
Eppure si muove: las transformaciones
de la norma poética en Cuba
Idalia Morejón
Para Monsieur du Chang
Conversacionalismo & “nueva poesía”
En
1959 los poetas Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís
prepararon en La Habana una colección de poesía joven (1) en
cuyo prólogo, desde el inicio, formulaban uno de los ‘enigmas’ estéticos
y cronológicos de la revolución triunfante: “¿A
partir de qué momento comienza en Cuba la poesía nueva?”.
Esta interrogante denota la preocupación que muchos de los
jóvenes intelectuales de los años sesenta tuvieron
por encontrar, a través del arte y la literatura, modos políticos
de intervención, y ocupar un lugar canónico dentro
de la historia letrada de la isla. Si bien no dejó de ser
un presupuesto no conflictivo, a partir de ese momento el binomio
libertad / compromiso también se transformó en gesto
escriturario y principal (re)productor de los ideologemas que dominarían
una zona institucionalmente hegemónica del discurso poético;
derivada, por demás, de un hecho histórico desvinculado
de la participación de los mismos intelectuales que con su
pregunta enunciaban un nuevo camino para la poesía. Desde
el punto de vista de estos creadores, la revolución de 1959
les propició alinearse a todo un movimiento de poesía
(auto)crítica, epifánica y realista, cuyo paradigma
del momento sería el poema de Fernández Retamar, “El
otro”, coincidentemente fechado en el primer mes del nuevo
calendario (2) .
Estimulada por el tema la revolución, esta “poesía
nueva” comenzó entonces a mostrar mayores afinidades
con la norma conversacional heredada del optimismo whitmaniano y
del simbolismo francés, e institucionalizada por el imaginismo
estadounidense en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.
En las vísperas de los sesenta, el conversacionalismo había
sido enfáticamente leído en sus lenguas originales,
o traducido por publicaciones locales, gracias al tránsito
de varios escritores y artistas por la literatura y el arte de los
centros cosmopolitas de Europa y los Estados Unidos. Mientras que
pequeños grupos importadores habían conseguido articularse
en torno a la fuerza de gravedad de las publicaciones literarias
que fundaron, o con las cuales colaboraron –Orígenes y Ciclón fundamentalmente-,
a partir de 1959 los papeles se invertirían, y los más jóvenes habrían
de girar en torno a la fuerza gravitacional de la revolución,
en un inicio representada por el magazine cultural Lunes de Revolución.
La continuidad o la ruptura con las poéticas practicadas por
algunos de los colaboradores de esos grupos, estuvo subordinada a
los cambios ideoestéticos introducidos por el hecho histórico
más influyente en la América Latina del siglo XX. No
se trataba de la edad de los poetas, sino de su integración
a la “poesía nueva”, entendida al mismo tiempo
como contribución formal y remodelación contenidista.
Los escritores que en décadas anteriores habían estado
afiliados a partidos políticos de izquierda y habían
publicado textos de denuncia social fueron reivindicados como miembros
de una tradición, más que poética, de lucha
ideológica. Mientras tanto, aquellos agrupados en torno a
la revista Orígenes, en específico sus fundadores (con
la excepción de Virgilio Piñera y José Rodríguez
Feo) se habían mantenido distanciados de esa postura y fueron
cuestionados, prácticamente negados, por los principales animadores
de Lunes. A pesar de que Piñera publicó bastante
en Lunes también fue cuestionado allí. Cabe recordar su
polémica con Padilla, donde se burla de él diciéndole
que era un lobo feroz que aún no había asumido del
todo su papel(3). Además, Piñera había sido ya
desde antes cuestionado. En los números 2 y 3 de La Gaceta
de Cuba sostuvo una polémica con Fernández Retamar,
precisamente por esta razón: poesía nueva-contexto
nuevo, Lezama, etc(4). Es decir, desde el principio, los “nuevos
intelectuales de la revolución” a pesar de que lo aceptaron,
sobre todo por la agresividad de su crítica, lo cuestionaron
también. Su poesía (su imaginario) era visto con bastante
reserva, por no decir que era visto con desagrado. Más bien
lo que aceptaban eran los cuentos y su teatro. Salvo en contadas
ocasiones, los origenistas no fueron reconocidos por la nueva generación,
que en el plano oficial, esto es, en el de los contactos con el grupo
político en el poder, rechazó no sólo la actitud
escrupulosa de estos poetas ante la vida política, sino también
su esencialismo lírico(5). Olvidaban que, en su momento, los
origenistas también habían protagonizado la ruptura
con la poesía de sus contemporáneos. En el ámbito
internacional, descartaron la experimentación vanguardista,
en específico el surrealismo, mientras que en la isla, desde
una ‘alta cultura’ de herencia decimonónica dejaban
a la zaga, en tanto ‘proyecto’, a otras tendencias de
la época, como la poesía social, la negra o la de corte
vanguardista. Se dejaba afuera dichas tendencias, ante todo por razones
ideológicas. No se podía hablar de poesía negra
dentro de un país donde la norma política manda que
se hable de pueblo o proletariado. También por estos años
son suspendidas o prohibidas eso que antes del 59 se llamaba “ligas
de color”, y que eran ante todo grupos de negros que se dedicaban
a autoconstruirse una conciencia de la raza.
La opción origenista frente a lo literario constituía,
desde un punto de vista cosmovisivo, buena parte del legado que la
República dejaba a los jóvenes, y con el cual estos últimos
parecían dispuestos a romper. Desde un punto de vista canónico,
las polémicas levantadas con el objetivo de desacreditar a
los poetas de Orígenes no expresaban otra cosa que
la quiebra de las jerarquías en la sucesión del saber, con los
jóvenes juzgando la competencia de los más viejos y
declarándolos válidos o no para continuar.
A partir de 1961, cuando Fidel Castro pronunció su conocido
discurso “Palabras a los intelectuales”, viejos y jóvenes
entendieron de una vez cuáles eran las fuerzas que limitaban
los temas y modos de decir; el inagotable, inolvidable y rancio lema “dentro
de la revolución todo, fuera de la revolución nada” se
convirtió en el slogan de la semántica revolucionaria,
pero también en una amenaza. A partir de ese momento, toda
la producción poética aceptada como legítima
fue la que se enmarcó en los moldes del realismo social y
revolucionario, apartando del espacio público tanto a los
creadores de Lunes (que habían seguido una vertiente ligada
a una variedad de ‘ismos’ de la cual excluían
por principio al estalinismo), como a los poetas más jóvenes
y menos visibles reunidos en torno a las ediciones El Puente,
que a pesar de sobrevivir a la censura por un poco más de
tiempo que los fundadores de Lunes, algunos llegaron a ser perseguidos y
encarcelados.
¿Dónde, además de esta primera antología y del magazine
mencionado, críticos y poetas llegarían a localizar tal ruptura,
tal radicalización? Desde la autoridad crítica que emana de su
condición de publicista oficial de la revolución ante todo un continente,
Casa de las Américas fue una de las revistas que con más ahínco
se dedicó a seleccionar obras y autores latinoamericanos, y en especial
cubanos, que absorbieran en su lenguaje y en sus formas el gran momento de la
epifanía. Es decir, con los que pudiera hacer proselitismo. Resulta comprobable
a través de la poesía que canta a los héroes caídos
y al gran instante de la integración social. Los títulos de los
poemas de Pablo Armando Fernández, así como su contenido, muestran
esta incorporación de lo histórico como valor al texto poético: “Epifanía” –sobre
el triunfo de la revolución cubana; “Josué” -el héroe
revolucionario muerto en la guerrilla urbana; “Veintiséis del cincuenta
y nueve”- hace referencia al asalto frustrado al Cuartel Moncada en 1953.
Seis años más tarde, en 1959, este episodio es recordado en el
poema de Pablo Armando como la celebración del gran momento de la libertad
que convoca, a través del dolor de la pérdida, a los que murieron
en combate.
El poema de Fayad Jamís, “El ómnibus y la ciudad”(6),
que me permitiré citar en extensión (en la actualidad
podríamos titularlo “Apología del Camello”,
porque reúne todos los lugares comunes demagógicos
y todas las situaciones triviales y lacerantes vividas durante décadas),
podría leerse en el momento de su escritura (octubre de 1963)
como la metáfora de la revolución en marcha, en cuyo
interior (un espacio cerrado, la isla) viajan individuos de todas
las edades y clases sociales, mientras discuten y observan a través
de las ventanillas la transformación de los valores religiosos,
políticos y sociales, del paisaje urbano y humano, constituyéndose
de tal modo en una de las figuras retóricas de la revolución
como motor, como “carro de la historia” en perpetua marcha:
El ómnibus avanza.
Las calles reverberan en la luz y el calor.
La ciudad es un mundo de espejos y de música.
Una mujer sube su enorme cuerpo y trata de sentarse.
Un obrero acomoda su caja de herramientas.
Una muchacha se queda en el pasillo
como una hermosa lámpara oscura.
[…]
Un anciano le dice a su vecina
-una anciana pintarrajeada y, sin embargo, digna-:
«¡Si seguimos así no llegaremos nunca! Esta guagua no avanza…»
(Como si en otros tiempos avanzara más rápido).
El anciano habla sin cesar. Su voz trata de abrirse una brecha
entre las voces de los pasajeros, el estrépito del ómnibus
y el ruido de la ciudad.
Habla de pedazos de realidad, de cosas sencillas y graves,
de pequeñas victorias y de muebles rotos por el tiempo.
Vamos apretujados en un solo bloque de calor, pero siempre cabe uno
más:
un albañil, una mecanógrafa, un poeta, o, acaso, un
comerciante
(un hombre cuyo tráfico oscuro fue abolido).
Siempre cabe uno más. Somos un solo bloque de calor.
Los que suben y bajan, empujan y a veces resuena una mala palabra.
Y a veces el ómnibus está a punto de volcarse en una
esquina.
[…]
Vamos apretujados en un solo bloque de calor, pero siempre cabe uno
más.
El anciano habla sin cesar. En una parada de San Lázaro,
apuntando a una puerta, le dice a su vecina:
«Fíjese en esa placa. Ese abogado es hijo de un general de la independencia.
Es una buena persona.» «¿Una buena persona, el
abogado? ¡Un bandido!»
«Su padre fue general de la independencia, ¿sabe?»
«No conozco a su padre, pero él es un bandido. Mire, es mejor que
no hable. »
Pero el anciano sí sigue hablando y ahora señala un
edificio
y nombra al que ordenó su construcción –un cadáver
invadido por la tierra,
igual que su antiguo edificio está ahora invadido por el pueblo-.
Siempre cabe uno más. «Caminen hacia el pasillo.» «En
la próxima!»
La ciudad es un mundo de espejos y de música.
Las calles reverberan. Esa mujer trae la cabellera mojada
como una campesina salida del río. Siempre cabe uno más.
«La de atrás viene vacía!» «A mí no
me importa la de atrás. Quiero llegar temprano.
Me gusta ir siempre delante. No conozco el arte de la espera.»
Y nadie quiere esperar, y nadie quiere quedarse en una esquina
asaltado por la luz. Y nadie quiere otra cosa que llegar
-aunque no tenga ninguna prisa- a su destino en la
estrellada tarde.
[…]
Por otro lado, la forma de analizar la poesía era tan frágil
como los propios textos, ignorante de las jergas profesionales, impresionista
y maniquea. Después de este largo poema que no debemos olvidar,
resultaría redundante y fatigoso verificar la introducción
de José Triana que sirve como evaluación a la producción
poética del primer lustro revolucionario(7). De modo sucinto,
para Triana los poetas de 1959 paradójicamente no habían ‘superado’ del
todo los “resabios” estéticos que los vinculaban
a otros grupos, como el surrealismo, el trascendentalismo o la poesía
metafísica. Ser rebelde al estilo de los barbudos se había
convertido en una suerte de “cuban way of write”; así,
la literalidad verde olivo creó una retórica que reemplazó o
desplazó las formas poéticas que hasta ese momento
habían sido consideradas por los poetas como los primeros
gestos libertarios y vanguardistas en la revolución, teniendo
como soportes la constitución de una tradición, las
vicisitudes del exilio y la miseria del poeta frente a las instituciones.
Quizá resulte suficiente recordar el cuaderno de José A.
Baragaño, Poesía revolución del ser (1960),
que utilizó buena parte de su producción lírica
del exilio parisino pre-cincuenta y nueve (esto es, las influencias
surrealistas) para, a través del título y de un conjunto
de poemas escritos a posteriori adoptar una nueva tonalidad del verde,
llegando inclusive a presentarse al premio de poesía del concurso
Casa de las Américas, para lo cual contó con el apoyo
sostenido, aunque infructuoso, de los más fervientes colaboradores
de Lunes(8).
Y con esa manera panfletaria de escribir y hacer crítica literaria,
los propios poetas ‘comprometidos’ forjaron un camino
de restricciones para la poesía cubana: lo específicamente
literario había dejado de ser una prioridad para el escritor.
Las instituciones culturales que los respaldaban (CNC, UNEAC, Casa
de las Américas) parecían haber colocado en sus manos
un tesoro: el poder de interpretar, quitar y poner, publicar o censurar,
y lo utilizaron al máximo.
En 1965 el crítico inglés John Michael Cohen realizó un
análisis de la poesía cubana dentro del contexto latinoamericano
y la comparó con la de otros países hispánicos.
Para Cohen, la independencia política y económica de
Cuba no encontraba correspondencias en la cultura, que continuaba
atrasada, tanto del lado de los origenistas (Lezama es calificado
de “hermético”, mientras que Eliseo Diego aparece
reinventando las fórmulas usadas por Borges cuarenta años
atrás para crear una “tierna mitología criolla”),
como de los jóvenes poetas:
La prueba llegó cuando estos poetas fueron llevados por su entusiasmo político a celebrar la Revolución y luego la victoria de Playa Girón. Ninguno de los poemas era completamente auténtico. Todos (...) cayeron en el cliché político, otros eran francamente sentimentales en su homenaje al miliciano (...) Un poeta debe estar “comprometido”, pero un compromiso demasiado cercano nubla la visión poética. El propio Mayacovski tuvo que colocar un velo de ironía entre él y la Revolución, de la cual era el intérprete poético, e incluso él terminó suicidándose(9).
En su comentario, Cohen
advierte con suspicacia y preocupación
cómo las tensiones entre política y cultura
están
permanentemente presentes en el campo intelectual, y avisa
sobre el riesgo de transformar la poesía en vehículo
exclusivo de la propaganda política. Su alerta fue
interpretada como una nota discordante, pues ya entonces
cualquier tipo de crítica
pesaba como una espada de Damocles sobre la cabeza de poetas
y ‘dirigentes’ de
la cultura. Además de este ‘mal augurio’ lanzado
por un crítico extranjero, ninguna otra cosa parecía
empañar el idilio entre la revolución y los
jóvenes
poetas.
Testimonio & poesía
El ‘don’ histórico de participar en la construcción
de una nueva sociedad afloró en la poesía como una
deuda que saldar, y la manera más directa de pagar por ese
privilegio era “humanizando” el lenguaje, alejándolo “de
las aventuras formales de la exquisitez o herméticas de la
trascendencia”. En su lugar el conversacionalismo, que no era
una novedad, funcionó, a la vez, como mecanismo para la ruptura
cosmovisiva y para el estancamiento estilístico, al facilitar
el discurso que mejor se adecuaba a las formas expresivas de la nueva
realidad. El prosaísmo, la violencia, la efusión sentimental,
la preocupación social y política se erigieron en valores
exclusivos ligados al tema del compromiso revolucionario. Los poetas
conversacionales habían asumido una actitud de ‘militancia’ con
la realidad, convirtiendo la poesía en testimonio. La vida
cotidiana fue poetizada de una manera sencilla, confesional, y los
sentimientos eran expresados mediante el uso de recursos narrativos.
Prevalecía entonces la anécdota, la actitud descriptivo-impresionista:
el poeta tratando de registrar el instante, para de ese modo establecer
un equilibrio entre los elementos épicos y banales que le
ofrecía la realidad. Para ello, los registros formales más
adecuados eran aquellos que lograban una aproximación eficaz
entre referente y poema (lenguaje coloquial), y en los cuales predominaba
una actitud mimética clásica –la imagen sensorial
que imita la realidad natural:
El día 31 de agosto de mil novecientos
sesenta y cuatro
el señor Ezequiel Sotomayor,
leyó en la segunda página de Revolución el texto siguiente:
“Este río, como todos los anteriores y los que pasaríamos
después,
estaba crecido.
También se hacía sentir la falta de calzado
en nuestra tropa”.
Hecho esto dobló el diario
y comparó mentalmente lo anterior
con los versos de cierto poeta de décimoquinta fila;
consultó con temor su sensibilidad
y para asegurar su juicio hizo llamar
a su joven sobrina que estudiaba Letras.
Escrutaron minuciosamente ambos escritos:
Se decidieron por el texto del periódico.
He escogido el poema “Arte poética”(10), de Domingo
Alfonso, para proponer una lectura del testimonio como puerta de
pasaje hacia el interior de la nueva casa poética en construcción,
porque nos habla sobre cómo la revolución ocupó una
zona del territorio letrado de la isla, pero además, porque
explica el empleo que hicieron los escritores y en consecuencia la
literatura y la poesía, de los géneros del periódico
(crónica, entrevista, reseña), así como de otras
formas documentales –fotografías, cartas y diarios.
El autor del poema propone la cita testimonial como ceremonia de
entrega de la escritura poética a lo real, como ritual de
iniciación a otro lenguaje. El poeta no sólo cita el
texto del periódico, sino que lo transforma en verso; con
esto se convierte en editor del testimonio, y lo real revolucionario
se transforma en acervo documental. Desde la escena narrada en el
poema, el señor Sotomayor y la joven estudiante de Letras
escrutan en conjunto un texto publicado por el diario de la revolución,
y un poema; la duda al momento de escoger entre ambos se presenta
como un gesto antagónico, por el modo en que polariza el discurso
en torno al compromiso del escritor, con la revolución o con
las letras.
Junto con el lenguaje del periódico, la poesía testimonial,
así como otros géneros que han debido ser (re)nombrados,
(“novela testimonio”, “literatura carcelaria”,
por ejemplo), escoge la realidad cotidiana y cambiante, para tener
acceso al lugar de ‘la verdad’ revolucionaria. La poesía
testimonial instaura una noción de lo poético que apela
a lo documental –el narrador del poema nos ofrece los datos
necesarios para que podamos verificar su autenticidad en el periódico-,
al tiempo que descomplejiza el lenguaje, que se vuelve narrativo
y directo. Nos dice que la poesía se encuentra en la realidad,
y que la función predominante en el poema debe ser la comunicativa.
Por lo tanto, el poeta trata de ‘ver poesía’ en
la esfera específicamente revolucionaria, a través
de la acción de los jóvenes protagonistas de la historia
local, los mismos que Ezequiel Sotomayor había descubierto
en las páginas del periódico mientras cruzaban un río,
y cuya acción ‘poética’ instalara primero
la duda, y enseguida después la definición en torno
al valor estético del testimonio.
Además de suponer una legitimación política
del contrato realista, lo que justifica citar por extenso “los
versos de cierto poeta de décimoquinta fila”, como probablemente
Domingo Alfonso se llamara a sí propio, es el modo en que
lo literario se repliega frente a lo documental, pero sobre todo,
frente a la espectacularidad de lo revolucionario. Al proponer la
realidad como más creativa que la ficción, y estetizarla
bajo la forma del verso, esta ars poetica excluye otras, que no aparecen
explicitadas.
Ideología versus poéticas
En 1968 el poemario Fuera del juego, de Heberto Padilla, fue premiado
con un voto unánime en el concurso “Julián del
Casal”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba
(UNEAC), por un jurado internacional entre cuyos miembros se encontraban
José Zacarías Tallet, Manuel Díaz Martínez(11), el propio J. M. Cohen y el execrado fundador de la revista Orígenes,
José Lezama Lima (que a pesar de ser considerado un dinosaurio
conservador, tuvo tino suficiente para descubrir en la poesía
de Padilla un nuevo germen). Al premiar este libro, lo que le interesaba
a los jurados era justamente lo que sólo podían encontrar
fuera de la norma, y que hasta hoy constituye la originalidad de
Padilla: su calidad formal, más su “intensa mirada sobre
los problemas fundamentales de nuestra época y una actitud
crítica ante la historia”. Para los jurados, lo que
le daba sentido revolucionario a este libro era el hecho de no ser
apologético(12).
A pesar de ganar el premio, Fuera del juego no fue incorporado al
canon de las novísimas obras revolucionarias, pues no contribuía
a perpetuar el modelo afirmativo del entusiasmo sin crítica.
Mientras que en el Congreso Cultural de La Habana de 1968 se acababa
de constatar el apoyo de la izquierda internacional a la revolución
cubana, con el llamado caso Padilla toda una década de epifanía
y adhesión se cerraba para los intelectuales. En abril de
1971, el poeta fue preso por la Seguridad del Estado y después
de un mes liberado y conminado a autocriticarse ante sus colegas
de la UNEAC. Allí denunció a otros intelectuales que,
como a él, se les consideraba disidentes o contrarrevolucionarios.
No medió un proceso en el sentido jurídico, no hubo
acusación formal; la ley fue impuesta de forma tal que el
reo hubo de convertirse en su propio acusador y, de cierta manera,
hubo de reajustar todo el enmarañado mecanismo de la justicia
a la ley fuera de la justicia. Lo que se juzgaba no eran los hechos,
sino las ideas; lo que quedó expuesto fue la violencia política
en las relaciones de poder; lo que se practicó eran las técnicas
de que se valía el poder para garantizar su hegemonía.
El poeta de Fuera del juego se convirtió en la pieza clave
sobre la cual sostener esta nueva economía del castigo, pero
también una nueva economía del discurso. Su confesión
actuó como mecanismo regulador de futuras actitudes políticas;
su efecto fue ejemplarizante, y su función más importante
fue la de enfatizar la superioridad del poder. La siguiente cita
extraída de un discurso pronunciado por Fidel Castro en 1971,
poco tiempo después de la confesión de Padilla, se
desborda en elocuencia y, más que una ilustración desgastada
por el uso, resulta una prueba concreta –siempre sorprendente-
del antiintelectualismo de la clase dirigente, que rápidamente
se instauraría como base de la política cultural del
país:
(...) ¿concursitos aquí para venir a hacer el papel de jueces? ¡No! ¡Para hacer el papel de jueces hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad! Y para volver a recibir un premio, en concurso nacional o internacional, tiene que ser revolucionario de verdad, escritor de verdad, poeta de verdad, revolucionario de verdad. Eso está claro. Y más claro que el agua(13).
De esta manera,
excesivamente locuaz, se establecieron las pautas
que han regido el desarrollo institucional
de la cultura en Cuba,
al tiempo que se consolidó el modelo de intelectual
comprometido con el socialismo y también con
el tercermundismo. Así,
el caso Padilla aparece como la confirmación
de aquello que no se debía hacer: liberar
el lenguaje de la tiranía
de lo real-institucional. Todas las obras que en
sus rasgos más
originales no se correspondiesen con el programa
ideológico
de la revolución serían expurgadas
y anuladas, y con ellas sus autores. Los únicos
textos e interpretaciones válidos
eran los que satisfacían las necesidades institucionales,
por lo cual se los justificaba tal como eran: imperfectos,
su obra viva. Existía el consenso de que era
esa imperfección
la que los tornaría más humanos, argumento
usado, más
que nada, para esconder la necesidad que tenía ‘la
revolución’ de
ese discurso. Así, queda claro para los poetas
que su postura frente al control del discurso es
totalmente subalterna, pues es
el poder político quien determina la interpretación.
Incluso figuras prestigiosas como Cintio Vitier o
Eliseo Diego, origenistas que diez años atrás
habían sido objeto de críticas
y ofensas por parte del propio Padilla y de sus colegas
de Lunes, comenzaron a producir textos en la nueva
norma conversacional, de
tema revolucionario, dedicados a las organizaciones
de masa, a la zafra azucarera y a los obreros.
En el poema “El cañaveral”, Cintio Vitier parece
asistir a su propia ceremonia de iniciación, a un rito de
pasaje de lo simbólico a lo concreto. Ahora el saber no es
más una obra del intelecto, sino del esfuerzo físico;
ya no es el espíritu (la trascendencia) sino la carne (la
mortalidad); ya no es un libro, sino una mocha. Es a través
de la acción, de la experiencia en el trabajo rudo del campo,
que Vitier constata que las palabras no son la realidad:
Queridos poetas: el cañaveral
no es ya un elemento del paisaje,
un símbolo, un tópico, ni siquiera
una palabra.
¡Cuántas veces la hemos leído
sin saber que era otra cosa muy distinta
un dolor de huesos de madre,
que nos tira deshechos al camastro
bajo las estrellas! (14)
Vitier le habla a la clase de los poetas desde un lugar de autoridad
que se opone a la poética origenista, a la
construcción
teleológica que él mismo había
sostenido en Lo cubano en la poesía, obra
en la que el paisaje no es precisamente el cañaveral
del ‘tiempo muerto’, sino el hallazgo
ontológico a través del cual la poesía
cubana se había construido una identidad;
identidad que en este poema parece anulada, olvidada,
negada, clausurada, relegada al lugar común
estigmatizador del pasado. El paisaje es ahora el
símbolo
de la zafra de los diez millones; así, el “testimonio” de
Vitier prefigura una suerte de onda discursiva destinada
a obliterar las zonas poéticas en las que
no fuera posible identificar como predominante el
campo de los valores épico-revolucionarios(15).
Paralelamente, los jóvenes que a finales de los sesenta y
comienzos de los años setenta se agruparon en dos oleadas
sucesivas en torno a la redacción del periódico cultural
El Caimán Barbudo continuaron escribiendo una poesía
igualmente conversacional y comprometida. La mayor diferencia con
los poetas de 1959 -los que circularon tanto por Lunes como por Casa y las publicaciones de la UNEAC, y a quienes prefiero deslindar de
la diversidad contenida en la generación antologada y tácitamente
aceptada como “del cincuenta”-, se encuentra en los temas,
que se habían desplazado del ámbito de lo estrictamente épico-colectivo
hacia las minucias de la cotidianidad, hacia la crítica ingeniosa
y velada a la burocracia. De la primera leva, por lo menos dos nombres
sobresalen: Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera,
que escribieron poemas extensos o breves, por momentos sarcásticos
e ingeniosos. Los del primero, dotados de un sentido del humor que
arrasaba con la solemnidad con que hasta entonces había sido
encarada la circunstancia histórica y literaria, mientras
que los del segundo exploraron, en lo mejor de su producción,
una vertiente social cuya función crítica fue discretamente
excluida frente a la presencia avasalladora del latinoamericanismo
como valor estético. Famoso por poco conocido, El libro rojo (1968-1969) de Rodríguez Rivera (del cual la editorial Casa
de las Américas publicó ocho poemas de los catorce
que lo integran en Seis poetas, compilación de poetas finalistas
a su premio continental de 1970), desde su marginalidad selló un
pacto de silencio con las instituciones. El temor a la censura y
los precedentes escandalosos protagonizados por Padilla en 1968,
que tanto daño han hecho a la crítica literaria cubana,
contribuyeron a que este cuaderno no fuese leído siquiera
como un diminuto instante de reivindicación social, no sólo
en la poética de Rodríguez Rivera, sino también
en la de sus coetáneos agrupados en torno al Caimán
Barbudo. En compensación, el silencio más que cauteloso
que enrareció el final de la década del sesenta garantizó a
su autor un puesto duradero y de amplio respeto dentro del campo
intelectual de los setenta y ochenta, en gran medida avalado por
su labor académica.
Como profesores universitarios de literatura, tanto Nogueras
como Rodríguez Rivera gozaron de los beneficios de la intertextualidad,
de la exégesis retórico-estilística y de la
comprensión de la poesía como un lenguaje trascendente.
Ellos supieron mantener un diálogo con la alta cultura y,
por supuesto, también con la revolución. Descontando
la influencia que en el ámbito de la lengua española
tuvieron poetas como Neruda, Vallejo y Guillén, así como
el deseo de explorar “un camino diferente al que trazaron los
poetas de la vanguardia”(16), la producción poética
de la primera formación del Caimán Barbudo estuvo intrínsecamente
relacionada a la presencia de Fayad Jamís, Juan Gelman, Fernández
Retamar, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. Sin embargo, a pesar del
esfuerzo por gestualizar a partir de la escritura poética
ciertas muecas e ironías sobre la solemnidad en el lenguaje
y sobre la culpa histórica latente en los temas, todo se realizaba
sobre la base de la transacción, pues la imagen de independencia
intelectual que pretendían defender acababa siempre en conciliación
con el discurso político.
Ya en la década del setenta, una vez más
otra formación
de poetas que no accedió a los medios de prensa
institucionales fue opacada y disuelta tanto por
la salida al exilio como por la
represión policial, como ocurrió con
los desconocidos “poetas
de la funeraria” (Jorge Yglesias, Nicolás
Santana, Benigno Dou, Carlos Victoria, Rogelio Fabio
Hurtado, Leonardo Eduardo Campa,
Esteban Luis Cárdenas y Benjamín Ferrara).
Mostrándose desde la marginalidad política,
geográfica
y social (ya fuera desde Miami o desde la frontera
con el reparto Mantilla), los melenudos poetas de
la funeraria desarrollaron una
forma de resistencia ideoestética que se manifestó mucho
más en la argucia necrológica y performática
de escoger como lugar de reunión un espacio
que se situaba fuera de las fronteras de la cultura
oficial. Frente a los vigilantes
del orden responsables de higienizar el discurso,
la moral y los modos de organización del campo
intelectual a partir de 1971, la antigua funeraria
de 23 y M funcionó como una especie de
madriguera que los tornó, durante algún
tiempo, invisibles e intocables, o tal vez inofensivos
como los muertos. Era también
el único lugar que simbolizaba realmente lo
que era Cuba, y como este grupo leía el contexto
cubano en aquel momento(17).
Bajo esta aparente falta de disonancia se cerró la década
del setenta, cuya primera mitad fue acuñada por Ambrosio Fornet,
como de sobra es sabido, con el nombre de “quinquenio gris”,
siendo él mismo uno de los críticos literarios que
hasta ese momento había formado parte del batallón
intelectual encargado de promover y defender los beneficios del realismo
estético y del compromiso revolucionario. Fornet evalúa
los años posteriores al caso Padilla y concluye que el saldo
de todo un quinquenio había sido el de la mediocridad y la
entonación coral. Si por un lado renunció a la interpretación
optimista de la literatura, por otro su análisis todavía
funciona como justificación para la mala literatura que se
continuó escribiendo, bajo el auspicio y estímulo de
las instituciones revolucionarias. La deprimente monocromía
de todo un quinquenio se ha convertido en el lugar desde el que se
admiten, y al que se confinan, todos los defectos de la política
cultural cubana. Así, los errores son mostrados como fatalidades
no de la política cultural y sí de los propios intelectuales.
Pero no se debe olvidar que para la población en general,
y para el campo literario en particular, lo peor no había
terminado.
Un “conversacionalismo
cosmovisivo”
Las décadas del ochenta y del noventa llegaron marcadas por
acontecimientos que convulsionaron la vida de los cubanos, ‘desacostumbrados’ a
disentir políticamente, por lo menos en público. En
1980, en pocas semanas, decenas de miles de ciudadanos abandonaron
la isla rumbo a los Estados Unidos por el puerto de Mariel. Diez
años después, en 1990, se decretaría el llamado
período especial, que inauguró una fase de caos económico
en el país, acompañada de una violenta ola represiva
contra todos los que manifestaron su oposición a la política
adoptada por el gobierno frente a la crisis. A finales de los ochenta,
pequeños grupos de escritores y artistas trataron de introducir
modificaciones en el canon de la política cultural de la revolución
movidos por la creencia en la posibilidad de recuperar el dinamismo
y el espíritu crítico. Las críticas y propuestas
tenían como objetivo encontrar vías de participación
política que tornasen más democrática y legítima
la figura del intelectual en la esfera pública. En la creencia
de esos intelectuales, la libertad de expresión, de asociación
y las ventajas del libre comercio parecían ser la salida para
un país en ruinas(18). Si bien las magras bonanzas que la presencia
soviética trajo a la vida material se habían desdibujado
al final de la década, las expectativas creadas por la perestroika y la glasnost parecieron alentar la posibilidad de un momento renovador
para el país. Con lógica metonímica se llegaba
a la conclusión de que, ante el rumbo tomado por los acontecimientos
en el Este europeo, si los rusos cambiaban, pues los cubanos también
podrían hacerlo.
Los años ochenta habían transcurrido como una suerte
de deshielo tropical que trajo nuevamente a la superficie de las
instituciones culturales a un reducido número de cadáveres
civiles (si comparado con la cifra nada despreciable de escritores
que para ese entonces habían emigrado), cuyas figuras más
prestigiosas, ya fallecidas, eran Virgilio Piñera y José Lezama
Lima. También se volvieron a publicar los libros del grupo
de escritores “denunciados” por Padilla en 1971 -César
López, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat.
A los más jóvenes les pareció posible entonces
retomar el discurso crítico, y mediante una especie de alquimia
entre la necesidad de libertad y la sanidad económica, recuperar
el tiempo perdido. Al mismo tiempo, ‘renace’ la discusión
sobre lo literario, sobre el canon, como viene ocurriendo en los últimos
años, en especial al apropiarse de un debate que parte de
la escisión origenista de cincuenta años atrás
y se extiende hasta la discusión casi bizantina sobre la inclusión
o no de un nuevo proyecto de escritura dentro de la norma vigente.
Por obra y gracia de la censura revolucionaria, que atrasó en
varias décadas el encuentro con las obras de Foucault, las
teorías de la Escuela de Frankfurt o los manuales de Lyotard
sobre el postmodernismo que entraban al país por vías
no oficiales, los auténticos ‘hijos de la revolución’,
el proyecto frustrado del ‘hombre nuevo’, formados e
instruidos en la no transgresión, comenzaron a proveerse,
de manera absolutamente independiente y aleatoria, de una nueva visión
de la Historia. Ciertas zonas de la filosofía oriental y occidental,
que durante décadas habían sido obliteradas por las
lecturas curriculares importadas de los manuales rusos de marxismo,
ampliamente difundidos en las universidades, eran recuperadas por
estos intelectuales, poetas y narradores en su gran mayoría,
que se dedicaron al estudio de Spinoza, Kant, Heidegger, Hegel,
Nietzsche, Marx, Gramsci, inclusive Cioran. Las revisiones sobre
la modernidad a la luz de la postmodernidad los acercaban a los poetas
malditos, mientras que el dominio de lenguas extranjeras como el
ruso, el inglés, el francés y el alemán los
llevaba a reinterpretar el lenguaje y los temas de autores consagrados
de la poesía universal. Eliot y Auden en la tradición
anglosajona, Rimbaud y Perse en la francesa, Lezama Lima y Julián
del Casal en la cubana: prácticamente los mismos autores que
los poetas de 1959 habían reconocido como influencias. Las
puertas de la cultura parecían abrirse sin el chirriar de
los goznes partidistas, y el lenguaje poético, finalmente,
parecía excluir de su retórica la palabra panfletaria.
En semejante contexto de ‘desestabilidad simbólica’,
la continuidad ideológica, estilística y retórica
de la poesía cubana pareció quebrarse nuevamente a
partir de un cambio cosmovisivo, en la actualidad considerado la
nueva norma poética, denominada postconversacional. El conversacionalismo,
del modo en que había sido institucionalizado, y al cual una
masa burocratizada de creadores se había acomodado, traslucía
ya la fatiga de un lenguaje que prácticamente se limitaba
a trasponer, a dar fe. Más por oposición que por contraste,
la poesía surgida bien a finales de los años ochenta
se desplaza hacia otros espacios semánticos más afines
con los modelos heredados de las vanguardias internacionales. Nuevamente
variaron las relaciones tiempo-espacio, y las del poeta con el mundo,
los objetos y los hombres. El poema recobró su autonomía,
el poeta su función mesiánica; volvió a ser
el creador de un cosmos cuyos límites eran los del lenguaje.
A diferencia de los poetas conversacionales de las décadas
anteriores, quienes trataron de registrar las huellas que en ellos
dejaban las cosas, éstos se acercaban a las cosas para impregnar
en ellas su marca. Dentro de su pluralidad, la primacía de
esta nueva norma puede ser constatada en la existencia de un buen
número de antologías (un auténtico boom) y de
libros premiados o publicados tanto en el país como en el
extranjero. Más de treinta antologías de poesía
han circulado dentro y fuera de Cuba entre 1989 y el primer lustro
del siglo XXI (19). Los temas retomaron su variedad y una nueva connotación,
en total consonancia con la coyuntura histórica: el viaje,
la función y el lugar del poeta en la sociedad, su posición
altamente ética ante la historia, la autorreflexión
sobre el lenguaje (su perdurabilidad), el rechazo a la manipulación,
la posibilidad de trascendencia, el tema del doble (el sujeto fragmentado
y la constante búsqueda de sus otros). Estos rasgos aparecen
permanentemente en la poesía de finales de los ochenta y comienzos
de los noventa de autores como Antonio José Ponte, Omar Pérez,
Emilio García Montiel o Carlos Alfonso, a quienes considero
cuatro de las figuras más diversas y representativas –ética,
estética y discursivamente- de la generación de autores
que nació y se (de)formó a partir de los años
sesenta; época, por demás, frente a cuyos conflictos
generacionales e ideológicos han sabido posicionarse mejor
y/o peor que nadie. Esto, no simplemente por el impacto de poemas
aislados que han llevado a la crítica a instalar a estos y
otros poetas dentro de las antologías.
De igual modo, el denominado postconversacionalismo se identificaba
con una parte de la obra de los poetas que en los años setenta
e inicios de los ochenta habían permanecido “fuera de
la norma”, esto es, sus libros (si publicados o premiados)
no habían sido reconocidos suficientemente por la crítica
y mucho menos por la enorme masa de lectores ‘poéticamente
alfabetizada’, a través de un repertorio que partía
del canto a los símbolos patrios, pasando por los versos popularizados
aunque nada sencillos de José Martí, hasta llegar a
los sones negristas y antiestadounidenses de Guillén, o a
los bucólicos textos nacionalistas del Indio Naborí.
Bajo este manto lírico, para el cual las editoriales escolares
no escatimaron la impresión de millares de ejemplares, durante
mucho tiempo permaneció oculta, para citar apenas un autor,
la obra de Raúl Hernández Novás, cuya “gloria
poética”, a pesar de los premios obtenidos en vida,
comenzó a ser “canonizada” justo después
de su suicidio, en 1993. Hernández Novás construyó un
discurso de corte trascendentalista emparentado con la poesía
origenista, de fondo existencial, atento a lo absurdo y lo fugaz,
que aspiraba a mostrar una realidad distinta, menos armónica
y menos plural, insatisfecha de su orden.
También, el postconversacionalismo ha incorporado a autores
que abandonaron el discurso coloquial y la intrascendencia cotidiana
para escribir sobre las bases del intelectualismo, de la utopía
poética como locus reparador de cualquier desastre espiritual
o material, y de la especulación filosófica-existencial.
Tal es el caso de Reina María Rodríguez y Ángel
Escobar (otro suicida), cuyas producciones a partir de los años
90 en nada se emparientan con aquéllas que los legitimaron
en el primer lustro de los ochenta [Para un cordero blanco, de Reina
María, ganó el Premio Casa en 1984, mientras que Ángel
Escobar fue reconocido, entre los setenta y los ochenta, con cuadernos
como Viejas palabras de uso (1978) o Epílogo famoso (1985)].
El contacto de estos poetas con los más jóvenes, la
actualización de sus lecturas y la influencia de los pensadores
que en las últimas cuatro décadas mostraron nuevas
maneras de interpretar la Historia contribuyó a que se desplazasen
cada vez más de lo histórico-político-nacionalista
hacia lo estrictamente biográfico-literario-vanguardista,
con lo cual también dejaron a la zaga a una porción
nada despreciable de sus contemporáneos, cuyo rasgo más
destacado –y no obstante datado- es justamente la circunstancialidad
de la escritura, unida a la nostalgia adolescente y transgresora
con que ‘honraron’ a las instituciones, al considerarse
los representantes de la generación (nacida en la década
del cincuenta) que por primera vez registró la memoria institucional
sobre la formación del “hombre nuevo”. Esto último
fue recogido con mayor énfasis, por citar apenas dos nombres,
en la poesía de Víctor Casaus o Víctor Rodríguez
Núñez (¡nuestra poesía victoriana y victoriosa!).
Fue con este último, tanto como con Fernández Retamar,
que Ramón Fernández Larrea dialogó y se posicionó de
manera ética en sus poemas “Poema transitorio” y “Generación”,
respectivamente; pero en general se trata de una representación
que marcó también la narrativa que durante esos años
escribieron Arturo Arango, Francisco López Sacha o Senel Paz.
¿Postconversacionalismo y/o “vanguardismo”?
Como en los años anteriores al triunfo de la revolución,
la poesía escrita dentro de Cuba ha manifestado ciertas formas
de resistencia frente a la circunstancia escéptica y hostil,
ha vuelto a funcionar como ethos (sin que por esto se entienda ningún
tipo ‘consecuencia neorigenista’, por tanto reduccionista,
para eludir aquí un debate que merecería otro ensayo).
A pesar de ser hoy la norma predominante, el postconversacionalismo,
que en realidad se trata de un conversacionalismo caracterizado por
una nueva postura cosmovisiva, como ya he comentado anteriormente,
convive con experiencias poéticas más radicales, como
las presentadas por el proyecto Diáspora(s), en el que sobresalen
Carlos Alberto Aguilera, Pedro Marqués de Armas y Rolando
Sánchez Mejías. En 1995, este último preparó un
dossier de 26 poetas que pretendía “inventar un precario
mapa o fenomenografía de los imaginarios poéticos cubanos
más recientes”(20). Dividido en tres partes, la última
de ellas, que agrupa a los integrantes de Diáspora(s), aclaraba
el énfasis de la poesía como “experiencia de
escritura”. Por un lado, este grupo ha propuesto una nueva
lectura y una nueva escritura del texto poético que remite
al postmodernismo francés, a la obra de Thomas Bernhard, quien
le dio una “norma de escritura”, y a los modelos cubista
y concretista; por otro, se apropia de las teorías filosóficas
sobre el lenguaje, específicamente de Wittgenstein y Nietzsche.
En 1995, Aguilera ganó el premio David de poesía, de
la UNEAC. Su Retrato de A. Hooper y su esposa suscitó un cierto
desconcierto, casi malestar, inclusive dentro del jurado, por el
hecho de premiar un libro que de manera ‘abrupta’ se
posicionaba insólitamente frente a la tradición discursiva
que caracterizaba los galardones poéticos de la isla. Visto
tal vez como una práctica ingeniosa pensada para ser legitimada
por la institución literaria en tanto “poder”,
dicho cuaderno colocaba al lector frente a una dificultad tal vez
mayor: la de descubrir que, llevándolo al plano horizontal,
el largo poema en el cual cada uno de los versos se encontraba reducido
a ‘grafismos’ deparaba a admiradores y detractores (21) con
un cuestionamiento todavía más dudoso: ¿el breve
comentario apócrifo sobre Hooper podía ser considerado
propiamente poesía? ¿De esto se trataba ‘la vanguardia
cubana’? ¿Si se altera la forma original del texto (su
verticalidad), se estaría modificando sustancialmente su lectura,
tanto por la supresión de una cierta dificultad visual, como
por la composición del sentido? ¿Se trata de una carencia
evidente de ‘contenido’ en una obra que pro(im)pone,
a partir de la verticalidad gráfica absoluta de los signos
una dificultad de lectura? Retrato de A. Hooper... no es un texto poético
convencional, sino una narración que habla sobre un autor
apócrifo que ha escrito un texto que él compone a partir
de la autorreferencialidad a su propio discurso. El poema de Aguilera,
que a su vez alude a la escritura de Hooper, es una inteligente y
bien articulada irrupción de un discurso que nunca había
tenido espacio dentro de la institución literaria cubana y
que al mismo tiempo consiguió ocuparlo. Su poema es, de cierto
modo, una reflexión sobre su propio discurso que no esconde
las fuentes de una poética de base filosófica. El texto
absorbe el prosaísmo del ensayo de las ciencias sociales,
sugiere influencias o lecturas que sostienen su teoría de
un registro poético vanguardista elaborado a partir de una
cierta ‘carencia’ nacional con relación a los
ismos primermundistas.
¿Por qué ese desplazamiento del discurso hacia un ámbito
que parece no guardar ninguna correspondencia ideoestética con la literatura
cubana como institución? Aguilera ‘actúa’ como un cínico,
y el retrato de Nietzsche -su espejo aparente, su compañero de diálogo,
el rostro congelado en la imagen que asiente y autoriza porque cuenta con Aguilera,
un lector vivo de su obra-, le devuelve su propia resistencia ante la vastedad
(más cualitativa que cuantitativa) de una tradición que cada vez
más se reorganiza en torno al debate sobre la ausencia de novedad y la
crítica de un pasado poético que ya desde los sesenta había
sido igualmente desacreditado por la misma ‘ausencia de novedad’.
“La operación de mostrar y no la operación de esconder”,
que es la práctica de Hooper y también la de Aguilera,
funciona aquí como un dictum retórico que elude
el acto de establecer relaciones obvias entre la realidad y la
poesía. El poema es, en definitiva, una
suerte de manual de instrucciones sobre cómo escribir
un poema para “pensar” su
ausencia. Lo que intenta Hooper todo el tiempo y Aguilera también,
es pensar “ese lugar de la caída” (Blanchot)
donde el poema ya no está, sino sus varias posibilidades
de lectura. Es decir, el recorrido entre el poema como género
y la escritura como única posibilidad
de complejizar y dejar algo en claro. Aguilera trabaja el texto
dentro del texto, en una composición de referencias apócrifas
(el “Libro de
comentarios sobre Nietzsche”, también escrito por
Hooper), que son retomadas y que dificultan la comprensión
de su racionalidad extrema. Pero pensemos en Hooper, el granjero,
en las vacas, en la zona y en toda la operación
retórica y aritmética que el poeta propone como
apertura hacia un lenguaje que no deja de ser racional y al mismo
tiempo simbólico. ¿Cómo
convencer al lector, ciertamente escaso, y también a la
crítica,
igualmente escasa y escéptica, de que la verticalidad
del texto no es un ‘fraude’ a la tradición
de la poesía cubana? Justo
cuando se comenzaba a hablar de postconversacionalismo, Aguilera
presenta una idea de la poesía ‘extraña’ en
el contexto insular, pero que lo conecta con un universo de experimentación
formal sobre el que los cubanos, a partir del aislamiento de
las últimas casi cinco décadas
han sido ‘revolucionariamente’ entrenados para ignorar
cualquier otra mirada que no sea la del compromiso político,
dejando a la literatura como mero punto de apoyo y no como eje
de reflexión. Con su coprofilia
discursiva, “la caca” que es su escritura, Aguilera
se propone dar una sacudida en la postura reflexiva, lírica,
nostálgica, narrativa
o irónica de sus contemporáneos, y también
de muchos difuntos, sin dejar de mostrar cierta (in)gratitud
hacia las generaciones anteriores (¿cómo
podría hacerlo aunque lo niegue, si es un ‘hijo
de la revolución’?),
en especial a los poetas que habían sido sesgados (¿o
cegados?) por la burocracia política que controla el acceso
de las obras al ámbito
editorial, y a su divulgación dentro y fuera de Cuba. ¿Sin
embargo, colocar críticamente al sujeto letrado dentro
de un espacio totalitario (no a través de los temas, lo
cual nunca dejó de hacerse –y
eso es una ‘ventaja’ de la poesía-, sino de
la propia escritura), no continúa siendo un ejercicio
retórico que mantiene a la poesía
dentro del tema del “compromiso”, en definitiva el
gran núcleo
retórico de la poesía cubana pos cincuenta y nueve?
Retomando el ‘desvío de la norma’ que Aguilera
realiza con relación al conversacionalismo –e inclusive
al post-, si bien no llega a constituir una ruptura frente a la norma
o al canon poético nacional, como ha sido sugerido por otros
miembros de Diáspora(s)- formalmente ‘descaracteriza’ la
hegemonía discursiva del eje dialógico (conversacional),
que pasa a ‘convivir’ (no a ‘confraternizar’,
algo de lo cual la ausencia de democracia nos ha mutilado también
en poesía) con otro, monológico (estridente en su silencio).
El ritmo (las pausas que desarticulan la sintaxis normativa) marcado
por signos de puntuación inconvenientes para la fluidez, parte
sin duda de una cualidad performática, de una oralidad que
enfrenta el coloquialismo cultista a un público lector y a
un conjunto de creadores que practican o conviven con otra concepción
de la poesía. Existe una teatralidad evidente en su escritura,
y por otro lado una economía del texto que, paradójicamente,
al desenrrollarse como un carretel de hilo, en su linearidad lo alarga,
hasta transformar una única cuartilla en cuarenta y seis páginas
de un cuaderno de poesía.
Aguilera desconcentra, desconcierta y descontenta a críticos
y lectores toda vez que, frente a cada cursiva, se detiene para enfatizar
la ironía o los palimpsestos escriturales que llevaron tal
discurso hasta un grado casi insoportable de mantener el interés
por la lectura. Ese juego de composición del texto, en el
que al final el lector descubre que el poema en sí mismo es
la ausencia del poema, despierta la curiosidad (y también
la duda) sobre si el autor de A. Hooper ha encontrado una forma de
reírse seriamente de todo (un ‘je-je-je’, diría
Aguilera): de la literatura como institución, de los espacios
culturales y sus concursos, del lector que tratará de entender
el porqué de ese ‘juego’, para finalmente considerar
la posibilidad crítica de admitir que el poeta, a pesar de
sí mismo, escoge con rigor cada palabra, y concienzudamente
las coloca como mensajes (para nada cifrados), cuyos significados,
aunque simples, parecen siempre impenetrables. Para esto utiliza
como recurso ciertas alternativas semánticas, cada vez que
repite una frase y modifica dentro de ella la acción de un
verbo para alterar su sentido; esto es, se desplaza de un eje sintagmático
hacia otro paradigmático, para crear cierto misterio en torno
a la figura y la obra de Hooper –metáfora, en definitiva,
de su proyecto poético. ¿Por qué tantas palabras
en itálicas? ¿Cuál es el misterio de su énfasis? ¿Acaso
el de articular un pasado ficcional con un presente de racionalidad ‘alienada’? ¿Utilizar
la poesía como lugar desde el cual también se puede
teorizar sobre un humanismo corrompido? ¿Por qué no
divertirnos con la boutade de un texto que no fue escrito en San
Petersburgo?
En 1999 Jorge Luis Arcos publicó en La Habana el panorama
de la poesía cubana del siglo XX, Las palabras son islas (ver
nota 5). El mismo presenta como hechos inéditos la inclusión
de autores que viven o han muerto en el exilio, y la afirmación
de una línea interpretativa que da crédito dentro del
modernismo cubano a una vertiente, apolítica en su lenguaje,
representada por el poeta Julián del Casal, y que constituye
el reverso de una zona de la poesía y del pensamiento de José Martí,
poeta y apóstol de la nación, cuyo ideario ha sustentado
el discurso poético y político de varias generaciones
de cubanos. Pero lo que resulta significativo es el cambio que estos
dos aspectos traen al campo de la cultura local: en primer lugar,
desde una perspectiva ‘oficial’ discretamente se admite
que la poesía cubana es una sola, al mismo tiempo siendo creada
dentro y fuera del país. También se trata de una selección
que, si bien panorámica, por la manera en que muestra el contraste
entre los discursos, temas y lenguajes, desautoriza el protagonismo
ideoestético de buena parte del discurso poético de
la revolución (en muchos casos, Arcos mal ha conseguido ‘salvar’ un
poema dentro de la vasta producción de algunos ‘panoramizados’).
En segundo lugar, al adoptar una línea de interpretación
diferente, lo que propone es trazar otro camino para la historia
de la poesía cubana, un camino cuyo recorte de autores y obras
pueda incluir a los que antes fueron rechazados y hoy aparecen como
los ‘precursores’ de una nueva norma, la postconversacional.
Así, el autor de esta antología religa a los poetas
más jóvenes con la tradición casaliana, al tiempo
que con la selección de poemas los muestra en su reacción
no tanto contra el conversacionalismo, como especialmente contra
sus temas.
No es ésta, sin embargo, la mirada y la propuesta de la antología
Memorias de la clase muerta, organizada por Aguilera, prologada por
Lorenzo García Vega y publicada por Aldus, México,
en 2002 (22). La misma repite (confirma) la presencia notable de autores
vinculados o no a Diáspora(s) (Rolando Sánchez Mejías,
Ismael González Castañer, Juan Carlos Flores, Omar
Pérez, entre otros) y propone, como proyecto de escritura,
una pluralidad que de alguna manera contradice el carácter
programático de una poesía que se sitúa en un ‘más
allá estético’: “El horror de escribir
en un país congelado por el Estado es que reproduce todo imaginario
a la pregunta por la Nación, al telos y sus representaciones
identitarias; toda escritura al lugar de máquina de Estado” –expresa
Aguilera en el Epílogo de esta antología.
Sin embargo, lo que entendemos por norma, esa vara canónica
con que medimos la legitimidad –y perdurabilidad- de formas
más que de discursos, continúa siendo el instrumento
retórico que ‘encuadra’ esta antología
en la frontera entre la continuidad y la ruptura dentro del propio
postconversacionalismo, justamente porque se justifica a sí misma
mediante la mezcla de ‘normas’; esto es, no se impone
como forma ideoestética adoptada como patrón poético(23).
A lo sumo, Memorias extrae la porción más ácida
del zumo poético cubano de la última década.
Como ha ocurrido con la poesía concretista, lo mismo que con
tantos otros ismos (pensemos, por ejemplo, en la siempre joven poesía
cubista de casi un siglo atrás), lo diasporeño, en
tanto proyecto de escritura, se sitúa fuera de la norma, pero
no la desplaza, no se impone como la nueva vara con que dentro de
una lengua o una literatura comenzará a ser medida –y
autorizada- la expresión poética. Lo interesante es,
justamente, ese desplazamiento, ese desvío, el no encajar
naturalmente, el obligarse a sí mismo tanto como a la crítica,
a usar la vara para encuadrar, y desde allí esbozar otra mirada
sobre lo literario.
La nomenclatura convencional utilizada por la crítica (que
la mayoría de las veces se encuentra constituida por los propios
poetas –discusión de otro momento) para abarcar esa
totalidad desde la cual se yerguen algunos fragmentos, dentro de
la revolución (por lo menos mientras dure, aunque muchos ya
se comportan y discuten como si no existiera, sólo porque
su fin se coloca como inminente) ha asumido, con estas escasas variaciones,
un mismo tipo de discurso que no contradice en lo esencial la propuesta
de Diáspora(s); pero tampoco se puede afirmar que ella, a
partir de esta importante antología (no tan diferente de los
esbozos trazados en Doce poetas en las puertas de la ciudad(24), por
ejemplo) pueda definirse como la regla que mide el estado actual
de la poesía en Cuba.
De igual modo se percibe una conexión esencial entre las lecturas
de ciertos segmentos de la historia, de la nueva historia, en los
que el intelectual se anula ante la hegemonía de la vida privada,
frente a la fragmentación de los grandes relatos de la modernidad,
y esa letra versada en la polémica, que hipostasía
lo literario, con que la revolución cubana ha ‘(mal)criado’ a
sus hijos. Entre este momento postconversacional y el inicio conversacional
de 1959, los avatares de la poesía cubana han sido también
los desastres y los logros de la revolución, pero más
bien sus desastres.
São Paulo, enero de 2005
1)
Poesía
joven de Cuba. Compilación de Roberto
Fernández
Retamar y Fayad Jamís. La Habana,
Segundo Festival del Libro Cubano, 1959.
2) Ibidem, p.
72.
3) Cfr. Virgilio
Piñera, “Cada
cosa en su lugar”, Lunes de Revolución,
n. 39, 14 de diciembre de 1959, pp. 10-12.
4) Cfr. Virgilio
Piñera, "Notas
sobre la vieja y la nueva generación”,
La gaceta de Cuba, a. 1, n. 2, 1 de mayo de 1962, pp. 2-3. Roberto
Fernández
Retamar, "Generaciones
van, generaciones vienen", La gaceta de Cuba, n. 3, 15 de mayo de
1963
.
5) Cfr. Jorge Luis Arcos, “Las
palabras son islas. Introducción a la
poesía cubana del siglo XX”e. En: Las palabras son islas.
Panorama
de la poesía cubana del siglo XX. La Habana, Editorial Letras Cubanas,
1999, p. xxx.
6) Casa de las Américas, n. 22-23, “Nueva
literatura cubana”,enero-abril de 1964, pp. 55-56.
7) Ibidem, pp. 34-48.
8) Cfr. Virgilio
Piñera, “Votos
y vates”, Lunes de Revolución,
15 de febrero de 1960, p. 12.
9) Cfr. J. M. Cohen, “Sobre
poesía
hispanoamericana”, Casa de
las Américas, n. 30, mayo-junio de 1965, pp. 36-38.
10)Casa de las Américas,
n. 31, julio-agosto de 1965, p. 88.
11) Cfr. Manuel
Díaz Martínez,
Sólo un leve rasguño en
la solapa, España, AMG Editor, 2003.
12) Cfr. Dictamen
del Jurado del Concurso
de la UNEAC 1968. En: Heberto Padilla,
Fuera del juego (edición conmemorativa 1968-1998). Miami, Ediciones
Universal,
1998, p. 87.
13) Fidel Castro, “Discurso de Clausura
del Primer Congreso Nacional de Educación
y Cultura (30 de abril de 1971). En: Casa de las Américas, La Habana,
a. ix, n. 65-66, mayo-junio, 1971, pp. 21-23.
14) Casa de las
Américas, n. 62, septiembre-octubre
de 1970.
15) Esto no significa que algunos poetas no
mostraran ese amordazamiento retórico
en forma de frustración poética, como ocurre con algunos de los
poemas escritos por Rafael Alcides a partir de 1970 –“El juego”, “Fin
de temporada”.
16) Cfr. Guillermo
Rodríguez Rivera, Para salir del siglo XX. Fondo Editorial
SOLAR, Mérida, Venezuela, 1994.
17) Cfr. Carlos
Victoria, La travesía
secreta, Miami, Ediciones Universal,
1994.
18) Cfr. Recordar al grupo reunido en torno
a Paideia, en 1989, a Tercera Opción
a partir de 1990, la “Carta de los diez” en 1992, y la participación
de varios escritores cubanos a partir de 1995 en la fundación de la revista
Encuentro, o en la “samizdat” Diáspora(s), de 1997.
19) A partir de 1995, la revista Uniónacompañó a través
de sus reseñas y notas bibliográficas la proliferación de
antologías de poesía que tuvo lugar en ese período.
20) Mapa imaginario.
Dossier, 26 nuevos poetas cubanos. Selección y Prólogo
de Rolando Sánchez Mejías. Prefacio de Jean-Louis
Pandelon. La
Habana, Embajada de Francia en Cuba / Instituto Cubano del Libro, 1995.
21) Cfr. Antonio
José Ponte, “C.
A. Aguilera en los limites”,
La Gaceta de Cuba, n 6, 1997; “De campos y vacas” y “Collage
adorable”, de Pedro Marqués de Armas, en Unión, n 27, 1997,
y Revolución y Cultura, n 4, 1998, respectivamente.
22) Cfr. las reseñas de Carlos
M. Luis, “Antologías,
diásporas
poéticas y ‘Orígenes’”, El Nuevo Herald, Miami,
2 de marzo de 2003 y Duanel Díaz, “Clase muerta, vanguardia poética,
literatura menor”, Encuentro en la red, 16 de agosto de 2004.
23) Lo que se acepta y lo que se rechaza parte
de un conocimiento tácito compartido
con los escalafones más nuevos de la jerarquía, y con el apoyo
de un sector de los más viejos cuyo lado político ha sobrevivido
a los cambios. Aunque la institución también valora la originalidad,
ella está restringida por las fuerzas que limitan su capacidad para modificar
los temas y modos de decir. La originalidad despojada de su función crítica
y transformadora; una originalidad hueca, sin fuerza para traspasar las restricciones
canónicas y hermeneuticas. Esto ocurre en determinados momentos de la
revolución de manera más acentuada (décadas de sesenta y
noventa). De hecho, la originalidad de algunos poetas ha sido el precio de su
propia libertad (como Heberto Padilla y Raúl Rivero), o el exilio de tantos
jóvenes. Ser original significa desviarse de la norma, y aceptar o no
como legítimos los rasgos de esa originalidad está en manos del
grupo que controla las jerarquías. Aceptar las desviaciones de la norma
implica renunciar a la perpetuación de ese modelo funcional que es una
manifestación expresa del poder político. Aceptar las desviaciones
implica entonces abrir una brecha para la crítica a ese poder cuyo modelo
está dejando de ser perpetuado. Para prevenirse, el poder necesita sofocar
la función crítica del arte, su postura de rebelde permanente.
El canon de la revolución impuso una rigurosa y restringida lista de libros
y autores, rechazó el acceso pleno a la cultura y el pensamiento internacional
contemporáneos, creando un desfasaje entre la producción artística
de los cubanos con relación al mundo capitalista. La revolución
fue el cordón umbilical, el único alimento permitido y disponible.
Acepta lo que no se contradice con su programa ideoestético y expurga
o anula todo lo que contenga rasgos de una peligrosa originalidad. Para Frank
Kermode, “el control de la interpretación está íntimamente
relacionado con las valoraciones asignadas a los textos. La decisión en
cuanto a la canonicidad depende del consenso sobre si un libro tiene las cualidades
requeridas, cuya determinación es en parte un trabajo de interpretación.
Y una vez que la obra llega a ser canónica, el trabajo del intérprete
comienza de nuevo”. Cfr. Frank Kermode, “El control institucional
de la interpretación”, en El canon literario, Madrid, Arco/ Libros,
S.L., 1988, pp. 91-112.
24) La Habana, Ediciones Extramuros, 1992.
Idalia
Morejón Arnaiz acaba de doctorarse
en el Programa de Pós-graduação
em Integração a América Latina de
la Universidad de São Paulo,
en el área de literatura comparada, con el trabajo de Investigación
Política y Polémica en América Latina: Casa
de las Américas y Mundo Nuevo.
En 2000 la editorial Letras Cubanas publicó su
cuaderno de ensayos Cartas a un
cazador de pájaros.
volver arriba ![]()