Jorge Salcedo

La repercusión y acogida de La guerra nos perdone (1992) sólo podrían compararse a las que recibieron mis poemarios anteriores. Un silencio total. Su no publicación dejó intacta la enigmática recepción de mis lectores, unos cuantos amigos marcadamente enigmáticos. En este libro, sin embargo, ya no buscaba probarme ni probar nada: acontecía. Su falta de pretensión, su indolencia metafísica y su ascetismo expresivo, me eran consustanciales, y por eso se adecuaban para dar fe de lo mío. También para esquivar un sentimiento muy vivo hacia una mujer muy joven. Del entusiasmo amoroso, del entusiasmo juvenil, del infantilismo histórico, quiere defenderse este libro, y éste es un punto de partida para mi presentación.

Los otros poemas que incluyo pertenecen a dos libros posteriores a
La guerra… El primero, escrito en Quito, a donde llegué en septiembre de 1992; el segundo, escrito en Boston, en donde he vivido ahora por casi una década. La claridad distinta de las ciudades y los años (1995) es mi primer poemario en el exilio modelo. Mi vida en el ejército rebelde (2001) es el viaje que no he dado al lugar que ya no está. En sus poemas narrativos me he limitado al ámbito y peripecias de mi infancia en la Cuba de los años setenta, época bautizada por algunos como “el decenio gris” –¿o fue un quinquenio muy largo?- pero que también ha sido, claro, mi edad de oro. He querido infiltrarlo como una novela histórica en el mercado editorial, pero el mercado editorial no entiende nada de novelas.

enero del 2005




De La guerra nos perdone (1992)

Ya habrás oído…
Ya habrás oído alguna vez
que el brillo de tus ojos,
la línea de tus labios
y la color de tu mejilla, Alina,
son polvo a plazo, pudrición lentísima
y velada, pero eso, pudrición,
alimento del tiempo.
Ahora juzga de mí, de mis poemas,
de mis inclinaciones.

Como una brisa triste de color persuasivo*
Suerte del agua por tu piel tendría
y de tu luz memoria alucinada
si de no tan distante madrugada
naciera yo a tu cuerpo y cercanía.

Mía fuera mi voz y bogaría
como en la piel dormida la mirada,
y tocaría a puerta condenada
mi palabra, por sólo serte amiga.

Temblor se hizo la sed y se demora
al borde de un temblor adolescente
que hace rosa la sangre y el sol dora;

laberinto de venas azulean
el seno, el talle y la desobediente
alegría del cuerpo en que alborean.


Anoche he merodeado alegremente…

Anoche he merodeado alegremente
por estas húmedas, salobres,
semidesiertas avenidas.
Me sentí acompañado
por borrachos de mi índole,
por jóvenes ególatras
que no apagaba el viento
y que dejaban ir su hombro
a la amistad, a la aventura.
Gracias a ti, muchacha.
A ti que tardas, que te esquivas,
o simplemente te prohíbes.

Me tienta a veces alejarme un poco
Me tienta a veces alejarme un poco,
no alimentar mi fe, no inventar nada
cuando traes tu cuerpo,
tu voz adolescente
a conversar conmigo cada noche,
como si tanta vida diera vida,
como si la ignorancia diera suerte.

Confieso mi ignorancia…
Confieso mi ignorancia
pues mi vida es lo incierto,
el territorio virgen donde avanzo
negándome a creer en los cartógrafos,
en crudos cuarentones
o místicos ancianos;
sólo respondo a las preguntas,
sólo obedezco al cuerpo
que me interroga y duda
como un animal noble,
recién llegado, inquieto,
que juega a adivinarme
como yo
y me acompaña.

Atada al tobogán
Atada al tobogán deslízate edad mía
que ni sienta la brisa sobre el rostro
elige el más remoto declive entre la nieve
y dame el don del sueño
porque la espera me corrompe
y el manar de mi sangre es cierto que no cesa
pero lo olvido mientras caigo
sin tropiezos sin vértigo
sobre la nieve blanca
como leche de cerda.

La guerra nos perdone…
La guerra nos perdone
pero nada nos une,
no habrá pruebas ni ritos
ni crueldad en la entrega.
Allá las láminas, la luz propicia,
las batallas campales,
los gritos,
los poemas.

Tiene quince años…
Tiene quince años
para equivocarse
y para equivocarnos.

He decidido andarme por las ramas…
He decidido andarme por las ramas,
pasear caviloso por mi cuarto,
leer poco,
ejercitarme en el silencio,
y dejarme de culpas a diestras y siniestras
donde sólo hay premura y amalgama.
Lastimosa Babel de pocos pisos.


De: La claridad distinta de las ciudades y los años (1995)

El lugar del recuerdo
Balcones y terrazas, sol y sombra: La Habana.
Corredores luctuosos y bulla en derredor.
Columnas húmedas, tardes de siesta,
calles que dan al mar y un gran farol.

Suaves colinas del Vedado, modernas,
murallones señeros que rondan la bahía,
barrios residenciales de antaño, idos a menos,
solares sospechosos de risa y sobresalto.

Playas y escalinatas, paseos, parques, luces
de botes que a lo lejos dan señales de vida.
Un malecón bordado por el diente de perro
y un Miramar perdido por la Quinta Avenida.

Iglesias clausuradas o apenas entreabiertas.
Parque de diversiones del que todos se han ido.
Á rboles y llanuras mansas en las afueras
por donde he paseado sin soledad ni tedio.

Ciudad donde el crepúsculo supera a las postales
y a donde llega como fiesta el invierno.
Noches de cine y caminata hasta el alba
en que a veces nos vemos y a veces no nos vemos.

El acuario, el zoológico, tu casa, mi equipaje.
Aquel tugurio alegre de cervezas y ostiones.
La casa de mi abuela en una loma muy alta
y ahora también muy lejos. Los ciclones

que borraban la terrible costumbre del colegio;
los infantiles frente fríos, para mí con limones
y cometas y amigos de antaño, artesanales.
Y hasta aquel cementerio de mármol y cristales

que un día recorrimos entre risas y besos.
Bibliotecas, colegios, perdidas facultades
en las que a lo mejor ha quedado algo nuestro.
Alamar de cuadritos con el viento del norte,

San Agustín también de cuadritos, grotesco.
De un extremo a otro extremo de la ciudad soy náufrago
y rehén de perdidos y encontrados recuerdos.
No he mencionado a nadie, y nadie es la alegría,

y el agua late, suave, contra mis propios huesos.

El gran proyecto
A Luis Manuel Alonso

Con la distancia mínima, vuelvo a confiarte, Luis Manuel, mis más recientes réplicas. Nunca hemos precisado demasiadas palabras para saber a qué atenernos, y es hora ya de acomodar mi voz, ajena a las esperanzas y a los temores de un inicio.

Nunca fue desmedida ni compartida nuestra fe. Pertenecemos, de algún modo, a una generación que declinó ser joven para evitar las rectificaciones y desengaños consabidos. Ajenos a la esperanza e inmunes a la utopía, guardamos sólo el atavismo de inmemoriales tradiciones: la música, la amistad, el buen yantar y el buen beber, y la sospecha argumentada en todo cuanto esto excede.

No hablar a nombre de todos y apenas a nombre propio, no hacer propósitos de enmienda y mucho menos despropósitos, no apasionarnos en exceso con nuestro escepticismo ni con nuestras verdades; tolerar, tolerarnos con mesurado estoicismo.

Quizás no sea muy ambicioso nuestro proyecto vital, pero si somos fuertes, la tierra en pocos años tendrá nuevos viñedos. Y lo que más importa, conservará los que ya existen.

Pudiéramos dar la imagen de nuevos contestatarios en una tradición vagamente moderna. Vale apuntar, al menos, que nuestra salud es precaria, y que nos falta pólvora para plantearnos las preguntas de nuestros antecesores, aquellos entusiastas probadamente incorregibles.

Posiblemente nuestra vida no sea de gran valor, pero no deja de asombrarnos que otros cedan las suyas por tan dudosos valores. Somos, de toda la Historia, la masa menos combustible, aunque estamos conscientes de que somos muy pocos.

Hablo por ti y por mí, Luis Manuel, pues ahora, al pronunciar estas palabras, te siento cerca y casi entonces, y porque no recuerdo que hayas cedido nunca a las supuestas perfecciones que escamotean nuestra vida. De todos modos, creo que hacerlo es temerario.

Ni agónicos ni heroicos, somos tenaces en la duda y en la fidelidad; con ello y mucha suerte daremos en poetas o aprendices de brujo. Nacimos cuando el mundo ya era provisional. No moriremos de entusiasmo.

A cuánta gente en torno mío veo alistarse, sin embargo, para dar su batalla. Mujeres, niños y ancianos –¡la vanguardia!–, desposeídos y posesos de todo color político, de todo rango social y catadura moral. Trabajadores del sector eléctrico, trabajadores del sector agrícola, trabajadoras del sexo. Desocupados, burócratas, pequeños industriales, medianos capitalistas, asociaciones y partidos y sindicatos y cámaras y organizaciones todas enemigas del hombre.

Nuestra niñez y juventud conocieron ayer una excesiva intromisión, y de ahí proviene, creo, esta obstinación nuestra por preservar la intimidad, aun sea a expensas del amor. Seremos consecuentes con nuestras propias variaciones. No juraremos en vano. Es decir, no juraremos.

Con esta disposición será difícil erigir pirámides, sé que piensan algunos. Nosotros, pesimistas, no descartamos las pirámides.

Hemos sido llamados «conservadores», «reaccionarios», «gusanos» desde la adolescencia, y a fuerza de ello descubrimos las propiedades benéficas de conservar, de reaccionar, de resucitar incluso dentro de un cuerpo putrefacto.

De entre nosotros algunos se inclinarán al silencio, otros al juego y los restantes a un apacible desprecio. Más acá de perennes tristezas y alegrías, nosotros apuntaremos la humedad de la isla, la claridad distinta de las ciudades y los años, los rostros que despertaron nuestra ira y amor. El gran proyecto nuestro ha sido desmontar el que encontramos al nacer entorpeciendo nuestras vidas, y para ello, ni siquiera tuvimos que proponérnoslo.


De: Mi vida en el ejército rebelde (2001)

Mis amigos creían
Casi todos mis amigos defendían aquello.
Quiero decir: creían. Hablo de mi niñez.
La realidad ante nuestros ojos no era la realidad
sino tan solo un atributo de su creencia, una señal,
y como yo no creía, la realidad era para mí
una papa rellena al final de una cola.

Todos mis amigos eran buenos muchachos.
Yo no era un niño malo. Simplemente, no creía.
Esto no tiene nada que ver con Dios, por supuesto.
Los maestros nos enseñaban la inexistencia de Dios
a todos por igual. Ellos creían a los maestros.
Es tan difícil enseñar la inexistencia de Dios
como enseñar su existencia. Y los maestros no eran buenos.
Mis amigos sabían que los maestros no eran buenos
pero para ellos los maestros eran un logro, un símbolo;
para mí, los maestros no eran buenos.

Las arengas eran huecas y a todas luces falsas,
pero mis amigos creían más allá de las arengas.
Como yo no creía, ponía atención a las arengas
y señalaba las incoherencias, las falacias…
No convencía a nadie, mis amigos tenían
los ojos fijos a lo lejos, como quien ve la pampa.

Mis amigos van ahora a la deriva por el mundo.
Su discurso se ha vuelto más intrincado que sus vidas.
Los reconozco por las fobias y los tics persistentes
que ha dejado en su alma la creencia.
Algunos, ciertamente, tienen la dimensión
trágica del héroe a quien los dioses abandonan.
Nadie los convenció de estar en el error.
Se levantaron un buen día sin referente al más allá,
y aunque siguen mirando la realidad por sobre el hombro
su ojos están ahora fijos en el vacío.
Su drama es grande; su aventura, increíble.

Y a veces pienso que es muy triste mi situación, pues nunca vi
aquella luz distinta que embelesaba a mis amigos.
Vi lo obvio crecer hasta hacerse grotesco;
me quedé en la incoherencia y la oquedad de las arengas,
y padecí la destrucción del paisito acogedor
que hicieron nuestros viejos, sin ver de los escombros
levantarse otra cosa que escombros apilados.

Tener razón ha sido como el escarnio tras la ofensa.
No una hazaña imprevista, sino una obscenidad.
Soy el héroe de lo obvio, de lo patente y manifiesto
y a nadie voy a persuadir de mi heroicidad.
Debo decirle a mis amigos que yo tampoco creo en ella,
que me han abandonado las ganas de persuadir,
que la luz para mí fue el roce de sus cuerpos
y el vaho tibio de las palabras dichas contra la niebla,
que la tierra perdida huele a mierda de vaca,
que a mí también me gusta muchísimo ese olor,
que no sé, ni me importa, cómo huele una estrella.

La dispersión de la familia
Para Amalia

Ahora recuerdo la casa de mi abuela María, en la ladera de la Loma del Mazo. Íbamos poco a allá, una o dos veces al año, pues la inclemencia del transporte tendía a desanimarnos de emprender cualquier viaje.

No sé si ya antes te he dicho que yo nunca alcancé a conocer a mis abuelos. Yaya, la madre de mi padre, murió cuando yo tenía apenas cuatro años, y mis recuerdos de ella son muy débiles, no creo que valga mencionarlos. Abuela María era entonces el centro mayor de confluencia que tenía la familia, y por esta razón, allí nos reuníamos a compartir un domingo que terminaba hacia la tarde o la noche, entre canciones memorables y bebida de adultos.

Aquello para mí tenía mucho encanto, pero al doblar la esquina comenzaba la aventura en compañía de mis nuevos y esporádicos amigos —¡no recuerdo ni a uno!—, a lo cual casi nunca podía resistirme. Me iba a explorar el barrio o a lanzarme en patineta desde lo alto de la loma, a comprar pirulí, melcocha o granizado a alguna casa clandestina, o simplemente a respirar el aire de la ciudad y ver los rostros de su gente.

Uno de estos domingos regresé en medio de la fiesta y la acabé de golpe. Era mi tía Carmelina, de una voz dulce y bien timbrada, quien estaba cantando para el embelesado auditorio familiar, y como habían cerrado la puerta del vestíbulo y el embeleso era profundo, opté por tocar el timbre a ver si alguien me escuchaba.

Todo el mundo me escuchó. El sonido del timbre no era el de unas campanitas, sino un chirrido electrónico penetrante y alarmante que, para susto mío, no cesó de inmediato cuando levanté el dedo del botón, porque éste quedó hundido, malignamente provocando aquel sonido espantoso.

Los que antes habían sido algunos rostros familiares, se tornaron diabólicos. Primero, no entendían que aquello era un accidente, y como tras los cristales me veían a mí estupefacto y paralítico, pensaban que era yo quien accionaba aquella alarma. El canto se detuvo y acudieron mis parientes con gesto nada amigable, y al comprobar que no era yo quien accionaba la alarma, se descompusieron aun más: no sólo había estropeado la intervención magistral de mi tía Carmelina, sino, ¡también!, el timbre.

Durante varios minutos, no sé si diez o veinte, el timbre siguió sonando y se fue a pique la fiesta. Yo estaba enfermo de vergüenza, culpable y solo, condenado y solo por haber provocado la dispersión de la familia de un modo irreparable, y sin habérmelo propuesto.

* Verso de Luis Rosales.


Jorge Salcedo (La Habana, 1968). Ha publicado anteriormente Naufragio y sedición en la isla de Juana (Betania, 2001). Dirige Ediciones de Afuera, dedicada a la poesía cubana. Reside en Cambridge, Massachusetts.

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Angel Delgado,
Memorias acumuladas, 2004
Toirac, Marrero, Clark
La Edad de Oro