada, de tu desprecio, de tu olvido de tí. De ese vacío que sabías adelantar como el niño adelanta con su cuerpo completo su miedo y avidez de los otros. Cuando de allá te llegue la menor seña de reciprocidad, cuando la compruebes, la adivines; cuando empiece a admirarte la tremenda eficacia de tu deseo, te será muy difícil soportarlo. Nuestro gestos requieren alguna forma rancia de lo finito.


Otras maneras de lo sin hueso

Para Lorenzo García Vega

Lujo secreto de esta casa.
Lujo de esta casa por sí mismo ignorado
como una aguamarina que fuera desplazada hacia el meñique.
Como un existir de andar rozando todo
con esa piedra roma, encarnada molestia.
Con esa piedra roma no se rebana un dedo
ni se hace el rococó
de otro pequeño círculo: enganche que estrangule
un lagrimal de lámpara.
Y, aún así, no tenemos nosotros esos lujos
ni su eslabón alquímico lograría avanzar
retroceder a gran escala en nuestros sueños.
No heredamos, ni hemos sido eficaces en la hora rapaz,
ni lucimos voraces.
Como un perro detiene con mandíbula floja
nos tardó la elegancia, el disimulo
de asentar pertenecia por ley o por justicia en los saqueos.

Lujo secreto de esta casa,
nuestra madre no sabe con la mano o labor que ella lo toma.
Nuestro padre no sabe en cuál de sus sopores lo deslíe más.
Nuestro hijo no entiende con ventajas su intercambio
porque no habrá entendido, conocido,
la fortuna en la cumbre de los días,
sus soportes de umbral y de poniente en la historia de un hombre.
Sin labio de cuarzo púrpura o negrero,
sin cuello de marfil o capataz,
quién podría descubrirnos la desvergüenza, el crimen
ante los que ha ganado su valor.
Tal si fuera la honra
por la boca entreabierta se nos pierde el deseo de nombrarlo,
de continuar su elogio,
de maldecir que vuelva y no golpee nunca de una vez.
Nuestro odio feroz a la riqueza
nos condenó a amasar hora tras hora.
Por la boca entreabierta se nos pierde el deseo de nombrarlo,
se nos vuelve un secreto.
Un lujo que no terminaremos de decir
ni en comadreos:
todo eso que se arranca de la vida cotidiana
para ser al instante vida cotidiana.

Nacimiento segundo de un ciudadano

Quién eres tú para que hayas sentido
ese valor,
para que hayas conocido
semejante miedo,
si no eres más que una mujer
y en estas oficinas
la mujer vuelve a entrar
como la madre, la esposa y la hija del hombre.
El hombre no tiene aquí ningún país
y la mujer no tiene casa,
todas hablan el lenguaje común
de ese impudor y, como siempre,
se adelantan demasiado
o se quedan demasiado tardías
a un costado de alguien.
De aquí las habrá tan diligentes
que no salgan nunca:
son una aparición, las nuevas escribanas
que cargan el nombre de los suyos,
sus insignias tribales y preguntas escuetas
que llevan y traen aprendidas
con el mismo sombrío menester
de aguantar lo que dure,
de postergar el fin de cada cosa.
Quién eres tú y de dónde has venido
para que sientas de pronto ese cansancio
más ufano de sí que la derrota,
la parca humillación
con que suele acogerse en este oficio.
Cansancio que entrega su cabeza
cuando ya no la piden
ni cláusulas, ni juez,
ni el matadero. Y la historia más rica
o la más pobre
no incumbe a nuestros fines
ni la agotan tus días y palabras.


Alessandra Molina, Ciudad de La Habana, 1968 Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana, 1991. Ha publicado el plaquette Anfiteatro entre los pinos, Ediciones Extramuros, 1998; Usuras del lenguaje, Ediciones Siesta, Buenos Aires, 1999; As de Triunfo, Ediciones Unión, 2001. Reside en New Orleans.

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