José Vilahomat

Homo Ludens
Me han quitado el fango de los pies.
Me han quitado el barco.
Yo que lo que quería era jugar.
Ahora los niños con que hablo
son los que no salían a la calle.
Esos de pocas estrategias
contra la colina y el asfalto,
los de lomos inclinados
no por falta de desiertos
sino por exceso de aire blando.

Mi velero surcaba viento y agua
y sueños a un mismo tiempo.
Mis dedos sentían el frío del pantano,
del inmenso pantano que renunció a ser tierra
y jugaban con las aguas a encontrar un cocodrilo
y lo vieron
(a veces)
pernoctaron en las patas de insectos precavidos
o sintieron el doblez de la espina
que te esperaba para abrirte ojos.
Y qué ojos que abrieron las espinas
cuando yo era el indio Tupac Amaru
corriendo loma abajo por entre ciudades de hormigas.

Ahora interpreto las señas que hacen
seres con manos muy largas;
las poses de unos pulpos
peludos, desgreñados, ralos
que buscan el fango de los dedos
donde no hay cocodrilos
ni mangostas, ni suricatas
ni coleópteros, ni capibaras,
donde no hay casi nada
sólo signos inventados por ellos
y gestos inventados por ellos
y pantanos inventados
y peligros inventados
e invenciones,
para ganar al kikirilata,
siguiendo el hilo de Ariadna
que descosía de la media interminable…

No puedo dejar que succionen mi sombra,
que me halen de ese pantano tan tibio,
que me levanten los pies entre blancas toallas
que se ahuecan como manos para que caiga
en la emboscada de los jabones fragantes
del roce monótono
del ¿y dónde los pongo ahora?

Tengo que volver a la cabeza inclinada
mirándolos de frente
como hacía mi barco ante la incertidumbre de las olas
(obsesionado con el brown brown run aground
que le raspaba el esternón)
no su incertidumbre.
Tengo que volver
al vinagre de las uñas
al ácido fórmico de los talones
que daban brochazos a las piedras;
a ser la piedra que me levantó la concha de pellejo.
Tengo que volver
a la mano levantada.
No para preguntar, aunque me digan ¿Sí?
Sino para dar la arrancada
y que llegue Juanito, de primero, con sus costillas de gato.

Debo decirle a mis células que no se me ha olvidado;
conversar con las mitocondrias deprimidas
y hacerles saber que aguanto el oxígeno, que ahora vengo…
Decirle a tantos cromosomas confundidos
que no permuten, que no borren sus mañas asentadas en logos
que ahí está la piedra, el guayo de la calle
la lata (casi podrida)
la otra generación
la estación en Martes.
Porque algún día,
estoy completamente seguro que algún día
habrá que ir a jugar a las escondidas a Ontario
y yo quiero que entonces:
no me encuentren.

 

Everglade
La suave argolla que te obstruye,
con lo blanco del agua evaporada
y los ganglios del sol en una tarde,
el paso del oxígeno a los llantos
son también dominios del amor.

Los meandros sinuosos
de una idea acabada en sentimiento
o el arrepentimiento de una decisión
que termina en pradera,
en inmensa pradera,
para nunca ser abandonada por la vista
contiene de lo eterno y lo acabable
que sólo se halla en la síntesis de rostros.

El amor no es promisorio
si el sol sigue en el borde a los rayos más cansados;
si un insecto se lanza en flecha hacia la muerte
para importar su beso fatal a las rimas de tu carne.

Que el agua es materia o reflejo,
si la línea recta es radio de una gran esfera,
si el plano es inmenso o es convexo
y se cierra en sus puntas con los últimos ardores de tus ojos
no es tan importante
como saber que nunca te volverás a ver en aquel pliego,
en que cámara en mano chupabas a las aves del ocaso
para empotrarlas en la ventana en que asomará tu ojo
buscando el resto de sus plumas ya voladas.

El amor es sublime
cuando el volante se extiende en folículos perseguidos
que terminan en risueñas orejas de risas blancas
y resuenan en la fe del horizonte postrero.

El amor se reconcentra en tu tuétano más fino,
en el más delicado tejido de tu pecho
cuando tus ya cuatro orejas
conversan indiscretamente sobre las caderas de la misma mujer
que ya son toda la pradera.


José Vilahomat (Sancti Spiritus, Cuba 27.8.1960) Cursó estudio de Licenciatura en Física de 1979-1983. En 1992 se graduó de Licenciado en Filología en la Universidad de la Habana. Se recibió de Doctor en Español en la Universidad Internacional de la Florida. Sus publicaciones incluyen artículos y poemas: Miami (Andover: Vertsal Books. 2004), Musgos (Madrid: Edición personal. 2004), y Cuentos de Taita y Vejigo (Andover: Versal Books. 2005). Reside en el estado de Arkansas, Estados Unidos, donde es profesor asistente de español en Hendrix College

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Tomás Esson
Bésame mucho, 2000
Oleo sobre tela