
La Missachtung de la nostalgia como estrategia creativa en dos obras literarias
de la diáspora
cubana de los 90
Juan Carlos Betancourt
1. Pasajeros cosmopolitas
Entre algunas opiniones divulgadas por la crítica del boom cubano de los 90, parece que va siendo un lugar común comparar
su arte con ciertos géneros menores de la literatura para
viajeros (Sánchez 2000: 169). La capital de la isla, gran-diosa y protagonista de este ciclo narrativo, salta de sus páginas
carentes de todo menos de ha-vanidad. Tan primerísima y absoluta
que no sería difícil imaginar a un despistado lector
preguntando por novelas cubanas en la sección de viajes de
una librería, o buscando guías turísticas de
La Habana en la sección de literatura extranjera. Durante
los años 90, la ha-banalización invadió también
la música y el arte. Así en la isla como en la diáspora,
la ciudad de los “superlativos” (Reinstädler 2000:
91) emergió como de una gran acción performática,
nulla dies sine linea, como una somatización metaespacial
del miedo de los cubanos a perder su identidad entre tantos cambios
globales y dramáticos éxodos transnacionales. Ya es
fábula del habanamiento la pregunta imprescindible entre cubanos
que se encuentran fuera del archipiélago por primera vez: “oye, ¿y
tú de qué piso de La Habana eres?”. Falta indagar
hasta qué punto esa necesidad ontológica de nombradía
alude a un espacio urbano más como matriz nostálgica
que toponimia o gentilicia.
Esta nostalgizante actitud literaria que he comenzado por describir
aquí, en esencia, está estrechamente conectada con
la ideología socialista que critica. Y dado que este tipo
de literatura postnacional cubana acaparó en los últimos
años la atención de la crítica, los estudios
académicos y los intereses editoriales, hasta ahora no se
había hecho notar que en los bordes de su mainstream ha venido
rotando un tipo diferente de subjetividad. Hasta donde he podido
indagar, esta subjetividad aporta nuevos impulsos al desarrollo literario
de la diáspora cubana. Por eso, tomaré como ejemplo
dos de sus obras para presentarla. Se trata, a grandes rasgos, de
una corriente mental creativa que postula la centralidad del presente.(1)
No olvidar que el peso específico de la diáspora/90
está constituido por intelectuales y artistas nacidos y educados
en/por/para la Revolución. Una generación a la que
se le hipotecó el presente en nombre de metas y prioridades
transitorias que debían conducirlos a un porvenir luminoso,
a una región poblada de utopías. “El presente
es de lucha –les animó alguna vez el Ché–;
el futuro es nuestro” (Guevara 1988: 23)(2). Y esa fue la principal
estrategia de vida en la que se fraguó esa dispersa familia
que, partiendo del ensayo de Ángel Escobar (1988), denomino “generación
de las utopías fallidas”. Enajenados de su presente,
los “hijos de la Revolución” crecieron bajo la
presión imperativa de una pesada carga histórica: tenían
que hacer realidad palpable la gran invención humanista de
una sociedad sin clases y sin dinero. Semejante utopía era
imprescindible alcanzar al precio que fuera necesario. Algo mayor
que el propio destino nacional se había puesto en juego: “No
veo que ningún pueblo pueda proponerse hoy, un objetivo más
urgente ni más digno de sus esfuerzos. Los cubanos deben triunfar
o lo perderemos todo, hasta la esperanza” (Sartre 1960: 244).
Así, la urgencia por cumplir con ese colosal desafío,
determinó la trayectoria constitutiva de una subjetividad
social. Atreverse a pensar en los placeres mundanos del ahora y alimentar
las necesidades naturales del espacio íntimo, al margen del
racionamiento económico y del plan oficial de estímulos,
era una buena razón para la sospecha pública. Las frecuentes
ofensivas ideológicas lanzadas por el gobierno dan buena cuenta
de esto. En 1980 se llegó a expresar en el Informe Central
al II Congreso del Partido Comunista de Cuba lo siguiente:
En cierto período de este quinquenio se hizo evidente que en nuestro país estábamos siendo infestados por algunos vicios... Algo peor, empezaron a hacerse patentes signos de debilitamiento progresivo del espíritu de austeridad, reblandecimiento, falta de exigencia, privilegios, acomodamientos y otras manifestaciones por el estilo, a la vez que decrecía la disciplina en el trabajo (Madan 1982:1).
Tras veinte años de revolución,
esos “signos
de debilitamiento” hablaban de algo más que
un mero “reblandecimiento” ¿Acaso
no eran señales de cambios en la dinámica de
esa subjetividad? Parece demasiado ingenuo suponer que la
dedicación de una
buena parte de la vida a espartanos emblemas como “Estudio,
Trabajo, Fusil: ¡Venceremos!”, podía llegar
a suplantar carencias en el ámbito público
y privado. Sin embargo, hasta los estímulos materiales,
prioridad de los mejores expedientes personales, terminaron
cayendo en la bolsa
de lo políticamente incorrecto, sencillamente porque
despertaban la avaricia mercantil de la acumulación,
resaltaban la individualidad y alimentaban el diversionismo
ideológico. Mejor vista era
la satisfacción personal de los méritos, las
medallas, los diplomas, certificados o cualquier otra índole
de reconocimientos políticos (3). A pesar de esto, hubo
un período entre
la década del 70 y finales de los 80 donde la otorgación
de viajes al extranjero, en un país con extremas restricciones
migratorias como Cuba, se convirtió en la recompensa
oficial más anhelada entre intelectuales, artistas
y la burocracia estatal. Indirectamente, fomentaron la obsesión
por viajar, pero no contaron con que el viaje perdería
su sentido de premio recompensatorio al buen expediente ideológico.
Más
bien, el viaje se transformó en un juego político
del tráfico de influencias y un medio privado para
obtener, como clase favorecida, los artículos que
los rigores de la escasez vedaban a la gran mayoría
del pueblo.
En términos generales, la clase política cubana promovió durante
los tres primeros decenios de la revolución una subjetividad
que, en esencia, terminó siendo presa del juego de la doble
moral. Subjetividad que, además, era reproducida, sustentada
y canalizada por una compleja red sociabilizadora de organizaciones
políticas y de masas, con suficiente influencia para implicar
en su trama al grueso de la población. Una subjetividad, esencialmente
antiintimista y anticotidianista, que a mediados de los 80 fue sometida
a un proceso de reconsideración crítica tras el deshielo
del campo socialista. Al inicio, este proceso fue promovido oficialmente
como una campaña de “rectificación de errores
y tendencias negativas” y alcanzó su expresión
máxima en el campo de las artes plásticas(4). Pero este
proceso, que comenzó lentamente a tomar un auge inesperado,
fue interrumpido bruscamente a principios de los 90 por la disposición
gubernamental del “período especial”. Consecuencia
de esta fase fue la diáspora del mismo grupo de intelectuales
y artistas que se habían tomado en serio la “rectificación” y
no se les permitió llevarla más lejos.
Hoy resulta paradójico constatar la perseverancia con que
el mainstream literario de esa diáspora ha seguido reproduciendo
el mecanismo central de aquella subjetividad ¿No se habían
desplazado fuera de Cuba por la impostergable necesidad de vivir
su presente y estrenar vida propia? Sin embargo, a pesar de cambios
extremos en la realidad inmediata de sus vidas, aún continúan
divulgando en su producción simbólica una imagen nostálgica
que se aparta del presente para conectarse, esta vez, con el pasado,
algo así como un realismo socialista cubano a la inversa.
Por muy postnacional, desterritorializada y/o descentrada que se
la quiera ver, esta subjetividad ha seguido rotando en su propio
eje. Aportes literarios formales no se verifican. Más que
ruptura, ha habido una repetición, sin examen profundo, de
esquemas literarios preestablecidos. Apreciable es, sobre todo, una
descongelación de la crítica política cifrada
y de la escritura entre líneas. No obstante, es posible precisar
algún cambio, el de la direccionalidad de sus vectores: en
Cuba, proyectados hacia una utopía entrevista en el futuro;
en la diáspora, proyectados hacia un pasado, no por nostálgico
menos utópico.
En ambos casos, dentro y fuera de la isla, la proyección de
esta subjetividad ha enfocado algo que siempre está en una
zona ubicada fuera del presente y que hace actuar a sus portadores
como si la verdadera vida estuviera en otra parte. Este hecho de
vivir subjetivamente en una región ajena a nuestra actualidad,
le confiere al presente el estatuto de no–lugar, de eso que Ángel
Escobar denominó “la verdadera utopía” (Escobar
1988: 96)(5).
Sin embargo, la corriente de subjetividad que se destila en Enciclopedia de una vida en Rusia de José Manuel Prieto y El mapa de sal de Iván de la Nuez, difiere fundamentalmente de la subjetividad
del mainstream literario de la diáspora por su tenaz reorientación
hacia lo inmediato: “los grandiosos objetivos de la época –declara
el autor de Enciclopedia– rebajados a pequeñísimos
goces actuales; un presente hinchado de significados, vasto, disfrutable
en todos sus resquicios” (Prieto 2001: 79). O como afirma el
autor de El mapa de sal: “Una apuesta extrema contra la asfixia
de la Patria Mayúscula” (Nuez 2001: 98). En ambas obras
es posible verificar un cambio de actitud hacia el presente, una
búsqueda de soberanía en esa región del ahora
apenas rozada por la literatura de la diáspora.
Esa operación facultativa de dimensionar el presente, a base
de ignorar tanto la memoria evocativa del pasado como la enajenación
futura del ahora, la he denominado Missachtung de la nostalgia. Es
aplicable, tanto a un acto de vida como a un gesto de producción
simbólica. Propongo, además, observar aquí la
nostalgia como la manifestación subjetiva de una profunda
carencia bipolar: regresiva hacia el pasado/progresiva hacia el futuro
o, a la inversa, progresiva hacia el pasado/regresiva hacia el futuro.
Donde el progreso o el regreso nostálgico actúan, siempre,
como agentes dislocantes del presente continuo. Ahora bien, cuando
insinúo entender la nostalgia como carencia de algo que nuestra
tradición cultural judeo–cristiana nos ha predispuesto
a buscar fuera del ahora, sugiero también, parafraseando a
Borges (1985: 14), que nos la imaginemos como elemento de una esfera
subjetiva cuyo centro (la nostalgia) está en todas partes
y su circunferencia (el presente) en ninguna. El intento de invertir
esta constelación en las dos obras literarias que aquí me
ocupan, no ha de verse como un mero recurso creativo, sino como un
indicio de transición de una subjetividad insular a una subjetividad
cosmopolita. También podría leerse como la actitud
de quien intuye profundamente que toda proyección nostálgica,
lo mismo hacia el pasado que hacia el futuro, es una evasión,
un mecanismo ilusorio que nos impide vivir el presente tal y como
es, en toda su plenitud.
2. Pasar y no pagar peaje
En el caso de Enciclopedia de una vida en Rusia, la lógica
que mueve la trama se apoya en la interacción de tres niveles
discursivos: el íntimo, el público y el global. En
el nivel íntimo, asistimos a un debate existencial entre un
presente que persiste en su continuidad y un futuro ilusorio que
no ha traído el bienestar esperado. En el nivel público,
se nos argumenta el desventajoso duelo estético entre la exquisita
frivolidad del capitalismo occidental y la chata gravedad del socialismo
soviético. El nivel global, por su parte, nos remite al enfrentamiento
y desarticulación de una doctrina por otra, de un sistema
por otro; a la confrontación entre el pragmatismo neoliberal
y la utopía comunista, entre el Imperio Chillón del
capitalismo occidental y el Imperio Rojo de los estados soviéticos.
En otras palabras, Enciclopedia es un compendio de esos tres niveles
discursivos entretejidos en el microcosmos privado de un extranjero
que vivió en carne propia el deshielo soviético y llega
a reflexiones como esta:
Considerar que el Imperio [soviético] cayó por motivos puramente económicos es pecar de un materialismo pedestre, ignorar las enseñanzas de Weber. He meditado largamente sobre el fenómeno de los hits RADIALES. A quien no está en el secreto, le resulta muy difícil aquilatar la fuerza de un hit, su efecto devastador. Una canción ligera –o lo que es igual, musicalmente pobre– puede llegar a tener más resonancia social que un manifiesto, pero su influencia es subrepticia, está enmascarada. Para la Doctrina su efecto es el de una bomba de apagado funcionamiento, capaz de cambiar imperceptiblemente la mentalidad de las gentes, de desvirtuar la responsabilidad ineludible de que debemos llegar a algo, ser útiles. Esa influencia del hit recibe el nombre de “desviación ideológica”, “penetración ideológica”. Denominación muy acertada pues en realidad se da una suerte de inversión por ósmosis en las mentes de la gente que sólo quiere amar, sufrir, tener éxitos; vivir confortablemente un presente bien delimitado entre un ayer y un mañana (Prieto 1998: 54-55).
El autor de Enciclopedia, residente
por más de una década
en la ex–Unión Soviética y testigo ocular
de su desintegración, sitúa la acción
de esta novela unos meses antes de aquel suceso y, a la vez,
nos expone su visión
personal sobre lo que denomina el “devastador efecto
de la frivolidad sobre el cuerpo del totalitarismo” (Prieto
2001: 73). Valiéndose de una exposición poco
usual de los hechos nos ofrece, a imitación del arte
enciclopédico,
una relación clasificada de fragmentos. Son 77 en
total y cada uno de ellos está precedido por un concepto,
una palabra, un nombre propio o una frase escritos en letras
mayúsculas.
Así, por ejemplo, bajo la letra A hay entradas como
ABACO, AGLAIA Y MISHKIN, ALDEA; o bajo la C, CAIDA DEL IMPERIO,
CALIGRAFIA,
CHOCOLATINES SUIZOS; o bajo la L, LENIN, EL CANALLA, LIFT,
LINDA EVANGELISTA; etc. Con esta yuxtaposición de
fragmentos de índole
diversa rompe la apariencia discursiva de las narraciones
tradicionales. Pero, además, se basa en un sistema
circular de referencias internas que, a modo de links, conecta
fragmentos de A con otros
de E, T, o de la A misma. T, a su vez, está conectada
consigo misma, pero también con I, M, L, P, E o F.
Y así, sucesivamente,
hasta crear la ilusión de un presente interminable,
continuo, casi absoluto. De ahí que, como toda la
historia se basa en remisiones, el pasado y el futuro adquieran,
de la misma manera,
una condición referencial que los supedita al presente.
El propio autor lo explica de la siguiente manera: “la
filosofía
del momento –que esta Enciclopedia pretende compendiar– opera
con instantes, es actual. La concepción sincrónica
y circular de mi obra propone lo mismo” (Prieto 1998:
11).
Una vez descrita la estructura funcional de Enciclopedia,
quisiera llamar la atención sobre algunas estrategias del autor para
atenuar la condición migratoria de su personaje central, para
hacer menos llamativa y más tolerable su extranjeridad. Como
quiere abarcar el fluido de actualidad que le rodea con la mayor
impunidad posible, procura bloquear cualquier tentación a
las fugas melodramáticas del presente, a las escapadas que
suele acarrear consigo la nostalgia. Por otro lado, ese interés
manifiesto de no presumir cubanidad nos permite, de igual modo, vislumbrar
una extraordinaria capacidad camaleónica de adaptación
e inmersión en un contexto cultural otro, diferente, diametralmente
opuesto al de sus orígenes.
Ya desde el prólogo de Enciclopedia Josik (Prieto 1998: 76,
135)(6), personaje alrededor del cual se va tejiendo la historia, nos
describe su llegada a una estación de Moscovia y se apresura
en demostrarnos no sólo su dominio de la lengua, sino también
su buen conocimiento de la cultura rusa, así como el de la
mentalidad local. Amenazando de muerte al sospechoso mozo que se
brinda para llevarle las maletas hasta el taxi, evita el riesgo de
ver hurtado su valioso equipaje. Luego, hace un paréntesis
para añadir: “(Ese era yo, hablando como el capitán
de un barco que mantiene a raya a la marinería revuelta. Un
conocimiento indispensable para moverme impune por Moscovia...)” (Prieto
1998: 9). Y frente a la mueca de disgusto del mozo, frustrado por
la habilidad del viajero para impedir el robo de sus maletas, acota
otra vez el narrador entre paréntesis, como haciendo un guiño
triunfal al lector: “(Lo comprendió demasiado tarde,
al oírme amenazarlo con la fluidez propia de un natural)” (Prieto
1998: 9).
No sólo el dominio de la lengua rusa, sino además el
conocimiento de la picaresca local, le confieren al protagonista
un status menos comprometedor y menos tópico que a un extranjero
común. Al mismo tiempo, esta estrategia de supervivencia lo
va facultando para ese fatigoso proceso que representa la asimilación
de una nueva vida, para ejecutar su aspiración de adueñarse
del presente y poseer esa actualidad rica y viva que lo circunda.
En esta actitud, veo fluir una corriente de refutación esencial
a ese desasosiego nostálgico que suele provocar la
incomodidad de vivir con miedo la novedad de lo inmediato.
Por otra parte, y contradiciendo la psicología insular cubana,
Enciclopedia llama la atención por la manera indirecta, a
veces solapada, en la que el narrador protagonista evita la centralidad
de su procedencia. Como buenos isleños, los cubanos profesan
una íntima veneración por todo lo que provenga del
exterior. Tanto es así, que harían lo inimaginable
por agradar al visitante o residente extranjero, como quien intenta
agradar a un dios desconocido portador de la buena nueva. Por lo
mismo, los cubanos cuando salen del archipiélago, involuntariamente,
esperan semejante correspondencia. De ahí esa predisposición
a resaltar su diferencia, a realzar su extranjeridad. Esta tendencia
está presente en la literatura cubana, tanto en la de adentro
como en la de afuera del archipiélago cubano. Adentro, por
esa picaresca del cubano de hacerse pasar por extranjero, en su propia
tierra, para burlar el acceso a las áreas turísticas
vedadas a los nacionales. Afuera, porque piensan que hay una fama
que los precede, igual que al ron o al tabaco. Precisamente, otro
de los rasgos que diferencian Enciclopedia del mainstream es la no
presunción de cubanía, la no ostentación del
gentilicio como carta de presentación. Las escasas ocasiones
en que el protagonista refiere su procedencia, emplea eufemismos
con cierto matiz irónico–deconstructor. Como, por ejemplo,
cuando medita una respuesta a las preguntas tópicas de los
rusos agobiados por el rigor de su invierno: “(¿Qué crece
donde ustedes? ¿No esperan hambruna para este año,
etcétera?) Yo, que venía del Trópico, donde
todo crece tan exuberante y no tenemos HELADAS, debía responder: “mijo,
centeno, alcachofas, alverjas; frambuesas en verano, setas en otoño” (Prieto
1998: 17). O en el momento en que alguien se disculpa por atacar
verbalmente a los extranjeros y pronuncia un “discurso de arrepentimiento
por todos los países que el IMPERIO había arrastrado
al abismo, el mío incluido... sin saber ya cómo borrar
su culpa, elogió mi ruso... lo que significaba que había
accedido a abrir las puertas de la Rus” (Prieto 1998: 65).
O cuando le proponen al protagonista en una carta: “También
podríamos hartarnos de plátanos. Tú creciste
rodeado de frutas, por eso eres bueno” (Prieto 1998: 76). O,
por último, en el pasaje donde Josik revela su nacionalidad: “Borges,
un escritor sospechosamente argentino. Yo era, sorpresivamente, cubano” (Prieto
1998: 135).
Salvo en estas cuatro frases, en todo el texto no se hacen
más
alusiones al origen del personaje central. Y nótese que en
la última frase éste se presenta a sí mismo
como “sorpresivamente” cubano. Pero todo ese meticuloso
juego con la identidad, ¿para qué?, si al final como
lectores sabemos que el protagonista es un simulador, un impostor
que se está haciendo pasar por lo que no es. Sin embargo,
sabemos también que todo este montaje es parte de un plan
maquinado por el autor para “fijar el vertiginoso cambio de
los atributos externos de la vida humana... como esos mimos que durante
una sola función prueban el disfraz de arlequino, el de polichinela
y el de mandarín cantonés” (Prieto 1998:
132).
3. De lo propio a lo ajeno
Hay una condición insular cubana que hace a sus habitantes
mirar lo ajeno desde la costa, rodeados de agua y con un horizonte
divisorio por donde esperan que llegarán flotas de barcos
ansiosos por visitarlos. Ya en los años 90 un cantante muy
popular, conocido como “el médico de la salsa”,
nos legó esta definición del ser cubano: “somos
lo que hay/lo que se vende como pan caliente/lo que quiere y pide
la gente/lo que se agota en el mercado/lo que se escucha en todos
lados/somos lo máximo” (Manolín 1998). Con estas
premisas, no es de extrañar que el cubano cuando emigra padezca
esa tendencia general a reproducir su condición isleña.
Es por eso que podrían sonar extravagantes estas declaraciones
de Iván de la Nuez en El mapa de sal:
Yo escribo desde una constante enajenación de las experiencias propias y una múltiple apropiación de las experiencias ajenas.
En estas pérdidas, debo reconocerlo, he adquirido notables ganancias. No en el sentido económico de esta palabra, sino en su dimensión espacial, en lo que significa la apertura de un mundo donde se abarcan territorios: donde voy al abordaje de unos predios en la misma medida que mis ámbitos anteriores se desarticulan.
Yo escribo este libro –dibujo este mapa– con la mínima pretensión de cartografiar el presente (Nuez 2001: 25).
Sin embargo, hay una lectura
de este intercambio propiciatorio (enajenación/apropiación)
no sólo como ganancia de lo-que-vivo-y-me-toca-ahora,
sino también como un indicio operativo de
la subjetividad de la Missachtung de la nostalgia:
desestimar el estatuto inmóvil
y sin aperturas en el que tiende a encapsularse lo
propio frente a la fatiga de lo ajeno.
De la misma manera, El mapa de sal es un alegato
contra muchas de las tantas perversiones actuales
de la nostalgia. A saber,
la nostalgia
como trivialización de la cultura, que pretende reducir lo
cubano a la letal simpleza de un lema publicitario; como puesta en
escena de una rimbombante andamiada latina, que garantice a los ricos
consumidores del norte una sabrosa cuota de ritmo y pasión
para atenuar la abulia de sus interminables inviernos; como búsqueda
de una originalidad primera, o como gas de la “estrategia turístico–estética
que convierte cada país en un parque temático; una
puesta en escena para espectadores foráneos” (Nuez 2001:
50). Otro argumento anti–nostalgia al que recurre este libro,
es aquel según el cual esta cultura de la añoranza
se debate entre una tradición perdida y una modernidad inalcanzable:
la nostalgia suspendida en un vacío virtual y sometida al
vértigo de lo aparente (Nuez 2001: 103).
En otro orden de cosas, tocante a la esfera de las
rivalidades políticas
y al acto simbólico de salvaguardar lo esencial del proceso
cubano, el autor de este libro pone en evidencia otra forma de imputación
regresiva. Se trata de aquella que reifica la nostalgia como “argumento
esencial del poscomunismo” retrógrado –con base
en el exilio de Miami– (Nuez 2001: 101), que pretende glorificar
el pasado anterior a la revolución cubana para cancelar de
un corte la continuidad de los valores esenciales de la revolución.
Esta posición altruista del autor, todo el tiempo ensayando
la necesidad de perseverar en un ideario de izquierda –por
otros medios y con otro lenguaje– está emparentada,
en buena medida, con la “estética de la cartografía
cognitiva” de la teoría posmarxista de Fredric Jameson
(2001: 337). Según este pensador de la cultura, la cartografía
cognitiva viene a ser “una parte integral de cualquier proyecto
político socialista” (Jameson 2001: 338). De donde se
podría inducir la intención de la mano que va trazando
el entramado de latitudes y paralelos de un mapa urdido para la “salación”,
término del argot cubano que significa problema, sal para
despertar la conciencia política, sal para problematizar.
O como lo formula su autor: “Este es un libro escrito con sal/Sal
de salar/Sal de salir/Sal de la vida” (Nuez
2001: 13).
Epílogo
Sin ánimo de inducir conclusiones sobre un tema que, más
bien, reclama indagaciones, quisiera por lo menos permitirme la utilidad
de algunas generalizaciones. Así como Enciclopedia de una vida en Rusia es la plataforma de acción de un sujeto migrante
en tránsito –subjetivo, discursivo y espacial, de la
nación al limbo migratorio– y en busca de una forma
menos efímera del presente; El mapa de sal es la propuesta
de un plan de acción inmediato para ese sujeto migrante que
ha asumido su relocalización en el presente y diseña
estrategias personales para invadirlo. Por otro lado, mientras Enciclopedia
sugiere un plan íntimo para trascender las consecuencias del
desvanecimiento del proyecto socialista en el regazo frívolo
del capitalismo; El mapa sugiere estrategias para continuar el ideal
humanista por otros medios, con otro discurso, y otras prácticas –¿posmarxistas?– menos
convencionales y orientadas a los abismos del ahora, no a los valles
utópicos del mañana.
En ambos libros, fuertemente inducidos por las olas
del barco sloterdijkeano, verificamos un fluir de
trazas subjetivas
con aperturas hacia la
Missachtung de la nostalgia. Y, como he intentado
dilucidar hasta aquí, esa actitud contiene, a mi modo de ver, un potencial
productivo capaz de incitar la reflexión del lector. En una
política de la nostalgia, de signo regresivo o progresivo,
el efecto más demoledor de su agencia es la catapulta de sus
receptores y su abandono a la merced de un vacío virtual,
en una zona fuera del presente. En oposición a esto, esa corriente
de subjetividad que he tratado de explicar a través de Enciclopedia de una vida en Rusia y El mapa de sal, nos previene del afán
industrioso de las superproducciones futuras y de
las retrospectivas nostalgizantes que nos enajenan
del presente, de la verdadera
vida, o de eso que yo traduzco en lo-que-vivo-y-me-toca-ahora.
Bibliografía
Obras
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Crítica
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Nuez, Iván de la (ed.). Almanaque. Cuba y
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Todas las islas la isla. Nuevas y novísimas
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Nuevas y novísimas
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Sartre visita a Cuba. La Habana: Ediciones R.
1 ) El hecho de que para este ensayo concentre mi análisis en la producción de la diáspora/90, en modo alguno significa haber descartado la aplicación del mismo a la producción literaria postrevolucionaria dentro de la isla. Para hacerlo, tendría que partir del debate que suscitó el realismo socialista entre los intelectuales cubanos en los 60. Las observaciones que por aquel entonces hizo en La Habana Sartre (1960: 49), aunque formuladas en otro contexto, confirman el foco central de mi trabajo:
Esa definición [del realismo socialista], no solamente me parece buena, sino válida para una multitud de obras que han tenido importancia o que la tienen todavía, se les llame o no realismo socialista. Eso quiere decir, precisamente, tomar un punto de vista crítico sobre el presente en nombre de una fe que se tiene en el futuro, y una cierta manera, por consiguiente, de juzgar nuestro presente en relación con el futuro que él quiere producirnos.
2) En este ensayo Ernesto Che Guevara (1988: 24) también expresó:
En nuestra sociedad, juegan un papel la juventud y el partido. Particularmente importante es la primera, por ser la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores.
3) Cfr. Otero (1999: 17, 21)
Más valía ser revolucionario que ser competente porque la confiabilidad
política contaba más que la idoneidad.
[…]
La devoción incondicional a la Revolución se convirtió en
una fuente de plenitud espiritual similar a la consagración de los beatos
a la fe. El desprecio por los vicios y la exaltación de la pureza de comportamiento
y del ascetismo alcanzaron un culto casi místico.
4) Cfr. Mosquera (1990: 12)
Lo primero que sorprende del movimiento plástico cubano de la década
del 80 es que inicia y encabeza una conciencia crítica que no se había
pronunciado públicamente en el país. No lo hace desde un estrado
de juez: simplemente analiza los mismos problemas que la gente discute en la
calle y permanecen bastante ausentes de las asambleas, los medios de difusión
masiva y las aulas. Asombra que este rol ideológico y social haya sido
asumido por la plástica, y que lo lleve adelante sin detrimento de la
búsqueda e incluso la experimentación artística.
5) Cfr. Escobar (1988: 96):
Nótese además que en este punto coinciden las anotadas utopías
del pasado como fénix y las tan urgentes nuestras: el presente como tal,
a pesar de o quizá gracias a nuestra instrucción y obstinación
sobre y por él, ha desaparecido. El no lugar de Tomás Moro es un
hecho y, tanto en unas como en las otras, el no lugar es el presente. De ahí haberlo
llamado arriba la verdadera utopía. Lo es. Y nadie cree demasiado
en ella.
Véase la relación autobiográfica de Josik –también
nombrado indistintamente Joshele y
Jose(ph)– con José, nombre de pila del autor.
Juan Carlos Betancourt, La Habana 1963 Es diplomado en Historia por la Universidad de La Habana en la especialidad de Historia de América. Becario de la Fundación Heinrich Böll desde 2003, escribe actualmente su tesis doctoral sobre subjetividad y descentramiento del boom literario de la diáspora cubana de los 90s en el Instituto de Filología Románica de la Universidad Humboldt de Berlín. Vive en esta ciudad desde 1998 y trabaja como curador de arte independiente.