Para introducir siete poemas de Juan Carlos Flores

De Los pájaros escritos, terminado antes de 1990 y publicado en 1994, a Distintos modos de cavar un túnel (2003) ha habido una crisis en la poesía de Juan Carlos Flores. Un tránsito, con apenas solución de continuidad, de la cultura, el canto y la nostalgia al despojamiento de una escritura árida, casi ascética. Si Brecht en “Malos tiempos para la lírica” declara que “En [su] canción una rima / [le] parecería casi una insolencia”, Flores evita, en estos tiempos acaso peores, no ya la rima, sino hasta el verso mismo.

 

 

 

 

 



Antipoesía la suya, pero en modo alguno una vuelta al conversacionalismo que la “poesía de los ochenta”, de la que Los pájaros escritos es en tantos sentidos ejemplar, quiso trascender. Lejos de la diafanidad del coloquio gastado por una retórica populista y pretendidamente realista, la trilogía que comienza con Distintos modos de cavar un túnel alcanza una creciente densidad de expresión. Extraña tensión de la palabra poética que no se relaciona ya, desde luego, con el hermetismo del vate, sustentado en el aristocrático patrimonio de la profecía o de la cultura, sino más bien con la oscuridad del poeta idiotizado. Dificultad y monotonía, fracaso y límites de quien, escribiendo desde la distópica ciudad habitacional y desde la agonía de una historia decepcionante, emprende una imposible “Resurrección poética de Alamar”.

Título irónico este, como señalé en un comentario anterior, no sólo por la palmaria evidencia de la imposibilidad de redimir a Alamar, sino también, sobre todo, por el implícito reconocimiento de que la poesía no posee más esa capacidad mediúmnica. “El último vate murió en 1914”, había dicho Padilla en un libro donde testimoniaba la fascinación de los escritores del Este europeo por las capitas de nylon y los artículos de consumo procedentes del otro lado de la “cortina de hierro”. Y en uno de los poemas que ahora presentamos de El contragolpe, libro inédito que continúa la trilogía en cuestión, se habla de unas botas tejanas que pueden convertir a cualquiera, a fuer de necesidad, en un místico.

Como el cínico Brecht, Flores opone lo material a las sempiternas coartadas ideales o espirituales. La pobreza no puede ser entonces “irradiante”, y en el lúcido reconocimiento de esa imposibilidad se sustenta en buena medida el costado civil de la “Resurrección poética de Alamar”, inseparable de su esfuerzo por alejarse de la retórica de buena parte de la lírica de los ochenta. Si aquella poesía contestataria fue la voz de “los hijos de Guillermo Tell”, en Distintos modos de cavar un túnel y El contragolpe no hallamos tal filiación ni el consecuente conflicto; no hay drama sino comedia. Paisaje desolado, síndrome de Down, lentísima agonía de nuestro “final de partida”.

Duanel Díaz Infante


Meta volante

Ninguna parábola me gusta más que la parábola del segador, mi cabeza es un aspa, mi cabeza es un aspa, mi cabeza ha usurpado la función de mis pies, ¿aún queda hierba en el césped?

En esa caravana me hubiera gustado a mí enrolarme, ir tocando harmónica hasta los fuegos verdes de Jerusalén.

Ninguna parábola me gusta más que la parábola del segador, mi cabeza es un aspa, mi cabeza es un aspa, mi cabeza ha usurpado la función de mis pies, ¿aún queda hierba en el césped?

En esa caravana me hubiera gustado a mí enrolarme, ir tocando harmónica hasta los fuegos verdes de Miami Beach.

Nana, para festejar, a la vuelta de todo, si es que hay vuelta de todo, guárdame, otra bolsa de plástico

 

La columbina

Bababababa. El Síndrome de Down no es enfermedad, estar exento del Síndrome de Down es padecer la enfermedad. Sulamita, mi cabeza, un barquillo en el que echaron cemento, guajirita, mi cabeza, un barquillo en el que echaron cemento, mi cabeza lasqueada, sulamita, mi cabeza lasqueada, guajirita. Hombre, aura regordeta del buen Patch, revendiendo tenis deportivos, suelas y agujeros. Bababababa. El Síndrome de Down no es enfermedad, estar exento del Síndrome de Down es padecer la enfermedad. Sulamita, mi cabeza, un barquillo en el que echaron cemento, guajirita, mi cabeza, un barquillo en el que echaron cemento, mi cabeza lasqueada, sulamita, mi cabeza lasqueada, guajirita. Hombre, aura regordeta del buen Patch, revendiendo tenis deportivos, suelas y agujeros. Bababababa. El Síndrome de Down no es enfermedad, estar exento del Síndrome de Down es padecer la enfermedad. Sulamita, mi cabeza, un barquillo en el que echaron cemento, guajirita, mi cabeza un barquillo en el que echaron cemento, mi cabeza lasqueada, sulamita, mi cabeza lasqueada, guajirita. Hombre, aura regordeta del buen Patch, revendiendo tenis deportivos, suelas y agujeros. Al individuo a su alcance se dirige: seas tú el nacional o seas tú el extranjero, compra tus tenis deportivos. Te queden grandes o te aprieten, poco importa, compra tus tenis deportivos. Por si vienen rabiosos atomistas, compra tus tenis deportivos. Cava otra vía, topo, al limbo.

(....Bababababa....)

Factorías

Fábricas de lo torcido, porque los gremiales seres torcidos, hacen allí sus ritos, echan allí sus fetos, los demonios nacionalistas.

Cómo representar a los gremiales seres torcidos, sin maquillarles, para ocasión de catálogo, si no soy la mandrágora F, ni el ojo distorsionante de la mandrágora F, ni la mano distorsionadora de la mandrágora F, entre torres de hormigón policial, soy el judío, soy el jodido, un bailarín de trompos anarquistas, cuando más.

Fábricas de lo torcido, porque los gremiales seres torcidos, hacen allí sus ritos, echan allí sus fetos, los demonios nacionalistas.
" A cada estanco, un aro de niebla alrededor, no le vendría mal, pero el pedo caliente, saliendo por las tuberías, le quedaría mejor".
(derivado de una conversación con José Kózer)

Maqui-nación
Futura pieza, en almacén de antiguallas o museo arqueológico, hay la-biomáquina-animista. Pesado automóvil gigante, para cumplir hoja de ruta, tiene que continuar extrayéndoles la sangre, como si los donantes fueran el pozo de la sangre, y no esos seres anémicos, seres de piel pegada al hueso, seres lamiendo las marcas de la usura, sin poderse correr hacia un punto de corte, punto sin regresión ni reciclaje posible. Algo que borre definitivamente la memoria, quizás.


El leproso

Soy el Emperador del helado, por el sabor domino, mansión horizontal, con ventanas redondas, de vidrio, casa marina tuve, casa marina tuve, casa marina, en pueblo de los taladradores tuve, si hubiera un soto, al menos, soy el Emperador del helado, por el sabor domino, mansión horizontal, con ventanas redondas, de vidrio, casa marina tuve, casa marina tuve, casa marina, en pueblo de los taladradores tuve, si hubiera soto, al menos, era el Emperador del helado, otro más en el interior de los muros, paso y suena la campañilla.

Por unas botas tejanas

“Cambiábamos de país como cambiábamos de zapatos", Brecht, antes de ser escritor de la izquierda, comprometido, para decirlo de algún modo, era un hombre cuyo sentido del tacto captaba la aspereza del suelo, si has caminado toda una mañana, sobre asfalto caliente, al mediodía, en tienda por departamentos, te puedes convertir en un místico, viendo unas botas tejanas, "Cambiábamos de país como cambiábamos de zapatos", Brecht, antes de ser escritor de la izquierda, comprometido, para decirlo de algún modo, era un hombre cuyo sentido del tacto captaba la aspereza del suelo, yo, ya que no puedo cambiar de país, quisiera por lo menos poder cambiar de zapatos, ¡Virgen María, que me caiga una plata pa´ comprarme unos tacos!


Alemania, 1843

Después de batallar, ese sujeto abyecto, murió tranquilamente, la cara puesta en la madera de la ventana, viendo caer y acumularse la nieve, sobre los mismos sitios donde los dioses transitaron.

Círculos que nunca se completan, nosotros, vamos extinguiendo nuestro tiempo de vida, unas veces hombres exteriores, otras, hombres interiores, sin ser el hombre cabal, de ahí la precariedad de nuestros gestos, círculos que nunca se completan, alguien, en un tiempo más propicio quizás, pueda resolver esta ardua cuestión.

Después de batallar, ese sujeto abyecto, murió tranquilamente, la cara puesta en la madera de la ventana, viendo caer y acumularse la nieve, sobre los mismos sitios donde los dioses transitaron.