Cuentos
Pablo Díaz Espí

Quince o veinte años después

Lo que más le molestaba de los ratones era su histeria, su corre-corre. Cierta mañana avistó a uno tan campante por el centro de la cocina. Tuvo la sensación de que podría convivir con él. Movía la cabecita con mucha gracia y tanteaba el terreno con timidez, adelantando de una en una sus patitas transparentes. Como una mascota. El ratoncito la recibiría cada tarde a su llegada del trabajo y ella le daría de comer. Debía estar enfermo, aunque no se dio tiempo para comprobarlo. Sacó la escoba, la alzó hasta el techo y le trituró la cabeza de un golpe. Pensó que estaba en la naturaleza humana. Lo de matar ratones. Así como en la naturaleza de los ratones existía un nerviosismo y una desconfianza atávicos.

Era una incapacidad de convivencia mutua.
Lo mismo que con su familia.
Si hubieran sido tranquilos…, pensó.

Islamorada, 1999

La mujer trabaja en el Ticki Bar. Tiene la piel oscura, del color del fango. Es gorda y suda, pero sus labios son voluptuosos y sus ojos almendrados dejan entrever algo infinito. Resalta como una Diosa de la Lujuria entre tantas rubias estilizadas y cimbreantes.

Se llama Dulce. Y es la poseedora de la mejor yerba de la zona. Los sandinistas o los contras le mataron al hijo. Da igual, dice. Todos son culpables. A ella también le pegaron un tiro. El plomo que se disuelve en la sangre me envenena poco a poco. Tiene una cicatriz en la pantorrilla y la bala dentro, incrustada en el hueso.

Huyendo de la guerra se instaló en Miami con un novio. Sin papeles. Él manejaba una furgoneta. Repartía meriendas y almuerzos por las obras en construcción de la ciudad. Ella era la que cocinaba. Arepas y comida típica de Nicaragua. Les iba bien, sólo que él era demasiado violento. Nunca le entregaba el dinero. Se emborrachaba y la golpeaba. Había perdido a su familia en una refriega. Ella intentaba tener compasión, paciencia. Pero apenas podía salir a la calle de tantos moratones que tenía en la cara y el cuerpo. Ya medía sus salidas en función de su aspecto. Hoy se hinchará. Mañana se pondrá negro. Pasado gris. Luego se concentrará y se pondrá verde. Quizás en cuatro días pueda salir con unas gafas de sol y una camiseta de mangas largas.

Las perversiones empezaron por teléfono. Él la llamaba y le indicaba que se quitara la ropa y lo esperara a horcajadas sobre la mesa de la cocina. La obligaba a meterse plátanos y tubos de crema de afeitar o, cuando salía a buscar cigarros, le ordenaba que le abriera la puerta arrodillada y con la boca abierta. Ese tipo de cosas. Lo que le gustaba era violarla. Hasta que tuvo un accidente y lo deportaron. No les dio tiempo ni a despedirse. Un día salió a trabajar y no volvió más. (Cuando me lo cuenta, no sé por qué, pienso en los pescadores chinos que los españoles secuestraban en las costas de Asia, en medio de la faena, para llevárselos a América como esclavos. Nunca más sus familias volvieron a verlos.)

Por consejo de una amiga, ella se mudó a los cayos. Encontró trabajo en el servicio de limpieza de un motel en Islamorada, y luego en la cocina del Ticki Bar. Alquiló una caravana y puso Internet. Él la obligó a instalar una cámara encima de la computadora. Vigilaba sus horarios y le pedía las mismas cosas que antes mientras se masturbaba en algún lugar de Managua. Como era un sitio público, tenía que disimular. También la hacía guardar dinero para pagarle el pasaje de regreso a Estados Unidos. Lo único que ella había logrado era que él no supiera su dirección actual.

Es un perverso y un abusador; dice, mientras compartimos el cigarro de marihuana que le he comprado. Antes no me daba cuenta porque lo tenía demasiado cerca, pero ahora…

Amanece. La fiesta hace rato que acabó.
¿Dónde te estás quedando?; pregunta.

Le cuento que dejé el crucero en Cayo Hueso, que me cansé de trabajar en el barco y que intento postergar lo más posible mi llegada a Miami, a la vida real.
¿Y esto no es real? Sonríe, mostrando una hilera de dientes increíblemente blancos.

Me pasa el cigarro, que tiene forma de cucurucho, y me invita a lo que llama su pieza. Me guiña un ojo, espero en el parqueo a que recoja sus cosas. Los pocos carros que quedan en la estrecha franja de tierra entre la carretera y el mar están todos ocupados. Las sombras se mueven dentro como demonios presos. La luna traza un brochazo de brillo en la superficie del agua y en las varas de los yates, largas como juncos.

Su caravana está a unas cinco millas, instalada entre muchas otras, sobre tocones podridos. Nos cuesta llegar al sitio. Hay un cartel clavado en un cocotero. Lo iluminamos fugazmente: Welcome To Hard Times. El carro derrapa, apenas cabe por los estrechos caminos de arena. No intercambiamos ni una palabra durante el trayecto. Ella maneja muy concentrada, como si estuviéramos metidos en el tráfico de una gran ciudad, en la hora pico. Se me ocurre que nuestro silencio es como el de una pareja con treinta años de matrimonio a cuestas. Algo rutinario y apacible.

Deja que me de una ducha para quitarme este olor; es todo lo que dice mientras intenta introducir la llave en la cerradura de la puerta plástica.
Ya en el interior, empiezo a temblar. La yerba es realmente buena. Estoy cansado. Los músculos me duelen y la cabeza me da vueltas. Sin ocuparme de dónde se ha metido, me quito la ropa, me meto en la cama y cierro los ojos oyendo el ruido del agua que cae en algún sitio demasiado cerca.

Duermo una eternidad.

Por fin la siento salir del lavabo y meterse bajo la sábana. Se monta encima de mí y me besa con sus labios voluptuosos. No se ha secado, su piel está mojada y caliente. Es como abrazarse a un león marino o a un pan recién horneado. Como hundirse en su masa.

Apenas puedo moverme, así que es ella quien se encarga de todo. Baja, me besa y me lame con su lengua rasposa mientras rebuzna con un tono masculino, provocándome una terrible erección. No sé si vuelvo a dormirme. Ella me mete dentro de sí y no puedo aguantar ni dos segundos. Su interior hierve. Mi cuerpo entero alcanza un punto de ebullición. Estallo.

Repetimos lo mismo varias noches seguidas. Cada mañana, antes de conectarse con Managua, me devuelve al motel. The Enchanted Island. Encerrado en mi habitación, intento escribir. Paso los días frente a la ventana desde la que se ve el mar, tratando de darle forma a la historia de mi primer amor, de cómo enloquecí por una presa cuando tenía trece años y vivía con mi madre a las afueras de La Habana, cerca de una granja penitenciaria para mujeres. No pretendo nada épico ni rimbombante. Sólo quiero contar mi visión de los hechos, como un personaje de Rashomon o como hace Sherwood Anderson en Dead in the Woods. Algo sencillo y lineal, tal y como pasó. Pero no puedo. Existe algo que me lo impide y me deprime.

Todas las noches bajo al Ticki Bar y la espero. Me siento a la barra y observo a las americanas, bullangueras, borrachas, excitadas. Estudiantes y turistas con los nervios a flor de piel, como en una clase de anatomía humana, moviéndose al ritmo cadencioso del reggae que tocan unos negros de Trinidad. Ella se ocupa de mantenerme bien surtido. Son madrugadas soporíferas y eternas. A veces me parece que el cayo entero se bambolea, que se desprende de su base y se desplaza con las olas. Me dan ganas de salir corriendo en busca de un ancla que echar al mar.

Es en una de nuestras vueltas a casa que se nos ocurre. Primero es un chiste. Pero después del revolcón volvemos sobre el tema. La noche siguiente nos vamos haciendo a la idea, ultimamos detalles. Y por la mañana me quedo en la caravana, instalado en un rincón en el que la cámara sobre la computadora no pueda captarme, justamente al lado del monitor. Desde mi atalaya la veo conectarse, saludarle, desvestirse, recibir órdenes sumisamente. Abre las piernas, se muestra, se apoya en el respaldar de la silla y le enseña el culo, pone las muñecas hacia adelante y zarandea las tetas. Como un objeto que haya cobrado vida de repente. Indiferente, sin pasión.

En cuanto estoy bien excitado entro en escena. Es así como hemos preparado el guión. Ella sonríe, me da confianza. Miro a la pantalla y veo la expresión de asombro de él. Se parecen tanto que por un segundo pienso que son hermanos. Su cara es una mezcla de furia y terror. Es la cara de quien se sabe a punto de ser asesinado. Ella está sentada, de modo que sin ningún esfuerzo agarra mi sexo, se lo mete en la boca y empieza a mamar mirando hacia la cámara de la misma manera que las actrices pornográficas observan a los espectadores. Él tira un golpe al aire. Grita. Pega manotazos en las paredes de la cabina en que está. Se hala los pelos. Se muerde los puños. Está a punto de volverse loco. En todo lo que yo pienso es en que ella tiene derecho a esta venganza. Yo tan sólo soy el instrumento. Soy tan frío como un puñal.


Mi doble vida

Mi hermano llama por teléfono. Siempre que lo hace, empezamos a gritar. Supongo que para paliar la sensación de distancia, del océano separándonos.

Mi mujer nunca deja de indicarme que baje la voz. Me indica que la niña está durmiendo o apunta con el índice al libro que tiene entre las manos. A veces se encierra en el último cuarto.

Y yo no dejo de moverme por toda la casa.

Es lo otro que hago mientras hablo: ordeno la sala, meto los juguetes de la niña en un cajón, barro la cocina, me ocupo de que los cuchillos estén pegados al imán sobre el fregadero con la hoja hacia abajo. Y todo el tiempo mantengo el teléfono entre la oreja y el hombro. Se ha convertido en una especie de rito.

Hace diez años que mi hermano y yo no nos vemos.
Hace diez años que nuestras conversaciones siempre empiezan igual.

¿Todo bien?; pregunta él, y yo le respondo, todo bien, mientras intento pensar en lo que ha cambiado desde la última vez que hablamos. Me exaspera tener que escuchar una misma historia dos veces. Por eso trato con todas mis fuerzas de no repetirme. Prefiero que mi hermano se pierda cosas de mi vida a contárselas por duplicado.

Hoy le digo que hemos conseguido un nuevo apartamento, que pronto nos mudaremos. Le digo que la niña ya dice papá, y que entiende cuando le digo besito, pero que el idioma que mejor comprende es el francés.

¿Y tú?; le pregunto, y mi hermano me informa que está en el patio, tomando cerveza y viendo televisión. Aunque han pasado diez años, puedo imaginármelo perfectamente: gordo, siempre riéndose, con una cadena de oro al cuello y el nombre de nuestra madre tatuado en la parte interior del labio de abajo. Y me dan ganas de estar con él, bien lejos del cielo nublado y del frío de París.

Adivina lo que acaba de pasar; me dice.
¿Qué?
Barry Bonds acaba de batear su jonrón número setecientos; dice.
¿Setecientos?; le pregunto, mientras las estadísticas se organizan en mi cabeza como columnas de periódicos recortados y viejos.

Hace tiempo que dejé de seguir el béisbol. Desde que me fui de Cuba. De todas formas, sé que setecientos son muchos jonrones. Sé que por encima de esa marca sólo están Hank Aaron y Babe Ruth. Hubo años en que el béisbol fue lo único importante en nuestra vida. Mi hermano y yo íbamos al estadio cada noche. De niños. Íbamos tanto que nos aburríamos y empezábamos a apostar: ¿Cuál será el próximo lanzamiento del pitcher? El corredor, ¿se robará la segunda base a la siguiente oportunidad? Conocíamos a los vendedores de café; a los borrachos revolcándose en sus vómitos; al recogepelotas; al cargabates; a Armandito El Tintorero; al negro abakuá, vestido de blanco y con la cara rayada a navajazos, que siempre se iba en la séptima entrada para llegar a casa antes de las doce de la noche; a los policías con las gorras echadas hacia atrás en actitud chulesca. Conocíamos al dedillo el olor de las pizzas, el queso como goma derretida; los culos de las mujeres inclinadas sobre los banquillos de los jugadores —culos grandes, culos feos, culos flácidos, culos apretados como nueces, enfundados en jeans—; conocíamos los ríos de orina en los pisos de los baños; el cemento frío de las gradas; la larga vuelta a casa…

Cuando el equipo de La Habana jugaba en otras ciudades, mi hermano y yo nos sentábamos ante el televisor, cada uno con un guante y una pelota, y seguíamos los partidos hasta que, dormidos, nuestro abuelo nos arrastraba a la cama en medio de protestas y babas.

Cuando los juegos no eran televisados, las noches se hacían eternas y vacías, bien distintas de las mañanas, electrificadas por la carrera escaleras abajo en busca del periódico que traía el resumen del partido.

Setecientos jonrones; dice mi hermano desde su casa en Macon, Georgia. ¿Te acuerdas de cuando todavía no había bateado ninguno?

Claro que me acuerdo; le digo, y sé que está pensando en el día en que Barry Bonds nos regaló una pelota. Fue cuando aún no era profesional y asistió a un torneo en Cuba con una selección juvenil de Estados Unidos. Era verano. Nuestra madre se estaba muriendo de cáncer y mi hermano y yo nos pasábamos el día dando vueltas ante el hotel donde se hospedaban los equipos. De las ventanas de las habitaciones, como estandartes, colgaban los uniformes. Con tantos dioses al alcance de la mano, con la enfermedad, con la mole de cemento del hotel inclinándose bajo las nubes igual que un monolito, la sensación era la de estar a las puertas del cielo. De vez en cuando, grupos de jugadores salían a pasear por el malecón. Japoneses, puertorriqueños, americanos…, como animales, moviéndose lentamente, reuniendo energía para los partidos.


Una mañana reconocimos a Bonds. Creo que iba en chancletas y que oía música a través de unos audífonos. Era gigantesco y musculoso. Muy diferente de nosotros, a quienes se nos podían contar las costillas y teníamos el pelo lleno de piojos y manchas en la piel. Creo que nos dejó oír música, y que ya llevaba el crucifijo en la oreja. Y sé que cuando le pedimos un autógrafo sacó una pelota, la firmó y nos la regaló.

Ahora mi hermano me cuenta que la pelota del jonrón setecientos cayó en la bahía de San Francisco, detrás del estadio donde juegan los Gigantes, y que un fanático de los muchos que allí había en canoas y botes, esperando a que El Más Grande Bateador de la Historia conectara el batazo, la pescó con un jamo inmenso tan pronto cayó al agua.

¿Sabes lo que te digo, brother?; dice mi hermano. Mañana mismo esa bola va a costar un millón de dólares.

Y ninguno de los dos nos acordamos de adónde fue a parar nuestra pelota. Aunque parezca increíble, no tenemos ni puñetera idea de cuál ha sido el destino del trofeo más preciado de nuestra infancia. ¿La confiscó el gobierno con el resto de nuestras pertenencias cuando nos fuimos del país? ¿La perdimos jugando en algún terreno yermo de La Habana? ¿Nos la robaron? ¿La destripamos a batazos?

Siempre que me despido de mi hermano me hundo en el vacío. Una presión en el pecho me impide respirar. Una ventana abierta a una época ya ajena se cierra de repente y me deja sin oxigeno. Poco a poco me sumerjo en un mundo frío y silencioso del que, a su vez, no quiero salir.

Hay algo que me retiene aquí.

Siempre busco a mi mujer por toda la casa, y cuando la encuentro la miro fijamente a los ojos para cerciorarme de que esta vida que llevo es la de verdad. Son unos ojos verdes y llenos de confianza, una piel muy blanca y un pelo rojo que parece en llamas. Hoy mismo, sin ir más lejos, me cuenta que un hombre se metió con ella en la estación de Les Halles: Tu ressembles à une jeune première, le dijo, mais en beaucoup plus jolie.


Pablo Díaz Espí (La Habana, 1972). Graduado de la Academia de Cine y Televisión de Berlín, ha trabajado como guionista para la televisión alemana, así como en publicidad y en proyectos cinematográficos tanto de ficción como documentales. Ha vivido en Berlín y en Nueva York. Desde el año 2000 reside en Madrid, donde es miembro del Consejo de Redacción de la Revista Encuentro y dirige el diario digital Encuentro en la Red.

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