Los ovillos de Italo Calvino:
El hipertexto como multiplicidad narrativa

María Antonia García de la Torre

En el proceso de investigación que sustentaría mi incursión por la literatura de Calvino, me encontré con un artículo de Francesco Varanini, “Para mí que nadie se acordará de Calvino de aquí a cien años” –(“Di Calvino per me tra cent’anni non si ricorda nessuno”)-(1) que explica por qué Italo Calvino, al igual que Umberto Eco, son dos autores de renombre que en realidad carecen del peso y de la importancia que les ha otorgado la crítica y este momento histórico. Bien, el análisis que me disponía hacer sería, ahora, sobre un escritor irrelevante con base en argumentos difícilmente refutables.

Habla Varanini de un Calvino dedicado a copiar de manera más o menos fiel a sus coetáneos –como Cortázar y Borges- sin aventurar jamás un viraje real y original dentro de su obra. No se trata aquí, sin embargo, de echar por la borda un proceso investigativo por un simple escrito que descalifica nuestro objeto de estudio, pero sí le imprime un matiz distinto y obliga al investigador a distanciarse y a mirar en forma crítica las herramientas narrativas que sustentan la literatura de Calvino.

El texto madre de las Seis propuestas para el próximo milenio, las conferencias que Calvino había preparado para leer en Harvard(2), aparece como una exposición difusa y dubitativa. Según Varanini, transluce la influencia –que linda con el parafraseo- de experimentos que se habían hecho ya en literatura. Afloran en las líneas de Calvino, el “lector macho y hembra” de Cortázar y la creación de ficciones con base en postulados científicos de Borges.

Las Seis propuestas para el próximo milenio recogen los seis valores que han sustentado la literatura y que deberían hacerlo en el futuro. La octava propuesta, publicada diez años después bajo el nombre de “Sobre el comenzar y sobre el terminar”, aborda la interacción entre todos los relatos que se han escrito a lo largo de la historia y la naturaleza intertextual de cada uno, por el hecho de formar parte de una tradición en la que es cada vez más difícil demarcar los confines entre un autor y otro. Las palabras desbordan sus propios continentes y se desplazan por planos superpuestos en una simbiosis variable e impredecible.
La propuesta de Calvino, “Sul cominciare e sul finire”, sería entonces mimesis de mimesis, bibliografía secundaria y poco relevante. Pero, ¿por qué habría de determinarnos una única crítica a Calvino, dentro del océano de estudios que se han elaborado sobre este autor? No debería producir mayor asombro pues esa es, precisamente, la importancia de la crítica: distanciarse y plantear puntos de vista distintos que enriquezcan con una multiplicidad de miradas, los textos que la imprenta fija y detiene en el tiempo. Y la mirada de Varanini es implacable.
Ocurre además que, paradójicamente, el pecado de Calvino no es sino la puesta en práctica de sus propios principios, la retroalimentación entre los textos que un autor conoce a la hora de crear un texto nuevo. Calvino no se copia sino que admite lo inevitable: esto es, la influencia de toda la literatura preexistente sobre la pluma del que escribe, quien depura un estilo propio en tanto que coopta o rechaza temáticas y juegos formales ya utilizados por otros escritores.
El internet es fiel representante de esta dinámica que fusiona y confunde en un ovillo a todos los escritores, a todos los escritos. El término “entre una red”, entrelaza una serie ya incontable de cuentos, novelas, poemas y artículos en los que el lector “navega” como si se tratara de un gran texto, jamás igual, jamás unívoco. Un link nos lleva a otro por un azar más o menos identificable y está determinado por la voluntad de ese cibernauta en medio de un bosque con senderos infinitos.

“Sobre el comenzar y sobre el terminar” aborda esta nueva dinámica de la literatura. Los pensamientos se generan, como sabemos, de manera simultánea y se conectan o repelen con un orden en apariencia aleatorio. Dicho de otra manera, hay una multidireccionalidad del pensamiento y, por tanto, de la manera en la que se narra. Esto implica que un texto puede ser parte de otro escrito o que haya un entramado de historias constituidas por distintas voces narrativas y desde perspectivas antagónicas. Así se amplía la lente con la que contemplamos la realidad, pues le añade indirectamente una cantidad inconmensurable de matices y de perspectivas.

El hipertexto evita las verdades últimas y busca, en cambio, que las diversas miradas se complementen en su interacción con los textos. Su entramado crea la geografía de nuestras vidas y las dota de flexibilidad. Los términos “intertextualidad” e “hipertexto” conducen a una perspectiva que anula confines y presenta a la literatura como una amalgama de narradores y personajes. El lector se adentra en un bosque, ora denso, ora despejado, rodeado de plantas parásitas, de robles, de enredaderas. Su sendero parece caótico y laberíntico. Sin embargo, un sentido coherente guía la trayectoria: aunque se trate de un bosque que desde lo alto aparece como una maraña arbórea, es en realidad un fino tejido de hilos reconocibles y definidos.

La intertextualidad es posible en tanto que entreteje, no que fusiona de manera homogénea. Los relatos de Sherezada en Las mil y una noches, por ejemplo, implican una pluralidad. El inicio de cada nuevo relato es, a su vez, el final del relato anterior. Si una noche de invierno un viajero(3), (Se una notte d’inverno un viaggiatore), es el inicio de diez novelas distintas, unidas por el lector como mano que amarra los hilos, como hacedor de un tejido.

En la dinámica del hipertexto lo que importa no es sólo aquello que se lee sino la forma en la que se lee. Calvino nos concientiza de los ojos adormilados con los que leemos, y la probabilidad casi nula de que concluyamos lo que empezamos. Italo Calvino no sólo escribe sino que reflexiona sobre el acto de leer. Su decepción es grande cuando reconoce que muchos lectores se dejan seducir por los libros como objetos que sirven para decorar, pero no para ser abiertos y leídos. Ocurre lo mismo con los escritores, cuyas palabras se conectan en la mente del lector, al punto de que ya cuesta recordar a quién corresponde esta cita o aquel pasaje. Varanini juzga la actitud de Calvino y sugiere que, más que interacción de un autor con otros, hay allí rastros de una prosa cómoda, con giros efectistas, calco de estilos narrativos caducos.

Pero, indaguemos cuáles son las pistas que deja nuestro autor vilipendiado al respecto. Hay una inquietud permanente sobre el papel del lector y surge el interrogante de cuál es su rol cuando entra en la ficción que le ofrece un escritor. Encuentra, acaso estudiando su propio comportamiento, que el lector real dista de ese lector ideal, sistemático y ordenado. Y cada individuo, por supuesto, escoge y desecha a voluntad: si un relato lo aburre o si simplemente le evoca una lectura distinta, no dudará en poner un separador y en cambiar de texto. La multiplicidad de lecturas presenta una fragmentación de historias.

Y esto, creo yo, es un diagnóstico para nada cómodo, pues juzga a los lectores y a los escritores, condena a los lectores de contratapas y de los Quijotes para dummies, tomando como ejemplo su propia actitud, sus propios pecados. Por eso se pone en la picota pública y no teme aceptar y aún ridiculizar su propia prosa. De allí que la novela Si una noche de invierno… sea una consecución frenética de coitus interruptus, de diez historias mutiladas en su punto cúlmen. Calvino recuerda en varios textos –como en éste– episodios en los que un lector vagabundea por escenarios de papel, ignorante de su importancia en los engranajes de esta maquinaria.

En suma, habla de la pasividad que conlleva el acto de leer y nos obliga con sus juegos formales a actuar de manera activa, al menos siendo conscientes de que llevamos las riendas de la lectura en tanto que escogemos aquello que leemos, en tanto que lo desechamos. Si una noche de invierno… se burla del lector que, a pesar de preferir un único árbol, (al mejor estilo del bosque narrativo de Eco) se ve obligado a vagar por valles y lagunas en busca de los pequeños trozos en los que se fragmenta el anhelado ejemplar. De este modo, contempla atónito todas las plantas parásitas y hongos, las lianas y helechos, para nunca llegar a ese árbol, El árbol que escogió por descarte de los otros.

Vaga en medio de la maleza sumido en una realidad que poco tiene que ver con el sistema lógico que espera. Dicho de otra manera, recorre “lo desordenado” con herramientas “ordenadoras”. Es lo que Calvino llama la distancia entre el mundo escrito y el mundo no escrito.

La diferencia radica en que, en medio de esa maraña de historias que constituyen la realidad, el escritor toma una, la aísla y sistematiza, la aprisiona en un libro. Calvino evidencia que lo escrito puede asemejarse a lo no escrito en tanto que permita el ingreso de relatos secundarios dentro de un relato madre. Esto se asemeja a los miles de lazos que configuran la vida de un solo individuo, por no hablar de los pensamientos que enlaza y asocia en un lapso de tiempo.
Con base en este principio, Calvino juega en Si una noche de invierno… con las normas que sustentan lo literario e impide sistemáticamente que su personaje, llamado por él “Lector”, caiga en el rol pasivo de una lectura segura. Nunca recurre a los mismos personajes, nunca es unívoco el hilo narrativo, lo que obliga al lector a reaccionar de manera activa frente a un mensaje fragmentado. La respuesta inmediata de este sujeto burlado por Calvino, es la búsqueda de la linealidad, de un relato que mantenga un número limitado y constante de personajes, dentro de un contexto permanente, fijo.

El mundo literario es para el lector –o debería ser-, un espacio seguro, finito, claro. Por eso nos cuesta proseguir con un texto lleno de subtextos inconclusos e inconexos. Se trata sólo de la intromisión de la forma en la que funciona la realidad en su presentación más caótica e incomprensible.
Quizás se burla de la necesidad del individuo por aprehender y por clasificar su entorno, esa necesidad que nos domina a todos, y del fracaso que nos espera siempre al final del día.

De manera que a lifetime, se puede prolongar al infinito con los senderos de vida de todos aquellos que se han cruzado con nuestro propio sendero. Calvino lo define como “ovillo”, no en el sentido inmediato que evocamos de “maraña”, sino en su sentido literal de “hilo enrollado de manera ordenada en torno a un centro”.

Los relatos con un comienzo y un final definidos, pasan ahora a ser parte de un hiper-relato, compuesto por todos los otros textos que el lector incluye de manera voluntaria en su recorrido. No son ya hilos sueltos, sino tejido. De un texto puede pasarse a otro, de un relato, podemos llegar a uno nuevo. Y se mueven dentro de una variable que es nuestra propia voluntad.
Una biblioteca recoge volúmenes disímiles en un mismo espacio, como nuestra mente almacena recuerdos e ideas, como se acumula la vida de encuentros entre los hombres. Tanto la vida como el arte –en este caso, la literatura-, están supeditados al orden y al deseo de ese individuo lector. Visto desde la perspectiva de aquel que lee, y no de quien elabora los relatos, hay más encuentros que desencuentros entre la naturaleza del hipertexto y la dinámica de la vida real.

En el estudio “El hipertexto: ¿género literario marginal o emergente?”, se deduce que, de esta nueva óptica, aparece un nuevo lector y se replantea, a su vez, la labor del escritor. Los planos, los niveles de realidad y los roles que dividen con claridad los espacios del escritor, del texto y del lector, se subvierten caprichosamente en una nueva lógica.

Pilz habla del hipertexto, como mundo abierto y pluridimensional, con múltiples posibilidades y retruécanos, abierto a una dinámica con el lector. En oposición, por supuesto, al concepto cerrado de libro como universo autosuficiente.
Resulta interesante que, si bien entendemos el hipertexto como lo “abierto” y lo “inconcluso”, un texto no debe tener un final definido, un “descenlace” para que lo cataloguemos como concluído. En el estudio calviniano Por qué leer los clásicos, (Perché leggere i classici), se subraya la idea de que un relato como Orlando furioso, tiene comienzo y final, así no correspondan al cánon clásico.
Ocurre lo propio con Sherezada en Las mil y una noches, dado que el corte de cada relato es, en realidad, el inicio del relato del día siguiente. La estructura del Castillo de los destinos cruzados, (Il castello dei destini incrociati) obedece a una dinámica en la que cada relato concluye en tanto que un nuevo narrador empieza su historia. En sana ortodoxia, este tipo de relatos no tendrían principio ni final definidos. Pero Calvino insiste en que las historias, como la vida, están marcadas por “incroci” (cruces de camino) donde se difuminan para dar paso a hechos diversos con personajes distintos.

El libro como objeto finito recorta, limita, organiza esa realidad informe y la presenta al lector con un hilo conductor claro. Sánchez Garay evidencia que el mundo no escrito (léase como “lo que no se ha restringido y organizado por las palabras”), está supeditado a un caos de multiplicidad pues hay conexiones interminables entre historias infinitas. En cambio, el mundo escrito le da coherencia al caos.

Una estructura lógica y cristalina, delimita la llama informe y cambiante de lo no escrito. “(El escritor recurre) al lenguaje para acercarse a las cosas con discreción, atención y cautela, de manera tal que el caos pueda organizarse a través de una configuración textual constreñida a sí misma ”(4). En este intento del escritor por sistematizar la realidad desordenada, predominan estructuras matemáticas a fin de centrarse en una sola veta de este lienzo atiborrado de colores y formas.
La letra impresa petrifica, y esto genera un sentimiento de seguridad en el interlocutor del relato, en el lector. Calvino utiliza un estilo ingenioso, simétrico, a fin de asir lo mutable y de poderlo contemplar con la certeza de que sus elementos no se transformarán, como quien contempla un cristal, prueba tangible de la permanencia de unas mismas cualidades a través del tiempo.
De acuerdo con el antagonismo entre el caos del mundo y el orden matemático de la palabra escrita, Massimo Riva estima que Calvino trata de ser ordenado y de inyectarle una estructura lógica a sus relatos pero que, en últimas, lo que consigue es perpetuar el caos de la vida. En Si una noche de invierno…, no hay una única historia con comienzo y final definidos sino que el escritor empieza unas doce veces relatos distintos sin que haya en esto el menor intento de sistematizar la realidad. El juego incluye los nombres de los capítulos, cuya unión configura un nuevo relato, también inconcluso.

Según Riva, Calvino se sumerge en sus propias contradicciones y no logra restringirse a las “leyes” organizativas de lo escrito. Plantea, pues, una contradicción entre la realidad como entidad abierta, sin comienzos ni finales, y el texto escrito, coherente y cerrado por definición.

Un relato fiel a lo literario, conlleva fronteras, inicio y final. Calvino subvierte estas convenciones y sustituye la univocidad por la multilinealidad. Ampliar el horizonte que abarca el foco posibilita una visión más completa de los matices que rodean las relaciones entre los hombres. La geometría y el desarrollo organizado de una trama, se impone, en cambio, en aras de evadir el desorden que puede desdibujar el mensaje.

Las herramientas narrativas permiten un distanciamiento entre la realidad externa y la escrita. No obstante que varios senderos se le presentan al escritor, él debe tomar sólo uno: esto marca el inicio de la narración. Esto es, justamente, lo que no parece funcionar según el razonamiento de Riva: si Calvino opta por un único sendero, ¿por qué incluye, además, los senderos aledaños? ¿Por qué narra las historias que descartó por escoger una de ellas y no las demás? Calvino estaría tendiéndose una trampa pues no logra escapar de la maraña informe de la realidad ya que la incorpora en sus textos.
Una vía distinta propone Sánchez Garay frente a esta aparente contradicción dentro de los postulados teóricos y la praxis en Calvino. Opina que, si bien Calvino reconoce la nítida diferencia entre el mundo escrito y el mundo no escrito, acepta también con ironía que es materialmente imposible separar ambos mundos por completo. Por la sencilla razón de que el uno se nutre del otro y de que la división estricta existe sólo en la mente clasificatoria del ser humano. Vemos, pues, que ese orden de los textos, es sólo un intento fallido por cristalizar el fuego.

Si bien el texto ordena el mundo exterior, el escritor tiene claro que esa simetría llega hasta la última línea y que de ahí en adelante hay un inmenso tejido inaprehensible. Calvino ve con ironía esta dualidad y se burla de los esfuerzos inútiles del escritor por ordenar un castillo de naipes endeble. De esta manera, el escritor asume la labor de dotar de lógica lo no escrito, de ordenar las innumerables historias que se entretejen en la vida con un sentido.
Crea, entonces, un orden temporal e ilusorio, impregnado del caos imperante en el mundo no escrito. De la realidad se cuela en Calvino, el juego a través del cual se escoge una historia y se desechan otras. Es como si en una exposición, el pintor presentara no el cuadro final, sino todos los bocetos desechados, todas las otras posibilidades que descartó para llegar al único y ordenado producto final. Calvino no escoge una única historia dentro de la maraña que conforma la realidad sino que evidencia que hay un proceso de selección al incluir las historias que rechazó en pos de una vencedora.

Si una noche de invierno un viajero, es sólo la unión de esos relatos que Calvino hubiera anulado en aras de producir una única narración, con nítidas fronteras, principio y final. Unir historias, permitir su interacción, dejarlas nacer sin que necesariamente mueran, permitir una convivencia permanente de retazos, no es más que un reflejo de la vida entre los hombres y de los mecanismos del pensamiento, de los recuerdos.

Una vida se entrelaza con otra y esto conduce a una tercera historia, en un nuevo escenario, con nuevos roles, nuevos acontecimientos y nuevos personajes secundarios.

Ludmilla, personaje de Si una noche de invierno…, desaparece en el capítulo que da paso a un escenario oriental. El cambio abrupto de escenario puede incomodar al lector dado que el escritor corta caprichosamente el relato anterior en el punto más interesante. No hay ningún nexo entre un relato y otro y hasta el narrador parece haber cambiado. Lo único que permanece, es el mismo lector sentado en un sillón de su sala, perturbado, pero consciente del mundo pedaceado al que se asoma.

Las historias de Calvino son hipertextos en tanto que reproducen la labor del escritor: no puede empezar sin antes escoger una única historia dentro de las miles que se entremezclan en la vida real. “Calvino pasa de la exploración a la consulta, a ver el mundo como un muestrario de estilos donde todo puede ser mezclado y reordenado continuamente de todas las maneras posibles ”(5).
El orden implica unidad, implica olvidar lo que potencialmente hubiéramos sido si unos elementos irrisorios hubieran cambiado a nuestro favor. Al ver un hombre en una plaza, reconocemos lo poco que faltó para ser él y no lo que somos ahora. Cada vida se define por sus singularidades y por lo que ha dejado de ser. Calvino recoge las vidas potenciales que dejamos de vivir, separadas por azar. Poco nos separa de historias paralelas en las que nunca fuimos personajes; cada hilo que pudo seguir nuestra vida, se imbrica con otros.

Todas las variantes que se frustran para que surja una sola, los senderos olvidados son los que evidencia Calvino en su literatura. No somos el triunfo de la unidad sino el fracaso de la multiplicidad.

La vida, el mundo no escrito, nos lleva por una senda por descarte de las otras. Las ciudades que visita Marco Polo en Las ciudades invisibles, no son más que un recorrido por sus pasados posibles, si hubiera nacido unos años antes o si hubiera tomado por esta calle y no por aquella. Calvino cuenta hasta las historias descartadas, hasta los relatos que no consideró a fin de que naciera una historia y no otra. De esta manera, reconoce la frustración en el escritor al ver en sus palabras un reflejo perfecto del caos exterior.

La multiplicidad se reconoce ahora, y puede que hasta con cierto sarcasmo, pero antes sí existía la convicción de recoger en orden los trastos rotos y deformes que se esparcen y que conforman el mundo no escrito. ¿Qué son las enciclopedias sino una compilación racionalista, un retrato ideal del embrollo exterior? El hombre busca la unidad en el arte, lo hizo en consonancia con el deseo de contemplar las ideas puras y absolutas. Pero ahora, se deja llevar, vencido, por la corriente contra la que siempre luchó.

Nombrar el mundo implica incluirlo dentro de lo escrito, implica darle un nombre, poderlo evocar y consignar en un papel. Esto lo sustrae del caos de lo no dicho en tanto que escapa de la irracionalidad y se instaura en lo que la mente del hombre puede conocer, en tanto que lo puede nombrar.

Los lazos que conectan historias son la esencia del hipertexto, sólo su interacción fusiona distintos personajes en contextos variables como los telones de fondo de un teatro. La participación del lector es parte neurálgica de esta dinámica pues obra como interlocutor en una conversación, más que como un receptor pasivo. Esta superposición de niveles narrativos que involucran a los personajes, tanto como al lector y al escritor, implica la relativización de los niveles de realidad: lo que antes era ficticio, puede ser ahora más real que un trozo de madera.

Lo que Varanini llama “falta de originalidad”, es la condición librofágica que incita a un libro a devorar a otro. Todos se alimentan entre sí en una orgía de papel. El lector participa como macho cabrío en este aquelarre en el que se aparean y se devoran pedazos de poemas, artículos, ensayos, intentos de novela, recetas de cocina. El caldo de sapos y serpientes que cocina este ser en pantuflas, quizás tumbado en su estudio en una poltrona al lado de la chimenea, desata en los libros convulsiones perpetuas. Este demiurgo juega con los libros que hay en su biblioteca o con las Reader’s Digest de la sala de espera del odontólogo, como un alquimista con los elementos de la tabla periódica. Crea monstruos y toda una serie de criaturas, con brazos de un poema de Borges, torso de un personaje de Kundera, ojos de la suicida Ofelia. Y todos se entremezclan en su mente, donde quizás surgirá una historia nueva y entonces los críticos dirán, “el personaje de Fulanito tiene una mirada que recuerda el destello final de esos ojos atormentados de la doncella que tanto amó a Hamlet”.

No sería extraño que la persona que escribió estas líneas sea en realidad Fausto, que María Antonia sea un personaje fugaz (“extra” lo llamarían en cine) y que Marco Polo, lea en alguno de sus viajes en el lejano oriente, un texto llamado Los ovillos de Italo Calvino.

1) Varanini, Francesco. “Di Calvino per me tra cent’anni non si ricorda nessuno”. [Hyperlink: http://www.eseresi.it/calvino/calvino2.htm] Fecha de revisión: Febrero 13 de 2004.
2) Estas conferencias, las Norton Lectures, han recibido a escritores como Umberto Eco y Jorge Luis Borges. Italo Calvino no asistió porque falleció poco tiempo antes de partir a Estados Unidos, pero dejó el texto de cinco conferencias y una sexta que su esposa publicaría varios años después titulada “Sul cominciare e sul finire”, “Sobre el comenzar y el terminar” que aborda el tema del hipertexto como base de su literatura.
3) Calvino, Italo, Se una notte d’inverno un viaggiatore. Milano: Mondadori, 1994.
4) Sánchez Garay, Elizabeth. Italo Calvino, voluntad e ironía. Zacatecas: Fondo de cultura económica, 2000. p., 198.


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María Antonia García de la Torre nació en Bogotá en 1981. Estudió literatura en la Universidad de Los Andes e hizo su tesis sobre Italo Calvino. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Lateral de Barcelona, y en El Malpensante, Semana y Número de Colombia. Actualmente trabaja en la revista literaria Pie de Página.


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