
Isla
violeta en entero verde
(otra ocasión para leer a Reina María Rodríguez)
Duanel Díaz Infante
Recién publicado por Green Integer Books, Violet
Island and Other Poems hará llegar a los lectores de habla
inglesa una muestra de la ya considerable obra poética de Reina
María Rodríguez. Considerable, valga
enseguida la aclaración, no sólo cuantitativa sino sobre todo
cualitativamente. Tanto que no sentimos, como lo hiciéramos si se tratara
de alguno de nuestros mediocres poetas “laureados” –por obra
de la estulticia, la inercia o la propaganda– a veces hasta con el Premio
Nacional de Literatura, que haya injusticia en que su nombre aparezca junto
a los de André Breton,
Paul Celan y Amelia Rosselli en el catálogo de 2004 de esa editorial
de enigmático nombre y bien ganado prestigio.
Además de recoger veintiséis poemas de cinco libros publicados
en Cuba entre 1980 y 1998 –Cuando una mujer no duerme (1980),
Para un cordero blanco (1984), En
la arena de Padua (1992), Páramos (1993)
y La foto del invernadero (1998)–, esta antología
bilingüe
incluye un extenso epílogo donde una de las traductoras explica a los
lectores norteamericanos la trayectoria poética de Rodríguez
en relación con diversas
coyunturas literarias, sociales, políticas y biográficas: las
tensiones entre la intelligentsia y el estado después de 1959, la norma
conversacionalista y su agotamiento, las dificultades de la vida cotidiana
durante el llamado “período
especial”, la participación de la autora en proyectos y espacios
no institucionales como Paideia y sobre todo la “azotea”.
En su acercamiento a una obra poética tan marcada por el trazo confesional
no soslaya Dykstra el aura poética a la que se ha referido Antonio José Ponte
cuando afirma en reciente homenaje dedicado a Reina María Rodríguez
por la revista Encuentro de la cultura cubana que
es ella la única leyenda
literaria que hoy tiene La Habana. A partir de entrevistas –inéditas
y publicadas– concedidas por la poeta a sus traductoras nos enteramos de
una formación literaria marcada por una temprana vocación poética,
de la construcción de la “casa de Ánimas” y su conversión
en sede de la tertulia donde se dieron cita en los años noventa muchos
de los jóvenes poetas del país, de la curiosa relación
entre esta mujer y la ciudad donde habita.
Pero todos estos elementos que alimentan la leyenda de esa Maga letrada que
es Reina María carecerían de interés si no fuera por la extraordinaria
calidad de su poesía. Atravesada por las tensiones entre la voluntad de
expresar la intimidad de lo cotidiano y los reclamos de una épica colectiva
en los primeros poemarios, y entre la transparencia del estilo conversacionalista
y la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas a partir de En
la arena de Padua, su obra se coloca además en la vanguardia de la poesía
escrita en Cuba en las últimas décadas. Dykstra cita al final del
epílogo una justa afirmación de Catherine Davis: “Alrededor
de una docena de poetisas nacidas entre 1940 y 1960, comúnmente llamadas
las poetisas de la Revolución, han publicado continuamente a lo largo
del período posterior a 1959. La más famosa internacionalmente
es Nancy Morejón; la que acaso tiene en Cuba más reconocimiento
es Reina María Rodríguez”.
Con las acertadas explicaciones de su epílogo y la relectura que propicia
de poemas entre los que se encuentran algunos de los más conocidos de
la autora de Páramos –“deudas”, “remordimientos
para un cordero blanco”, “las vigas”, “poliedros”, “–al
menos, así lo veía a contraluz–”, “Violet Island”– ,
esta antología viene a reafirmar una jerarquía poética que
en su reciente “Introducción a un texto infinito sobre el canon
cubano”(Unión, La Habana, abril-junio,
2003.) Jorge Luis Arcos reconoce cuando incluye a Reina María Rodríguez, con José Kozer,
Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, en el selecto
grupo de poetas de su generación a los que está reservado un lugar
en el canon de la poesía cubana del siglo XX.
En el canon de nuestra poesía femenina la preeminencia de la autora
de Cuando una mujer no duerme es naturalmente mayor.
Sin desconocer el valor de poetas como Lina de Feria y Damaris Calderón, representantes respectivas
de las promociones poéticas que preceden y siguen a la suya, las llamadas “generación
del primer Caimán” y “generación de los ochenta”,
creo que Reina María conforma junto a Dulce María Loynaz y a Fina
García Marruz un insoslayable trío canónico de poetas
cubanas del siglo XX.
Más moderna, marcada por otras experiencias y otras lecturas, la obra
poética de Rodríguez manifiesta, a diferencia de las de Loynaz
y García Marruz, la presencia del cuerpo y sus flujos, la sexualidad y
el impacto del tiempo biológico, el horror. Fina dice la dulce nevada
que cae perennemente, los interiores del mimbre y la costumbre, Dulce María
los juegos de agua, el amor ideal por un faraón momificado, la Isla cantada
en versículos bíblicos, Reina el horror de decapitadas muñecas
frígidas de El Encanto. Si en estas tres poetas, cuyos nombres aluden,
por cierto, a atributos o arquetipos tradicionalmente atribuidos a la mujer,
la feminidad aparece asociada al espacio doméstico, hay un notable abismo
entre las significaciones de la casa en la poesía de Rodríguez,
por un lado, y en las de Loynaz y García Marruz, por el otro.
La casa “íntimamente maternal, nutricia” que toma voz en “Últimos
días de una casa”(1958), uno de los mejores poemas de Loynaz, es
la casona republicana cuya demolición simboliza el empuje arrasador de
la modernidad. Afín es la percepción de García Marruz del
hogar como reducto de resistencia al caos y la desintegración: allí lo
nimio gana sentido, los objetos se hacen familiares, lo inanimado se integra
al mundo del hombre. Mundo esencialmente religioso, el de García Marruz
es un orbe ordenado, signado por el ideal del límite en cuyo respeto encuentra
el católico la auténtica libertad. (Nótese, a propósito,
que en las antípodas de la rebeldía feminista está la aceptación
de la obediencia que preside la poética de García Marruz, explícita
en escritos reflexivos publicados en Orígenes en
la segunda mitad de la década del 40, sobre todo en su interesante reseña de Espacios
métricos, de Silvina Ocampo.)
Muy distinta a la casa “con alma” de Loynaz o a la de García
Marruz es esta de Rodríguez, metáfora de sí misma: “llegar
a mí. Una casa vacía / y ni un solo tesoro / todo desierto en las
esquinas. / cargo con mi casa inmueble-desperdicio” (“Alguna vez.
Algún tiempo”) Dificultosamente construida en la azotea del apartamento
de su madre, aprovechando para ello lozas y maderas de antiguos edificios derruidos
de Centro Habana, la “casa de Ánimas” no es ya la casa familiar
que vivifica una tradición amenazada por impías potencias exteriores.
La casa de Reina está llena del afuera: el vecindario, el bullicio de
la calle, el abismo tentador de la azotea. Adentro y afuera se confunden como
ocurre en “luz acuosa”, donde la ciudad invade desde la vista de
la azotea y todo se vuelve amenazante, extraño. “por la ventana
de barco, luego de atravesar la tela, envejecida y floreada, de una pequeña
cortina blanca, entraba una luz acuosa que me hacía mirar –aun sin
querer– las rejaduras del edificio, el peso de los tanques de agua destapados,
las vigas de hierro que han perdido su revestimiento y crujen al pasar las bandadas
de palomas [...]”.
Cruzando los límites de la verja del jardín de Dulce María
y de la católica Habana de García Marruz, he aquí al desastre.
Pero no aquel que en su poema Loynaz lamenta y que García Marruz resiste
en los suyos: la casa de Rodríguez está signada desde siempre
por la ruina y la pérdida: construcción y destrucción
aparecen simultáneamente, como aclara Reina refiriéndose a su
poética.
Es en este sentido que cabría llamar a esta poética “deconstructiva”,
no sólo por sus contaminaciones con cierta teoría de sesgo posestructuralista
o posmoderno, sino sobre todo por el impulso crítico que la anima. Poesía
crítica, más que por sus dimensiones civiles, por ser poesía
de la crisis y poesía siempre en crisis.
Violet Island and Other Poems alcanza a ilustrar
cómo de Para
un cordero blanco a En la arena de Padua se
produce una crisis en la escritura poética
de Reina María Rodríguez. Crisis que debe entenderse sobre el fondo
del paulatino agotamiento de la norma conversacional y del reconocimiento de
su obsolescencia en los años del pivote que para Cuba significó la
caída del muro de Berlín. “era a finales de siglo y no había
escapatoria / la cúpula había caído, la utopía /
de una bóveda inmensa sujeta a mi cabeza, / había caído.”
Y aparece una Habana, la de sus aun inéditas Variedades
de Galiano, también
del Centro, pero muy distinta a la de García Marruz, que resulta, como
la que esbozara Lezama en el Diario de la Marina,
una antañona “ciudad
de cariños a la mano”. Lejos de aquel simbólico Encanto de
la Habana republicana, la decadencia de la ciudad capital en el “período
especial” ofrece la imagen perfecta para una crisis de la que Reina, más
frágil pero más lúcida, obtiene una ganancia poética
que sus lectores le agradecemos. Si a comienzos a los ochenta la poeta pudo decir “todo
es sencillo y firme”, ahora escribe: “observamos las vigas que soportan
tanto peso. / mi vida está ladeada / los demás colocan travesaños
/ apoyo el centro de la mano contra el muro / y el arco agita / la humedad el
vicio de la herrumbre.” (“Las vigas”)
Violet Island and Other Poems, traducción de Kristin Dykstra y Nancy Gates Madsen; epílogo de Kristin Dykstra | Green Integer Books, København & Los Angeles, 1994