
Hotel
Central
María
Antonia García de la Torre
–Una hora, por favor, –dijo
el hombre con un acento marcado.
–Está bien, son cinco mil pesos.
De
la billetera salen dos dólares, el equivalente de lo que debía
pagar en moneda local, pero Aroma sale perdiendo. Saca una toalla, un jabón
chiquito y un preservativo del armario y se los entrega. -¿qué habitación
es?, -dice el hombre mientras coge de la mano a la muchacha. –Es la 15,
vengan se las muestro-. Aroma sale de la recepción y se dirige hacia la
habitación, al otro lado del patio interior de la casa. La pareja la sigue, él
con pecas en la cara, ella, con un color carbón en los muslos y en todo
su cuerpo.
El hombre entra apenas se abre la puerta y se sienta en la cama, comprueba que
los resortes estén en orden. El colchón no tiene resortes, es más
bien duro y la cama es en realidad una base de ladrillos y cemento resanada y
pintada del mismo color azul pálido de las paredes.
–No importa, está bien. Sonia, ven para acá y cierra la puerta,
-dice mientras la jovencita de unos dieciseis años obedece. Antes de cerrar
le dice a la administradora que le traiga otra toalla porque, por si no se dio
cuenta, no son uno sino dos.
La mira desde sus entaconados uno ochenta de estatura y Aroma le sonríe
como quien ya está acostumbrado a que los huéspedes la confundan
con un animalito que come, duerme en función de las necesidades ajenas,
nunca de las propias. Por eso no le importa que la niñita le hable con
altanería y procura servirla como es debido.
Desde el piso de abajo se escucha al patrón llamándola con un grito.
El jefe necesita hablar con Aroma, y si el jefe quiere hablar con ella, pues
tiene que abandonarlo todo, si tuviera que ir al baño, no iría,
si estuviera al teléfono con su tía enferma al otro lado del auricular,
colgaría, y en este caso el jefe la llamaba y ella salió despavorida
escaleras abajo mientras Sonia cerraba la puerta donde la esperaba ese italiano
fofo de dientes amarillosos.
La casona sobre la calle de la Iglesia, tiene un letrero que la identifica como
hotel. Diagonal se encuentra un café, famoso en la cuadra por despertar
a los vecinos con reggaetón de madrugada. Al fondo, dice la gente, parece
que instalaron un modesto escenario de streap tease.
En el hotel de Aroma, se alojan turistas por cortas estadías, pero también
se alquilan habitaciones por meses e incluso años. Algunos de los huéspedes
son inquilinos, y es costumbre que llegue tarde Luis, el que toca guitarra en
la plaza de Santo Domingo, y Marta Cecilia. Otros lo usan como escampadero, para
el desfogue de amores reprimidos.
Mientras la pareja permanece en la 15, llega Luis, ensayando acordes desde antes
de entrar al hotel. Su habitación, la 9, da contra la calle y la puerta
siempre está abierta. Los pantalones en el piso y las medias sucias sobre
la cama se ven desde afuera: sólo una tela sucia, puesta a manera de cortina,
separa su nicho, de la mirada de cualquiera que se esté registrando en
el hotel. La habitación de Marta Cecilia, en cambio, queda en el fondo
del patio, cerca de las escaleras que llevan al piso de arriba. Ambos son inquilinos
permanentes y cada uno vive, a su manera, del turismo.
Ella vive con su marido, de 23 años, y su hija, de un año y dos
meses. Un único bombillo ilumina el baño y la habitación,
divididos por un muro de dos metros de alto. Sobre la mesa ponen todo lo que
no debe ir en el piso, pañales, un cepillo de pelo, una pestañina,
el tetero. En su cartera carga siempre una caja de seis preservativos, pero no
los utiliza con su marido. Entonces se hace evidente que cada mes tienen dinero
para sostener a su hija y para pagar la habitación, por los paseos nocturnos
de Marta.
-¿Por qué será que los italianos tienen todos esos dientes
como amarillos, será que no se los lavan? Si tienen con qué, ¿por
qué no se pagan un dentista de esos que le trabajan a los famosos, que
les dejan la sonrisa perfectica, por qué? O, ¿será que eso
vale mucha plata por allá?, -se pregunta Sonia llena de curiosidad y sigue
indagando mientras le mira la boca al italiano. Siguen en la habitación
15 y en breve pasará la hora que pagaron por adelantado.
Aroma se pasa varias veces al lado de la ventana, como queriendo ver algo por
la ventana entreabierta. –Yo a veces me voy a la 17 y la abro como si no
supiera que hay una parejita y les digo que qué pena, que pensé que
no había nadie y que iba a limpiar la pieza, ¡y a veces se ve cada
cosa!, -dice, con un aire de coquetería y mece su pelo recién oscurecido “para
la temporada”.
Marta Cecilia sale cada noche con una minifalda negra stretch y una camiseta
de esqueleto. A veces se pone los aretes que usó el día que se
casó con César en Montería, pero Aroma le dijo que era de
mal agüero y por profanar objetos sagrados podía irle mal con algún
turista. Ella lo hace para atraer un jubilado; no sobrevivirá mucho tiempo
con eso, pero al menos cubre los gastos básicos de manutención
de su nueva familia.
Por lo pronto, esa es la única manera en la que podrá vivir en
Cartagena, vender su cuerpo por una billetera llena de euros. Que se los den
todos, no está escrito, de hecho maneja las tarifas más bajas de
la zona por trabajar de manera independiente.
Sonia recoge las prendas que cayeron desordenadas al piso. Luego salen de la
habitación y ella sonríe al pensar en los dólares extra
que recibió esa tarde. Pronto habría de regresar a su puesto de
trabajo como mesera en la plaza de Santo Domingo. En su delantal suele guardar
algunos papelitos con su nombre y teléfono, de manera que, si algún
abogado noruego o acaso un odontólogo portugués se cansan de ir
de allá para acá por las mismas cuatro calles del centro histórico,
ya tienen la tibieza de un cuerpo acanelado o color carbón a un tiro de
piedra. A cada tarjeta decide chantarle un beso con pintalabios rouge passion,
para que cada sociólogo italiano con la coronilla destechada o cada surfista
australiano, piense que es una tarjeta con algún tipo de bonus.
Así ha recibido llamadas, -me gustó ese besito que me dejaste en
la tarjeta, ese besito sólo para mí-, y quedan tranquilos cuando
ella los seduce, como si fueran los únicos, como si fuera su primera vez.
Una noche se le ocurrió la estrategia misteriosa, y le dijo a Lichi, el
niño que vende pulseras de la bandera de colombia, que le llevara la tarjeta
a un señor cuyas facciones delataban una proveniencia primermundista.
Lichi fue, pero no supo decirle cuál era la mesera, cuál de todas
las que saludaban, era Sonia Miranda.
No pudo descubrirla, porque en ese momento todos, meseros y meseras, empezaron
a saludar al extranjero –como suelen hacer para atraer clientes- y de pronto
vio a una niñita que estaba bailando mapalé, diagonal a ellos.
Se le hizo una presa más apetitosa y desvió su atención
hacia la niña que agitaba su cuerpo delgado en perpetua convulsión.
La falda de hojas secas de palma brincaba frenética y las largas extensiones
de pelo rubias, en esa piel color carbón, trataban de seguirle el paso
a la niña. Todavía muy niña para bailar en esa plaza a las
once de la noche, todavía demasiado mujer para dejarse convencer por su
mamá de que lo bueno es que lo extranjeros estén con uno, para
que luego se encariñen y se lo lleven a uno bien lejos, allá donde
no hay que coger tres buses para volver a casa, donde no hay casas de lata, ni
calles polvorientas hediendo a basura en descomposición. Por eso la madre
la peina cada noche y le perdona la lavada de los trastos si trae algo de plata
a la casa.
La vida continúa, las vacaciones se acaban y ellas lavan su piel del olor
amargo de tantos cuerpos. Se pasan por los brazos y por las piernas un jabón
azul y cuentan los días para que vuelva la temporada de euros en este
Caribe siempre bien dispuesto y complaciente.
Fachada. Artesanía colombiana