
Roberto Fernández
Retamar: las letras por las armas
Rafael Rojas
La importante obra del poeta y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar
podría dividirse en tres regiones: la poesía, la crítica
y la teoría literarias y el ensayo histórico, cultural y político
sobre Cuba y América Latina. En las páginas que siguen propongo
un acercamiento a dicha obra, deteniéndome, sobre todo, en las dos mutaciones
o tránsitos intelectuales de su biografía política: de Orígenes
a la Revolución (1950-1962) o, lo que es lo mismo, de una concepción
letrada –“tradicional”, diría Gramsci- de la cultura
a otra socialista y realista, propia de un intelectual “orgánico” del
nuevo régimen, y del anticolonialismo armado al nacionalismo poscomunista
(1987-2005), en que recupera cautelosamente el rol del letrado, profundizando
su funcionalidad orgánica bajo el poder e insertándose en el circuito
académico de los estudios latinoamericanos en Estados Unidos(1).
Este breve recorrido quisiera contribuir a pensar los dilemas que debe enfrentar
el intelectual público “de izquierdas” en Cuba y en América
Latina, en las actuales condiciones de universalización y radicalización
de la democracia. El principal aporte de Fernández Retamar al pensamiento
de la izquierda latinoamericana, esto es, la alegoría histórica
de Calibán, el bárbaro letrado, el utopista armado, tiene cada
vez menos posibilidades de generación de sentido para la cultura y la
política y cada vez más resonancia, como noticia arqueológica,
en las principales cátedras de estudios latinoamericanos en Estados Unidos.
En un mundo migratorio y desplazado, por excelencia, aquella teluricidad insular
de Calibán, como ha dicho el crítico cubano Iván de la Nuez,
sólo tendría sentido como destierro, como éxodo, lo que
quiere decir, como negación de sí(2). Pero esa apuesta, por lo visto,
es demasiado costosa.
De Orígenes a la Revolución
Tal vez Roberto Fernández Retamar (1930) sea el escritor más propiamente
letrado de la generación del 50 en Cuba(3). Doctorado en Filosofía
y Letras por la Universidad de la Habana, en 1954, Fernández Retamar completó su
depurada formación clásica y moderna con estancias en La Sorbona,
Londres, El Colegio de México, Yale y Columbia y viajes por España,
Italia, Grecia, Holanda y Bélgica. Cuando triunfa la Revolución,
en enero de 1959, Fernández Retamar había escrito ya algunas obras
de poesía y crítica, como los cuadernos Patrias (1952) y Alabanzas,
conversaciones (1955) y los ensayos La poesía contemporánea en
Cuba (1954) e Idea de la estilística (1958), que le otorgaron un temprano
reconocimiento literario en la isla.
Fueron precisamente el refinamiento y la erudición del joven Fernández
Retamar los que atrajeron la mirada de Cintio Vitier y otros intelectuales de
la generación de Orígenes. Con sólo 22 años y un
par de cuadernos publicados -el ya citado Patrias y uno anterior, Elegía
como un himno. A Rubén Martínez Villena (1950)- Fernández
Retamar fue el último poeta incluido por Vitier en la antología
50 años de poesía cubana (1952), editada por la Dirección
de Cultura del Ministerio de Educación del flamante gobierno de Fulgencio
Batista(4). El otro poeta de la generación del 50 que aparece en aquella
antología es Fayad Jamís, nacido en Zacatecas, México, en
el mismo año de 1930, y quien, a diferencia de Fernández Retamar,
no se interesó en la historia ni en la teoría literarias.
Por las notas de presentación de ambos poetas parece evidente la preferencia
de Vitier por la lírica y el pensamiento poético de Fernández
Retamar, tal vez, el poeta de su generación que reunía los dos
atributos de un discípulo del autor de Lo cubano en la poesía:
la fascinación por la imagen y la pasión por la historia. Vitier
decía que Patrias era un “libro claro y fino, resueltamente en la
línea de la esbeltez, que la mayor parte de los poetas de Orígeneshabía roto para obtener otras perspectivas”(5). Cuando Vitier se refería
a esa “mayor parte” de Orígenes tenía en mente, por
supuesto, a Lezama, pero también a Ángel Gaztelu, Octavio Smith,
Justo Rodríguez Santos, Lorenzo García Vega y a la propia poesía
que él y Fina García Maruz escribían a principios de los
50. No a otros poetas de Orígenes como Gastón Baquero o Eliseo
Diego, quienes, junto con Eugenio Florit y Emilio Ballagas, eran lecturas recurrentes
del joven Fernández Retamar.
Más adelante, en aquella misma nota, Vitier afinaba su juicio e insertaba
a Fernández Retamar en la tradición de Orígenes: “hay
en él una apetencia distinta, que contiene su más viva promesa
-visible ya en un poema como Palacio cotidiano- y que, junto a la búsqueda
de una poesía “humana” en el sentido de sus poetas predilectos
mencionados (Garcilaso, Martí, Machado y Vallejo), supone también
la experiencia de algunos integrantes de Orígenes”(6). Pruebas de esta
inscripción en la estela origenista son el hecho de que Patrias, un cuaderno
que obtuviera el Premio Nacional de Poesía en 1952, se editara en la imprenta Úcar
y García y que el ensayo La poesía contemporánea en Cuba
(1927-1953) fuera publicado por la editorial Orígenes.
Esta afiliación fue confirmada varias veces durante la década de
los 50 con siete colaboraciones en la revista Orígenes -tres de ellas
fueron ensayos espléndidos sobre el americanismo de Borges, la poesía
de Reyes y el cuaderno Vísperas (1953) de Cintio Vitier- y todavía,
en 1958, con una nota muy elogiosa sobre Por los extraños pueblos (1958)
de Eliseo Diego, aparecida en el periódico El Mundo(7). El vínculo
hereditario de Fernández Retamar con Orígenes y, especialmente,
con Vitier podría explicar la cuidadosa intensidad de su ajuste de cuentas
con las poéticas de aquella generación, a partir de 1959, y la
profunda transformación que experimentó, durante la década
del 60, su poesía y su prosa.
A diferencia de otros poetas y narradores de su generación, como Heberto
Padilla, José Álvarez Baragaño, Pablo Armando Fernández,
Antón Arrufat, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet o Guillermo Cabrera Infante,
Fernández Retamar escribió poco en Lunes de Revolución,
la publicación que entre 1959 y 1961, y bajo el aliento de Virgilio Piñera,
enfrentó a Orígenes como hito de alienación política
en la literatura cubana prerrevolucionaria. En Lunes, Fernández Retamar
afirmó su lealtad al nuevo orden revolucionario reproduciendo poemas como “Elegía
como un himno” o “Sí, a la Revolución”, pero
sus aportes principales serían en números especiales como los dedicados
a Pablo Neruda, Rubén Martínez Villena, Emilio Ballagas y José Martí(8).
Donde sí escribió Fernández Retamar varias prosas políticas,
de las mejores escritas por aquellos años en Cuba, fue en el periódico Revolución, durante todo el año 1959.
Algunas de aquellas prosas, como “Otra salida de Don Quijote” (10/1/59), “De
cómo la Habana se volvió una Venecia silvestre” (30/7/59), “La
Habana, encrucijada de América” (19/8//59), “Destino cubano” (25/8/59)
y “De un nacionalismo abierto” (31/8/59, 1/9/59 y 2/9/59), pueden
ser leídas hoy como piezas excelentes del género del ensayo político(9).
Las razones de esta vigencia son múltiples: por un lado se trataba de
una prosa armada desde las mejores y más diversas referencias del género
en lengua castellana (el Ortega y Gasset de Meditaciones del Quijote, el Mañach
de Historia y estilo, el Lezama de Tratados en la Habana, el Vitier de La luz
del imposible); por el otro, Fernández Retamar se asomaba a la política
desde la exterioridad del letrado, por lo que aún preservaba la autonomía
de la voluntad y del discurso y no subordinaba la presencia de su prosa a la
producción de sentido para el nuevo orden político.
Sin embargo, algunos de los ataques feroces o velados a Orígenes en Lunes,
como el de Heberto Padilla en su artículo “La poesía en su
lugar” o los de Pablo Armando Fernández en “Un lugar para
la poesía” y “Breves notas sobre la poesía cubana en
1959”, aprovechaban la poética revolucionaria de autores como José Álvarez
Baragaño en Poesía, Revolución del ser (1960) y el propio
Fernández Retamar en poemas como “Sí, a la Revolución” y “El
Otro”, recogidos en cuadernos como Vuelta de la antigua esperanza (1959)
y En su lugar, la poesía (1961). Curiosamente, el artículo de Padilla
aludía al título de un poema de Fernández Retamar, el mismo
de este último cuaderno, pero escrito en 1958 y que, realmente, no captaba
aún la radicalización revolucionaria del poeta. En aquel poema,
la poesía no era una práctica de escritura revolucionaria sino
una experiencia de la sensibilidad y el conocimiento: “el orden majestuoso
de estar,/ que no concede superficiales esplendores/ y se prodiga entre hojas
y estrellas, pero sólo raramente nos es dado/ contemplar cuando en verdad
vamos a olvidarlo”(10).
Debido a la deuda con Orígenes y a su búsqueda de la política
en otras partes -la cotidianidad, la memoria, la metáfora-, dicha radicalización,
en el caso de Fernández Retamar, fue más gradual, aunque, a la
larga, más profunda. La mutación simbólica que implicó el
avance hacia un compromiso político, según el cual, las reglas
del arte perdían su autonomía y se subordinaban a la producción
del discurso revolucionario, podría describirse por medio de la transformación
del patriotismo dentro de la lírica que va de Patrias (1952) a Con las
mismas manos (1962). Es cierto que las primeras composiciones de Fernández
Retamar, en Elegía como un himno (1950), denotaban ya una gravitación
hacia la poesía cívica y el aliento elegíaco. Pero de aquella “carne
y sangre ardiendo en la tierra/ de ausencia a presencia” al mundo de los “palacios
cotidianos” de la poesía de mediados de los 50 se observa un repliegue
de lo público a lo privado que entonaba más con el temperamento
de Orígenes que con el de la generación del 30.
La patria de la que habla Fernández Retamar en sus poemas de los 50 es
la de la naturaleza exuberante, el tomeguín y la ceiba, el ciclón
y las frutas, los pueblos y los oficios. La afirmación nacional recurre
a la romántica celebración física de la isla para enfrentar
cualquier nihilismo o indefinición ontológica de lo nacional: “y
sin embargo, es honda, terriblemente hermosa y honda,/ esta tierra sin piedras,
este río de casi nada,/ este poco de viento orgulloso, esta vida”(11).
La patria es en aquella poesía, ni más ni menos, esa “dulce
y compacta tierra, con sus pájaros y frutas, con su luz y sus palmas,
sus guitarras y sus sones, su sol entero, sus tomeguines, ceibas y ciclones”(12).
Pero también es, como en el Eliseo Diego de En la Calzada de Jesús
del Monte, el “palacio cotidiano”, la vida diaria llena de misterios
y sorpresas, el universo doméstico con su inquietante paz: “ahora
veo el dorado/ temblor que se levanta del pedazo de pan,/ y el crujido caliente
de su piel. Y me es fácil/ entrar en el palacio cotidiano, manual/ de
las enredaderas del patio, donde un príncipe /de silencio y de sombra
calladamente ordena”(13). Este patriotismo lírico del joven Fernández
Retamar, compensado por la travesía cosmopolita de los hermosos poemas
mediterráneos escritos durante sus viajes por Italia, Grecia, Francia
y España, actuaba, de un modo similar al de los poetas de Orígenes,
como un dispositivo simbólico contra la frustración histórica
de la nación cubana.
A fines de los 50, en un tono muy parecido al de las páginas finales de Lo cubano en la poesía de Vitier, Fernández Retamar comenzará a
reaccionar contra el desencuentro entre literatura e historia. El poeta se preguntará entonces
qué debe hacer la poesía para reencontrarse con la historia: “¿qué hace
la poesía, la piadosa/ la lenta, renaciendo inesperada,/ torso puro de
ayer, cuando los broncos/ ruidos llenan el aire, y no hay un sitio/ en su impecable
reino que no colme/ la agonía?(14)”. El poema “La Voz” parecía
responder la pregunta y resolver aquella antinomia, cuando en el subsuelo histórico
del “país fragmentario” emergía “distante, reconocida,
familiar, la voz que nos anuncia Cuba libre” y realiza, finalmente, la
profecía de la “isla recuperada”(15).
No es raro, pues, que el 1 de enero de 1959 Roberto Fernández Retamar,
un joven poeta hasta entonces obsesionado con la contraposición entre
poesía e historia que sostenía Orígenes, escribiera los
tan citados versos de “El Otro”: “nosotros, los sobrevivientes/ ¿a
quiénes debemos la sobrevida?/ ¿quién se murió por
mí en la ergástula/ quién recibió la bala mía/
la para mí, en su corazón?/ ¿Sobre qué muerto estoy
yo vivo,/ sus huesos quedando en los míos;/ los ojos que le arrancaron,
viendo/ por la mirada de mi cara,/ y la mano que no es su mano,/ que no es ya
tampoco la mía,/ escribiendo palabras rotas/ donde él no está,
en la sobrevida?"(16)
El poema transcribe con nitidez el dilema del duelo del sobreviviente de una
guerra civil, tan bien planteado por Elías Canetti en Masa y poder, y
que en el caso de Fernández Retamar y muchos otros intelectuales de su
generación se expresaba como un complejo de culpa por no haber intervenido
en la Revolución y no haber muerto por ella. A partir de 1959, la escritura
poética se convertirá para muchos de aquellos intelectuales en
la purga de un pasado pecaminoso, de alienación y pasividad, de ocio letrado
y frivolidad cosmopolita. El poema “Patria”, escrito en 1962 y concebido
como un diálogo nebuloso con José Martí, es, tal vez, la
mejor prueba de que aquella mutación simbólica del patriotismo
se ha consumado dentro de la lírica de Fernández Retamar.
Ahora lo sé: no eres la noche: eres
Una severa y diurna certidumbre
Eres la indignación, eres la cólera
Que nos levantan frente al enemigo
Eres la vida que ayer fue promesa
De los muertos hundidos en tu entraña.
Eres el sitio del amor profundo
De la alegría y del coraje y de
La espera necesaria de la muerte.
Eres la forma de nuestra existencia,
Eres en que nos afirmamos
Eres la hermosa, eres la inmensa caja
Donde irán a romperse nuestros huesos
Para que siga haciéndose tu rostro.(17)
Los poemas que Fernández Retamar escribió entre 1959 y 1964 están
llenos de testimonios similares de su adhesión al nuevo orden socialista.
Una adhesión que siempre era expresada como un gesto de contrición,
de mea culpa por no haber descubierto antes la experiencia revolucionaria y por
no haberse entregado a tiempo a una escritura comprometida. Junto a la erotización
de las milicianas, a la estetización del obrero y la auto denigración
del rol del letrado, en tantos versos cercanos a las poéticas del realismo
socialista, Fernández Retamar siempre insertaba frases típicas
de todo converso político como “¡qué lejos estábamos
de las cosas verdaderas!”, “entonces era otra cosa/ eran los tiempos
de la desesperanza.../ eran los tiempos de conocer, pero también de huir,
de olvidar”, “hemos construido una alegría olvidada”, “ahora
entiendo que nuestra historia es la Historia/ y que la llamarada que ha quemado
mi mano (no digo mi mano de letras,/ sino mi mano real, hablo de fuego de veras)/
no puedo espantarla más”(18).
El poema “Con las mismas manos” capta como ningún otro de
aquellos años ese complejo de culpa, asociado no sólo a un pasado “burgués” sino
a la condición misma del hombre de letras: “y me eché a aprender
el trabajo de los hombres elementales/ luego tuve mi primera pala y tomé el
agua silvestre de los trabajadores;/ y fatigado, pensé en ti, en aquella
vez/ que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba”(19).
Una manifestación especialmente compulsiva de aquel complejo de culpa
era la envidia que sintieron tantos poetas de la generación del 50 por
el rol del dirigente revolucionario. La culpa de no haber hecho la Revolución
era sublimada por medio de una exaltación de la figura del caudillo revolucionario
en tanto sujeto protagónico de la historia.
Así como la Revolución era la verdadera poesía, el verdadero
artista no era el poeta, sino el Comandante -Camilo, el Ché, Fidel-, ante
quien el intelectual debía sacrificar sus dones. Varios años después,
en uno de los poemas de Algo semejante a los monstruos antediluvianos, Fernández
Retamar ilustraría esa rendición de sí con el poema “Querría
ser” : “este poeta delicado/ querría ser aquel comandante/
que querría ser aquel filósofo/ que querría ser aquel dirigente/
que guarda en una gaveta con llave/ los versos que escribe de noche”(20). El
obrero y el comandante eran, en esta poesía, los arquetipos de la fantasía
del letrado acomplejado por su papel secundario en la historia.
A partir de mediados de los años 60, la poesía de Roberto Fernández
Retamar, a medida que se subordinaba más y más al poder, fue perdiendo
calidad. Ahí están los poemas revolucionarios y prosoviéticos,
hoy intrascendentes o rebasados por la estética y la historia, de Que
veremos arder (1970), de Cuaderno paralelo (1973) y de Circunstancia de poesía (1974). Hay, sin embargo, un momento previo a esa burda politización de
la poesía en el que la lírica de Fernández Retamar ofrece
lo mejor de sí. Me refiero al cuaderno Historia antigua (1964), publicado
por su amigo Fayad Jamís en la editorial “La Tertulia” y donde
poemas como “Arte Poética” se internan en una honda reflexión
sobre el acto de la escritura, sin otro horizonte valorativo que no sea la voluntad,
a veces débil, de desentrañar el misterio de la diversidad del
mundo(21).
Nunca, sin embargo, aquella recurrencia al duelo del sobreviviente, a la documentación
de la culpa del letrado, abandonó la poesía de Fernández
Retamar. Ahí están los conocidos versos “usted tenía
razón, Tallet, somos hombres de transición: sólo los muertos
no son hombres de transición” y tantos otros de los años
70 para dar fe de aquel malestar bajo la condición del intelectual revolucionario(22).
Habrá que esperar hasta fines de los 80, o más claramente, hasta
mediados de los 90, para que la poesía de Fernández Retamar recupere
un poco, sólo un poco, aquel tono elegíaco y sutil de los años
50. Algunos poemas de Cosas del corazón (1997) y de Aquí (1998)
escenifican, como ha señalado Jorge Luis Arcos, una vuelta a la mejor
tradición de la poesía histórica cubana e hispanoamericana,
donde el vaivén entre “nostalgia” y “esperanza” producen
un discurso sobre “relatividad del conocimiento histórico” desde
una “perspectiva poética de lo temporal”(23).
Por el camino, Fernández Retamar dejó escritos algunos poemas como “Felices
los normales“ u “Oyendo un disco de Benny Moré“, que
hoy pueden ser leídos como piezas ejemplares de la poética conversacional
que él tanto defendiera como paradigma estético de la época
revolucionaria, pero que, raras veces, alcanzó la entonación, el
aliento o el ingenio de otros poetas latinoamericanos de su generación
como Nicanor Parra o Ernesto Cardenal. Visto así, como autor de unos cuantos
poemas buenos, Roberto Fernández Retamar será recordado como el
escritor, entre otros, de la elegía coloquial “¿Y Fernández?”,
dedicada a la muerte de su padre e incluida en el cuaderno Juana y otros poemas
personales (1981). Pocas veces, en la historia de lírica cubana y latinoamericana,
se ha logrado esa difícil confluencia del tono elegíaco con la
versificación coloquial. “Ahora entra aquí él, para
mi sorpresa”, era el primer verso de aquella larga elegía que terminaba
con la escena del padre muriendo, mientras el hijote leía pasajes de El
Conde de Montecristo: “tenía un dolor insoportable y se estaba muriendo.
Pero el conde/ sólo me pidió, gallardo mosquetero de ochenta o
noventa libras,/ que por favor le secase el sudor de la cara”(24).
La poesía, ¿reino autónomo o habla de la Revolución?
Es paradójico que el intelectual más tradicionalmente letrado de
su generación, Roberto Fernández Retamar, haya producido el discurso
revolucionario más orgánico de los años 60 y 70 en Cuba.
Es también paradójico que un poeta, como ha dicho Arcos, de “mirada
temporalísima, relativizadora, donde el hecho escueto, personal o histórico,
es traspasado por su concepción trágica, agónica, de la
existencia y de la Historia”, haya defendido con tanta vehemencia la funcionalidad
centralmente política, cuando no propagandística, de la poesía
y la literatura, y el rol antiletrado del intelectual público bajo el
socialismo(25). En una entrevista de 1963, Fernández Retamar llegó a
afirmar que, en términos literarios, no se trataba de “cantar la
Revolución, sino de ser la Revolución: de revolucionarse... No:
la Revolución no es algo que se canta, sino una posición desde
la cual se canta”(26).
Si se observa con cuidado la evolución del pensamiento literario e histórico
de Fernández Retamar entre mediados de los 50 y principios de los 70,
es decir, entre la publicación de sus ensayos La poesía contemporánea
en Cuba (1954) e Idea de la estilística (1958) y la aparición de Calibán, apuntes sobre la cultura en nuestra América (1971), es
difícil no detectar un progresivo abandono de la idea de la autonomía
estética del arte y la literatura y una aproximación a postulados
contraculturales, antiletrados y, por momentos, antioccidentales, propios de
la izquierda más autoritaria y violenta de las primeras décadas
de la Guerra Fría. En los años 60 y 70, Fernández Retamar
era de los que pensaba que los artistas latinoamericanos no debían ser
las “vestales” de la vanguardia europea y que América Latina
y Europa del Este poseían una especificidad cultural, “marginada” o “explotada”,
que las convertía en territorios propicios para la rebelión antioccidental.
El primero de aquellos ensayos, La poesía contemporánea en Cuba,
fue un intento, anterior al del propio Vitier en Lo cubano en la poesía,
de resolver la tensión histórica entre continuidad y ruptura que
experimentaban entonces dos generaciones de poetas cubanos: la de los 20 o de Avance (Guillén, Ballagas, Guirao, Florit, Brull, Marinello, Martínez
Villena, Tallet...) y la de los 40 o de Orígenes (Lezama, Baquero, Piñera,
Gaztelu, Smith, Rodríguez Santos, Diego, García Marruz, García
Vega ...). Fernández Retamar, en la actitud del heredero que aspira a
integrar un legado, se sentía atraído por diferentes atributos
de cada una de aquellas generaciones y admiraba con la misma intensidad a Florit
y a Diego, a Ballagas y a Baquero. Le interesaba el tono directo y comunicativo
de la poesía de los 20 y los 30, pero también comulgaba con la
idea origenista de la poesía como forma de conocimiento, portadora de
una racionalidad misteriosa, y con la denuncia, tan cara a Lezama y a Vitier,
del desencuentro entre metáfora y tiempo en la historia de Cuba(27).
Su segundo libro de ensayos, Idea de la estilística (1958), escrito bajo
el influjo de los estudios de Helmut Hatzfeld y Pierre Guiraud, intentaba una
síntesis teórica del problema del estilo en el campo de la lingüística.
Fernández Retamar, a partir de relecturas muy ponderadas de autores clásicos
y modernos como Humboldt, Bühler, Saussure, Bally, Vossler, Spitzer, Curtius,
el círculo lingüístico de Praga y la teoría de la Gestalt,
proponía allí entender la estilística como “el estudio
de lo que hay de extralógico en el lenguaje”(28). En aquel libro, la
posición teórica de Fernández Retamar, aunque formulada
de un modo flexible y abierto a cierto eclecticismo doctrinal, se acercaba a
una defensa de la morfología y el estructuralismo lingüístico,
sobre todo, en su compresión de la autoría y la obra literarias
y en su definición del papel de la crítica.
Así, por ejemplo, sorprende leer en las páginas finales de Idea
de la estilística un elocuente cuestionamiento del historicismo, que bien
podría asociarse a cualquiera de las corrientes marxistas por entonces
en boga, y una propuesta de centrarse en la construcción verbal del estilo,
no en el contexto histórico en que se produce una obra o vive un autor.
En un pasaje de aquellas páginas finales, Fernández Retamar señalaba: “en
lo que no parecen reparar demasiado algunos de los censores de la estilística
es que si esta disciplina se preocupara por diseñar el ambiente en que
surge el texto, devendría otra cosa que ella misma -sociología,
historia, cuando más historia de la literatura”(29). Y en otro, más
adelante, parecía esbozar, avant la lettre, la teoría de la deconstrucción
de Jacques Derrida: el autor, aunque aparente lo contrario, “no prescinde
de nada, porque lo ignora, y las piezas fragmentarias que debieron servir de
armazón, sin saberlo él, van reapareciendo aquí y allá,
aunque más bien como desarmazón”(30).
Sin embargo, el momento en que Fernández Retamar se aparta más
plenamente del marxismo es en el pasaje dedicado a Garcilaso de la Vega y la
posible influencia de la “circunstancia” del renacimiento español -ortegueanamente
entendida- en la obra literaria. “Mientras el conocimiento de aquella circunstancia
-decía- nos da lo que hay de general, de compartido en las obras..., el
estudio estilístico destacará lo que la época en sí no
ha provocado...: la cualidad única, irrepetible, el golpe de gracia”(31).
Fernández Retamar basaba entonces su apuesta por la “estructura
verbal” del texto literario no sólo en una declarada simpatía
por autores como Valéry, Eliot y Borges, sino en una vehemente celebración
del pensamiento literario hispanoamericano: Dámaso Alonso, Carlos Buosoño,
Amado Alonso, José Ortega y Gasset, Alfonso Reyes y Octavio Paz(32).
Esto era lo que escribía Fernández Retamar a mediados de los 50.
Todavía en 1957 -según confesara luego-, en una conferencia en
la Universidad de Columbia, Nueva York, auspiciada por Eugenio Florit, el autor
de Idea de la estilística, suscribía aquella estrategia de Orígenesde contraponer a un “país frustrado en su esencial político” una
expresión que alcanzara “otros cotos de mayor realeza”(33). Sin
embargo, apenas dos años después, en su ensayo “La poesía
en los tiempos que corren” (1959), Fernández Retamar rechaza a aquellos
pensadores, como Ortega y Gasset y Dámaso Alonso, que sostienen que la
poesía debe “constituirse en un órgano de contemplación
y conformidad” y propone sustituir a Eliot y Pound con Mayakovski y Neruda(34).
Cuidadosamente, dado su todavía fresco vínculo con Orígenes,
Fernández Retamar comenzaba aquel ensayo vindicando la tradición
romántica de Shelley -”poeta que tanto amó la Poesía
y la Revolución” y quien afirmaba que los poetas eran “los
legisladores no reconocidos de la humanidad”- para luego postular que con
el triunfo revolucionario la “poesía, enemistada o mal amistada
con la historia, se ha ido a marinar por su cuenta con el tiempo” y concluir
que es preciso pasar de la “poesía metafísica a la poesía
de la realidad inmediata, maravillosa, espesa e irónica; la poesía
conversacional de lo cercano”(35). De los poetas y críticos de Orígenes no mencionaba entonces a su amigo y maestro Vitier, mal visto por su falta de
compromiso con la Revolución, sino, sólo, a Eliseo Diego, sobre
quien había escrito, apenas, un año atrás, una nota celebratoria
de Por los extraños pueblos, y a quien dedica ahora este pasaje regañón:
Menciono sólo un nombre: Eliseo Diego. Pero lo que ha sido, por crueles exigencias de su realidad, vuelco hacia la memoria, añoranza, caricia de lo destruido, va adquiriendo una abertura confiada a las cosas que el ojo carnal apresa, y las que es dable tocar no con la nostalgia sino con la esperanza. No puede la poesía ignorar en su centro los extraordinarios acontecimientos que Cuba está viviendo. Si hacer que la imagen encarne en la historia ha sido el sueño de los hombres a quienes una hosca circunstancia arrojó a la angustiosa batalla de las palabras cerradas (o abiertas para un combate secreto cuyas victorias y derrotas escapaban al país terrestre); ahora que lo histórico se ha cargado de la más rica y desafiante poesía, la de las letras está obligada a henchirse para abarcar ese rostro grandioso de guerrero griego, de esos que levantaban solos una piedra que cien hombres no lograrían alzar(36).
Quien en 1957 pensaba que “perdida
la esperanza en las soluciones inmediatas, una búsqueda oscura
y profunda de lo esencial de nuestra patria se realiza”,
ahora, en 1959, afirma: “no es menester buscar hogar en el mitológico
pasado: el presente se ha hecho habitable, y tiene ya la misteriosa
calidad de lo recordado”(37). Fue en aquel texto de 1959 donde Fernández
Retamar realizó, tal vez, su primera defensa abierta de la “poesía
conversacional”, ya no como una alternativa poética más
sino como la poesía correcta de la cultura revolucionaria. A
su juicio, los nuevos tiempos demandaban pasar de la “poesía
metafísica
a la poesía de la realidad inmediata, maravillosa, espesa o
irónica;
la poesía conversacional de lo cercano”(38).
Por lo visto, el vínculo hereditario con Orígenes, que en los años
60 era preciso negar para dotarse de una identidad revolucionaria, no dejaría
de ser un problema para Fernández Retamar en las décadas siguientes.
En diciembre de 1992, desaparecida ya la Unión Soviética y reajustado
constitucionalmente el régimen cubano en términos de un nacionalismo
poscomunista, Fernández Retamar escribió una minuta autobiográfica,
insertada como posdata, al final de su ensayo “Hacia una intelectualidad
revolucionaria en Cuba” (1966), el cual fuera incluido en la antología
Para el perfil definitivo del hombre (1980), elogiosamente prologada por Abel
Prieto. Vale la pena reproducir esa nota curricular, aunque nos desvíe
un poco, ya que en ella puede leerse el esfuerzo de Fernández Retamar
de reconstruirse como intelectual, en las condiciones del poscomunismo nacionalista
de los 90, para el cual Orígenes aporta un inestimable capital simbólico,
afirmando y negando, al mismo tiempo, su pertenencia a aquel grupo. El mensaje
final de este párrafo parece ser sí y no: estuve y no estuve con
Orígenes:
En cuanto a mi propia ubicación (que sólo es útil conocer para que no parezca que pretendí escribir sub especie aeternitatis), después de haber sido hecho un socialista romántico y un vanguardista alrededor de 1946 -entonces Retamar tenía 16 años-, por autores como Bernard Shaw en un caso y Gómez de la Serna en otro, a quienes sigo admirando; de haber conocido la cárcel en 1949, por boicotear una delegación dizque cultural enviada por el gobierno franquista, en 1950, publiqué mi primer cuaderno de versos, Elegía como un himno, dedicado a la memoria de Rubén Martínez Villena, a quien también sigo admirando, y estuve entre los fundadores de la Sociedad Nuestro Tiempo. Poco después, en 1951, empecé a colaborar en Orígenes, y me sentí a gusto entre los admirables poetas de más edad enucleados en torno a aquella noble revista, que acogería luego a poetas de mi propia generación con quienes iba a estar muy unido, como Fayad Jamís, sobre todo, y Pablo Armando Fernández -en la edición de este mismo texto en Cuba defendida (La Habana, Letras Cubanas, 2004, p. 290), Fernández Retamar agregó aquí a Pedro de Oraá-. Sin embargo, no me consideré (ni, lo que acaso cuenta más, no me consideraron sus integrantes, a varios de los cuales quiero y debo mucho) miembro del que sería conocido como Grupo Orígenes, no obstante haber sido él para mí un taller, como recordó el propio Lezama al comentar los vínculos que con razón veía entre Orígenes y Casa de las Américas(39).
Aunque en aquel ensayo de
1959 no había marxismo aún, ya Fernández Retamar se deshacía
de autoridades recurrentes de su ensayística anterior como Dámaso
Alonso y Ortega y Gasset. Apenas unos años después, en los textos
reunidos en Papelería (1962) y Ensayo de otro mundo (1967), la defensa
del realismo comenzará a apelar al universo comunista o soviético,
en formulaciones que bordeaban las tesis del “realismo socialista” y
que, por momentos, aludían a Orígenes ya sin el cuidado de los
primeros años de la Revolución. Según Fernández Retamar
la “poesía de nuestro tiempo” debía ser una “poesía
directa, realista, apta para expresar la vida inmediata, sus glorias y conflictos,
apta para la alegría y el dolor. Una poesía, en fin, en las antípodas
de la evasión de otras tierras o épocas imaginarias”(40). Entonces
los poetas de cabecera de Fernández Retamar ya no eran Eliot, Pound, Reyes,
Borges o Paz sino Mayakovski, Cardenal, Alberti y Sabines, y el poeta cubano
más admirado, a quien dedicaría su libro El son de vuelo popular (1972), no era Eliseo Diego sino Nicolás Guillén.
Una carta de Fernández Retamar a Cintio Vitier, del 26 de abril de 1969,
en medio de la querella desatada en torno a Fuera del juego de Heberto Padilla
y al exilio de Guillermo Cabrera Infante, y a propósito del cuaderno Testimonios,
trasmite el orgullo que sentía entonces el discípulo por el hecho
de haber ayudado a la conversión revolucionaria del maestro: “la
nobleza de esas páginas, requieren recorrer el camino que te ha llevado
a apreciar la materia de la historia, y a entrar en ella, precisamente en un
duro momento en que otros prefieren apartarse de ella”(41). En el pensamiento
poético de Fernández Retamar, la poesía, de reino autónomo
de la estilística, pasó a ser, ya no el idioma o la lengua, sino
el habla de la Revolución, y el poeta, en vez de aquel demiurgo del lenguaje
que lograba una expresión singular, aún contra la corriente de
la historia, era ahora un soldado de la retórica del
poder.
Otro ajuste con Orígenes de Fernández Retamar, a principios de
los 60, fue la sonada polémica con Virgilio Piñera en los primeros
números de La Gaceta de Cuba. Piñera había escrito, en el
segundo número de aquella publicación, un artículo titulado “Notas
sobre la vieja y la nueva generación” en el que caracterizaba a
la suya -la de Orígenes y, sobre todo, la de Ciclón, a la que llama “generación
del 42“- como una promoción de escritores nacida de la frustración
del proceso revolucionario del 33 y, por lo tanto, asqueada de la política,
decidida a concentrarse ascéticamente en la obra literaria y desdeñosa
del periodismo, la academia y el éxito(42). Con todo, Piñera aseguraba
que esa entrada a la literatura había preparado el camino para la emergencia
de la generación siguiente, la de los 50, más plenamente revolucionaria,
y mencionaba una larga lista de autores y obras de dicha generación (Cabrera
Infante, Pablo Armando, Arrufat Baragaño, Escardó, Leante Casey,
Jamís, Desnoes, Llópiz...), entre los cuales, sólo faltaba
uno, nada despreciable: Roberto Fernández Retamar. Éste, por su
parte, respondió a Piñera en el número siguiente de La Gaceta,
el tercero del primer año, con un texto titulado “Generaciones van,
generaciones vienen”, que no ha sido reeditado en ninguna de las múltiples
auto antologías de su autor y en el que, lejos de lo que podría
pensarse, Fernández Retamar no sale en defensa de Orígenes, sino
de escritores comunistas o realistas, ligados a La Gaceta del Caribe, Viernes,
Nuestro Tiempo y Nueva Generación, como José Antonio Portuondo, Ángel
Augier, Mirta Aguirre, Dora Alonso, Carlos Felipe, Onelio Jorge Cardoso, Samuel
Feijóo, Ernesto García Alzola, Alcides Biznaga y Aldo Menéndez(43).
Pero tan sintomática de la biografía intelectual de Roberto Fernández
Retamar fue aquel deslinde de Orígenes, aquella vindicación de
la literatura comunista republicana y aquella defensa de una poesía comprometida,
en las primeras tres décadas de la Revolución, como su regreso,
tras la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la
Unión Soviética y el ajuste ideológico del régimen
cubano en términos de un nacionalismo poscomunista, a sus posiciones de
los años 50, cercanas a Orígenes, y favorables a mantener viva
la tensión entre literatura e historia. En el año 2000, Fernández
Retamar tituló su compilación de ensayos poéticos con una
frase, hasta entonces, inimaginable en su escritura: “la poesía,
reino autónomo”. Como en su propia poesía, los últimos
años del siglo XX, provocaron, en él y en tantos otros intelectuales
orgánicos del régimen cubano, una regresión acrítica
a la idea “burguesa” de la creación artística o, en
el mejor de los casos, a una ponderación de los márgenes
de neutralidad que debe preservar la cultura bajo el socialismo.
El desarme de Calibán
Así como en su concepción de la poesía, Fernández
Retamar ha regresado, en los últimos años, a sus orígenes
prerrevolucionarios, en otra zona importante de su ensayística, la de
los estudios latinoamericanos, ha tratado de pacificar, cuando no de desarmar,
la violencia anticolonial de sus textos de los años 60, 70 y 80. Los primeros
ensayos latinoamericanos, de carácter histórico o político,
de Fernández Retamar, Ensayo de otro mundo (1967), Modernismo, noventa
y ocho, subdesarrollo (1970) y Calibán, apuntes sobre la cultura en nuestra
América (1971), aparecieron justo en el momento de la máxima radicalización
totalitaria del socialismo cubano: los años que van de la llamada “Ofensiva
Revolucionaria” al Congreso Nacional de Educación y Cultura en 1971,
el ingreso de Cuba al CAME en ese mismo y el inicio de la institucionalización
soviética de la isla.
En el plano de la cultura, esos años coinciden con un creciente autoritarismo,
algunos de cuyos hitos fueron la remoción del primer grupo redactor de
El Caimán Barbudo, el caso Padilla y el cierre de la revista Pensamiento
Crítico. Fernández Retamar, quien había jugado un papel
importante como Secretario Coordinador de la UNEAC, luego del primer Congreso
Nacional de Escritores y Artistas, en 1961, celebrado tras la censura del film
PM de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal y la clausura
de Lunes de Revolución -el magazine dirigido por Guillermo Cabrera Infante-,
era, desde 1965, director de la revista Casa de las Américas y, desde
aquella posición, uno de los colaboradores más cercanos de Haydée
Santamaría en su misión de atraer hacia las
posiciones de la izquierda revolucionaria a la mayor cantidad
posible de intelectuales
latinoamericanos.
Durante aquellos años, Fernández Retamar no sólo escribió los
ensayos fundamentales de su pensamiento latinoamericano sino que protagonizó los
principales debates públicos y polémicas epistolares con aquellos
escritores de la región que, como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y Carlos
Fuentes, se distanciaron del régimen cubano por su represión contra
el poeta Heberto Padilla. Aquellos ensayos deben ser leídos, pues, en
el contexto de las guerras culturales que vivió América Latina
entre fines de los 60 y mediados de los 70 y que tenían, como telón
de fondo, las guerras militares y políticas entre las izquierdas pro cubanas
o pro soviéticas y las dictaduras o gobiernos latinoamericanos respaldados
por Estados Unidos. Pero aunque fechados en plena Guerra Fría, esos ensayos
de Fernández Retamar reflejaban convicciones que, luego de tantos acomodos
textuales, siguen estando ahí, formando parte del archivo intelectual
socialista y del aparato de legitimación simbólica del régimen
cubano.
Como parte de su comisariado político, primero como director de la revista
Casa de las Américas y, luego, como presidente de esa institución
fundamental del proselitismo habanero, Fernández Retamar protagonizó,
en los años 60, 70 y 80, las principales cruzadas del radicalismo de la
izquierda latinoamericana contra revistas como Cuadernos por la Libertad de la
Cultura, Mundo Nuevo, Libre, Plural y Vuelta y contra escritores y críticos
que, desde las más diversas geografías políticas, tomarían
distancia del gobierno de Fidel Castro: desde Pablo Neruda y Jorge Luis Borges
hasta Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama(44). Algunas de aquellas
cruzadas llegaron a extremos verdaderamente ridículos, como la tristemente
célebre carta contra Pablo Neruda, por su asistencia a una reunión
del Pen Club de Nueva York en el verano de 1966, redactada por el propio Fernández
Retamar, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes y Ambrosio Fornet, y que provocara la
terrible semblanza del “sargento Retamar” en
las memorias del Nobel chileno, Confieso que he vivido:
Los entusiastas redactores, promotores y cazadores de firmas para la famosa carta, fueron los escritores Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes y Lisandro Otero. A Desnoes y a Otero no recuerdo haberlos leído nunca ni conocido personalmente. A Retamar sí. En la Habana y en París me persiguió asiduamente con su adulación. Me decía que había publicado incesantes prólogos y artículos laudatorios sobre mis obras. La verdad es que nunca lo consideré un valor, sino uno más entre los arribistas políticos y literarios de nuestra época(45).
Textos de aquellos años
como “Martí en su (tercer) mundo” (1964), “Para
leer al Che” (1966) y “Hacia una intelectualidad
revolucionaria en Cuba” (1966), recogidos en
Ensayo de otro mundo (1967), son reveladores del
desplazamiento de una visión letrada de la
cultura por otra visión,
revolucionaria u orgánica, de la historia
y la literatura. El Martí de
Fernández Retamar, desarrollado luego en el
libro Introducción
a José Martí (1978), es, además
del profeta del asalto al cuartel Moncada y creador
mediúmnico de discursos y textos de Fidel
Castro como la Primera (1960) y la Segunda Declaración
de la Habana (1962) y hasta de la Constitución
de la República Socialista (1976), ante
todo, un luchador anticolonial en el Caribe hispano,
equivalente histórico
del húngaro Sandor Petöffi, el búlgaro
Xristo Botez, el chino Sun Yat-Sen y, sobre todo,
el vietnamita Ho Chi Minh(46). Lo fundamental de la obra
literaria y política de Martí, según
Fernández Retamar,
era la oposición a Occidente y a Estados Unidos,
en tanto forma más
avanzada de la sociedad capitalista occidental, y
que lo hizo precursor no sólo
de los movimientos anticoloniales del siglo XX en África,
Asia y América
Latina, sino del comunismo en Europa del Este. ¿Cómo
lo logró?
Llegando, por otras vías, a las mismas ideas
de Marx, Engels, Lenin, el Che y Fidel(47).
En el otro ensayo, “Para leer al Che”, Fernández Retamar habla
más de Lenin y de Castro que del propio Guevara. No hay en ese texto,
ni siquiera, la menor insinuación de las fricciones del Che con el comunismo
soviético y que sí eran reconocidas, en aquella época, por
autores como Michael Löwy, Regis Debray y los editores de Pensamiento Crítico(48).
El texto “Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba”, finalmente,
concluía con una interesante denuncia, muy tono con los años del “deshielo”,
del “congelamiento monolítico” del campo socialista, y una
defensa del “pluricentrismo” en la teoría marxista, con entusiastas
alusiones a Louis Althusser y a otros marxistas occidentales(49). Fernández
Retamar lamentaba, entonces, la ausencia de una “verdadera” cultura
marxista en Cuba. Desde hoy, cabría la pregunta: si esa cultura no se
produjo en las décadas comunistas, entonces, ¿cuándo se
produjo? ¿no se produjo nunca? ¿fue la cubana una cultura “falsa” dentro
del mundo socialista?
Pero por el camino, Fernández Retamar esbozaba una breve historia generacional
de la cultura cubana en el siglo XX -ya adelantada en su polémica con
Virgilio Piñera en los primeros números de La Gaceta de Cuba (1962)-,
en la que salía muy bien parada la generación del 30, expurgada
ya de sus voces “reaccionarias” (Mañach, Lizaso, Ichaso, Lamar...),
relativamente salvada la obra de Orígenes, despreciada la labor de los
filósofos de los años 40 y 50 (Humberto Piñera Llera, Rafael
García Bárcena, Roberto Agramonte, las hermanas García Tudurí...)
-”estos no serán ni filósofos ni pensadores, sino pedantes
enseñadores de filosofía”-, exaltados los comunistas (Nicolás
Guillén, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, José Antonio
Portuondo, Mirta Aguirre...) y consagrada, como primera generación plenamente “revolucionaria”,
la suya, la de los 50, luego del reconocimiento y la superación, instruidos
por el Che en El socialismo y el hombre en Cuba (1965), de su propio rezago y
sus propios atavismos “burgueses” frente a la “vanguardia política“ que
encabezaba Fidel Castro(50).
La vertiente más fecunda de la ensayística de Fernández
Retamar en los años 60 y 70 fue la relacionada con sus estudios sobre
la generación del 98, el modernismo y el subdesarrollo. En esa vertiente,
el texto más emblemático y, a la vez, fuente de innumerables variaciones
a lo largo de las tres últimas décadas, es, sin dudas, Calibán,
un ensayo aparecido originalmente en el número 68 (septiembre-octubre
de 1971) de Casa de las Américas y publicado en México, por la
editorial Diógenes, a fines de ese mismo año. Aunque con múltiples
irradiaciones internas, en materia de historia intelectual atlántica e
hispanoamericana, que sigue siendo lo más atractivo del texto, la idea
de aquel ensayo es bastante simple: la figura de Calibán, tomada de La
Tempestad de Shakespeare y de una variopinta tradición de lecturas y reescrituras
de esa obra (Renan, Rodó, Darío, Césaire, Brathwhite...),
en las condiciones de la “lucha anticolonial” de aquellas décadas,
podía funcionar como un arquetipo contrapuesto a otras dos entidades simbólicas
y transhistóricas, la de Próspero, emblema del imperialismo occidental,
y la de Ariel, símbolo de la intelectualidad “burguesa” que
no se rebela contra el poder imperial(51).
La primera parte del ensayo, en la que se rastrea los usos
simbólicos
de los emblemas shakespeareanos en la tradición atlántica, sigue
siendo atractiva, como decíamos, por su erudito despliegue de una arqueología
simbólica. Pero esa porción del ensayo, justamente la más
letrada, es para Fernández Retamar un preludio a la zona prioritaria de
sus argumentos: la ideológica y política que se plantea, inicialmente,
en el acápite “Nuestro símbolo” -destilación
empobrecedora de la historia americana desde el paradigma revolucionario-, y
que continúa a partir del titulado “Del mundo libre”. Sobre
la jerarquización política del relato histórico, en Calibán,
ya he anotado algo en mi libro Un banquete canónico (México, FCE,
2000). Ahora me gustaría centrarme, justo, en la parte más panfletaria
del libro, que ha sido la más reescrita y aligerada por Fernández
Retamar en las últimas décadas.
Presentándose como un heredero de Martí -Calibán- que se
enfrenta a los herederos de Sarmiento y Rodó -Ariel-, en una rígida
genealogía intelectual de la historia latinoamericana, Fernández
Retamar dedica páginas llenas de estereotipos de desprecio y subvaloración,
nada menos, que a Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Emir Rodríguez Monegal,
Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante y Juan Goytisolo. Así, nos encontramos
con frases del más burdo marxismo, mezcladas con otras más o menos
ofensivas, antiletradas y, por momentos, racistas y homofóbicas como “Borges
es un típico escritor colonial, representante entre nosotros de una clase
ya sin fuerzas”, “pienso en la llamada mafia mexicana, una de cuyas
conspicuas figuras es Carlos Fuentes”, “la pesantez profesoral de
Emir Rodríguez Monegal o el mariposeo neobarthesiano de Severo Sarduy”(52).
Toda vez que, en Calibán, Roberto Fernández Retamar manejaba un
concepto sumamente rígido de la identidad latinoamericana, en el que se
mezclaban enunciados históricos, culturales y políticos, el ensayo
de 1971 nos resulta hoy, no sólo conceptualmente trasnochado, sino víctima
de una inversión de valores, típica de cualquier intransigencia
revolucionaria, tal y como han estudiado dos profesores de Princeton: Albert
O. Hirschman en Retóricas de la intransigencia (1991) y Barrington Moore
en Pureza moral y persecución en la historia (2000)(53). A la ficticia “pureza” de
los valores civilizados, occidentales, capitalistas, burgueses, coloniales, imperiales
y norteamericanos, Fernández Retamar oponía otra invención
de la pureza, cuya subjetividad histórica, en este caso, la “latinoamericana”, “la
bárbara”, compartía no pocos elementos de su contraria: estetización
de la violencia, intolerancia del otro, paternalismo colonial hacia el “subalterno”,
homogeneización de la diversidad.
A partir de la segunda mitad de los 80, cuando el avance
de la filosofía
postmoderna agudizó la crisis del marxismo y en Europa del Este comenzaron
a removerse las bases del orden totalitario comunista, Fernández Retamar
inició una serie de reescrituras de Calibán que parecen haber terminado
con la edición de Todo Calibán (2003), con prólogo de Frederic
Jameson. Algunas de las más importantes de esas reescrituras serían "Calibán
revisitado” (1987), "Calibán en esta hora de Nuestra América” (1991), “Casi
veinte años después“ (1992), “Adiós a Calibán“ (1993)
y "Calibán quinientos años más tarde” (1995).
Por medio de todas esas reescrituras, Fernández Retamar fue apaciguando
multilateralmente su texto hasta dejarlo listo, es decir, desarmado, y así hacerlo
apto para circular en medio de la corrección política del mundo
poscomunista que ha sucedido a la Guerra Fría. El machismo, el racismo,
la genealogía, la homofobia, la violencia, la teleología, la identidad,
en suma, todos los dispositivos simbólicos de aquel texto, propios de
la ideología marxista y revolucionaria de su autor, han sido neutralizados
y el Calibán de principios del siglo XXI ya no es el bárbaro
armado de los 60 ni el sujeto subalterno de los 90, sino,
simplemente, el letrado en
el poder.
Una parte sustancial de ese tránsito del “compromiso” a la “neutralidad” -o
de las armas a las letras- es la revaloración literaria o crítica,
insistentemente asumida por Fernández Retamar, de intelectuales ferozmente
atacados por él en el pasado reciente como Pablo Neruda, Jorge Luis Borges,
Octavio Paz o Ángel Rama. Pareciera que el Estado insular, con la racionalidad
típica del viejo comunismo soviético, ha encomendado a Roberto
Fernández Retamar, quien otrora fuera perseguidor de cualquier disidencia “anticubana“,
la canonización literaria de sus enemigos públicos. Quien en los
años 60, 70 y 80 condenaba a muerte histórica a los letrados tradicionales
de América Latina, es el mismo que, a partir de los 90, reconstruye el
panteón de las letras latinoamericanas con aquellos criterios modernos
y occidentales, o sea, “burgueses”, que tanta infamia, tanto odio
y tanta violencia provocaban en el oficialismo habanero y que tan fervorosamente
fueran cuestionados en el ensayo Para una teoría de
la literatura hispanoamericana (1975).(55)
La plataforma propicia para el desarme de Calibán fue ofrecida, nada menos,
que por un movimiento intelectual dentro de Estados Unidos: las corrientes de
los estudios postcoloniales, subalternos y culturales que se han difundido en
universidades norteamericanas desde fines de los 80. El interés de estudiosos
como Gayatri Chakravorty Spivak, Frederic Jameson, John Beverly y Walter Mignolo
en Calibán le ha permitido a Fernández Retamar, como puede leerse
en el libro coordinado por Elzbieta Sklodowska y Ben A. Heller, Roberto Fernández
Retamar y los estudios latinoamericanos (University of Pittsburgh, 2000), convertirse,
ya no en un clásico del pensamiento hispanoamericano, sino en un autor
canónico de los estudios culturales latinoamericanos en Estados Unidos.
Dentro de ese corpus de las academias del “centro“, no de la “periferia”,
el personaje de Fernández Retamar representa, como su propio Calibán,
al marginado, al postcolonial, al subalterno, al “profesional de la utopía”,
al “bárbaro” del Tercer del Mundo que
ha logrado dominar las herramientas de la cultura letrada
para enfrentarse al
poder imperial(56).
Lo curioso es que Fernández Retamar, miembro del Consejo de Estado del
gobierno de Fidel Castro y presidente de una institución fuerte, no sólo
de la política cultural de la isla, sino del aparato mundial de legitimación
del socialismo cubano, no se asume como letrado postcolonial ni subalterno, sino
como intelectual orgánico de un gobierno concreto. El imperialismo al
que se enfrenta Fernández Retamar es muy diferente al que aparece en libros
como Culture and Imperialism (1993) de Edward Said, Imperio (2000) y Multitud (2004) de Michael Hardt y Antonio Negri, Debating Empire (2003) de Gopal Balakrishnan
o Colossus (2004) de Niall Ferguson(57). El imperialismo de Fernández Retamar
ya no es, siquiera, el de Lenin, Hilferding, Hobson y otros teóricos del
capitalismo avanzado en el siglo XX. El suyo no es, propiamente, un imperio global
o supranacional, definido desde cualquier modalidad del marxismo, sino simplemente
el gobierno de un país con nombre y apellidos: Estados Unidos de América.
La ideología actual de Fernández Retamar no hay que buscarla en
libros como Todo Calibán, que circulan prioritariamente en medios académicos
norteamericanos, sino en libros como la última edición de Cuba
defendida (2004), todo un compendio de la entrega del intelectual latinoamericano
al poder de su estado-nación. Como se observa en ese libro, dicha ideología
tiene poco que ver ya con el marxismo -en Cuba, las corrientes del neomarxismo
contemporáneo no se estudian ni se debaten por miedo a que las “impurezas” postmodernas
que arrastran: psicoanálisis, deconstrucción, feminismo, multicultarismo...,
amenacen la cohesión de una subjetividad revolucionaria y nacionalista-
y se formula desde el más maniqueo y teleológico nacionalismo revolucionario.
Ese nacionalismo, propio de un régimen totalitario que basa su legitimidad
en el síndrome de plaza sitiada, asegurado por el conflicto con Estados
Unidos, tiene en Roberto Fernández Retamar a uno de sus intelectuales
orgánicos mejor dotados.
A excepción de los artículos publicados en el periódico
Revolución, en el año 1959, y que, como hemos dicho, no carecen
de interés y vigencia, precisamente, por haber sido escritos en un momento
de transición entre la cultura letrada y la cultura revolucionaria, el
grueso de ese volumen -incluido el panfleto historiográfico “Cuba
hasta Fidel”- es una muestra muy ilustrativa de las prácticas del
intelectual orgánico, bajo un régimen no democrático del
Tercer Mundo. Como se observa allí, la interlocución prioritaria
que busca ese intelectual no es con la ciudadanía, ni siquiera con el
campo intelectual de la isla, sino con el poder o, más específicamente,
con aquellos miembros de las élites del poder que toman decisiones sobre
los asuntos ideológicos y culturales del Estado: Fidel Castro, Ernesto
Guevara -a quien Fernández Retamar, además de dedicar varios ensayos,
envió una extensa carta, escrita en tono de admiración al caudillo
y, a la vez, de asesoría letrada del experto cultural al funcionario de
Estado, a propósito del texto del Che, El socialismo y el hombre en Cuba-
Haydée Santamaría, Armando Hart, Alfredo Guevara y, por último,
Abel Prieto, Ministro de Cultura, con cuya loa termina el ensayo “A 40
años de Palabras a los Intelectuales”, auténtica vindicación,
en pleno siglo XXI, de la máxima de la política cultural fidelista: “dentro
de la Revolución, contra la Revolución nada”(59).
Como ingeniero de las almas de esos revolucionarios profesionales
escribe el intelectual orgánico y, como defensor de esos caudillos en la arena internacional
de la cultura, se enfrenta a aquellos intelectuales latinoamericanos que los
critican por su larga permanencia en el poder o que, tan sólo, cuestionan
públicamente la falta de democracia en Cuba, como Carlos Fuentes y Mario
Vargas Llosa. A estos dos últimos, Fernández Retamar, designado
por su gobierno, dedica un par de “réplicas” en Cuba defendida,
a medio camino entre quien pide disculpas por sus excesos verbales de la Guerra
Fría y quien se mantiene firme en su convicción de que ambos, Vargas
Llosa y Fuentes, son “escritores burgueses al servicio del imperialismo
yanqui”(60).
Roberto Fernández Retamar, como su maestro Vitier y tantos otros intelectuales
valiosos de la segunda mitad del siglo XX cubano, entregó su literatura
a una Revolución que, honestamente, creyó justa. Cuando constató que
bajo esa Revolución actuaba un régimen unipersonal y totalitario,
que aspiraba a regir por largo tiempo la nación cubana, no se atrevió a
oponerse. No se atrevió porque ya para entonces estaba demasiado involucrado
y comprometido con la deriva autoritaria en que cayó dicho régimen
desde fines de los 60 o porque creía, sinceramente, que la falta de libertades
públicas era el precio a pagar por la preservación de la soberanía
y la profundización de la justicia social. Ahora, desaparecido el bloque
soviético y puesto en evidencia que en Cuba aquella “soberanía” no
es más que la fachada de un funcional diferendo con Estados Unidos y que
aquella “justicia social” no puede realizarse, ante todo, por el
hecho de que la economía está subordinada a la prioridad de la
política -mantener intacto el régimen-, tampoco se atreve y liga
para siempre su destino al del caudillo por quien sacrificó una
vasta cultura.
1) Antonio
Gramsci, Cultura
y literatura, Barcelona,
Ediciones Península,
1972, pp. 27-48.
2) Iván de la Nuez, La
balsa perpetua. Soledad y conexiones de la cultura
cubana, Barcelona, Casiopea, 1998, pp. 21-33.
3) Ángel Rama, La
ciudad letrada, Hanover, Ediciones del Norte, 1984,
p. 33.
4) Cintio Vitier, Cincuenta
años de poesía cubana (1902-1952),
La Habana, Dirección de Cultura del Ministerio de Educación,
1952, pp. 395-398.
5) Ibid, p. 395.
6) Ibid, p. 395.
7) Orígenes. Revista de arte
y literatura. Edición Facsimilar, México,
El Equilibrista, 1989, Núm 34, Vol. VI, 1953,
pp. 377-380; Núm.
35, Vol. VII, 1954, pp. 64-68; Núm. 38, Vol. 38,
1955, pp. 293-296; Roberto Fernández Retamar,
La poesía, reino autónomo, La Habana,
Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 20-22.
8) Lunes de Revolución,
Núm. 19, 26 de Julio, 1959,
p. 19; Lunes de Revolución, Núm. 41, 4 de enero, 1960,
p. 10.
9) Roberto Fernández Retamar,
Cuba defendida, La Habana, Letras
Cubanas, 2004, pp. 11-52.
10) Roberto Fernández Retamar,
Con las mismas manos, La Habana, Unión,
1962, p. 124.
11) Ibid, p. 19.
12) Ibid, p. 30.
13)Ibid, p. 24.
14) Ibid, p. 137.
15) Ibid, p. 139.
16) Ibid, p. 149.
17) Ibid, p. 204.
18) Ibid, pp. 190-193.
19) Ibid, p. 171.
20) Roberto Fernández Retamar, Algo
semejante a los monstruos antediluvianos,
Barcelona, El Bardo, 1970, p. 13.
21) Roberto Fernández Retamar, Historia
antigua, La Habana,
Tertulia, 1964, pp. 20-22.
22) Roberto Fernández Retamar, Palabra
de mi pueblo, La Habana,
Letras Cubanas, 1980, pp. 87-103.
23) Jorge Luis Arcos, La
palabra perdida, La Habana, Ediciones Unión,
2003, p. 286.
24) Jorge Luis Arcos, Las
palabras son islas. Panorama de la poesía
cubana. Siglo XX (1900-1998), La Habana, Letras Cubanas, 1999,
pp. 274-277.
25) Jorge Luis Arcos, La
palabra perdida, Op. Cit., p. 286.
26) Roberto Fernández Retamar,
Entrevisto, La Habana, UNEAC, 1982, p. 48.
27) Roberto Fernández Retamar,
La poesía contemporánea en Cuba
(1927-1953), La Habana, Orígenes, 1954, pp. 20-30
y 70-80.
28) Roberto Fernández
Retamar, Idea de la estilística, Universidad
Central de las Villas, Departamento de Relaciones Culturales,
1958, p. 11.
29) Ibid, . 136.
30) Ibid, p. 139.
31) Ibid, p. 137.
32) Ibid, pp. 109-121.
33) Roberto Fernández Retamar, La
poesía, reino autónomo,
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, p. 46.
34) Roberto Fernández Retamar,
La poesía, reino autónomo,
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 23-26.
35) Ibid, pp. 33-43.
36) Ibid, pp. 43-44.
37) Ibid, pp. 45-46.
38) Ibid, p. 43.
39) Roberto Fernández Retamar, Para
el perfil definitivo del hombre, La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1995, pp. 106-107.
40) Roberto Fernández Retamar, La
poesía, reino autónomo,
Op. Cit., p. 74.
41) Ibid, p. 79.
42) Virgilio Piñera, “Notas
sobre la vieja y la nueva generación”,
La Gaceta de Cuba, Núm. 2, Año 1., 1 de
mayo de 1962, pp. 2-3.
43) Roberto Fernandez Retamar, “Generaciones
van, generaciones vienen”,
La Gaceta de Cuba, Núm. 3, Año 1, 15 de
mayo de 1962, pp. 4-5.
44) Claudia Gilman, Entre
la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario
en América Latina, Buenos Aires, Siglo
XXI Editores, 2003, pp. 120-142.
45) Pablo Neruda, Confieso
que he vivido, Buenos Aires, Editorial
Planeta, 1992, pp. 444-445.
46) Roberto Fernández Retamar, Para
el perfil definitivo del hombre, La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1995, pp. 36-56.
47) Ibid, pp. 62-77.
48) Ibid, pp. 78-90.
49) Ibid, p. 104.
50) Ibid, p. 91-107.
51) Ibid, pp. 120-180.
52) Ibid, pp. 153-162.
53) Albert O. Hirschman, Retóricas
de la intransigencia, México,
Fondo de Cultura Económica, 1991, pp. 21-54; Barrington Moore,
Pureza moral y persecución en la historia, Barcelona, Paidós,
2001, pp. 91-147.
54) Roberto Fernández Retamar, Todo
Calibán, San Juan, Puerto Rico,
Ediciones Callejón, 2003.
55) Roberto Fernández Retamar, Para
el perfil definitivo del hombre, La Habana, Letras Cubanas,
1995, pp. 190-221.
56) Elzbieta Sklodowska y Ben A. Heller,
Roberto Fernández Retamar y
los estudios latinoamericanos, University of Pittsburgh, Instituto
Internacional de Literatura Iberoamericana, 2000, pp. 7-20, 155-180
y 367-372.
57) Edward Said, Cultura
e imperialismo, Barcelona, Editorial Anagrama, 1993, pp.
35-50; Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Barcelona,
Paidós, 2002,
pp. 21-36; Michael Hardt y Antonio Negri, Multitud. Guerra
y democracia en la era del Imperio, Barcelona, Debate, 2004, pp.
13-20; Gopal Balakrishnan, Debating
Empire, New York, Verso, 2003, pp. XI-XIX; Niall Ferguson,
Colossus. The Price of America’s Empire, New York, The Penguin
Press, 2004, pp. 33-104.
58) Roberto Fernández Retamar, Cuba
defendida, La Habana, Instituto Cubano
del Libro, 2004, pp. 77-118.
59) Ibid, pp. 119-198 y 291-308.
60) Ibid, pp. 309-320.